Resident Evil (Paul W.S. Anderson, 2002)

Dentro de las adaptaciones cinematográficas de videojuegos, ésta puede destacar para bien. Paul Anderson, director capaz de lo mejor (como “Horizonte Final”) y de lo peor (“Alien VS. Predator”), cumple con las expectativas a la hora de recrear el mítico juego de tiros que tantas monedas nos sacó a mi generación.
La elección de Milla Jovovich para el papel que la encumbra a heroína de acción fue sumamente acertada. Así, se mete en el corto vestido rojo de Alice, que tendrá que luchar contra la corporación Umbrella (qué mal hubiera sonado llamarla en castellano “Corporación Paraguas”, ¿no?), contra el virus T y contra los zombies infectados que intentan devorarla. Todo mientras, además, intenta salir de La Colmena, unas instalaciones ultrasecretas infestadas de empleados zombies, de un monstruo mutante y de una inteligencia artificial asesina. Toma ya.
Con un ritmo muy correcto, el típico equipo militar de personajes cliché que ya hemos visto infinidad de ocasiones y grandes dosis de acción, la película es amena y entretenida. Los zombies están muy bien hechos, a la vieja usanza, y hay buenas cantidades de sangre y escenas bestias. Milla está muy correcta en su papel de heroína sin memoria que va descubriendo su pasado (muy a lo Bourne) y que se convertirá en enemiga de la corporación. Muchos de los zombies están recreados de forma similar al videojuego, y la propia película parece un videojuego en algunos momentos, gracias a la dirección videoclipera de Anderson, en este caso totalmente apropiada para la cinta.
En resumen, no es un nuevo clásico pero es una película entretenida y, con diferencia, la mejor de la franquicia a la que ha dado pie hasta el momento. Y solo por ver a Milla Jovovich con ese minivestido vale la pena hasta pagar la entrada...

La casa de las brujas (David DeCoteau, 1999)

Película inclasificable que no se puede comentar en serio, hombre. Yo lo que no entiendo es cómo el canal Buzz de ONO consigue encontrar copias de tantas mierdas. Estas películas no las he visto ni en VHS en las épocas en las que pateaba videoclubes buscando toda la serie B que fueran capaz de suministrarme como buen yonki de la caspa que soy. Pero de alguna forma, Buzz se las apaña para encontrarlas y colocárnoslas en su programación.
Esta es la segunda película de este director que veo. La primera fue “Prison of the Dead”, también reseñada en este blog (que cada día me parece más valiente de mantener dado el peligro que supone para mi salud mental visionar tanta escoria), y ahora esto. Y no hay demasiada diferencia, la verdad. Comparten presupuesto (cero dólares) y técnicas (supongo que drogarse hasta las cejas para que todo pareciera bien), y el resultado es muy similar: una basura con decorados penosos, planos repetidos, un metraje cortísimo que se hace eterno y está totalmente desestructurado, actores a los que no hubiera contratado ni Ed Wood, efectos especiales que dan risipena, etc., etc., etc. La historia va de una ceremonia para resucitar a una bruja, y pese a tener solo 11 años a cuestas parece una producción ochentera de las malas, estilo “Ghoulies”, ya me entendéis.
En fin, reconozco que fui pasando rápido con el mando a ver si pillaba alguna escena interesante y no lo conseguí, pero es lo mismo. Esta película se puede ver a cámara rápida sin perderte nada, deteniéndote solo para echar unas risas cuando aparece la bruja para matar a alguien, o cuando sale alguna teteja caída o un efecto especial. Lo demás es morralla, como la carrera de David DeCoteau.

Hellbreeder, la resurrección del mal (James Eaves y Johannes Roberts, 2004)

