Ginger Snaps 3: el origen (Grant Harvey, 2004)

La tercera parte de las desventuras de las dos hermanas Ginger y Brigitte transcurre en el siglo XIX, y sirve para narrar el origen de la supuesta maldición según la cual una hermana se convertirá en lobo y la otra la matará. Después de una primera parte sorprendente y de una segunda de inferior calidad pero, aún así, medianamente entretenida sin pretensiones, el cambio de escenario a una época más propia de monstruos de leyenda favorece a la historia. Se aprovecha para retomar lo bueno de la primera y dar más protagonismo a la relación entre las hermanas, porque la segunda cojeaba en que Ginger apenas salía. Aún así, después de la secuela ya estamos cansados de que se alargue hasta lo innecesario un producto que quedó redondo en su primera entrega, así que ésta se hace un pelín aburrida. Y la fotografía oscura no ayuda, porque todo es demasiado gris, demasiado brumoso. También se pierde el elemento sexy de la primera, que tan bien funcionó, y se desaprovecha de nuevo a Ginger en ese aspecto. Los hombres lobo siguen estando bastante mal hechos en los primeros planos y en su movimiento supermecánico y antinatural, y el nivel de sangre y gore desciende también considerablemente. O eso me ha parecido a mí. No obstante, el maquillaje sigue siendo decente.
En fin, no es una película para crucificar, pero tampoco es de las que no hay que perderse. Es más de lo mismo, y demuestra que con "Ginger Snaps" acertaron y han querido repetir no una, sino dos veces. Pero el tiro no les ha salido tan bien ni de coña, y lo que tenemos es una franquicia que baja de nota en cada secuela. Por suerte no hay más, porque si no la nota empezaría a ser negativa, como en las interminables secuelas de "Aullidos".

Poder maldito (Gary Marcum, 1988)

Menudo pedazo de mierda más aburrido. No pasa nada durante toda la película, dura hora y media escasa y parece que dure seis meses. Los efectos especiales son... bueno, directamente no tiene, es todo una basura. Salen dos rayos que atraviesan a uno de los protagonistas y luego, al final, sale algo de maquillaje chungo para representar a los ¿demonios? ¿poseídos? Yo qué sé qué cojones son. Apestan. Y la fotografía es más oscura que la madre que la parió, todo el rato estábamos preguntándonos qué es lo que salía en pantalla porque no se veía una mierda.
Además, aunque me encanta el cine ochentero, esta peli es demasiado ochentera para cualquiera. La estética cutre, el grano de la cinta, la música de sintetizador y guitarras eléctricas, los cardados, el vestuario, las cuatro tetas que salen, los malos de risa que actúan a cámara lenta para que les disparen (jajajajajaja, por Dios), el demonio de chichinaborl, etc., etc., etc. Podríamos seguir todo el día. No tiene el encanto de "Demons", que es una cutrez adorable. Esto es una basura. No se salva nada. Los diálogos son lamentables, las situaciones no se las cree nadie, la sobreactuación es inmensa, y se nota que está hecha con cuatro duros y cero talento. Y encima es aburrida hasta decir basta. Ni para reírse vale. Y no entiendo tampoco el título, porque el original es "Through the fire", pero en el póster sale como "The gates of Hell (part II): dead awakening" (¿segunda parte? ¿Hubo una primera?) y se tradujo como "Poder maldito". Tócate los awakenings.
Y ya. Me ha queado muy corta la crítica, pero no tengo nada más que decir de esta bazofia que no sé por qué se molestan en ponerla en el Canal Buzz, ni en el OJO de ONO. Yo te diré en qué otro ojo la pondría...

Next (Lee Tamahori, 2007)

El hombre de la peluca y la cara impasible vuelve a la carga. En esta ocasión, ni su papel es tan esperpéntico, ni la película es tan condenadamente mala como otros despropósitos en los que se ha embarcado, con lo que el resultado final es totalmente aceptable.
La idea es interesante dentro de la ciencia ficción: Nicolas Cage interpreta a un hombre capaz de ver el futuro inmediato, tan solo un par de minutos más allá. O, más que ver el futuro, puede contemplar de una manera clarísima todo el espectro de posibilidades de cada uno de sus actos. Así, por ejemplo, puede visionar en su mente las mil maneras en que puede terminar una situación antes de que ocurra, y poder así elegir la correcta después de haber "vivido" el futuro de cada una. Ese don le convertirá en valioso para el gobierno cuando hay una amenaza terrorista en la que se verá inmiscuida la novia de Cage como rehén, con lo que él acabará convertido en una suerte de superhéroe para salvar la situación valiéndose de su don.
Como decía, la idea no es mala, y la ejecución se hace según los cánones del cine de acción. Cage y Jessica Biel se ven envueltos en persecuciones y escenas trepidantes que se suceden sin descanso, mientras Cage contempla posibilidades y hace el pamplinas por ahí. Lo siento, es que no lo aguanto demasiado desde "Ghost Rider". Pero realmente la película sirve de maravilla para pasar una sobremesa sin sucumbir a la modorra, porque tiene acción, efectos especiales pasables, y una historia llena de giros que, aunque bastante tramposos, te mantienen atento a lo que estás viendo. No se le puede pedir mucho más a una película de estas características, en la que hasta Nic Cage consigue dejar un poco de lado su enorme histrionismo y construir un personaje medianamente normal. Todo lo normal que él puede, claro, porque todos sus personajes recientes me parecen el mismo perro con distinto collar.

