El código Da Vinci (Ron Howard, 2006)

En su día, en el cine, esta película no me gustó. Salí de la sala aburrido, decepcionado por no haber encontrado en la película ese ritmo del libro que no te dejaba cerrarlo hasta terminar, y reconozco que incluso hubieron momentos en los que mi culo estaba demasiado inquieto en la butaca, mirando el reloj clamando porque se acabara. Pero ahora, con este segundo visionado 5 años después, con el libro medio olvidado y la película olvidada del todo, me he encontrado con una cinta muy chula. No tan frenética como Ángeles y Demonios, pero también muy chula y mucho, muchísimo más entretenida que el ladrillo que recordaba haber visto en cine. Como si me hubieran puesto otra película distinta.
La historia la conocemos todos, y si no es así no sé dónde has estado metido los últimos 6 o 7 años, porque El código Da Vinci (libro) lo petó a nivel universal. Todos pensábamos lo mismo: leer el libro era como ver una película, con esos capítulos casi por escenas, terminando en cliffhangers y con un ritmo endiablado basado en una gigantesca ginkana histórica. Así que la película no iba a hacerse rogar, teniendo un listón altísimo dejado por el libro. Tom Hanks asumió el papel de Robert Langdon, el Indiana Jones de la simbología, un papel que yo mentalmente siempre le concedía a Colin Firth (Oscar por El discurso del Rey), pero que Hanks desempeñó con su característica solvencia y un poco de sosez. Bien acompañado por secundarios como Audrey Tautou, Ian McKellen, Alfred Molina o Jean Reno, con una banda sonora portentosa del siempre estupendo Hans Zimmer (me pasó completamente desapercibida la BSO en el cine, fíjate), una fotografía genial y la base del libro, los ingredientes del éxito están servidos. Un éxito comedido, quizá decepcionante si tienes el libro muy fresco en la memoria, pero como película por sí misma me la encuentro ahora estupenda. Incluso los momentos que recuerdo más tediosos en el cine (la conversación en la casa de Ian McKellen) me parecieron perfectos, la trama de Silas y el obispo engañados, formidablemente resuelta, los flashbacks históricos en fundido con el presente, geniales, y el final tan emotivo como se puede esperar. Es un finalón ese, con Langdon arrodillándose ante la tumba de María Magdalena, un momento épico que engrandece la partitura de Zimmer. Y además, me di cuenta que aunque la película no debate sobre la divinidad o la humanidad de Jesús, tiene destellos geniales alrededor del personaje de Sophie, como el momento con el yonki, las oportunas palomas o la imposición de manos. No sé, de verdad, estoy confuso por no haber sabido apreciar en su día que esta es una película muy buena. Sin duda mi criterio se vio afectado por el efecto del libro y no me dejó apreciar esto como cine, y las altas expectativas me jugaron una malísima pasada de la que ahora me arrepiento. ¿Tendré que darle una segunda oportunidad a [•REC] 2?

The Jackal (Chacal) (Michael Caton-Jones, 1997)

Podríamos decir que, para esta película, Bruce Willis cambió de registro para interpretar a un malo, pero Bruce Willis solo tiene un registro: Bruce Willis. Como Chuck Norris pero sin patadas giratorias ni una capa protectora de pelo.
La virtud de The Jackal es que es una de esas películas que te enganchan. Yo siempre acabo dejándola cuando me la encuentro por la tele, como en este caso. Con un guión interesante y un buen pulso narrativo, la película va entretejiendo las pesquisas de Declan (Richard Gere) y el director del FBI (Sidney Poitier) para dar caza al Chacal (Bruce Willis), un asesino a sueldo del que nadie conoce su verdadero aspecto ni nombre, pero sí su probada efectividad profesional. Con la certeza de que Chacal ha sido contratado para asesinar a alguien muy importante en los EEUU, el FBI recurrirá a Declan, antiguo activista del IRA encarcelado que ya se las vio en el pasado con el Chacal, para que les ayude. La investigación se va resolviendo narrativamente con solvencia, con buen ritmo y sin que nunca nos aburramos, con un buen grado de suspense, acción y tensión justas. Pero el peso de la película lo soporta un casi mudo Bruce Willis caracterizado de mil formas, como un Mortadelo más asesino pero casi igual de cómico: rubio platino, castaño, con gafas, con bigotes extravagantes, obeso, envejecido... No repite aspecto mientras va elaborando un plan maestro para llevar a cabo su cometido, dejando por el camino algún que otro cadáver (genial la escena de la prueba del arma con Jack Black). La primera interacción entre Chacal y Declan en el puerto es muy buena, igual que el posterior tiroteo en la casa con el "mensaje" para el irlandés. Remata un final que ya llega un poco cansado, pero que se resuelve bien en la escena entre Gere y Willis, dos pesos pesados que todavía llenaban la pantalla con su presencia. Así que la valoración final de la película es siempre muy positiva, un thriller de suspense que parece querer beber un poco (aparte de su original remakeado) del mítico En la línea de fuego, no con tan genial resultado, pero sí con un conjunto disfrutable.

Taxi driver (Martin Scorsese, 1976)

Pues a mí no me parece tan buena. Y dicho esto, me explico.
La historia del veterano de Vietnam reconvertido a taxista tiene mucho de interesante. A través de sus ojos, de su creciente locura, de su voz en off, de su desvinculación cada vez más absoluta de la sociedad y de esa Nueva York luminosa y decadente a partes iguales que recorre cada noche, está claro que Scorsese pretende ofrecer una visión pesimista (o realista) de la ciudad y una fuerte oda al existencialismo. Travis está solo. Amargado. Después de haber servido a su país en la guerra y haber sobrevivido, está más muerto que vivo en una ciudad en la que nadie parece preocuparse por nadie, y en la que las historias sórdidas, las putas, los atracos, los asesinatos, las drogas y toda forma de vicio y violencia están a la orden del día y sobre todo de la noche. Poco a poco, sin pausa y en una cuesta abajo lubricada con su propia cordura desparramada, Travis va dejándose caer, a sabiendas de que no hay nada que hacer. El hastío y el vacío existencial le inundan. Todo es nada. Nada está bien. Y en esas que Travis encuentra a Iris, esa dulce niña de 13 años que vende su cuerpo al servicio de un chulo. Brillantes los dos, tanto Jodie Foster en ese polemiquísimo papel de puta menor de edad como Harvey Keitel como su proxeneta. En Iris, Travis tratará de encontrar una razón para existir en un mundo en el que no parece tenerla. Armado hasta los dientes, se convertirá en... ¿en qué? No es un vengador, ni un superhéroe, ni un justiciero, ni un vigilante. Simplemente es un hombre armado y dispuesto a usarlo. Un hombre que está desconectando a pasos agigantados con la humanidad, perdiendo la humanidad al mismo tiempo que se corta el pelo. Hasta llegar al final, un final suicida y desquiciado, que da paso a un epílogo que logra subir muchísimos enteros más todavía, dejándonos esa duda razonable de si lo que estamos contemplando es la alucinación de una mente que se apaga, o es un reflejo más de esta decadente sociedad que convierte en héroe a quien solo es un perturbado (yo me quedo con lo segundo, ¿y tú?). Todo esto a ritmo de un saxofón excelente, con una atmósfera nocturna y construida con un pulso narrativo y un uso de los planos y la luz inconmensurables, con un Scorsese tras la cámara poseído por el Dios del Cine. Y veréis que no he nombrado a Robert DeNiro. ¿Quién es ese? Aquí solo vemos a Travis. Travis entra, DeNiro sale. No había espacio para los dos.
Por todo esto, y pese a sus innumerables e incomprensibles fallos de montaje (el pelo de Travis es largo o corto según en qué plano, las gafas de Iris cambian de color en una misma secuencia...), Taxi Driver no me parece tan buena.
Me parece mejor.

