Déjame entrar (Matt Reeves, 2010)

Como me dijo un buen amigo con quien suelo compartir criterio cinematográfico, si algo avala a este , en principio, innecesario remake del film sueco Déjame entrar, es el profundo respeto que demuestra por su original. Y teniendo en cuenta que la original es una de las películas que mejor recuerdo me han dejado en los últimos años, eso es un muy buen punto de partida para esta nueva versión americanaza y pasada por el filtro hollywoodiense. En esencia, si disfrutaste de la cinta sueca, disfrutarás casi tanto con esta. Pero si no la conocías y no has visto ninguna de las dos, quizá mi consejo sería que vieras esta versión USA. Sobre todo porque identificarte con los personajes siempre es más sencillo cuando son rostros conocidos, y para más señas actores estupendos como Elias Koteas, o los jovencísimos pero extraordinarios Kodi Smit-McPhee (el hijo de Viggo Mortensen en la también genial The Road) y Chloe Moretz (Hit Girl, lo mejor de Kick-Ass). Ojito con estos dos chavales, porque si no se malvan tienen una carrera por delante a la que no pienso perderle la pista.
La historia es exactamente la misma, y se desarrolla de la mismísima manera que la original, con el mismo ritmo tranquilo pero cautivador y esa cuidada descripción de los dos protagonistas, Owen y Abby. La acción también se desarrolla en un pueblo nevado, algo imprescindible en mi opinión para que la fotografía sea tan bonita y para ciertas escenas clave. ¿Diferencias? Muy poquitas y muy sutiles, apenas perceptibles. Aparte de la ausencia de la preciosa banda sonora original (aunque ésta también es bonita), sobre todo notamos una cierta americanización, es decir, como se presupone que el público yanki es imbécil, lo que en la otra se insinuaba aquí te lo explican casi con dibujitos. Así se nos muestra a Abby con su cara vampírica, cuando en la original aparecía fugazmente con su verdadera edad; los ataques de Abby abusan de un absurdo CGI que resulta molesto, pero son tan pocos que casi podemos ignorarlos y seguir disfrutando del resto; la foto de Abby con su anterior cuidador cuando ambos eran niños, te deja claro que, en esta historia, el amor solo lo siente uno de los dos y el otro simplemente busca aquello que precisa para sobrevivir unas décadas más. O quizá lo más diferente, la muerte de la conversa accidentalmente, que si en la sueca adquiría un tono mucho más omnisciente y voluntario, aquí es más casual y sin el mismo significado de sacrificio. La escena final en la piscina es igual de fabulosa, aunque me impactó más la sueca por lo bien rodada que estaba y por la sorpresa que me resultó. Pero en definitiva, si el film de Tomas Alfredson era de sobresaliente, este es de notable alto, uno de esos pocos remakes de una obra maestra con los que respirarás aliviado de que, si bien no mejora al original, tampoco lo desvirtúa.

El laberinto del Fauno (Guillermo del Toro, 2006)

En su día vi esta película creo que en el cine, y debió pillarme en un día de esos en los que no tienes capacidad de observación, porque le tenía como un pelín de manía. Suerte que ayer volví a darle una oportunidad y la redescubrí en todo su esplendor, porque aunque sigue sin parecerme un peliculón, sí que me ha dejado una agradable sensación de buen cine.
No nos olvidemos que, como suele ser una constante en el cine español (algo que ya he comentado aquí un montón de veces), el contexto histório de la película tiene que ser uno de los tres o cuatro temas inamovibles. El elegido aquí es la España de la posguerra. Eso sí, con un pedazo de actor como Sergi López en un papel tan espectacular como el del capitán Vidal, hasta lo de la guerra civil gana enteros. Menudo personajón, de los inolvidables. Típico fascista malote, pero tan bien interpretado y tan genuinamente cabrón, que logra su cometido de resultar odioso e interesante a partes iguales, e incluso con su maldad te arranca alguna sonrisa, como durante la escena de la tortura al pobre tartamudo. Los secundarios también están estupendos, para qué mentir. Álex Angulo, como siempre genial en su papel (aquí de un médico), Maribel Verdú muy creíble en el de sirvienta y simpatizante de los rojos (como siempre los buenos de la historia) o Ariadna Gil como la pobre madre de Ofelia. Pero claro, la palma se la lleva la novata y jovencísima Ivana Baquero (Ofelia), brillante, en torno a quien gira toda la fantasía que da nombre y tema a la película. La imaginación desbordante de la niña propicia ofrecer una alternativa imaginaria y fantástica al mismo tema mil veces visto, con una fantasía llena de criaturas increíbles a medio camino entre una pesadilla y un oscuro mundo de cuento de hadas, pero sin duda con el inconfundible sello de Guillermo del Toro. La película jamás se hace aburrida, el maquillaje y la ambientación son sensacionales, la banda sonora muy bonita, y todo esto permite obviar incluso las sobradeces (en especial el apuñalamiento del capitán, del que sale como si nada, y esa escena de la autosutura en el labio que ni Rambo en Acorralado, vamos). Así que, aunque sin inventar nada (porque esto de las películas en las que el protagonista inventa un mundo alternativo para evadirse de la realidad no es novedad), la cinta lo narra con maestría y buen hacer. El resultado: de lo mejor que ha dado el cine español.

El incidente (M. Night Shyamalan, 2008)

