Viernes 13: parte 2 (Steve Miner, 1981)

Han pasado 5 años desde que Pamela Voorhees la liara parda en el campamento Crystal Lake, asesinando a 10 adolescentes y siendo ella misma asesinada por la única superviviente. Pero la película arranca precisamente con esa superviviente, traumatizada por su sueño en el que Jason salía del lago para vengarse. Ella se convertirá, precisamente, en la primera víctima "oficial" de Jason Voorhees, que comienza así su andadura homicida que tan buenos ratos nos va a dejar.
Tras esos 5 años, un nuevo grupo de jóvenes reabre Crystal Lake para pasar unos días formándose como monitores. Cervecitas, sexo, baños en pelotas y algún porrete serán la tónica general, pero a alguien que vive en el bosque no le molará nada este regreso a sus dominios. Así que Jason, todavía sin su máscara de hockey sino con una funda de almohada cubriendo su rostro deforme, comenzará a cargarse, uno por uno, a los adolescentes en venganza por la muerte de su madre.
Reconozco estar un poco confuso. Quizá porque ahora le presto atención a cosas que, antes, daba por sentadas, pero... ¿Jason está vivo o muerto? ¿Salió del lago resucitado o simplemente sobrevivió y empezó a vivir en el bosque medio asalvajado? La peli da a entender que solo es un humano, quizá muy fuerte, trastornado y loco sin duda, pero no es un ser sobrenatural. O sea que entiendo que sobrevivió al ahogamiento y que enloqueció del todo cuando su madre fue asesinada. Si alguien lo entiende de otro modo, agradeceré que lo comentemos, aunque igual en posteriores secuelas queda todo más claro.
De todos modos, la peli ofrece lo mismo que la primera: entretenimiento, tensión, muertes divertidas, desnudos integrales y sangre. Ideales ochenteros del slasher, vaya. Así que, una vez más, es una cinta totalmente disfrutable.
Y como lo prometido es deuda, aquí va el body count:

1) Mujer: destornillador en la sien.
2) Hombre: estrangulado con una cadena contra un árbol.
3) Hombre: martillo clavado en la cabeza por detrás.
4) Hombre: degollado mientras cuelga boca abajo de un árbol.
5) Mujer: no se la ve morir, pero es la que encuentra al tío degollado en el árbol y se topa con Jason de bocas y no vuelve a salir, así que damos por hecho que se la carga.
6) Hombre: machetazo en toda la jeta. Jajajaja.
7) Hombre: atravesado con una lanza mientras pilla con la muerta número 8.
8) Mujer: atravesada con una lanza mientras pilla con el muerto número 7.
9) Mujer: apuñalada.

Ah, casi me olvido del final. Jason es amachetado en el hombro, pero regresa a por la chica y el chico protagonistas... y en la siguiente escena, la chica protagonista es sacada en ambulancia, y del chico y de Jason nada se sabe. Abruptísimo final que supongo aclararán en el resumen inicial de la tercera entrega.

Viernes 13 ( Sean S. Cunningham, 1980)

Me dispongo aquí a comenzar mi revisitado total de una de las más prolíficas sagas -si no la más, tendría que mirarlo- de la historia del cine de terror, que daba su comienzo en 1980 con esta primera entrega creada a rebufo del éxito de los enmascarados asesinos de adolescentes que John Carpenter había popularizado en su Halloween. Personalmente, a mí siempre me ha gustado mucho más la saga de Viernes 13 y el personaje de Jason Voorhees, ese gigantón silencioso que nunca corre y que tiene el récord de muertes creativas de este subgénero.
Pero en Viernes 13, Jason no es el protagonista, sino el detonante argumental para la trama. Tenemos el mítico campamento Crystal Lake, legendario ya donde los haya, con sus bosques, sus cabañas y, por supuesto, su lago donde los adolescentes fogosos se bañan desnudos y hacen el amor mientras beben cerveza y se fuman algún que otro trócolo. Nada demasiado duro, pero la moralina de la época dejaba bien claro en los slasher que, si bebías o follabas, ibas a morir.
La historia cuenta la noche que un grupo de jóvenes pasa en el citado campamento de verano, recién reabierto después de que, un año antes, un muchacho deficiente se ahogara en el lago por descuido de los monitores (que sí, estaban follando y drogándose). Ese muchacho era Jason, y su vengativa madre será la asesina que dará matarile a todos los adolescentes fornicadores que pisen el campamento, en vendeta por lo ocurrido con su hijo. Esto es algo que siempre suele fallarse en las preguntas de Trivial: ¿quién es el asesino de Viernes 13? A todos se nos llena la boca respondiendo rápidamente: Jason. Y perdemos el quesito, porque Jason es, en efecto, el asesino de la saga Viernes 13, pero en Viernes 13, la primera peli, la asesina es Pamela Voorhees. Recordadlo la próxima vez que juguéis.
Pero retomando el hilo, está claro que hoy en día la peli no da miedo. No le negaré cierta conseguida tensión, gracias también a la música de Harry Manfredini, que debutaba con esta tensa partitura discordante con reminiscencias de la de Psicosis. El gore de Tom Savini, aunque poco (la película tampoco es un festival constante de casquería como cualquiera de sus incursiones en lo zombie), es muy bueno, con esos efectos físicos y artesanos tan realistas que todavía mola ver, como la muerte del personaje de Kevin Bacon con la garganta atravesada a machete desde debajo del colchón. No obstante, se hace muy amena y entretenida, y se comprende que hace 30 años la gente se quedara en los cines con el ojetico apretao. Atención al final, porque es de lo mejor, e introduce al que será desde ese instante el auténtico protagonista de la saga y uno de los iconos del terror. Es más, como bonus, pienso llevar el body count de Jason desde la segunda peli, que es la que él empieza a matar. En esta hay 11 muertes (incluyendo la de la asesina) pero no cuentan porque... ¿quién es el asesino? ¿He oído Pamela Voorhees? Muy bien, habéis estado atentos.

Batman Forever (Joel Schumacher, 1995)

Durante mucho tiempo, me he resistido a comentar esta película. Me parecía que no había suficientes calificativos despectivos para referirme a ella, y me apunté a un módulo superior de Insulto y Vejación para poder hacerla en condiciones. Pero tampoco me sirvió. Todo se me antojaba corto. Porque ¿cómo se pudo pasar de un Batman tan serio, tétrico y aceptable como el de Tim Burton y Michael Keaton, a este esperpento psicodélico lleno de luces, colorines, chascarrillos, personajes paródicos y disfraces carnavalescos? Pues la respuesta la encontraréis en dos palabras: Joel Schumacher. Un director generalmente correcto, con varios buenos títulos en su filmografía, y responsable, sin embargo, del declive del Caballero Oscuro en esta película y de su posterior asesinato y entierro en la siguiente. Todo sea dicho, y no es por defender lo indefendible, que lo que jamás entenderé tampoco es por qué la productora le permitió realizar una segunda película de Batman, a la vista de lo que había hecho en ésta. Pero bueno... Warner es así. Querían un cambio de look tras Batman Vuelve, y joder que lo tuvieron.
La elección de Val Kilmer no voy a criticarla. Una película tan cutre merece un Batman cutre, y Kilmer lo fue. Tommy Lee Jones como Dos Caras... este sí que me jode que salga, porque su papel es ridículo, vergonzoso, poseedor de uno de los maquillajes más penosos que han existido para un villano. Jim Carrey como Enigma... en su línea. Su papel de malo-gilipollas-graciosete no se diferencia en nada del de Mentiroso Compulsivo, interpretativamente hablando, claro. Mismos caretos, mismo histrionismo... solo que en Mentiroso Compulsivo, su papel lo requería. Aquí le pega como a un Cristo un AK-47. Chris O'Donnell... de horca, pero como siempre. Nicole Kidman habrá querido también borrar de su currículum su aparición aquí. Joder, es que nadie se salva de la quema, en una de esas veces en las que te parece que la implicación del reparto era proporcional a lo que les estaba pareciendo la película mientras la hacían.
Llena de incongruencias, de gracias sin gracia, de humorcete para todos los públicos, con una Gotham ciberpunki luminosa, llena de personajes coloristas y dragqueenescos, con villanos de risa y un Batman y un Robin para fusilar, ¿qué podía esperarse de esta peli? Pues solo una cosa: que no fuera la más mala de la saga. Y lo consiguió.
Pero de la más mala de la saga, ya hablaremos otro día. De momento, nos quedamos con esta, una auténtica cagada de tres pares de cojones, 10% entretenimiento y 90% vergüenza ajena.

