Reservoir Dogs (Quentin Tarantino, 1992)

Muchos conocerán a Tarantino por la brillante Pulp Fiction, quizá su obra más conocida y ultraelogiada. Pero si me preguntas a mí, Reservoir Dogs es muchísimo más película. Siendo tan (o más) personal que Pulp Fiction, tiene ese toque indie y barato que la hace aún más entrañable. Porque Reservoir Dogs será muchas cosas, pero sobre todo es una lección de cine de alguien capaz de lo mejor. Y aquí, en sus comienzos, parecía tocado por una varita mágica.
En esencia, la historia es la de un "simple" atraco. Y es una historia bien sencilla, no es algo poderosamente original y nunca contado, qué va. Siete hombres (que se nos presentan en el prólogo en medio de una delirante conversación sobre el Like a Virgin de Madonna como metáfora de las pollas grandes), un robo de diamantes. Todo sale mal, hay un topo policía en el grupo y el atraco acaba siendo un baño de sangre. Reunidos poco a poco en el punto de encuentro (una funeraria abandonada en medio de un polígono), los ladrones supervivientes tratan de discernir qué fuck ha pasado, quién fuck es el fucking traidor (si lo hay), y la situación no podrá ir fucking peor. O sí. Pero esta historia no es lo importante, sino cómo nos la cuenta Tarantino. Esto sí que es cine de autor, en el que el director no solo es importante, sino que lo es todo. Con su fuerte influencia de Grupo Salvaje, sus larguísimos diálogos entre personajes sentados en mesas, su manejo brillante del tiempo de la narración que salta de pasado a presente a su antojo sin ser jamás confuso, su estructura casi por capítulos y su empleo soberbio de la música (una música perfecta para este guión, llena de temazos intemporales), Tarantino demuestra que él es la película y la película es él. Lo amarás o lo odiarás, pero Reservoir Dogs no sería lo que es si la hubiera dirigido cualquier otro. Poquitos cineastas pueden decir eso.
Poco a poco, el guión se va esclareciendo, tejiéndose como tela de araña bien hilada, presentando a los personajes misteriosos y definidos a la perfección y resolviendo las relaciones entre ellos. Todos son importantes, pero sobre todo te calarán el Sr. Blanco, el Sr. Naranja y el sádico hijo de puta del Sr. Rubio, cuya escena de tortura al policía a ritmo del Stuck in the Middle With You de los Stealers Wheel es de lo mejor que se ha rodado jamás, y eso que ni siquiera vemos la tortura en sí. Y por supuesto el gran final, la primera vez que Tarantino usaría una de sus escenas ya marca de la casa, ese diálogo tenso entre personas apuntándose con pistolas unas a otras. El desenlace, brutal y perfecto, redondea una película a la que podríamos llamar perfecta pese a sus 252 fucks. ¿Crees que exagero? Fuck you, pues entonces es que no la has visto.

Están vivos (John Carpenter, 1988)

No me canso de decir que John Carpenter es un director sobrevalorado. O quizá debería matizar: es un director perfecto para rodar cine en los setenta-ochenta, pero que no ha sabido adecuarse a las nuevas generaciones y cuyas últimas películas han sido bastante fulañeras. No se le puede reprochar nada en un título tan de los ochenta y tan de culto como su Están vivos; o, como se la suele conocer, "la de las gafas de sol con las que veías a la gente con cara de calavera". Seguro que así nos suena a todos.
Carpenter no puede negar en esta cinta la influencia de la magnífica La invasión de los ultracuerpos, pues la idea es muy similar aunque se desarrolle de otro modo. Se trata de la invasión de una raza extraterrestres viviendo entre nosotros, ocupando puestos políticos y económicos de primer orden, y teniendo a la humanidad como mano de obra esclava... sin que ni siquiera lo sepamos. Mediante una emisión de ondas que alteran la consciencia, las personas viven su anodina vida y lo ven todo normal: anuncios, revistas, libros, TV, a sus congéneres... No se dan cuenta de quiénes son monstruosas (y divertidas de aspecto) calaveras alienígenas, o de que los mensajes subliminales de obediencia, trabajo, reproducción y sumisión están en todas partes. Muy a lo V, un pequeño grupo de resistencia trata de destapar la verdad y puede ver a los aliens y su mascarada gracias a unas gafas. Pero toda historia necesita un héroe, y aquí entrará el mejor llamado antihéroe anónimo de la película: un obrero de la construcción, prácticamente un vagabundo (intepretado por el wrestler Rody "El gaitero" Pipper antes de humillarse y revolcarse por el fango con ESTE PUTO PEDAZO DE MIERDA), que se convierte en el único capaz de salvar a la humanidad y alertarla de la invasión en la que viven, algo que Carpenter siempre intruduce también de una forma muy dramática, sin que el héroe se salve y sin que nadie sepa ni de su hazaña ni de su sacrificio. Muy como MacReady en La Cosa, vaya. La verdad, cinta muy entretenida y con muchísimo encanto, todo un clásico de la ciencia ficción que ya no se puede hacer, pero que siempre se puede revisitar con buen espíritu ochentero.

