The Descent 2 (Jon Harris, 2009)

Quizá solo por ver dónde van a cagar los monstruos de la cueva, ya merece la pena ver esta película. Porque es un dato curioso, oye. ¿Dónde van a giñar todos esos seres? Pues esta película da la respuesta de una manera tan asquerosa como divertida.
Pero bromas aparte, esta película pierde el siempre poderoso factor sorpresa y arranca justo donde terminaba la primera. O bueno, justo donde terminaba, no, porque la primera terminaba dando a entender que la pobre Sarah (una cumplidora Shauna Macdonald de nuevo) ya no tenía nada que hacer y que iba a morir en la cueva. Sin embargo, logra salir y, aunque con una oportuna amnesia, es rescatada. La cutrez empieza a rezumar cuando el equipo de policías inexpertos en espeleología se la lleva de regreso a las cuevas para buscar a Juno. Y así, desde el regreso a la cueva, volvemos a meternos en la angustiosa y opresiva atmósfera que transmite tan estrecho escenario, mientras volvemos a ver en acción a los monstruos repelentes, matando y comiéndose al equipo uno por uno. Hacen su aparición en escena personajes que creíamos olvidados, lo cual vuelve a arrancarnos algún que otro “¡hala!” de incredulidad y de sentimiento de estafa. Pero con un nivel de gore más que aceptable (quizá incluso un poco más que la primera parte, que ya es decir), y con casi todo lo bueno de la primera entrega, la cinta se hace entretenida. Maldigo el estúpido final, totalmente sobrante e innecesario, en el que se sacan a ese personaje ayudante de los monstruos que viene a joderlo todo. Pero, en definitiva, y aunque se queda bastante por debajo de su predecesora, “The Descent 2” sigue siendo una correcta película de terror survival asqueroso; y, si mucho no me equivoco, seguramente sea la primera de varias secuelas…

Las dos vidas de Andrés Rabadán (Ventura Durall, 2008)

Tras superar la extraña impresión inicial de la que la película haya sido rodada en catalán (no porque tenga nada contra el idioma ni contra Barcelona, sino porque me parece que así no puedes llegar al público de toda España), “Las dos vidas de Andrés Rabadán” cuenta la historia de este controvertido personaje que asesinó a su padre a flechazos después de haber provocado el descarrilamiento de varios trenes. Un asesino que fue declarado loco y condenado a cumplir 20 años en una penitenciaría psiquiátrica, abriéndose un extraño debate sobre el hecho de que jamás haya disfrutado de permisos ni privilegios como cualquier recluso “cuerdo” que cumpliera condena. Pero Andrés no perdió el tiempo, y en su confinamiento parece haberse curado de ese brote esquizofrénico que le hizo matar a su padre (alguien a quien la película describe como abusador de su propia hija y hombre violento que provocó incluso que su esposa se suicidara), ha escrito libros y realizado exposiciones de sus dibujos, tan macabros como su propia historia. Además, se casó con una enfermera, como todo un serial killer americano de esos que resultan irresistibles a las damas y que generar su propio fenómeno fan. Y he aquí la pregunta que plantea el visionado de la película: ¿merece este personaje todo esto? ¿Es digno de una película en la que su historia parece centrarse más en buscar porqués a sus horribles actos, y mostrarnos su horrible estancia en prisión o el incipiente amor entre él y la enfermera, que en mostrarnos a un asesino y a un miserable que no solo mató a su padre, sino que podría haber matado a cientos de personas con lo de los trenes? Pues eso es lo que no acabo de entender. Quizá para mí un asesino es un asesino. Quizá para mí resulta demasiado progre y demagógico convertir a Rabadán en el bueno de una historia en la que él fue el que se manchó las manos de sangre. No obstante, la película, como tal, está bien contada y expone de forma lineal la vida de este señor, dándonos un perfil con el que no estoy de acuerdo, aunque eso sería otra historia. Pero como película, cumple. Eso sí, me viene a la cabeza la estupenda “Ted Bundy”, en la que el asesino (uno de los más horribles de la historia de los USA) es descrito de maravilla, empatizas con él ciertos momentos, lo odias en otros, pero nunca es presentado como el bueno de turno, ni como un pobrecito desgraciado. Porque, señores, un hijoputa es un hijoputa. En cualquier sitio. Y a lo mejor este hijoputa no se merecía que Ventura Duvall (que parece haberse enamorado de él o algo así) lo dejara tan bien.

Legión (Scott Stewart, 2010)

