Indiana Jones y el templo maldito (Steven Spielberg, 1984)

Spielberg, Lucas y Ford regresaron a la carga con esta segunda parte que en realidad es precuela de En busca del arca perdida. Esta es la primera película de la saga en la que, al más puro estilo de los seriales cinematográficos antigos, el título es el nombre del protagonista + el nombre de la aventura en cuestión. Y así tenemos Indiana Jones y el templo maldito, la menos querida de las tres películas buenas de las aventuras de Indy (veréis que la cuarta ni la cuento) y que, sin embargo, a mí me gusta un poco más que En busca del arca perdida, pero claro, bastante menos que la sobrehumanamente buena Indiana Jones y la última cruzada. Siempre teniendo presente que todas las de Indy son geniales.
Aquí las aventuras del arquéologo más famoso del mundo le llevan a la India tras un prólogo magnífico en China, con otra de esas secuencias en las que tensión, acción y comedia se aúnan de maravilla mientras el Dr. Jones trata de recuperar el antídoto para el veneno que le acaban de endiñar. Conocemos a sus compañeros de aventuras, la torpe y urbanita Willy y el pequeño Tapón, una especie de protegido de Indy del que, ahora que lo pienso, nunca más se supo ni de su carrera post-Indy y post-Goonies, ni de su personaje, que no se vuelve a mencionar en las posteriores entregas. Pero es igual. Jones acabará lidiando contra un culto ancestral con poderes oscuros que dejan las mejores secuencias de la peli, todo por recuperar una piedra sagrada para la aldea y salvar a todos sus niños secuestrados como esclavos. Vamos, Spielberg como siempre haciendo denuncia, y aunque no repite a los nazis como malos, los sectarios de Kali, comandados por una especie de Lex Luthor diabólico, un malo absolutamente de serial, son casi tan malvados. Igual que el prólogo, la acción, romance, comedia y aventuras imposibles son la constante en una cinta imparable: el pasillo de los bichos, la escena del bote salvavidas, la huída en las vagonetas, el puente colgante... Amén de otras escenas ya míticas como el peculiar banquete asqueroso o la breve transformación de Indy en Evil Indy. Acción increíble con el sello de la saga, pero aún así mucho más creíble que lo de la puta nevera, no me canso de decirlo. Será que los héroes aventureros como Indy nacieron para resplandecer en los ochenta, donde destacaban. Ahora, quizá, traerlos de vuelta es un ejercicio desfasado.

Invasión a la Tierra (Jonathan Liebesman, 2011)

Coge el guión de Independence Day y elimina lo más bochornosamente pseudocómico y pro-yanqui, y sustitúyelo por la acción bélica de Black Hawk Derribado o En tierra hostil, todo ello protagonizado por un actor (Aaron Eckhart) cuyo talento demostrado no le impide embarcarse en producciones que otros desdeñarían por irrisorias. Si mentalmente ya has realizado esta pequeña simulación, ya tienes una idea general de qué es y qué es lo que ofrece Invasión a la Tierra, así que ya es tu responsabilidad verla.
Yo debo reconocer que me lo he pasado bien. Sin apenas prólogos ni explicaciones, la historia enseguida nos presenta la amenaza de esos meteoritos que frenan al entrar en la atmósfera y cuyo corazón es metálico, y pronto salta el ataque extraterrestre con una única misión: arrasarnos a nosotros como población indígena y colonizar nuestro acuoso planeta, como Colón hizo más o menos con los nativos americanos. Como protagonistas tenemos al típico grupo de marines americanos, duros pero sin llegar al nivel de los de Aliens, y capitaneados por un teniente hispano y por el sargento que interpreta Eckhart, que arrastra un pasado turbio por una misión en la que perdió a un par de hombres. Argumento de relleno, vaya, porque su historia importa un pimiento, pero había que tratar de dotar de profundidad a los personajes, y de paso dejar que Eckhart luciera sus siempre correctas aptitudes interpretativas. Hay acción a raudales aunque a veces un poco mareante por la cámara, explosiones, robots alienígenas, más tiros que toda la serie de El equipo A y las típicas dosis de dramatismo y heroicidades tipo Pánico en el túnel. Por supuesto, al final los americanos siempre dan con la solución (aunque aquí, al menos, es mucho más física y creíble que el virus informático que se inventan en ID4), porque ellos son los mejores y son marines americanos, como Eckhart repite cincuenta veces en la película mientras grita: "¿Retirada? ¡Y un cuerno!" Pero todo esto no impide que sea una película totalmente disfrutable y entretenida dentro de ser una colección de clichés y repeticiones (como la pobre Michelle Rodriguez interpretando por enésima vez a la misma soldado machito de Resident Evil o Avatar), pero al menos clichés bien conducidos y con ritmo.

El sexto sentido (M. Night Shyamalan, 1999)

Podemos decir tranquilamente que esta es la mejor película de terror de los años 90. Pese a que muchos lo pensamos, esta no fue la primera película de su realizador, pero a efectos de casi todo el mundo como si lo fuera. Esta es la cinta que lo dio a conocer, y en la que demostró todo su talento para contar historias e imprimirles su ritmo y su personalidad. Algo dificilísimo y que separa a los buenos cineastas de los que nunca pasarán de ser del montón. Quizá solo por El sexto sentido tenemos que perdonar a Shyamalan haber filmado Airbender, porque una película así de buena ya justifica el resto de tu carrera.
Cuando se estrenó, no faltaba el típico hijoputa que iba diciendo por ahí que Bruce Willis es un fantasma todo el rato, pero la verdad es que esa parte de la historia, la más sorprendente, sirve para dejarte alucinado la primera vez que la ves, pero después es puramente anecdótica. Os puedo asegurar que disfruto de El sexto sentido en cada visionado, observando sus pistas, sus matices, su empleo del color rojo como elemento anunciador de un momento crucial, con la interpretación fascinante del niño Haley Joel Osment y la pesadumbre e impotencia de Toni Collette como su madre. Pero sobre todo, no deja de fascinarme cómo Shyamalan teje la película como una araña su tela, sin que le sobre un plano, narrando con una soltura y un tempo inusuales, y con planos y escenas brillantes en las que prácticamente se burla de nosotros tirándonos a la cara el que es el gran impacto de la película, algo que es muy fácil ver cuando ya la has visto, claro. Vemos a Willis con la misma ropa constantemente, lo vemos acompañar al niño a todas partes pero jamás interactuar con nadie que no sea él, vemos la relación muda con su esposa y creemos que atraviesan una crisis... son tantos los detalles que a veces pienso que soy idiota, pero el caso que Shyamalan supo jugar con el espectador como nadie lo hacía desde hacía mucho tiempo. Por otro lado, aparte de la intriga, el drama y el suspense, tampoco le falta terror del bueno a esta película. Las apariciones de los fantasmas son escasas pero perfectas, llenas de tensión espeluznante, y sentimos el terror del niño y su angustia de vivir así (que no tiene que ser tan bonito ese don como lo pintan en Entre Fantasmas, serie que plagia descaradamente a este argumento... aunque no hablemos de plagiar argumentos, ¿eh, Amenábar?). Y el final, sorprendente la primera vez y perfecto todas las demás, no puede ser más adecuado. Shyamalan redefinió el thriller sobrenatural y todo lo demás es historia.

