El Señor de los Anillos: La comunidad del anillo (Peter Jackson, 2001)

Cuando Peter Jackson anunció que adaptaría al cine la vasta obra de Tolkien El Señor de los Anillos en forma de una trilogía, los frikis del mundo se la machacaron a dos manos. Y no es para menos, porque esta obra de culto de la literatura fantástico-épica se ha convertido también en tres de esas películas imprescindibles, acaparadoras de premios y de buenas críticas a la par, y sobre todo en tres filmes que dan sentido a la expresión mil veces utilizada en cine “de factura impecable”. Mira cualquier película de El Señor de los Anillos y entenderás qué es una película de factura impecable.
En esta, comienza la épica más épica de la historia con tres horas (en su versión normalita) de presentación de personajes y con las primeras enzarzadas de los buenos contra las hordas de Sauron. Conocemos la historia de la forja del anillo único, de cómo fue utilizado para controlar a todas las razas de la Tierra, desde humanos a elfos, y de cómo el rey humano Isildur logró derrotar al señor oscuro (que no es Voldemort, jeje) pero, por su codicia inherente al ser humano y la influencia del anillo, se resistió a destruirlo. Así se da pie a la historia de Bilbo Bolsón, que lo encontró y lo guardó y en esta primera entrega se lo entrega a su sobrino Frodo, que recibirá la difícil misión de llevarlo. Matizar aquí que, entre tanto personaje guay y guerrero como Trancos (más tarde Aragorn), Boromir (épica la escena de su muerte), Gandalf (no menos épica la suya) o Légolas, el pobre hobbit Frodo parece un mierda seca, pero nooooo… llevar el anillo requiere de una voluntad de acero que solo un hobbit posee, ya que el anillo corrompe y tienta hasta al más fuerte, y llevarlo es una auténtica carga. Ese es el heroísmo de Frodo, que si en esta primera parte solo se atisba, luego lo veremos con más claridad, si bien su fiel amigo Samsagaz será siempre, en mi opinión, el auténtico héroe de la odisea de los dos hobbits.
Pero mientras se forma la compañía del anillo y atraviesan sus primeras dificultades, Sauron se fortalece y al final la única decisión posible es lanzar el anillo al Monte del Destino, único lugar donde podrá ser destruido. Todo esto en tres horazas de metraje que no se hacen nada pesadas (aunque hace 10 años, cuando vi en cine esta película, recuerdo que sí se me hizo, hay que ver cómo cambian los criterios), y con una fotografía, maquillaje, efectos especiales, banda sonora y un cuidado de cada plano que convierten a esto más que en cine, en una obra de arte. Y el viaje solo ha hecho que empezar…

Stake Land (Jim Mickle, 2010)

Generalmente, las producciones de terror de bajo presupuesto suelen ser serie Z per se. Podría nombrar muchos ejemplos de carroña cinematográfica rodada por cualquier grupo de amigos con ínfulas de cineastas, con resultados a los que llamar vergonzosos es un insulto a la vergüenza. Por eso, nunca deja de alegrarme que un producto independiente como Stake Land pueda mirar por encima del hombro a muchas producciones caras de terror de estudio. Porque esto es una gran película de vampiros influenciada por muchas otras, pero con su propia personalidad. Para construir la imagen mental, pensad en películas como 28 días después, El misterio de Salem’s Lot, Vampiros de John Carpenter, La carretera y Soy Leyenda. Pues de todas ellas toma elementos. Pero no como hace The Assylum, en plan corta-pega fulañero. Lo hace, insisto, con su propio estilo, con personalidad, con carisma y con una excelente mano narrativa. Todo un logro para una cinta que solo se ha estrenado en 5 salas y que jamás verá la luz por los cines de nuestro país.
La historia es, por encima de todo, una road movie, pues todo el guión consiste en el viaje hacia Nuevo Edén de dos personajes: un rudo y experto cazavampiros sin nombre, al que solo le llaman Míster, y un joven llamado Martin, acogido por Míster cuando el chaval pierde a toda su familia en una brutal escena inicial en la que el director no se corta en mostrarnos a un vampiro devorando a un bebé, un momento realmente impactante (aunque nada grotesco) que ya te hace coger confianza en las posibilidades de la peli. A ellos se une un tercer miembro, una monja violada por miembros de una secta religiosa nacida tras el apocalipsis. Pero ¿qué apocalipsis? Pues un apocalipsis vampírico, claro. De repente, los vampiros asaltan el mundo y se comen a casi todos los habitantes, pero no se explica por qué ni necesitamos saberlo. Simplemente ocurre. Ojo, porque estos son unos vampiros geniales, clásicos pero tuneados, y no a la manera de “brillo y no me quemo y soy guapísimo y molo mogollón”, no. Vampiros sucios, medio vampiros, medio zombies, que arden al sol y solo pueden morir con un clásico estacazo en el corazón. Quizá por eso la película sufre un bajoncillo cuando el líder sectario se convierte en un vampiro inteligente, pero a esas alturas de la movida ya estaba enamorado de la cinta y me daba igual. Además, cuenta con un gran final y con dosis grandes de sangre, interpretaciones mucho mejores de lo que cabría esperar, y un aprovechamiento bestial del seguro ajustado presupuesto. En definitiva, así empezó Sam Raimi y mírale ahora, así que por favor, hago un llamamiento a los estudios de cine del mundo: dejad de darle pasta a Michael Bay y dadle una limosnilla a Jim Mickle. Peliculones de terror garantizados.