Paranormal Activity (Oren Peli, 2007)

Lo que se puede hacer con una buena idea y una cámara. La premisa y la puesta en escena recordará a muchos a la ya mítica "El proyecto de la bruja de Blair", pero ésta difiere de aquélla en un punto crucial: si te asustó la historia de los tres chicos perdidos en el bosque, es relativamente fácil mantenerse lejos del bosque para el resto de tu vida; pero ¿cómo mantenerte alejado de tu habitación de matrimonio, en la que pasas todas las noches a merced de ruidos, sombras y oscuridad? Pues amigos, después de ver esta película, acostarse tranquilamente al lado de tu pareja puede convertirse en todo un acto de fe. Sobre todo si eres el hombre.
Con ese aire de pseudo-documental que tan bien le funcionó a la bruja de los bosques y una campaña de marketing viral que tampoco tiene nada que envidiarle a aquélla, llega ahora a cines esta película pese a que fue estrenada en festivales en 2007. La historia es sencilla y, al mismo tiempo, escalofriante en su intención. Tenemos a Katie y Micah, una parejita joven y bastante acomodada, que vive en un precioso chalet dúplex. Pero hay algo, una presencia que les incomoda por las noches, algo que parece haber seguido desde siempre a Katie. Al listo de Micah, gran aficionado a la tecnología (no hay más que ver el plasma que se gasta en el salón), se le ocurre grabar con una cámara mientras duermen para ver si captan alguna actividad de esa presencia.
Y vaya si lo hacen.
La verdad, aunque el ritmo es lento y al principio no pasa nada o casi nada, hay que meterse en la película para pasarlo bien y mal a partes iguales. Lo mismo que con "El proyecto de la bruja de Blair". Si realmente te metes en la trama y empatizas con lo que les está pasando a los protagonistas, sufres con cada movimiento de la puerta, con cada sombra, con cada ruido desconocido, con cada encender y apagar de la luz... Después, por culpa del escepticismo y excitación de Micah (punto negativo de la cinta: la aparente tranquilidad con la que la pareja se toma lo que les está pasando, porque por más que expliquen que eso es algo que va con Katie y de lo que no se puede huir, yo, desde luego, no dormiría en esa habitación ni seguiría grabando, ni de coña, vamos), el fenómeno va aumentando. La presencia, como quien sabe que está siendo protagonista, se crece. Sus manifestaciones van siendo más obvias y más escalofriantes (el momento de las huellas en el talco es a-te-rra-dor). Se introduce un pequeño elemento dramático (el parapsicólogo), y un par de elementos esclarecedores de la obvia naturaleza malvada del ente (el momento de la ouija y el descubrimiento por internet de aquella mujer poseída). La cosa comienza a ponerse realmente fea e inquietante.
Y llegamos a la noche #20. Una de las mejores escenas de terror de la historia. De pensar que eso me podría suceder a mí una noche, me estremezco.
Y después el final. Finalón, deberíamos decir. Terrible, te pone los pelos de punta, aunque esa cara malévola sobre, porque está más que claro lo que ha pasado. Y he leído que en 2007 se estrenó otro final que difiere un poco a éste (la policía mata a Katie cuando la encuentran junto al cadáver de Micah), pero más o menos igual en su base. Y su base es de las que luego comentas y comentas con tu pareja, tus amigos, tu familia. No se irá de la cabeza. Eso, señores, es calar en el espectador. Y pocas películas lo logran.
En fin, resumiendo, que esto se está alargando más que la película. El sistema de la cámara doméstica sigue funcionando cuando la idea es buena, el rodaje correcto y la puesta en escena acertada. Igual que la de la bruja en su momento, esta es una película de terror sin monstruos, sin golpes de música, sin apariciones repentinas de criaturas de aspecto imposible. Terror psicológico a más no poder, la certeza de que hay algo y de que no puedes evitarlo, de que se hace más fuerte y de que está ahí, en tu propia casa, mientras tú duermes, metiéndose bajo tus sábanas, susurrando en tu oído. Terror POSIBLE. Me pone la piel de gallina solo pensarlo. ¿A ti no?

Gothic (Ken Russel, 1986)

Sobreactuación, paranoia, opiáceos, sexo libre y surrealismo se dan la mano en esta poco conocida y extrañísima película que versa sobre el decadente personaje del poeta Lord Byron. Más concretamente, sobre la noche de pesadilla alucinógena en la que Byron, acompañado de su fiel y homosexual amigo y biógrafo John Polidori, de su propia hermanastra, y de la escritora Mary Shelley y su marido, pasaron en la mansión de Byron entre bebida, laúdano y risas mientras que contaban historias de terror que desembocaron en una sesión de espiritismo que da pie a la trama central de la película.
Todos sabemos la historia de cómo Mary Shelley ideó su novela "Frankenstein", que nació precisamente de una reunión con Lord Byron, en la que se desafiaron a escribir un relato de terror y compararlo. Lo que no sabemos, y no sé hasta qué punto es cierto lo que vemos en la película, es la malsana atmósfera que rodea al personaje de Byron, con esa personalidad sadomasoquista y esas veladas de excesos, sexualidad sin tapujos y decadencia burguesa regada con alcohol y láudano. La tesitura de la película me ha recordado a "Saló o los 120 días de Sodoma", aunque el film de Pier Paolo Pasolini es, sin duda, mucho más explícito, crítico y visualmente inolvidable por su desagradibilidad y la crudeza de sus imágenes.
Aquí, el grupo de protagonistas que encabeza un joven Gabriel Byrne y un más joven Julian Sands, es retratado como presas de su propia decadencia y del ritual oscuro que llevan a cabo en la mansión, que exacerba sus temores y les conduce a una noche en la que sus peores miedos les atrapan en ese ambiente claustrofóbico en el que es difícil discernir si lo que vemos es real o, por el contrario, es producto de las drogas. Quizá demasiado confusa y surreal, la película no parece un fidedigno retrato de época, porque lo que cuenta y cómo lo cuenta, es demasiado increíble y alucinógeno; pero como película de terror tampoco cumple, pese a ciertos momentos de tensión y otros de imágenes profundamente desagradables y desconcertantes (aunque, insisto, nunca a la altura de la mencionada "Saló o los 120 días de Sodoma").
En definitiva, se trata de una extraña paranoia más del siempre caleidoscópico director Ken Russell, no exenta de cierta habilidad para crear malestar, pero demasiado rara para mi gusto. Que nadie pretenda entenderla como el supuesto origen auténtico de cómo nació la idea para "Frankenstein" al pie de la letra, porque es un relato psicotrópico cuya principal misión es causar cierta repulsa e inquietud en el espectador.