Quizá la película más denostada del director de El sexto sentido, El incidente cuenta una historia de esas que solo puede quedar bien si la cuenta Shyamalan. Adolece de un par de fallitos que luego comentaremos pero, en general, no sé si porque yo las veo siempre condicionado a que me van a gustar, estamos ante otro triunfo de la narrativa de este hindú y de su exagerado talento para construir atmósferas.
Todo comienza de repente, sin aviso. La primera escena en New York es fabulosa, ya te abre los ojos y te clava en el asiento. Después, durante un rato, Shyamalan se recrea en su característica e intimista descripción de los personajes, que como es habitual en su cine, tienen algún que otro conflicto interior que iremos conociendo mientras avanza el metraje. Fallo número 1: el casting. Si en sus películas anteriores Shyamalan había acertado completamente con actores como Bruce Willis, Samuel L. Jackson, Joaquin Phoenix, Mel Gibson, Paul Giamatti o Bryce Dallas Howard, aquí se equivocó con Mark Wahlberg y con Zooey Deschanel. Ella, no sé si por su papel o qué, parece medio lela. Y él no transmite absolutamente con su inexpresiva cara de palo que solo sabe fruncir el ceño. Juntos como pareja, evidentemente, no transmiten ni la más mínima química, y es una pena, porque de ello depende en gran parte muchas de las escenas más importantes de la cinta que se ven resentidas.
Pero de todos modos, la tensión y la incertidumbre ante lo que está pasando consiguen rellenar los huecos y tapar los agujeros que dejan algunas malas interpretaciones. Esa sensación de desconcierto, de huir de algo invisible y desconocido, de ver cómo pueden haber sido las propias plantas que nos dan la vida las que se rebelan contra nosotros... Realmente se consigue crear una atmósfera, y eso es muy, muy difícil. Fallo número 2: algunas escenas metidas con calzador para que veamos más aún la magnitud del suceso, como el vídeo del móvil en el que unos leones le arrancan los brazos a un hombre como si fueran de plastilina, o la mujer que pone el teléfono en manos libres para que todos oigamos cómo su hija se suicida. En la última parte, como siempre, el hindú se crece y saca su mejor sprint, dejando al personaje de la anciana loca para el colofón, y ese desenlace en el que todo termina, por suerte para los protagonistas, tan inesperadamente como comenzó. En fin, no es el peliculón de Shyamalan, quizá sea incluso su peor película, pero con una filmografía como la suya, hasta su peor película es digna de verse.

I spit on your grave (Steven R. Monroe, 2010)

Si eres de los que no gustas de pasar un mal rato, huye de esta película. Si, en cambio, te gusta este particular y retorcido subgénero rape&revenge, puede que estés ante la película de tus sueños. I spit on your grave es un auténtico tour de force, una montaña rusa de emociones con dos partes clarísimamente diferenciadas unidas por un brevísimo nexo. La primera parte presenta a los personajes: Jennifer, una guapísima escritora que va a pasar una temporada en una aislada cabaña en las montañas cerca de un pueblo, y la panda de guarros, misóginos, violentos y borrachos pueblerinos topicazos que precisa el argumento. Es en esta primera parte en la que la banda de miserables asalta a la protagonista, sometiéndola durante casi toda la primera hora de película a todo tipo de vejaciones, a un tenso acoso en su casa, y finalmente a una brutal violación en serie. La joven se arroja al río y la panda, dándola por muerta, comienza a buscar su cadáver. Así da comienzo el breve nexo del que hablaba, en el que transcurren unas cuantas semanas en las que parece que los violadores empienzan a sentirse cercados. Evidentemente Jennifer ha sobrevivido, y ha planeado muy bien su venganza contra el grupo de depravados, lo que compone la segunda y última parte. Una venganza terrible, merecidísima y explícita como pocas. Supongo que estas alturas os habrá venido a la cabeza la cinta La última casa a la izquierda o quizá también la canadiense 7 días. Y sí, guarda mucho en común sobre todo con la primera. Sobre todo es que en esta clase de argumentos sencillos pero durísimos resulta muy fácil quedar atrapado por la historia, sintiéndote angustiado durante la primera parte y justificando completamente la barbarie posterior. Porque os aseguro que Jennifer se resarce con su venganza, muy, muy superior a cualquiera de las otras citadas, tanto en duración como en en el gore de sus escenas. Jennifer castra con tijeras de podar, quema caras con lejía, deja a otro de ellos para que un cuervo le picotee los ojos, e incluso al peor de ellos (el sheriff, personaje odioso) le mete una escopeta por el culo con divertido resultado. Eso sí, no busquéis resolución a la historia, ni ver qué pasa con Jennifer, ni cómo sigue su vida. Esta película plasma un hecho concreto y terrible que requiere una venganza concreta y más terrible si cabe. Punto final. Y el último plano de Jennifer esbozando la primera sonrisa desde su violación, deja muy claro que todo termina ahí. Pase lo que pase después, lo que importa en esta cinta es que Jennifer escupa sobre las tumbas de un puñado de bastardos.

Vampiros: los muertos (Tommy Lee Wallace, 2002)

¡¡¡¡AAAAAAAAAAAAAARRRRRGGGGGHS!!!! ¡¡¡Dios, me estoy retorciendo como si me hubieran poseído los siete demonios de Emily Rose!!! ¿Pero ¡¡¡cómo demonios puede hacerse esto!!!? ¿Por qué cagarse de esa manera en el peliculón (sí, PELICULÓN) de John Carpenter? ¿Y por qué John Carpenter lo permitió y lo "presentó"? ¿Por qué sustituyen a James Woods, al cojonudo James Woods y a su más cojonudo y chulo personaje de Jack Crow (¡que hasta el nombre era la hostia!) por el imbécil de Jon Bon Jovi? Bon Jovi no merece ni lamerle un golondrino a Jack Crow, mucho menos heredar su ballesta. Pero es que el padre Adam, sí, ese que se empalmaba matando vampiros, es sustituido por un actor latino de culebrones, y el megasupervampiro Valek es aquí una ridícula vampira más torpe que un manco tocando el piano. Joder, pero lo entiendo. Con semejante elenco y semejantes matavampiros, tenían que meter a un villano ridículo a la altura. Si hubieran puesto a un vampiro como Valek, se los hubiera comido a todos en 5 minutos y aún hubiera tenido tiempo de pasarse por el set de Amanecer a darle por el culo a Edward y arrancarle los intestinos a Jacob mientras Bella lo escribía todo en su diario con esa cara de pánfila que tiene. Luego también la hubiera matado y se la hubiera tirado. En ESE orden.
Buf, de verdad, es la ira la que escribe, no yo. Mis dedos van solos. Mi cerebro está cargado de planos ridículos, de escenarios de cartulina, de exteriores repetidos, de personajes lamentables y de un montaje patético. Y estúpidas líneas de diálogo suenan aún en mi cabeza, casi todas del idiota de Bon Jovi y del latin lover hormonado ese que le han puesto. También sale por ahí como matavampiros Eddy Winslow, el de Cosas de casa, ratificando que todos los actores de TV negros de los ochenta, como Urkel, Webster y demás, tuvieron una brillantísima carrera.
Esta película es ridícula hasta el extremo. A ver, no es más ridícula que Drácula 3000, pero es que esta pretende ser una secuela de Vampiros de John Carpenter, que ya os digo que es una pasada de road movie de vampiros gamberra, salvaje y divertidísima, y esta solo hace que cargarse todo lo de la anterior y desarrollar una nueva historia que te hace odiar a todos los implicados. ¿Vampiros: los muertos? No: Vampiros: TUS PUTOS MUERTOS, Tommy Lee Wallace.