Blade (Stephen Norrington, 1998)

Seguimos con otro superhéroe, aunque este no es un superhéroe convencional ni al uso. Este es Blade, el vampiro que ha visto el sol y que sabe hacer chistes muy malos y soltar frases muy guapas que dejan a sus rivales con el culo torcido. Y además le mola el cuero sin ser sadomaso, lleva una katana sin ser ninja y sale de noche a patrullar sin ser Batman ni tener un Robin. Bueno, aunque un Robin sí que tiene, más o menos, solo que uno de 70 años y cojo. Y que canta country. Y no es Coyote Dax.
Basado en el personaje de la Marvel (que de héroe tiene poco, es una especie de Punisher vampírico), Blade es la resulta de que un vampiro muerda a una mujer embarazada. De semejante bizarrada surge Wesley Snipes, que amalgama lo mejor de los dos mundos: superfuerza vampírica, regeneración vampírica, y resistencia al ajo, la plata, a pagar sus impuestos y al sol, como los humanos. Lo malo: le pirra la sangre, al pobrecillo. Pero cual yonki con la meta, Blade combate su ansia con un suero experimental que lo mantiene a raya y le permite seguir con su cruzada anti-chupasangre.
Como malo malísimo de la historia tenemos a Deacon Frost, un vampiro moderno y hedonista interpretado por Stephen Dorff, que como todo villano tiene un plan maligno: orquestar una ceremonia ancestral para invocar al Dios de la Sangre, llamado La Magra. Por cierto, a mí lo de La Magra me suena a carne grasienta. Como grasiento es uno de los momentos más divertidos de la peli, en el que Blade y su amiga fríen vivo al Bibliotecario, un vampiro de 600 kilos por lo menos que habla con una voz graciosísima y suelta cuescos sin parar. Además, el guión está plagado de chascarrillos y frases inolvidables de puro malas, como la genial frase de "muere monstruo" que se casca Blade cuando acaba con Frost: ALGUNOS CABRONES SE EMPEÑAN EN PATINAR SOBRE HIELO CUESTA ARRIBA. ¿No es sublime? Por favor, me manden un sicario a visitar al que escribió este guión. Ah, no, esperad. Que es el mismo que co-escribió el de Batman Begins y que está escribiendo ahora Superman: The Man of Steel. Vamos a dejarlo tranquilo hasta que termine.
Pero qué más puedo decir. Si Blade mola mucho, hombre. Con esa dirección videoclipera, música chumba-chumba machacona, efectos digitales bastante patateros (comprensible, la peli se gasta ya 13 años a las espaldas), personajes como el Bibliotecario o Gaetano Dragonetti, que no hace nada pero su nombre MOLA QUE TE CAGAS (Udo Kier forever) y acción cada medio fotograma, ¿cómo es posible aburrirse con ella? ¿Que no es buena, estrictamente hablando? Pues vete a ver una de Kurosawa, no te jode...

X-Men (Bryan Singer, 2000)

Estábamos en el año 2000 cuando Bryan Singer impulsó como un misil un género que, en aquel momento, comenzaba a perfilarse como uno de los potencialmente más rentables de la industria cinematográfica. Los mutantes de Charles Xavier se convirtieron en pioneros de esa eclosión hollywoodiense en la que, después, todos querrían meterse. Pero Singer fue quien dio el pistoletazo de salida con esta correcta película que tampoco es para tirar cohetes, pero que es muy entretenida y cumplidora.
X-Men sirvió, además, para catapultar a la fama a un ya maduro Hugh Jackman que se convirtió con su personaje de Lobezno en protagonista principal -pero no absoluto- de las peripecias de los mutantes. Han pasado 11 años desde esta primera entrega y ahora, viéndola de nuevo, tengo que decir que el cambio del amiguete Hugh se nota a rabiar, ofreciendo aquí una imagen atlética pero nada que ver con el amasijo de músculos y venas que vimos en X-Men Orígenes: Lobezno. De los efectos especiales podríamos decir lo mismo: muy buenos, pero del año 2000. Y en el mundo del cine, que avanza a saltos casi en cada película, 11 años son una eternidad en el aspecto visual. La dirección de Bryan Singer es muy buena, mucho más rítmica que en Superman Returns, película mucho más bonita cinematográficamente hablando pero carente de esa chispa divertida que sí que le imprimió al grupo estrella de la Marvel. En X-Men encontramos ese divertido pique entre Logan y Scott (Cíclope), esa tensión sexual no resuelta entre Logan y Jean Grey, y en general un buen puñado de relaciones entre personajes, todas muy ligeras y nada profundas, pero al servicio de una historia en la que prima el espectáculo. Como secundarios de lujo para dar nivel tenemos a Ian McKellen como el villano, Magneto, cuya motivación es un poco absurda pero propia de estos villanos de opereta, y a Patrick Stewart como el supertelépata Charles Xavier, líder y mentor de los mutantes que no saben muy bien qué hacer en el mundo pero que no desean seguir la senda de mal. Y hasta la guapísima Halle Berry se marcó un papel cortito como Tormenta, confirmando que el casting fue uno de los mejores puntos de esta película llena de acción, diversión y superhéroes. Era lo que se le pedía, así que los X-Men de Bryan Singer cumplieron su misión de sobra.

Somos lo que hay (Jorge Michel Grau, 2010)

