Los nazis querían un demonio y obtuvieron un demonio, pero éste fue recogido por los aliados y criado por un buen hombre que lo trató como un hijo y no como un ser de las profundidades del infierno. Así que este gigantón rojo, enorme, maleducado y grosero, con ácido sentido del humor, enorme apetito y amante de los gatos, se convirtió en una especie de antihéroe que de mayor lidiaría contra fuerzas sobrenaturales desde la organización en la que trabaja. Siempre que no se le olvide limarse bien los cuernos con la radial, porque si no... Houston, tenemos un problema.
Esta es la idea general de Hellboy, adaptación del popular personaje de cómic llevada a cabo por el director que pareció nacer para ello: Guillermo del Toro. Quién mejor que él, con su estilo tan particular y fantástico de dirigir y crear atmósferas irreales para transformar en cine una historia donde el bueno es un demonio. Y quién mejor que Ron Perlman para interpretar a Hellboy, si el hijo de puta ya tiene la cara de Hellboy. Otro de esos casos de born-to-be.
La historia, fuertemente fantástica y cargada de humor, no reniega de sus raíces de cómic. De hecho, la película se antoja como un cómic, y como tal hay que tomarlo. No es un thriller, no es terror, no es ciencia ficción, pero posee esa amalgama de fantasía, humor, romance y acción salvaje que caracteriza la obra de Mike Mignola. Con sus correctísimos secundarios (salvo Selma Blair, que aunque guapa parece que va siempre con cara de fumada), el reparto también es punto fuerte en esta obra, que jamás aburre, que se completa con unos buenos efectos especiales (si bien no extraordinarios), un genial maquillaje de los protagonistas monstruosos y un montón de diversión socarrona.
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