50 primeras citas (Peter Segal, 2004)

Los pocos habituales de este blog ya os habréis dado cuenta de que la comedia romántica no es ni de lejos uno de mis géneros favoritos. Pero bueno, igual que de cuando en cuando te encuentras a un bakala con estudios, también de cuando en cuando te encuentras una comedia romántica con la que A) no vomitas de ñoñería; y B) te ríes. En este caso incluso añadimos un C) te emocionas, porque la verdad es que esta peli se escabulle en gran medida de los tópicos del género y nos ofrece una historia que acaba siendo muy bonita.
Cuenta la historia de una chica (Drew Barrymore en un papel encantador que le va al pelo) que, tras un grave accidente, se queda con una extraña lesión cerebral que le impide almacenar memoria más allá de 24 horas, algo que ella ni sabe. Vamos, que cada vez que se acuesta por la noche, se levanta pensando que es el mismo día que el anterior. Dicho así, puede parecer una versión revisada del clásico intocable Atrapado en el tiempo, pero no. Esta película es más cómica aunque su tema no sea ciencia ficción, además las comparaciones serían odiosas ante un peliculón como el de Harold Ramis. Aquí tenemos a Adam Sandler, que se enamora de la chica y claro, tendrá que conquistarla todos los santos días, ideando historias como una cinta de vídeo para que ella sepa lo que le pasa y poder disfrutar el día entero, que es lo único que tienen. La verdad es que el avance de la relación entre los dos es muy tierno, salpicado de los típicos gags de Sandler y de los personajes secundarios graciosetes que casi siempre le acompañan, como Rob Schneider o, en esta, también Sean Astin (uno de Los Goonies y el auténtico héroe de El Señor de los Anillos, Sam Sagaz). El final, sobre todo, es lo que más escapa de los clichés y los convencionalismos, y ofrece un desenlace muy, muy bonito y emocionante que deja al mismo tiempo buen sabor de boca y la sensación de que no la resolvieron de la forma más fácil y esperada. Así que una película más que recomendable, sobre todo porque nunca hubiera imaginado que una morsa pudiera ser tan buena actriz. Y no, no hablo de Barrymore, malpensados. Sale una morsa de verdad que es la monda.

El protegido (M. Night Shyamalan, 2001)

A estas alturas no sorprenderá a nadie decir que soy devoto admirador del cine de M. Night Shyamalan. Flipé (como todo el mundo, supongo) con El sexto sentido, y me descojoné cuando Amenábar le copió descaradamente el final aduciendo como un niño pequeño que él lo había escrito antes. También me encantó Señales, que me tuvo toda la película con el culo apretado. Con El bosque me llevé una pequeña decepción, pero igualmente es una película que gana con un segundo visionado menos condicionado (el listón estaba altísimo y el ritmo de El bosque era, quizá, demasiado pausado incluso para Shyamalan), y además me recuperó totalmente con la maravillosa La joven del agua y hasta disfruté de la atmósfera de El incidente. Por eso no he visto Airbender, porque es basura y lo sé, y no quiero desenamorarme.
Pues bueno, de entre toda la filmografía de Shyamalan que me conozco al dedillo, esta es quizá su película más arriesgada, inteligente y especial. Para empezar, me encanta que recupere a la pareja Bruce Willis-Samuel L. Jackson como protagonistas, ambos veteranos actores con ya algunas apariciones juntos de las que siempre se guardan buenos recuerdos. Aquí interpretan al héroe y al villano de la historia, y nunca mejor dicho. Es realmente bueno cómo el cineasta hindú logró transformar un género tan fantástico como el cómic de superhéroes en una de sus realistas e intimistas historias, haciendo que todo encaje a la perfección como si fuera posible. Tenemos todos los clichés del Noveno Arte: el héroe, personaje sencillo con vida sencilla y trabajo sencillo pero que esconde un gran poder del que no es ni consciente; y el villano, otro personaje más complejo, débil , rico e inteligente que se consagrará al mal de forma muy sutil con tal de hallar la horma de su zapato y demostrar su descabellada teoría. Así el metraje discurre despacito, lleno de esos planos secuencia y esos silencios con primer plano de los actores que tan bien caracterizan el cine de este director, y siempre acompañado y realzado a la perfección por las preciosas notas compuestas por James Newton Howard, su fiel músico en nómina. No falta el gran momento final, también marca de la casa, ni momentos emocionantes como cuando, en silencio y sentados a la mesa, Willis hace entender a su hijo que tenía razón. En definitiva, una película para ver varias veces y disfrutar de la cantidad de detalles y referencias al cómic que posee, y de lo brillante y sólido de un guión que redefine algo tan trilladísimo como qué es un superhéroe.

Trainspotting (Danny Boyle, 1996)

"Elige la vida. Elige un empleo. Elige una carrera. Elige una familia. Elige un televisor grande que te cagas. Elige lavadoras, coches, equipos de compact disc y abrelatas eléctricos. Elige la salud, colesterol bajo y seguros dentales. Elige pagar hipotecas a interés fijo. Elige un piso piloto. Elige a tus amigos. Elige ropa deportiva y maletas a juego. Elige pagar a plazos un traje de marca en una amplia gama de putos tejidos. Elige el bricolaje y preguntarte quién coño eres los domingos por la mañana. Elige sentarte en el sofá a ver teleconcursos que embotan la mente y aplastan el espíritu mientras llenas tu boca de puta comida basura. Elige pudrirte de viejo cagándote y meándote encima en un asilo miserable siendo una carga para los niñatos egoístas y hechos polvo que has engendrado para reemplazarte. Elige tu futuro. Elige la vida. Pero, ¿por qué iba yo a querer hacer algo así? Yo elegí no elegir la vida. Yo elegí otra cosa. ¿Y las razones? No hay razones. ¿Quién necesita razones cuando tienes heroína?"