Pin (Sandor Stern, 1988)

Salta a la vista que Psicosis sirvió de inspiración a Sandor Stern para escribir el guión de esta película que él mismo dirigiría. El eje argumental es bastante similar, tomando como punto de partida una enfermedad mental (esquizofrenia paranoide) que el protagonista va dejando de manifiesto conforme avanza el metraje. Pero donde esta película se distancia del clásico de Hitchcock (además, por supuesto, de que Hitchcock era un genio y Stern no) es en la introducción de otros elementos añadidos y en una mayor profundización sobre la locura del protagonista. Así, se nos muestra la vida de Leon desde pequeño, junto a su disfuncional familia: su hermana Ursula, sus padres (el padre, médico, es el actor Terry O'Quinn, Locke en Perdidos, y la madre una obsesa de la limpieza que mantiene el mobiliario plastificado) y el desconcertante muñeco anatómico Pin, del que su padre, experto ventrílocuo, se sirve par darle lecciones a los niños y crear un clima agradable con sus pacientes. El problema es que Leon siempre considera a Pin como un ser realmente vivo (por su locura y por la influencia de su extraña familia y ciertos acontecimientos como presenciar a la enfermera de su padre montárselo con el muñeco), y dentro de su enfermedad lo considerará su consejero. La muerte de los padres de Leon acaba de desencadenar su descenso completo al infierno de la locura, convirtiendo a Pin en un miembro más de la familia, dándole ropa, rostro y hasta un puesto en la mesa para cenar. Está muy bien llevada la relación con su hermana, quien ya mayorcita ha aprendido a buscar el cariño que le faltó de sus padres en la bragueta de los hombres (queda claro que él está obsesionado con ella de una forma bastante poco fraternal), y el cómo Ursula aguanta estoicamente como puede la locura de su hermano, tratando de restarle importancia y de llevarlo bien. Evidentemente, no siempre es posible, y al final Leon comienza a volverse peligroso y a desarrollar esa doble personalidad de Pin, asesina y descontrolada, desencadenando el apropiado final de la película también claramente influenciado por Psicosis. El caso es que me esperaba un truño como un puño y esta es una película indigna del Canal Buzz, porque es una buena película bien narrada, con dos interpretaciones principales muy buenas y un desarrollo inteligente de personajes y situaciones, que convierten a la película en una serie B solo de presupuesto.

Demons II (Lamberto Bava, 1986)

Dario Argento y Lamberto Bava están detrás de esta producción estereotipo del terror italoamericano ochentero. Y digo italoamericano pese a que la película es totalmente de producción y dirección italiana, pero su elenco medio yanki y su clarísima influencia del cine yanqui en el ritmo y otras cositas así lo requieren.
Demons presentó a los zombies-demonios recluidos en el reducido espacio del cine Metropol, pero en esta secuela toman un edificio de apartamentos lleno de personajes pintorescos. Muy a lo Poltergeist, el primer zombimonio (vamos a llamarlos así) surge de una televisión en la que se está proyectando un documental sobre la anterior noche de los demonios (supuestamente, la primera película), y a partir de ahí toma posesión de una chica muy a lo Evil Dead y comienza la masacre. La peli tarda en arrancar, eso sí, pero es relativamente original que se alterne el documental con la acción de los inquilinos del edificio, todo con ese encanto ochentero repleto de guateques con música de sintetizador, ropa cutre y peinados vergonzosos. Los zombimonios están graciosos, el maquillaje es exagerado y bueno (¡¡qué dentaduras, por favor!!), y el estilo visual me recordó también a Raimi en algún que otro zoom y algún que otro movimiento divertido de los poseídos, confirmando las fuentes de las que esta película bebe en esa americanización de la que hablábamos. No falta la dosis generosa de gore de la época, aunque se hace de rogar hasta su última media hora, pero llega. En definitiva, un gran ejercicio de serie B de dos de los grandes nombres del género en una cinta que se deja querer.

La invasión de los ultracuerpos (Philip Kaufman, 1978)

La ciencia-ficción tiene muchos padres y madres, y cada uno le ha dejado como quien dice un pequeño rasgo definitorio, igual que nuestros padres nos dejan el hoyuelo en el mentón, el pelo rizado o los ojos azules. Este remake del clásico de Don Siegel de los años 50 (considerada una de esas madres de la sci-fi) parte con la desventaja, precisamente, de versionar a una película tan referencial. Pero podemos afirmar que no solo sale airosa de tamaña empresa, sino que en muchos aspectos, sobre todo en uno que luego comentamos, es arrolladoramente superior.
La invasión de los ultracuerpos (título ya brutal) presenta la perspectiva de una invasión alienígena en toda regla, pero alejadísima de convencionalismos del género. ¿Dónde están las naves espaciales y los hombrecillos verdes, o los monstruos de tentáculos y los robots armados de láseres desintegradores? La amenaza del espacio llega aquí en forma de esporas que viajan con las tormentas solares, y que llegadas a un planeta, lo cubren, lo fecundan, y lo toman. En el caso de los seres humanos, las esporas crean dobles perfectos de cada persona, conservando sus recuerdos, sus costumbres, pero eliminando su personalidad y convirtiéndolos en partes de una comunidad que es como un solo ser interconectado. Cuando el personaje de Donald Sutherland, el de Brooke Adams o el de Jeff Goldblum empiezan a tomar conciencia de la inconcebible situación, ya es demasiado tarde. San Francisco está ya prácticamente tomada por esas réplicas no humanas, y solo unos pocos quedan para resistir a base de ocultar sus emociones para no ser descubiertos mediante un grito que helará la sangre de tus venas. El reparto es de lujo, como habréis leído, y me faltan nombres como el de Leonard Nemoy, Veronica Cartwright o, en un papel muy pequeño, también Robert Duvall. No le falta de nada a esta película de ritmo perfecto, tensión insoportable y todo el buen hacer de la mejor ciencia-ficción, rematada por lo que comentábamos al principio que es lo mejor de la cinta: un final pesimista, trágico y espeluznante que te deja, mientras caen los títulos de crédito, con los ojos como platos y el alma a los pies. PE-LI-CU-LÓN, amigos. Si aún no lo has visto, no sé qué demonios haces perdiendo el tiempo leyéndome.

