Visitors (Richard Franklin, 2003)

Desde su papel en Pitch Black, la guapa australiana Radha Mitchell ya ha protagonizado diversos filmes de terror, ciencia ficción o temática sobrenatural, convirtiéndose en una especie de scream queen fácilmente reconocible. Visitors es una película de 2003 que navega entre dos aguas igual que su protagonista navega en alta mar. La película no se decide, y camina por la línea del drama, el thriller sobrenatural y el terror sin decantarse por ninguna, y el producto resultante no es nada del otro mundo. Básicamente, la historia es la del personaje de Mitchell, Georgia, una intrépida navegante que pretende batir un récord de vela cruzando el océano en solitario. Pero durante la peligrosa travesía la protagonista tendrá que hacer frente a sus fantasmas, y de una forma bastante literal. Supuestamente el guión plantea la duda de si las presencias que están visitando a Georgia son auténticos fantasmas o si son producto de cierto síndrome de aislamiento en alta mar, algo que queda despejado al final de la película. Lo peor es que está rodada con mucha parsimonia, y el guión no tiene chicha para mantener el interés del espectador. Es muy lenta y aburrida, y sus noventa minutos se antojan tres horas. Además, la siempre molesta presencia de Dominic Purcell da aún más aspecto de serie B a esta serie B, pese al esfuerzo de Mitchell por tratar de que la peli funcione y no sea un telefilme. Si resistes despierto, quizá el giro final pueda hacerte pensar que la película ha merecido el visionado. No fue mi caso, pero reconozco que al menos no es tramposa. Pero a mí, lo que más me queda de esta peli, es la sensación de que es tan aburrida como debe ser en realidad cruzar el mar en velero. Igual es que querían transmitir eso, quién sabe.

El club de los vampiros (Gilbert Adler, 1996)

La verdad, siendo una película de Historias de la Cripta y teniendo como idea central un puticlub repleto de vampiras, me esperaba que esta peli fuera muchísimo más divertida. No está mal, pero me parece mucho mejor en todos los aspectos la otra incursión cinematográfica de la serie, aquella llamada Caballero del Diablo. Y eso que esta cinta se esfuerza por ser un homenaje a la caspa de los ochenta que tan buenos ratos nos hizo (y nos hace) pasar, rescatando incluso algunas caras conocidas como a uno de los dos insufribles Coreys, a una vigilanta de la playa reconvertida hoy en día en diva del infracine (¿no habéis visto Drácula 3000? ¡Pues no sabéis lo que es la felicidad!), y mi favorito, Chris Sarandon, el mítico vampiro Jerry Dandridge de la más mítica aún Noche de miedo. Sí, esa Noche de miedo que ahora han remakeado con el insufrible Colin "Remakeboy" Farrel destrozando el papel que en su día hiciera Sarandon. Y no la he visto aún, pero me la suda. Seguro que es una puta mierda de remake porque con Noche de miedo no se juega.
Pero volviendo a la peli. En mi opinión, quiere meterse con tantas cosas y tocar tantos palos, que se deja demasiados frentes abiertos por el camino. Vampiras, putas, religión, pandilleros, un detective venido a menos... Hay momentos que te ríes, otros con buena dosis de sangre y sí, hay muchas tías en pelotas al más puro estilo de los ochenta y hasta sale uno de los enanos de Willow, pero la peli es atropellada y bastante absurda. Vamos, que cualquier capítulo de Historias de la Cripta era mucho mejor, hasta el punto de que lo mejor de la peli es el inicio y el final y gracias a la gamberra y macabra presencia del siempre cabroncete Guardián de la Cripta. Que por cierto, es igual que mi ex-jefe, solo que éste no se desmaya comiendo paella.

Blood Creek (Joel Schumacher, 2009)

Joel Schumacher puede definirse como un director muy inconstante. Tan pronto ha sido capaz de meritorias cintas como Jóvenes Ocultos, Línea Mortal o Un día de Furia, como de ajusticiar sin piedad la franquicia del Hombre Murciélago con dos entregas de Batman a cada cual más penosa. Supongo que su transición hacia la serie B ha sido tan progresiva que ahora, viéndolo recaer en un film de esta clase, ni siquiera sorprende. Hasta se le ve a gusto.
Porque eso sí, nos encontramos ante una serie B con cierta clase. Algo así como si Guardiola entrenara a un tercera regional. No lo van a hacer tan bien como para ganar, pero seguro que se notará el buen hacer de quien está detrás. Blood Creek comienza con una escena fantástica a modo de prólogo, en blanco y negro y filmada con buen pulso e incluso algunos planos muy logrados. Después, ya en tiempo presente, saltamos a la historia del protagonista, un correcto Henry Cavill (el próximo Superman) en uno de sus pocos papeles principales. El chaval se lo curra y se lo toma en serio, y aunque el papel no es para lucirse ni mucho menos, lo saca con solvencia. El que está de patíbulo como de costumbre es Lincoln Burrows Dominic Purcell, actor a quien le perdí totalmente el respeto tras verlo de vampiro pecholobo en Blade Trinity, y al que ya acabé de enterrar en vida tras ver la bochornosa The Gravedancers, una de las mierdas más grandes y despollantes que he visto nunca. Sorprende encontrar también aquí a un actor en alza como es Michael Fassbender (Centurión, X-Men: Primera Generación) en el papel del nazi-nigromante-brujo-monstruo que obtiene poderes oscuros gracias a unas piedras rúnicas. El desarrollo de la cinta me recuerda en momentos a La noche de los muertos vivientes por el asedio en la casa, y a Jeepers Creepers por el monstruo antagonista. Incluso su final podría recordar al de El misterio de Salem's Lot por eso de que Superman acabe convirtiéndose en una especie de caza-nazis-demonios. En definitiva, con un buen pulso narrativo, buenas dosis de tensión y sangre y una historia que aúna nazis con lo sobrenatural y hasta con zombies, Blood Creek es una horita y media de diversión sin más pretensiones que las de ser serie B de la buena.

Conan, el bárbaro (Marcus Nispel, 2011)

La expresión "nacido en el campo de batalla" se convierte en el prólogo de esta película en algo literal que ya me ganó en esos primeros minutos. Y es que Conan, el bárbaro arranca una secuencia arriesgada y salvaje, en la que vemos al bebé Conan nacer por cesárea (su propio padre se encarga, espada en mano, de abrir a su esposa) después de que su madre reciba una mortal estocada en plena batalla. Brutal, amigos. B-r-u-t-a-l. Después comienza la parte del Conan adolescente, con gran protagonismo de Ron Perlman como su padre, líder cimerio e instructor del pequeño Conan en el arte del combate y el acero. La muerte de su pueblo y de su propio padre impulsarán a Conan a ganarse la vida como ladrón, pirata y aventurero (muy en la línea del cómic, mucho más que la cinta clásica), y de ahí ya saltamos a la parte principal de la peli, la protagonizada por el nuevo musculitos Jason Momoa. Este actor cumple con creces, la verdad. Vale que la peli de Arnold es mítica y épica, y que ésta quizá solo es una cinta fresquita de aventuras y acción salvaje, pero este Conan es más guerrero, más luchador, más físico e igual de bárbaro. Aunque para ser cimerio tiene una pinta de gitano que no se la acaba, pero bueno. A la historia no le busquemos tres pies: el ya adulto Farruconan va a por el asesino de su padre, ahora convertido en rey gracias a una máscara que concede poderes oscuros, y ayudado por su hija bruja. Por el camino, Conan librará un montón de batallas y le quitará la pureza a una doncella, como no podía ser menos. Pero también hay tiempo para frases machotas tipo "yo amo, vivo, mato, y me doy por satisfecho", y a mucho, mucho acero, brujería y sangre en las violentas peleas. ¿Es peor que la original? Según se mire. Distinta, seguro. Pero este Conan es un Conan de cómic y aventuras, una digna obra retro de espada y brujería con los medios actuales y con un protagonista que solo sabe poner una cara, pero al menos es la cara que requiere su personaje. Yo me lo pasé muy bien, no esperaba más.

Diario de un rebelde (Scott Kalvert, 1995)

Viendo Yo, Cristina F., recordé otra película de ese estilo que en su día me gustó mucho más. Más incluso que la mítica Trainspotting, quizá el máximo referente en este subgénero de drogas y jóvenes. Evidentemente hablo de Diario de un rebelde, adaptación cinematográfica del libro autobiográfico de Jim Carroll, un poeta, músico y escritor americano que ha fallecido recientemente a los 60 años, pero cuya historia sí que se convirtió en un ejemplo de cómo tocar fondo (pero fondo, fondo) y salir del hoyo. Encontramos en esta cinta un reparto espectacular, ya no solo por los varios actores conocidos que protagonizan, sino por la calidad de todas las interpretaciones. Un inmenso Leo DiCaprio es Jim Carroll, marcándose quizá uno de los papeles más destacados de su carrera. Y es que nunca me cansaré de decir que el intérprete de Titanic y Romeo + Julieta ha podido cometer durante un breve período de su carrera el error de convertirse en un ídolo de carpeteras, pero a la vista de sus trabajos serios no cabe duda de que es un actor como la copa de un pino. Y ya lo era aquí, como demuestra en este papel cargado de registros, de sufrimiento y de angustia. Tremenda particularmente la escena final en la puerta de casa de su madre, una secuencia fortísima y dolorosa que muestra cómo Jim ha quedado reducido a un despojo humano, y que plasma el dolor de una madre por su hijo. Es preciosa y terrible, realmente impactante, pero muy humana, creíble y natural. Mención especial también para el gran papel secundario que se marca Mark Wahlberg en uno de sus primeros trabajos post-modelaje. En fin, una gran película que aúna dramatismo, crudeza, gran trabajo actoral y el mensaje de esperanza de que salir de la droga es posible. Aunque mejor no entrar.