Cuando una película comienza con una voz en off así y con una sucesión frenética de imágenes de la pandilla de drogadictos protagonistas, poco más hace falta decir. Junto a Réquiem por un sueño y, quizá, Diario de un rebelde, esta es la mejor película sobre la drogadicción. Y con matices, porque Trainspotting no trata tanto sobre la drogradicción como sobre la relación entre los 5 magníficos y arrolladores personajes que la protagonizan, interpretados a la perfección por su elenco. Por supuesto destacan Ewan McGregor y Robert Carlyle, enormes en sus papeles de Renton y, sobre todo, Begbie, un personaje absolutamente memorable, el mejor de la película. Pese al tema tan duro que trata el guión, perfectamente escenificado por la dirección de Boyle, llena de planos cortos y secuencias surrealistas como la ya mítica zambullida en el peor váter de Escocia, la película jamás pierde la condición de comedia. Es divertida en todo momento, aunque haya escenas durísimas totalmente necesarias. Y sí, me refiero a la del bebé. Pero ni siquiera cuando Renton está pasando el mono la película deja de ser divertida. Lo bueno de todo es que, frente al habitual mensaje de desesperanza que transmiten la mayoría de películas sobre drogodependientes, Trainspotting no tiene un final terrible. Puedes pensar lo que quieras, pero al final Renton, quizá el menos abocado al fracaso de toda la cuadrilla, sale del tema con una buena bolsa y se la juega bien a la panda de desgraciados que eran sus "amigos". Si la volverá a gastar en heroína o no, quién sabe. Lo que está claro es que Boyle supo ofrecer una visión divertida y polémica sobre un asunto muy serio, convirtiéndola en uno de esos clásicos instantáneos que todos los profes de Ética ponen a sus alumnos.

Monsters (Gareth Edwards, 2010)

Decían que era una mezcla entre Cloverfield y Distrito 9, argumento que a mí me pareció más que suficiente para poner esta película durante la fría tarde de este sábado. Nada más terminar de verla, yo todavía con cara de gilipollas, mi mujer se levantó del sofá y salió de casa. Volvió al poco más de una hora con una demanda de divorcio que me entregó mientras hacía la maleta.
Bueno, vale, no fue exactamente así porque la pobre es una santa, pero podría haberlo hecho y no se lo hubiera podido tirar en cara. ¿Cómo puede ser que, a estas alturas, todavía me deje engañar como si fuera un votante de PSOE? Monsters es, efectivamente, una mezcla entre Cloverfield y Distrito 9, pero mientras una era un arrollador metraje handycam que te mantenía intrigado, tenso y desconcertado, y la otra es, simplemente, una obra maestra, esta parece la prima hermana retrasada de las dos. Sí, hay alienígenas grandes con tentáculos. Sí, hay una zona cercada por los militares. Pero no, NO PASA NADA EN TODA LA PELÍCULA. Los dos protagonistas, actores desconocidos y al menos, gracias a Dios, cumplidores, se pasan toda la película como si estuvieran de excursión. El bajo presupuesto se nota a rabiar, porque no ocurre nada salvo algún sonido en la lejanía o algún vistazo fugar a los alienígenas, salvo en la escena final en la que sí que intervienen pero no como os podríais esperar. Y ojo, esto no me molestaría si la película se sostuviera por sí sola sin la presencia de la amenaza exterior, pero es que no lo hace. La historia de amor entre los dos protagonistas no me interesó en ningún momento, nunca me la creí. Sus vidas paralelas (desdichadas, sí, lo pillé pero me la sudó igualmente) tampoco; y no acabo de entender si el director se permite también un alegato antixenofóbico como el de Neill Blomkamp, pero si esa era su opinión, no lo logra. No sé amigos, quizá eran las expectativas con las que me la puse, quizá que hice caso a la crítica especializada que se ha hecho el culo gaseosa hablando de esta cinta (¿¿¿¿por qué????), pero yo me pasé todo el rato esperando que la historia me atrapara, que ocurriera algo (y no me refiero a ataques, explosiones ni destrucciones masivas, joder) que me hiciera despertar... Pero todavía sigo esperándolo.
Y por cierto, para los gafapastas que hablan que si de la catarsis del final, que si de la humanidad de lo inhumano y de todo eso: HACED EL FAVOR DE COMPRAROS UN AMIGO.

Salvaje instinto animal (John Landis, 2005)

John Landis dirige este corte de Masters of Horror que guarda no poca similitud con la obra por la que todos los fans del terror recordamos y recordaremos siempre a este cineasta: la mítica Un hombre lobo americano en Londres, una película que se resiste a abandonar los primeros puestos en cualquier sondeo que realices sobre cine de licántropos.
En su versión original, este mediometraje se titula Deer Woman, que en la lengua de Cervantes es La mujer ciervo. Título totalmente acertado, puesto que trata precisamente sobre una leyenda india que habla de un espíritu-ser fantástico que no es ni más ni menos que una bella mujer con patas de ciervo y un salvaje instinto animal contra los hombres demasiado fogosos. He leído por ahí que el tono de comedia negra que mantiene todo el corte ha molestado a muchos, que no lo consideran digno de una serie supuestamente de horror. Debe ser gente que no ha visto Un hombre lobo americano en Londres, película que, aunque mucho más oscura que ésta, no pierde jamás ese humor inglés tan mordaz, como los zombies que visitan al protagonista o incluso los "despertares" del hombre lobo desnudo en el parque zoológico. Aquí encontramos lo mismo, quizá en más dosis, pero en mi opinión completamente al servicio de esta fábula que se ríe de sí misma y del género de hombres lobo con un tema similar pero totalmente disparatado. Por ejemplo, lo más divertido del episodio es cuando el detective imagina las tres o cuatro posibilidades de cómo un ciervo puede matar a un camionero en su cabina, a cada cual más descabellada. Landis incluso se homenajea a sí mismo hacia el final, cuando menciona el caso de Un hombre lobo americano en Londres como "un caso que ocurrió en Londres en los años ochenta", algo que arranca una sonrisa a cualquier fan del fantástico. El final es también objeto de muchas críticas negativas por su abruptez, pero aún así me recordó también al final de la peli del licántropo americano en tierras británicas (por no repetir el título otra vez, que ya van tres), con lo que yo, en definitiva, me lo pasé bien con esta horita de comedia negra con tintes de terror y mucha mala uva.