Quedaos con estos nombres: James Eaves y Johannes Roberts. Sobre todo con Johannes Roberts. Y huid de ellos como huiríais de un león hambriento. No permitáis que destruyan vuestra moral y vuestros oídos con más trabajos como este.
Porque, sufridos lectores de este blog, sé que cada cierto tiempo proclamo que he visto la peor película de mi vida, y que a estas alturas no tendrá ningún sentido dicha afirmación. Así que no lo diré en este caso, aunque podría, porque estos dos señores, Eaves y Roberts, han puesto el listón de la mierda altísimo, pero sí que realizaré otra afirmación muy severa: esta película tiene el peor sonido de la historia. Sí, sí, como lo oís, ni el cine turco y su “Death Warrior”, no. En “Hellbreeder”, TODO EL METRAJE ESTÁ CUBIERTO POR LA HORRIBLE, NEFASTA, NAUSEABUNDA, VOMITIVA, TALADRANTE Y ENLOQUECEDORA banda sonora perpetrada, que no compuesta, por Johannes Roberts. De verdad, es algo digno de oír. Podría centrarme en las penosas interpretaciones, en la simiesca dirección, en el pretencioso guión escrito por un deficiente en estado vegetativo (con palabras como “cazapayasos” para hacer referencia a una especie de luchador contra lo diabólico), y en muchísimos otros deplorables aspectos de este subproducto. Pero la banda sonora y su empleo indiscriminado merecen trato aparte. ¿Cómo se puede meter en todas las escenas la misma tonaleta? Que además es PLAGIO DESCARADO de la de “Halloween”, por el amor de Dios. Con dos cojones, es que es igual menos por un par de notas, pero canta a la legua. Y nos la meten durante todo el rato, en escenas largas, cortas, durante larguísimos y pretencioso planos mudos en blanco y negro (¿¿??), durante conversaciones que ni se escuchan, durante los ataques del payaso, cuando los personajes van al baño… Todo el tiempo. Hasta que deseas morir o matar.
En fin, dejo de escribir y corro a la Fnac a buscar la banda sonora de “Hellbreeder” para ponerla una y otra vez. Se ha metido en mi cerebro y ahora no quiere salir.
Por Dios, no veáis esta película. Y tú, Johannes Roberts, muere, y erradica tu semilla para siempre.

13 fantasmas (Steve Beck, 2001)

Al director Steve Beck parece no haberle ido muy bien en el cine. Su ópera prima fue esta película que nos ocupa, remake de una de los sesenta que no he visto, y su segundo largo fue “Ghost Ship”. Si bien ambas son resultonas, se les nota la cochambre por todas partes, y quizá ambos fiascos pesaron sobre su futuro en la industria.
“13 Fantasmas” trata sobre una familia que recibe como herencia de un rico tío lejano una impresionante mansión con paredes de cristal a prueba de balas. Pero lejos de que la excentricidad arquitectónica fuese el único pecado del tío, en la mansión hay jaulas en las que hay encerrados doce fantasmas que esperan a un decimotercero para completar un ritual diabólico que otorgará poder absoluto a quien lo realice. Así, la familia se verá atrapada en un plan malvado en el que todo está estudiado, y en el que los fantasmas atrapados acabarán sueltos y a su libre albedrío para dar matarile a quien se encuentren.
Vale, el argumento es una basura, y las interpretaciones no lo son menos. Tenemos como protagonista al tonto de “Monk”, a Shaggy de “Scooby Doo” y a la tía buena de “Scary Movie”, así que mal empezamos. Y lejos del aspecto visual, el resto de la película es predecible hasta el extremo, inverosímil y bastante mal dirigida, de forma muy videoclipera y confusa. El mejor punto son los doce fantasmas, bastante originales y algunos hasta acojonantes: El Chacal, el Niño Obeso y la Madre Nefasta, El Aniquilador (que es clavadito a Abbott Hayes, de “Los hijos de los muertos vivientes”, y no es extraño porque ambas comparten al maquillador Greg Nicotero), El Torso, La Amante Marchita, etc. Pero poco más. Por lo demás, un simple entretenimiento sin más, basurilla de serie B que tuvo su oportunidad en cines pero que queda en el recuerdo sin pena ni gloria.

El príncipe de Zamunda (John Landis, 1988)