Yo, Cristina F. (Uli Edel, 1981)

Christiane F. tenía 14 años cuando se metió su primer chute, y pocos meses después se estaba prostituyendo para poder pagárselo. Esta terrible sentencia resume lo que las dos horas de duro metraje de esta película pretende ofrecernos. Y lo hace sin concesiones, sin remilgos y sin censuras, primeramente porque su propia protagonista tenía 15 años en el momento de filmarla, y aunque no aparece en situaciones sexualmente explícitas, sí que hay momentos en los que resulta incómodo verla en ciertas situaciones. Pero está claro que una historia autobiográfica tan dura como la de esta joven alemana no podía andarse con rodeos, y su mayor virtud es plasmar en pantalla esa crudeza y sordidez del mundo en el que la chiquilla se va metiendo cada vez más. Al principio todo comienza como un tonteo para impresionar a un chico, pero tras un concierto de David Bowie, Christiane decide picarse la vena por primera vez. Y a partir de ahí, no hay marcha atrás. Cabe destacar que no proviene de una familia destruida -aunque sus padres están separados- y que el dinero no falta en su casa. Pero como tantos jóvenes, cree (y así lo repite varias veces) que ella controla absolutamente su cuerpo. Qué gran falacia, pues nada sino la heroína controla todos los movimientos de la pobre muchacha. Una de las escenas más duras es la del intento de desintoxicación que ella y su novio pasan en casa, tras lo que sigue una descorazonadora recaída de la que ya sí que no hay vuelta atrás. El papel del novio también es terrible, todos los de la pandilla, de hecho, actuando como chaperos para pagarse el vicio, una verdad a medias que queda ya revelada del todo a última hora. El final de la cinta es quizá demasiado abrupto, como si se hubieran quedado ya sin nada que mostrar y, para no hacerse repetitivos, cortaran de golpe. Y bien está, porque después de más de dos horas de ver a una chiquilla destruirse a sí misma, es más que suficiente. Sobre todo sabiendo que Christiane no es de las que salió mejor parada, así que al menos su historia queda para la posteridad. Qué triste pensar en cuántas Christianes habrá por el mundo.

Ghost Rider (Mark Steven Johnson, 2007)

Nicolas Cage siempre quiso protagonizar una de superhéroes. Y cuando por fin lo consiguió, fue este pedazo de cacho de trozo de mierda de 110 millones de dólares. Lo más inexplicable no solo es eso, sino que recaudara unos 230 pese a que fans, crítica y público la despedazaron con toda la razón. Solo se me ocurre una solución: que somos todos gilipollas.
Enfundado en una hilarante peluca negra, Cage se convierte en Johnny Blaze, un chulazo motorista temerario que hizo un pacto medio engañado con un demonio llamado Mefistófeles, con la honorable intención de curar el cáncer de su padre. Y lo consiguió, pero como el demonio siempre es más listo que tú, el padre palmó a las pocas horas en un accidente de moto, y Blaze quedó a la espera de que Mefistófeles reclamara su alma cuando considerara oportuno. Para semejante papel, Cage interpreta poniendo caretos y pareciendo subnormal, algo profundamente desconcertante. ¿Lo hace porque quiere o se lo pidió el director? En cualquier caso, muerte a los dos, ya. Cage se pasa de rosca con la gesticulación, la sobreactuación y la imbecilidad, y es imposible tomar en serio su primera transformación en Motorista Fantasma, y eso que se supone que es un tío que se está retorciendo en llamas. Es de absoluta vergüenza. Y mejor no hablemos de sus absurdos dedos acusadores. ¿De qué cojones iba eso?
Pero pese a todo, Cage no es lo peor de la película. No, en serio. Eva Mendes está de horca, lo único que hace es enseñar progresivamente más canalillo con cada nuevo vestido, lo que me lleva a pensar que si la película hubiera durado media hora más, habría acabado en pelotas. Los villanos no pueden ser peor, una panda de demonios que parecen los Black Eyed Peas, y que para que se sepa que son malos, ponen caretos demoníacos CGI mirando a cámara. Pero el cum laude de la mierda se lo lleva Sam Elliott, que hace de primer Jinete Fantasma y que protagoniza el mayor WTF de la película... y quizá de la última década. A saber: los dos jinetes cabalgan/ruedan hacia San Venganza (sí, el puto pueblo se llama San Venganza...), y cuando llegan a las puertas, Elliott dice que había guardado su última transformación para aquel momento... y se pira. O sea, que en vez de echarle una manita a su colega en la batalla definitiva, lo lleva a las puertas de la muerte y hasta luego y suerte.
En fin, un auténtico disparate al que solo se le puede conceder que es entretenida y que los efectos del Motorista están bien hechos. Por lo demás, esto es una inmunda bazofia al nivel de Elektra y Catwoman, así que me imagino que para los marvelianos de pro, Ghost Rider debe ser algo de lo que no se habla, algo así como los alemanes sobre lo ocurrido entre 1939 y 1945.

Código Fuente (Duncan Jones, 2011)

Duncan Jones debutaba con lo que muchos consideraron una obra maestra, aunque a mí solo me pareció una película original y diferente que dejaba patente el buen hacer de su director para contar una historia compleja. Ahora, con 30 millones de dólares de presupuesto y un buen par de actores, Jones vuelve a las andadas con la ciencia ficción en la que debutó tan cómodo, pero le aporta también un punto de acción y thriller a la carrera en el que también se desenvuelve muy bien. Además, la mejor virtud de Código Fuente es que está enfocada a un público más amplio que Moon, y será entendida y disfrutada por mucha más gente. Y eso está muy bien porque no desmerece la inteligente idea de ciencia ficción que hay tras la película: una máquina que permite a una persona revivir los últimos 8 minutos de vida de otra persona, aprovechándose del residuo energético que queda en el cerebro y de cierto halo que persiste de un hecho ocurrido, al que se compara con la tenue luz que deja una bombilla durante un corto tiempo cuando se apaga. Jake Gyllenhaal se mete en la piel de un piloto que se encuentra, de pronto, viviendo esos 8 minutos una y otra vez, tratando de impedir que se produzca un segundo atentado que acabaría con muchas vidas, pero condenado a revivir la explosión de un tren sin poder impedirla, sirviéndole solo para averiguar dónde será la siguiente. Poco a poco, el brillante guión nos va introduciendo en la historia del piloto, en su verdadero estado y papel dentro del código fuente, en su lucha por detener lo inevitable y salvar una situación que, en principio, es insalvable al haber ocurrido ya. ¿Parece complicado? Pues lo es mucho menos de lo que parece, lo que pasa es que Duncan Jones sabe contar las cosas mucho mejor que yo. No os perdáis el final, excelente, esperanzador, de pura ciencia ficción y coherente con el resto del guión. Y es que podríamos decir que Código Fuente es una especie de Atrapado en el tiempo pero a mayor escala y que cambia la fantasía por la ciencia ficción. Y ambas comparten ese espacio para el final feliz que te dejará con un buen sabor de boca.

La matanza de Texas: el origen (Jonathan Liebesman, 2006)

Los clásicos no deben remakearse. Eso es un hecho. Porque casi siempre sale peor el remake que el original. Pero a veces el resultado es hasta decente, como el caso de la más que buena Halloween, el origen, y ahora también el de esta precuela-origen del título de culto de Tobe Hooper. Esta cinta arranca con nada menos que el nacimiento del mito, y cuando digo nacimiento, quiero decir parto. Literalmente vemos el grotesco alumbramiento del futuro Leatherface, en medio de un matadero sucio y nacido de una mujer a la que llamar fea es insultar a la fealdad. E igual que el Michael Myers de Rob Zombie, este Leatherface se convierte en un gigantesco hijo de la gran puta (curiosamente es el tío que hacía del wrestler ruso Zangief en aquel bodrio de Van Damme llamado Street Fighter: la última batalla), medio chalado pero sin el medio, y con una deformidad facial que le hace llevar siempre máscaras que después irá perfeccionando gracias a su nueva... afición. Pero ¡ay, si solo fuera Leatherface el que está como una regadera! Su familia no es menos, y la sucesión de asesinatos, muertes y torturas no paran. Además, se logra crear una atmósfera malsana, oscura y grotesca muy similar a la primera, algo que es todo un acierto, y se logra un punto mayor de repugnancia muy a lo Las colinas tienen ojos, ya me entendéis. Hay sangre, casquería, dolor y mucha mugre. Este es un aspecto que parece estar cobrando fuerza en esta clase de pelis, el hecho de pintarnos a la familia asesina lo más fea, guarra y revolcada en la inmundicia posible, para que te causen repugnancia y terror a proporciones iguales. En cualquier caso la película cumple, entretiene, sufres por los protagonistas y el final es demoledoramente desesperanzador y a la vez aplastantemente lógico y coherente. Porque no os olvidéis: esto es una PRECUELA. Así que todo lo que ya conocemos, estaba por llegar.