Hyenas (Eric Weston, 2010)

Eric Weston dirigió, produjo, escribió y editó esta película. Recordadlo bien, porque cuando le juzguemos por sus crímenes contra el cine, serán 4 los cargos que podremos imputarle. Por mi madre que no se libra de la horca el cabronazo.
Ya me ha pasado alguna vez que he topado con una película tan mala que es incriticable. ¿Qué se puede decir de ella sin caer en los tópicos mil veces empleados? No queda otra que caer en la contradicción de recomendarla precisamente por lo mala que es, porque de mala, se da la vuelta y es hasta buena. La cosa ya empieza pisando fuerte, con esos créditos infectos y ese bosque de noche iluminado claramente por luz artificial. A los pocos minutos sufrimos la primera risotada de las hienas, auténtico sonido referente de la película, que acabará de politono del móvil de más de un friki. Al poco ya conocemos a los protagonistas, alarmados de ver entre ellos a Costas Mandylor; sí, el pupilo de Jigsaw en la saga Saw, en un papel indescriptiblemente absurdo que solo se justifica si necesitaba el dinero para pagar las facturas médicas de su madre enferma... y aún así quizá hubiera merecido la pena que la dejara morir y conservara su dignidad. A los 15 minutos ya hemos disfrutado con la aparición de las hienas CGI y de sus sonrojantes transformaciones, que hacen sombra a las ratas de Rats, no os digo na. También veremos enseguida que el guión intenta copiar a Aullidos, por el rollo de que es una comunidad-manada de hombres-lobohiena liderados por una hembra alfa que se despelota en cada escena para enseñar sus descomunales mamellacas. SIN PEZONES. No los llaman hombres-hiena, que sería muy fácil. Peor aún, se inventan una palabra gilipollas para definir a esa especie: criptohumanos.
Así, Mandylor arrastra su miseria actoral junto a un personaje negro (y no, no es Samuel L. Jackson, cosa que agradezco porque le hubiera perdido el poco respeto que me queda por él) que es mi puto nuevo ídolo. Esta película pasea como Pedro por su casa por recovecos jamás explorados del cutrismo, y nos planta a un personaje-explicación como protagonista, que cuenta la historia en pasado mientras habla a la cámara en monólogo con frases absurdas que riegan todo el metraje. Claro que ya llega un momento que te da igual, porque cuando no es una truñera hiena CGI, es un diálogo absurdo, una cueva de cartón piedra que parece el decorado de un belén gigante, o una aparición estelar de los mexicanos secundarios soltando perlitas en spanglish tales como: "What's the matter with you, PUTO?", o "If you have the HUEVOS to fight with me". En serio, esto da una nueva dimensión al concepto de cine cutre. Esos diálogos son impronunciables sin morir de vergüenza.
En fin, y lo peor es que me ha gustado. Es todo un piezón del cine de serie B telefilmero, de pseudoactores, presupuesto nulo y virtudes técnicas de horca. Putísima basura infecta que ya está, para mí, en el Vallhalla de la caspa.

En la oscuridad (Jonathan Liebesman, 2003)

Esta es otra de esas películas de terror realizadas a destajo y que, sin embargo, acaban resultando mucho más entretenidas de lo que deberían. No hay nada demasiado bueno ni demasiado malo en ella, ni las interpretaciones (por cierto, he descubierto al hacer esta crítica que el chaval protagonista murió en 2007 por apnea de sueño con apenas 35 años...), ni el guión, ni la fotografía, ni los efectos especiales, ni el montaje... Todo es correcto, sin excesos ni carencias. La historia, en cambio, está chula y tiene un punto de leyenda popular que me gusta. Trata sobre el Hada de los Dientes (Tooth Fairy en inglés), que viene a ser la variante americana de nuestro patrio Ratoncito Pérez. Y diréis: ¿qué coño tiene de aterrador el Ratoncito Pérez? Pues hombre, que "algo" se cuele de noche en tu habitación para recoger tus dientes de leche y dejarte a cambio una moneda, pues acojona un poco si lo piensas bien, ¿no? Convirtiendo esta leyenda en algo más serio y metiéndole de trasfondo una historia sobre una mujer injustamente asesinada que jura venganza de ultratumba, ya tenemos para los ochenta minutitos escasos de metraje de esta película. Así, entre sobresaltos a golpe de sonido y algún que otro conseguido momento de tensión jugando con la oscuridad y la luz -auténticos personajes también de esta historia-, la cortita duración de esta película pronto nos planta en el interior de un faro para el último enfrentamiento entre el protagonista y el fantasma de Matilda. Por cierto que ahí se espeta una de la peores frases finales de la historia. Si "yipi ka yei, hijo de puta" o "aléjate de ella, puerca" son un 10, esta sería un cero: "¡te veo, hija de puta!", le dice el prota al fantasma cuando le quita su máscara de porcelana y la mata... enfocándole el jeto... con una luz... Sigh.
Pero en fin, como decía es una película tan malilla como entretenida, suficiente para cumplir y entretener. No todo en el cine tiene que ser solomillo, que con lomo adobado de vez en cuando también comes, hombre.

The Experiment (Paul Scheuring, 2010)

Tras la insufrible y avergonzante Manolete y la flojísima Predators casi había perdido la esperanza de que Adrien Brody pudiera volver a hacer algo mínimamente a la altura de su papelón de El pianista. Me alegra ver que aquí, en este remake indie de una película alemana también indie, Brody se redime y vuelve a ofrecernos un papel a la altura de lo que un actor de su demostrado talento se merece. Y es una pena que solo lo pasee ahora en producciones casi de serie B, pero bueno, supongo que el talento no entiende de presupuestos.
Recordaba con gusto el film alemán original, que trataba sobre un experimento sobre conducta humana en condiciones extremas. La idea era coger un grupo de 20 personas y aislarlas durante 14 días en una prisión, donde 12 de ellos ejercerían de presos y, los otros 8, de guardias. La película (las dos, tanto la alemana como esta, aunque la alemana profundizaba más en las historias de los protagonistas) pronto define convenientemente a los personajes, para que veamos el rol que tomará cada uno, para que conozcamos a los lobos con piel de cordero y a los líderes de ambos bandos. Brody interpreta al líder del bando de los presos, un liderazgo involuntario y que le reporta no pocas humillaciones y sufrimientos por parte del alfa del otro bando: un siempre descomunal Forest Whitaker haciendo de un hombre apocado y apacible, alguien que vive con su madre bajo una fuerte disciplina y educación religiosa… ¿No da miedito? Pues sí. Evidentemente, Whitaker se convertirá en un monstruo en tal que, en esa situación de liderazgo y poder desconocida para él, vea todo lo que se puede hacer cuando tú eres el que manda. Genial la escena en la que lo vemos mirándose sorprendido una erección después de haber cometido su primer atropello, punto de inflexión para que comience a buscar siempre su placer a través del abuso. Los secundarios, todos cumplidores, incluyen a Cam Gigandet interpretando a un homosexual reprimido, algo que no recuerdo del film original y que tampoco aporta demasiado. El final es lo más diferente de la película germana, y en comparación sale perjudicado. La resolución parece inconclusa, no parece que se busquen culpables de todo lo ocurrido, y además quedan espacios por rellenar en el guión, sobre todo por la parte de la no intervención anterior de los científicos del descontrolado experimento. Pero igualmente es una película curiosa, buena alternativa al cine más comercial y diferente; diferente si no has visto la otra, claro.