Junto a “El chico de oro” y en mi opinión, esta es la mejor comedia de Eddie Murphy, datada en una época en la que su humor era divertido y no se metía en las bazofias que se mete ahora y que mejor no comentamos. Aquí, en los ochenta, Murphy era el cómico de moda, fama que explotaría aún más con la saga “Superdetective en Hollywood”, pero que en esta cinta ya quedaba patente.
La divertida historia va sobre Akeem, príncipe del pequeño y rico país africano de Zamunda, que al cumplir 21 años debe casarse con la mujer que le han preparado durante toda la vida. Pero Akeem no quiere casarse si no es por amor, y he aquí que el joven príncipe y su sirviente y amigo Semi se marchan a buscar una reina… a Queens, Nueva York.
Murphy da rienda suelta a su vena más cómica en situaciones que no caen en el disparate absurdo, sino que son comedia en toda regla, con un gran toque de romance en la historia de Akeem y Lisa, la mujer de la que se enamora y a la que intenta conquistar sin revelarle que es un príncipe para que lo quiera por quien es y no por su dinero. Akeem incluso entra a trabajar en la hamburguesería McDowells (publicidad encubierta de McDonalds), y entablando relación con los personajes que completan el reparto de esta comedia.
Llena de buenos momentos cómicos, con un buen ritmo narrativo que hace que sus dos horas pasen en un suspiro, y un montón de secundarios divertidos y bien llevados, “El príncipe de Zamunda” es una de esas películas que habré visto un montón de veces en mi vida y que siempre dejo cuando me la encuentro cambiando de canal. Murphy comenzó a explotar su camaleonismo interpretando media docena de papeles en esta cinta, algunos en los que está irreconocible, y siendo el mejor el cantante del grupo “Chocolate Sexy” (escena imperdible con la que siempre me parto la caja). En fin, que no hay que buscarle más vueltas ni criticarla en un sentido estricto. Es una comedia de los ochenta deliciosamente simple y divertida, con una historia amena y graciosa a partes iguales y muy buenos gags. Mucho más de lo que podemos encontrar en la mayoría de comedias de hoy en día.

El dia de mañana (Roland Emmerich, 2004)

Otra película que tenía infravalorada. Mi impresión en el cine no debió ser la buena, o no tendría yo el cuerpo para catástrofes en aquel momento, porque vista ahora de nuevo me ha parecido una película muy correcta, espectacular y entretenida. No es una obra maestra ni pretende serlo, pero juega con un presupuesto multimillonario y con toda la tecnología a su servicio, y consigue un resultado visualmente en concordancia.
La historia de los protagonistas no nos importa un pimiento, y es la misma que Roland Emmerich desarrolla en todas sus películas: familia desunida o con conflicto que se reencuentra durante la catástrofe y que se convierte en determinante para superarla o salvar al mundo. Todo esto acompañado de secundarios estereotipados que irán muriendo para cumplir con su cometido de dramatizar en la justa dosis correspondiente a estas superproducciones, para que no todo sean olas gigantes y destrucción a mansalva. Punto final del argumento.
Pero con todo y con eso, la peli cumple su cometido con creces, sigue una buena estructura bien montada y las actuaciones no son patéticas, sino cumplidoras, a cargo de actores conocidos aunque no superestrellas (Dennis Quaid o Jake Gyllenhaal, entre otros). En el terreno de los FX, la película se sale, y mi último visionado en alta definición aún mejora la experiencia, permitiendo apreciar matices que quizá en el cine pasan desapercibidos (me pareció, por ejemplo, que la fotografía es espectacular). Eso sí, la escenita de los lobos parece un juego de PlayStation 1, algo que nunca entenderá en una macroproducción de este presupuesto.
Resumiendo, Mr. Emmerich destruye el mundo (otra vez, jeje) empezando por Nueva York (otra vez, jeje), y demostrando que a este señor los Estados Unidos le deben dinero o algo, porque los odia mucho muchísimo. Pero le quedan unas pelis muy resultonas cuando se toma su vendetta y los hace pedazos.

Ironman (Jon Favreau, 2008)

Divertida, llena de acción, de efectos especiales espectaculares y con toques de comedia de la mano de un actor que ya ha dejado muy atrás sus escarceos delictivos para convertirse en uno de los rostros de moda: Robert Downey Jr. Así es “Ironman”, una de las películas sobre superhéroes marvelianos que más me han gustado, superando con creces a cualquiera de las “Spider-Man” o “X-Men”.
Downey se mete en el pellejo del empresario multimillonario, genio inventor y playboy (ahí es nada) Tony Stark, una persona capaz de construir un pequeño reactor de energía limpia en una cueva y con materiales de chatarra. Atrapado por terroristas islámicos, Stark se construirá una armadura para escapar, idea que después perfeccionará para convertirse en una especie de superhéroe que lucha contra la destrucción que su propia empresa armamentística ha creado. Así nace Ironman, el colorido cruzado con armadura supertecnológica que acabará siendo líder del grupo de Los Vengadores.
Con una primera hora soberbia en la que conocemos la historia de Tony Stark y de cómo se le ocurre la idea para su armadura de Ironman (plagada de secuencias divertidísimas con su robot-ayudante o con los chascarrillos del propio personaje de Stark, que le va a Robert Downey como anillo al dedo), el último acto se resiente de tópicos y clichés, con el malo de turno traicionando a Tony para alzarse como villano contra el que el héroe tendrá que enfrentarse para salvar a la chica. No obstante, con una acción trepidante y un aspecto visual impecable que, además, disfruté muchísimo más en Blu-ray que en el cine, la película pasa en un suspiro y es de las que te dejan con ganas de más, de las que no verás solo una vez. Unidimensional y sin profundidad, de acuerdo, pero un espectáculo de masas que se puede disfrutar sin más pretensiones que las de pasar un buen rato lleno de acción, efectos especiales y diversión.