Jackie Brown (Quentin Tarantino, 1997)

Habiendo visto toda la filmografía de Tarantino y quedándome solo ésta por ver (que fue su tercera película), no puede evitarse comparar. Hay que tener en cuenta que "Jackie Brown" está realizada después de que Tarantino hubiera alcanzado ya el estatus de director de culto tras sus dos obras maestras "Reservoir Dogs" y "Pulp Fiction", y en esta tercera cinta intenta marcarse un pequeño cambio de registro que hace que su película parezca menos suya. No obstante, si bien en la dirección encontramos menos planos característicos (ojo, y con menos no quiero decir que no haya, que los hay, sino que todo es más sutil), en el guión encontramos a un Tarantino en estado de gracia, que construye una trama compleja, algo liosa, de ritmo lentísimo que va atando cabos fiel a su estilo, y llena de diálogos absolutamente antológicos.
Los personajes, como siempre, se mueven por la codicia y la ambición. No hay ni uno solo que sea bueno en el estricto sentido de la palabra. La protagonista, una extrañamente sexy Pam Grier en el papel que da nombre a la cinta, hace de una azafata que realiza trabajitos para Ordell, un traficante de armas (magnífico Samuel L. Jackson que se merienda interpretativamente en la película a quien le ponen por delante, incluso a Robert De Niro) y que acabará trabajando para la poli para no ser acusada ella misma. En ese meollo, Jackie decidirá montarse un plan perfecto para quedarse con el medio millón de dólares de Ordell, ayudada por un fiador genialmente interpretado por Robert Forster. El ritmo es lentísimo y el metraje algo excesivo, a ratos creemos no estar avanzando nada, pero la trama va cogiendo cuerpo y hay que decir que los últimos 45 minutos son espectaculares. Solo se disparan 6 o 7 tiros, no hay masacres ni violencia que no sea verbal, pero el crescendo del clímax es soberbio, culminación perfecta de una historia sobre un plan perfecto.
Por supuesto, como es marca de la casa, la película se apoya, aparte de en su guión sólido como una roca y en esos actores que Tarantino siempre sabe recuperar, en el homenaje. Homenaje que, en esta ocasión, Tarantino le brinda al cine protagonizado por negros de los setenta, la conocida blacksplotation que dejó títulos tan míticos en aquella época (yo siempre me acordaré de "Blackula" o, un poco más tardía, de "Acción Jackson") y al cine negro como género, con su trama de traiciones, mafiosos de medio pelo y planes redondos. La banda sonora es perfecta, acompañando a los personajes en sus larguísimos planos de paseo, de conducción, o de pensamiento. Brillante la selección de temas setenteros de grupos y solistas negros que hace Tarantino, de quien nunca deja de sorprenderte los conocimientos que demuestra tanto cinematográficos como musicales.
Así pues, hay que darle una oportunidad a esta película por mal que hayas oído de ella. No vas a ver al Tarantino de sus dos primeras películas, ni al que hemos visto más recientemente en "Malditos Bastardos", ni por supuesto y gracias a Dios al Tarantino de "Grindhouse". Vas a ver a un Tarantino maduro, haciendo una película a la vieja usanza, con personajes a la vieja usanza, guión de impecable factura y una dirección de actores magistral que convierte incluso al más insulso secundario en imprescindible. ¿Que no es "Pulp Fiction"? Pues claro que no. Y ese es el problema, que si "Jackie Brown" la hubiera dirigido cualquier otro, ya sería considerada también obra de culto. Pero es de quien es, y al comparar... sale un poco perjudicada. Solo un poco.

Doce hombres sin piedad (William Friedkin, 1997)

Doce actores y un decorado sirven para demostrar que el cine es un noventa por cien guión. Y de guión, esta película va sobradísima. "Doce hombres sin piedad" (o "Doce hombres enfadados", que sería su título original y que me parece muchísimo más acertado) es una adaptación de una obra de teatro, algo totalmente lógico viendo el entorno cerrado donde se desarrolla y los pocos medios visuales que necesita para contar su historia. Una historia que se apoya exclusivamente en un guión magistral lleno de diálogos brillantes y giros acertadísimos, y en las interpretaciones de ese puñado de actores, todos caras conocidas de la televisión y el cine, capitaneados por un monstruo como Jack Lemmon y por otro como George C. Scott, cada uno representante de esos dos bandos que se forman.
La sencilla idea de un jurado de doce personas que tienen que deliberar sobre un caso de asesinato aparentemente chupado, se complica progresivamente cuando uno de ellos expresa la cantidad de lagunas, vacíos, carencias y errores que la defensa del acusado ha tenido. El enfado de los otros once y sus prisas por terminar irán dando pie a esos diálogos sensacionales en los que Lemmon convence, sin pretender forzar a nadie, de que no pueden mandar a la muerte a una persona solo por tener ganas de irse a hacer sus quehaceres y sin estar completamente seguros de su culpabilidad. La exposición de Lemmon no puede ser más calmada y sobria, mientras que la tensión crece y la duda razonable se siembra a medida que vamos viendo las incongruencias de las pruebas y los testigos presentados por la fiscalía. Cada jurado tiene su propia razón para su veredicto, algunos porque realmente creen culpable al acusado y otros por motivos raciales, de desidia, o personales. Solo Lemmon trata de exprimir los hechos y demostrar que puede que sea culpable, pero que no pueden estar seguros. De esta forma, la crítica al sistema penal norteamericano (y a cualquiera, realmente) queda lanzada. Cuesta muy poco mandar a un hombre a la muerte o a la cárcel de por vida, y hacer lo correcto cuesta tiempo y energía.
Sin banda sonora, sin efectos especiales y sin más que páginas y páginas de diálogo y una hábil dirección, poco o nada tiene que envidiar este remake televisivo al original de 1957. Realmente son idénticos, aunque en éste la cámara está más en medio de la acción, como si el director paseara entre los actores, dotando a la película de una sensación de interacción con el espectador, que pronto se decantará por un bando o por otro. No le pesa, por tanto, estar realizada en formato telefilm, porque insisto en que lo bueno que tiene esta historia es precisamente eso: su historia. Y con un director como William Friedkin en estado de gracia, los actores que intervienen y el magnífico libreto que sostiene todo el peso de la película, es muy difícil que salga mal.
Así que esta versión de "Doce hombres sin piedad" me ha servido para recordar la importancia de coger una historia y contarla de forma que atrape. Y me ha dejado con ganas de revisitar el clásico de los cincuenta, aunque solo sea por comparar.