Cuando escuché la idea de esta película, me hice pajas mentales. Un ángel que se ponía de parte de la humanidad cuando Dios, harto de aguantar tonterías, decidía cargarse la Tierra. En el molón tráiler veíamos seres de pesadilla, como si los demonios hubieran aprovechado la situación para hacer de las suyas, veíamos peleas entre ángeles, veíamos plagas, acción, caña de España… Lo malo es que todo, TODO lo que nos ponían en el tráiler, era lo único que nos podía interesar de “Legión”. Y es que en el tráiler destripan la película por completo, poniendo solo lo chulo y obviando la hora y media de relleno, diálogos sosos, y chorradas impensables.
Me explico: vale que el ángel (Miguel, el ángel guerrero, por supuesto) se ponga de parte de la humanidad y tal, pero… ¿los ángeles saben artes marciales, manejar artillería pesada y espadas y no tienen reparos en cargarse gente? ¿Y son capaces de poseer a seres humanos como si de un demonio cabrón se tratara? Porque la escena de la abuela en el dinner es de alucine, soltando frases tipo “tu puto bebé arderá en el infierno”, que poco o nada suenan a angelicales, oiga. Y así, entre posesiones angelicales y tiroteos, los supervivientes –la panda de tópicos estúpidos más chorra que podamos concebir en cualquier peli de serie B- atrincherados en el dinner y capitaneados por Miguel (a quien no le piden NINGÚN TIPO DE EXPLICACIÓN HASTA MITAD PELÍCULA), sobreviven como pueden a las hordas de poseídos que los atacan para matar al bebé de una zorrita que trabaja en la cafetería, quien parece tener la clave de la supervivencia de la humanidad, como si de una moderna Virgen María (¡ja! a lo de virgen, porque por cómo la pintan, ha tenido más pollas dentro que un vestuario masculino) se tratara. No podemos evitar ver un evidente paralelismo con “Terminator”, porque la llegada de Miguel a la Tierra es clavadita a la de Kyle Reese, o el papel de la “virgen” es un calco de Sarah Connor, con eso de que su hijo tiene la clave del futuro, etc., etc.
En cuanto a la acción, es muy lenta. Aparte de un par de ataques de poseídos o de la escenita de la abuela del demonio, luego tenemos ya la escena de lucha final entre Miguel y el mariquita de Gabriel, una pelea en la que descubrimos dos verdades universales que la Biblia nunca ha querido que sepamos: uno, que un ángel es capaz de chafarle la cabeza a un bebé con una maza; y dos, los ángeles tienen alas blindadas y mazas cibernéticas. Además de que son maricones, pero eso es otra historia.
En fin, aderezada con correctos efectos especiales aunque, eso sí, con una fotografía oscura que no deja ver nada (hasta los flashbacks en el supuesto “cielo” son oscuros y difusos), la mezcla de cine apocalíptico con “Constantine” y “Terminator” hace de esta película algo difícil de digerir, pero entretenido al menos. Coincido con la opinión de Frank Scheck, de The Hollywood Reporter, que dice de “Legión” que es "una ridícula tontería que resulta mucho más divertida de lo que debería ser".

El grito (The grudge) (Takashi Shimizu, 2004)

Takashi Shimizu sorprendió con su opera prima “La maldición”, una historia sobre fantasmas, maldiciones y casas encantadas con el particular toque del terror oriental. No obstante, a muchos occidentales nos desconciertan los nombres de los personajes del cine japo, y sus rostros que nos pueden parecer todos iguales. Por esa razón sobre todas las demás, este remake que realizó el propio Shimizu con más medios y para la todopoderosa industria hollywoodiense, es bastante más necesario que otros muchos porque, sin perder la esencia de la original (de hecho el guión es el mismo, y la película es idéntica casi plano a plano), nos resulta bastante más sencillo de seguir que la versión japonesa, con rostros más reconocibles y nombres que se nos quedan más que los orientales. Y bien que viene eso, porque la historia de “El grito” es algo enrevesada y conviene poder seguirla al cien por cien. Porque más allá de las apariciones del ya mítico (y hasta requeteparodiado) niño-gato blanco, la historia de la película encierra una correcta trama de sucesos traumáticos convertidos en sobrenaturales. Sarah Michelle Gellar realiza una correcta interpretación como sufrida estudiante americana que se ve envuelta en la maldición de la familia de Toshio, y reafirma aún más su condición de nueva diva del terror, algo así como la Jamie Lee Curtis de esta década. En definitiva, correcta película que recomiendo antes que su original a cualquier espectador que quiera entenderla mejor y no quedarse con la sensación de no haber pillado una. Buenos sustos, secuencias tensas y un final tan extraño como interesante, hacen de “El grito” uno de los títulos estandartes del nuevo terror japo-americano.

Encerrado (John Flynn, 1989)

A finales de la década dorada de Stallone, nos llegó esta película de acción carcelaria en la que nuestro querido Rocky se metía en la piel de uno de esos entrañables presos “buenos” que nos ofrece el cine de tanto en tanto. Su papel es Frank Leone, un hombre condenado por robo que, a solo seis meses vista de salir de prisión, es trasladado a una cárcel de pesadilla por un despiadado alcaide (estupendamente interpretado por Donald Sutherland, totalmente creíble en su papel de cabronazo retorcido) a quien Leone jorobó en el pasado al testificar contra él. Así, el alcaide cabreado provocará a Leone hasta el límite, yendo a por sus amigos, familia, quitándole privilegios, metiéndole en pelas y demás situaciones indignantes de las que Sly intenta salir airoso como puede hasta que, claro está, hay algo que desencadena el principio del fin. Pero como en todo el cine ochentero, el malo recibe su merecido y el bueno logra limpiar su nombre y recuperar la paz, aunque no sin bajas en el camino ni sin haber tenido que romper algunos huesos.
En definitiva, interesante y endiabladamente entretenida película con un buen desfile de secundarios (Tom Sizemore también hace el papel de uno de los amigos de Leone), un guión efectista pero correcto y bien contado, y algunas escenas míticas como la del partido de rugby (muy en la línea de “Evasión o victoria”) o la construcción del coche. Moralina, acción, lección sobre el valor de la amistad en circunstancias extremas y sobre que los buenos no son siempre los que están fuera de las rejas, dentro de una misma película de esas que apetece revisitar de vez en cuanto. Tiene ese encanto particular del cine de acción de hace 20 años. Ya sabéis a lo que me refiero…

Dientes de sable (James D.R. Hickox, 2002)