Cuento de Navidad (Paco Plaza, 2005)

Jaume Balagueró y Paco Plaza son dos nombres bien conocidos por los fans de terror patrio gracias a su pelotazo llamado [REC]. Pero cuanto más profundizas en la filmografía de cada uno, más cuenta te das de quién tiene el talento. Y no es Plaza. En este corte de Películas para no dormir, Plaza dirige un guión de Luiso Berdejo, alguien que seguro creció en los ochenta influenciado por V, It (Eso), la serie B de zombis, el giallo italiano, Karate Kid y hasta por las reposiciones de Verano Azul, ya que todos estos elementos se amalgaman aquí con más o menos tino.
La historia gira en torno a un grupo de niños que encuentran a una ladrona que ha caído en un agujero, y como dos de ellos son más malos que un dolor de muelas, deciden dejarla ahí y chantajearla para que les diga dónde escondió el botín. Una auténtica torture porn en plan soft, porque la mujer, aunque sea una criminal, las pasa putas de hambre, dolor, y caídas dentro del pozo en el que está, mientras que los chavales la putean de mil formas. ¿He olvidado decir que todo sucede en la época de navidad y que ella va vestida de Santa Claus, como mandan los cánones del slasher? De todos modos, de los 72 minutos que dura, los primeros 60 son lo que os acabo de contar, con solo una cosa ligeramente trascendente, que es el rito vudú que le hacen los dos niños más cabrones a la ladrona para convertirla en zombi, después de haberlo visto en una película cuyas secuencias protagonizan Elsa Pataky y Loquillo, momentos absolutamente bizarros de ver. Solo los últimos minutos tenemos algo de slasher, sin más muertes que la de la propia ladrona, eso sí, y nada demasiado grotesco, y con una patada grulla gilipollas de por medio y todo. Pero hay que reconocer que la última escena le da un empujón al producto, por eso de que el postre es lo último que se te queda de una comida. Y en este caso, el postre es lo único sobrenatural y de auténtico terror, y hasta te parece un final justo y apropiado para esa panda de hijos de puta de niños. Menos Moni, claro.

Troya (Wolfgang Petersen, 2004)

Troya le da un sentido a la palabra de cine épico. Pero le falta un poco de alma en casi todas sus escenas, y no sé por qué, porque lo tenía todo para ser el peliculón que no fue. Tenemos a un director bastante solvente como Petersen, a un reparto lleno de buenos actores, un presupuesto brutal de 175 millones y una historia clásica fascinante llena de personajes a los que aportar tridimensionalidad. Y en cierto modo, todo se logra, y Troya se alza como una gran película de decorados soberbios, puesta en escena magnífica, batallas espectaculares y algunas escenas memorables, pero… igual es que sale Orlando Bloom y se carga la película. Porque no me jodas, Paris es el tipo más imbécil, cobarde, y estúpido de la historia del cine épico. Un niñato tirillas que por su enchochamiento logra que se carguen a su hermano y hasta su patria. Tócate los huevos. Vale, que históricamente fue así, pero me resulta insufrible ver como toda la historia trata de una guerra por deshacer el entuerto del puto niñato. Pero bueno, por otro lado tenemos a Eric Bana como Héctor y a Brad Pitt como Aquiles, ambos geniales en sus papeles y protagonistas de una pelea magnífica que da pie a una escena posterior de Peter O’Toole con Pitt que es de una sensibilidad exquisita, y que sirve de punto de inflexión para el personaje del fiero Aquiles. Menudo guerrero que pintan aquí a Aquiles, invencible, técnico, nacido para el combate. Y se lo tiene que cargar el gilipollas de Paris, pero claro, desde lejos y a flechazos.
En fin, que Troya es una buena película de épica comercial de dos horas y media que no se hace nada aburrida, con una factura técnica inmejorable y, al menos, dos buenas elecciones de entre los tres papeles más importantes. ¿Qué le falla para no ser una obra maestra? No sé, amigos… Pero aún siendo buena le falta algo, ese puntillo que parece que, en este género recuperado, solo tiene Gladiator.

Hitch: especialista en ligues (Andy Tennant, 2005)

Will Smith protagoniza una película en la que vuelve a lanzarse el mensaje de que es muy guay, de que mola mucho y de que es el mayor y más irresistible follapavas del mundo, como ya se intenta dejar claro con el póster en el sale tan molón y sonriente. Y se lanza a ritmo de comedia romántica en la que interpreta a un tipo que vive (y vive de puta madre, ojo), como “doctor de citas”, logrando que hasta el más imbécil pueda ligarse a la tía de sus sueños. Pero no nos engañemos, porque tras esta gilipollez de argumento lo que se esconde es… pues una gilipollez de película. ¿Qué esperabais? La típica comedia romántica en tres actos con final feliz incluido y escena de boda y bailecito durante los créditos. Lo más gracioso son algunos momentos entre Hitch y su gordo padawan, con los que llegas a reírte, porque lo que es la relación entre Smith y Eva Mendes tiene menos atracción que un imán y un trozo de madera. Además, la Mendes está buena y tal, pero ¿no os da la sensación de que se ducha cada 29 de febrero?
En fin, no puedo hacer una crítica en condiciones de una película tan tópica e insulsa. Mira que me gusta Will Smith, pero esto no es ni su típico cine de acción ni sus típicas paridas tipo Men in Black. Esto es cine tipo telefilme que, incomprensiblemente y solo por la presencia de Smith, recaudó casi 400 kilos. Si es que el príncipe de Bel Air se ha convertido ya en rey de Hollywood…

Los ojos de Julia (Guillem Morales, 2010)