Daylight (Pánico en el túnel) (Rob Cohen, 1996)

Entre 1996 y 1998, Hollywood se empeñó en destruir el mundo o, al menos, en demostrar la pupita que nos puede hacer la propia naturaleza. Entre esos dos años vieron la luz películas como Twister, Armageddon, Deep Impact, Volcano, Un pueblo llamado Dante's Peak... o ésta. Ésta que, dentro del género de catástrofes, no presenta una catástrofe natural sino una derivada de un accidente, en una historia con toques de ¡Viven! (pero sin comer chicha humana de por medio) y reminiscencias típicas del género catastrófico.
Tras una presentación de personajes y del entorno, pronto pasamos a la acción. Los protagonistas, cada uno de un padre y una madre sin que falte casi ningún cliché (presos, abuelos, familia medio rota y hasta un perrito que se salvará en el último momento, como mandan los cánones), se quedarán igualados a un mismo estatus cuando el túnel que une Nueva York con Manhattan queda sellado por una explosión. Ahí entra nuestro tópico número X, el personaje de Stallone, Kit Latura (otro nombre molón de esos tipo Gaetano Dragonetti o Herkemer Homolka), un ex (inserte aquí lo que se quiera, por ejemplo... sanitario de emergencias) con un pasado turbio y que entrará a guiar a los supervivientes a la luz del día. No faltarán heroicidades, dramas, pérdidas, tragedias y acción por el camino, e incluso algún toque de moralina religiosa y la típica e imprescindible relación amorosa incipiente entre Stallone y la chica de la película, todo mientras el variopinto grupo aprende la lección de que "unidos saldremos, separados palmaremos". O algo así. El caso es que a mí me gusta esta película, pese a sus incontables clichés y su trilladez argumental, pero es entretenida, con toques justos de acción y drama y una banda sonora poderosa, en una muestra de que incluso en lo más trillado, de vez en cuando, Hollywood sabe hacer algo que destaca.

La Pasión (Michael Offer, 2008)

Estamos en Semana Santa, tiempo de comerse la mona, de longaniza de pascua, de volar cometas y de que todos los canales se pongan de acuerdo en emitir cine histórico. Estos días, Ben-Hur, Cleopatra, Los diez mandamientos y Espartaco (la peli de Kirk Douglas, no la serie de sangre CGI y nabos) se convierten en clásicos de todas las cadenas. Y claro, tampoco faltan las películas sobre el gran protagonista de todo este tinglado cristiano: Jesús. Y como siempre he admitido, a mí me encanta Jesucristo como personaje histórico, y no suelo perderme ninguna de las adaptaciones de la que se considera su vida, que van desde la políticamente correcta y clásica La historia más grande jamás contada a la casquería lacrimógeno-goréfila de La Pasión de Cristo, pasando por la meapilesca Jesús de Nazaret (tan larga que es casi en tiempo real) o algunas realmente divertidas de puro malas, como la TV-movie Jesús. Y de TV-movies va la cosa, porque esta que ahora me ocupa es una miniserie que realizó la BBC a rebufo del polémico y controvertido éxito de Mel Gibson.
La Pasión está protagonizada por Joseph Mawle, un actor de aspecto mucho más rudo y musculoso de lo que estamos acostumbrados a ver como Cristo. Y es que en un tema del que todo el mundo tiene que contar mismo, solo puedes diferenciarte en pequeñas cosas, con más o menos acierto. La Pasión pretende desmarcarse dado un enfoque humano de Jesús, sin mostrar peces multiplicándose, ciegos sanando o leprosos que se limpian de sus heridas. Lo que muestra es la ascensión de ese galileo que atrae masas, y a quien el Sanedrín acaba viendo como un enemigo a batir, para lo que contará con la ayuda de Roma, siempre dispuesta a hacer un hueco más para otra cruz. Mawle ofrece una interpretación cercana y convincente, tierno con los niños, divertido a veces en sus sermones, destrozado cuando se enfrenta a sus últimos instantes de libertad y valiente a la hora de afrontarlos. Vemos un gran hombre, sí, pero no nos meten con calzador la idea de que sea el hijo de Dios. Eso sí, el título tiene trampa, y si esperas ver una tortura o una crucifixión duras, esta no es tu película. Todo es muy light, muy rápido en su tramo final (tanto que hasta se omite el juicio de Herodes y Pilato manda crucificar a Jesús a la primera de cambio) y tan respetuoso que hasta incurre en cierta falta de rigor histórico. Pero en definitiva, tres horas de película que se dejan ver, a sabiendas de que es la misma historia de siempre y de que es muy difícil hacer algo diferente con la figura de Jesús.

La milla verde (Frank Darabont, 1999)

Stephen King es un escritor cojonudo, y al que le pique, que se rasque. Un tipo prolífico hasta lo inconcebible, y con obras en su haber que, si bien narrativamente no son ninguna maravilla, desbordan imaginación a la hora de convertir elementos cotidianos en sobrenaturales. Además, con relatos como Rita Hayworth and The Shawshank Redemption demostró que el género carcelario y realista tampoco se le escapaba, y Frank Darabont lo convirtió en todo un peliculón de los que yo sitúo en mi top ten de películas favoritas, llamado aquí Cadena Perpetua. No creo que necesite más presentación.
En esta ocasión, de nuevo Frank Darabont tras la cámara y adaptando en guión otro relato de Stephen King, demuestran que su unión siempre es grata para ser convertida en cine. La milla verde incorpora, eso sí, un elemento fantástico que Cadena Perpetua no tenía ni necesitaba, y que aquí se convierte en algo imprescindible para esta historia. Una historia sobre bien y mal, sobre fe, sobre fuerzas desconocidas y sobre la naturaleza humana, representada por un grupo de carceleros capitaneados por Tom Hanks (solvente, como siempre), y por una mole negra llamada John Coffey (Michael Clark Duncan). Alguien cuyo aspecto gigante y musculoso contrasta con su bondad y su semblante bonachón, pero que está acusado de un terrible doble asesinato y va a ser ejecutado por ello. La verdad sobre John Coffey, su naturaleza, su poder y el asesinato de las gemelas nos tendrá en vilo hasta el final, un final dramático y perfecto, con un toque mesiánico muy apropiado y capaz de emocionar al más duro. Y es que lo más sorprendente de esta película es que un tipo que no cabe ni por la puerta de la celda, sea capaz de inspirar tanta ternura y dar semejante lección sobre el amor y la bondad. Así que merece la pena recorrer esta milla verde junto a Paul, John, Mole y los demás, y asistir a un drama sobrenatural carcelario de lo más bonito, que aunque no llega a la altura de una obra maestra como Cadena Perpetua, se queda solo un pelín por debajo.