Evil Things (Dominic Pérez, 2009)

Me juré a mí mismo tras ver esta puta mierda que el género mockumentary y yo habíamos terminado, pero luego voy y me bajo la siguiente mierda que cuelgan en peliculasyonkis. Tengo un problema, lo sé.
Esta película no tiene absolutamente nada de nuevo, ni de especial, ni de nada. Aunque eso no puedo criticarlo, porque me lo olía. Pero al menos, normalmente, estos mockumentaries cámara en mano suelen tener esos 5 minutos finales salvables, con un plano secuencia de infarto, en el que entre gritos, oscuridad y remeneo de cámara, al menos se pasa un mínimo de tensión. Pero aquí ni eso. Aquí la historia no tiene nada de sobrenatural, lo cual ya me engañó totalmente desde el principio. Más bien es una road movie en la que un misterioso acosador acecha a los protagonistas cuando éstos van a pasar un fin de semana a una casa en las afueras. Lo primero y más inexplicable (pero ya una constante imprescindible de este género) es por qué uno de los jóvenes no deja de grabar hasta las cosas más absurdas. Pero esto es un rollazo de la hostia, parece un vídeo casero hasta el último momento en el que vemos la incursión del asesino en la casa, pero incluso en esos últimos momentos del clímax final, jamás hay sangre, ni acción, ni tensión. Una vez más se emplea también el recurso de la cámara con visión nocturna, pero la falta de recursos cinematográficos y de empleo del suspense o de la tensión hace que la escena no diga absolutamente nada. Sí, todos mueren y punto; y a ti, como espectador, te la va a sudar. Así que te pasas 85 minutos esperando los 5 minutos finales, y luego resulta que ni siquiera te salvan la película, luego este esperpento no tiene ningún, pero ningún aliciente que justifique su visionado. Avisados quedáis, pero seguro que entre vosotros hay más de un masoca como yo.

Demolition Man (Marco Brambilla, 1993)

Esta es otra de esas películas que marcaron a los chavales de mi generación, los que en los noventa ya teníamos edad de ir al cine con los amigos. Acción, humor y tipos duros protagonizando una historia ambientada en un futuro no demasiado lejano, con Stallone y Wesley Snipes como bueno y villano, respectivamente. Stallone es John Spartan, un nombre cojonudo para este policía rudo que acaba congelado en una crioprisión por culpa de su archienemigo, Simon Phoenix. Pero claro, cuando el futuro se ha convertido en un lugar poblado por lelos que cantan sintonías de anuncios de TV, sin violencia ni medios para combatirla, con sexo cibernético, multas por cada palabrota y Pizza Hut en todas partes, es necesario combatir el fuego con el fuego y John Spartan tiene que ser descongelado para luchar de nuevo contra Simon, que ha sido traido de vuelta por alguien que quiere aprovecharse de él como te podrías aprovechar de soltar un pitbull en un gallinero. Y es que en ese contexto, Simon dice muere más que nunca.
Lo mejor de esta película, aparte de su acción sin freno llena de peleas, tiros y explosiones, es su sentido del humor. Spartan es todo un pez fuera del agua, un machote a la vieja usanza puesto en libertad en un mundo de mariconas. Y ese punto es el más divertido, con Stallone alucinando con cada nueva chorrada que descubre en ese nuevo San Angeles, usando el papel de las multas para limpiarse el culo y haciendo jerséis de calceta como parte de su reprogramación cerebral. La verdad es que es difícil criticar esta cinta en términos cinematográficos. Supongo que nada es demasiado bueno, ni la dirección ni las actuaciones, pero todo es tan noventero, divertido y ceporro que este, para mí, es uno de los clásicos indispensables de mi generación. Además, llevo media vida tratando de saber cómo coño se usan las tres conchas de los cojones.

Hellboy (Guillermo del Toro, 2004)

Los nazis querían un demonio y obtuvieron un demonio, pero éste fue recogido por los aliados y criado por un buen hombre que lo trató como un hijo y no como un ser de las profundidades del infierno. Así que este gigantón rojo, enorme, maleducado y grosero, con ácido sentido del humor, enorme apetito y amante de los gatos, se convirtió en una especie de antihéroe que de mayor lidiaría contra fuerzas sobrenaturales desde la organización en la que trabaja. Siempre que no se le olvide limarse bien los cuernos con la radial, porque si no... Houston, tenemos un problema.
Esta es la idea general de Hellboy, adaptación del popular personaje de cómic llevada a cabo por el director que pareció nacer para ello: Guillermo del Toro. Quién mejor que él, con su estilo tan particular y fantástico de dirigir y crear atmósferas irreales para transformar en cine una historia donde el bueno es un demonio. Y quién mejor que Ron Perlman para interpretar a Hellboy, si el hijo de puta ya tiene la cara de Hellboy. Otro de esos casos de born-to-be.
La historia, fuertemente fantástica y cargada de humor, no reniega de sus raíces de cómic. De hecho, la película se antoja como un cómic, y como tal hay que tomarlo. No es un thriller, no es terror, no es ciencia ficción, pero posee esa amalgama de fantasía, humor, romance y acción salvaje que caracteriza la obra de Mike Mignola. Con sus correctísimos secundarios (salvo Selma Blair, que aunque guapa parece que va siempre con cara de fumada), el reparto también es punto fuerte en esta obra, que jamás aburre, que se completa con unos buenos efectos especiales (si bien no extraordinarios), un genial maquillaje de los protagonistas monstruosos y un montón de diversión socarrona.

La teniente O'Neal (Ridley Scott, 1997)

Yo es que no me puedo creer que el director de esta película sea el mismo que el de Gladiator. O que el oficial en jefe sea el magnífico Aragorn de la trilogía de Peter Jackson. ¿Qué les pasó en 1997? ¿No encontraban más proyectos y se metieron en la primera mierda que les ofrecieron?
Muchos me condenarán por esta crítica, pero de verdad, es lo que siento. La teniente O'Neil es un puto panfleto pro-feminista y pro-militar. En sus dos horazas de metraje te viene a insuflar en el cerebro, en plan subliminal como el mensaje de reclutamiento de Los Simpsons, que ser un Navy-Seal mola que te cagas. Y si encima eres un Navy-Seal sin badajo y con un buen par de peras, ya eres lo más de lo más. Eso sí, aunque para ello tengas que comportarte como un auténtico transexual hormonado, hacer más dominadas que Ronnie Coleman y espetar improperios como "chúpeme la polla". O sea, a ver si lo pillo: ¿la mujer en el ejército es lo más... siempre que se comporte como un jodido marimacho? Me lo expliquen otra vez. Mí no entender.
Ahora vamos con lo bueno. ¿Es aburrida? No, por favor. Es entretenida a más no poder. ¿Interpretaciones? Pues las justas y necesarias. Demi Moore jamás ha interpretado en su vida o sea que aquí no iba a ser una excepción, y Viggo Mortensen hace lo que buenamente puede y hasta te crees que es un supermegatópico oficial jefe machista y sexista que no tolera la presencia femenina en su unidad. Todo esto es remeneado con más alegados pseudopolíticos sobre las lesbianas en el ejército, y lo que obtienes es una cinta bien dirigida que hace las delicias de muchísimas mujeres (la mía, por ejemplo, tiene esta película en un pedestal) y hasta de muchos hombres que buscan un rato de acción militar. O sea que esto será cosa mía, pero yo veo esta película y me parece una mierda. Bien presentada, pero mierda al fin y al cabo. Lo único que sí que es digno de elogio es la preparación física de Moore y que pudieran rodar la escena del corte de pelo en una sola toma. Aunque por la pasta que le pagaron por ello... ¡Aniram alne etatsila!

La isla de los condenados (Scott Wipper, 2007)

Como Chuck Norris, Van Damme, Chuache y compañía están ya un poco talluditos, el moderno cine de acción se está abasteciendo de los nuevos mamporreros del wrestling. Si en mi época eran Hulk Hogan y el Último Guerrero, los Sacamantecas y el Cariñoso o Jake "Snake" Roberts y el Enterrador, ahora otra generación de moles de cuadrilátero saltan de su ring de pega a las pantallas de cine. O bueno, casi siempre a las estanterías del videoclub, para qué mentir.
Steve Austin es uno de esos casos de wrestler reconvertido en actor. Con su 1,90 y 115 kilos de pura hipertrofia, era carne de cintas directas a DVD. ¿Que interpreta como los cojones? Bueno, y qué, citadme un solo actor español bueno. ¿A que cuesta? Pues dejad a Austin en paz, que también tendrá su corazoncito. A punto de reventar, eso sí.
La idea de La isla de los condenados es una especie de fusión entre Battle Royale (que casualmente vi hace poco) y el Gran Hermano. Se trata de una especie de retransmisión por internet consistente en soltar en una isla a un montón de presos condenados a muerte para que se maten, con la promesa de que el superviviente y ganador será indultado. Todos son técnicamente hombres muertos, de ahí el vacío legal del que se aprovecha el organizador de la movida. Pero claro, entre tanto asesino, violador y terrorista también está el bueno de Austin, culpado de cosas que no cometió, y que se convertirá en héroe improvisado frente al malo malísimo que la cinta requería: Vinnie Jones, el ex-futbolista también reconvertido a actor. De deportistas va la cosa.
Qué decir, semejante argumento da para lo que da. Acción, violencia, muertes, un puntillo de tensión y muchas hostias. Además, en sus 113 minutos el director aprovecha mucho mejor sus recursos que Battle Royale, y es muchísimo más divertida y cafre. Quizá también porque resulta más fácil empatizar con una cinta occidental que con la sobreactuación japo. A saber. El caso es que sin ser una obra maestra, lo mejor que se le puede decir a esta película dirigida por casi un debutante y protagonizada por un wrestler y un ex-futbolista, es que está bastante mejor de lo que cabría esperar. Un chute de testosterona, adrenalina y Winstrol directo a la vena.