Y una vez más, logro superarme. Bajo el título “Dientes de sable” hay mucho más que una mala película. Nos encontramos ante una completa galería de tópicos del cine de serie B, con unas interpretaciones de pena entre las que no se salva ni la de Josh Holloway (sí, Sawyer en “Perdidos”, que también tuvo un pasado, el pobre chaval) y unos increíbles -nótese aquí mi retintín- efectos informáticos para animar al tigre de dientes de sable que hacen que los de “Parque Jurásico” parezcan… Mira, no tengo ni ganas de currarme una comparación tonta. Son unos efectos especiales cochambrosos e irrisorios. De pena es decir poco.
La historia recuerda mucho a la de la degenerada saga “Anaconda”, o a la de otros clásicos de la caspa como “Mega Snake”. Se trata de un experimento de clonación que da como resultado a una criatura muy mala, muy grande, muy agresiva, muy cutre, etc. Y justo pilla por medio a una pandilla de estúpidos excursionistas problemáticos que se convertirán en carnaza para el gato.
Y poco más, sufridos amigos. Otra película que no recomiendo más que aquellos amantes de la caspa como yo. Para reírte un rato con los amigos y algo de alcohol. Igual que hicieron los productores, seguro.

El Ogro (Steven R. Monroe, 2008)

Siempre sucede que, cuando creo haber visto la peor película posible, me tengo que encontrar con otro producto que supera la peor de mis expectativas. Y una vez más, me ha pasado, en esta ocasión con esta indescriptible cinta llamada “El ogro” que ni Filmaffinity ha tenido cojones de incluir en su base de datos.
La idea general es una mezcla entre cualquier película cutre de monstruos y “El Bosque”, de Shyamalan. Todo transcurre en un pueblo perdido y anclado en el siglo XVIII, que continúa vivo gracias a un pacto con un ser diabólico. Pero como todo pacto con el mal, tiene sus consecuencias, y en esta película es el tener que sacrificar anualmente a un miembro de la comunidad a un monstruo, un ogro a medio camino entre Shrek… y cualquier producto de un mal subidón de ácido. Prestad mucha atención –si es que osáis a ver esta peli, después de todo- al susodicho ogro, creado de correprisas con cualquier programa de animación amateur, animado a trompicones e insertado en la película de cualquier manera. La interacción con los actores (si es que podemos aplicar esta palabra a los patanes que se pasean por la cinta… Y, por cierto, también se rebaja a aparecer John Schneider, el padre de Clark en “Smallville”) es malísima, pero como mala es la historia, el guión, la ambientación, etc. En fin, a su favor solo decir que no es aburrida del todo ni demasiado inconexa para ser infracine. Puede verse, pero es despollante cada vez que vemos al ogro en escena.

Rabia salvaje (Vittorio Rambaldi, 1988)

Solo por la secuencia inicial con música de sintetizador y batería, merece la pena tragarse esta película made in los ochenta. Pero es que, a los 5 minutos, nos ofrecen una desternillante escena con un mandril de goma como protagonista, con lo que ya podemos seguir viéndola tranquilos con la sensación de que la misión de la risa está cumplida.
Pero no nos llamemos a engaño, porque la cosa decae una barbaridad, y se convierte en algo muy, muy aburrido solo salvado por el descojone que provocan los ordenadores de última tecnología que solo tienen 2 pantallas... y el recuerdo constante del mono de goma, claro. Aparte de eso, tenemos al protagonista (un hermano de Rob Lowe, o algo así) paseando en su cutre-moto roja mientras que aparecen esporádicamente algunos infectados por la rabia que transmitía el mandril de plástico. Una de ellas se parece sospechosamente a la niña de "El exorcista", pero una vez más no nos llamemos a engaño: la película no da el más mínimo miedo, ni hay sangre, ni tetas. Violación absoluta de los ideales ochenteros, pese a que esta es, estéticamente, una de las películas más ochenteras que te puedas tirar a la cara.
Pero bueno, se deja ver aunque es leeeeeenta y sooooooosa, pero desde luego no pasará a la historia como una de esas joyitas que te encuentras de tanto en tanto.

Leyenda Urbana 3: La maldición de Mary (Mary Lambert, 2005)

Es alucinante que la directora de la estupenda "Cementerio Viviente" y los guionistas de "Superman Returns" hayan podido perpetrar conjuntamente esta repugnancia de película. Estamos ante una versión de la conocida leyenda urbana de Bloody Mary, una de esas leyendas que cambian según quién la cuente, en qué zona nos encontremos, etc. Pero en esencia, siempre se remite a una joven asesinada de alguna forma violenta, cuyo espíritu regresa cuando es invocado ante un espejo y vuelve con ganas de matar a cualquiera que se le ponga por delante.
Pero es que todo en esta cinta es predecible, está mal escrito y apesta. Los diálogos son absurdos, la narración avanza a trompicones como si en la sala de montaje hubiera trabajado un epiléptico, las situaciones no se tienen en pie, y todo hiede a prisa, trabajo mal hecho y falta de talento. Es de suponer, pues, que Mary Lambert contó con un buen guión basado en el libro de Stephen King para su "Cementerio Viviente", o que el guión de Dan Harris y Mike Dougherty para "Superman Returns" ganó muchos enteros con la estupenda dirección de Bryan Singer. Juntos, en cambio, la directora y los guionistas demuestran aquí que pueden hacerlo mal, muy mal, fatal. Y copiando a "The Ring" no conseguimos nada en estos tiempos, Sra. Lambert.
En fin, película indigna de quienes la firman y solo merecedora de ser vista si no tienes ninguna otra a mano. Tan solo un par de correctas escenas sangrientas pueden ser tolerables. El resto de la película sí que da miedo, y no precisamente por lo que vemos.