Blade Runner (Ridley Scott, 1982)

Denostada por la crítica en su momento, Blade Runner es una película que mejora con cada visionado, y que ya se ha convertido en uno de los 3 o 4 clásicos intemporales e imprescindibles de la ciencia ficción. Se trata de una historia visionaria que plasma un futuro cercano para nosotros (año 2019) pero algo distante para cuando fue realizada (1982), un futuro sospechosamente parecido al presente en el que vivimos, salvo por los elementos de pura y dura scify como los coches voladores o la existencia de esos androides humanos que protagonizan el argumento. La influencia de Blade Runner se palpa en films posteriores y también de culto, como Terminator, porque... ¿qué es un Terminator sino una suerte de Replicante?
Pero hablar de Blade Runner es hablar de cine en estado puro. El guión discurre con sobrada fluidez, haciéndose atrapante sin grandes picos de acción, con un ritmo lineal y una historia brillante llena de personajes definidos, poderosos y míticos. De entre todos ellos, destacarán Deckard, un Harrison Ford impecable, y, sobre todo, Roy, el mítico Replicante interpretado por Rutger Hauer, responsable, quizá, de una de las secuencias más memorables de la historia del cine con su improvisada frase en esa inolvidable escena final.
También es hablar de atmósfera, de puesta en escena, de iluminación, de diseño de producción. Todos esos conceptos tan difíciles que Ridley Scott supo aunar para que no sobrara ni un solo fotograma, para que cada rayo de luz de neón reflejada en la cara de los protagonistas tuviera un porqué. O esa Los Angeles lluviosa y decadente, en medio de un futuro tan gris como el tiempo en el que se desarrolla, con sus barrios ghetto en cada esquina y su publicidad abusiva. Y de música, con la banda sonora de Vangelis que hace aún más grande lo que vemos. Extraña confabulación de elementos que solo se da en contadas ocasiones y que, como no puede ser de otra manera, da como resultado una obra maestra.
Debo comentar también que la versión de la que hablo es la nueva, la reestrenada (en su formato Blu-ray), con una calidad audiovisual espectacular, nuevas escenas perfectamente insertadas, y cambios que alteran drásticamente la película. En mi opinión para bien, puesto que ayudan a que la idea que te queda rondando en la cabeza sobre Deckard cobre mucho más cuerpo. Me dio un escalofrío también darme cuenta de que hasta Origen, de Nolan, está influenciada por Blade Runner. Ese plano del tótem girando (o cayéndose), ¿no es un clarísimo préstamo del nuevo final, cuando Deckard encuentra el unicornio de papel que explica sus sueños?
En fin, se han escrito y se escribirán ríos de tinta sobre esta película, piedra angular de la ciencia ficción. Nada puedo aportar yo salvo mi humilde recomendación de que nadie, nadie que se digne a considerarse cinéfilo, puede perdérsela. Y lo siento, pero aunque sea caer en el tópico, tengo que terminar la crítica con la frase de Roy:

"He visto cosas que vosotros no creeriais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir..."

Sobran más palabras.

El aprendiz de Satanás (Jeff Lieberman, 2004)

La primera película (de las solo tres que le han permitido rodar) de Jeff Lieberman, trataba sobre unos experimentos con alucinógenos. Y muchos alucinógenos ha debido tomar en su juventud para poder rodar cosas como esta. Ojo, que conste que no es TAN mala. Yo, al menos, la he querido entender como un homenaje paródico al típico slasher sobre asesinos enmascarados, por cosas como el absurdo disfraz del malo, el que suceda durante una noche de Halloween, o la cantidad de personajes tópicos que se pasean por todo el film. Es la clase de cosas que tienen que haberse hecho aposta, porque si no...
La historia va sobre un niño repelente, asqueroso, desgraciado, nauseabundo, vomitivo, ahostiable, y podría seguir pero paro porque me enciendo, que está medio chalao con un videojuego en el que ayuda al demonio. Y claro, como jugar a la Play es malo, y blablabla, el niño decide buscar al auténtico Satanás para ser su coleguita, como en el juego. Y lo encuentra, oye. Así comienza una noche de Halloween en la que Satanás, ataviado con un disfraz ridículo, y el niño repelente, hacen un montón de trastadas como atropellar viejas, embarazadas y ciegos (a lo Carmaggedon, en otra crítica a los videojuegos) mientras el imbécil del niño solo sabe decir: "¡Genial!". Claro. Porque hacer daño a la gente, mola, y eso es lo que te enseñan los videojuegos. Está claro que a Lieberman de pequeño no le compraron la Nes de 8 bits y está cabreado con el mundo.
Así transcurre todo el argumento, entre muertes muy suavecitas, diálogos inverosímiles y un humor negro decente. Una Amanda Plummer en horas bajas (¿acaso las ha tenido altas?) hace el papel de madre del niño odioso y de la prota femenina, una tremendísima rubia llamada Katheryn Winnick, que se pasea disfrazada de gitana enseñando ombligo y pechuga y ayudando a que la peli sea soportable. Por lo demás, simple entretenimiento sin pretensiones. El asesino enmascarado-demonio, tiene su punto, hablando solo con gestos y resultando gracioso a la par que cabronazo. Pero poco más. Si queréis hacerme caso, lo único por lo que merece la pena ver la película, es por esto:


Así que ya os la podéis ahorrar. Agradecédmelo, mamones.

Arachnid (Jack Sholder, 2001)

Parece mentira que una productora que solo realizó 9 films, se las arreglara para que todos y cada uno de ellos fueran auténtica mierda, pero como le decían a Roy en Blade Runner, "la luz que brilla con el doble de intensidad dura la mitad de tiempo... y tú has brillado con mucha intensidad, Roy..."
Vale, acabo de cortarme el meñique por haberme servido de Blade Runner para definir a la Mierdastic Factory, ya he cumplido penitencia. Así que vuelvo a la película.
Arachnid fue el segundo largo de la Factory of Shit, justo después de la inenarrable Faust: la venganza está en la sangre, una película tan cojonudamente mala que no me atrevo a volver a verla por si me vuelvo ya loco del todo. El caso es que las comparaciones juegan a favor de esta peli, porque tras Faust, todo lo que se hiciera a corto plazo parecería mejor. Y eso le ocurre a Arachnid, porque es mala como la mierda, pero parece mucho más decente que la primera defecación cinematográfica de estos indecentes productores de bazofia.
La historia arranca con un actor español clavadito a Bruce Campbell y un plano robado a Sam Raimi de Evil Dead, como en un intento del director de gritar a los cuatro vientos que, ya que no hace buen cine (salvo Hidden), al menos lo ve. También, en lo que ya me parece una exageración, aparece un personaje que es clavadito al hermano de Sam Raimi, Ted, lo cual es pa flipar. ¿Qué pretendían, hacer creer que la peli era de Raimi? Los vídeos caseros que graba Sam Raimi durante sus vacaciones son infinitamente mejores películas que cualquier producto de la FF, por Dios. El resto del elenco son topicazo tras topicazo. Pepe Sancho tiene un papel que debió ser parte de la condena impuesta por el juez. Increíble que un digno actor español como este se degrade a hacer el ridículo en algo como esto. Los porteadores indígenas: bueno... esto sí que es la leche. Los porteadores nativos son, clarísimamente, machupichus que el director sacó de algún top manta, les pintó con boli cuatro tattoos tribales y hala, al set de rodaje. El resto de actores están también de horca, salvo la prota femenina, que intenta hacer algo entre tanta mierda, la pobre, pero poco consigue. El gore es correctillo, eso no lo niego. Escenas como la de la eclosión de las garrapatas están apañadetas, en lo que es el único símbolo de la FF. Pero luego, en cambio, son capaces de insertar en la peli escenas vergonzosas como la del accidente de avión, rodada desde dentro mientras los actores se meneaban en sus asientos cutremente y totalmente descoordinados porque no había presupuesto para filmar el accidente en condiciones. O lo mejor: la araña MÁS CUTRE DE LA HISTORIA DEL CINE, auténtico plagio a Ella (la de El Señor de los Anillos), mezcla de los peores efectos animatrónicos y del CGI más fulañero. La verdad es que es toda una terapia contra la tristeza, porque te deja atónito que eso pudiera salir de la sala de montaje y estrenarse en cines como si tal cosa.
En fin... como siempre digo, si te gusta la serie B, no puedes perdértela. Ambiente selvático, muertes gorrinas, guión inexistente, bichos de juguetería y absolutamente ningún criterio cinematográfico. Todo un festival de infracine que, sin embargo, está muy lejos de ser la peor película de esta panda de hijos de puta productora ya desaparecida gracias a Dios. En fin, creo que voy a ver Blade Runner por haberla mentado.