Estamos ante una película mexicana extraña y algo tramposa. Si por su argumento te esperas que sea una especie de versión hispana de La matanza de Texas (familia que practica el canibalismo), te llevarás una gran decepción. La familia protagonista de esta película sí que practica el canibalismo, pero lo importante del tema (si es que hay algo importante aquí) no es eso, sino el por qué y la propia familia, la atmósfera que se crea y la crítica que plantea. La trama comienza con la muerte del patriarca familiar, momento a partir del cual la familia queda desestructurada y perdida, y en el que vamos conociendo poco a poco a los cuatro personajes que la componen, todos estupendamente definidos, eso sí. La madre, que odia a las prostitutas pero está obsesionada con continuar con el rito familiar; la hija, auténtica mala pécora en las sombras que manipula los hilos del hermano mayor, que puede deducirse que está enamorado de ella); el hermano mayor, violento, agresivo, deseoso de ocupar el rol de liderazgo que ha dejado su padre; y el hermano pequeño, gay reprimido que lucha contra sí mismo y contra todo lo que le rodea. Al principio, iremos un poco perdidos sin saber por qué la familia ha adquirido la costumbre de asesinar prostitutas y comérselas, algo que ellos consideran un rito y que, por lo que se deduce, creen que les protege de todo. No olvidemos que la acción se desarrolla enmarcada en Ciudad de Mexico, donde el hambre, la miseria y el crimen parecen estar en cada esquina, así que la forma de actuar de la familia puede obedecer a muchas cosas. La duda nunca se resuelve, pero llega un momento que te da igual, porque lo que va siendo interesante es ver cómo la familia se convierte en una bomba de relojería a punto de estallar. Descuidados, enfrentados, al borde de un enfrentamiento mortal y con la policía a punto de atraparlos tras numerosos errores. El final le sube enteros, sobre todo por el acto protector del hermano pequeño con la hermana (aunque no lo merezca), logrando confundir a la policía. Pero bueno, desde luego es una peli diferente que se deja ver y aborda un tema muy típico del cine de terror-gore con una perspectiva más bien de suspense dramático y carga social. Esto es lo que hay.

En tiempo de brujas (Dominic Sena, 2011)

Ay, Nic. Qué malo es tener deudas que pagar. Pero bueno, esta no es tu peor película, así que ya puedes darte con un canto en los dientes. Ghost Rider costó casi el triple y era nucho peor en su patético intento de pretender ser seria y parecer la parodia de una parodia. Aquí, En tiempo de brujas no engaña a nadie. ¿Qué me esperaba yo? Pues una películilla de aventuras medievales con alguna bruja de por medio y cuatro peleas a espada. Y eso es, punto pelota. Lo malo es que jamás llega a despegar del todo como película, y que sus medios técnicos son más bien los de un telefilme. El prólogo ya lo deja todo bien clarito, con esos escenarios por ordenador y esas peleas de Nicolas Cage y Ron Perlman contra ejércitos de infieles compuestos por 5 o 6 personas. Pero claro, ¿qué esperabas? ¿Batallas multitudinarias como en Braveheart? Pues vete a ver Braveheart. Aquí no había pasta para más extras ni para exteriores decentes, salvo esos bosques preciosos que sí que lucen muy bien en la fotografía.
La historia, sencillita y de usar y tirar, presenta a Nico y al bestiajo de Ron como dos caballeros de las cruzadas que renuncian a seguir matando inocentes en nombre de la Iglesia... después de haber matado ya a casi todos. Pero para salvar la vida tendrán que cumplir una última misión: escoltar a un cura que lleva a una supuesta bruja a un monasterio para ser juzgada por ser la causante de la Peste Negra. Por suerte, el personaje de la joven bruja salva la película, porque aporta la atención y el toque necesario de suspense para que sigas interesado mientras que Nic hace lo justo para cobrar y largarse rapidito. Los efectos y la estética me recordaron un poco a la videoclipera Van Helsing, porque cantan bastante a ordenador, sobre todo en su parte final. Y mira tú por dónde, el final vale por dos, porque lo que iba de brujería acaba siendo casi una secuela no autorizada de El ejército de las tinieblas, con demonios voladores, posesiones y un libro mágico de por medio. Pero vaya, dentro de sus evidentes carencias, En tiempo de brujas es una cinta que se puede ver, que no llega a ser pesada y que entretiene. ¿Qué más se le puede pedir hoy en día a Nicolas Cage?

Sucker Punch (Zack Snyder, 2011)

Recuerdo a la dulce niñita espectral que salía en Ghost Ship, aquella correcta peli de miedo del año 2002. Pero la niñita se ha hecho mayor, y hoy es una tía buena que te cagas de 22 años que protagoniza la última ida de olla del director Zack Snyder. O la primera ida de olla, según se mire. Porque comparadas con Sucker Punch, las anteriores películas de Snyder, de zombies, espartanos y superhéroes, se antojan reales como la vida misma.
Yo no sé si Sucker Punch será el éxito que debería ser, o el que sus productores esperan. Es curioso, porque lo tiene todo para serlo, pero... ¿será bien recibida? Después de haberla visto y disfrutado, lo pongo en duda. Con un comienzo formidable que recuerda al inicio de Watchmen (¡por Dios, qué bien emplea Snyder la ralentización y la música!), pronto nos metemos en materia. La joven actriz de la que hablábamos, Emily Browning, interpreta a Baby Doll, una chica a la que su padrastro interna en un psiquiátrico para que la lobotomicen, a fin de quedarse todo el dinero de la herencia de su madre. La estética oscura y cromática, a lo 300, y un manicomio que hace que el sanatorio de Arkham parezca un bonito lugar de veraneo, crean la atmósfera necesaria. Con cinco días por delante hasta que le llegue la hora de la lobotomía, la joven se montará una película mental que ríete tú de las construcciones oníricas de Origen. Así empieza la fantasía de Sucker Punch, en la que Baby Doll (con estética de lolita manga y una katana más grande que ella) y sus compañeras pueden hacer casi cualquier cosa, y forman una especie de equipo a lo Ángeles de Charlie que tendrá que reunir una serie de objetos que les darán la libertad. Lo curioso de todo es que la fantasía es una fantasía dentro de otra fantasía, pero no cuento nada más porque mola mucho ir viéndolo.
Pero insisto en que no sé si todo el mundo digerirá esta cinta fácilmente. Porque aparte de las 5 sexys protagonistas, Sucker Punch, dentro de esa fantasía irreal creada por Baby Doll -con cierto paralelismo con El mago de Oz, porque extrapola a los personajes reales a su mundo imaginario-, se las apaña para mezclar tantas cosas que habrá quien no le encuentre el sentido. Porque misión tras misión, en busca de esos objetos (como si de una aventura gráfica se tratara), las supernenas pelean contra samuráis gigantes de piedra, zombies nazis, orcos, dragones, robots futuristas, asaltan un tren bala y se hinchan a repartir espadazos y tiros con un armamento que te pasas. La verdad es que no hay un solo minuto de respiro en este tour de megaforce con final que nos devuelve a la realidad, uno de sus mayores logros. Yo me lo he pasado muy bien con ella, sin duda la película más espectacular, visual y personal de Zack Snyder hasta el momento. Pero habrá que ver si el mundo está listo para una fantasía tan fantástica, valga la redundancia.