El planeta de los simios (Tim Burton, 2001)

Motivado por el peliculón que resultó ser El origen del planeta de los simios, me decidí a revisitar toda la saga. Pero empezando por de la que peor concepto tenía, aquel burdo esperpento que Tim Burton se sacó de la manga hace unos años en forma de remake-reboot-resodomización. Porque eso es lo que recordaba de esta peli, que era una basura infecta de la que solo se salvaba el maquillaje de los simios (bajo el cual había actores de la talla de Michael Clarke-Duncan, Helena Bonham-Carter o Tim Roth). Protagonizando estaba Marky Mark, y tras la cámara, como decía, el estrambótico Tim Burton, un tipo raro que sin embargo realiza películas que suelen encantarme. Además, un amigo me comentó que seguro que la película había mejorado con el paso de los años, y que sin duda me gustaría mucho más. Qué coño, me dije, pues vamos a verla. En peores garitas hemos hecho guardia.

Qué cabrito, mi amigo. Cómo me la metió doblada.

Pues no, no ha mejorado. Quizá solo un poco, porque al recordarla tan nefasta me pareció al menos entretenida. Pero sigue teniendo muchas carencias, sobre todo interpretativas. Y eso que los monos lo hacen bien, pero ver aquí a actores de renombre caracterizados con kilos de maquillaje y prótesis interpretando a los simios, solo me ha hecho apreciar todavía más el genial trabajo de Andy Serkis insuflando vida a su César CGI-motion capture en la precuela de Rupert Wyatt. Esta película es un film de aventuras al uso, al que no le falta ni siquiera la rubia tía buena y medio lela, pero carece absolutamente de ninguna épica. No emociona cuando debe, la acción tampoco es fantástica y el guión es un calco del original de los sesenta, salvo el final, que es de cosecha propia... y vaya telita de final. Indigno, rarísimo, forzado, un auténtico WTF de final en toda regla. Decir como únicos buenos puntos que la ambientación y el maquillaje son, efectivamente, tan buenos como los recordaba. Pero poquito más. Para todo lo demás, la de Charlton Heston. Y para ver un reboot bueno, la nueva. He dicho.

Dragon Fire (Rick Jacobson, 1993)

En los noventa, muchos fueron los que quisieron cogerse al carro del amigo Van Damme. Y no me refiero a inflarse a putas y farlopa (que también), sino a “triunfar” como “actores” del cine de acción. Recuerdo de aquella época alguna que otra peli que llegó a ser un puntazo momentáneo, pero que se esfumaron tan rápido como despuntaron. Por ejemplo el Arma Perfecta de Jeff Speakman o la Solo el más fuerte de Mark “Bailando con las estrellas” Dacascos tuvieron su momento, pero nada comparado con las Kickboxer o Contacto Sangriento del belga hiperflexible y megamusculado. En 1993, un amigo y yo descubrimos otra de aquellas intentonas de crear un nuevo Jean Claude. Copiando el esquema de torneo guarrete de Contacto Sangriento y todos los tópicos del género (prota que busca a un familiar/amigo/amante asesinado por un campeón muy malo que además le matará al colega que hace en el torneo durante el cual también tendrá tiempo para calzarse a una rubia), nacía esto que fue llamado Dragon Fire. Protagonizó un tal Dominic LaBanca, artista marcial de estilo indeterminado que daba el salto de ser coordinador de dobles a protagonista de una serie B absoluta, desconocido por aquel entonces y desconocido después. Y es que el chaval pegaba bien, pero le fallaba el físico, que ni de lejos era tan imponente como el de Van Damme, y que pese a ser un luchador con estilo, no se le veía excesivamente estético pegando. Como malo malísimo teníamos a Michael Blanks, enchufado hermano de Billy Blanks, otro de esos actores que logró hacerse una carrera en el cine marcial de los noventa, muy por debajo de la “primera división” pero lo suficiente como para haber vivido de ello. Algunas de las frases del guión de Blanks son escacharrantes, como cuando alude a la serpiente que le cuelga entre las patas, o todo el rollo de “fuerza máxima, fuerza extrema” que los luchadores repiten mientras se dan de leches. Además (esto me encanta) el personaje de Blanks se llama Ahmed Mustafa, pero él no se quita en toda la película un cacho de colgante de oro tipo motherfucker con las iniciales MB. Las suyas, claro. Pero se ve que ve que en Dragon Fire, el atrezzo te lo traías de casa.
Dicho esto, huelga decir que toda la peli está impregnada de un cutrismo extremo, muy a lo Cannon pero quizá incluso más. La fotografía es oscura, los luchadores secundarios carecen de técnica y de carisma, las coreografías no son buenas ni están bien filmadas, y las interpretaciones son lamentables. Mención especial al vende-clínex que le ponen como colega a LaBanca, que parece sacado de un concierto heavy guarro. Le falta la litrona al hijoputa. Y también a la pelea final, rodada con el puto culo y con la derrota más gilipollas que podáis pensar. En fin, reconozco que yo también flipé con esta peli hace casi 20 años… pero joder, es que fue hace casi 20 años. Y nos guste o no, como Van Damme no hubo otro en los noventa, por más que lo intentaron encontrar.

Battle Royale (Kinji Fukasaku, 2000)

Imaginad Humor amarillo pero con bajas. Bueno, con más bajas, quiero decir. Imaginad que en vez de a Takeshi disparando balas de corcho o haciendo que concursantes ridículos corran sobre zamburguesas y se den el hostión padre, aquí tenemos a Takeshi metiendo a un montón de estudiantes en una isla, cada uno con un arma, con la misión de matarse entre ellos o morir. Esa es, básicamente, la premisa de Battle Royale, cinta de culto (y desvarío absoluto) del cine oriental de los últimos años, cargada de gore a su estilo (nada demasiado salvaje, la verdad) y de sobreactuación japo a saco. Qué malos son los actores japoneses, por Dios. No hay por dónde empatizar con esta gente, constantemente estaba deseando que se mataran entre ellos o que cayera una jodida bomba nuclear y acabara con toda la puta isla.
Pero bueno, reconozco que la idea es buena, muy original. Ambientada en un futuro cercano en el que la violencia es tal problema que el gobierno toma medidas absolutamente grotescas, como las de escoger a una clase de instituto al azar para enviarla a combatir a muerte en el juego llamado Battle Royale, la película se torna casi creíble en su argumento. Pero claro, no en sus interpretaciones, ni en las relaciones que surgen entre los personajes, más estereotípicos que nada (no falta el típico loco que se inscribe voluntario al juego por el placer de matar, ni el ganador enviado a la fuerza por segunda vez). Además, casi dos horas es un metraje peligrosamente largo para un film de estas características, que podría haberse ventilado con más dinamismo y menos rollo en 85-90 minutitos. Resumiendo, aunque sea una de esas pelis que todo el mundo te dice que hay que ver... pues qué quieres que te diga, yo si me la hubiera perdido tampoco hubiera pasado nada.

Los Pitufos (Raja Gosnell, 2011)

Esto es lo que se ha merendado a Green Lantern en taquilla este verano. Y después de haberla visto, una vez más no lo entiendo. ¿Es buena Los Pitufos? ¡Joder, no! ¿Pero es mala? Pues hombre, mala tampoco. Es lo que es, y supongo que es todo lo buena que puede ser una película sobre duendecillos azules que viven en setas gobernados por un patriarca barbudo (cual clan gitano), luchando contra sus hormonas para no acabar haciendo una bacanal azul con la única pitufa hembra del pueblo. Porque este aspecto siempre ha tenido cojones, no me digáis que no. Aunque aquí lo medio expliquen, yo sigo quedándome con la duda de cómo es posible que no se la cepillen todos rollo bukake.
Como puntos a favor, podríamos destacar la caracterización de Hank Azaria como Gargamel, muy lograda y similar a la de los dibujos. Los propios pitufos también están bien hechos, aunque la animación y la interacción con los actores reales no es ninguna maravilla (y el 3D no lo he visto pero dicen que es bastante fulañero). Ah, y los actores... pues hacen lo que pueden. Neil Patrick Harris está solvente, pero por exigencias del guión su papel está muy lejos de resultar tan divertido como el que interpreta en Cómo conocí a vuestra madre. Simplemente cumple el típico rol de adicto al trabajo al que los pitufos le insuflarán con su visita el valor de la familia, etc., etc. Por suerte para los diabéticos, no está contado de forma demasiado empalagosa, los pitufos son moderadamente divertidos y Gargamel es un malo muy suavecito, que la peli es para niños al fin y al cabo. Pero bueno, no diré que no sea entretenida. Pero ¿como para recaudar más que Green Lantern? ¡¡¡No me pitufes!!!