8 millas (Curtis Hanson, 2002)

En esta cinta casi autobiográfica, el rapero Eminem se interpreta a sí mismo en sus inicios en el duro mundo del hip hop, en el conflictivo barrio de Detroit conocido como 8 millas. Su personaje, Rabbit, tiene que lidiar con una vida que es de todo menos feliz: su madre es alcohólica, viven en una caravana, y su pandilla y él tienen que sobrevivir a los pandilleros negros que van tras ellos cada dos por tres. En medio de todo eso, Rabbit, como una especie de Rocky Balboa del mundo de la música, desea cumplir su sueño de triunfar en el hip hop, pero para ello tendrá que derrotar a los mejores raperos negros del barrio en una batalla de gallos que le otorgará el respeto de todo el barrio y el suyo propio.
En esencia la película no es más que eso, una típica historia de superación al estilo "Rocky" o "El luchador", pero en absoluto tan memorables como la primera o con un personaje protagonista tan para el recuerdo como la segunda. No obstante, Eminem demuestra que, además de rimar como el mejor, tampoco actúa como el peor, y que hay muchos actores ganándose el pan con menos talento para interpretar que él. También cumple Kim Basinger en su corto papel de madre borracha, y la malograda Brittany Murphy como novia zorrona y trepa que también sueña con abrirse camino en la vida a base de abrirse de piernas. Por supuesto, la película tiene un final moderadamente feliz, la lección queda dada y la vida sigue su curso en las 8 millas. En definitiva, los fans del rap y de Eminem disfrutarán con las magníficas líneas del cantante y con su ácida forma de rimar. Y los que no lo sean, igualmente podrán disfrutar de una película entretenida y bien construida, con una banda sonora fantástica y diferente.
PD: ¿Soy yo, o en la portada parece que Eminem se esté currando un porro?

Warlock, el apocalipsis final (Anthony Hickox, 1993)

El mítico y demoníaco brujo Warlock regresó en esta secuela de la mano de Anthony Hickox, tan solo 4 años después de que su primera película viera la luz y se convirtiera, casi en el acto, en una de esas pequeñas piezas maestras de la serie B de finales de los ochenta. En esta secuela, ya a principios de los noventa, encontramos prácticamente los mismos ingredientes que en su predecesora. Tenemos a Warlock, de nuevo interpretado por Julian Sands, que sigue cumpliendo con creces en ese papel de brujo retorcido, malvado y con un poco de pinta de gay, sobre todo con el nuevo pelito que le han hecho; tenemos a su némesis, que si bien ya no es Redferne, ahora es un grupo de druidas que serán relevados por sus hijos, guerreros sin saberlo destinados a combatir al hijo del demonio; tenemos un objeto maldito que se convierte en la búsqueda de Warlock, el chico de los recados de Satán; o varios objetos, en este caso: unas piedras que, juntas, abrirían la puerta a su satánica majestad (y no precisamente a Mick Jagger) desatando el infierno en la Tierra; y lo que tenemos en mucha mayor medida, es GORE, y así con mayúsculas. En esta secuela, Warlock no se corta un pelo y vemos asesinatos mucho más explícitos mientras que el brujo recorre su camino en busca de las piedras. Y por no hablar del conflicto final en el que se enfrenta a los dos guerreros y cómo acaban con él, en una secuencia buenísima de derretimiento asqueroso, ya me entenderéis los amantes del género.
La cinta también rezuma cutrismo en sus efectos especiales, como en los vuelos del hechicero o en las levitaciones de objetos, y no pude evitar que el entrenamiento del joven druida me recordara al adiestramiento Jedi. Casi esperabas oír como el padre le pedía que usara la fuerza. Pero en definitiva, esta película conserva lo bueno de la primera y mejora otras cosas como el añadido de más violencia, y tiene un estupendo ritmo sin concesiones que permite obviar los numerosos vacíos argumentales y tonterías, convirtiendo a Warlock, una vez más, en uno de esos personajes inolvidables de la serie B de hace veinte años.

Breaking Dawn (Mark Edwin Robinson, 2004)

Es una pena que esta película me llegue después de haber visto recientemente "Shutter Island", con la que comparte la misma idea de su giro final. Y es curioso que esta película ya llevara 5 años pegando vueltas por ahí antes de que Scorsese dirigiera su "Shutter Island". No hablaremos de plagio, porque no creo que Scorsese conociera siquiera esta película, pero sin duda la coincidencia argumental es más que curiosa, salvando, por supuesto, los medios empleados, los actores, la ambientación, la época en la que se ubica, etc.
"Breaking Dawn" trata sobre una estudiante de psiquiatría que es asignada a un paciente interno como parte de sus prácticas. La relación médico-paciente que se establece entre ellos pronto se desdibuja, porque el interno parece saber algo horrible que va a sucederle a la joven estudiante. La obsesión y la paranoia comienzan a hacer mella en la chica, que se ve observada y perseguida por diferentes personajes entre los que destaca un misterioso y amenazador hombre llamado Malachi. Poco a poco, la estudiante pierde el control de la situación y acabará buscando la ayuda del loco e intercambiando roles con él, perdiéndose la noción de si lo que está pasando es real o si es que la joven ha empatizado demasiado con su paciente. Así hasta que llegamos al giro final, algo tramposo pero bien rematado, en el que conocemos el por qué de la situación y el destino de los personajes. Como decía, muy a lo "Shutter Island" pero con un final más agradable y esperanzador. Así que, en rasgos generales, aunque no hay nada realmente destacable en esta cinta ni a nivel técnico, ni interpretativo, tiene un ritmo adecuado, una trama interesante y un final correctísimo. Una sorpresa para una producción "de segunda" como me esperaba de ésta.