Anneliese: the exorcist tapes (Jude Gerard Priest, 2011)

Parece que la productora The Assylum, esa que siempre intenta arrimar el culo al sol que más calienta y chupar de los éxitos ajenos todo lo que puede, no tiene límites. Con esta película parece querer gritarnos a la cara que todavía saben hacerlo peor, y que van a seguir empeorando con cada mockbuster que saquen. Y además de gorrones y oportunistas, aprovechan cualquier oportunidad para sus putos plagios. Porque cuando salió El exorcismo de Emily Rose seguramente estarían ocupados con alguna otra de sus obras maestras, y claaaaaaaro, no iban a perder la oportunidad de plagiar a una peli tan buena como aquella. Así que ahora que han estrenado El rito, otra buena de exorcismos, pues aprovechan y sacan esta puta mierda a su rebufo, vendiéndola, eso sí, como "las supuestas grabaciones editadas del exorcismo de Anneliese realizado en Alemania en 1976." Pobre Anneliese Michel, porque la pobre muchacha, poseída o no, realmente sufrió un calvario que la condujo a su muerte por inanición en 1976, después de mucho tiempo supuestamente poseída por seis demonios y de varios exorcismos que sí se grabaron y que sirvieron como prueba en el juicio contra sus padres y su sacerdote. La verdad es que ridiculizar así su historia con esta mierda de película, es como para que vuelva de la tumba y se cargue a toda la puta productora. Y de paso nos haría un favor a todos.
En fin, pero aparte de indignante, la película es terriblemente soporífera, tanto que la vimos CON EL FAST FORWARD PUESTO. Y te enteras igual, porque no pasa nada. Sigue el estilo de Paranormal Activity Paranormal Entity, solo que si aquella estaba bien, esta es una basura pestilente. El reparto lo componen un puñado de subnormales y de homosexuales (¡¡en serio, parece un tarde cualquiera en Telecinco!!), que incluso MIRAN FUERA DE PLANO PARA PEDIR INSTRUCCIONES AL DIRECTOR, y la protagonista femenina no puede ser peor: fea, sobreactuada, maquillaje mierdero, pone unos caretos todo el rato que ni Nicolas Cage... Joder, solo me faltó un cameo estelar del padre Michael San Chica para que la peli sea la cutrada definitiva. No puede ser más mala, mal hecha y tediosa. Y lo más inquietante es que seguro que The Assylum aún vuelve a sorprendernos muy pronto...

Silencio desde el mal (James Wan, 2007)

De la nueva hornada de películas de terror ligeras que repiten casi exactamente su esquema, ésta es otra de las que se ve con agrado. Me vienen a la cabeza Stay Alive, la del videojuego maldito, o En la oscuridad, la de la leyenda del Hada de los Dientes (el Ratoncito Pérez americano), o incluso en menor medida Muertos del pasado, la del Djinn que aparece tras una sesión ouija. Son todas muy similares, cortadas por el mismo patrón, con personajes planos y tramas que comienzan con una muerte y la posterior investigación de un familiar/amigo para revelar una fuerza diabólica vengativa como culpable. James Wan dirige con buen pulso y buen ritmo, con el aval de haber sido el director que arrancara la saga Saw. Notamos también algunos típicos planos Saw en esta cinta, con esos zooms o esa cámara frenética, aunque mucho más comedida, y lo mismo con el clímax final, que también pretende sorprender con una última vuelta de tuerca para que se te queden los ojos como platos. El resultado no es tan sorprendente como en la película sobre Puzzle, pero igualmente es cumplidor.
Pero bueno, ¿de qué va esto, que no lo he dicho? Pues de la leyenda de Mary Shaw, una ventrílocua que fue asesinada por una multitud y juró vengarse, ¿os suena la historia? Sí, repetida hasta la saciedad, como decía. Para añadir el punto de excentricidad malvada, la mujer pidió ser convertida en una muñeca y ser enterrada junto a sus 101 marionetas, a través de las cuales ejercerá su venganza de ultratumba. El argumento, al menos, está chulo, es una buena idea que no se desarrolla mal y te hace pasar su hora y media muy entretenido. Y seamos justos, no creo que nadie espere reconocimiento de la crítica por esta clase de cine, así que si te sale una película entretenida y resultona, ya has cumplido. Pues este es el caso. Podéis verla, que no os arrepentiréis.

El rito (Mikael Hafström, 2011)

El Exorcista Begins. Así podríamos definir esta película que presenta una historia sobre el demonio y la fe, protagonizada por un desconocido Colin O'Donoghue en el papel de un joven que se mete a cura para escapar de otro destino aún peor: tanatopractor en el negocio familiar. O bueno, eso es lo que pensaba el pobre. El chaval, después de cuatro años de estudio en el seminario, decidirá no tomar los votos por su obvia falta de fe, ya que es la típica persona que se cuestiona constantemente la existencia de Dios y que siempre busca racionalizar los sucesos científicamente. Pero uno de sus profesores le instará (más bien chantajeará) a realizar un curso de exorcista, lo que dará pie al inicio de una relación con el personaje interpretado por Sir Anthony Hopkins, el nada ortodoxo padre Lucas, uno de los exorcistas experimentados que trabajan en Roma. No exenta de toques de humor, algo curioso pero muy bien usado en una peli de esta temática, la relación entre los dos curas es más o menos como la de Miyagi y Daniel San, pero en vez de luchar contra los macarras del Kobra Kai, luchan contra demonios. Como eje de la trama tenemos el exorcismo de una muchacha embarazada, un exorcismo sin cabezas girando ni puré de guisantes, pero no por ello menos inquietante, sino aún más creíble. Sorprende (aunque es necesario para el papel y para el gran final) que el joven seminarista no crea en el demonio si está recibiendo un montón de señales (la pulsera, lo que le dice la joven poseída que solo él y un cadáver podrían saber, las visiones del mulo...), pero todo va en servicio de mostrarnos esa doble posibilidad: ¿realidad o enfermedad mental? ¿Lucha contra la oscuridad o trucos de prestidigitador? Solo al final, en ese exorcismo final realmente bueno y bien rodado (de nuevo sin demasiados efectos especiales que solo hubieran empobrecido el resultado haciéndolo más increíble), cada personaje encuentra su sitio, y las posturas sobre la fe y la ciencia, sobre lo divino y lo humano, quedan tomadas. Y como decían en aquel episodio de Los Simpsons, "la ciencia queda condenada a no acercarse a menos de 500 metros de la religión". Y así, tras dos horas que se pasan en un ratito, descubrimos cómo la iglesia forma a sus exorcistas. Un curro que no quiero ni en estas épocas de crisis, la verdad...

Granja maldita (David Chaskin y David Keith, 1987)