Pandorum (Christian Alvart, 2009)

Tras un prometedor debut con "Antikörper, el ángel de la oscuridad" y su incursión en Hollywood con la sosa "Expediente 39", el cineasta Christian Alvart decide, para su tercera obra, valerse del copy-paste. No de una manera descarada e indignante como lo suele hacer la productora "The Assylum" con sus mockbusters (algunos absolutamente recomendables para una noche de descojone, como "I am Omega", "Alien VS Hunter" o la inconcebible "Transmorphers"), sino de una forma homenajeadora-plagiadora.
En "Pandorum", tras su aparente buena idea, tenemos un montón de buenas ideas que ya hemos visto si somos algo aficionados a la ciencia ficción y el fantástico. La idea de las naves espaciales en las que sucede algo inquietante no es un monopolio de nadie, pero la enorme nave Elysseum recuerda, y bastante, a la oscura y retorcida Nostromo de "Alien: el octavo pasajero", con esos pasillos lóbregos y llenos de cables y recovecos interminables. La misión de la nave y el catastrofismo de la película (la Tierra está tan poblada que hay que emigrar a otro planeta habitable que está a 123 años de viaje) me recordó a "Sunshine", aunque ésta carece de la magnífica banda sonora del film de Danny Boyle. La atmósfera que se respira no puede ser más similar a la de la magnífica "Horizonte Final", todo un referente del género le pese a quien le pese, e incluso el personaje de Dennis Quaid tiene cierto paralelismo con el que interpretaba Sam Neill. Después tenemos a las criaturas que acechan y asesinan a los tripulantes, muy similares en aspecto y agresividad a los bichos de "The Descent". Y así sucesivamente, la película no plagia nada, pero sí que se inspira en tantas cintas buenas tomando de ellas lo que le conviene, que el visionado de "Pandorum", aunque entretenido, no tiene nada de nuevo. Las interpretaciones son adecuadas y la puesta en escena es muy buena, hay correctos momentos de tensión y violencia y el giro final, aunque previsible, está bien llevado. Insisto en que esta película no tiene realmente ningún problema, y quizá la hubiera disfrutado más si no hubiera visto ya tanto cine, pero como iba captando al vuelo todo aquello que le había servido como referente, pues me quedé con un poco de cara de tonto.
Momentazo también el del final, cuando las cápsulas de salvamento desafían completamente las leyes de la física (vedlo y lo entenderéis) y los supervivientes no revientan por la descompresión. Pero en fin, fallos de guión aparte y aún con su obvia falta de ideas originales, "Pandorum" es una de esas películas que pueden disfrutarse sin problemas. Su mayor carencia es que todas aquellas cintas en las que se inspira causaron una impresión indeleble en mí, y sé que ésta, dentro de cuatro días, se me habrá olvidado.

Ginger Snaps 2 (Brett Sullivan, 2004)

Hace unos días comenté la buena impresión que me había causado una para mí desconocida película de hombres lobo llamada "Ginger Snaps", que evité ver durante años pensando que sería la típica teen movie de terror. Y prometí ver sus dos secuelas, promesa que ya he comenzado a cumplir.
De primeras, debo decir que la secuela no es tan fresca como su primera parte, pero quizá las malas críticas que había leído me habían hecho esperarme algo aún peor. La historia continúa donde se quedó la primera, con Brigitte, la hermana de Ginger, encerrada en un centro de desintoxicación por su adicción a la droga Capucha de Monje, que la mantiene humana y evita que se transforme en lobo. Encontramos la película más oscura y sin ese toque de humor negro de la primera. Pretende ser más angustiosa y crea una atmósfera sucia llena de personajes desagradables y con un ambiente grotesco. Además de todo, Brigitte se verá perseguida por otro hombre lobo que tiene la intención de aparearse con ella, con lo que la joven (acosada también por visiones del espíritu de su hermana) decide huir en compañía de una niña más loca que la madre que la parió, mientras que el licántropo continúa su asedio y Brigitte su lucha por no transformarse.
En general, la película ya no sorprende, no hay casi apariciones del lobo ni escena de transformación, ni apenas tintes gore. Se nota que esto es una explotation de lo que fue una película resultona, y se sigue intentando tirar de la franquicia. No obstante, y aunque es un poco más lenta que la primera parte y mucho más predecible, sigue siendo entretenida y se deja ver, y sirve como cierre (con final abierto incluido) a la desgraciada historia de las hermanas Ginger y Brigitte. Curiosamente, la tercera parte parece tirar por otros derroteros y no ser directamente una secuela más, lo cual me resulta curioso, así que ya os contaré.

Luna Nueva (Chris Weitz, 2009)

Como una moderna versión de “Romeo y Julieta” en versión vampírica, esta segunda parte de la saga Crepúsculo continúa con la difícil historia de amor entre Edward y Bella, vampiro y humana. No hay Montescos ni Capuletos, pero la idea es la misma, los dos mundos opuestos e incompatibles de los dos enamorados; uno es un no-muerto que bebe sangre para existir y que lleva más de 100 años de existencia; la otra es una adolescente normal y corriente que solo quiere estar con él para toda la eternidad aunque ello suponga que deba convertirse también en vampiro. En esta segunda parte, el romance, como todo conflicto que se precie, obtiene un nuevo vértice para darle algo de emoción. Entra ahí la figura de Jacob, un joven indio quileute enamorado de Bella y que será su paño de lágrimas cuando Edward la abandone después de que su familia casi se la coma (que son vampiros, al fin y al cabo, aunque brillen a la luz y solo coman animales). Pero claro, Jacob no es solo un jovencito más, sino que pertenece al clan enemigo de la familia de Edward: los licántropos. Con lo cual, el conflicto romántico continúa desarrollándose en una tesitura sobrenatural.
A grandes rasgos, la película es mejor que su predecesora. Sin ser buena, es entretenida, y la historia tiene el interés suficiente para engancharte. Ha mejorado, y mucho, el aspecto visual, con mejor maquillaje (por fin los vampiros parecen vampiros y no enfermos terminales) y mejores efectos visuales, especialmente en los hombres lobo. La relación de amistad entre Bella y Jacob mantiene por sí sola la película durante la ausencia de Edward, que en esta segunda parte no pinta nada. Además, la incursión de esa familia real vampírica, los Vulturi, ejecutores de la ley de los vampiros, da juego a la última parte de la cinta y seguro dará más juego en el futuro, igual que el recién descubierto poder de Bella de “apantallar” los poderes psíquicos de los vampiros, que parecen no tener ningún efecto en ella.
No faltan tampoco escenas para el público femenino mayoritariamente consumidor de las novelas y de las películas. Jacob se pasa toda la película sin camiseta (y no me extraña, porque se ha puesto como un toro para 16 años que tiene) y continúan dándole a Edward esos planos ralentizados para que las niñas se regodeen la vista. El personaje de Robert Pattinson sigue siendo más cursi que dormir con gorro, con frases que harían vomitar a un gato, pero que incomprensiblemente logran los suspiros de las féminas que ven en él al hombre perfecto. Pero dentro de lo que es esta saga, hay que reconocer que en esta nueva entrega han pensado un poco más en los sufridos novios y maridos que vamos a verla, y la película no es tan pastelona, cansina y corintelladesca como cabría esperar. Con una historia correcta, interpretaciones decentes y los tintes de acción justos, no hay que cometer el error de condenar a “Luna Nueva” solo por ser lo que es. Si se le da una oportunidad y se mira más allá del asqueroso fenómeno fan que ha suscitado, es una película entretenida.