Belén Rueda ha pasado de ser Lucía de Los Serrano a la nueva scream queen española. Lo malo es que la amiga Belén es, como suele decirse, mucho arroz pa tan poco pollo, y sus interpretaciones quedan muy por encima de lo que los productos en los que se embarca se merecen. Esta última es el mejor ejemplo que se me ocurre, porque el guión es una de las cosas más tramposas que me he tirado a la cara, y además parece querer plagiar la estética y ambientación de El orfanato, con lo que la sensación es de no saber muy bien qué película estás viendo. O sea, en ambas Belén interpreta a una mujer (eso es obvio, ¿no?) que tiene que investigar sobre un familiar, aquí su hermana suicidada; tiene un marido gilipollas, aunque aquí salimos ganando interpretativamente porque cambiamos al subnormal carapalo de El orfanato por Lluís Homar, que si bien no es santo de mi devoción, es un actor con todas las letras; y al final, todo acaba en drama en ambas pelis, si bien aquí no hay ningún elemento sobrenatural y los papeles del drama se invierten (ved las dos pelis para entenderlo y así no os las jodo). El punto original es que Belén aquí tiene una enfermedad degenerativa en la vista que la está dejando ciega, por lo que el guión se permite momentos de plagio a Sola en la oscuridad al mismo tiempo que plagia Psicosis. Dos por uno. No diré que no haya momentillos de tensión, porque sería mentira, pero todo asquerosamente tramposo si nos fijamos. ¿Y por qué digo eso? Joder, porque sí. Si prestamos atención al asesino –un Norman Bates de pacotilla con madre asquerosa incluida–, al rollo de las “personas invisibles” y pensamos en algunas escenas en las que el malo camina tranquilamente entre la gente… vamos a ver, que una cosa es ser un don nadie y otra llevar puesto el puto anillo único en modo invisibilidad, no me jodas. Nadie se creería eso, y pretenderlo es un insulto a la inteligencia del espectador. Además, igual que en El orfanato, vuelven a considerarnos a todos los espectadores gilipollas y a menospreciar a los discapacitados. Sí, sí, como lo cuento. Si en la otra establecían la obvia y clarísima (nótese mi sarcasmo) relación entre ser deforme y ser malvado y dar miedo, en esta hacen lo mismo con un grupo de pobres ciegas en pelotas en un vestuario femenino. ¿Por qué? Pues porque les ponen los ojos en blanco y las hacen parecer una manada de hienas buscando a su presa. Y se quedan tan anchos, los muy…
No obstante, la peli se deja ver, sí. El ritmo no es malo y Belén, como decía, sostiene ella solita con sus dos ovarios el absurdo guión y hasta lo interpreta con mucha más profesionalidad de la que merecía. Pero es que, para rematar, la escena final es más pastelona que ver Ghost y Love Story en San Valentín una tarde de lluvia. “En tus ojos veo el universo…”, meten un plano de Cosmos de Carl Sagan para acabar, y listos. Joder, estamos apañados con el cine español. ¡¡Que [REC] Génesis nos salve esta mierda de año, por favor!!

El esmoquin (Kevin Donovan, 2002)

Bienvenidos al día en que Jackie Chan quiso ser James Bond y se quedó en Inspector Gadget. Esta es una de sus películas más chorras, seguro (y eso que no le he visto muchas), y más para todos los públicos. El chino saltimbanqui se pone en la piel de un taxista que acaba trabajando de chofer para un agente secreto que lleva un esmoquin supertecnológico que lo convierte en poco menos que Ironman, vaya. Y claro, como el personaje del Chan taxista es más tonto que pisarte el rabo, tiene que acabar poniéndose el esmoquin y cumpliendo una misión secreta para impedir uno de los planes más gilipollas jamás concebidos: el “malo” quiere envenenar toda el agua del mundo para que la gente tenga que comprar la que él embotella. ¿Y cómo hacerlo? Pues poniendo la bacteria en las patas de esos bichitos que flotan sobre los embalses y que se llaman como el subormal retromongol de nuestro presidente del gobierno (con perdón de todos los deficientes mentales, que le sacan 15 o 20 puntos de coeficiente seguro): zapateros. Un plan digno de que el guionista fuera directamente ejecutado después de escribir el guión, pero sin embargo esta gilimemez recaudó 105 millones, en otro ejemplo de que la gente somos, por lo general, imbéciles.
Acompañando a Chan en el reparto mientras hace sus piruetas, sus bailes a ritmo de James Brown y pega alguna que otra hostia, está la maciza de la Jennifer Love Hewitt, que aquí aún estaba delgada y tenía un viaje de ida y vuelta. No lo negaré, la chavala está gracioseta (aparte de muy buena) y hace bien su tópico papel de comparsa. En fin, película de tarde de domingo, entretenida, con algo de acción y divertida, dentro de la era del Chan hollywoodiense reconvertido más a cómico que a artista marcial. Si lo que quieres es ver a Jackie Chan haciendo kung fu de verdad, ponte Armor of God. Fliparás.

Barco Fantasma (Steve Beck, 2002)

Esta película es como esa tía que te follas a las cinco de la mañana yendo un poco perjudicado. Pasas el rato, pero luego no pienses demasiado en ella ni la vuelvas a ver, porque puedes arrepentirte. Pues lo mismo. En su época, en su momento, me lo pasé bien con Barco Fantasma, quizá porque tiene un inicio inusualmente bruto y contundente para lo que es el cine comercial de estreno en salas, y eso ya te clava en el asiento y hace que le des la oportunidad. Pero ahora, después de unos añitos sin haberla visto, me doy cuenta de que la peli es un refrito de muchas otras, con una historia poco original y que canta por soleares, y que solo se salva por los buenos efectos visuales y el escenario donde se desarrolla. Pero si os fijáis, en muchos momentos es un plagio de El resplandor, y todo el barco es una especie de Hotel Overlook flotante y mugriento, lleno de almas en pena. Y es que El resplandor y Horizonte Final se perciben como dos de las grandes inspiraciones de este guión, pero claro, hablamos de películas a las que hay que tratarlas de usted. Hay una escena en concreto, con el capitán interpretado por Byrne hablando con un fantasma mientras se toma un whisky, que parece un corta-pega de la de Kubrik. Pero luego, como decía, el director compensa con un buen ritmo y una dosis moderada de sangre y sustos, y un giro final con cierta originalidad que deja en el espectador esa sensación de derrota que tan bien le viene a estas películas. Así que en general es una peli entretenida para pasar el rato, cine de terror de la Dark Castle made in los 2000 (una época malísima para el terror, no nos engañemos) sin demasiadas pretensiones pero con lo suficiente para que te lo pases bien.