Abominable (Ryan Schifrin, 2006)

Dirige y escribe un tal Ryan Schifrin, así que este señor es responsable del 50% de esta bazofia. El otro 25% se lo atribuiremos a la nefasta y taladrante música, que es de un tal... ¡coño, Lalo Schifrin, así que debe ser familia! Y el otro 25% a los actores, todos absolutamente denunciables. Para mayor colmo, unas cuantas caras conocidas del ámbito de la serie B se pasean arrastrando su escasa dignidad en papeles lamentables y vergonzosos, como Dee Wallace (Aullidos, E.T., y otras muchas), Jeffrey Combs (Re-Animator, Re-Sonator, Re-Follator... bueno, esta última no, pero podría haberla hecho) o Lance Henriksen (Aliens, Arañas Asesinas...), interpretando, respectivamente, a una maruja, un borracho idiota y un cazador estúpido. Wallace se salva. Los otros dos mueren de forma gilipollas a manos del bigfoot, del yeti, o de yo qué sé qué coño se supone que es esa cosa, que parece una mezcla de Chewbacca, Gimli (el enano de El Señor de los Anillos) y Falete, pero de gomaespuma y cartón. Tremendo, tíos. Tremendo.
Está protagonizada por un tío en silla de ruedas armado con unos prismáticos, en un intento de PLAGIAR DESCARADA Y CHABACANAMENTE a La ventana indiscreta, e interpretado por un actor de esos que, normalmente, son solventes: Matt McCoy. Su lamentable papel en esta copro-ducción, tiene momentos vergonzosos como un soliloquio en el que dice tal que así: "Hay algo ahí fuera. No estás loco Preston, hay algo ahí fuera. Pero, oh, vaya, estás hablando contigo mismo." Pero lo mejor de su papel es el momento en el que ve al monstruo por primera vez y se aleja de la ventana dando marcha atrás con la silla, cerrando ventanas mientras rueda de espaldas, y en absoluto silencio. Una escena igualita al episodio de Los Simpsons en el que Homer pilla a Apu tirándose a la chica de los Fresisuis. Mira que me pude reír.
Así, entre vergüenza ajena y aburrimiento, la trama prosigue haciendo el ridículo con cada diálogo y cada secuencia, esforzándose en que cada plano y cada frase sea peor que la anterior. Lo consigue. Hacia el final ya es la hostia, porque se suceden barbaridades infectas como:

-El monstruo saca a una chica del cuarto de baño a través de una pared que se ve claramente que es de cartón.
-La rubia tonta que no puede faltar en estas pelis, está mandando un e-mail desde un portátil que no está conectado a ningún enchufe, pero de pronto se va la luz y el portátil ¡¡¡¡se apaga!!!!
-El paralítico cuenta la historia de por qué está en una silla y de cómo murió su mujer. Pero la cuenta de repente a la rubia que acaba de conocer, supongo que porque el director no sabía cómo meter la explicación y ese momento le pareció tan bueno como cualquier otro. Además, ni flashbacks ni pollas, que no había presupuesto. Primer plano de la fea cara del tipo, musiquita triste de piano, y listos.
-Para bajar de un segundo piso, el tío monta UN ARNÉS Y UNA POLEA, cuando podrían haber saltado tranquilamente sin torcerse ni el tobillo. Puede que sea el momento más What the fuck??? de la película, y eso que los tiene a capazos.

Y por si fuera poco, tiene finalón abierto de esos. En fin, a veces hasta yo mismo me sorprendo de la mierda que veo. Aunque, por una vez, al menos el nombre le hace justicia.

El hombre de hielo (Fred Schepisi, 1984)

Una de esas desconocidas películas que, amparadas en una idea de ciencia ficción pura y dura, desarrollan una historia que tiene mucho más de humano de lo que puede parecer en un principio. Con el fascinante descubrimiento de un hombre prehistórico congelado en un glaciar, da comienzo la aventura que plantea este guión. El cromañón congelado será devuelto a la vida mediante un imposible proceso, y comenzará su adaptación a la nueva vida que los científicos diseñan para él, encerrándolo en una especie de reserva natural-artificial (una jaula, vamos) para poder observarlo y estudiarlo en “libertad”. Pero claro, se puede ser cromañón, pero no tonto. El cavernícola pronto comenzará a notar cosas extrañas en su entorno, como ese cable eléctrico, o esos focos que jamás había visto y que no tiene ni puñetera idea de qué son pero sabe que no deberían estar ahí. La desconfianza hará mella en él, mientras nos es presentado todo un alegato a favor de la libertad y de lo amoral de ciertos experimentos. Habrá quienes consideran que el hombre prehistórico solo es una rata de laboratorio; otros, como el científico protagonista, se sentirán incómodos con la situación y establecerá una bonita relación de amistad con él. Y así llegaremos al bonito y triste final, donde el cavernícola no dudará en elegir su libertad a cualquier precio, demostrándonos, una vez más, lo deshumanizados que nos hemos vuelto y lo prisioneros que somos por nuestra supuesta “evolución”. En definitiva, una bonita lección de cine sin pretensiones, con un hermoso mensaje y una factura técnica e interpretativa más que correcta para sus veintitantos años. Una de esas pelis que te alegras de descubrir por casualidad en estos fríos días de invierno y que te dejan un poso de buen gusto.

Drácula 3000: Infinite Darkness (Darrell Roodt, 2004)

Voy a aguantarme las ganas de currarme para esta película otra crítica fotográfica tipo la del asqueroso Superman turco. Y os juro que me cuesta, porque esta película es como para dedicarle toda una web en la que desmembrar plano a plano, palabra a palabra, cada repugnante minuto de su metraje. Un metraje que, no obstante, es divertido por razones obvias. Y es que cuando estás ante tal nivel de cutrismo que desafía tu propio límite, el descojono está garantizado. Imaginadla como un mal batiburrillo de Jason X -cambiando a Jason por un Drácula retrasado- en la nave de Horizonte Final, pero sin el más absoluto talento y con el presupuesto que podáis llevar ahora mismo suelto en el bolsillo.
Para empezar, ya es repelente cuando arranca la cinta y vemos el jeto de Udo Kier, uno de esos actores-mercenarios que se arrastran en mierdas de cualquier calaña, tamaño, olor y presupuesto, lo mismo en Blade (era el inolvidable vampiro de nombre mítico, Gaetano Dragonetti. ¿A que mola decirlo? Gaetano Dragonetti. Otra vez. Gaetano Dragonetti, jeje) que en bazofias navideñas o en esta revisión de Drácula a la que llamar basura infecta sería como llamar serie B a Gran Torino. Kier aparece en una sola escena grabada en vídeo que se va emitiendo a cortes durante todo el metraje, insertada de forma improcedente y chorrera. Pero al menos, la no-participación directa de Kier en el rodaje (se conoce que grabó su parte por separado, seguramente desde su cuarto de baño mientras cagaba, por las caras que pone), le deja un atisbo de dignidad interpretativa. No como al resto del reparto, encabezado por Casper Van Dien y por una rubia a la que ya he visto en algún otro sitio (¿Los vigilantes de la playa? ¿Porno, quizás?) pero que aquí sale más gorda, más fea y más vieja. Completa el reparto un negro enorme y ridículo, un personaje paralítico IGUALITO AL DE SCARY MOVIE 2, OS LO JURO, y, como no podía ser de otra manera, el ahostiable Coolio haciendo de lo que es: un insufrible negrata fumamierda e hiperactivo, casi el mismo papel que en The Convent pero más largo. Lo más ridículo de la cinta con diferencia lo protagoniza este imbécil, ya todo un hito en el infracine por ¿méritos? propios.
El argumento ya arranca sodomizando sin vaselina la novela de Stoker, con lo que el guionista, otro criminal que debería morir (solo ved las frases del Coolio-vampiro sobre su polla, porque alguien que es capaz de escribir eso merece la muerte: DENTRO VÍDEO) se debía pensar que eran homenajes: llamar a toda la panda de subnormales protagonistas como a los protas de la novela, a la nave de Drácula la Démeter, al sistema estelar el Cárpato, y al planeta de vampiros del que viene Drácula (¡¡¡¡¡toma ya!!!!) el planeta Transilvania. Perdí 25 puntos de coeficiente al escuchar todo esto. Y 25 más cuando apareció Drácula, un emo imbécil disfrazado de carnaval, que no hace nada en toda la película más que abrir la boca para enseñar los colmillos de plástico y luego perder un brazo al pillárselo con una puerta. Ya está. Para eso 15 siglos de vida, el muy gilipollas.
En fin, no puedo más que recomendárosla, porque esto es auténtica y desenfrenada mierda de lo más divertida, si es que disfrutas con esta clase de cine con decorados reciclados (fijáos en los posters y banderolas de la nave, que son ¡¡¡¡banderas comunistas!!!!, o en las puertas de submarino de la Guerra Fría o las ametralladoras de Vietnam, cuando se supone que están en el año 3000), rodado en tres tardes y montado con el nabo.