Lo que la verdad esconde (Robert Zemeckis, 2000)

Resulta raro ver a Harrison Ford como malo malísimo de una película, pero precisamente en eso, y en su cooperación interpretativa con Michele Pfeiffer, reside el principal interés de esta película. De no ser por el estupendo trabajo de esta pareja de actores, ambos con mucha experiencia a sus espaldas, y por la estupenda dirección de Robert Zemeckis en su última película live action antes de pasarse a la animación CGI, Lo que la verdad esconde no habría pasado de ser un telefilme más de esos que estamos hartos de comernos en las sobremesas. Pero no hay que dejar pasar la oportunidad de ver a Indiana Jones en un registro diferente, o de disfrutar de la belleza y el talento de Catwoman como abnegada esposa que descubre lo que la verdad esconde. Y lo que esconde la verdad, en su caso, es que su marido es un hijo de la gran puta.
El Zemeckis de esta película no es exactamente el de Forrest Gump o Náufrago, aunque su talento para narrar la historia con pulso lento y firme se mantiene intacto, pero también demuestra saber emplear golpes de efecto y crear momentos de buena tensión y sustos anunciados, pero que igualmente asustan. La trama es muy interesante, con una intriga in crescendo en la que se te pasan varias cosas por la cabeza (una de ellas, claro, que el bueno de Han Solo no sea tan bueno), pero aún así encuentro muy apropiado y sorprendente ese tour de force final con escenas como la de la bañera, rodada con muchísimo estilo. El clímax final es lo más criticado de la peli, aunque yo también lo encuentro apropiado y remata una película de intriga sobrenatural con ese protagonismo final del elemento más sobrenatural propiamente dicho. Lo mejor, sin duda, el disfrutar de una pareja de lujo protagonizando un film muy bien orquestado por un director también de lujo, lleno de planos imaginativos y momentos de morderse las uñas.

Indiana Jones y la última cruzada (Steven Spielberg, 1989)

Mientras escribo esta crítica, no puedo evitar silbar la música del prólogo. Indiana Jones y la última cruzada. Solo pronunciar el título ya da nosequé. Y es que nos encontramos ante la película de aventuras definitiva, la mejor de toda la saga Indiana Jones y seguramente la mejor de la historia del cine. Aventuras, acción y comedia en estado puro, con un reparto alucinante en papeles perfectos y montones de secuencias inolvidables, todo acompañado con una banda sonora a cargo de John Williams que se une a lo que vemos y se convierte en un todo inolvidable e icónico. Esta película es poseedora, además, del mejor arranque posible, esa primera aventura de un joven Indy tratando de hacerse con la Cruz de Coronado y dándonos, al mismo tiempo, ciertos datos del Indy adulto que todos conocemos: de dónde viene su miedo a las serpientes, cómo se hizo la cicatriz del mentón, cómo se le ocurrió llevar siempre un látigo encima o, lo mejor de todo, de dónde sale su mítico gorro. Sé que he repetido esta comparación muchas veces en esta bitácora, pero vuelvo a gastarla: ese plano del joven Indy recibiendo el gorro, y levantando la cabeza después ya como un Indiana Jones adulto mientras suenan sus cuatro acordes, vale más que todo el cine español hecho y por hacer. Es una maravilla. Pero es que la película no deja descansar, y con un montaje soberbio vamos de América a Venecia, de Venecia a Alemania, de Alemania a Iskenderun, en una última cruzada en busca del Santo Grial con dos caballeros nada típicos: Indiana Jones y su padre, o Harrison Ford y Sean Connery, formidables los dos y formidables sus papeles y la relación entre ellos que va avanzando como la película (me encanta la cara de admiración que se le queda a Indy cuando su padre usa su paraguas para espantar a las gaviotas que se cargarán al avión nazi que les persigue). Secuencias inolvidables salpican la película todo el rato, en un ejemplo de lo que decía sobre que es la peli de aventuras por excelencia: la persecución en las lanchas, las catacumbas venecianas, la huida en el sidecar, el asalto al castillo nazi, el rescate del padre de Indy en el tanque o el final, con las tres pruebas del Grial. Una película absolutamente redonda y perfecta, en la que ni siquiera los tontos fallos de racord (la X del suelo que se ve y no se ve, la pared de ladrillos que se cae sola...) empobrecen el resultado. Indiana Jones y la última cruzada. Dilo muy alto, la mejor película de aventuras que jamás te tirarás a la cara.

Ace Ventura II: Operación África (Steve Oedekerk, 1995)

La palabra clave de esta película es "sikaka". Y "sí, caca", es lo que es esta película. Pero como casi todas las películas de Carrey, una caca divertida al máximo y repleta de gags con los que pasar un buen rato con el modo "ESTUPIDEZ" en posición "ON" en tu cerebro.
Jim Carrey repite el papel del detective de mascotas que lo empezó a catapultar a la fama dos años antes como uno de los actores cómicos más importantes de los noventa. Aquí, ya consagrado después de la sobrevalorada La máscara y la asquerosamente divertida Dos tontos muy tontos, y justo antes de retozar con aquel excremento fílmico que fue Batman Forever, Carrey nos ofrece una dosis mortal de su histrionismo, su gesticulación y su pasadez de vueltas. La película arranca con cierta parodia bien llevada de Máximo Riesgo, en la que la víctima de la caída es una mofeta. Recluido en un monasterio budista para expiar su culpa, Ventura recibirá un disparatado encargo que será la trama de la película: recuperar un murciélago albino para impedir una guerra entre tribus africanas. Y con ese pretexto, se desarrollan los gags para los que el guión es mera excusa, unos gags que son exactamente los de la primera entrega, pero cambiando escenarios y multiplicándolos por mil. Si Ace aparcaba a lo bestia, aquí su aparcamiento es una locura; repite el hablar con moviola, repite los caretos, repite todo intentando emularse a sí mismo. Lo único original, y es lo mejor de la peli, es su salida por el culo de un rinoceronte animatrónico, un gag realmente bueno que solo un tipo como Carrey puede llevar a cabo con ese desparpajo. Por lo demás, es lo de siempre, y si no eres fan de Carrey o de la comedia gilipollas, te parecerá un ejercicio de anticine. Pero es un buen rato de diversión absurda, y mucho más recomendable que cualquiera de la nueva hornada de loqueseamovies que parecen ser la tendencia cómica de esta nueva década.