El prolífico H.P. Lovecraft vuelve a ver uno de sus relatos de terror convertido en película ochentera. Y no la dirige Brian Yuzna, oye. Con lo cual, la película es hasta buena.
Pero vamos por partes. Hay que reunir algunos requisitos para poder encarar el visionado de esta peli. El principal es que te guste el terror de serie B ochentero, lleno de artificios, de personajes sobreactuados y de guión casi descacharrante con momentazos como la llegada del meteorito... que mejor no contarlo: HAY QUE VERLO. Hasta Ed Wood hubiera cortado la escena por cutre, no os digo más. Otro requisito indispensable es estar familiarizado, precisamente, con ese terror añejo a lo Ed Wood, terror sci-fi venido del espacio y que siempre acaba afincado en comunidades rurales pequeñitas y a ser posible en una granja. Curioso lugar desde el cual empezar a dominar el mundo, he pensado siempre. Pero así son los marcianos, no le demos más vueltas. Pues bueno, si cumples estos requisitos te lo pasarás bien con esta peli hasta ahora desconocida para mí y que tiene todos los elementos para haberse convertido en un pequeño clásico de culto, aunque para su desgracia, no fue así. El elenco de personajes es, de verdad, para tomar nota. Quedáos con lo que en su época debía ser un sex symbol del agro: ese mastodonte fondón y peludo al que enfocan subiendo agua del pozo sin camisa, to sexy él, y que es el que se calza a la mujer del patriarca de la granja. Otro gran personaje éste, religioso como un Amish, estricto y abstinente y que da hostias como panes con la mano abierta. O su gordo hijo mayor, que parece salido de cualquiera de las secuelas de Porky's. Por supuesto todo esto no hace sino aumentar el encanto de una serie B ya encantadora, que aún crece más con la participación de John Schneider y con la progresiva transformación de la familia en... no sé. Llamémoslos zombies del espacio, aunque algunos se parecen más a la careta que llevaba Alfonso Arús cuando imitaba a Di Estéfano en ¡Al Ataque!. Pero bueno, como yo soy un gran amante de esa década irrepetible y de este terror chusco y encantador, a mí me ha parecido un agradable descubrimiento a estas alturas, y otra de esas películas olvidadas que, al menos, yo intentaré recordar con cariño dentro de su género.

La otra hija (Luis Berdejo, 2010)

Le tenía ganas a esta peli, pero ahora por razones frikis (Kevin Costner va a ser el padre de Superman en la próxima peli) ya me he puesto a verla sin más dilación. Un amigo me dijo que era basura infecta, y así me la esperaba. Y yo qué sé, tendría el cuerpo de buen rollito rastafari ese día o algo, porque me pareció bastante decente.
Lo primero que me sorprendió fue encontrar como protagonista junto a Costner a Ivana Baquero, la niña de El laberinto del Fauno en su primer papel americano. Sigue resultando tan cumplidora como siempre, aquí en el papel de la típica adolescente cabreada porque su típico padre escritor (en América un 150% de la población son escritores) se la ha llevado a vivir al culo del mundo a una típica casa en medio del bosque (en América un 300% de los escritores se mudan a cabañas en medio del bosque, lo cual da que pensar, porque con tanto escritor viviendo en cabañas aisladas en medio del bosque, por cojones las cabañas tienen que dejar de estar aisladas, ¿no?) después de un típico divorcio. El caso es que lo que se las promete de peli de fantasmas y casa encantada, nunca es tal cosa. La conducta extraña de la niña relacionada con un montículo indio que hay cerca, en el bosque, puede dar a entender que ella está poseída por algo, pero la cosa es mucho menos sobrenatural y más monstruosa. En serio que conforme avanzaba la peli, quizá por la sorpresa de que no fuera una de fantasmas, más me enganchaba. Pronto se hace evidente todo el paralelismo que pretenden hacer con una comunidad de hormigas, y empiezas a ver que la película está cambiando de género. Bueno, qué coño, no cambia de nada, el problema es mío que la empecé a ver con el prejuicio de que era una peli de casa encantada. Pero insisto, por una o por otra se me hizo entretenida, incluso en la parte final que es la más increíble, cuando Costner entra en la colmena a buscar a su hija. Pero luego tenemos esa escena final del niño que me dejó bastante buen mal sabor de boca. Y es que cuando una situación se pone tan fea, ¿cómo lo explicas después? Pues mejor que no tengas que explicar nada, ¿no?
Lo dicho, sin ser un peliculón, creo que es una buena cinta de suspense-terror que supera las bajas expectativas que tenía de ella.

El santuario (Alister Grierson, 2011)

James Cameron pone su nombre en los créditos casi tan grande como el título de la peli, presta sus supercamaritas de 3D (las mismas que en Torrente 4 no sirven absolutamente de nada) y con eso parece que está todo hecho. Pero no, James, no. Hay que dar algo más. Esta historia de cuevas y espeleólogos submarinistas con conflicto familiar padre-hijo de por medio está más vista que el tebeo. De hecho, lo único que la separa de no ser un telefilm de Antena 3 es su presupuesto, que supongo fue bastante más hinchado. La historia es plana como los personajes, sin faltar ni un solo tópico, desde el ya citado conflicto padre-hijo que no se entienden, al rico mecenas guayón que se vuelve malo, pasando por la típica muerte pseudo-dramática y un montón de situaciones de supervivencia extrema. El propio escenario, una cueva inexplorada, y la motivación del equipo y del mecenas, descubrirla y explorarla antes que nadie (¿por qué?, me gustaría a mí saber) también es un clásico en el cine de aventuras survival. Es como una especie de mezcla entre Pánico en el túnel y The Descent, pero joder, sin bichos comepeña. Con lo que molan. Yo esperaba que en algún momento apareciera algún monstruo marino o algo, pero no, solo piedras y más piedras, agua y más agua, y a la hora y media pues ya estás saturado. Personalmente, a mí eso de ver una película únicamente porque está en 3D, no me va. Avatar era otra cosa, porque el 3D era muy importante para transmitir la maravilla de Pandora y además la película era muy entretenida. Sin embargo, El Santuario hace aguas en su guión y, aunque es entretenidilla casi todo el rato, al final ya se te ha hecho pesada, y no por la angustia de estar atrapado en esa cueva submarina y al borde de la muerte, sino por tener que seguir soportando tanto topicazo y tan poca originalidad. En fin, que me ha parecido una chufa. Porque una chufa cara y en 3D sigue siendo una chufa.

Más allá de la vida (Clint Eastwood, 2010)

El maestro vuelve a firmar una gran película, aunque se antoja una obra menor si la comparas con otros monstruos de su filmografía como Gran Torino o Million Dollar Baby. Y no es una mala película, al contrario, es sorprendentemente entretenida para durar dos horas en las que realmente no ocurre gran cosa, pero supongo que es uno de esos casos en los que el factor comparativo le juega en contra.
Tras una primera escena realmente apoteósica que plasma el tsunami de 2004 en el sudeste asiático (y que, visto ahora en pleno mogollón de lo de Japón, aún resulta más impactante), la película va presentando a los personajes protagonistas de sus tres historias. Por un lado, una reportera francesa (Cécile de France) que casi se ahoga durante el tsunami y que está clínicamente muerta durante un par de minutos, y que tras su regreso recuerda haber visto y sentido cosas que empezará a investigar. Por otro, un hombre (Matt Damon) que posee el don o la maldición de poder contactar con los muertos al tocar a otra persona, algo que le impide llevar una vida normal. La historia de Damon me encantó, tiene un toque muy realista en ese personaje que reniega de ganar más dinero a costa de su habilidad. Y qué decir de la escena de la cena con la chica (la siempre guapísima Bryce Dallas Howard) en la que ella decide recorrer el camino que él le está pidiendo que no recorra... con obvio resultado que no por ello deja de resultar perfecto para la película. La última historia es la de un niño que intenta contactar con su hermano gemelo, muerto en un accidente, mientras encima lidia con el problema de drogadicción de su madre hasta acabar en una casa de acogida. Gran historia también, y genial interpretación del chaval. Por supuesto, la maestría de Eastwood radica, como siempre, en su manera de contar la historia. Sin prisa, haciendo hincapié en lo que importa: las relaciones entre personajes y los propios personajes. Y es que, pese al título, no esperemos fantasmas ni apariciones ni respuestas sobre qué hay después de esta vida. La película solo pretende hacernos reflexionar y, si acaso, dejar claro que Eastwood cree que hay algo al otro lado. ¿Qué? Ni el propio personaje de Damon lo sabe. Por cierto, a mí el final me encanta, pese a lo criticado que he visto que es. Las tres historias encajan, todos los personajes se conocen y se abre una puerta a la esperanza entre dos de ellos que parecen hechos el uno para el otro. ¿Por qué no?