El lago azul (Randal Kleiser, 1980)

Ochentera donde las haya y con una fotografía preciosa, esta película es todo un clásico de su época que todavía soporta el paso del tiempo. No es una obra maestra, pero entre la fotografía de ese paraíso natural en el que se desarrolla (preciosa como decía), la dirección más que correcta y la banda sonora del mítico Basil Poledouris, ya tenemos bastantes elementos para que sea una cinta más que disfrutable. La historia también ayuda; trata de dos niños pequeños (niño y niña) y un cocinero que sobreviven a un naufragio y llegan a una isla desierta y paradisíaca en medio de la nada. Allí comenzarán una nueva vida que se verá alterada cuando el cocinero muere, momento en el que los niños tendrán que empezar a valerse por sí mismos completamente solos. Y se las arreglarán bastante bien. Ya con la parejita convertida en dos guapísimos mozalbetes (él es un actor completamente desconocido para mí, que creo que jamás volvió a hacer nada de éxito, y ella es Brooke Shields, que tampoco hizo nada muy destacado... pero bueno, es Brooke Shields), comenzará el auténtico meollo de la película, que es asistir como espectadores, casi como voyeurs, al despertar sexual natural de los dos. No podía ser de otra manera, claro. Todo mostrado de forma muy light y sutil, absolutamente para todos los públicos (no creo que nadie se escandalizara en la época por ver la picha del chaval flotando en el agua cuando nadaban, vaya), la pareja comienza a experimentar su pubertad, su sexualidad, y hasta el momento en que tienen su primer encuentro de muchos. Por supuesto, en su desconocimiento tampoco sabrán por qué ella, de pronto, está engordando, pero ya se darán cuenta cuando tengan al bebé también rubísimo y guapísimo como ellos. Quizá es un poco incoherente que el paso de tiempo no se acusa en los protagonistas, o que pudieran construirse ese complejo turístico en el que viven y pasar desapercibidos para los nativos salvajes, pero bueno. Lo peor, el final. Y no por el final en sí mismo, que es muy bonito y abierto, sino porque la secuela (de la que solo se salva una preciosa y jovencísima Mila Jovovich) tira por tierra innecesariamente todo lo que sucede en ésta. Así que vale la pena conservar en el recuerdo El lago azul como una película independiente y autoconclusiva.

Terror en estado puro: Chance (John Dahl, 2009)

Lo poco que he visto de Fear Itself (emitido aquí en España como Terror en estado puro), es bastante similar a la que podría considerarse su mayor rival en el género de serie de mediometrajes de terror, Masters of Horror, de la que he reseñado casi todos los cortes en este blog. Ambas series comparten la idea de realizar episodios independientes dirigidos por reconocidos cineastas del horror. Y ambas comparten una calidad general bastante mediocre. Lo mejor de esta que nos ocupa puede que sea su opening, con una banda sonora y una cuidada selección de imágenes inquietantes que mola mucho más que casi todos sus contenidos. Pero tampoco me cebaré mucho con este episodio, titulado como su protagonista, Chance (un más que correcto Ethan Embry en una interpretación dual bien conseguida), porque me hizo pasar 42 minutos de entretenimiento con doble interpretación posible. Por un lado, tenemos claro desde el principio que esto es una especie de reinvención de la historia de Jeckyll y Hyde, con ese personaje, un desgraciadillo de tres al cuarto, que se convierte en primo para unos estafadores y pierde el juicio en un rapto de locura homicida. Lo curioso del caso es que creerá ver a su propio yo malvado surgido de un espejo (algo que me recordó a la trama de la enrevesada The Broken), y esto liará un poco la trama y captará nuestra atención para desviarla de ser una simple historia de asesinatos, tratando de darle ese componente extraño hasta el final, en el que todo parece quedar visto para sentencia. Esta duda razonable entre si todo es una locura de Chance o de si, en realidad, algo maligno salió del espejo, es lo que hace entretenido e interesante este episodio.

Deep Blue Sea (Renny Harlin, 1999)

Renny Harlin, realizador conocidillo en los noventa pero que jamás llegaría a convertirse en director estrella (más bien estrellado) firma aquí la película que, en mi opinión después de repasar su filmografía, supone su paso definitivo y sin posibilidad de vuelta atrás a la serie B. Nos encontramos ante una de esas extrañas cintas con buen presupuesto (60 millones de dólares, que no está nada mal) y con un reparto de caras de esas que te suenan aunque no sepas de qué, entre ellas incluso Samuel L. Jackson, el hombre que no lee guiones, el tío que lo mismo te hace Pulp Fiction, Serpientes en el avión, o esto. Como ninguno de los actores era una estrella (NOTA: digo "era" en aquel momento, pero que conste que ninguno ha despegado tampoco...), la pasta se gastó en decorados, efectos especiales y espectacularidad. Y eso se consigue... más o menos.
Pero me estoy desviando. Vamos por partes. Lo primero, esta es la película con más plagios por fotograma cuadrado de la historia. Harlin no se contenta con homenajearse-plagiarse a sí mismo en una escenita clavada a Máximo Riesgo, sino que copia descaradamente la banda sonora de Tiburón en los momentos tensos (cambiando cuatro acordes para evitar la denuncia, que Hollywood no es Turquía), y plagia cosas de Parque Jurásico como la sala de control, el aislamiento por la lluvia, la escena del cocinero metiéndose en el horno para huír del velocirapto... del tiburón, quiero decir, o planos como el del helicóptero sobre el mar. Ved la película con cierta atención y os daréis cuenta. Contiene también todos los tópicos posibles, desde el tío cachas a la tía buena, pasando por los personajes secundarios que deben morir y el negro gracioso, que en esta película, fíjate, hasta me cayó simpático de lo tópico que era el desgraciado.
El argumento mola. Va de una base científica en medio del océano, en la que buscan un remedio para la degeneración cerebral experimentando en tiburones, pero claro, algo sale mal y éstos se vuelven muy listos, muy vengativos y muy cabrones, y se comen a casi todo el equipo. Los tiburones cantan demasiado a ordenador, no al nivel de cutradas extremas como Tiburones en Venecia o Sharktopus, pero cantar, cantan. Aún así, la peli tiene ritmo, es divertida, tiene acción, inundaciones, ataques de los tiburones, explosiones, todo muy rápido y palomitero. Así que resulta un producto perfecto para verlo una tarde tonta que no tengas nada que hacer. Además, la escena de la muerte del personaje de Samuel L. Jackson puede que sea la cutrada más grande y graciosa jamás filmada. ¿Creéis que exagero? Os la dejo porque no tiene desperdicio. Fijaos en la cara de Tom Jane durante el discursito de Jackson, o en la del propio Jackson justo antes de que se lo coman, o en cómo aumenta la épica del discurso hasta llegar al gran finalazo. Y a ver si sois capaces de no reíros.

The Punisher (Jonathan Hensleigh, 2004)

Esta película es todo un placer culpable. Reconozco de principio a fin que es mala no, malísima. Lo tiene todo para ser un telefilm de los de Antena 3: actores malos, vestuario cutre, ambientación penosa, un guión de traca, unos villanos lamentables, banda sonora denunciable y unos efectos especiales de lo peorcito. Pero me habrá pillado en un buen día, porque ahora revisitándola me lo he pasado bastante bien.
La historia de este personaje de la Marvel aparece narrada de una forma más o menos fiel. Como un Batman pero mucho más amargado, violento, y sin ese juramento bonachón del Caballero Oscuro de no utilizar armas de fuego, Frank Castle se embarca en una venganza sin retorno contra la familia mafiosa que asesinó a toda su familia. Y cuando digo toda, quiero decir TODA. Le mataron hasta al periquito, los muy cabrones. Ya el inicio es como para pensarse seriamente en quitar la película, porque Castle recibe tres o cuatro tiros, uno de ellos en el corazón, y luego es propulsado al mar por una explosión, se queda flotando a la deriva hasta llegar a una isla donde lo recoge un negro anónimo... y SOBREVIVE. ¿Cómo es posible? Pues no es posible, punto. Creo que al guionista se le fue la piña, porque ni Superman hubiera sobrevivido a tanta caña. Pero este no es el peor crimen del guionista.También se las arregla para meter a unos secundarios alternativos y graciosos (incluida la típica y necesaria rubia tía buena) en el vecindario de Castle, unos villanos de videojuego que van de malo a peor (si el ruso es de vergüenza ajena, el mariachi robado a Robert Rodríguez, con canción incluida, ya es de mear y no echar gota) y unos diálogos que estoy seguro que los actores tuvieron que repetir muchas veces para superar la vergüenza de recitarlos. Ejemplo:

El negro anónimo salvador:
-Ve con Dios, Castle.
Mirada chulita de un Tom Jane barbudo y totalmente recuperado después de recibir 80 tiros:
-Dios se mantendrá al margen de esto.

Tú me dirás qué hacemos con el tío que escribió un guión como este. Y es así todo el rato.