Terror en Amityville (Stuart Rosenberg, 1979)

Basada en escalofriantes hechos reales, Terror en Amityville es uno de los clásicos de casas encantadas. Denominación ésta que me resulta graciosa en algunos casos, porque por algo "encantado" no piensas en algo tan horroroso como lo que sucede en la casa protagonistas de esta historia, a la que mejor podríamos llamar "casa endemoniada". James Brolin, con su pelazo y su barba, y una Margot Kidder muchísimo más sexy que en su papel anterior de Lois Lane (que enseña chicha sin pudor y estaba hasta buena), dan vida con buen hacer a ese matrimonio que consigue su sueño americano en forma de enorme casa victoriana, sin saber la horrible historia de asesinato y locura que esconden sus muros y que pronto les irá afectando. Lo inexplicable se va convirtiendo en aterrador, en especial en lo que al cabeza de familia respecta, puesto que él es el más vulnerable a impregnarse con la maldad que habita la casa. Pronto entrará en escena el otro personaje protagonista de la cinta, el sacerdote interpretado por Rod Steiger que nos deja la memorable escena del exorcismo, las moscas, el pomo incandescente y, lo más acojonante, su salida por patas de la casa sin ni siquiera mirar hacia atrás. Esta parte siempre me gusta y me parece creíble a partes iguales, porque estoy casi seguro que la mayoría de los curas saldrían cagando leches de una casa en la que se toparan con manifestaciones tan evidentes de una presencia demoníaca. Salvo el padre Merrin y el padre Michael San Chica, claro, que no temen a nada. La última media hora de la película es un tour de force con los protagonistas luchando por sus vidas y por escapar de ese agujero de maldad, y el abrupto final semifeliz sirve para acabar de dejar muy claro que, en este caso, la familia protagonista solo tenía dos opciones: morir en su casa o salir corriendo como hizo el cura y perderlo todo pero conservar la vida. Un final algo menos bonito que el de su remake de 2005, aunque en esencia el mismo. Sin más rodeos, muy buena película que supera con solvencia el paso de los años.

Escalofrío (Bill Paxton, 2002)

Sobria, diferente, con el pulso lento y poderoso como el de un ciclista, y un sólido guión con un giro final que no llega a verse venir del todo. Así podríamos pincelar a grandes trazos cómo es esta película que supuso el debut en la dirección de Bill Paxton, actor secundario de sobras conocido por su participación en casi todos los filmes de James Cameron, y que en esta película demuestra, por un lado, que no solo dispone de un registro cómico o de acción, y por otro que no se le da nada mal lo de ponerse también del lado de la cámara en el que no se le ve.
La película juega con el tiempo de la narración, presentándonos en flashback toda la historia central, la de ese padre (Paxton) que, un buen día, dice haber recibido la visita de Dios encargándole la misión de destruir demonios camuflados en personas, armado con un hacha y con toda su fe. A todas luces, esta supuesta revelación parece un claro caso de chaladura, pero la película, muy hábil, te deja que seas tú el que creas lo que quieras. Cuando Paxton ve un demonio, tú no lo ves. Pero tampoco dejas de verlo. Cuando él habla de "destruir" un demonio, tú puedes pensar en que es "asesinar" a una persona... o creerle. Para mostrar esa dualidad, tenemos a sus dos hijos pequeños, uno que cree en la verdad de su padre, y el otro que considera que se ha vuelto un loco y peligroso asesino. La falta de fe del hijo mayor dejará excelentes secuencias como la de su encierro en el sótano y el asesinato del policía, todo ello, según Paxton, como pruebas de Dios para probar su fe. Y así, con la narración pasada llegando a su fin, lo que cobra protagonismo es el tiempo presente, en el que uno de los dos hijos ya mayor (interpretado por Matthew McConaughey) iba contando la historia a un policía al que, supuestamente, está confesando sus crímenes como "el asesino de la mano de Dios". Os dejaré a vosotros descubrir el giro final, efectista y correcto, que viene a rematar de maravila una película de terror sobrenatural y supense distinta, sin efectos especiales ni monstruos visibles. Todo es sugerido, nada mostrado. Sirva como colofón la frase con la termina la película, extraña en el contexto del cine de terror religioso-demoníaco y, sin embargo, perfecta en este film: "es usted una buena persona". Y usted, señor Paxton, un buen director.

Tiburón (Steven Spielberg, 1975)

Tuvo que llegar el cine para descubrirnos, prácticamente, que los tiburones existían y podían comernos. Corría el año 1975 cuando Steven Spielberg, en el que sería el primero de sus grandes filmes, metió miedo a toda una generación a bañarse en el mar. Él y su amigo John Williams, que con su partitura anunciando la llegada del monstruo marino, todavía creaba más tensión aún que esa aleta asomando por la superficie. Con un reparto en estado de gracia encabezado por Roy Scheider y Richard Dreyfuss, lo genial de Tiburón es su capacidad para crear una atmósfera de enfrentamiento casi de western, con un genial pulso entre sus protagonistas y el malo de la historia, ese pedazo de cacho de trozo de tiburón blanco que se come cuantos bañistas puede. Spielberg demostró una brillante actitud como cineasta, creando planos realmente innovadores bajo el agua. Pero tampoco falta, y esto es lo mejor, una descripción de personajes muy elaborada, que convierte a los tres protagonistas más absolutos en personajes cercanos y carismáticos por los que tú, como espectador, te preocupas. Los efectos especiales también supusieron un gran puntazo, mostrando al tiburón en todo su esplendor cuando era preciso (aunque solo fuera de medio cuerpo para arriba), y Spielberg no escatimó en sangre. Como colofón, esta película prácticamente acuñó el concepto de frase "muere, monstruo", con una de las mejores de la historia del cine (si no la mejor): "sonríe, hijo de...". Roy Scheider ni siquiera la termina al acertarle de pleno a la bombona de oxígeno y acabar con la amenaza. En fin, un pequeño gran clásico con demasiadas secuelas que ni recuerdo, pero Tiburón, por sí sola, es toda una obra maestra del thriller de terror.