El origen del planeta de los simios (Rupert Wyatt, 2011)

Ya han pasado más de 40 años desde que Charlton Heston, a lo pecho lobo, se las viera por primera vez con aquel planeta dominado por simios inteligentes en el que los humanos se habían convertido en seres inferiores condenados a la esclavitud. Aquel planeta que era el nuestro, claro, pero en un futuro indeterminado. Pues bien, con todo lo que la moderna tecnología informática y de motion capture puede ofrecer hoy en día, aquí nos llega este verano la historia del origen de todo aquello. Una historia que pretende contarnos cómo los simios llegaron a hacerse inteligentes gracias a un superfármaco para combatir el Alzheimer, y cómo empezó su alzamiento hasta convertirse en especie dominante de la Tierra. Y joder, de qué manera nos lo han contado. Esta es la típica película que te mantiene con el culo pegado a la butaca durante sus dos horas, gracias a una amalgama de elementos que la convierten en el blockbuster por excelencia de este veranito. Tiene emoción, un toque de drama, un buen pellizco de épica, muchísima acción y unos efectos especiales ante los que hay que ponerse de rodillas, además de unos personajes de los que calan. Pero curiosamente no son los humanos, sino los simios animados los que sobreviven en la memoria del espectador. Y no me refiero solo por lo espectacularmente hechos que están, sino por la humanidad que transmiten, sobre todo su protagonista: César. Una interpretación sublime y brutalmente física del rey de la motion capture, Andy Serkis, que logra imprimirle a un gráfico de ordenador más vida que todos los actores españoles a sus papeles. Es controvertido el tema de nominar a un Oscar a un actor que en realidad no aparece en pantalla, pero sin duda el trabajo de Serkis dando alma al chimpancé César es digno del más alto reconocimiento. Hay momentos absolutamente brutales, desde el abandono de César, su inicio de revolución en el refugio (la escena en la que se gana la amistad del gorila es genial), el poderoso grito de "¡no!" que da el pistoletazo a la revolución, o todo el salvaje tour de force final en el que cuando se monta a caballo ya tienes los pelos como escarpias y ya no digamos cuando le habla al oído a quien fuera su amo. Simplemente brutal. Así que supongo que si este verano solo piensas ir al cine una vez, tu elección debería ser El origen del planeta de los simios.

The haunted house project (Deserted House) (Lee Cheol-ha, 2010)

Bueno, ya es oficial: estoy hasta los cojones de las películas tipo "activity". Paranormal Activity estuvo muy bien, y su secuela incluso mejor en ciertos aspectos, aunque no nos olvidemos que en sí ya eran una reinterpretación de El proyecto de la Bruja de Blair. Pero es que joder, desde que el film casero de Oren Peli la petó, esto ha sido un puto no parar. Entre The Assylum y lo que no es The Assylum, nos han metido con calzador un capazo de refritos-remakes-cortapegas de Paranormal Activity, a saber, desde Paranormal Entity, Paranormal Activity 2: Tokio Night (versión japo que lo de "2" se lo saca del ojo de Sauron, porque no es una secuela oficial sino otra puta explotaition), 8213: Gacy House, que va de la casa maldita (¡¡maldita, Luis!! Si no se llamaría Cortijo el Molino, Finca Maria Luisa...) del asesino John Wayne Gacy, y bueno, no cuento esta mierda tampoco porque no es exactamente sobrenatural. Y seguro que hay más.
Creo que ya está bien, ¿no? ¿No hemos quemado ya suficientemente el género de cámara en mano y falso documental? ¿No es suficiente ya con la tercera secuela-precuela de Paranormal Activity que se estrena este año?
Pues no. Corea del Sur dice que por los cojones. Y es que claro, con el precedente sentado por Oren Peli y los escasos medios técnicos y artísticos que hacen falta, pues ahora cualquier imbécil coge a su novia, a sus amigos y una casa abandonada y los humilla haciéndolos participar en una peli-activity. Esta que vi ayer es insufrible, pero no menos ni más que las anteriores, sino que el problema es que esto ya está quemado. Muy quemado. Ya sabemos que no vamos a ver nada claro en toda la película. Que vamos a oír ruidos fuera de cámara, a ver movimientos mareantes del objetivo, gente gritando y corriendo y escenas totalmente a oscuras con respiración agitada. Como mucho habrá un pequeño tour de force final que durará 5 minutos (y que desde luego no justifican el coñazo de la hora y pico anterior), tras lo cual veremos un careto demoníaco, o fantasmal ante la cámara y se acabó la peli. Todas repiten el mismo patrón. Y chico, yo ya estoy harto. Ya no doy un duro por el género mockumentary de casas encantadas. En menos de 4 años han conseguido encumbrarlo y quemarlo.
En fin, que no veáis esta mierda. Paranormal Activity le pega 20 vueltas, aunque solo sea en originalidad. Pero si quieres originalidad y miedito del bueno, El proyecto de la Bruja de Blair es tu película. No lo dudes.

Super 8 (J.J. Abrams, 2011)

Ya está pasando. Al señor J.J. Abrams se le está subiendo a la cabeza su estatus de protegido de Hollywood. Esta película ha nacido ya convertida en estrella, pero... ¿qué es más difícil? ¿Sacarse un 10 o que te den directamente el 10 y tengas que mantenerlo? En este caso, la película no lo consigue. No seré yo quien diga que no ha disfrutado con el tono ochentero de la historia, de la ambientación y del guión, cuya relación entre el grupo de amigos prepúberes tanto recuerda a clásicos como Los Goonies, E.T., o incluso It (Eso). Todo está bañado de ese encanto añejo que pretende emular al cine de los años ochenta, y además la idea central de ciencia-ficción también es de lo más ochentera, puesto que no es otra cosa que un alienígena desesperado por volver a su casa después de años de cautiverio y maltrato por el gobierno (lo que justifica su cabreo, claro). Pero donde el de Spielberg era entrañable y tierno (aunque es lo más parecido a un hombre de mierda que he visto), el de Abrams es, claro está, un monstruo a lo Cloverfield. Bueno, supongo, porque como la fotografía es tan oscura como los huevos de un orco, no se llega a ver nunca absolutamente nada con claridad. Un tentáculo por aquí, una boca por allá, una figura acangrejada trepando... Pero nunca un plano claro del bicho. Como siempre, Abrams jugando al despiste para conservar el misterio, pero a mí ese mostrar tan poco ya me empieza a tocar las narices.
Pero no es esa falta de claridad, o el aspecto del monstruo la única similitud con Monstruoso, porque también comparte la parte del rescate. En aquella, un joven enamorado cruzaba Nueva York en pleno ataque del monstruo para salvar a su chica; y en ésta, el adolescente protagonista se mete en la propia guarida del alien para rescatar a la suya. Lo que no comparten ambas es el final, ya que si en la primera era realista y desesperanzador, aquí tiene ese tono feliz del cine de la época que pretende plasmar. Pero vamos, tengo que admitir que le tenía muchas ganas a esta peli, y aunque sí que es un homenaje a ese cine de nuestra infancia, se me ha hecho algo aburridilla, quizá porque carece de algo que aquellas viejas pelis sí tenían: magia. Abrams y Spielberg nos la han colado. Super 8, Super 8.... ¡¡¡¡¡por el culo te la entocho!!!!!

Caperucita Roja (¿A quién tienes miedo?) (Catherine Hardwicke, 2011)

"De la directora de Crepúsculo", según para quién, puede ser más una advertencia que un slogan publicitario. Pero bueno, igual que me pasó con la peli de vampiros que brillan al sol, me esperaba que esta película sobre el cuento de Caperucita Roja fuera absolutamente insoportable, pero mira... no está mal. Incluso es entretenida a su manera.
Desde luego aquí el cuento está adaptado muy libremente, transformando los elementos populares en más fantásticos. El típico lobo feroz es aquí un hombre lobo asesino, y cómo no, al estar la directora de Crepúsculo por medio, había que meter un triángulo amoroso. En este caso, Caperucita está prometida a la fuerza con un apuesto joven del pueblo, pero en realidad está enamorada y liada con un pobretón leñador. Cuando el hombre lobo empieza a matar, hará su aparición el personaje de Gary Oldman, muy bien llevado, por cierto. Oldman interpreta a un reverendo que tuvo que matar a su propia esposa, convertida en hombre lobo, y que después se convirtió en un reputado caza-lobos. Estricto, severo y despiadado, no duda en torturar a quien considere oportuno, como un buen inquisidor.
Lo bueno del argumento es que no es demasiado obvio. Juega al despiste con buen tino, eliminando de la escena siempre a los cuatro o cinco principales sospechosos de ser el hombre lobo, sospechosos que, por supuesto, siempre incluyen a los dos amores de la Caperuza, a su padre e incluso a su tierna abuelita. Cuando llega el final y se descubre quién es en realidad, no puede decirse que sea una enorme sorpresa, pero al menos es honesto y conserva su punto de misterio. Destacaría también que el guión no se regodea en la ñoñería, que el triángulo amoroso no es lo más importante y que la historia es, realmente, la del lobo y su relación psíquica con Caperucita, así como la del propio misterio de su identidad y la aventura de su caza. También destacar que la ambientación y el diseño de producción es excelente, reflejando muy bien ese aire de cuento no exento de cierto puntillo de crudeza. El justo, eso sí, que nadie se espere una película de hombres lobo a lo salvaje. Además, la banda sonora y la fotografía también son muy bonitas, así que casi me molesta reconocer que esta película está bastante chula, para mi sorpresa. ¿Me estaré amariconando?