Torrente 4: Lethal Crisis (Santiago Segura, 2011)

A la salida del cine, lo comentaba con un amigo: si esta película la ven fuera de España, pensarán que tan solo es cine casposo y chusco. Pero claro, aparte de eso, la gracia de Torrente 4 es la cantidad de famosetes de medio pelo que arrastran sus culos por ella. Algunos mucho más lamentables de lo que te esperas, otros mucho menos, otros que dijeron que salían y que no salen... Pero en definitiva, Torrente 4 es una película de cameos, de apariciones amiguetiles, como dice Santiago Segura, que le dan vidilla a una peli que, de otro modo, solo es la historia de un gordo asqueroso y repelente relacionándose con gente asquerosa y repelente. Y con Paquirrín, que es el puto amo.
Con el principio te ríes (gracias, Santiago, por enseñarme lo que es una mamada a lo Peter Pan), y los créditos a lo James Bond a ritmo de un Bisbal que se sale en su cameo, molan. Conocemos la deplorable situación de José Luis Torrente, prácticamente un vagabundo que come de la basura pero que aún tiene tiempo de visitar la tumba del Fary para contarle que "en la Casa Blanca han puesto un negro, y no para limpiar, de presidente". Brutal. Y cameos, cameos y más cameos. Y Paquirrín. ¿He dicho ya que Paquirrín es el puto amo? Nadie es más hace mejor el subnormal que Paquirrín. Quizá solo Yon González haciendo de un Bruce Lee taleguero cuya meta es salir de prisión para "hacernos unas rayas, follarnos unas putas e hincharnos a pastillas, como la gente normal". O Kiko Matamoros, jefe de las mariconas de la cárcel. Ah, bueno, pero Torrente 4 también me ha enseñado valiosas lecciones, como que el cantante Francisco es aún peor actor que Belén Esteban, a quien Santiago Segura le hace en la película lo que muchos querríamos. Y otras lecciones que no querría haber aprendido, como dónde se guarda Barragán los móviles para colarlos en la cárcel, el momento más asqueroso de las cuatro Torrentes, y eso es mucho decir. En fin, si querías caspa, toma cuarenta tazas. ¿Buena película? No, ni de coña, pero si te gusta el humor escatológico de un personaje tan nauseabundo como Torrente, o si eres fan de la telemierda más variada, o de Paquirrín, o simplemente no tienes nada mejor que hacer, pues te divertirás un rato. Eso sí, si eres de cine de autor, huye, huye como si te persiguiera Carmen de Mairena, que además también sale en la película.
Ah, y del 3D "sobrecogedor" mejor no comento nada. 2 euros estafados.

The presence (Tom Provost, 2010)

"Diferente" es un adjetivo que, para mí, suele ser suficiente para que una película me deje algo de poso. Y desde luego esta historia de presencias, demonios y fantasmas del pasado, tiene un punto diferente que la hace medio buena. Para empezar, la primera media hora es atrevidamente muda, presentando simplemente a la protagonista (Mira Sorvino) en el entorno de toda la acción (una cabaña aislada), y añadiendo el elemento sobrenatural inquietante, esa presencia fantasmagórica masculina que no tira cosas, ni hace ruidos, ni enciende o apaga luces ni dice "Susan, Susan, Susan", como diría Goyo Jiménez. El fantasma tan solo está ahí de pie al lado de ella, lo cual al principio te descoloca, pero luego empiezas a verlo inquietante. Después, entra en escena la pareja de la prota, ese abnegado novio que le pide matrimonio y que soporta los desplantes de una Mira Sorvino que parece ocultar un secreto o un trauma oculto. Ahí entra también el cuarto personaje, otro espíritu, o demonio, que inserta paranoias e ideas terribles en la mente de la chica, volviéndola en contra de su novio. Poco a poco vamos deduciendo, más que descubriendo, todo el pastel, aunque jamás se dice lo que ocurrió en el pasado de la chica se puede entender qué fue y quién es el fantasma masculino silencioso que la acompaña siempre. Y al final, momento feliz muy a lo Entre Fantasmas, en el que todo acaba resolviéndose de modo medio feliz, con espíritus viajando a la luz y demonios capturados por negros enormes que representan a Dios, o a un ángel, o yo qué sé. Pero esa es la idea. En fin, una película entretenida aunque excesivamente telefilmera, sosa y de final complaciente. Pero tiene algún que otro punto que la hace resultona.

La habitación de Fermat (Luis Piedrahita y Rodrigo Sopeña, 2007)

Vamos a ver... Analicemos las múltiples razones por las que esta película tenía todas las papeletas para ser una mierda.
1) Está escrita y dirigida por Luis Piedrahita, que para los que no lo conozcan, es uno de los imbéciles que sale en El Hormiguero y que hace monólogos.
2) Alejo Sauras, uno de los insufribles Serranos, interpreta a un matemático, algo que chirría de un actor del que cuesta creer que sepa leer.
3) Santi Millán, otro monologuista y actor de Siete Vidas, o de anuncios ridículos como el de los Donuts, o de late shows como ese de Uau que duró dos programas, hace de otro matemático. No comments.
4) Sale Lluís Homar. Que lo odio y punto.
¿Os parecen suficientes razones para que esto fuera un full de Estambul?
Pues no. Es una película estupenda.
Una vez superado el shock de ver a semejante reparto estelar en papeles que le pegan lo mismo que a Falete anunciar el Bio Century, la trama de la peli te va atrapando poco a poco. A grandes rasgos, va sobre cuatro matemáticos que son invitados a una misteriosa reunión que se acaba convirtiendo en un juego de supervivencia, en el que, a base de resolver enigmas (algunos más simples que el funcionamiento de la chorra, pero bueno), tienen que evitar que la habitación en la que se encuentran, se vaya haciendo más pequeña hasta aplastarlos a todos. Muy a lo Saw, con un buen toque de Cube. Por supuesto la elección del grupo no será casual, y se irán descubriendo los intereses ocultos, el responsable de organizar todo el percal y quién es quién, todo a un muy buen pulso y manteniendo el interés. Yo, al menos, no deduje el final, que me pareció muy correcto. Y al final hasta te has encariñado con los actores y los has ubicado en sus papeles y todo. Así que, con toda la verdad por delante, La habitación de Fermat es una gratísima sorpresa dentro del cine español. Vale, un quasi-plagio refrito de otras pelis americanas, pero buena al fin y al cabo. Y eso, al cine español, ya le vale.