Expediente X: Tooms (Harry Longstreet y David Nutter, 1993-1994)

Vale, esto no es una película, pero como si lo fuera. Tooms es, para mí, una de las mejores historias de Expediente X, una de esas series que marcaron mi infancia y la encaminaron a ser el consumidor de ciencia ficción y terror que soy hoy en día. Con la salvedad de que Expediente X era de calidad, y la mayoría de la bazofia que veo, no. Pero Tooms es uno de esos episodios míticos (o dos, a decir verdad, porque la historia se desarrolló en los episodios 2 y 20 de la primera temporada), una de esas historias inolvidables de aquella serie que apenas comenzaba (1994, amigos...), en la que Mulder "el siniestro" y la racional Scully tenían que investigar casos imposibles sin la ayuda de Internet, herramienta que hoy en día lo resuelve casi todo, y ni siquiera con un teléfono móvil, propiciando momentos de tensión tan buenos como el de este episodio en el que Mulder no puede avisar a Scully de que el monstruo está en su casa porque no había móviles. ¿No os parece deliciosamente retro?
Pero aparte de la nostalgia por esta serie, Tooms es un asesino inolvidable. ¿Monstruo? ¿Mutante? Nunca queda claro (esa era la magia de la serie), pero lo que sí queda claro es que es un cazador implacable que, cada 30 años, necesita 5 hígados humanos para sumirse en una hibernación que lo mantiene joven desde el siglo pasado. En este episodio, y aprovechando la investigación de los dos agentes de los expedientes X, se tocan muchos palos. Empezamos a ver la complicidad entre Mulder y Scully, a perfilar sus dos posiciones, racional ella y deseoso de creer él, y empiezan a establecerse las bases de su confianza y de esa tensión romántica que tan bien funcionó. Un momentazo de esto es la conversación del coche, en la que sabemos que Mulder consiguió que hasta sus padres le llamaran por el apellido, o en la que los dos tienen esa conversación tan memorable: "Si hay té helado en esa bolsa, esto es amor." "Es el destino, Mulder... cerveza." Todo esto sin olvidarnos del asesino comehígados y capaz de estirarse como Mr. Fantástico para colarse en las casas de sus presas, hasta que Mulder y Scully logran detener su ciclo para siempre. En definitiva, fantástica muestra de una de mis series favoritas, que aunque fue degenerando progresivamente hacia una trama demasiado compleja, nos dejó auténticos capitulazos de freek of the week (acuñando prácticamente el término) como éstos dos que forman la historia de Eugene Victor Tooms.

Incubus - El experimento (Anya Camilleri, 2005)

Lo que más me fascina del slasher teen es siempre su coherencia. Cualquiera de nosotros podemos sentirnos identificados con la forma de actuar de los protagonistas de estas películas, como en el caso de ésta. A ver, es normal. Si estás con tus amigos por ahí y tu coche vuelca por un terraplén en un accidente que te cagas pero del que todos salís absolutamente ilesos, ¿qué haces? Pues adentrarte en el bosque y refugiarte en un hospital psiquiátrico vallado hasta las trancas y al que solo puedes entrar haciendo rappel por un pozo. ¿A que tú habrías hecho lo mismo? Y te digo más. Si dentro te encuentras un par de cadáveres y a un tipo extraño que da un mal rollo que te cagas, encerrado en una habitación de máxima seguridad y encadenado como si tuviera más peligro que Eduardo Manostijeras de masajista, ¿qué harías? Pues ponerte a investigar, hombre. Si lo sabe todo el mundo.
En fin, sarcasmo a parte, el cine americano es así. Ya lo dice Goyo Jiménez, los americanos son mejores que nosotros, más bravos, más chulos, más preparados, tienen sensación de vivir. Así que ellos siguen palante en esas instalaciones lóbregas (pa los de la LOGSE, oscuras, tenebrosas) y así nosotros, españolitos pegados delante de un televisor, tenemos una hora y media de película de matanzas y experimentos paranormales de proyecciones astrales. Un argumento que podría ser interesante, pero claro, con los medios de los que se dispone, un guión así de inverosímil y un reparto nada creíble (salvado por la presencia de Tara Reid, una guapa actriz con proyección que ha acabado convertida en una de mis screem queens de serie B favoritas con títulos referenciales como Alone in the Dark (mítico el polvazo con el "Seven Seconds" de fondo, jajaja) o la hilarante Víboras Asesinas), la cosa no podía salir bien. A su favor diremos que no sale mal del todo, y que pese a coleccionar tópico tras tópico hasta completar el álbum, la cinta se deja ver, sin más. Típico producto telefilmero o directo a DVD que ni siquiera cosechó secuelas, y que sirve para abultar un poco más ese ya inflado fardo de películas prescindibles, anodinas, y realizadas en cadena y a destajo. Así que haré como el asesino de esta historia y me morderé la lengua para no decir nada más. ¡GÑÑÑÑÑÑÑ! Da edftá, da be da he adancado. ¡Hadta la pdódzima, abigoz!