La herencia Valdemar II: La sombra prohibida (José Luis Alemán, 2011)

Nuevos personajes, y por ende nuevos actores, hacen acto de presencia en esta segunda parte. Tras el prólogo-resumen que te cuenta lo más necesario de la primera entrega, toma gran parte del protagonismo el papel del detective interpretado por Óscar Jaenada, un actor que ha ido de más (Camarón) a menos (Piratas... No comments). Aquí, como era de esperar, está para que lo fusilen, como el resto del reparto de actores reciclados de Al salir de clase y Hospital Central. Solo se salva Paul Naschy y porque fue un grande del terror, aunque me da un poco de lástima que este haya sido su último papel, relegado a un simple mayordomo apenas sin líneas ni presencia.
La historia se complica con la aparición de una secta que pretende completar un ritual para traer a un demonio, algo superoriginal y nunca visto en el cine de miedo, ¿a que no? Por supuesto, personajes conocidos de la trama aparecerán como líderes de la secta, en lo que pretende ser un giro de guión sorprendente que no sorprende ni al tato. El ritmo es más lento, las escenas más forzadas (ejemplo: la de la cueva, con su penosa destrucción del puente de piedra y la persecución de ese monstruito digital por los techos) y la fotografía igual de oscura. Además, el final tampoco se salva de la quema, pretendiendo ir de final feliz en el que la maldición se termina y los supervivientes quedan a salvo, y eso sin mencionar la aparición del demonio-kraken-loquesea. En fin, cine español de terror, ¿qué esperábamos? Al menos sirve para pasar el rato, y creedme, las hemos hecho muuuuucho peores.

La herencia Valdemar (José Luis Alemán, 2009)

Una vez más, el cine español se la juega con una de sus incursiones en el terreno de lo fantástico-terrorífico. Y una vez más, es una cagada. No me malinterpretéis, esto no es una de las copro-ducciones de la Fantastic, pero igualmente estamos ante una mala película alargada innecesariamente en dos partes. ¿Por qué? Si la historia ya no era buena para una sola peli, ¿por qué estirarla para hacer dos?
Esta primera entrega nos cuenta la historia de una tasadora de fincas que es enviada a tasar la mansión Valdemar, sobre la que hay un montón de leyendas. En la mansión, la chavala descubre el cadáver de su predecesor, una extraña criatura y más fenómenos extraños, amén de personajes no menos extraños que los propios fenómenos, como el guarda de la parcela. Mediante flashbacks conocemos la historia del matrimonio Valdemar, obsesionados con el espiritismo y con el libro Necronomicón, y la peli termina cuando la Sra. Valdemar tiene que entregarse al demonio para salvar a su esposo. Mientras, en el presente, la trama sigue con la búsqueda de la tasadora (que a todo esto lleva varios días desaparecida) por parte de sus jefes y de un detective, y termina de una abrupta forma dado que, como decíamos, esto es la primera entrega de una peli en dos partes. La verdad, nada a destacar ni a machacar. La peli es lenta, pero la ambientación no está mal, aunque los actores españoles, como casi siempre, van bastante justos. La fotografía es demasiado oscura todo el rato, pero se entiende en la historia, y los pocos efectos visuales mostrados con competentes. Pero vamos, sin ser mala, tampoco es para tirar cohetes... Pero esperad, que la segunda parte ya se va de madre, para no variar.

Catwoman (Pitof, 2004)

Para que no digáis que solo me meto con Marvel porque soy de la otra, también tengo caña para la DC. Si Elektra era una auténtica y genuina basura infecta, Catwoman es una infecta basura. Y tú dirás: ¿cuál de las dos es más puta mierda? Pues las dos. Pero yo creo que a Catwoman la veías venir de lejos. Una película por la que todo el mundo ha pedido perdón hasta la saciedad, por la que Halle Berry incluso recogió su Razzie a la Peor Actriz, y tras la cual su director (un tipo de nombre Pitof) no ha vuelto a trabajar. Bueno, seguramente de camarero, pero no en el cine. Y desde luego no en los USA. Ahí no puede entrar ni con visado.
Catwoman escupe, defeca, orina y pota sobre el personaje del cómic. Personaje que no es que sea ninguna maravilla, pero que tiene su punto, aunque en general los personajes femeninos de cómic son una mierda. Pero donde Tim Burton hizo un buena versión y una excelente elección con Michelle Pfeiffer, Pitof erró totalmente en coger a Halle Berry. ¿Por qué una actriz negra? ¿Para ganar más público? ¿Para tener la excusa de emplear musiquita tipo oh-oh-oh-yeah-yeah a lo Beyoncé y de vestir a la prota de forma étnica? Desde el minuto 1 Catwoman se convierte en un alegato de que ser negra mola, y de que si encima eres mujer, pues ya eres la hostia y el mundo es tuyo. Todo a ritmo de coros negros y con los movimientos de culo de la Berry, vestida como un putón y no como una ladrona, que vuelvo a decir lo mismo que con Elektra: está para quitarle el color a lametones, pero no es eso lo que quiero ver en una película "normal". Ya hay otro cine que satisface esas necesidades más primarias.
Pero dos aspectos sobresalen en esta película. Por si el rollito negro y girl power no es suficiente, la película cuenta con los peores efectos especiales que 100 millones de dólares pueden pagar. No es que se note el ordenador: es que es un puto videojuego. La animación de Catwoman por los tejados es vergonzosa, sin palabras. Y luego tenemos la valiosa aportación de Sharon Stone como villana. Una villana (atención, que esto es verdad) que tiene el rostro endurecido como piedra a base de usar una crema antiarrugas, y cuyo plan demoníaco es distribuirla por el mundo. O sea, ¿quién escribió esto? ¿Sigue trabajando? ¿Por qué?
Como siempre, preguntas sin respuesta. Otra película asquerosamente mala sobre una antiheroína femenina, rodada con el culo e interpretada con los cojones. Un esperpento de circo que ya forma parte de esa pequeña historia de mierda que tiene la DC en el cine. Esperemos que Nolan sea capaz de hacer algo mejor con su Catwoman y que algún día, esto, solo sea un recuerdo borroso como los CGI de Halle Berry saltando por los tejados...

Elektra (Rob Bowman, 2005)

ATENCIÓN, MARVELIANOS: El siguiente artículo puede herir tu sensibilidad. Si eres de los que disfruta del maravilloso sabor del culo de Stan Lee y adoras sacarle brillo a lengüetazo limpio, yo que tú no seguiría leyendo. Estás advertido, lechón.

Que últimamente Marvel parte la pana en el cine de superhéroes, es un hecho indiscutible. Pero hubo un tiempo en el que no solo hacían películas insulsas e infantiles como las dos de Los 4 Fantásticos, sino que hacían auténtica mierda de la peor calaña. Vale, seguro que ahora hay alguno que está diciendo que si Ironman mola, que si Thor, que si Vengadores va a ser un pelotazo... OK. Pero un crimen es un crimen, amigos, aunque después hagas 1000 buenas obras. Y Elektra es un crimen contra el cine, contra la inteligencia del espectador y contra los pajilleros lectores de su cómic de corta vida.
Para más inri, Elektra es un spin-off de otra película a la que catalogar de mala es hacerle un favor: Daredevil. Aquella aberración abyecta en la que Ben Affleck paseaba su caraza por toda la cinta, se enfrentaba a un Kingpin negro e inútil y a un malo ridículo con una diana en la frente. Pero entre todo aquello sobresalía un personaje con posibilidades. Con posibilidades de hacer el ridículo más espantoso, claro: Elektra, una guerrera ninja megaguay y supertiabuenorra que tenía que vengar la muerte de su padre. En esta película propia, Elektra sigue siendo igual de ridícula, vestida con lencería (muy cómodo para matar, lo recomiendan 10 de cada 8 artistas marciales asesinos) y enfrentada a una especie de yakuza sobrenatural. Los malos son otra bizarrada, desde un tipo que proyecta sus tatuajes CGI, una tiparraca que lanza besos de la muerte o un malo final que se mueve muy rápido (?).
El guión es insufrible, la dirección pretenciosa y orientalizada (se ve que el tipo quería imprimirle filosofía ninja y no se le ocurría otra manera que rodando planos de cortinas volando a cámara lenta) y los actores están de patíbulo. Todos. Y no me vengáis con que Jennifer Garner está muy buena y tal, porque sí, lo está, pero si quiero ver tías buenas (y enseñando más carnaza) no me pongo UNA PELÍCULA DE ACCIÓN. ¿Queda claro el concepto, malditos onanistas?
Resumiendo: auténtica basura infecta que nunca debería haberse estrenado en cines. Nunca debería haber existido, qué coño. Esperemos que algún día Daredevil tenga un reinicio en condiciones y le haga justicia a sus personajes. Aunque da igual, porque Elektra es un personaje penoso de todas formas.