Destino Final 5 (Steven Quale, 2011)

La primera Destino Final fue una de las ideas más originales dentro del boom del slasher teen post-Scream, gracias a su fantástica idea sobrenatural de la muerte como un personaje propio y auténtica antagonista de la saga que caza uno por uno a los supervivientes de tragedias que se hayan librado por una premonición, burlando así al llamado "plan de la muerte". Semejante argumento propiciaba muertes de lo más originales y rebuscadas (algunas demasiado), y mantenía siempre la atención del espectador y un genial puntito de tensión. Con cada secuela la cosa fue a menos, aunque siempre manteniendo un correcto nivel que nunca cruzó la barrera de la vergüenza ajena, conservando siempre la dignidad de la saga. Me alegra comprobar en esta quinta -y, aparentemente última- parte, que la maquinaria sigue en forma. Destino Final 5 no es original estrictamente hablando, porque es un replay de la idea de la primera, segunda, tercera y cuarta. Un grupo de personas, aquí trabajadores de una empresa en un viaje de esos tan raros de convivencia que solo hacen en América, se libran de morir en el derrumbe de un puente porque uno de ellos tiene un pálpito de lo que va a ocurrir. Por cierto, que esa escena del puente es simplemente brutal, la mejor de la saga, con muertes salvajes y unos efectos muy logrados. A partir de ahí, lo de siempre, aunque quizá en esta peli haya más autoparodia que de costumbre, y se agradece (la muerte del de la acupuntura, por ejemplo, es más ridículo que terrorífico, y la de la gimnasta, totalmente inesperada de ese salvaje e imposible modo... pero que mola que te cagas). Lo mejor, aparte de que no te aburres jamás y de las buenas muertes, buen ritmo y esa mezcla de tensión y risas, es su final, broche de oro a una saga que ha aguantado cinco entregas y que hace un perfecto "clic" cerrando el círculo que comenzó con la primera y convirtiéndose inesperádamente en precuela. Muy, muy bien. Igual que los créditos, con esa recapitulación de las mejores muertes de toda la saga. Lo único reprochable es que la peli está rodada y preparada totalmente para un visionado 3D (tripas saltando a la cámara, salpicones, cosas así), y se hace un poco rarito su visionado normal, aunque no es mayor problema. Así que diversión asegurada para los amantes del terror al uso, gamberro y sangriento, y quién sabe si habrá otra Destino Final pese a que esta parezca ser absolutamente definitiva. Yo, si continúan, seguiré viéndolas.

Bajo cero (Adam Green, 2010)

Después de El arrecife, toca otro survival de terror psicológico. Aunque no sabía muy bien que estoy iba a ser tal cosa, porque en la sinopsis solo se decía que un grupo de amigos quedaban atrapados en un telesilla y tenían que decidir si morir congelados o aventurarse al suelo donde les esperaba otro peligro mayor. La cosa me sonaba a una de mis queridas monster movie de mierda, pero qué va. Es una buena película totalmente realista y creíble en muchos aspectos, en especial en el comportamiento de los personajes y en sus conversaciones. Es un poco espeluznante esa charla que los tres amigos mantienen al principio de su calvario, hablando de cuál es la peor manera de morir, y uno menciona que atacado por tiburones en alta mar sin saber lo que te viene por debajo del agua. Eso mismo pensaba yo, pero quizá la intención del director y guionista es la de darnos con su película otra alternativa a los que pensábamos que esa era la forma más horrible de morir. Esta película juega con esa descorazonadora idea del “tan cerca pero tan lejos”, y de que la situación en sí no parece tener un peligro implícito. Pero poco a poco vemos los efectos de la congelación (tremenda la escena de la mano de la chica), y cuando uno de los chicos se la juega a saltar, vemos lo erróneo de su idea. Duele. Duele mucho. Aunque reconozco que se nota un montón el efecto a lo Tom Savini de esas dos piernas rotas, lo que importa es el hecho. Y luego la cosa aún empeorará más con la presencia de lo que en la sinopsis decían que era el “otro peligro mayor”. No era difícil de imaginar, la verdad. La nieve, la noche, las montañas, el bosque… era lógico pensar en una manada de lobos. Lobos que contribuyen a animar un poco el ambiente, porque pese a ser una idea terrible y angustiosa, una película entera sobre tres personas atrapadas en un telesilla podría ser un coñazo, aunque no lo es. Pero bueno, sin enrollarme más, la película me pareció realmente buena, con personajes muy bien definidos (gracias a tres actores más que correctos) y momentos dramáticos y duros. De nuevo, como en El arrecife, el final es muy similar, aunque no indignante como en la otra, pero igual de poco alegre. Pero bueno, en situaciones de supervivencia extrema como esta, lo normal es que las cosas no salgan bien.