Alicia en el País de las Maravillas (Tim Burton, 2010)

Un cuento con personajes tan extraños y extravagantes y desarrollado en un entorno tan pintoresco como el llamado Submundo o País de las Maravillas, parecía un caldo de cultivo perfecto para que Tim Burton obrara su magia. Relatos como el de "Charlie y la Fábrica de Chocolate", "Sleepy Hollow" o "Big Fish" ya avalaban su capacidad para diseñar y construir atmósferas de fantasía y extensas galerías de personajes variopintos con la más adecuada ambientación posible y cuidadísimas puestas en escena. Pero lo malo es que eso, precisamente, es lo único que ofrece esta nueva versión -o secuela- del clásico de Lewis Caroll.
Nos encontramos a Alicia (una desconocida y sosísima Mia Wasikowska), ya crecidita, que ha olvidado su estancia de niña en el País de las Maravillas aunque lo recuerda a través de sueños que la atormentan. El día en el que le van a pedir matrimonio, Alicia vuelve a perseguir al conejo blanco sin ir de tripi y regresa a ese mundo inimaginable y onírico, volviendo a encontrarse a todos los habitantes del cuento original, magníficamente diseñados y recreados, eso sí. Ahora, el Submundo está bajo el tirano reinado de la Reina Roja (Helena Bonham-Carter, claro), pero el Oráculo vaticinó que Alicia regresaría para enfrentarse a un monstruo llamado... no me acuerdo cómo se llamaba, da lo mismo, pero tenía que matarlo para que la Reina Blanca recuperara su corona. Por cierto, odioso el personaje de la Reina Blanca, y eso que me encanta Anne Hathaway, pero es insoportable su manera de andar y moverse en plan remilgada y gilipollas. Insufrible, de verdad, deseaba que se la comiera el monstruo ese que no recuerdo cómo se llama.
En cuanto a los personajes, Alicia no dice nada, es muy sosa y transmite muy poco; Jonnhy Depp cumple como Sombrerero Loco, con una caracterización muy a lo Willy Wonka, pero tampoco es su mejor papel; el nefasto Crispin Glover, a quien aborrezco y desprecio después de su ¿película? semipornográfica-surrealista protagonizada por gente con Síndrome de Down, "What is it?" (y no es coña, es tal cual digo; a lo mejor algún día la comento si tengo huevos de volver a verla, porque es indigerible), está... está repelente, como siempre. La historia es aburrida, y a momentos Burton demuestra que es incapaz de hacer cine para niños, porque una secuencia en la que Alicia debe cruzar un río pisando cabezas de cadáveres, o la simple caracterización grotesca del Sombrerero, no son precisamente infantiles... Pero en fin, en el aspecto visual, la cinta cumple, tiene un 3D bastante aceptable y un diseño de producción adecuado a lo que es la historia. Lo que pasa es que no es suficiente para que la película sea buena, porque no lo es. Es tediosa, pretenciosa, con algunos personajes cargantes y otros olvidables, y momentos muy, muy, muy ridículos que no se salvan ni con la deliranza final de Depp. Además, ¿cuál es el mensaje? ¿Que tras su segunda visita al País de las Maravillas y después de haberle cortado la cabeza a un monstruo de 30 metros, Alicia deduce que el futuro del comercio es China? ¿Es Alicia la primera exportadora de bolsos de imitación de la historia?
En fin, Burton, que te has lucido, hijo.

La novena puerta (Roman Polanski, 1999)

La novela "El Club Dumas", de Arturo Pérez-Reverte, se convierte en base para esta película del controvertido cineasta Roman Polanski, que vuelve a demostrar su peculiar atracción por lo relacionado con el ocultismo y lo demoníaco, y su habilidad para construir atmósferas inquietantes y buena tensión argumental sin necesidad de efectismos ni alardes de efectos especiales. Como protagonista tenemos a un correctísimo Johnny Depp, que se convierte en Dean Corso (en la novela, Lucas Corso), una especie de Indiana Jones de los libros, un mercenario buscador de rarezas para el mejor postor. Todo un curioso personaje que vive entre libros de siglos de antigüedad en una era de tecnología absoluta, aunque también es verdad que esta cinta ya tiene unos añitos a cuestas. Así, el trabajo de Corso es el de encontrar los tres únicos ejemplares existentes de un libro llamado "Las nueve puertas del reino de las sombras", un texto envuelto en leyenda y polémica no sin razón, y que podría otorgar a su poseedor la llave para pactar con el maligno. En su investigación, Corso se topa con sociedades secretas y extraños personajes que no acabaremos de comprender del todo, en especial el de su partenaire femenina. ¿Quién -o qué- es? Eso queda a criterio personal. Igual que el inverosímil y exagerado final, en el que el personaje de Frank Langella se torna ridículo, y en el que Polanski casi logra echar a perder todo el buen hacer de su primera hora y cuarto de película. ¿Cómo interpretar ese plano final con el castillo iluminado? ¿Cómo entender al personaje femenino? Demasiadas cuestiones abiertas que quedan mal resueltas, y eso, unido a ciertos momentos estúpidos que te sacan de la bien lograda tensión, deslucen el conjunto. No obstante, la investigación de Corso está bien llevada, Depp se marca un gran papel sin aspavientos ni maquillajes estrambóticos, demostrando que es un gran actor incluso en papeles corrientes y sin ir de la mano de Tim Burton. Le sobra, quizá, algún momento tonto y cómico a su personaje que no le va. Pero en general, es una película que empieza con un gran planteamiento, se desarrolla con solvencia por el camino de lo inquietante, pero que acaba convirtiéndose en un disparate en su último cuarto. Y ya sabéis lo que dicen del postre: que es lo más importante de una comida.