El discurso del rey (Tom Hooper, 2010)

Un rey tartamudo y un logopeda sin título. En principio, la película no tiene demasiado atractivo, y por eso he tardado un tiempo en animarme a verla. Y hombre, la gran obra maestra de todos los tiempos no es, pero pese a tratar de lo que trata, hay que reconocerle una frescura y una originalidad muy de agradecer en estos tiempos que corren de remakes, secuelas interminables y adaptaciones de cómics y videojuegos.
La historia es la del rey Jorge VI de Inglaterra, padre de la actual reina Isabel II, y la película ya empieza poniéndote en situación, con un primer plano del que no es sino el archienemigo de la historia: un micrófono. Y es que, cuando de un rey se espera elocuencia y fluidez a la hora de hablar a su pueblo, a este rey se le trababan las palabras, se enganchaba, y sus discursos eran un sufrimiento para él y para quienes lo escuchaban. Ahí entra el humilde logopeda llamado Logue, con sus métodos poco ortodoxos y basados sobre todo en labrar una relación cercana y amistosa con el rey (tarea nada fácil tratándose de la realeza y de un terapeuta sin título) para que se sienta confiado y relajado. Qué puedo decir del trabajo de los actores, pues están todos soberbios. Colin Firth lo borda, te hace sufrir su tara con él, reírte con sus censurados tacos y apretar el ojetillo en cada discurso que pronuncia, animándole desde tu asiento para que lo termine sin engancharse; Geoffrey Rush, excepcional, en un papel paciente, amable, noble, simpático, valiente por desafiar a un rey con apuestas, tuteos y tratándole como si fuera un paciente cualquiera; y Helena Bonham Carter en un segundo pero inmenso plano, aportando la serenidad y majestuosidad real justa en cada aparición. Además, e insisto en que esto también tiene mérito, para ser fundamentalmente la historia de un rey tartaja, nunca te aburres, y la historia real se mezcla con la comedia y con el drama en sus medidas de receta perfecta. Pero sin duda lo que mejor sensación me deja de esta oscarizada película, de su manera de estar contada y de su trabajo interpretativo, es que cala hondo. Porque no nos olvidemos de que al final de la película habremos asistido a cómo un rey ha muerto, otro ha abdicado por amor, otro se ha coronado, y el mundo está a punto de sumirse en la Segunda Guerra Mundial. Pero terminas con una sonrisa porque Berti completa su discurso y llama amigo al bueno de Logue. Y es, que al fin y al cabo, los que te importan aquí son ellos. Todo lo demás... solo es historia.

Los mercenarios (Sylvester Stallone, 2010)

Te lo has currado, Sly. La idea de juntar en una misma película a muchos de los héroes de acción de los 80-90, ya era sumamente atractiva para quienes nos hemos criado con esa panda de repartehostias. Pero es que, además, Stallone lo ha hecho con estilo y buen tino, sin andarse por las ramas y dando a sus fieles lo que éstos esperaban. ¿Y qué esperas de una película en la que sale Stallone, Jet Li, Jason Statham, Dolph Lundgren, dos o tres gigantes del wrestling, Gary Daniels, Eric Roberts, Mickey Rourke y algunos otros que ni me acuerdo? Tómate tu tiempo para responder. ¿Profundidad de personajes? ¿Diálogos inteligentes en una trama compleja y bien resuelta? No, amigos. HOSTIAS COMO PANES, esperábamos. Y hostias como panes obtenemos. Nadie se va a sentir defraudado, es más, me atrevo a decir que Los mercenarios (pésima traducción de un título que debería haberse traducido como Los prescindibles, pero que vendía menos), satisfará al más exigente consumidor de acción mierdera de la Canon de Golan-Globus de los ochenta.
El argumento es muy sencillo: Sly (de nuevo muy delgado, como más joven y más fuerte que el vinagre tras el abotargado aspecto que presentó en Rocky Balboa) lidera a un grupo de mercenarios en el que está casi todo el reparto mencionado arriba. Como un Equipo A pero cuyas armas sí que matan, este equipo de élite se deja contratar para resolver conflictos como secuestros de piratas y cosas así, y acabarán contratados por BRUCE WILLIS después de que SCHWARZENEGGER rechace hacer el trabajo en una escena épica entre estos tres monstruos de la acción. ¿Qué trabajo? Derrocar a un tirano de estos de república bananera. Pero claro, será una trampa y blablabla, habrá una chica de por medio y blablabla, los mercenarios son los buenos y blablabla... Da lo mismo. La excusa está servida para hincharse a pegar tiros, cuchillazos y dejar más muertos a su paso que la Peste Negra, incluido Eric Roberts, cuya muerte vale por dos. Ya me entenderéis. Todo con mucho humor ochentero y mogollón de vaciladas entre las que destaca la GRAN VACILADA DE LA HISTORIA DE LA HUMANIDAD, más que caminar sobre las aguas o tirar a pagar con una American Express Platino. La gran vacilada es el "momento Loreal" que nos deja Jason Statham después de darle una paliza a 6 tíos en una cancha de basket. Y os invito a ver la película para descubrirla, porque es de encanarse a reír.
En fin, peliculón de acción de los ochenta con medios técnicos de hoy en día. Es como revisitar tu película favorita de hace 20 años pero bien hecha. No te la pierdas, si te gusta el género.

Baby Shower (Pablo Illanes, 2011)

Me he enterado gracias a esta película que un baby shower es una reunión, generalmente de amigas (en femenino), en la que se celebra el avanzado estado de embarazo de una de ellas, con juegos, regalos, etc. Una costumbre, supongo, o muy americana o muy, muy pija, porque jamás había oído hablar de ella. Pero mira tú por dónde, en Chile sí, y un director andino ha utilizado esta idea de base, batida con un toque de hechos reales ocurridos por la zona, para dar como resultado una película de suspense slasher-survival-torture porn en toda regla... con toques de Sexo en Nueva York. Olé sus cojones por la mezcla.
Y sí, digo Sexo en Nueva York porque la primera media horita de la película nos introduce en el círculo de esas cuatro amigas participantes del baby shower de una de ellas, todas bien situadas, sexualmente liberales y atractivas, con roles que bien podrían recordar a los de esa serie espantosa que jamás he visto, pero que me han comentado. Sobre todo el rol de la devorahombres más madurita, protagonista de las escenas más subidas de tono (un polvazo espectacular) en una película cargada de ellas, y de una de esas escenas que, de puro bizarras, se te quedan en la retina: arrancar un nabo (y no una hortaliza precisamente) de un mordisco. Fellatius interruptus a bocadus, creo que se le llama. Pero esto solo es una muestra más de una cinta que, en su tramo final, esconde un auténtico festival de torturas y burradas más propias de Martyrs o Hostel que de un slasher al uso. Pero aunque el gore es siempre una opción y a menudo se emplea gratuitamente, en este caso está al servicio de una historia que posee tintes sectarios que se desarrollan bastante bien, dejando una buena intriga en el ambiente que sirve para mucho más que para ir haciendo body count, entremezclando la matanza con ese argumento sobre sacrificios y extraños ritos pseudo-hippies. Al final, incluso encontramos un último plano con una fotografía preciosa de Los Andes, en otro alarde de la correcta factura técnica de una cinta que se eleva en todos los aspectos muy por encima de producciones de su tamaño.