La guerra de los mundos (Steven Spielberg, 2005)

La novela de H.G. Wells llevada ya al cine en 1953, logró su remake moderno de la mano del grandísimo Spielberg. No recuerdo que en cine me causara una gran impresión, pero viéndola de nuevo en mi casa, con el home cinema a buena potencia, reconozco que la he disfrutado mucho más de lo que recordaba. Incluso le he visto algunos puntos muy admirables, sobre todo en su primera hora.
No soy fan de Tom Cruise, lo cual ya merma mi objetividad con la película. Si a esto le añadimos que el papel de su hijo lo interpreta Justin Chatwin, a quien tengo crucificado por haber perpetrado a Goku en la risible “Dragonball Evolution”, el elenco actoral de la cinta queda muy lastimado. Spielberg lo compensa con una estupenda dirección con algunas escenas tremendamente impactantes y audiovisualmente perfectas, sobre todo en el arranque. La tormenta eléctrica y la primera y demoledora aparición del trípode marciano son estremecedoras, dignas de una película de terror más que de una de ciencia ficción. A partir de ahí comienza la desesperada lucha por la supervivencia del personaje de Cruise y su familia, en un mundo que está aterrado por la situación, que no entiende qué está pasando y que no es capaz de derrotar la amenaza que se cierne sobre ellos. La cinta pierde un poco de fuelle y se oscurece en su segunda mitad, cuando aparece el personaje interpretado por Tim Robbins y cuando las máquinas ya han dominado el mundo. No obstante, esta segunda mitad es más grotesca, más descorazonadora, presentando un mundo sojuzgado y devorado por una raza superior que los aplasta igual que nosotros a otras especies “inferiores” que no nos sirven más que de alimento. El final, fiel a la obra original, abre la puerta a la esperanza, como toca. Y en definitiva, la sensación que se te queda tras el visionado de esta película no es la de haber visto una obra maestra del género (la versión de los años 50, con muchos menos medios, sí que lo es), pero sí una buena película muy bien dirigida, sorprendentemente bien interpretada, con un aspecto visual fuera de serie, un interesante toque de horror, y cuya única lacra puede ser (aparte de Cruise) su ritmo decreciente que llega a causar un poco de sopor.

Farmacia de guardia: la última guardia (Manuel Estudillo, 2010)

Coge a algún personaje mítico de tu infancia, por ejemplo a Espinete, y sitúalo en una orgía homosexual de camioneros peludos que lo sodomizan sin piedad mientras le defecan en el pecho. ¿Ya has construido esa imagen mental? Pues no dista mucho de lo que fue para mí ver esta… este… esto llamado “La última guardia”. Yo, que me crié (como casi todos los críos de mi generación) viendo las tonterías de los Cano y los Segura, las divertidas situaciones y chascarrillos que eran el humor de aquella época y que tan buen sabor nos dejaban. Yo, que recuerdo a Guille como una especie de Bart Simpson a la española, a Lourdes como una divertida señora, a Adolfo como un mujeriego galán y vividor con un punto gracioso, y así con todos los personajes de los que guardaba gratos recuerdos de cuando la vida era más sencilla. Y ahora, he visto como los cogían a todos y los desmembraban, los convertían en burdas caricaturas de sí mismos, los deformaban, los ridiculizaban y vomitaban sobre ellos. No me cabe en la cabeza que se hagan cosas como estas. Nunca entenderé que se mancille así la memoria de una generación, esto sí que debería estar penado por la memoria histórica.
En fin, no merece la pena comentar más de esto, que ni siquiera tiene portada y he tenido que coger una imagen de por ahí. Solo recomiendo a cualquier joven de mi generación que vea esto y juzgue si es justo “terminar” así con una historia que ya terminó mucho mejor hace 15 años, sin meter con calzador infidelidades, lesbianas, embargos, y hasta a la puta Oreja de Van Gogh. Antonio Mercero estaría avergonzado. Yo lo estoy.
PD: mis respetos al colectivo gay de camioneros que me han servido para el símil. Esto no iba contra ellos.