Ironman 2 (Jon Favreau, 2010)

La Marvel sigue cumpliendo con solvencia a la hora de presentarnos las aventuras de sus personajes adaptadas al cine. Con la primera entrega de "Ironman" nos encontramos, para nuestra sorpresa, con una película que aunaba acción a raudales, diversión, efectos especiales sin un solo pero, una historia interesante y bien contada, y todo orquestado en torno a un protagonista de excepción. Y en esta secuela, aunque ya perdido el factor sorpresa, encontramos más o menos de lo mismo. Sobre todo en el apartado de efectos y de acción, y sin lugar a dudas en su protagonista. Robert Downey Jr. continúa saliéndose, creando a su Tony Stark chulito, sobrado, brillante y socarrón como él solo. Un papel que le va perfecto a Downey Jr., y que debe tener mucho de él mismo, porque no dista mucho tampoco de su interpretación en "Sherlock Holmes", así que entiendo que solo sabe "interpretar" un papel... pero le sale muy bien.
Echamos en falta esa primera hora magistral de la primera parte, aquella en la que Tony era secuestrado y se construía su primitiva armadura en una cueva a base de chatarra, que luego perfeccionaría hasta convertirla en la superarmadura de Ironman. Aquí, Tony tiene el ego por las nubes después de haber revelado al mundo que es Ironman, tiene al gobierno detrás intentando robarle su armadura, y a su empresa rival, Industrias Hammer, pisándole los talones. Por si fuera poco, el hijo de un ingeniero que se sintió estafado por el padre de Stark en el pasado, cobrará su venganza contra Tony creándose un arnés con unos látigos láser y convirtiéndose en el nuevo villano. Y, además, Tony tendrá que superar sus problemas de contaminación con el paladio de la armadura, encontrar un nuevo elemento combustible que no le mate, y formar equipo con su amigo, el coronel Rhodes, ahora portador de una nueva armadura Máquina de Guerra. Sin olvidarnos de la agencia SHIELD, que le pone a Tony una espía-secretaria (Viuda Negra, interpretada por Scarlett Johanson) para ver si es capaz de dirigir algo llamado "Iniciativa Vengadores". Ay, la Marvel, qué bien se lo ha montado.
En fin, es una película que hay que ver, aunque a momentos puede hacerse algo aburridilla (quizá porque no tiene el ritmo constante de la primera), pero no decepciona y da lo que promete. Y hay que quedarse a ver los créditos, porque después nos dan el primer atisbo de la próxima "Thor". Y "Vengadores" está al caer.

Up in the air (Jason Reitman, 2009)

Ya tenía yo ganas de ver esta película, y no me ha decepcionado. George Clooney se convierte en Ryan Bingham, un personaje para el recuerdo: un despedidor profesional en estos tiempos de crisis que corren. Su profesión es la dejar sin profesión a otros, algo que hace con suma templanza y psicología en un discurso que ha perfeccionado durante años de experiencia. Y así, su trabajo le mantiene casi todo el tiempo fuera de su apartamento, volando en primera clase y hospedándose en lujosos hoteles, convirtiendo en su verdadera casa los aeropuertos y disfrutando con su estilo de vida sin vida. Mantiene una extraña relación con una mujer que también viaja tanto como él, y con la que se compagina para que cuadren sus agendas de tanto en tanto para pasar la noche juntos. Pero el pequeño universo de Ryan se irá al garete cuando su empresa decide modernizarse y hacer los despidos online por videoconferencia, gracias al nuevo fichaje, una jovencita superpreparada que se convertirá en compañera de viaje de Ryan durante un tiempo para formarse en el duro trabajo de dejar a otros sin trabajo. La joven conocerá el hogar de Ryan, su vida, lo que este empleo puede hacer con uno mismo y con lo demás, y los acompañaremos por todo Estados Unidos en su camino de despidos y de autodescubrimiento. De trasfondo, también, tenemos la historia de amor-sexo entre Ryan y la viajera, con sorprendente y amargo giro final, y la historia de la boda de la hermana de Ryan, para quien él es prácticamente un desconocido que se pasa la vida de avión en avión. Todo está tratado con un exquisito gusto, me encantaron las secuencias en el aeropuerto, con planos cortos y rápidos en los que Clooney vacía y rellena su estudiada maleta, en los que demuestra desenvolverse con eficiencia en ese medio que es la auténtica casa de ese hombre sin verdadero hogar. También es muy agradable el personaje de la joven compañera de Ryan, con su optimismo, su eficacia sobre el papel y su ímpetu, que se va desinflando ante la aterradora realidad del mundo que le espera a ella y a quienes visitan. Y sin ser una comedia, ni un drama, ni una cinta romántica, combina hábilmente todos los géneros para convertirse en otra cosa, algo que casi parece ya la marca de la casa para Jason Reitman. Sin duda Clooney era la única opción para un papel que borda, en una película redonda de la que solo cambiaría ese final triste, aunque acertado, pero que te deja con la sensación de que Ryan podrá cambiar muchas vidas e instarlas a que aprovechen sus oportunidades... pero él no puede aprovechar la suya. Eso sí, después de ver esta película, pregúntate: ¿qué llevas tú en la maleta?