Wishmaster 3: la piedra del diablo (Chris Angel, 2001)

Lo que empezó como una interesante y original versión del típico cuento del genio de la lámpara pero filtrado por la mente de Wes Craven, alcanza en esta tercera entrega cotas de esperpentismo y mamarrachez difíciles de superar. La idea es la misma: chica que por accidente despierta al Djinn y se ve forzada a pedir tres deseos que acabarán desatando legiones de demonios en la Tierra. Pero ahora, aún siendo esto descaradamente una producción de serie B, el cutrismo es exagerado. Tenemos actorcetes de segunda entre los que encontramos a un montón de don nadies y algún rostro conocido (la prota femenina, por ejemplo, es una de las agentes del equipo de la estupenda serie “Mentes criminales”; se conoce que, antes de lograr ese papel, también tenía que comer… Y el huésped humano del Djinn es el hijo de Sean Connery, que va de guaperas como su padre y lo que parece es un fontanero), tenemos un Djinn que parece Coto Matamoros recubierto de gomaespuma (¡lo juro, miradle la cara, es clavado a Coto Matamoros!), una dirección penoseta y un guión que vaya tela. Imperdonable el momentazo en el que la chica invoca al espíritu de San Miguel y éste acaba en el cuerpo del inútil de su novio, actor malo donde los haya. No hay por dónde coger las carreritas, espada en mano, de ese supuesto ángel acompañado de la chica, o los diálogos que se marcan. Irrisorio. Tampoco falta la ración gratuita de destape, con tetas cada 20 minutos para que la cosa no decaiga. Y el final no puede ser más evidente. Quizá se salvan cuatro efectos especiales de maquillaje medio gore que no están mal, y que la película es cortita y no llega a aburrir (aunque sí a avergonzar), pero en general esto es un claro ejemplo de lo mucho que se puede seguir estirando una saga cuando la empieza alguien con un poco de nombre como Craven. Película de usar y tirar, para reírse de lo maleta que es y pasar un rato entretenido sin absolutamente ninguna pretensión cinematográfica. Yo la recomiendo para echar unas risas.

This is it (Kenny Ortega, 2009)

Seas o no fan de la música de Michael Jackson, es necesario apreciar el enorme talento artístico de este desaparecido cantante, compositor y bailarín. Un hombre que, extravagancias, cirugías y juicios extraños aparte, se ha alzado en la historia como indiscutible rey del pop, un título más que merecido para cualquiera que le haya visto sobre un escenario. Yo no soy precisamente su mayor admirador, aunque un CD con sus mejores éxitos siempre ha sido un must en mi coche. No obstante, atraído en grandísima parte por el morbo de su muerte y de poder verlo en sus últimos coletazos artísticos, me dispuse a ver esas oportunas grabaciones de los ensayos de su cancelada gira que se han convertido adecuadamente a formato docu-película póstuma.
Y así, "This is it" no es más que precisamente eso, ensayos y más ensayos de Michael sobre el impresionante escenario que iba a ser su hábitat durante esos 50 conciertos que hubiera dado de no morirse a unos días del estreno. Sorprende encontrarse a esa caricatura de persona, de extraño y antinatural color de piel, de facciones deformadas y confusas a golpe de bisturí, moviendo su esqueleto con una naturalidad que solo él sabía imprimir a su cuerpo. Sus movimientos, que han creado escuela de imitadores y seguidores, siempre parecen medidos, perfectos, al ritmo de la música que el propio Jackson se encargó de componer y que él mismo retoca y adapta junto a los técnicos de sonido. No hay golpe de sonido al azar, no hay efecto aleatorio, todo es parte de un enorme espectáculo que gira en torno a la voluntad del artista. Impresionante el conocimiento musical que demuestra en estos seleccionados cortes, en los que Jackson se manifiesta como conocedor de cada nota, de cada acorde de sus temas, y sabedor de cómo y en qué momento conviene que suene un teclado, un punteo o que se encienda un haz de luz enfocando su cuerpo, que aunque escuálido, no parece el de un hombre tan enfermo y narcotizado como lo pintaban. Al menos, no aquí.
Durante casi dos horas, los ensayos muestran algunas de las canciones más representativas del intérprete, casi himnos para su legión de seguidores. Sorprendentes especialmente los despliegues de efectos visuales para temas como Smooth Criminal, They don't really care about us, o el impresionante tratamiento 3D para Thriller. No menos espectacular el tema Billy Jean, uno de los estandartes de Jackson (aunque en estos ensayos no se marca su espectacular y archiconocido moonwalker), el medley de temas de los Jackson 5, o el que cierra la película, The man in the mirror. El problema, quizá, es que en estos temas más cañeros encontramos superpuesta a las imágenes la voz del Jackson de los discos, mientras que en otros más suaves sí escuchamos la voz del Jackson que estaba sobre el escenario. Una voz mucho más débil, a menudo demasiado forzada en falsete, y a momentos incluso chirriante y desagradable, aunque él siempre insiste en todo momento que no pretende forzarla y que solo canta calentando voz, reservándose para la gira. Sea como sea, se nota mucho cuando escuchamos un tema pregrabado y cuando escuchamos el directo.
Por lo demás, "This is it" ofrece morbo y buena música a partes iguales, convierte al hombre en aún más mito, y cierra el telón, definitivamente, para esta leyenda del pop.