X-Men: Primera Generación (Matthew Vaughn, 2011)

Toda historia tiene un comienzo, y el de esta saga de mutantes marvelianos nos es explicado aquí con bastante detalle. Para el que no haya visto nunca una película de los X-Men esta cinta es un perfecto punto de partida, ya que cuenta con solvencia una historia bien conexa y con personajes tridimensionales. Los personajes de Xavier, Eric y Mística son los mejor definidos, y el triángulo entre ellos es la relación mejor explorada en el guión. Yo no sabía que Xavier y Mística hubieran sido casi hermanos antes de enemistarse, ni que el futuro Magneto hubiera sido uno de los X-Men originales.
La primera hora de la película es tremendamente buena, tanto la parte de Eric en la Alemania nazi (con un malísimo Kevin Bacon por el que no daba yo dos duros en este papel y lo saca de maravilla), como la del acomodado Charles Xavier y la pequeña Mística. De hecho, la cosa se desarrolla perfectamente hasta que Xavier y Eric se conocen, empiezan a usar Cerebro y comienzan su búsqueda de mutantes por el mundo (con un cojonudo cameo de Hugh Jackman incluido), momento a partir del cual la cosa cae por una pendiente lubricada en aceite y sin frenos, para convertirse en su tercer acto en una película convencional dentro de este estilo. De hecho, el segundo acto solo lo salva la historia de Hank, el piesquesonmanos, y su transformación accidental en Bestia, un punto que está muy bien. Pero como decía, la última media hora tiene la consabida batallita buenos VS. malos con discursitos incluidos, personajes que cambian de bando, y el drama final de Xavier que, si has visto las otras pelis, tampoco es una sorpresa porque sabes que acaba en una silla de ruedas. Lo malo es que lo que arranca como un peliculón y se desarrolla como una muy buena película, se desinfla de tal manera en su último tercio que la sensación que deja es de una simple película entretenida, pero sin alma.

Adivina quién soy (Enrique Urbizu, 2006)

La idea era medio buena, y por momentos la ejecución no está del todo mal. Pero a rasgos generales, este corte de Películas para no dormir (serie de películas que nos ha dejado algunas realmente buenas) es de los más flojos y prescindibles. Parte de una premisa interesante y que los primeros 10 minutos conserva el misterio. Una niña, aficionada al cine de terror a más no poder y que encima suele pasarse el día sola en casa mientras su madre curra en un hospital (y se prostituye con los celadores, o eso da a entender una grotesca y cortísima escena en un almacén de suministos), empieza a hablar con los personajes míticos de terror. Incluso llega a hacerse amiga de Leatherface (?), Nosferatu (??) y de un tipo calvo y vestido de negro que ella cree que es un vampiro. Pero un vampiro que sale de día y no arde (aunque tampoco resplandece, porque si vuelvo a ver a un puto vampiro brillante voy a coger un bate de béisbol y la voy a liar), con lo que este personaje se convierte en el eje intrigante de la historia. Así se descubre la verdad sobre la familia de la niña, cuyo padre había muerto supuestamente... y el resto ya podéis imaginarlo. Sí, el vampiro no es un vampiro, es su padre, un hijoputa delincuente y agresivo. Al menos esto da pie a una escena final que, si no es de terror, al menos es de buen thriller, y me refiero a la de la familia sentada a la mesa comiendo una pizza. Buen papel el del actor calvo, que clava su interpretación de malote. Eso sí, la resolución fantástica del final y el epílogo es una bizarrada que aún no entiendo. ¿Es todo mentira? ¿Es una metáfora a los malos tratos? ¿Es una mierda como un pino de alta? Opción 3 casi seguro.

Harry Potter y las Reliquias de la Muerte: parte II (David Yates, 2011)

Escribo esta crítica desde la más absoluta de las ignorancias como muggle, o muffin, o como coño se diga. Habla una persona (sí, yo me considero a mí mismo persona, ¿qué pasa?) que no se ha leído ni un puto libro de la saga del gafitas, y que hasta la fecha solo había visto una película anterior, no sé ni cuál, y solo la vi porque proyectaban antes el teaser trailer de Superman Returns. Así de friki soy.
En fin, pero como iba diciendo, creo que de mi párrafo anterior se extrae sobradamente que no soy un experto en Harry Potter. Ni siquiera un aficionado. Ni llego a conocedor. Vamos, que no sé una puta mierda más allá de las cuatro cosas básicas: que es un niño mago estudiando en una escuela para niños magos, que siempre iba con un niño y una niña, que sus padres murieron a manos del malo malísimo (un tipo feo con cara de serpiente y sin nariz, como el malo de Blade II) y que juega a una especie de polo aéreo sobre escobas voladoras. Si me sacabas de ahí, no tenía ni idea de nada, ni de qué es un horrocrux, ni de hechizos imperdonables, ni de las innumerables salas de Hogwarts ni de los muchísimos secundarios de la saga.
Pero pese a todo ello, he disfrutado, y mucho, con el visionado de la que es precisamente la última parte de una saga dividida en 8 películas que comenzó unos diez años atrás. Y me he enterado de casi todo (siempre con apuntes oportunos de mi hermana en el cine, claro) sin demasiado problema. Pero el mérito de este final no es solo el de componer una película clara y coherente, con buena dirección, fotografía preciosa y espectaculares efectos especiales y escenarios (que por momentos me parecía estar viendo El señor de los anillos), sino que es una buena película de aventuras y fantasía, oscura y adulta, con un ritmo excelente y un montaje muy bueno. Incluso debo reconocer que con la escena epílogo final, 19 años después, es difícil no emocionarse un poco, incluso yo que no he seguido la saga estos diez años, o sea que comprendo la emoción de quienes sí lo han hecho y ahora han visto terminar su viaje. Y eso, queridos amigos, es la mejor crítica que se le puede hacer a una octava parte sin haber visto las otras siete.