Three (Peter Chan, Nonzee Nimibutr y Kim Ji-woon, 2002)

Con un esquema similar al de las añejas Creepshow, el continente asiático ofrece lo mejor de su terror en este recopilatorio de tres historias cada una firmadas por un reputado cineasta de Hong Kong, Tailandia y Corea del Sur. Y ahora me dais un premio por haber podido decir "lo mejor de su terror" y "reputado cineasta" sin partirme la caja. Esta película apesta la mires por donde la mires, no ofrece ni un solo momento de buen terror y, en cambio, lo sustituye con casi dos horas de sopor comparables al que te entra un domingo en el sofá después de una buena paella.
Las tres historias que la componen son una sobre un hombre que ha matado a su mujer y la ha metido en una maleta, otra sobre unas marionetas malditas y otra sobre un edificio casi abandonado en el que los niños desaparecen. Con la primera cuesta mantenerse despierto, es lenta y predecible y se ampara en la típica mujer fantasma oriental vestida blanco y con el pelo tapándole la cara. Tensión cero, sorpresa cero, aunque vale, técnicamente correcta. La segunda, la de las marionetas, es un despropósito insufrible, aburrido y para tontos, y eso que las marionetas normalmente ya suelen ser un buen elemento de terror, pero aquí son de lo más absurdo. Y la tercera, que destaca como la mejor de las tres, también es floja, pero al menos mantiene algo de interés y tiene un final de esos medio emotivos aunque absolutamente predecible. En fin, flojísima cinta de terror asiático que hace que hasta Creepshow 3 parezca un recopilatorio decente.

Maleficio (An American Haunting) (Courtney Solomon, 2006)

"Supongo que Donald Sutherland accedió a hacer este aburrido film de terror porque oyó que Sissy Spacek estaba en el proyecto, y Spacek accedió a hacerla porque oyó que Donald Sutherland estaba en el proyecto." (J.R. Jones: Chicago Reader)
¡Jajajajajaja! Me encanta esta crítica. Nosotros vimos esta película en su breve paso por los cines, y la verdad es que fue uno de esos claros casos de película trampa, de las que se curran un trailer cojonudo que te hace pensar que te harás caquita en la butaca, y luego es básicamente un thriller con tintes sobrenaturales y un argumento enmascarado más propio de un telefilme de sobremesa que del cine comercial de Hollywood. No me interpretéis mal, no estamos ante una película aburrida, pero sí decepcionante si se la encara como lo que decían que era. Porque no es cine de terror. Quizá por eso, en este segundo visionado cinco años después y ya sin acordarme de prácticamente nada más que el final, la película me ha gustado más y he podido apreciar su buena factura técnica, su buena construcción de atmósfera, su estupenda recreación de esa época tan ignorante que fue el siglo XIX, y de las buenas interpretaciones de todo el reparto. La historia de esa presencia fantasmal con sorpresa final discurre entre sobresaltos y tensión decente, y hay que sumarle un par de puntos a la nota por esa manera (efectista pero efectiva) de enlazar lo ocurrido en el XIX con el principio y el final de la peli en la época contemporánea. Sin más que añadir, una película correcta y de fácil digestión, típico telefilm de alto presupuesto y viejas glorias que no acaba de ser superproducción pero que está muy por encima de las direct-to-DVD.

El mago de Oz (Victor Fleming, 1939)

Una película controvertida, sin duda. La historia de Dorothy (o Dorita, como está doblada en castellano) y de su viaje fantástico al aún más fantástico país de Oz, es ya por derecho propio uno de los grandes clásicos del cine. No le faltan razones. Estrenada en 1939, cuando Europa se convulsionaba con los primeros envites de la Segunda Guerra Mundial, esta película de corte absolutamente clásico, casi como una obra de teatro (esos maravillosos decorados coloristas, esos cortes musicales entre acto y acto...) sería, a posteriori, apropiada por la comunidad gay por estar llena, según ellos, de referencias a la homosexualidad, a la lucha de Dorothy por descubrir qué tipo de lesbiana es, o a la insuficiencia de todos los hombres que aparecen en ella. Coño, si es que hasta la bandera arcoiris que ostentan en sus cabalgatas está tomada del tema principal Somewhere over the rainbow. Pero en fin... No es esto lo más importante de esta película, aunque sí lo más curioso. Con un principio-prólogo realmente maravilloso en añejo color sepia, la película da un giro cuando Dorothy cae, con su casa entera, en el país de Oz, chafando a la malvada bruja del Este y ganándose la persecución de la más malvada bruja del Oeste. Cuando la joven Judy Garland abre la puerta y vemos el primer fogonazo de esos vivos colores, nosotros también sentimos estar más allá del arcoiris, y comienza ese espectáculo para todos los públicos que hoy en día no podría hacerse igual porque los tiempos han cambiado muchísimo, pero que visto con la conciencia de que se trata de una peli con setenta y tantos años a cuestas, es realmente bonito. Así el Espantapájaros sin cerebro, el León Cobarde (vale, este SÍ que es gay, lo admito) y el Hombre de Hojalata, acompañan a Dorothy a un viaje por el camino de baldosas amarillas lleno de música, de aventura y de sabor a cine de toda la vida hasta llegar a ver al mágico mago de Oz para que les conceda todos sus deseos. Y al final, el cuento termina como empieza, porque eso es lo que es: un cuento para todos los públicos y una película inmortal que gana enteros cuanto más mayor la ves.

Exquisitas ternuras (Carl Schenkel, 1994)

Esta película me ha enseñado una valiosa lección de sadomaso, y es que al punto de dolor extremo que un cuerpo humano puede soportar, se le conoce como "exquisita ternura". ¿Por qué? Pues ni puta idea. Pero con ese nombre arranca esta sub-producción de absoluta serie B noventera, repleta de caras conocidas de esas que tuvieron su momento de gloria en una sola película y después arrastraron sus carreras entre videoclubes y papeles pequeños. La estética y hasta el póster de la peli recuerda a Re-Animator, e incluso tenemos como villano de la historia al típico mad doctor empeñado en experimentar con ese mencionado punto de dolor extremo. La verdad, me falta imaginación para poder continuar con la crítica de esta película. Con ya más de 700 entradas en este blog, a la hora de comentar una peli intento centrarme en lo que tiene de especial, de diferente, de bueno o malo. Incluso los detalles divertidos me sirven. Pero esta cinta no tiene nada de especial, no es buena ni mala, su gore es decente para los cánones de la época y su historia, interpretaciones, efectos, todo es absolutamente normal. Si fuera buena, tendría algo que la haría memorable. Si fuera mala de cojones, también. Si tuviera una de esas escenas inolvidables, una sola, también me serviría. Pero salvo su curioso título, esta película deambula por esa delgada e insulsa línea que es la mediocridad, y se convierte en una explotation más de la explosión gore que vivimos en los noventa. Creedme, dentro de unos meses, si me preguntais por ella, no recordaré ni haberla visto. La vi hace unos días y ya casi ni me acuerdo...