Sweeney Todd, el barbero diabólico de la calle Fleet (Tim Burton, 2007)

Tim Burton, ese rarito cineasta que también logra imprimir a todas sus obras una atmósfera reconocible desde el primer fotograma, se atrevió con el género musical y no podía haberle salido mejor. Pero obviamente no nos iba a contar una bonita y colorida historia sobre la belleza interior ni sobre la amistad, sino que nos contó una de las más sangrientas y divertidas historias de venganza que podamos imaginarnos. La historia de la leyenda londinense (cuya auténtica existencia está en duda) de Benjamin Barker, un barbero que fue injustamente encarcelado por un juez enamorado de su esposa, y que regresó a Londres a los 15 años para cobrarse su venganza, reabriendo su vieja barbería y rajando cuellos a diestro y siniestro, mientras su secuaz, dueña de una tienda de empanadas, se valía de la carne de los cadáveres para medrar en el negocio.
Con un aire tétrico, filtros oscuros y azulados y una estética burtoniana a más no poder, lo que más sorprende de esta película es que los actores de siempre de Burton también hayan resultado dos formidables cantantes. Helena Bonham Carter da vida a la Sra. Lovett y Johnny Depp a Sweeney Todd, el barbero asesino. Impresionante el chorro de voz que sacan los dos y extraordinarias sus interpretaciones, especialmente la de Depp, un actor que parece haberse especializado en esos papeles oscuros, amargados, serios y, en esta ocasión, divertidamente terroríficos. La secuencia de rebanamiento de cuellos a ritmo de "Johanna" mientras Sweeney se divierte con su nueva y tuneada silla, es delirante. Y la canción de la Sra. Lovett contándole a Sweeney lo que quiere para el futuro de los dos, es un maravilloso contraste de luz a raudales frente al tono gris del resto de la cinta, y además es impagable la jeta que tiene Depp durante toda la canción, buenísimo.
Mezclando ese toque divertido con un humor negro como la noche y un toque siniestro y malvado como pocas, con estupendos personajes que se quedan en la memoria, una historia magnífica, interpretaciones que rozan lo genial y lo superan, y una dirección brillante cargada de detalles magistrales (qué bueno también el uso de la sangre rojísima, como témpera, para que contraste deliberadamente con el resto de la fotografía), la historia del barbero de la calle Fleet es uno de los mejores films de Tim Burton, uno de los mejores musicales que he visto, y sin lugar a dudas la mejor actuación de Johnny Depp hasta la fecha.

2012 (Roland Emmerich, 2009)

El calendario maya termina el 21 de diciembre de 2012. Este hecho aparentemente banal, sirve como excusa para que todo tipo de fanáticos y estudiosos se atrevan a profetizar que el mundo terminará precisamente ese día. Aunque no sé, cada año se termina también un calendario y seguimos adelante, ¿no?
De todas formas, Roland Emmerich se ha valido de la agorera fecha para crear la más orgiástica de sus orgías destructivas. Lo que comenzó en “Independence Day” y continuó a mayor escala en “El día de mañana”, alcanza en “2012” proporciones descomunales. ¿Y qué destruye Emmerich en esta ocasión? Pues todo. No deja títere con cabeza. Millones y millones de dólares al servicio del CGI han servido para recrear cómo sería la destrucción de la Tierra, que se atribuye a unas partículas subatómicas emanadas por el Sol y que funden el núcleo terrestre provocando el desplazamiento masivo de la corteza. Y se ha conseguido hacer de una manera visualmente insuperable, transformando el Armagedón absoluto en el espectáculo audiovisual definitivo. Volcanes estallando, el parque de Yellowstone hundiéndose pedazo a pedazo, California derrumbándose como un castillo de cartas y hundiéndose en el océano, el Tíbet arrasado por un tsunami, Washington devastado por un portaaviones, el Vaticano desmoronándose por un terremoto de escala 9… Los lugares más representativos del mundo se convierten aquí en víctimas de la obsesión destructiva de este director alemán que debe odiar a los Estados Unidos más que a nada en el mundo, porque siempre lo convierte en escombros. Y en esta película va varios pasos más allá, y amplía su malsana afición por arrasar a todo el planeta.
Me resultó enormemente curioso que Emmerich se plagia a sí mismo toda la película. Los personajes son los mismos que las otras dos películas suyas que mencionábamos. Cortados exactamante igual. Tenemos al protagonista separado que se reconciliará con su ex durante la catástrofe. Tenemos al loco gracioso que sabe desde el principio lo que va a pasar pero nadie le hace caso. Tenemos al novio de la ex del protagonista, que es un pedazo de pan y nos caerá bien, pero que sabemos a ciencia cierta que la va a palmar. Tenemos al científico que descubre el pastel. Tenemos a un presidente de los Estados Unidos que no puede ser más bueno, noble, valiente y patriótico. Y así sucesivamente, podemos extrapolar cualquier rol de “Independence Day” o “El día de mañana” y seguro que lo encontraremos en ésta con otro nombre. Quizá la única variación es que, en ésta, Emmerich debió quedarse sin cosas que autoplagiarse y decidió plagiar directamente a otros. Así, la última parte de “2012”, desde que los protagonistas entran en las arcas, es una especie de amalgama entre “La aventura del Poseidón” y “Titanic”, tan descarada que sonroja.
Pero en fin, esta no es una película de argumento ni de interpretaciones, ni mucho menos de guión. Emmerich dirige como sabe, que solo es de una manera y no es buena, pero es efectiva (no es Michael Bay, gracias a Dios). Exceptuando cuatro momentillos en los que el melodrama se hace algo aburrido, la acción no deja respirar, y no podremos dejar de sorprendernos de cuán bien pueden representar el fin del mundo los ordenadores. Fantasmada tras fantasmada, burrada tras burrada y mentira tras mentira, para ver “2012” hay que dejar fuera de la sala de cine (porque esto hay que verlo en el cine más grande y atronador que se pueda) todo sentido crítico y rendirse al espectáculo puro y duro que es ésta, la película de catástrofes definitiva.