El arrecife (Andrew Traucki, 2010)

Un puñado de actores más o menos solventes y una buena idea (aunque ya explorada en Open Water y su secuela no directa, con las que es imposible no establecer paralelismo) es todo lo que Andrew Traucki necesitó para llevar a cabo una de las películas más tensas que he visto últimamente. Eso y, por supuesto, su buen pulso narrativo tras la cámara, porque esta historia podría haber sido algo totalmente anodino sin un buen director al mando. Es uno de esos casos en los que, sin efectos especiales, sin presupuesto y sin decorados, el talento convierte una gran idea (supuestamente basada en un hecho real) en una buena película.
Y es que el argumento de El arrecife no puede ser más inquietante. Cinco amigos que, navegando en un yate por aguas australianas y pasando un buen rato, chocan contra un arrecife y vuelcan. Varados en alta mar y a merced de la corriente que los lleva mar adentro, tendrán que decidir si quedarse encima del casco de la volcada embarcación o si aventurarse a nadar las 10 millas que los separan de una isla antes de que la mayor distancia y el cansancio se lo hagan imposible. El problema: las aguas australianas son territorio de tiburones, y uno de ellos, nada menos que un gran tiburón blanco, seguirá a los protagonistas durante su peligroso viaje a nado. La tensión comienza desde el primer momento que uno de ellos se lanza al agua. No vemos aletas ni enormes fauces, pero sí que se puede sentir ese miedo a lo que no se ve, quizá uno de los peores miedos posibles. Es un entorno hostil para el que el hombre no está preparado y en el que no tiene ninguna posibilidad de un combate justo, ni ninguna escapatoria, así que el primer ataque del tiburón es terrible. Y eso que uno de los chicos sabe muy bien cómo desenvolverse en alta mar y lidera a sus amigos, pero aún así no hay forma de ahuyentar a un asesino nato como un tiburón blanco, y solo la suerte decide quién va siendo devorado. Pese a todo, los supervivientes de cada ataque deben seguir avanzando (la escena nocturna es desoladora y aterradora, porque ¿acaso hay algo más acojonante que el mar negro y abierto?) aunque van cayendo irremediablemente, siempre manteniéndose la angustia y la credibilidad en el comportamiento de los actores. El final quizá sea lo peor, porque te pone de mala hostia que la cosa acabe como acabe solo porque la rubia sea una maldita inútil integral. Pero está claro que la película no pretende ser feliz, y es un gran ejercicio de cine que demuestra que, en ocasiones, lo barato no está reñido con lo bueno.

Frequency (Gregory Hoblit, 2000)

Frequency es una película de ciencia ficción absolutamente comercial y para toda la familia. No exenta de ciertos efectismos y con un guión repleto de lagunas, es, no obstante, totalmente disfrutable en conjunto sin que sobresalga ninguno de sus aspectos. La dirección no es portentosa ni la cinta lo requiere; las interpretaciones, las justas, encabezadas por un actor venido a menos como es Dennis Quaid (aunque ¿alguna vez estuvo ido a más?) y otro actor limitadísimo como es Jim Caviezel, que siempre será recordado por haber sido el Cristo de Mel Gibson en aquella polémica y maravillosa película ultragore en el nombre de Dios. Los dos actores cumplen, pero poco más. Y es que el mayor o único acierto de Frequency es su original idea de enlazar dos épocas, pasado y presente, a través de una radio de aficionado gracias a una extraña aurora boreal que permite tan imposible conexión. A través de las ondas se encontrarán padre (Quaid) e hijo (Jesucristo), separados treinta años en la distancia. Y el bueno de Caviezel querrá impedir que su padre muriera en el incendio que le costaría la vida, y al lograrlo cambiará toda la corriente temporal desencadenando nuevos recuerdos y acontecimientos distintos, que harán que el guión se dirija en su tramo final hacia una especie de investigación contrarreloj para atrapar a un escurridizo asesino en serie que acabaría con la madre de Caviezel. Digo que el guión es tramposo porque deja cabos sueltos con eso de que parece que solo el personaje de Caviezel recuerda todo de sus múltiples "vidas" (la primera y real y las siguientes que va recordando con cada cambio que entre él y su padre realizan en el pasado), pero como decíamos es una película divertida y con muy buen ritmo, te encariñas con los estereotipados padre e hijo y te alegras con ese final efectista e imposible en el que al final dan con el modo de que todo salga de la mejor manera posible. Y oye, de vez en cuando está bien que una de ciencia ficción no te haga pensar demasiado ni verse de experimentos genéticos, así que Frequency es una buena alternativa.