Hombres de honor (George Tillman Jr., 2000)

El cine americano está lleno de héroes, algunos con mallas y capa y otros héroes de la vida real. Esta película narra la historia de uno del segundo grupo, alguien que superó todas las adversidades posibles y unas poquitas más, y cuyo nombre merece permanecer en la historia como un pionero en lo suyo.
Ese alguien es Carl Brashear, un joven negro que se alistó en la marina en los años 50 con la intención de ser buceador. Y en aquella época, el puesto de los negros en el ejército americano apenas tenía futuro fuera de la cocina. No obstante, con una tenacidad y un coraje a prueba de insultos, obstáculos y racismos, Brashear logró su objetivo y se convirtió en buzo para la marina, ganándose el respeto de los mismos compañeros y oficiales que le intentaron impedírselo. La peor parte viene a partir de ahí, cuando la tragedia se cierne sobre el pobre Carl, que ve su sueño truncado de raíz. Pero una vez más, su enorme determinación le permitió sobreponerse a cualquier adversidad y levantarse de nuevo, nunca mejor dicho, para acabar la historia con un final feliz típico del sueño americano.
Sin ser ninguna historia épica ni digna de Oscars, nos encontramos ante una película muy bien construida, bien estructurada, con interpretaciones a la altura (Cuba Gooding Jr., Robert De Niro y Charlize Theron no defraudan en tres papeles hechos para lucirse) y con la dosis justa de heroísmo y drama, que es lo que la cinta pretende transmitir. Nos acostumbraremos al entrañable personaje interpretado por Cuba, le tomaremos cariño al racista De Niro y a la relación entre ellos, y acompañaremos a los protagonistas en su viaje de ideales, superación, valor y, sobre todo, honor. A la americana, sí, pero una americanada que merece ser vista aunque no pase a los anales de la historia del cine.

Warlock, el brujo (Steve Miner, 1989)

Otra de esas películas de mi infancia, de las que comentaba con los amigos en clase y de las que te dejaban una huella indeleble en su momento. Y otra de esas películas, muy pocas, que vuelvo a ver y me demuestran que, pese a su estética pasada de moda y su cutrez no disimulada, ha envejecido muy pero que muy bien.
Narra la historia de Warlock, un poderoso brujo que, en el siglo XVII y justo antes de ser ejecutado, es transportado al siglo XX por el mismísimo demonio para reunir las tres partes de un libro que desataría el fin del mundo. Pero su tenaz perseguidor, Redferne, también viaja al futuro para acabar con él, con lo que nos encontramos con las interesantes situaciones de tener a dos hombres de hace tres siglos en la época moderna. Bueno, moderna para aquella época de discos de vinilo, cabinas telefónicas, pantalones de pitillo y calientapiernas, y peinados imposibles.
Vista hoy en día, caigo en que la historia tiene un tufillo a “Terminator” que tira de espaldas. El bueno y el malo viajan en el tiempo y aparecen envueltos en rayos y viento (esa escena es clavada al film de Cameron), la guapa Lori Singer asume el rol de Sarah Connor, etc. Pero los mejores puntos vienen de su no disimulada marca de serie B. Los vuelos del brujo son lo peor, pero de malos son entrañables. Las señales de brujería (nata que se corta, caballos que sudan, llamas azules, etc.), la historia del Gran Grimoire, la persecución sin tregua del brujo… Todo al servicio de una película que entretiene lo que otras ya quisieran, con interpretaciones que no chirrían y con escenas muy buenas de las que te acuerdas siempre. Todo gracias a un director consumado en el género, que deja muy patente que sabía cómo llevar una historia con tantas posibilidades como ésta.
Así que ya sabes, si te encuentras a un brujo descalzo, clava un clavo en su huella. Yo nunca salgo ya de casa sin un martillo y unos clavos. Por si acaso.