Ginger Snaps (John Fawcett, 2001)

Creía haber visto de todo en el cine de hombres lobo, pero me agrada confesar que esta película ha sido una sorpresa de lo más fresco. Quizá no me había animado nunca a verla temiéndome que fuese una payasada adolescente más en la que la licantropía solo fuera una excusa para el despliegue de tetas, sexo y estupidez. Pero no es así. Aunque los principales protagonistas de esta historia son adolescentes, y a pesar de que la sexualidad es un tema casi tan central como la propia licantropía, ésta se trata de una manera muy sutil, y el mito del hombre lobo sirve como una especie de metáfora de la transformación de niña a mujer que experimenta Ginger. La metamorfosis de Ginger es progresiva, y con ella su cambio de carácter, su evolución de adolescente rara y obsesionada con la muerte, a mujer sexualmente activa y, finalmente, a depredadora asesina. En medio de todo eso, su rarísima hermana parece ser la única que tiene claro lo que sucede. Curiosa también la cura para el virus de la licantropía, a base de hierbas naturales, o el hecho de que el germen del hombre lobo pueda transmitirse como una ETS (de nuevo clara metáfora de la adolescencia).
Salpicada de escasos y buenos momentos gore, de un humor negro y totalmente adecuado para la historia, y de efectos especiales de maquillaje más que decentes, mientras la cinta avanza casi podemos llegar a olvidarnos de que es una película de hombres lobo y disfrutar de su guión bien llevado a base de buen pulso narrativo, de interpretaciones correctas y de una buena dirección. Y la gran secuencia final también deja un estupendo sabor de boca, con lo que la película es de esas de las que te arrepientes de haberla prejuzgado por culpa de su poster. Ahora me la tendré que jugar y ver las dos secuelas que tiene, a ver si tengo tanta suerte como con ésta.

C.S.I. Las Vegas: peligro sepulcral (Quentin Tarantino, 2005)

Este doble episodio de “CSI Las Vegas” contó con la dirección de Quentin Tarantino, y no veas lo que se nota. Para empezar, la historia es como una ampliación de uno de los cortes de “Kill Bill Volumen 2”, aquel en el que Uma Thurman es enterrada viva. Pues aquí, un resentido familiar de una de las detenidas gracias a los chicos de Grissom, se convierte en ejecutor de una macabra venganza, cuando secuestra a Stokes y lo entierra vivo en un ataúd de metacrilato. Sus compañeros comenzarán entonces una contrarreloj para encontrarle, mientras que el pobre Stokes se debate entre la angustia y la locura, las hormigas se lo comen vivo y el pánico le hace pensar en suicidarse.
Encontramos en toda la cinta destellos tarantinianos, pese a que los dos episodios que conforman esta “película” no dejan de tener el clásico tratamiento de la serie. Pero Tarantino dejó su sello con diálogos formidables entre los personajes (fantástica la secuencia de Stokes hablando con el negro, que no sé cómo se llama, en las taquillas), algunos planos típicos del cineasta, y ese toque de humor negro e ironía que caracteriza las producciones de Quentin. El ritmo de los episodios es tremendo, imparable, toda una montaña rusa de emociones, angustia, claustrofobia e investigación. Y el final, perfecto, creíble y coherente con el tono del episodio. Y por cierto, no haber seguido nunca la serie no es excusa para no disfrutar de esta historia individualmente, porque a todos nos sonarán los personajes. Y aunque no sea así, da lo mismo, porque a los diez minutos ya los verás familiares y simpatizarás con ellos, sobre todo con el pobre desgraciado de Stokes.
Así que, amantes de “CSI”, quizá estos sean los dos mejores episodios de la serie. Y amantes del cine, no os perdáis la oportunidad de ver a Tarantino filmando en un medio que no es el suyo, y convirtiéndolo también en suyo.

Ed Gein (Chuck Parello, 2000)

Jamás la historia de un perturbado asesino había resultado tan aburrida. Y es una lástima, porque ahora mismo, buscando en Internet algo de información sobre la verdadera vida y milagros de Gein, me he encontrado con que la realidad superó con creces lo que esta ficción muestra, cuando normalmente suele ser al revés, que el cine exagere los hechos para "peliculizarlos". Pero en esta ocasión, la película se aborda desde una perspectiva muy diferente, mostrando con un ritmo soporífero y una aburrida fotografía oscura y casi sin color, la enferma mente de Edward Gein y tocando casi de pasada sus crímenes.
Y es evidente que, enfermo, lo estaba un rato. Gein fue criado por una madre fánatica religiosa para la que cualquier cosa era pecado, y que sometió a constante martirio psicológico y físico a su hijo. Al morir la madre, Ed despertó una peligrosa esquizofrenia que le hizo creer que su madre estaba con él, que podía resucitar a los muertos, y quién sabe qué chaladuras más. El caso es que este paleto granjero (que, además, parecía tener también síndrome de Diógenes por cómo tenía la granja) empezó a exhumar cuerpos de mujer, a realizarse mobiliario, ropa y accesorios para la casa con sus huesos, cráneos y piel, y llegó a matar a por lo menos dos mujeres después de que su madre se lo ordenara.
Esta historia espeluznante ha servido de inspiración para muchas posteriores, desde la "Psicosis" de Hitchcock, a "La matanza de Texas" de Hooper o a "El silencio de los corderos" de Demme. Y hay que concederle el beneplácito de que recrea hechos sucedidos en los años cincuenta, una época en la que la gente se escandalizaba con más facilidad y en la que personajes como Ed Gein eran insólitos. Con esto no quiero decir que los crímenes y conducta de Gein no fueran atroces, sino que asesinos posteriores como Bundy fueron mucho más prolíficos y violentos sin ser, propiamente dicho, unos enfermos. Y su película, además, infinitamente más entretenida.
En conclusión, se trata de una película que explora la mente del que quizá sea el primer asesino en serie descrito, y lo hace centrándose en la personalidad de Gein, en su locura, en los antecedentes que la desencadenaron, y muy mínimamente en los horrores que cometió. No encontramos gore, ni violencia demasiado explícita, quizá sí algo de desagrado y repulsa ante su casa, su manera de ser y su forma de vida, pero ante todo nos encontramos con un anodino e insignificante personaje al que la historia le ha puesto en un pedestal que no le corresponde.