Capitán América: el primer vengador (Joe Johnston, 2011)

¿Recordáis lo que comentaba de Green Lantern? Con esta película he salido del cine igual de satisfecho que con la de Martin Campbell, quizá incluso un pelín menos. Pero ahora veo que en solo una semana y pico, Capitán América: el primer vengador, ya es un éxito; y Green Lantern sigue comiéndose una mierda sin ya ninguna esperanza de remontar.
Para empezar, yo diferenciaría esta película en dos películas muy diferenciadas. La primera parte sería la protagonizada por el Steve Rogers enclenque, un personaje con el que resulta facilísimo empatizar, alguien tan preñado de buenas intenciones y de coraje y sin embargo tan físicamente incapaz de desempeñarlas. Hasta que Rogers sale de la máquina convertido en el supersoldado perfecto, la peli es genial. Los secundarios, excelentes, desde Tucci como el profesor, Weaving como Schmidt o Lee Jones como el instructor militar. Todo funciona muy bien como cine de aventuras bélicas con ese toque retro y patriótico que no molesta, al contrario. Pero con el Capitán América ya en escena (y después de la divertida parte en la que no es más que un monete de feria del gobierno), la peli se vuelve absolutamente diferente, más cargada de acción y más aburrida al mismo tiempo. Ya no ofrece nada distinto. Nada con lo que se pueda empatizar. Los personajes, antes humanos, se vuelven demasiado súper. Superbueno y superpoderoso el Capi; supermalo Cráneo Rojo, que se convierte en un villano de opereta de esos con ansias de dominación mundial y un aspecto que, aunque bien hecho, da menos miedo que su intérprete a cara descubierta (y es que Hugo Weaving es mucho Hugo Weaving). No faltan heroicidades a tutiplén, romances incipientes y el típico amigo del prota que parece condenado a morir desde el minuto 1 para dar el toque dramático. Y así transcurren los últimos 40 o 50 minutos de película, entre explosiones, peleas, vuelos en avión y con el cubo cósmico de por medio. Lo mejor, el epílogo en el que Rogers despierta en nuestro tiempo, y que con una sola frase le devuelve a la cinta su mejor poder: el de ese sentimentalismo no disimulado ("tenía una cita...", dice tristemente desde ese Times Square luminoso de un tiempo presente que dista 70 años de su presente-pasado). Eso, y la cohesión que Marvel ha sabido imprimir a todas sus cintas para llevarlas a un mismo punto común. Gran mérito, buena película. Pero no mejor que Green Lantern, maldita sea.

Dylan Dog: Los muertos de la noche (Kevin Munroe, 2010)

A ver cómo lo digo sin rodeos...

Menudo trozo de mojón de película que es esto.

Mira, pues no ha sido tan difícil. Vamos a ver... Una parte de mí sabía que si Dylan Dog lleva casi dos años rodada sin haber encontrado un distribuidor en España, muy buena no tenía que ser. Pero la verdad, no me esperaba que fuera tan asquerosamente mala. Y me jode porque sale Brandon Routh y el chaval me cae bien, pero está claro que haber sido el Superman de Bryan Singer no le ha ayudado precisamente a medrar en su carrera si todo lo que puede protagonizar son películas como esta. Como esta, que es total y absoluta serie B, tirando para Z, pero con ínfulas, que aún es peor.
Para empezar, técnicamente la película es un puto desastre. Las transiciones entre escenas y el propio montaje son un disparate, usando unos efectos malísimos. Además, todas las escenas, y no exagero cuando digo TODAS, son introducidas por la voz en off de Brandon Routh contándonos lo que va a hacer, lo que ha hecho, y lo que se le pasa por la cabeza. Todas. ¿Hay algo más molesto que una película constantemente narrada en voz en off? ¿Hay, de hecho, un recurso cinematográfico peor que la voz en off? En serio que por momentos esto me parecía una versión con un poco más de presupuesto de Las aventuras demoníaco-molonas del padre Michael San Chica. Con deciros que el insufrible secundario gracioso (aquí un zombi) es de lo poco que salva la película, os lo digo todo.
En resumen, Dylan Dog es un detective privado de asuntos paranormales, y aquí se ve en medio de una movida en la que los vampiros quieren resucitar a un demonio para controlarlo, dominar a todas las criaturas sobrenaturales y después a los humanos. Muy de Blade, pero más cutre aún. Sí, MÁS AÚN. El pobre Routh (que está hecho un mulo, eso sí) deambula toda la película poniendo cara de palo, con menos expresividad que el gotelé de una pared, tanto que me dio sincera lástima porque insisto en que su Superman me encantó y que me jode que el chaval no haya tenido oportunidad de haberlo repetido. Pero aquí está mal, muy mal. La pelea final es de traca, el doble de la chavala se nota de lejos (ella está seca como la mojama y a su doble por la espalda se le ven los hombros más musculosos que a Jay Cutler), y los efectos, aunque dignos, no son nada impresionantes y todo siempre demasiado oscuro. En fin, supongo que este personaje será mejor en el cómic de lo que es aquí, porque esto es una mera versión serie B, descafeinada y lamentablemente cómica de Constantine, con toques de Underworld y con demasiados fallos. Cine cutre de manual. Con razón no la distribuye ni su puta madre.

Cabin Fever 2: Spring Fever (Ti West, 2009)

En su día, Cabin Fever (del sobravalorado Eli Roth, cuyo apellido suena a eructo) lo petó, y para muchos se convirtió en una cinta de culto. Para mí no, desde luego, porque me pareció y me parece un castañón de película que no tiene nada de especial para merecer su estatus "de culto". Es decir, que si Cabin Fever es de culto, mogollón de mierdetas directas a DVD también deberían serlo. Y como que no.
Partiendo de esa base que es una primera película bastante floja, me esperaba que esta secuela fuera tan mala que nos echáramos unas risas. Y mira tú, tan mala no es, pero las risas sí que te las echas. Incluso diría que es más gamberra, en el sentido de que no se toma en serio en ningún momento y parece beber del cómic creepy de los ochenta, y de películas cómico-gore-terroríficas como las de Creepshow. No hay más que ver que el empiece y el final está contado con dibujos animados, y queda muy bien. Además, muchas de las escenas gore superan con creces a todo el gore de la primera parte, y hasta en lo tópico del argumento y los personajes (chavales de instituto, el sheriff paleto, las fulanas, un baile de fin de curso...) parece esconderse una nada disimulada burla a los clichés del género. Sí, mientras escribo esto me ratifico en lo que digo, porque escenas como la del guaperas tirándose a la supergorda en la piscina o la mamada con ortodoncia en los servicios confirman que esta cinta pretende regodearse en esas situaciones siempre con el cachondeo por bandera. La ingente cantidad de sangre y asquerosidades varias también parece excesiva a propósito. En resumen, peli de serie B total y absoluta, que no va de cine de culto ni lo pretende y que resulta ser bastante más cachonda y asquerosa que su primera parte.

El monstruo del terror (Daniel Haller, 1965)

Ver una película de esta época es transportarse a un momento de la historia en el que el cine era muy distinto. Se trataba de contar una historia, y se presentaba de una forma mucho más teatral, más obvia, los malos eran malos y los buenos eran buenos y así nos lo hacían saber. Los enormes decorados de interiores contrastaban con los brumosos exteriores, todo siempre demasiado iluminado con luz artificial cuando debería estar en penumbra, pero así era y así quedaba bien. Entonces, claro. Está claro que hoy en día el cine no sería tolerable de este modo, por eso hay que hacer el ejercicio de viajar en el tiempo para ver una de estas cintas añejas. Aquí encontramos una típica historia de personajes tópicos y situaciones más tópicas. Nadie se creería que los protagonistas actuaran así, con ese prota masculino que tarda media hora en girarse cuando su novia grita espantada, y esa parsimonia ante las situaciones inesperadas que, más que parsimonia, es pachorra pura. ¿Se oye un grito? No pasa nada. ¿Se oye un golpe? Habrá sido el viento. ¿Tu novia te presenta a la suegra, que vive postrada en la cama, a oscuras y tras un velo negro? Pues normal, hombre. Las suegras son así. Pero conforme avanza el guión, la historia se va tornando más rara aún, mezclando meteoritos del espacio con plantas asesinas y criaturas extrañas, y lo que se te queda extraña es la cara, que te quedas como un conejo cuando le das las largas. Ni la presencia de Boris Karloff salva la papeleta, y eso que aunque parezca mentira, esto está basado en un relato de H.P. Lovecraft. Menos mal que años más tarde llegaría Stuart Gordon y le haría un poco de justicia.