En lo profundo del bosque (Lionel Delplanque, 2000)

Del mismo modo que la película que vi ayer, esta cinta también se ancla en la mediocridad y en el olvido. Pero cuenta con un añadido, o dos: su terrible pretenciosidad, y la bajísima calidad de sus actores, por llamar de alguna manera a ese corrillo de niñatos que parecen sacados de cualquier compañía teatral de vecindario de marujas.
La historia trata de sostenerse con una puesta en escena surrealista y algo psicodélica que, al menos, deja patente que el director no es un completo inútil. No obstante, con un guión como el que tiene esta cinta, no se pueden hacer milagros, y ni Orson Welles hubiera podido sacar una buena secuencia con semejante libreto y semejante panda de inútiles delante de las cámaras. Pero lo más extraño es que el director y el guionista son… (Música de “Cabeza de viejo, cuerpo de joven”)… ¡La misma personaaaaaaaa! Sí señores, el tal Delplanque logró demostrar en la misma película, su primera y ÚNICA película, que tenía muy buenas nociones de cinematografía y de cómo construir una atmósfera rara e inquietante con un punto de surrealismo que aportara buen tono al terror. Pero, al mismo tiempo, demostró que no tenía ni puta idea de redactar un guión coherente. Los personajes actúan de forma estúpida, no por los actores, que merecen todos ir al corredor de la muerte sin juicio ni jurado, sino por lo que el guión les exige decir y hacer. Y aunque la historia hubiera dado para más (un grupo de actores que van a hacer una representación privada de “Caperucita Roja” para un rico barón y su hijo en una mansión perdida en medio del bosque y a merced de un asesino), lo absurdo de lo que vamos viendo y la indignación ante tan malas actuaciones y giros bruscos y estúpidos de guión se cargan lo bueno que pudiera tener la película.
En resumen, quizá está película sea más que mediocre y merezca estar en otra categoría. La categoría de quiero-pero-no-puedo, que es incluso peor. Esperemos que, si alguien vuelve a dejar dirigir una película al pobrecico Delplanque, no le dejen NI TOCAR el guión.

Morirás en 3 dias (Andreas Prochaska, 2006)

Desde Austria nos llega una producción que pretende imitar la exitosa fórmula de las explotadísimas películas slasher teen con asesino de turno, véase “Sé lo que hicisteis el último verano”, “Scream”, “Leyenda Urbana” y un larguísimo etcétera. El problema aquí es doble, puesto que no solo es un género supertrillado y que poco nuevo puede ofrecer, sino que esta incursión austriaca no es nada del otro mundo, además. Ya hemos visto asesinos vengativos que dejan notas, vídeos, e incluso que avisan a sus víctimas de que van a morir en una semana. Ahora, en plena era de la telefonía móvil, este asesino manda un SMS en el que advierte de que la palmarás en tres días.
Poco más merece la pena comentar esta película con la que confieso que pegué alguna que otra cabezada. Su desarrollo es lento, aunque salpicado de algún que otro sobresalto y de ciertos buenos toques de gore, pero ni sorprende ni asusta, y a mí al menos no llegó ni a entretenerme, que es lo mínimo que le exijo a una producción. Y el caso es que dio incluso para una secuela que no pienso ver, pero para mí es un título totalmente prescindible y sin nada a destacar, que se queda atorado en la anodina mediocridad de no ser demasiado buena ni demasiado mala.

Dirty Dancing (Emile Ardolino, 1987)

Qué decir de esta película, clásico ochentero entre los clásicos y objeto de suspiros de las niñas y adolescentes de la época y hasta de ésta. Un Patrick Swayze en estado de gracia se mete en la piel de un personaje para el recuerdo, un apuesto profesor de baile y medio gigoló para ricachonas que vive de su talento y de su aspecto, y cuya vida cambiará cuando conoce a Baby (Jennifer Grey), la hija de un acaudalado médico. En una suerte de historia moderna de Romeo y Julieta de esas que tanto gustan a las féminas (véase el éxito de “Crepúsculo”, que no es sino una extrapolada versión del clásico de Shakespeare), la sencilla historia realza los valores de no juzgar a las personas por lo que puedan parecer, puesto que incluso de mundos tan distintos puede surgir un amor sincero entre el ligón guaperas de turno y la inocente niña rica. A ritmo de una banda sonora llena de temas inolvidables que ya son clásicos (en especial la escena final con la coreografía de “The time of my life”), y con un montón de cumplidores secundarios y situaciones que contribuyen a engrandecer las personalidades de los protagonistas y lo bonito de la historia, puede que esta no sea la mejor película de la historia, pero todos la hemos visto, quizá para acompañar a la parienta, pero no neguemos que tiene su punto.