La masacre de Toolbox (Tobe Hooper, 2003)

Puedo decir tranquilamente y sin avergonzarme que he visto esta película y la he olvidado a los 5 minutos. De hecho es un slasher tan de manual, que nada sorprende ni mínimamente por un segundo, así que casi vas adelantándote a lo que va a suceder y pudiendo olvidarlo antes de que haya ocurrido.
Dirige Tobe Hooper, reconocido cineasta del terror y miembro del grupo de los míticos del terror ochentero -junto a otros como Barker, Raimi, Carpenter, Romero, Craven y compañía-, pero que en su última etapa ha continuado viviendo de sus pocas glorias pasadas. Hooper no inventa ni reinventa nada para este film que, como digo, es totalmente de libro. Hay una heroína a la que nadie hace ni puñetero caso (Angela Bettis, la screem queen más fea de la historia, porque de verdad que es más fea que mandar a la abuela a por droga) y un asesino medio deforme, medio sobrenatural y, cómo no, enmascarado. Nada sorprendente. Pese a que se intenta lograr cierta tensión en las muertes y en la trama, con supuestos giros sorpresa que no lo son, la cinta nunca logra encogerte el estómago ni siquiera un poco. Avanzamos tranquilamente por ella sorprendiéndonos solo, quizá, pensando en cómo una tipa tan fea y escuálida como Angela Bettis puede trabajar en la industria del cine de terror en papeles en los que normalmente hay que lucir mamellas y cachorra. Y quizá el mayor terror de esta peli sea precisamente formar esa imagen mental de la Bettis en pelota picada. Buarghs.

El milagro de Anna Sullivan (Arthur Penn, 1962)

Basada en la obra teatral homónima, este clásico en blanco y negro de 1962 presenta un duelo interpretativo entre sus dos protagonistas (Anne Bancroff y Patty Duke) difícil de expresar en palabras, pero absolutamente antológico. La historia trata sobre Helen (Patty Duke), una niña que tiene la desgracia de nacer ciega, sorda y muda (y no es una canción de Shakira: es una PUTADA ENORME) y que, además, por culpa del trato compasivo, permisivo y pasota de sus padres, acaba convirtiéndose en una jovencita asalvajada incapaz de comunicarse. Prácticamente un animal sin límites ni fronteras, encerrada en su propio mundo y sin capacidad para expresar ni recibir información. Pero he aquí que entrará la buena de Anna Sullivan (Bancroff), maestra de profesión que acaba de recuperar la vista, y que intentará con una paciencia inenarrable encontrar la manera de reconducir a la pequeña y enseñarle un modo de salir de su prisión de oscuridad y silencio a través del tacto y el lenguaje de los signos. No lo tiene fácil en toda la película, eso desde luego. Anna demuestra valor, coraje y determinación, algo que los pusilánimes padres llegan a confundir con crueldad. Pero nada más lejos de la realidad, puesto que será Anna la única persona que realmente intente hacer algo por esa niña cuya actitud no es sino una muestra de su frustración e incapacidad por mostrar lo que quiere y lo que necesita. Hay escenas realmente estupendas que marcan el tono de la cinta, como la primera lección de Anna a Helen en la mesa del comedor, que se convierte en una auténtica batalla campal entre ambas, cruzándose la cara a bofetadas y destrozándolo todo... hasta que la institutriz logra que la muchacha coma con cuchara sentada a la mesa y no picotee de los platos como un perro. A partir de ahí ya hemos calado a todos los personajes, y la persistencia de Anna parece no conocer límites. Pero realmente no será hasta el final cuando se obre el milagro del que habla el título de la película, un milagro mundano pero que consigue que los meses de enseñanza y paciencia de Anna a Helen sirvan de algo. Quedará claro que el problema de la niña no es "solo" no ver ni oír ni hablar, sino que sus discapacidades le impedían hallar el modo de conectar con el exterior. Resulta maravilloso cuando al final lo logra y respiramos de alivio (lagrimilla mediante), y la historia concluye con ese esperanzador mensaje y con ese regusto a clásico inmortal que tan pocas películas pueden presumir de tener.

127 horas (Danny Boyle, 2010)