El dragón rojo (Brett Ratner, 2002)

Más luminosa y comercial que El silencio de los corderos, esta precuela que a su vez es un remake de una película muy anterior llamada Manhunter (que ya reseñé en este blog hace un tiempo) no tiene nada que envidiar al ya clásico film de Jonathan Demme. La historia engancha, convirtiéndose desde el primer momento en un thriller en toda regla, y aunque va cayendo por el camino en muchos de los convencionalismos del género, lo hace con estilo. Con un estilo que, claro está, tiene como abanderados a tres actores perfectos en sus papeles: Norton como el investigador Graham, Hopkins de nuevo como el Dr. Lecter, y un poderoso Fiennes como el asesino apodado "Duende Dentudo". Se nota que Thomas Harris, escritor de las novelas, no va precisamente sobrado de imaginación en lo que a construir asesinos se refiere, porque el patrón de su personaje malvado y de la propia trama de la investigación de la película se repite en esta y en El silencio de los corderos. No obstante, el ritmo de esta película me encanta, todo es más rápido, más animado, más frenético sin necesidad de impactantes escenas de acción, y además está cargada de buenas tramas secundarias como la protagonizada por el asesino y la joven ciega, todo un ejemplo de cómo su mente perturbada intenta luchar contra lo inamovible de su locura y despojarse de ella. La familia de Graham también pone ese punto de tensión cuando el asesino y Lecter estrechan el cerco sobre ellos, en especial en la escena final, muy bien construida y que resuelve estupendamente la historia. Aunque sí, yo también me quedé pensando que Will Graham es más difícil de matar que las cucarachas, porque aguanta una puñalada mortal y 3 o 4 tiros. Pero aún con eso, me parece una película excelente que aprovecha muy bien todo lo que tiene, que no es poco, y le imprime un buen ritmo. ¿Mejor o peor que El silencio de los corderos? Pues para gustos, los blogs, pero siendo películas muy distintas yo no sabría decir cuál me gusta más.

Un crimen perfecto (Andrew Davis, 1998)

Un crimen perfecto es un film imperfecto pero notable. Y es que remakear un clásico de Hitchcock nunca es tarea fácil, y a menudo el resultado es casi insultante comparado con la fuente. En este caso, gracias a la correcta dirección y a un trío de protagonistas que se lo curra, el resultado (permitidme el chascarrillo) no es un crimen perfecto contra el cine. Si acaso, tan solo una falta leve, no por sí misma, que está bien, sino por lo innecesario de volver a hacer algo que ya se hizo casi 50 años antes, y se hizo muy bien.
No obstante, para el que no haya visto el clásico, esta revisión le resultará un buen thriller que se escapa de convertirse en un telefilme de sobremesa de domingo gracias a su buena historia y a, insisto, un gran trabajo interpretativo. Consagrado en aquel momento como el rey del thriller de los noventa, Douglas se cree su papel de empresario venido a menos que decide servirse del amante de su esposa para cargársela y cobrar la herencia. Nada podría relacionarlo, de ahí el título. Pero como siempre, si algo puede salir mal, saldrá mal, y los acontecimientos post-intento de asesinato se enredarán y malograrán hasta un desenlace algo cantado y poco creíble, pero correcto en el contexto de la película. Los cinéfilos de pro notarán las sutiles diferencias entre este remake y su original, sobre todo en las dos muertes masculinas que hay en una y en la otra no, y que consiguen que el film de Davis no sea una burda fotocopia del de Hitchcock. Obviemos que la buena de Gwyneth parece tan afectada por haber matado a un hombre como si hubiera pisado una hormiga, y obviemos lo cantado del final, y estamos ante una película para pasar el rato. Como curiosidad, el papel de Douglas se me antoja el mismo de casi todas sus pelis, y si lo pillo en un fotograma suelto no sé si estoy viendo Instinto Básico, Wall Street, The Game, o ésta.

Dark Water (Hideo Nakata, 2002)

Seguimos con el ciclo de terror japo, y ahora es el turno de otra de las obras del reputado Hideo Nakata, famoso por ser el creador de The Ring, referente y credo de casi todo el resto de horror oriental posterior. En esta cinta, Nakata demuestra su buen hacer sin necesidad de tirar de su fantasma femenino tan típico, y a decir verdad se curra una historia intimista y bastante dramática protagonizada por una joven divorciada y su hija, luchando por salir adelante y encontrándose, de paso, en medio de una siniestra historia sobrenatural. Ojo, porque hay quien piensa que el rollo fantasmal de la peli es solo una metáfora de la lucha de la mujer por la custodia de su hija y por conservarla junto a ella, pero yo no logro verlo así, y mi interpretación del guión es totalmente sobrenatural. Con ese magnífico contrapunto dramático, pero sobrenatural. Es precisamente en ese elemento dramático donde reside el gran atractivo de esta película, a la que no le falta ya, por supuesto, un insulso remake americano. La historia de Yoshimi comienza con buen pie: encuentra piso para ella y su pequeña, Ikuko, encuentra un trabajo... pero con la primera mancha de humedad y la primera gotera empieza a desarrollarse lo extraño, lo aterrador, lo inquietante. Las coincidencias dejan de parecer tales, y los hechos parecen estar relacionados con la desaparición de una niña de edad similar a la de su hija. La clave de todo parece estar en el depósito de la azotea, y vaya si lo está. Por eso, cuando la madre descubre la verdad y comprende que solo hay una forma de mantener a salvo a su hija, no duda en actuar como actúa, y la película nos deja esa magnífica y triste secuencia, todavía mejorada por el epílogo varios años después con una ya más mayor Ikuko regresando al lugar de los hechos en una emotiva escena. Y la verdad es que es curiosa esa combinación de tensión, emoción y terror que brinda Dark Water, pocas veces bien conseguida, pero que cuando se logra da lugar a una muy buena película.

The Eye (The Pang Brothers, 2002)

Interesante propuesta del cine japonés de terror que trata de alejarse de los convencionalismos creados y explotados por él mismo, a saber, la chica de pelo en la cara y camisón blanco. Aquí la historia parte como otra cosa muy diferente y mejor, con la premisa de una joven de 16 años que se somete a una operación para recuperar la vista que perdió cuando tenía 2. A partir de ese momento un nuevo mundo se abre ante sus ojos, un mundo de luz, colores, sensaciones nuevas... y fantasmas. Porque con las nuevas córneas trasplantadas venía un regalito no deseado: la capacidad de ver espíritus. La joven tendrá que comenzar una investigación para descubrir por qué ve lo que ve, lo que la llevará a averiguar más sobre su donante y descubrir toda la verdad del asunto, lo que lleva a un desenlace con giro final que personalmente no me imaginaba así y que me parece de lo mejorcito que he visto en terror japo. Además, los fantasmas son mucho más humanos de lo que nos tiene acostumbrados el cine de terror oriental, lo que contribuye a una mayor atmósfera realista (el pobre chiquillo que pregunta por su libreta de notas es tremendo), y la cámara se convierte también en un gran recurso muy bien usado. Gran tensión todo el metraje y memorables sustos (sobre todo si es la primera vez que ves la peli) con cierto regusto a lo El sexto sentido, completan un resultado redondo. El susto de la chica que se abalanza sobre la protagonista en el pupitre o el de la mujer en el pasillo del hospital son de los de hacerse caquita en dosis insanas. No es de extrañar, pues, que la película termine como termina y que aún así el final resulte relativamente feliz después de todo. Porque joder, para ver según qué cosas, hay veces que mejor quedarse ciego.