La acción está bien, aunque chirría que Castle sobreviva a todo lo que sobrevive, porque si la escena inicial ya es increíble, la paliza que le da después el ruso hubiera matado a Juicio Final y Castle la soporta. Pero todo esto son bagatelas en comparación con la auténtica aberración de la cinta: un John Travolta a quien llamar patético sería hacerle un favor, interpretando al peor malo de la historia y con el peinado más ridículo imaginable. Pero en fin, como decía al principio, es una película con la que despojarse de prejuicios y pasárselo bien. No obstante, su secuela no directa es muchísimo mejor exponente de lo que es Punisher y muchísimo más gamberra y salvaje. Pero esta, a su modo, también es divertida.

Superman/Shazam!: The Return of Black Adam ( Joaquim Dos Santos, 2010)

Este mediometraje de animación de apenas 26 minutos presenta de manera rápida y yendo al grano el origen del Capitán Marvel, héroe con el poder de los dioses otorgado por el mago Shazam. Tal poder recaerá sobre Billy Batson, un niño valiente y con una vida difícil, residente de un barrio marginal en el que la delincuencia y la desidia son una forma de vida. Así que Billy, de corazón noble y siempre dispuesto a hacer el bien a los demás, aún a costa de llevarse él mismo alguna paliza, se convertirá en el digno elegido para recibir la sabiduría de Salomón, la fuerza de Hércules, la resistencia de Atlas, el poder de Zeus, el valor de Aquiles y la velocidad de Mercurio. Pero la decisión del mago no será arbitraria, porque justo en ese momento había llegado a la Tierra el antiguo portador de dichos poderes, Black Adam, que se corrompió con tanto poder y se volvió malvado, siendo desterrado a la estrella más lejana hace 5000 años. El pequeño Billy tendrá que aprender muy rápidamente cómo usar el poder otorgado por Shazam y luchar contra el mortal Adam... Pero no lo hará solo, porque un periodista del Daily Planet llamado Clark Kent que estaba entrevistando al valiente Billy sobre su vida en los suburbios, ayudará al recién nacido Capitán Marvel como Superman. Juntos, Superman y el Capitán Marvel se enfrentarán a Black Adam en un combate trepidante en el que todos reciben buenos golpes, hay un enorme despliegue de superpoderes y de peleas aéreas, y en el que, como siempre en estas historias de cómic, los buenos acaban con el malo sin recurrir a la fuerza mortal, siendo el villano el que encuentra su propia perdición.
En definitiva, entretenidísimo corte tanto por su ritmo como por su corta duración, con una animación impecable, buena banda sonora y la habitual calidad de las últimas producciones animadas de DC. Sinceramente, una historia así no daba para mucho más, así que su media hora me parece excelentente aprovechada para dejarnos una sensación satisfactoria sin que parezca ni demasiado larga ni demasiado atropellada.

El amanecer de los zombies (House of the Dead 2) (Michael Hurst, 2005)

No seamos hipócritas: el hecho de que sea mejor que su primera entrega, no quita para que esto también sea una cutrada muy gorda. Pero una cutrada de esas que molan, de esas que te das cuenta que están hechas por cutres, con medios cutres, actores cutres, argumento cutre y destinada a un público que quiere ver algo cutre. Así que no engaña a nadie.
El arranque ya lo dice todo. En los primeros 6 minutos la historia arranca como una American Pie cualquiera, con una fiesta de hermandades universitarias con borrachos y zorras en tetas, y se convierte rápidamente en una especie de homenaje a Re-Animator con ese profesor interpretado por Sid Haig y su extraña resurrección de una rubia con las tetas operadas que se convierte en paciente cero de la pandemia zombie. Tras esto, unos títulos de créditos realizados con el Paint, y la presentación de personajes. Cómo no, no podía faltar como protagonista mi nueva musa de la basura infecta, Emmanuelle Vaugier, una de esas actrices sin vergüenza que es capaz de protagonizar cualquier bazofia (como, por ejemplo, esto, esto, o esto otro), y que aquí interpreta a la dura caza-zombies llamada... Ruiseñor. ¿Y por qué cojones Ruiseñor? Pues lo explica aquí mismo. Y si lo entendéis, me lo contáis.
¿Y qué otra cosa no puede faltar? Pues un equipo de soldados (con un uniforme que ni en los campos de paintball) capitaneados por un negro muy duro, con un par de tías buenas tópicas (rubia e hispana), un par de machotes tópicos (moreno y chino karateka), el típico malo y un... un gordo bocazas y gilipollas. Este pintoresco grupito de soldados de élite, son capaces de chorradas inconcebibles como entrar en las habitaciones a oscuras y de espaldas; acercarse a un zombie sentado en una mesa sin desenfundar el arma; o directamente soltar el AK y liarse a hostias con un muerto viviente, con correspondiente mordisco. Pero es que había un karateka y había que meter como fuera una escena de lucha.
Los decorados exteriores tienen pinta de haberse rodado en un parque, los interiores en la rebotica de la farmacia de la puta madre del director, las interpretaciones no pueden ser más sobreactuadas y leídas, las armas no disparan pero los actores las mueven como si les diera retroceso (jajajajaja), y los extras que hacen de zombies aparecen constantemente descojonándose. Mención especial para el aparato analizador de sangre de zombie, que muestra el resultado en UNA PEGATINA, jajajajaja. O para el finalón, en el que los supervivientes cruzan un campo de fútbol entre zombies, en una de las gilipolleces más grandes jamás filmadas. Al menos, hay algo de nivelillo de sangre, y tanta patanería hace que sea entretenida. Además, la direccion videoclipera y la música chumba-chumba Uwe Bowl style, hacen que parezca que estés jugando a la Play3, así que no te aburres entre diálogos tontos, escenas estúpidas y un montón de incoherencias descojonantes. Basura, señores. Divertida basura infecta.
Y ahora, como recompensa por haber leído esta crítica, os dejo a un zombie de los de verdad, de los que molan.


Session 9 (Brad Anderson, 2002)

Hace años vi esta película en el cine y me quedé gratamente sorprendido. No es cine de terror al uso, no se ampara en los habituales clichés, golpes de música o sangrías que suelen resultar comerciales. Sus 100 minutos de metraje se sustentan en un guión elaborado, en un grupo de personajes nada estereotipados y en una brillante construcción de una atmósfera de inquietud, de desasosiego, que está presente todo el tiempo. El arranque ya es toda una contrarreloj, con ese equipo de limpieza de residuos que necesita terminar en una semana un trabajo que debería llevar un mínimo de tres. Y qué trabajo, amigos: retirar los residuos de amianto de un viejo hospital psiquiátrico abandonado que no puede ser más inquietante. El hospital se convierte en un personaje más, igual que las grabaciones que encuentra uno de los limpiadores con las sesiones de terapia a una paciente con personalidad múltiple, una de ellas particularmente perturbadora y crucial en la interpretación de la película, como luego veremos.
Con paso firme, lento y seguro, avanzamos en la limpieza del hospital al mismo tiempo que vamos descubriendo que Gordon tiene un problema con su esposa y su hija pequeña, algo que le atormenta. Paralelamente, el miembro del equipo que ha descubierto las grabaciones se obsesiona con ellas, y no deja de escucharlas. La sesión 1, 2, 3... hasta la número 9 que da título a la película. Se dejan escenas de tensión realmente estupendas, siempre sugiriendo más que mostrando, como esa magnífica escena en la que el sobrino de Gordon (que padece nictofobia) corre mientras la oscuridad le va "persiguiendo". Hasta llegar al desenlace, que es cuando comprendes que sí, que todo ha estado muy bien, pero que una simple frase puede transformar un thriller psicológico en algo mucho más sobrenatural... o no, a tu criterio. Tú decides si es locura o es algo más oscuro. Porque Simon lo dice muy clarito, que él está ahí... entre los débiles y los enfermos. Así que piensa lo que quieras.

Visiones del más allá (Tim Sullivan, 2006)

Bueno, bueno, bueno. Creo que esta es la primera película de terror de la Disney, tío. ¡100 minutos y no muere nadie! ¡Ni una gota de sangre! El único muerto en toda la película sale muerto desde el principio, y su caracterización fantasmal parece la de alguien que se haya disfrazado del Joker de Heath Ledger pero sin mirarse a un espejo para no hacer el puto ridículo.
¿Y de qué va esto, lechones? Pues de un correccional-internado-prisión-centro de ayuda para jóvenes problemáticos al que mandan al protagonista. Ole los huevos de los padres, por cierto. Como se muere el hermano mayor del prota y éste empieza a descarriarse, lo encierran en el correccional ese como a una mierda. Luego de conocer a todos los tópicos que pululan por el lugar (ex-marine medio chalao, su hija tía buena y putón, el chicano, el negro diver, un gay...), empieza la historia de visiones del fantasma de un chico que murió en el lugar, pero todo contado de una forma tan light, tan para todos los públicos y tan telefilmera, que no lleva a ninguna parte. Además, algunos personajes (y no creo que voluntariamente) son caricaturas de sus propios estereotipos, en especial el capitán y su personal, que parecen sacados de una comedia. El fantasma y su historia, ridículos. La motivación asesina y comercial del capitán, penosa. El ritmo, pésimo. E insisto, NO MUERE NADIE. No pasa nada. Nadie hace nada. Ni si quiera hay tetas. No hay ni un solo momento de tensión, ya no diré de terror. Y el desenlace es totalmente chorra. A su favor diré que no es infracine en el sentido estricto, es decir, respeta algunos criterios muy básicos de montaje y racord, y las interpretaciones no son lo peor que se ha visto. Pero vamos, que es tan floja, sosa y olvidable que es como no haber visto nada. Como repiten en la película 50.000 veces, "¿te sientes como una mierda? Pues es porque lo eres." Pues lo mismo para la peli. ¿Tiene pinta de ser una mierda? Pues es porque lo es.