Sweeney Todd (Dave Moore, 2006)

La historia del barbero diabólico de la londinense calle Fleet, ha llegado a casi todo el mundo de la mano del brillante musical de Tim Burton, protagonizado por Johnny Depp y Helena Bonham-Carter. Pero, curiosamente (o aprovechadamente, quizá), pocos meses antes se estrenaba este telefilme sobre el mismo personaje, tratado de una forma muy distinta.
La historia gira en torno al mismo Sweeney Todd, un hombre que ha pasado toda su infancia, juventud y parte de su vida adulta en prisión por un crimen que no cometió. Nacido de una familia desecha, con un padre criminal y huérfano de madre, en la cárcel solo conoció abusos y malos tratos. No es de extrañar que, en su madurez, le diera rienda suelta a sus instintos homicidas. La película describe muy bien precisamente eso, a un hombre mentalmente enfermo, alguien que solo encuentra consuelo en el asesinato (ni siquiera el sexo le satisface, lo considera algo sucio). Todo un psicópata, vamos. Así que muchos de sus clientes de la barbería, recibían un afeitado demasiado apurado en la zona de la garganta. Curiosa y acertada la representación de ese Londres de final de siglo XIX, en la que los barberos eran también cirujanos. Y curiosa la Sra. Lovett, representada como una panadera ligera de cascos, que sucumbe a su propio vicio. La relación entre Sweeney y ella es mucho más compleja y bizarra que la del film de Burton, y tiene un desenlace mucho más oscuro. Igual que el propio desenlace de la cinta, también muy acertado. Y es que quien a hierro mata, a hierro muere... aunque también sea matando, claro. En definitiva, otra interpretación de una misma leyenda, que logra desprenderse de su aire de telefilme gracias a su buena ambientación, al correcto viaje por la mente del asesino y a las dos interpretaciones principales, a un buen ritmo narrativo y a una historia sangrienta sobre, quizá, el primer asesino en serie de la historia.

Superman III (Richard Lester, 1983)

La expresión "de capa caída" nunca se aplica tan coherentemente como cuando se habla, precisamente, de un superhéroe con capa. Y podemos aplicarla a la perfección en esta película. Tras el exitazo de "Superman" y "Superman II: la aventura continúa", la tercera entrega de la saga del Hombre de Acero no se haría de esperar. El director volvía a ser Richard Lester, quien ya firmó la segunda parte pese a que estuvo casi enteramente rodada por Richard Donner. Y en "Superman III", a Lester se le vio el plumero. La historia se torna un espectáculo fantástico-cómico al servicio de Richard Pryor, el cómico del momento. De hecho, personajes tan importantes como Lois Lane o Lex Luthor desaparecen de la historia. Luthor fue sustituido por otro villano calcadito a él, pero con pelo y un plan más ridículo: Ross Webster, magnate multimillonario que se valdrá de la tecnología para acabar con sus empresas rivales. Y en esa coyuntura se valdrá de Gus (Pryor), un parado no cualificado que, mágicamente, resulta ser el mejor informático de la historia (mención especial a los ordenadores que aparecen... ¡ay, aquellos benditos ochenta!) y hasta diseñador de un superordenador que puede hacer de todo. De risa, vamos, para no tomarlo en serio porque te enciendes.
Pero no todo es malo, en absoluto. "Superman III" tiene muchas cosas buenas, y la principal es su ritmo divertido y constante, que no da pie al aburrimiento; otra de las más importantes es la presencia de Christopher Reeve como Superman, que todavía era capaz de llenar absolutamente cada plano en el que aparecía con el traje azul y rojo como sólo él sabía; también tenemos la deliciosa historia en Smallville entre Clark y Lana, que deja momentos muy románticos y divertidos (ya era hora que el pobre Clark ligara por él mismo) salpicados de otros de acción supermanera (el incendio de la planta química, el rescate del niño en el maizal...); y por último, la historia del Superman malvado tras exponerse a la kryptonita imperfecta. Esta especie de Superman Bizarro hace las veces de malo físico de la historia y da pie a la magnífica secuencia de la pelea entre Clark y Superman para volver a ser él mismo.
En resumen, Chris Reeve continuaba demostrando que era el mejor Superman y que él solito se bastaba para darle caché a la película. Unido a buenos efectos de la época, aunque ligeramente inferiores a los de la primera entrega, con mucha acción supermanera, toques de comedia de la mano de Richard Pryor y de la propia trama, solo hay que obviar el tono demasiado infantil del guión y el despiporrante superordenador final para disfrutar enteramente con una bonita película de aventuras de mi superhéroe favorito. Y sí, sé que no estoy siendo objetivo...