Transformers: El lado oscuro de la luna (Michael Bay, 2011)

¡Me ha gustado una de Transformers, no me lo puedo creer!
Vayamos por partes. Desde luego, con la pasta que ha costado, los efectos visuales de esta tercera (y espero que última) parte de Transformers, tenían que ser bestiales. Pero igual no me los imaginaba TAN bestiales. Si en las anteriores la acción era a veces algo confusa y los robots parecían amasijos de hierros de un desguace, aquí Bay se falta con el recurso de la cámara lenta muy a lo Zack Snyder, y nos permite apreciar clarísimamente la mayoría de las transformaciones y de escenas de acción. Una acción brutal y sin descanso, pero muchísimo mejor rodada que cualquiera de las mierdas anteriores de Bay. Menos abuso de sus microplanos de medio segundo, menos abuso de la cámara giratoria... Menos abuso, en general. Y ese menor abuso se traduce en mayor claridad y fluidez, en menor desgaste para las córneas y las neuronas, y por tanto en mayor disfrute de una acción casi siempre clara y luminosa. Me atrevo a decir que la escena del edificio es, junto a la del hotel de Inception, la mejor escena de acción de la década. Y eso sin contar que la última media hora es, en sí misma, una larguísima escena de acción bélica y de ciencia ficción que resulta realmente buena pese a sus burradas (quedaos con el paseíto de Sam colgado de un cable sin que se le arranque, ni se le disloque siquiera el brazo...).
Pero fiel a su estilo, Bay repite muchas de las cagadas que firman su cine. Los personajes son todos estereotípicos, y los mejores son los robots, que aunque parezca mentira están dotados de más profundidad que la mayoría de los personajes humanos y te importa más que muera un robot que cualquier protagonista. Aunque también se incluyen un par de secundarios, sobre todo el de John Malkovich, que salvan su parte con creces y con risas. Los más ridículos de las anteriores se refinan un poco, como los padres de Sam. Y hasta LaBeouf me resultó tolerable en su papel, mucho menos insufrible y más chulito-heroico, aunque sigue resultando incomprensible que pueda ligarse a tías como Megan Fox o, en esta secuela, a la pedazo de rubia que lleva al lado y que sacia el apetito voraz de Bay por descubrir y filmar siempre a la tía más buena que puedas imaginarte. Por cierto, menudas indirectas que le sueltan a la Megan, si estáis atentos.
Pero bueno, poco más que decir. Blockbuster veraniego solo es una expresión: la definición es Transformers 3, una buena película de acción, ciencia ficción y comedia que hasta un detractor de Michael Bay y Shia LaBeouf como yo debe disfrutar. Es imposible no divertirse con ella, macho...

El chico de oro (Michael Ritchie, 1986)

En los ochenta, Eddy Murphy molaba. Estaba en su apogeo, eran esos 6 o 7 años en los que sus gracias y su humor negro (negro de que es negro, porque de humor negro tenía bien poco) aún era divertido, y no la bizarrada inmunda hacia la que derivaría a posteriori. Y para mí, por muchas razones -supongo que la principal es la sentimental y nostálgica de mi infancia-, ésta, junto a El príncipe de Zamunda, es mi favorita, y no me canso de verlas de vez en cuando. Pero es que no puedo evitar partirme el culo con la mayoría de chascarrillos de esta peli, algunos de los cuales ya forman parte de mi repertorio paridero habitual con tanta normalidad, que ni me acordaba que salían de aquí. Desde el "bésame el culo", el "alabulibeya", al tono chulito de ciertas frases o el "sácate ese moco de la ropa antes de que se congele y te cortes con él". Brutal.
La historia es pura fantacomedia, ese extraño género mestizo nacido (y muerto) en los ochenta que fusionaba el terror soft, el fantástico y la comedia, aquí en una proporción de 10%, 30% y 60% respectivamente. Sin perder nunca el toque cómico, El chico de oro es la aventura de Chandler (Murphy), pintoresco detective buscador de niños perdidos (de quien no se sabe de qué cojones vive, porque parece trabajar por su cuenta sin que nadie le contrate ni le pague) que se ve convertido en el elegido para salvar al chico de oro en cuestión, un pequeño buda que representa al bien y que ha sido secuestrado por demonios. Por un demonio en cuestión, Sardo Numspa (Charles Dance), un malo bastante light para ser un siervo de Satán, pero dentro del canon de la época. La aventura llevará a Murphy y a su china acompañante al Nepal (donde la secuencia de la daga de Adjanti y la posterior en el aeropuerto son descojonantes), hasta la pelea final del detective y el niño contra Numspa ya transformado en demonio stop motion de lo más encantadoramente cutre. Pero no hay que juzgar la película con mano dura. Es lo que es, tremendamente entretenida, divertida, con 5 paridas por minuto y con un Murphy haciendo lo que mejor se le daba, cuando se le daba bien. Entretenimiento familiar intemporal y cachondeo ochentero garantizado.