La red social (David Fincher, 2010)

Piensa en una página web, la primera que te venga a la cabeza. Seguro que, después de esta Ultimátum al cine (jeeeeejeje), la primera que te viene a la cabeza es PornoTube Macizorras Putalocura YouPorn Orgasmatrix Petardas Cangrejas Cumloader Facebook. ¿A que sí? Estaba claro. Mogollón de people está en esta red social, sobre la que corren miles de fantasías como que la CIA la usa de herramienta para controlar a la población. Pero conspiranoias aparte, ¿qué interés podía tener para alguien como yo, que ni siquiera tengo Facebook, una película sobre la historia del nacimiento de Facebook? Pues ese es el mérito de La red social, precisamente. Lograr que su guión te atrape y te interese hasta el final pese a tratar de algo tan a priori coñazo. Eso sí, no nos llamemos a engaño: igual la creación de Microsoft, o de Apple, o de El Corte Inglés, hubiera sido una mierda como película. Pero habiendo detrás del nacimiento de Facebook tanto lío, tanto supuesto robo de ideas, tanto personaje aprovechado y tantas amistades rotas, el guión se hace muy interesante. Cuenta, además, con un montaje sensacional, ganador de un Oscar este año (aunque mi favorita para esa categoría era 127 horas) porque no era fácil hilvanar una historia con tantos saltos temporales y tanto ritmo. El montaje es la sangre de la película, le da la vida necesaria para que la historia cobre ritmo y velocidad y para que no nos aburramos. Eso, y sus diálogos endemoniados, interminables, demasiado técnicos a veces pero siempre con esa fluidez que puede llegar a agobiarte si no eres de los que no soportas 1500 palabras por segundo. Los actores están correctos, ninguno excelente, aunque la película tampoco necesita de más porque es su guión y su montaje lo que la sustenta. Para mí la sorpresa es el cantante Justin Timberlake, muy bien en un papel secundario que le va de lujo. Eso, y el final de la película, que me arrancó una auténtica sonrisa de asentimiento. Porque no me digáis que no resulta curioso que el creador de Facebook use su creación para lo mismo que todos la hemos usado alguna vez... y eso viene a confirmar que, la mayoría de ideas que alguna vez haya tenido un hombre, buenas o malas... siempre son por una mujer.

Cisne negro (Darren Aronofsky, 2010)

Darren Aronofsky lo ha vuelto a hacer. Después de la bestial El luchador, vuelve a contarnos la historia de un personaje que lleva su sueño y su profesión hasta el límite, nos desgrana los entresijos de un mundillo que muchos desconocemos y nos brinda una de esas películas inolvidables que permanecen en tu cerebro mucho después de haberlas visto.
Cisne negro es la historia de Nina, una frágil bailarina a la que da vida Natalie Portman en un trabajo memorable. Obsesionada con la danza, presionada por una madre frustrada y por su propia ambición de triunfo, por su director y por el temor a que una de sus compañeras le robe el papel, la película cuenta la espiral de locura de Nina, que va perdiendo la noción de la realidad y sumiéndose cada vez más en una esquizofrenia llena de visiones y angustia. Todo esto a ritmo de El lago de los cisnes, obra que se convierte en eje de la película y que justifica algunas de las secuencias más terroríficas relacionadas con el cisne negro que da título a la cinta.
Por supuesto, Portman está sensacional, y podemos apreciar en su interpretación todos los matices de ese personaje tan atormentado. Arranca con esa obsesión por ser la mejor, con esa desesperación de no obtener nunca su oportunidad, pasa después a la ilusión de lograrla, y rápidamente se va transformando en auténtica autodestrucción para una mente frágil y dañada como la suya, incapaz de soportar tanta presión. Quizá el momento de inflexión es su salida noctura con Mila Kunis y cómo termina (momentazo erótico y relación entre las dos bailarinas que me recordó a Showgirls, otra película que parece vislumbrarse entre líneas), descubriendo al día siguiente que no todo fue real. A partir de ahí, Nina está condenada al abismo tarde o temprano, pero claro, no sin antes cumplir su sueño de realizar la mejor interpretación de la historia. No puedo evitar acordarme de nuevo de El luchador, película con la que ésta guarda mucha similitud salvando sus diferencias. Vale, Randy "The Ram" era un mastodonte de 130 kilos dedicado al wrestling y Nina una frágil bailarina de ballet de 40 kilos, pero ambos comparten la pasión por su vida, dolorosos entrenamientos, y la convicción de que, si hay que terminar, que sea dando al público lo que quiere. También en la manera de mover la cámara, Aronofsky repite su estilo, siguiendo a Nina por la espalda al caminar, como si la acompañáramos a todas partes, y mareándonos con movimientos que ilustran la caída sin frenos de la protagonista hacia la locura. En resumen, un peliculón. Igual me gustó más El luchador porque su mundillo me resultaba más interesante, pero que no os engañe: Cisne negro no es una película de ballet. Es una película sobre un personaje inolvidable al que Natalie Portman hace completamente suyo.

Men in Black (Barry Sonnenfeld, 1997)

Con Dos policías rebeldes se dio a conocer en Hollywood después de muchos años de ser el cachondo príncipe de Bel-Air. Después llegaría su primer contacto con alienígenas en Independence Day, una de las americanadas más grandes jamás filmadas. Y poco después, cuando Will Smith ya estaba absolutamente consolidado como estrella de la comedia de acción (aunque todavía lejos de ser la bestia arrasataquillas que es hoy en día), llegaba esta, una de sus películas más divertidas. Con la misma vis cómica de siempre que tan buen resultado le da, Smith se mete en la piel de un policía de Nueva York que acaba reclutado por esa organización secreta cuya existencia tanto se discute en los frikicírculos: los hombres de negro. Pero no como el de El Hormiguero, sino de los que se ocupan de regular la actividad alienígena en un mundo que, ajeno a ello, es como la Suiza del universo, un lugar absolutamente neutral y pasto de lo peor de las galaxias.
Con una espectacular mezcla de acción, ciencia ficción y una comedia desternillante llena de chascarrillos buenos, juegos de palabras y auténticos momentazos, Men in Black es un auténtico tour de force de pasarlo bien sin un solo segundo desaprovechado. Alimentándose (y burlándose al mismo tiempo) de Expediente X y similares, la peli desarrolla todo su potencial con esa mezcla de géneros que funciona de maravilla gracias a lo rápido de su ritmo, a su humor, su acción y sus espectaculares efectos especiales. Pero sobre todo, la química y el contraste entre los dos protagonistas hace que haya momentos fantásticos. Porque si Smith está sobrao, Tommy Lee Jones está sobrao y medio. Con esa cara curtida y de pocos amigos, el papel de Jones es aún más divertido que el de su compañero, con ese humor que hace gracia sin quererlo, del que te hace reír no por lo que dice sino por cómo lo dice, complementándose totalmente con Will en pantalla para que ver Men in Black sea un visionado que siempre apetece revisitar. Si existiera el hiperflash guay desmadrador de memorias, habría que aplicárselo de cuando en cuando para olvidar que has visto esta película y poder descubrirla de nuevo.