Quarentine: terminal (John Pogue, 2011)

El remake americano de la estupenda [REC] se me antojó absoluta y totalmente innecesario. Era un calco, plano a plano, de la peli de Balagueró y Plaza, y aunque supongo que a los yankis les evitaría el tener que leer subtítulos, a mí me pareció una película sin ningún aliciente. Todo lo contrario que esta secuela, puesto que no es un remake de la secuela española, sino que va en su propia dirección distanciándose totalmente de la dirección tomada por la saga [REC], y convirtiéndose en una película más de zombies-infectados. Dentro de esa línea, la película no es ni mala ni buena, pero funciona, y al menos ofrece al espectador el interés de que no va a ver un remake de [REC]2, sino una película diferente que comienza donde terminaba Quarentine, pero que cambia el escenario y a los protagonistas. El nuevo escenario es un aeropuerto, y los nuevos protas son los pasajeros de un avión, su personal de vuelo, y personal de tierra. De este modo, lo que comienza como Zombies en el avión termina siendo Zombies en el aeropuerto, un espacio que, aunque cerrado, siempre permite más posibilidades que un avión en pleno vuelo. Como siempre, los infectados cumplen su papel. Dan el susto justo, la misión de este nuevo zombi que corre ya no es la de dar miedo como el zombi que camina, sino que éste lo que provoca es que aprietes el culo.
El nivel de gore es normalito, la tensión se mantiene en las escenas clave y los protagonistas son un grupo de desconocidos relativamente cumplidores. Además, sin ser novedoso, el guión se deja seguir, aunque sí toma de nuevo elementos repetidos de [REC] o Quarentine, como la secuencia final con la visión noctura. Una vez más, el final abierto deja la puerta para una secuela que seguro se realizará. Y seguro que será como ésta, directita a DVD y sin pretensiones, pero cine de terror disfrutable, al fin y al cabo.

Green Lantern (Martin Campbell, 2011)

En la era de los superhéroes cinematográficos como estamos, parece que DC no logra encontrar a su público. Esta película se las prometía como la primera de superhéroes de verdad (de esos fantásticos, con poderes y supervillanos raros) de la DC Comics, y partía con buenos puntos a favor. Por un lado, un curtido director de acción como Martin Campbell tras la cámara; por otro, un actor de moda para interpretar al héroe, un papel que le iba como anillo al dedo (jeje) por el puntito de chulería y macarreta que Reynolds y Hal Jordan comparten; por otro, secundarios interesantes como Mark Strong o Tim Robbins; y por último, un presupuesto insólito para estos tiempos, nada menos que 200 millonazos. Pero la suma de todos estos factores no han servido para que la película triunfe, y a día de hoy ni siquiera ha logrado recaudar lo que ha costado (y sin contar que dicen que el presupuesto de publicidad es de otros 200 millones, con lo que entonces estaríamos ante un sonadísimo fracaso).
Pero ¿es tan mala Green Lantern? ¡Joder, no! Green Lantern es una buena película, maldita sea. Pero por la razón que sea, la crítica la ha destrozado. Quizá porque no soportan a su protagonista, o porque Marvel ya tiene todo el pescado vendido en cuanto a películas de superhéroes y parece que nadie más tiene derecho a recibir elogios. Pero Green Lantern es buena. No es brillante. No es genial. Pero es divertida, tiene buena dosis de acción, un humor oportuno y nada discordante, y una historia que, si bien está trillada, no lo está más que cualquier otro conflicto de héroe-debe-salvar-el-mundo-de-un-villano-malísimo-y-de-paso-llevarse-a-la-chica. Reynolds está muy bien, y hace suyo a Hal Jordan, un piloto temerario que recibirá el anillo de los Green Lanterns y se convertirá en miembro de ese cuerpo de defensa intergaláctica. Los efectos especiales, criticadísimos, son muy buenos. El planeta Oa es tan bonito y alienígena que no sabes dónde mirar, y el uniforme digital de los Lanterns funciona estupendamente como lo que es: una construcción más de la energía del anillo. Construcciones que son imaginativas y muy bien hechas. Así que audiovisualmente, la peli es un festín.
Ahora bien, ¿es todo bueno? No, tampoco. La historia es muy justita. Los secundarios, salvo Mark Strong en la piel morada de Sinestro (verdaderamente genial), muy flojos. El villano Parallax es demasiado intangible, y el villano humano, Hammond, demasiado extraño y de aspecto caricaturesco. La chica de la peli es un florero, bonito pero de un solo uso. Y Tim Robbins es más un cameo, y malo, que un personaje.
Pero quiero hacer hincapié en que esto, como película, no tiene nada de malo. Es cine de verano, un entretenimiento quizá demasiado infantiloide (culpa también de la voz en off con la que empieza y termina) pero totalmente disfrutable, que resume muy bien el origen de un personaje con un universo tan rico como Green Lantern. Vamos, que no tiene nada que envidiar a Thor, las Ironman o El increíble Hulk, películas que siendo igual de sencillas y con un balance similar de aciertos y errores, sí que gozan del beneplácito de la crítica y de buenos cientos de millones de dólares de taquilla. En fin, no lo entiendo. Pero será que la DC todavía está en la parte más fea del juramento de los Lanterns y aún no ha llegado a su "día más brillante", condenada de momento a su "noche más oscura". Y yo no suelo rezar mucho, pero si estás por ahí, ¡sálvanos, Superman!

Paul (Greg Mottola, 2011)

Los dos gamberros que nos regalaron Zombies Party regresan a la carga con esta película que podría haber sido mucho mejor de lo que es. Y no es que esté mal, pero es que lo tenía absolutamente todo para ser un peliculón pero acaba cayendo en demasiados convencionalismos, algo que desde luego no ocurría con la historia de los zombies y el Winchester.
La historia arranca muy bien presentando a la pareja de amigos en su viaje a la Comic Con de San Diego y su posterior ruta por los santuarios de la conspiranoia alienígena: el área 51, el Buzón Negro, Roswell... En esas que se encontrarán con el tercer protagonista: Paul, un alienígena malhablado, mordaz, guarrete y descarado que me recuerda (supongo que a todo el mundo) un mogollón a una versión CGI del extraterrestre de Padre Made in USA. La verdad es que la comparación es inevitable. Por supuesto los dos amigos y su nuevo compañero serán perseguidos por el gobierno y se les unirá una ultracatólica tuerta (personaje que aporta el contrapunto entre ciencia y religión y que, además, es muy divertida con su manera de emplear los recién aprendidos tacos). Es en esta última parte donde todo se torna más comercial y complaciente, donde incluso se juguetea con la ñoñería un par de ocasiones, aunque el final vuelve a tener su punto divertido con el cameo de Sigourney Weaver, quien recibe en sus carnes nada menos que su mítica frase de Aliens: el regreso: "aléjate de ella, puerca". En fin, una peli que me había generado grandes expectativas teniendo en cuenta quiénes estaban de por medio, porque Zombies Party es todo un referente, pero se nota que aquí la pareja se ha vendido un poco más a Hollywood y que Paul, pese a ser entretenida, jamás será una obra de culto freak como lo fue aquella. Y es una pena, porque podría haberlo sido.

El Señor de los Anillos: El retorno del rey (Peter Jackson, 2003)

Esta tercera entrega es incriticable. Técnicamente perfecta, con un ritmo clamoroso, secuencias que le dan sentido a la palabra "épica" y una carga de emotividad indescriptible. Esto es cine con mayúsculas y con acentos, vamos. Casi lamentas cuando llega al final, como si hubieras caminado junto a Frodo y Sam el largo y peligroso sendero hasta el Monte del Destino, o si hubieras luchado junto a Aragorn, espada de Isildur en mano, contra las indestructibles hordas del Señor Oscuro.
De nuevo Gollum sigue teniendo un protagonismo fundamental, aunque en esta última parte de El Señor de los Anillos el protagonismo está más repartido y hay momentos memorables para casi todos los personajes. Sí, quizá la peor (o mejor) parte sigue estando con los dos valerosos y dolientes hobbits, con Samsagaz ya convertido en el héroe que tiene que tirar de un Frodo absolutamente consumido por el anillo. Me pone los pelos de punta la escena en la que que Sam se echa sobre los hombros al pobre Frodo que no puede seguir, diciéndole que "tal vez no pueda cargar con el anillo, pero puedo cargar con usted", y tirando monte para arriba. No menos espectacular y emotiva es la primera carga del ejército de Aragorn ante la Puerta Negra, con esa solemnidad que transmite el nuevo rey de Gondor cuando dice "por Frodo" y arranca a correr hacia una muerte casi segura sin vacilar, seguido por todos sus amigos y aliados con la misma decisión de morir luchando. O cuando aparecen las Águilas para dar un respiro al bando de los buenos, dando buena cuenta de los malvados Nazguls. Todo es épico y emocionante. Los efectos especiales, además, me parecieron aún más espectaculares que en las anteriores, desde Gollum, pasando por el aspecto de Mordor, la escena de Ella la araña, o todas las secuencias de combate. Y qué decir del final en el Monte del Destino, donde Gollum acaba convertido en personaje absolutamente trascendente y la lección moral sobre la corrupción del anillo alcanza su máxima expresión. Por supuesto, como en la saga Star Wars con la escena de la fiesta, aquí el epílogo también está cargado de sentimientos, porque el aftermath de una aventura tan grande no podía ser menos épico. Así que cuando Samsagaz cierra esa puerta redonda de su casa en la Comarca, la aventura termina. Y la trilogía se cierra como una de los mejores y más redondos ejercicios de cine de la historia.