Shutter (Banjong Pisanthanakun y Parkpoom Wongpoom, 2004)

Con clara influencia del terror japo, esta producción tailandesa que ya posee su propio remake americano dirigido por un japonés (cágate), se eleva bastante por encima de la media de sus producciones. No por la originalidad de sus fantasmas (básicamente la misma chica en camisón y con la melena negra cubriéndole la cara, aunque ésta da bastante rollo), sino por lo bien hilado de su trama y por el buenísimo ritmo que posee y que te mantiene clavado al sofá.
Un accidente de tráfico de un hombre y su novia que atropellan a una chica, sirve como detonante para que la trama eche a rodar. Pero la verdad es que solo sirve como despiste, buen despiste, la verdad. Uno puede pensar que el fantasma del atropellad@ es el acosador del protagonista, pero con esta premisa lo que vamos es descubriendo un oscurísimo secreto del pasado del fotógrafo, precisamente con las fotografías siempre como segundas protagonistas. Escalofriantes algunas de las instantáneas en las que vemos las apariciones espectrales (algo que, ahora que caigo, también han usado en la más reciente y cojonuda Insidious), aunque el momento escalofrío total se lo lleva cuando descubrimos el por qué del dolor de cervicales del protagonista, que poco tiene que ver con el accidente de coche. Realmente es una imagen genial y aterradora, de la que vamos teniendo algunas pistas (como cuando se pesa en la consulta médica y la enfermera lo mira flipando), pero que aún así no deja de ser impactante. Lo mejor, el fluir de la trama y la revelación del secreto del fotógrafo, junto con la citada imagen en la que vemos el motivo de su dolor de nuca. Lo peor: que repite el típico fantasma a lo The Ring. Pero aún con eso, una de las mejores representantes del horror oriental y una excelente muestra de lo que es que tu novia se te suba a la chepa, jeje.

El maquinista (Brad Anderson, 2004)

Christian Bale da aquí toda una lección de lo que es ser un actor del método. Aunque el método en sí pueda estar a punto de matarte, porque vaya tela. Para meterse en la piel (y nunca mejor dicho, porque es todo piel) del protagonista, Trevor Reznik, Bale perdió unos 30 kilos de los habituales 75-80 que suele pesar, quedándose en 48 kilos para la película (y subiendo después en pocos meses a los 100 de puro músculo para Batman Begins, o sea que la palabra camaleónico ni se le aproxima). Un peso peligrosísimo para un tipo de 1,83 y complexión fuerte como él, lo que le confiere en la película un aspecto que, más que explicarlo, hay que verlo:

Escalofriante, ¿verdad? Quizá la peor transformación física que le he visto a un actor para meterse en un papel, y algo que muy pocos se atreverían a hacer por propia salud. Con razón dicen que Bale fue un tipo huraño y hosco durante el mes y poco de rodaje, sin hablar con nadie ni relacionarse con el equipo y comiendo solo una manzana y una lata de atún diaria. De hecho, cuenta Aitana Sánchez-Gijón (coprotagonista de la cinta) que en la fiesta de fin de rodaje, una vez que Bale pudo volver a comer con normalidad, todos descubrieron a un nuevo hombre simpático y hablador.
No obstante, el aspecto de Bale, aunque extremo, es perfecto para su personaje, el de un hombre que lleva un año sin dormir y que empezará a sufrir de una extraña manía persecutoria que le hará creer que toda su fábrica y todas las personas de su entorno están conspirando contra él. Con un pulso excelente, un guión que da dosis de información justas poco a poco, y una fotografía oscura que contribuye a la trama, vamos descubriendo la realidad de Trevor y todos los personajes, reales y ficticios, que le rodean. Quién le deja esos post-its en la nevera. Por qué no duerme jamás. Y al final todo queda claro como solo sucede de vez en cuando en los grandes thrillers. El desenlace de El maquinista (título que, por otro lado, no me gusta para esta película) está a la altura de grandes finales como el de Seven o El club de la lucha, y resulta tan demoledor como coherente y, por qué no decirlo, incluso esperanzador. Porque pese a todo, Trevor es un buen hombre al que llegas a coger cariño. Un buen hombre que comete un error terrible, sí. Y la historia te enseña que, en un buen hombre, la culpa puede llegar a devastarte y consumirte. Literalmente.

Hulk (Ang Lee, 2003)

Yo mismo me confieso culpable de no haber sabido ver lo bueno de esta película en su momento. Lo poco bueno, pero bueno al fin y al cabo. Y es que está claro que cuando uno va a ver una película de un "superhéroe" como Hulk, lo que se espera es destrucción a mansalva y hostias como panes de hogaza. No un atormentado personaje con una historia extraña de trasfondo, un Hulk que tarda casi una hora en salir y que cambia de tamaño constantemente en lo que es toda una violación al personaje, y la pelea final más absurda desde Catwoman. Que ya es decir.
Pretendiendo dar un pequeño giro a la historia de siempre de Hulk, Ang Lee y sus guionistas se equivocaron. La radiación gamma es la causante no de la transformación del Dr. Banner en Hulk, sino de despertar en él los efectos de un experimento genético llevado a cabo por su padre. Aquí quiero hacer un apunte a la gente de Marvel: la radiación gamma TE MATA, señores. Te deja calvo, chorreando sangre por todos los orificios y tosiendo pulmón hasta que te mueres. No te convierte en superhéroe. Pásense por un lugarcillo llamado Chernóbil y me lo cuentan.
Pero en fin, cuando Banner (un sosísimo Eric Bana que no me gusta nada para el papel) ya ha despertado su mutante interior, la cinta empieza a animarse un poco. Pero en dirección errónea. Porque no me jodáis que es muy normal que Hulk tenga una pelea contra tres perros (uno de ellos un puto caniche) mutados como él; tres HulkDogs, vaya. Vale, la escena mola, pero es en sí un enorme WTF de proporciones fétidas. Después la escena de la huida por el desierto y los tanques está chula, quizá la más luminosa y hulkesca de la cinta, aunque tanta luz permite también apreciar mejor sus enormes carencias de FX, unos FX que cantan excesivamente a ordenador en lo que era un mal común en la época y que convertía al personaje y a las escenas de acción en un jodido videojuego. No obstante, la mayor cagada es que la película dura 2 horas y 20 minutos, un metraje exageradísimo al que, encima, le sobra toda la última media hora. Si la película hubiera acabado cuando el ejército pilla a Banner después de que Betty lo calme y lo deshulke, aún hubiera pasado. Pero no contento con eso, Lee nos brindó media hora de pelea final entre Hulk y su papi, pelea que consiste en que se griten y se reprochen y que acaben en un lago entre más CGI. Ni una sola hostia verás.
Pero en cualquier caso, le reconozco a Lee un buen pulso narrativo y una dirección y montaje imaginativos partiendo la pantalla en plan viñetas de cómic. Vale, no es suficiente para que Hulk destaque, y desde luego su secuela-reboot con Edward Norton le pega mil millones de patadas, pero viéndola con un criterio cinematográfico algo más refinado, Hulk no es una mala película del todo. Lo que pasa es que no es la película que necesitaba el gigante verde para debutar en el cine.