En 2003, Aron Ralston, montañero aficionado pero experto, cayó en una grieta en Blue John Canyon, de Utah, con tan mala pata que una piedra de alrededor de 90 kilos le aplastó no la pata, sino la mano derecha dejándolo atrapado e imposible de soltarse. Nadie sabía a dónde había ido, así que nadie le buscaba. Tras 127 horas en semejante situación, a merced de los elementos, del hambre, la sed, la oscuridad y casi la locura, Aron comenzó a ver la muerte merodeando por aquel estrecho lugar. Así que, incapaz de levantar la piedra ni de sacar la mano (completamente machacada entre la roca y la pared de piedra), tuvo que tomar la drástica decisión de morir o vivir. Eligió vivir. Se partió los huesos del antebrazo, se realizó un torniquete para no desangrarse y, con una navaja barata y de filo romo, se cortó la extremidad y quedó libre. Aún tuvo que salir de la grieta descendiendo en rappel, y vagar bajo el sol del desierto durante algunas horas, con el muñon sangrante y a punto de entrar en shock, hasta que otros montañeros le encontraron y pudo ser rescatado en helicóptero, concluyendo su odisea de 5 días.
Estas pocas líneas resumen una de las más estremecedoras historias de valor que jamás se han conocido. Valor y ganas de vivir, porque la pregunta que plantea el acto de Ralston es muy difícil de responder. ¿Tú lo harías? ¿Te automutilarías durante horas, cortando carne y tendones, rompiendo tus huesos, para no morir? ¿Soportarías semejante calvario en aras de una supervivencia incierta? Buf. Yo no sé responder a eso, de verdad. Supongo que hay que verse en una de esas situaciones sin salida para saber de qué pasta estás hecho. Así que espero no saber nunca de qué pasta estoy hecho yo.
Observaréis que de la película no he dicho aún ni una palabra. Ni falta que hace. 127 horas es casi perfecta, atrapadora, te agarra y te sacude visualmente desde el primer fotograma. Reconozco que, tras verla, me quedé un poco despagado por la aparente facilidad con que sucedía todo, con esa representación de que el personaje hiciera lo que hizo sin que parezca tan horrible. Pero parece ser que así fue en realidad. Ralston se jugó todo a una carta, y la escena de la amputación, de la que esperaba que fuera muchísimo más dura (hablaban de desmayos en los pases previos, pero ya sabemos lo flojitos que son los críticos), se ve que es calcada a cómo sucedió. Por supuesto James Franco está espléndido en el papel, como suele ocurrir en esta clase de cintas en las que un solo protagonista tiene todo el metraje a su disposición (me viene a la cabeza la inevitable comparación con Enterrado y el papel de Ryan Reynolds, de la que ambas salen bastante igualadas), pero sin duda es Boyle y su dirección quien hace grande la película, porque la historia ya es grande de por sí. Boyle inventa planos de cámara magníficos, parte la pantalla, juega con posiciones y encuadres arriesgadísimos, con un uso diferente de la música y de las secuencias de flashback... y todo encaja de maravilla. La película acaba siendo algo muy personal y reconocible, un trabajazo de cámara y de interpretación y, no nos olvidemos, una fidedigna representación de una aventura estremecedora sobre un tío con los huevos tamaño balón de playa. Carne de varios Oscars, seguro.

The Walking Dead (Frank Darabont, Michelle MacLaren, Gwyneth Horder-Payton, Johan Renck, Ernest Dickerson y Guy Ferland, 2010)

No hace mucho que en este mismo blog comenté que Dead Set: Muerte en directo me había parecido lo mejor del género zombie hasta la fecha. Pero recalco este último trozo del enunciado: hasta la fecha; y le añado una coletilla: hasta la fecha en la que he visto The Walking Dead.
The Walking Dead se basa en una serie de cómic creada por Robert Kirkman y Tony Moore (aunque después sería regularmente dibujada por Charlie Adlard) que no me he leído, pero que goza de críticas en los que la gente se apuñala la pelvis a dos manos mientras se deshace en elogios. No en vano, ya es considerada una de las pocas obras imprescindibles del cómic, de esas de las que Alan Moore y Frank Miller tienen casi absoluto monopolio. Todo un logro para un cómic basado en muertos vivientes. Así que con semejante material de base, parecía haber de sobra para hacer una serie excelente, aunque lo normal, como ya sabemos, hubiera sido que la serie fuera una auténtica castaña que provocara la ira de todos los frikis.
Pues macho, si el cómic es mejor que esto, esta misma tarde voy a comprármelos todos.
Esta serie lo tiene todo. La desconcertante y típica premisa de un virus zombificante, unido con el despertar del protagonista en un hospital y en medio de un mundo post-apocalipsis zombie, puede hacerte caer en el engaño de que vas a presenciar una nueva explotation de Resident Evil. Y para nada. Los personaje de The Walking Dead, todos y cada uno de ellos sin excepción, están tan bien definidos, son tan humanos, coherentes y cercanos, que pronto serás uno más de ellos en su lucha por la supervivencia. Y las situaciones, pese a estar enmarcadas dentro de un contexto de ciencia ficción y terror como este, no son nada inverosímiles. Todo está tan bien hilvanado, con tan buen ritmo y tensión, que al final los zombies caníbales te parecen algo meramente anecdótico. Lo que importa es la supervivencia, la naturaleza humana, ese policía en busca de su mujer y su hijo, esa comunidad de supervivientes variopintos unidos (pero jamás revueltos) para salir adelante en un mundo asolado por los caminantes. Cojonuda la palabra también, porque jamás se menciona a los caminantes como zombies, alejándose del cliché.
Bebiendo sobre todo del zombie clásico de Romero (y con interesantes homenajes como todo el segundo episodio que sucede en un centro comercial, como en Down of Dead), en los seis espectaculares episodios que componen esta primera temporada (mención aparte el piloto de Frank Darabont, que por sí mismo ya puede que sea una de las mejores películas de zombies de la historia) se abren y cierran muchos hilos argumentales y se dejan colgados otros tantos. ¿Qué ocurre con el negro y su hijo? ¿Se enterará Rick del affair de su esposa con su mejor amigo cuando le creía muerto? ¿Qué es lo que ha ocurrido realmente? ¿Y hay más supervivientes? ¿Existe realmente un refugio o Atlanta es un reflejo del estado de toda la Tierra? Yo, desde luego, voy a estar con el culo apretado hasta octubre de este año, fecha en la que se ha prometido el estreno de una serie que ya nació con estrella y que no ha decepcionado. Al contrario. Esto es un auténtico must ya no del subgénero zombie, o del género del terror, sino de la televisión. ¿Qué no me creéis? Pues eso es porque no la habéis visto.