Millennium 3: La reina en el palacio de las corrientes de aire (Daniel Alfredson, 2009)

Pues el amigo Valiado tenía razón. En su comentario sobre mi crítica de la segunda parte, ya me auguraba que iba apañao si creía que la tercera iba a mejorar, porque era la peor de las tres con diferencia. Y ahora que la he visto, no puedo más que ratificar sus palabras.
Arranca la historia justo donde quedó la anterior, con Lisbeth evacuada en helicóptero y medio muerta. Pero la joven sobrevive para tener que enfrentarse a otro problema del que nos habíamos olvidado: que continúa acusada de un triple asesinato. Así que la trilogía que comenzó como un thriller cojonudo y que se transformó en su secuela en una cinta de acción-aburrimiento, deriva en esta tercera parte hacia cine judicial. Eso sí, sin perder la menor oportunidad para decirnos lo malos que somos todos los hombres y lo cojonudas que son las mujeres, algo que, si bien en la primera parte parecía más justificado, aquí ya chirría. Vale que Lisbeth es una víctima, pero el feminismo nada disimulado que supura la película resulta molesto. Al menos Blomkvist recupera parte del papel que le va, convirtiéndose de nuevo en investigador para ayudar a esclarecer la conspiración contra Lisbeth, con más protagonismo que en la segunda pero sin llegar a ser de nuevo el estupendo personaje de la primera. El desarrollo es lento de narices, además de bastante anticlimático porque siempre tenemos claro que todo va a salir estupendamente bien, sin generarnos ninguna tensión. Y qué decir del enfrentamiento final entre Lisbeth y su hermano, el gigante analgésico. O sea, un tipo que en la segunda parte dio una paliza a un boxeador y a una kickboxer profesional, y ahora no puede con una chica de 35 kilos y metro y medio. Pero bueno, hay que reconocerle a esta trilogía el mérito de haber hecho algo diferente, o al menos de haberlo intentado. Y sobre todo, el mérito de haber logrado una primera entrega tan buena que te mantenga el interés por los personajes y la trama como para tragarte las otras dos, que van en clarísimo descenso.

Millennium 2: La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina (Daniel Alfredson, 2009)

Comienza la decepción. Tras una primera parte que te dejaba con ganas de más, esta segunda entrega trata de explorar a fondo al personaje clave de esta trilogía, Lisbeth Salander. Y, de hecho, eso al menos se consigue. Conoceremos mejor las circunstancias que convirtieron a Lisbeth en una incapacitada legal después de sus escarceos con el fuego. Y conoceremos al imprescindible villano de la historia, aunque su identidad no será ninguna sorpresa, desde luego. Pero todo en esta secuela me dio la sensación de ser demasiado intrascendente, de pasar porque sí, porque tuviera que haber un puente hacia una tercera y definitiva entrega más solvente. El tono oscuro de la primera deriva aquí hacia un cine de acción más comercial, donde la intriga queda en un segundo plano y donde se introducen personajes tan curiosos y americanizados como el del mastodonte rubio incapaz de sentir dolor, que se convierte en una especie de Tiburón para la protagonista (los fans del cine de 007 ya me habréis pillado el símil). Y es una pena que, tras un buen arranque con el intento de cargarle a Lisbeth el mochuelo de los asesinatos, la peli vaya perdiendo la gasolina de su bidón a medida que avanza. Se me hizo bastante tedioso el nudo, aunque el desenlace en la granja logró volver a captar mi atención (pese a que no entiendo cómo Lisbeth puede ser enterrada de noche y salir viva por la mañana llevando tres tiros en el cuerpo, uno de ellos en la cabeza... ¿Kryptoniana, quizás?). De lo que no cabe duda, a la vista del final, es de que la principal misión de esta película, aparte de esbozarnos mejor a Lisbeth (reduciendo a Blomkvist a un segundísimo segundo plano) es la de servir de nexo con la próxima. Que espero sea mejor.

Millennium 1: Los hombres que no amaban a las mujeres (Niels Arden Oplev, 2009)

El arranque de la trilogía Millennium no puede ser más prometedor. No me he leído los libros, pero la verdad es que la película es magnífica y consigue mantener durante sus casi 150 minutos toda nuestra atención por la investigación del pertinaz periodista Mikael Blomqvist y la hacker Lisbeth Salander. Sin duda Stieg Larsson logró crear con Lisbeth un personaje rompedor, diferente, una suerte de moderna heroína femenina (y bisexual... o bueno, mejor dicho, sexualmente egoísta, como deja patente en la escena de sexo con Mikael) en un contexto misógino en el que los hombres tienen el poder y ella se alza como justiciera necesaria. Prueba de ello es su venganza contra el depravado administrador que le asignan, todo un canto al poder de rebelión de la mujer maltratada contra su maltratador.
Pero al margen de eso, la trama de la investigación de Blomqvist para averiguar qué sucedió con aquella jovencita hace 40 años, está sorprendentemente bien llevada. Sin sobresaltos y con un ritmo perfecto, nos adentramos en esa historia sin sospechosos (o en la que todos lo son) y descubriendo cabos sueltos y nuevas pistas. Cuando Lisbeth entra en la trama, una vez resuelto su propio problema, el nivel de la investigación sube muchos enteros, igual que elevan la película las escenas entre los dos actores, que están estupendos. Y aún así, la historia de la búsqueda de Harriet deja todavía una gran sorpresa argumental en forma de asesino en serie que pondrá el punto de máxima tensión hacia el final, y que hará un paréntesis en la auténtica trama para retomarla después en un clímax casi perfecto. En definitiva, una película que te deja con ganas de ver la trilogía completa, nueva muestra del grandísimo potencial del cine sueco y que me recordó, por momentos, a grandes clásicos del thriller moderno como El silencio de los corderos. Con el gran añadido del soberbio y enigmático personaje de Lisbeth, de quien ya estoy deseando conocer todo lo que oculta.

Karate Kimura 2 (Fabrizio De Angelis, 1988)

No os sorprendáis. Todos sabíamos que iba a verla. Óscar incluso prácticamente lo dio por hecho en su comentario. Y es que ¿quién podría resistirse a volver a ver las trepidantes aventuras del patán Anthony y su maestro Genio Tortuga doblado con la voz del narrador de "David, el Gnomo? Era imposible.
Y efectivamente, tal y como se preveía, esta secuela es aún peor que la primera. Ya sé que eso es decir mucho, pero os lo aseguro, es cierto. El argumento es aún más malo y típico y, de nuevo, robado a Karate Kid (panda de malotes que desafían al Daniel San italiano, aquí Los Tigres, porque Cobra Kai ya estaba pillado); la música es penosa, igual que la dirección y todas y cada una de las interpretaciones. Las coreografías de lucha... en serio, la gente que ha hecho esto no ha visto un combate de karate en su vida, porque los pintan como una mezcla de combates de boxeo (al K.O. y a 10 asaltos, increíble) y K1. El maestro Kimura sigue siendo igual de Yoda que en la anterior, pero el alumno casi que es peor. Solo durante la intro con créditos, cuando lo vemos pegarle al saco y perder contra él, ya flipé. Pero luego hay un momento en el que dice, todo orgulloso: "maestro, observe estos ejercicios de concentración"; y se pone a hacer equilibrios como un gilipollas en el borde de la barca al lado de un cocodrilo de cartón piedra. Es... asombroso, de verdad. O la pelea final, en la que adopta una postura grulla que parece la de Chiquito de la Calzada haciendo un "¡no puedorl, no puedorl!", mientras el director intenta plagiar la épica de la escena final de Karate Kid, con el mismo plano cenital del ring, plano a la cara de Miyagi-Kimura asintiendo ante la subnormalidad idea de su pupilo, etc. Pero puede que el momento más ridículo sea en los vestuarios, cuando Kimura saca todo su potencial luchador pegándole a los dos matones mientras dice sin mover la boca "¡aquí yo soy el maestro!" Dios, de verdad, qué agonía.
Pero bueno, ya la he visto. Tenía que hacerlo, que de los cobardes nunca se ha escrito.