La vuelta al mundo en 80 días (Frank Coraci, 2004)

Una de esas películas tan entretenidas como olvidables, tan disfrutables como cuestionables y tan tontas como divertidas. Cinematográficamente hablando es una castaña, y a las interpretaciones no hay que pedirles nada porque sale Jackie Chan (aunque el hombre tiene cierta gracia que hay que reconocerle). Pero no hay duda que es una historia de aventuras divertida y que no aburre en ningún momento, con todos los elementos para ser apta para ver en familia una tarde de domingo. Y es que, aprovechando la historia clásica de Julio Verne sobre la apuesta de Phileas Fogg de dar la vuelta al mundo en ochenta días, se teje una historia para lucimiento de Jackie Chan y su talento para las artes marciales y las acrobacias. Le acompañan, eso sí, un gran plantel de secundarios, como el también mítico Sammo Hung, el repelente Owen Wilson, Kathy Bates, o un breve cameo del gobernador Schwarzenegger (creo que fue su último papel antes de dedicarse por completo a la política). Así, durante horita y media acompañamos a los protagonistas en su viaje por el mundo, los vemos sobrevivir sin un rasguño a situaciones que hospitalizarían hasta a Batman, y construir artilugios en pleno siglo XIX que ni Tony Stark con todos sus recursos. Pero, en definitiva, y aunque la peli no es en absoluto de las que dejan huella o te apetece volver a ver, tampoco está tan mal, y hasta te ríes. Y, de cuando en cuando, no viene mal una sana dosis de comedia de aventuras sin pretensiones, que no solo de pan vive el hombre, hombre.

A la deriva (Hans Horn, 2006)

Aprovechando el título de aquella cinta en la que una pareja se quedaba en medio del océano asediada por tiburones ("Open Water"), surgió esta película que aquí ha llegado como "A la deriva" y no como "Open Water 2", porque en realidad poco tiene que ver con aquélla.
La idea de esta película puede parecer tonta, y de hecho la situación lo es, pero... ¿no resulta, a la vez, espeluznante que pueda pasarle a cualquiera? Porque todos nos hemos dejado las llaves alguna vez dentro del coche, o de casa, ¿no? Pues no difiere mucho a olvidarse de poner la escalerilla del barco y no poder subir. La situación, aparentemente divertida, puede tornarse auténtico drama en muy pocas horas, cuando el miedo, el frío, el cansancio, la hipotermia, los accidentes, los tiburones y las peleas se conviertan en un peligro mortal.
Así, los seis protagonistas de la historia (todos actorcetes de rostro agraciado y medianamente conocido por la televisión), se ven en esa tesitura, aislados en medio del océano, con su barco al lado, pero sin poder subir. Pronto comienzan los reproches, las histerias, los primeros conflictos. Las ideas para subir al barco no funcionan. Todos buscan un culpable, aunque nadie recordó a nadie echar la escalerilla antes de saltar al agua. A medida que pasan las horas, la situación se complica, y el director muestra una cierta habilidad para hacernos pasarlo mal en un entorno así de sencillo y así de hostil (siempre que nos olvidemos de lo obvio que es que están en una piscina). Poco a poco, las malas ideas acaban resultando en heridos; el frío va acabando con alguno más; otros deciden que es mejor morir nadando hasta la costa que morir helado o ahogado allí mismo; hay un momento muy duro cuando el marido de la protagonista se abre la cabeza con una hélice, o cuando otro de los chicos se perfora un pulmón con un cuchillo accidentalmente. Y al final, cuando solo quedan los dos pesos pesados del argumento (el "dueño" del barco y la chica con miedo al agua, para más inri), llega la genial y dolorosa idea para subir al barco, que deriva en un clímax coherente para la historia. Vale que no es un peliculón, pero me gustan las historias que logran mantener tensión con pocos medios, y esta es una de ellas. Llamémosle "El proyecto de la bruja de Blair" en el agua, salvando las distancias.

Philadelphia (Jonathan Demme, 1993)

Sin duda una de las mejores películas de la década de los noventa, y prueba de que un buen guión, dos grandes interpretaciones y una excelente dirección pueden aunarse de tanto en tanto al servicio de una misma historia. Así, Tom Hanks se ponía bajo las órdenes de Jonathan Demme, quien aún sacaba brillo a su Oscar por "El silencio de los corderos", y lo hacía flamantemente acompañado por Denzel Washington y por un buen plantel de secundarios que les dieron las réplicas apropiadas, convirtiéndose en los personajes necesarios para un argumento en el que, al final, los buenos son demasiado buenos y los malos demasiado malos, y donden todos reciben su justo merecido (quizá siendo esto lo más flojo de la cinta).
Hanks interpreta a Andrew Beckett, un abogado homosexual enfermo de SIDA que, tras ser despedido por esa razón de su bufete, decide denunciar a sus viejos y homófobos ex-jefes. Solo un abogado cogerá su caso, nuestro querido Denzel, y comienza ahí uno de los mejores dramas judiciales de la historia del cine. Un drama judicial que, además, sirve para construir perfectamente la relación entre los personajes, opuestos totalmente: por una parte, Andrew y su pareja (un joven e incipiente Antonio Banderas), rodeados de su mundo gay y de sus fiestas con gente vestida de marinero; no obstante, no son los típicos maricas que solemos ver en el cine, no son locazas amaneradas ni ultra-gays como el que mostró "Yo soy Harvey Milk". Son gente corriente y discreta que vive su amor de manera distinta, nos guste o no. Por otra parte, tenemos al abogado que interpreta Denzel; muy bien elegido un actor negro para el papel, porque muestra cómo un hombre negro, alguien que puede conocer de primerísima mano lo que es la discriminación, también sabe discriminar aquéllo que no comprende. Pero en el trasfondo, una lección de lucha, de superación, y de justicia, con buena dosis de drama, por supuesto. Quizá, repito, los "malos" se revelan demasiado malos hacia el final, y sus arrebatos que les cuestan el juicio se antojan un poco peliculeros para venir de un grupo de curtidos superabogados. Pero la idea queda ahí, la lección se siente, las interpretaciones brillan y el temazo del Boss te hace vibrar con las imágenes de esa ciudad tanto como Hanks te hace llorar en la escena en la que vive una ópera. Y es que, a veces, el cine puede ser mucho cine.