Rocky Balboa (Sylvester Stallone, 2006)

Última entrega de la vida de ese exponente del sueño americano que es Rocky Balboa, tan icónico y americano como la tarta de manzana, Mickey Mouse o Superman. Stallone, o mejor dicho, el monstruo en el que se convirtió Stallone durante un tiempo después de inflarse a bótox, escribe, dirige y protagoniza el que es el último acto de su personaje más mítico, y lo despide autohomenajeando casi al milímetro a la primera entrega de la saga. Una vez más, un Rocky venido a menos (dueño ahora de un restaurante) recibirá la oportunidad de luchar contra el campeón de los pesos pesados tras un combate simulado por ordenador que le habría dado a él como ganador. Bastante hastiado de su vida, con su esposa fallecida, mala relación con un hijo que parece renegar de la sombra de su padre y sintiéndose un boxeador que ya no puede boxear, Rocky decide volver a los cuadriláteros que siempre fueron su vida justo en el momento que recibirá la gran oferta para ese combate imposible. Todo esto salpicado con el inicio de una nueva relación con una vieja conocida del pasado (la chavalita malhablada de la primera parte) y con todo un regreso a lo básico, desde el argumento hasta el entrenamiento pegándole a los cerdos colgados y acompañado de esa banda sonora de Bill Conti que te dan ganas de pegarle al primero que tengas al lado y de salir a correr hasta en pijama. Stallone sabía lo que el público quería y lo que Rocky merecía, y es justo lo que dio. Yo reconozco que durante todo el combate estuve pensando que Rocky iba a morir, y que su final sería mucho más dramático y definitivo, como el de El luchador. Pero esa es la gran diferencia entre el personaje de Rourke y el de Stallone: que uno es un hombre, y el otro es un icono. Y los iconos no pueden morir. Así que Rocky, como si fuera un chaval, volverá a aguantar sus 15 asaltos y se llevará una buena paliza, pero no menos que la que le atizará al campeón del mundo, demostrando que aún tenía mucho que sacar y que los viejos rockeros nunca mueren. Y es que ya lo dice él mismo: no importa lo fuerte que te golpee la vida, lo que importa es seguir avanzando y devolverle los golpes. Con una filosofía así, Rocky es un clásico que se merecía un final así de chulo e incluso más.

Snuff Movie (Bernard Rose, 2005)

Ya he visto unas cuantas películas de esas que van de película-dentro-de-otra-película, pero reconozco que esta me ha sorprendido agradablemente. Sin demasiados medios técnicos y sirviéndose de sus propios excesos como beneficio y motor de la historia, consiguió mantenerme enganchado y atento todo el rato. A momentos era más bien por la sensación constante de WTF. Otros, era por ver cómo se resolvían algunas de las situaciones más extrañas. Otros, por la ligera indignación que me causaba ver cómo el argumento y la historia del director era descaradamente similar a la de Roman Polanski y el brutal asesinato de su esposa, Sharon Tate, a manos de la familia Manson. Pero el caso es que consiguió tenerme ganado todo su metraje, de una forma nada tramposa. Y es que si nos fijamos bien, la película no pretende engañar a nadie en ningún momento (salvo el final, que no os voy a desvelar) y se divierte jugando con nosotros y mostrándonos a la cara la verdad todo el rato sin que la lleguemos a pillar hasta el final, después de esa impresionante crucifixión ceremonial que cierra la película y te deja completamente desorientado. Todo ello aderezado con los inmortales ideales ochenteros del slasher, a saber: sangre, mucha sangre; y tetas, muchas tetas. La película es un desfile de mamellas y choteras sin ton ni son, con muy buenas escenas de violencia y sin que falte tampoco alguna que otra de sexo. Vamos, que lo tiene todo para ser una película de terror excesiva, pero... es que es lo que es, UNA PELÍCULA. No os olvidéis. El final número 2 es lo más desconcertante y, a la vez, esclarecedor. Si obviamos la pequeña trampa que supone en sí mismo, es de esos que te deja una sensación divertida de haber presenciado una buena idea. Buena idea que, con mejores medios técnicos y mejores actores, hubiera podido ser un muy buen producto de salas, pero que de este modo se queda en una pequeña rareza dentro de la morralla directa a DVD que suele poblar los videoclubes. Si es que aún quedan videoclubes.

Paranormal Activity 2: Tokio Night (Toshikazu Nagae, 2010)

Estoy desconcertado. ¿Una burda copia-spin off-exploitation sacada a rebufo de un éxito de taquilla como Paranormal Activity? Por lógica los de The Assylum deberían estar detrás, ¿no? Pues no. Esta vez han sido los japos. Tan descaradamente además que hasta se han permitido llamar a su película "2", como si fuera una secuela no autorizada de la primera (¡¡que ya tenía una secuela cuando sacaron esta!!). Pero lo más desconcertante, sin duda, es la sinopsis que presenta:
"Paranormal Activity: Tokyo Night comienza justo donde termina Paranormal Activity, donde una chica que ha estado visitando San Diego en un viaje de intercambio regresa a Japón llevándose con ella la presencia demoniaca de la primera película. Todo ello lo veremos a través de una grabación de una cámara doméstica."
Bueno, ¿cuándo coño ocurre esto? La película empieza con la familia de japos regresando del hospital porque la japo-chica se ha roto o quemado las piernas (no queda claro), pero no se mencionan ni intercambios, ni viajes a los USA, ni la historia de Katie y Micah. Nada. El título solo se utiliza para vender la película. Luego, además, la historia repite exactamente el mismo patrón: cámaras en las habitaciones registrando los fenómenos extraños (muy lights todos, aunque empiezan antes) que acosan a la pareja joven (dos hermanos aquí en vez de una parejita), y que van en in crescendo hasta la última noche. Pero será que el formato ya está demasiado desgastado, o que al ser la película prácticamente idéntica a la primera ya no impresiona nada, o que me resulta imposible empatizar con la pareja japo que se pasa el rato comiendo como luchadores de sumo y haciendo caso omiso a un montón de sucesos raros que con menos de la mitad ya te me ves a mí corriendo calle pabajo como un loco, pero el caso es que, sin hacerse aburrida, tampoco me asustó o me sobresaltó en ningún momento, ni siquiera en los de mayor tensión. El final es ligeramente distinto al original, pero también sin impacto. Así que, pese al intento de chupar del bote de la correcta y refrescante Paranormal Activity, esta versión nipona no pasa de ser una especie de plagio Assylum-style... en versión oriental.