El imperio del fuego (Rob Bowman, 2002)

Un Londres post-apocalíptico en un futuro no muy lejano es el escenario de esta cinta de ciencia-ficción/acción que parte de una premisa curiosa y diferente que se desinfla a medida que avanza. En esta ocasión, el motivo de que el mundo esté en las últimas y de que los humanos vivan parapetados en comunidades que luchan por sobrevivir como pueden, no ha sido una guerra nuclear ni un desastre natural, sino algo mucho más fantástico y medieval: los dragones, seres inteligentes que despertaron de su letargo para reconquistar el mundo que los había reducido a meras leyendas. Cuesta creerse el argumento, pero es que, una vez metidos en faena y olvidados los prejuicios, la peli sigue siendo bastante mala. No me malinterpretéis. Christian Bale, como siempre, hace un papel cumplidor (que ahora me recuerda a su John Connor de Terminator: Salvation, extrapolando los escenarios), igual que Matthew McConaughey, que hace de rudo marine americano reconvertido en cazadragones. Pero el problema es que la película carece de tensión, culpa de su director; que cae en lo tópico demasiadas veces, culpa de un guión muy justito; y que, pese a contar con buenos actores y pretender ser una superproducción, apenas costó 60 millones de dólares. Que vale, quién los pillara, pero esa cifra es irrisoria para una cinta del año 2002, el mismo año en el que "Spider-Man" costaba ya 140 millones. El resultado del presupuesto se nota en los efectos especiales, en esos dragones digitales que, sin llegar a ser cutres, tampoco son espectaculares. Y si a una cinta como esta le quitas la espectacularidad, lo que te queda es bien poco. Para pasar el rato, simple y llanamente.

Demonic (Johannes Roberts, 2005)

Otra de esas películas que no son malas, sino peores. Recuerdo aquellos tiempos no tan lejanos en los que mis amigos y yo considerábamos que piezas como The Convent, El ángel de la noche o Los hijos de los muertos vivientes eran el paradigma del cine cutre. Pero qué va. Con el tiempo, y con ya muchísimas muescas en mi revólver, vas dándote cuenta de que aquéllo no era sino un precalentamiento. Sobre todo para Tom Savini, alguien que degenera más rápido que el Alzheimer. De ser uno de los mejores maquilladores del cine de terror y haber dirigido incluso un digno remake de la película de zombies por excelencia, La noche de los muertos vivientes, Savini debió de sentirse de pronto como un eunuco en una orgía, viéndose perdido en una época en la que los FX físicos y artesanos de maquillaje y casquería eran sustituidos por los ordenadores. Así que decidió reconvertirse en actor con patético resultado (como dejó bien patente con la citada Los hijos de los muertos vivientes), y en esta cinta vuelve a firmar un personaje que solo se preocupa de salir en camiseta de tirantes para mostrar lo bien que le han ido los esteroides al muchachote, pero que provoca vergüenza ajena en cada aparición. No menos malos son el resto del reparto, o la trama, que gira en torno a tres ángeles expulsadas del cielo por gorrinas (¡en serio!), con pinta de novias de Drácula venidas a menos que se pasan toda la peli enseñando chotera y culamen, y que por el nombre de sus intérpretes me da que son actrices porno. Todo esto filmado de forma pretenciosa y pseudoartística, con primeros planos de un ojo en color sepia y gilipolleces así, como si el director tratara de dejar patente algún talento que, obviamente, no tiene, y todo amenizado con una banda sonora incesante y asquerosa que... que...

Esperad... Esperad un momento...

Acabo de darme cuenta de algo al escribir lo de los pretenciosos primeros planos color sepia y la música. Y es que yo ya he vivido esto. He tenido que tirar del buscador del blog para encontrar el nombre de este criminal, Johannes Roberts, pero lo he encontrado. Y es que es el mismo hijo de puta que perpetró Hellbreeder, en cuya crítica ya comenté que también se faltaban con planos imbéciles y música insufrible. ¡Pero si hasta el cartel es igual! Joder, me juré que jamás vería nada suyo de nuevo y he vuelto a caer. Y aún le queda otra película, una tal "F" (supongo que la inicial de su droga favorita), así que voy a sacarme los ojos y a clavarme agujas de calceta en los oídos para asegurarme de no verla ni por accidente. Creedme, el visionado de dos de los tres esputos audiovisuales de Robertson es más de lo que un ser humano puede soportar.

8213: Gacy House (Anthony Fankhauser, 2010)

Si hubieran llamado a esta película "Paranormal Activity 3", probablemente nadie hubiera notado la diferencia. La cutreproductora The Assylum vuelve a hacer sus fechorías favoritas exprimiendo al máximo los frutos del esfuerzo e imaginación de otros (vamos, lo que viene siendo plagiar, para hablar clarito). Pero como de costumbre, logran hacerlo con las suficientes diferencias argumentales como para que nadie pueda tirar para adelante con una denuncia por plagio, y de esto vive precisamente esta productora: del rebufo, de sacar perras a costa de las películas de otros copiándolas descaradamente con cuatro duros, actores malos y rodajes frenéticos.
No obstante, de toda su bazofia cinematográfica, esta película no es de lo peor. Repiten exactamente la fórmula de las "Paranormal", es decir, cámaras amateur, grabaciones supuestamente reales sobre entidades sobrenaturales, etc., etc. Pero añade un ingrediente "nuevo" de su cosecha para no ser un calco idéntico de las "Paranormal Activities" (que para eso ya hicieron Paranormal Entity, jajajaja), como es el ubicar la acción en la casa abandonada que se alza sobre donde estuvo en su dia la casa del asesino en serie John Wayne Gacy, el "payaso asesino". Para el que no conozca nada sobre este asesino, esta película solo será una más sobre un espíritu cabreado que mata gente, pero para el que conozca algo de su historia, tiene ciertos puntillos de morbo. Principalmente porque se trata de un asesino de aúpa, y de niños y adolescentes, para más inri. El guionista parece buen conocedor de su historia, y así deja perlitas como su psicofonía "Kiss my ass" (últimas palabras de Gacy antes de la inyección letal que acabó con su vida), sus apariciones espectrales con un aspecto idéntico al que tenía en vida, o ese flash final (lo mejor de la peli) en el que vemos el rostro maquilado de payaso, y que admito me dio un ligero escalofrío. Por lo demás, siguiendo la línea de estas películas, la única acción está en los últimos 15 minutos, y aún así es cutrecilla. El resto, endiabladamente soso, con actuaciones que no llegan ni a malas, y el característico aire de correprisas que transmiten las producciones del Assylum. Una cinta de ver y olvidar que no logra ser interesante ni siquiera copiando.

El gran Houdini (George Marshall, 1953)

Tras el logo de la Paramount Pictures, los nombres de Tony Curtis y Janet Leigh como protagonistas absolutos auguran un buen rato de cine clásico de sabor añejo, con la característica paleta de colores del Technicolor de los cincuenta y esos decorados de interiores y actuaciones teatralizadas. Y por esa parte, el espectador de "El gran Houdini" obtiene exactamente lo que podría esperar. Pero la vida del gran ilusionista y escapista Harry Houdini se antoja demasiado grande para esta producción, que apenas logra sino esbozar un retrato tragicómico y nada acertado de su fascinante biografía. Si bien la elección de Curtis resulta perfecta para el papel (dentro del elenco de la época, claro), y la de su partenaire incluso le supera en algunos momentos, el guión está plagado de inexactitudes que merman mucho la verdadera vida del mago. Por ejemplo, el episodio del lago helado no suceció tal y como se narra; su fuga de la celda de Scottland Yard, tampoco; y su muerte, ni mucho menos, porque Houdini no murió realizando el famoso número de la caja de agua, sino que murió en un hospital a causa de una peritonitis derivada de un puñetazo inesperado en el estómago. No obstante, estos errores pasarían desapercibidos para cualquiera que no estuviera algo familiarizado con la vida del personaje, pero es que, aún así, la biografía que se plasma en pantalla cae en muchos momentos en lo absurdo y lo rebuscado, en aras de lograr una teatralidad que solo daña al resultado. El mejor (peor) ejemplo sería el anticlimático final, con la muerte del mago durante su gran número. Todo termina de una forma abrupta, repentina y que rompe el ritmo de la secuencia, sin lograr apenas tensión. Cuando aparecen las palabras "THE END", te quedas con la sensación de que falta algo por contar. Y así sería, pues son muchas las cosas sobre la vida del mago que la cinta erra u omite. Pero en definitiva, es una digna muestra de cine con más de cincuenta años a sus espaldas. No será la mejor biopic de la historia, ni la que mejor ha acusado el paso del tiempo, pero aún así tiene cierto encanto que se resiste a perder.