El tiburón del pantano (Griff Furst, 2011)

El canal Syfy le está haciendo una dura competencia a The Assylum en la carrera por convertirse en los mayores productores de basura infecta (NOTA: Y ahora que veo quién es el director de esto, me doy cuenta que también ha dirigido alguna de las mejores perlitas de The Assylum, o sea que ¡¡¡encima se retroalimentan!!!). Con presupuestos paupérrimos, actores recolectados del arroyo más cenagoso, guiones delirantes y un becario con Windows Movie Maker al cargo de los efectos visuales, este canal se alza como dignísimo adversario película tras película. Pero es esta la que más hilarante me ha parecido por muchísimas razones, comenzando por su premisa, título, monstruo protagonista y entorno de ambientación, todo resumido en el propio título: El tiburón del pantano.
Joder, para meter como monstruo de una peli a un tiburón de las profundidades en un pantano de Louisiana hay que tener una muy buena idea o muy poca vergüenza. ¿Adivináis qué es lo que tienen los de esta película? Si tu respuesta ha sido "una buena idea", fuera de mi blog. Si ha sido "muy poca vergüenza", sigue leyendo. Porque al tiburón se le mete con calzador, explicando de cualquier manera que un tiburón de las profundidades puede aguantar muchísima presión y que por ello es casi indestructible, y además argumentando que los tiburones pueden sobrevivir un tiempo en agua dulce.
Pero lo mejor de todo no es el tiburón digital al que apenas se ve y que canta a ordenador de manera casposa, nooooooo, no nos llamemos a engaño. El tiburón es una puta obra maestra comparado con los protagonistas, un grupo absolutamente imbécil de personajes que no importan NADA. Es más, no se importan ni entre ellos, porque cuando el novio de la protagonista muere devorado por el tiburón (de la forma más imbécil que podáis imaginar, claro), ella se hunde, grita, se queda completamente destrozada y deshecha por la pérdida de su amor... durante medio segundo. Después jura venganza contra el tiburón (¿¿¿) y a los 5 minutos ya está flirteando con el agente del FBI, de modo que al final de la película ni siquiera recuerdas que el personaje del novio hubiera existido. Alucinante.
Pero no menos alucinantes son los demás personajes: un gordo chino que hace las veces de personaje explicación, un negro borrachín que muere en una de esas epic scenes que seguro andan por YouTube, una hermana medio lela de la protagonista y el agente del FBI más chorra que podáis imaginar. Todo aderezado con un villano de segunda, el sheriff local, que trafica con animales exóticos y al que solo le falta acariciar compulsivamente a un gato y morderse el meñique en cada aparición para demostrar lo malote que es. Nauseabundamente tópico y carente de sentido.
En cualquier caso, recomiendo el visionado de esta película para pasar un rato de hilarante entretenimiento. Disfrutarás con sus errores de racord, con sus frases ridículas, con sus personajes absurdos y con el inherente surrealismo que la trama ya le da per se. Además, el final homenajea (por no decir parodia) al de Tiburón, aunque acaba de forma... un poco distinta. Os invito a verla para descubrirlo, pero eso sí, tened en cuenta que mi recomendación es absolutamente cómica y que la película es exactamente lo que parece: una jodida bazofia.

Los puentes de Madison (Clint Eastwood, 1995)

Este telefilmero pastelón se salva de ser ignorado gracias a la presencia de los dos monstruos que lo protagonizan y del monstruo que lo dirige. Porque reconozcámoslo, la película es una moñada de dimensiones épicas, pero con una pareja como Clint Eastwood (a la dirección y protagonizando) y Meryl Streep, hay que darle una oportunidad incluso a un melodrama como este.
La historia es en sí un enorme flashback con dos o tres momentos en tiempo presente, sobre todo el principio y el final. Pero es el flashback lo que contiene la historia principal de ese amor tan puro que brota en el perdido condado de Madison, entre sus arboladas, sus puentes, sus granjas y su ruralidad tan rutinaria. Es en esa rutina en la que el personaje de Streep se encuentra sumida, una ama de casa abnegada y entregada a su familia, pero ya carente de esa chispa romántica que le diera la vida en su día. En esas, durante un fin de semana en el que su marido y sus hijos se marchan a un certamen de esos de condecorar a las vacas, es que aparece un apuesto hombre que lo tiene todo para conquistar a la pobre mujer. Es guapo, inteligente, fotógrafo y aventurero con mil historias que contar y todo el mundo a sus espaldas, y encima se enamora de la ama de casa hasta las trancas. La verdad es que pese al pastelonazo que es, los dos protas lo llevan muy bien, y su relación semiprohibida resulta muy bonita y está cargada de una química que atraviesa la pantalla, una química nada sexual y absolutamente romántica. La película contiene, además, uno de los finales más hermosos de la historia reciente del cine, ese momento en la camioneta bajo la lluvia en el que Streep tiene que decidir qué hacer, y aunque decide lo que decide, ese fin de semana junto al amor de su vida siempre la acompañaría. Igual a mí como marido que también soy me repatea un poco ese final (pese a lo bonito, insisto) en el que ves que una esposa ha sido capaz de pasarse la vida a tu lado amando a otro. ¿Gran gesto de amor o cabronada sin parangón? Pues depende de para quién. El caso es que es inevitable que esta cinta no arranque emociones al más pintado, y que no resulte más tierna que el pan Bimbo. Moñeta, sí, pero cinematográficamente hermosísima y con una historia de amor de esas que hacen historia.