Jumper (Doug Liman, 2008)

Detrás de esta película que parece una chorrada como un piano, realmente hay una chorrada como un piano. Pero una vez más, despojándonos de toda lógica y de todo mínimo criterio cinematográfico y armándonos de palomitas, chucherías, Coca-Cola y demás alimentos saludables, podemos disfrutar de una hora y media de entretenimiento tan chulo como vacío.
La premisa de Jumper es muy X-Men. Con un poder que me recuerda al del Rondador Nocturno pero a lo bestia, Anakin Skywalker es aquí un jumper, alguien con el poder de teletransportarse a cualquier sitio siempre que lo haya visto antes (valen fotos, o sea que el poder es la hostia). ¿Y qué hace con semejante poder? ¿Vestir mallas ajustadas y ayudar a la policía a hacer su trabajo? ¡Y una mierda! Hace lo que haría cualquiera en su sano juicio: vivir en una casa que te cagas y llevar un nivel de vida a todo trapo a base de atracar cámaras acorazadas de bancos de la forma más limpia posible.
Como toda historia necesita un villano, aquí tenemos al Hombre que no lee guiones, Samuel L. Jackson, ese actor que parece un estajista de la industria cinematográfica. Con el pelo teñido de blanco emulando el look de Wesley Snipes en Demolition Man (NOTA MENTAL: volver a ver ese peliculón), Samuel interpreta al líder de una organización encargada de localizar y matar a los jumpers llamada Los Paladines, que llevan siglos librando su particular batalla para impedir que los jumpers ¿dominen el mundo?
A rasgos generales (y concretos) el guión es basura, pero la peli tiene mucho ritmo. Christensen es un actor muy soso y muy limitado, y su partenaire femenina es un mero florero, pero al menos la presencia siempre correcta de Jackson eleva algo el nivel interpretativo, y el otro jumper al que interpreta el niño ya crecidito de Billy Elliot tampoco lo hace mal. El presupuesto relativamente bajo (85 millones) parece bien invertido en lo que toca: los efectos. Y así disfrutamos de peleas, saltos, persecuciones y muchas teletransportaciones a localizaciones geniales, con una fotografía bastante chula. Así que ver Jumper, al final, acaba siendo todo un salto de diversión comercial y tópica, pero divertida.

El regreso de los muertos vivientes (Dan O'Bannon, 1985)

¿Y que aún me encuentro con películas de zombies que no había visto? Aquí tenemos otra de esas joyitas ochenteras realizadas en pleno boom del subgénero zombi, que en aquellos momentos incluso era susceptible de ser parodiado. De hecho, esta película es una mezcla bien batida por su director y guionista, Dan O'Bannon (todo un grande de la scifi de la época, sobre todo como guionista) de terror zombi al uso con toques de comedia ochentera en toda regla, y sin olvidarnos de mostrar buenas dosis de sangre y muchas, muchas tetas. O las mismas tetas, mejor dicho, pero mucho rato dentro de plano, lo que viene a ser lo mismo.
Los primeros 10 minutos son geniales. En clave de humor pero sin resultar en absoluto ridículo, se nos presenta esta peli como una especie de secuela no autorizada de La noche de los muertos vivientes, película de la que dicen que "se inspiró en un accidente real". Así, cuando por accidente se libera el gas tóxico que hace que los muertos se levanten, arranca la película con esa música tan típica de la década y con unos créditos que nos auguran un buen rato de terror y diversión. No hay que perder nunca la noción de lo que es esto, porque no estamos ante un film serio y con intención de aterrar, sino ante una especie de parodia terrorífica cuyo fin es el de entretener y nada más. Lo notamos en los personajes, que son estereotipos a conciencia, desde los dos empleados del almacén de suministros forenses, el grupo de punkis fiesteros en el que no falta ni un solo tópico, y cómo no, los zombies, que no se cansan de repetir una y otra vez lo que quieren: "cereeeeebroooooos." Unos zombies muy curiosos, porque lejos de la imagen lenta y torpe de los zombies de Romero a los que parodia el film, estos corren, hablan, piensan y planean emboscadas con tal de poder seguir comiéndose nuestros dulces sesos. Así, mientras que los protagonistas se parapetan en la casa resistiendo el ataque de los muertos vivientes (que resultan imposibles de matar incluso aunque los troceen, otra cosa curiosa), y mientras que los dos protagonistas del prólogo luchan por no convertirse en más de ellos, no hay momento para el aburrimiento en esta divertida historia. Y encima termina rematando su declaración de intenciones: que no se toma en serio. Porque menuda solución final que se sacan de la manga los del ejército...
Concluyendo, si eres fan de los muertos vivientes, no te la pierdas. Para mí, una de esas rarezas que no puedes dejar de ver, de esas que te recuerdan por qué el género de los comecerebros llegó a lo más alto a base de combinar humor y comedia, en una fusión de géneros que nació, triunfó y murió en los ochenta, como casi todo lo bueno de la serie B.

Congo (Frank Marshall, 1995)

Gorilas blancos asesinos, una gorila que habla, una expedición científico-técnica en busca de un diamante purísimo que servirá como fuente de energía para un satélite de comunicaciones... ¡Uff! hay que tomar aire para poder enumerar tantísimas gilipolleces por fotograma cuadrado, pero ¡qué coño! Congo me parece una película de aventuras absolutamente entrañable y disfrutable al cien por cien, pese a sus carencias, excesos y barrabasadas. O a lo mejor es que es uno de esos casos en los que son precisamente sus carencias, excesos y barrabasadas las que la hacen tan entretenida si dejas a un lado cualquier criterio cinematográfico, claro.
El reparto de actores protagonistas, todos caras conocidas hoy en día (aunque ninguna superestrella, claro; tenemos a un actor de la serie Nip Tuck, a la escéptica abogada de El exorcismo de Emily Rose, a Ernie Hudson...) hace lo que puede en medio de este guión que, como decíamos, no se tiene en pie. O sea, poneos en situación: en la ciudad perdida de Salomón, una especie de gorilas blancos supersalvajes cuidan de un montón de diamantes con propiedades energéticas impresionantes, y para allá que se irá la expedición de los protagonistas a buscarlos, aprovechando que uno de ellos quiere dejar en libertad a su gorila parlante, Emy. ¿No es para cagarse? En medio de todo esto tendremos acción mientras que los protas tratan de cruzar la frontera del Congo, ataques de hipopótamos y demás aventuras selváticas de auténtico despiporre. Y aún no he mencionado lo mejor. El filántropo rumano (en realidad un reventao que quiere encontrar los diamantes por su cuenta) interpretado por Tim Curry, y cuyo nombre es uno de los más cachondos de la historia del cine: Herkemer Homolka. Solo por Homolka vale la pena ver la peli.
En fin, pese a ser una novela de Michael Crichton, está claro que no Frank Marshall no es Spielberg, y que está muy lejos de la maravilla que fue Parque Jurásico. Pero aún así, siempre defenderé esta peli como una de esas obras denostadas por público y crítica y que, sin embargo, siempre te acabas tragando cuando ponen por la tele. Herkemer Homolka forever.