Süpermen Dönüyor (Kunt Tulgaroda, 1978)

Cuando en 1978 Richard Donner asombró al mundo con Superman The Movie, la adaptación para la gran pantalla del más popular y conocido personaje de comic de la historia, nadie en la Warner, la distribuidora de la película, imaginaba que podría ocurrir algo como lo que estáis a punto de leer. Ante el éxito de Superman The Movie en todo el mundo, en Turquía, la mayor productora de plagios de la historia del cine, se rodó ese mismo año un remake de la película. Y digo remake por llamarlo de alguna manera, porque realmente no es más que una ofensa visual sin precedentes a la leyenda del Hombre de Acero. La titularon “Süpermen Dönüyor”, que curiosamente en turco significa “Superman Regresa”, igual que el título de la película de Bryan Singer (Superman Returns) de 2006, e incluso presenta alguna coincidencia argumental.
Producida, dirigida y guionizada por Kunt Tulgaroda (quedaros con este nombre porque esto sí que es un criminal turco) y financiada por el Departamento de Turismo de Turquía (que desde luego debieron poner muy poco dinero…), la película está protagonizada por un tal Tayfun Demir en el doble papel de Clark Kent y Superman. Pero como una imagen vale más que 1000 palabras, aquí os presento a Clark Kent:

José Mota turquish version

Y a Superman con Lois:

"Espero que este éxito no me encasille en el papel, como a Christopher. Yo le llamo Christopher, con confi, de Superman a Superman."

Este ser, seguramente jugador de la selección turca de baloncesto amateur para deficientes mentales, no necesita más comentario que verlo. Gafas de puromoro, aspecto frankensteniano, movimientos desgarbados... Bueno, pero vamos a la película, que solo está en turco sin subtítulos, algo que te dará absolutamente lo mismo en el momento en que arranca la banda sonora (robada impunemente a John Williams, como siempre) y vemos el planeta Krypton de una forma que jamás olvidaremos:

El eurochino de la esquina colaboró activamente con el diseño de producción

Sí, amigos: una jodida cartulina negra hace las veces del espacio, y Krypton es UNA PUTA BOLA DE NAVIDAD. No tengo más palabras. Por eso esta es mi primera crítica con fotos, porque esto es algo que hay que ver. Igual que lo que os voy a poner a continuación. Porque cuando Clark (que no se llama Clark, claro) acude al Ártico a construir la Fortaleza de la Soledad a una puñetera cueva en el desierto (el mismo donde rodaron también este otro megahit del cine), allí se encuentra con su padre, Jor-El:

"¡Cuñaaaaaaaaaaaaaao! ¡Qué po qué no te ríe, Joze!"

Me quedé toda la película esperando que saliera Jesús Quintero, porque ya teníamos al cuñao. Pero no, no salió. Lo que sí salió, repetidamente, es Superman volando:

¿Es un pájaro? ¿Es un avión? No, es... ¡es un puto Madelman superpuesto sobre monumentos de Turquía!

En fin, podríamos seguir todo el día. Las peleas de Superman con los malos son de traca, la banda sonora es taladrante (cuando no es la robada a Williams, claro), Superman hace gala de poderes tan imbéciles como supermecanografía telequinética o la supervisión del pasado (¡¡¡os lo juro!!!) y siempre hay un absurdo zoom a sus ojos cuando va a usar uno de sus poderes. El argumento es imposible de seguir, pero es un descojone cada vez que vemos al gigantón semao con el pijama de Superman haciendo el idiota, matando a los mismos malos dos o tres veces, soportando que le lancen piedras que explotan (hecho contrastado en Turquía) o sobreactuando como si no hubiera mañana. Hasta llegar al final, a esa secuencia maravillosa de vuelo de Superman por el espacio para cerrar la película:

En fin... Nada más que decir. Esta peli es un MUST de la caspa. Ahora sí que puedo decir, sin temor a equivocarme, que esto es lo peor que he visto... de momento.

Karate Kimura (Fabrizio De Angelis, 1987)

Me ha vuelto a pasar. Estoy sin palabras.

Esto solo me había pasado una vez, cuando descubrí que había gente en el mundo capaz de rodar una película empleando como villano a una piñata poseída por un demonio. Recuerdo la sensación. Todavía me estremezco cada vez que paso por delante de un chiquipark y veo a los niños, inocentes ellos, jugando a darle a la piñata, sin saber que algún día se revelará contra ellos con toda su maldad y se los comerá, por golpearla cual panda de skins a un inmigrante.

Pero ahora, mi mayor temor ya no es ese juguete infantil reconvertido en monstruo de serie B. Ahora otra cosa tiene espacio en mis pesadillas.

Me despierto a media noche empapado en sudor frío y apenas recuerdo nada. Tan solo rostros neblinosos con bigotes postizos, golpes que no golpean, y un joven vestido con un kimono dorado de los que venden en el eurochino de la esquina, de esos sintéticos que como les caiga una chispa arden como el napalm. Un joven tan inútil en el karate que un tetrapléjico con los ojos vendados le podría dar una paliza. Pero mejor vedlo en este vídeo:



Qué talento marcial, qué movimientos, qué gracilidad... Y qué dirección, qué interpretaciones, qué puesta en escena, qué... qué mierda, por Dios. Pero en fin, todo cambiará para Daniel San, esto... para como se llame este patán, cuando el joven cenutrio conozca al maestro Miyagi... digo, al maestro Kimura, que le enseñará el valiosísimo Ataque del Dragón, consistente en... Bueno, una vez más, las palabras se quedarían cortas para semejante despliegue de medios técnicos y tamaña violencia inenarrable. Vedlo por vosotros mismos, si os atrevéis:


En fin, lejos queda el aprender a defenderse con el "dar sera, pulir sera" cuando tenemos aquí a un maestro oriental que nos puede enseñar a hacer el gilipollas con un folio y un tronco de corchopán, vamos. Y mejor no os pongo el enfrentamiento final, porque eso deberéis descubrirlo vosotros, que seguro a estas alturas estáis deseando encontrar una copia de esta película para poder alucinar en vuestra casa con el plagio más burdo, nefasto, infecto, chabacano y rastrero que me he tirado a la cara. Incluso peor que esto.

Quiero ser superfamosa (Sara Sugarman, 2004)

Yo es que flipo. Flipo pero bien.
O sea, el cine de zombis con caretas de goma, efectos patateros y actores reciclados del porno, es serie B. O basura infecta, como tanto me gusta llamarlo. Pero entonces, ¿qué es esto? ¿Basura superinfecta? ¿Superbasura megainfecta? Porque vamos, llamar a esto cine, o película, es un insulto al Séptimo Arte.
La historia va sobre un puñado de perras adolescentes, en especial las dos interpretadas por Lindsay Lohan y Megan Fox (que, al menos, amenizan la tortura visual con lo buenas que están) que compiten entre sí para ser la más guay, la más mona, la más oseamoloquetecagas y para llevarse el papel en la función del instituto, porque ellas lo valen. Función del instituto que le pega veinte patadas a musicales profesionales que he visto en teatros de Madrid o Valencia, no me jodas. ¿Alguien se puede creer semejante despliegue de medios, decorados, actores y vozarrones en una maldita función amateur? Por Dios, ¿por qué nos toman a todos por gilipollas?
Pero aparte de eso y de estar zorreando toda la película y recordando a las adolescentes reales lo feas, pobres y del montón que son, cosa por la que deberían suicidarse, descuartizarse y tirarse a la basura (ese el mensaje que Disney plantea con la película, lo tengo claro), el otro ¿argumento? de esta castaña va sobre el obsesivo fanatismo que las protas supercool tienen por un grupo de rock asqueroso a lo Cojonas Brothers, liderado por un sucio borracho perroflauta repelente. Esto, al menos, me arrancó una sonrisa, porque el guión deja perlitas relativas a lo mal que está que las estrellas beban y den mal ejemplo a sus fans, o a lo malo que es el alcohol y las adicciones. Y todo eso pronunciado por Lindsay Lohan, que se ha bebido en su vida el equivalente a varias piscinas olímpicas y ha estado en tantos centros de rehabilitación (amén de en el talego) que ya tiene tarjeta de socia. Hay que joderse.
En fin, una vez más me enemisto con la Disney, con el cine, y con la humanidad en general. No deberían permitirse bodrios como este, que solo atacan a lo poco bueno y puro que pueda quedar en nuestras adolescentes y las empujan a creer que lo que mola es mentir a tus padres, ser muuuuuuuy guay, vestir a la última y perseguir a tu ídolo aunque tengas que ponerte en peligro, engañar y embaucar. Un mensaje, para mí, mucho más censurable moralmente que el que lanza cualquier peli de un tío desmembrando peña con una motosierra.