Spider-Man 3 (Sam Raimi, 2007)

El villano que más estaban esperando los ansiosos fans del arácnido, era Venom. Un alienígena simbionte que se fusionaba con el traje de Spider-Man y le dotaba de mayor poder, pero corrompía su mente volviéndolo malo y agresivo, y que acabaría convirtiéndose en villano por su cuenta al fusionarse con un adversario de Parker. Para esta película, Raimi decidió introducir a Venom. Pero también decidió recuperar al hijo de Osborn como nuevo Duende Verde. Y también decidió meter un tercer villano, al Hombre de Arena. Y también decidió marear la perdiz convirtiéndolo en el asesino del tío Ben. Y también decidió meter con calzador y sin necesidad a un personaje tan crucial para Spidey como su primer amor, Gwen Stacey.
Demasiadas decisiones para una misma película. ¿El resultado? Una precipitada mezcla de situaciones que se acaban resolviendo de forma un tanto precipitada, acelerada, desaprovechando situaciones y personajes que hubieran dado para mucho, muchísimo más.
Audiovisualmente hablando, de nuevo esta película vuelve a sorprender. La calidad de los efectos especiales y sus mejores y más largas escenas de acción resultan espectaculares. Ahora gran parte de la acción transcurre de noche, en un tono más oscuro como el que propone la película, pero que le quita el colorido y claridad que las otras tenían. El problema nos lo encontramos en el argumento, que al haber querido contar tanto y de tanta gente, se antoja como que expone mucho y no resuelve nada o lo resuelve como puede. La pelea con Venom es demasiado corta, cuando podría haber sido tremenda; el conflicto emocional de Peter con el Hombre de Arena y la historia de su tío Ben, se resuelve en una pseudolacrimógena escena que no pega; ídem con el conflicto Peter-Harry-Spidey-Duende Junior. La breve aparición de Stacey queda en el aire tras la avergonzante escena en el club nocturno, como avergonzante es toda la secuencia de Parker "poseído" por la chulería del simbionte. ¿En qué estaban pensando para plasmar la maldad con Peter bailando por la calle y con el pelo como si le hubiera lamido una vaca?
Pero no todo es malo, claro. La película sigue siendo enormemente entretenida, divertida, llena de acción. Adolece de que esos mismos personajes que eran estupendos en las anteriores, son bastante patéticos en ésta, y de que los nuevos ni pinchan ni cortan. Pero no desesperemos, Raimi puede hacerlo mejor, y seguro que en la próxima, si Tobey Maguire consigue mantenerse sobrio hasta entonces, volveremos a disfrutar de un espectáculo a la altura de la segunda. Un error se le permite a cualquiera.

Spider-Man 2 (Sam Raimi, 2004)

Dicen que segundas partes nunca fueron buenas. Pero a veces pueden ser estupendas.
Amparado en el braguetazo que pegó con la primera, Raimi se creció con esta secuela. Y le otorgó de todo lo bueno que tuvo la primera (que no fue poco), dotándole de mejores y más conectadas escenas de acción y, sobre todo, del anteriomente mencionado "toque Raimi" del que careció la anterior. Un toque Raimi que podemos encontrar, por ejemplo, en la formidable escena del despertar de Doc Ock en el quirófano, una escena en la que encontramos el inconfundible estilo de dirección que caracterizó "Evil Dead", inclusive con guiños a los fans con esa motosierra que aparece por ahí. Raimi se lo curró para darnos lo que queríamos, y se las ingenió para encajar una escena "suya" en una película en la que, aparentemente, no podía tener cabida.
Los personajes de esta segunda parte siguen siendo profundos, interesantes y divertidos. Si acaso, se me antoja que Peter es demasiado desgraciado para mi gusto, aunque sin duda está al servicio de esa dicotomía emocional que intenta transmitir su personaje. Y M.J. es, quizá, demasiado ligera de cascos, pero eso también es un clásico. Los mejores aciertos son los personajes de J. J. Jamieson y de Doc Ock; uno por la vis cómica que aporta en todas su escenas, y el otro por la profundidad de su personaje, el de científico que se vuelve villano y que acaba siendo héroe de nuevo en esa redimidora catarsis final. No sé si esta es la primera peli de superhéroes en la que se ha humanizado tanto al villano, pero sin duda es en la que mejor plasmado queda.
La acción, además, es ahora trepidante y sin fallos, y los efectos especiales, aunque aún obviamente informático, cantan menos gracias al avance de la tecnología (lo que dan de sí dos años, coñe...). La escena del tren es impresionante, aunque un poco exagerada para quienes conozcan de las limitaciones del personaje de Spider-Man (que debería haberse quedado sin brazos). Así que podemos afirmar que "Spider-Man 2" es incluso más divertida que la primera, con más humor, acción y romance, y prueba de que su éxito con la primera no anquilosó a Raimi, sino que lo espoleó a mejorarse a sí mismo en la secuela.
¿Qué le pasó en la tercera, entonces?

Spider-Man (Sam Raimi, 2002)

Muchos nos quedamos un poco sorprendidos de que el elegido para llevar a la gran pantalla a un personaje de cómic tan conocido como Spider-Man, fuese Sam Raimi. Su nombre estaba demasiado asociado al cine de terror como para que su incursión en un género tan distinto como el de superhéroes fuera acertada.
Bueno, pues para ser sinceros, lo fue, y mucho. Pero todo tiene un precio, y el que se pagó es que "Spider-Man" es la película menos "Raimi" de Sam Rami.
La historia es bien conocida por todos, y la primera media hora podría considerarse brillante en su presentación de personajes, con ese piltrafilla de Peter Parker convirtiéndose en un superpoderoso hombre con poderes de araña (el sueño de todo friki). Después, aún con pulso firme en la narración, Parker decide sacar provecho al asunto y se desencadena la muerte de su tío. Hasta aquí, la película discurre de forma perfecta. Incluso con la presentación de la némesis (estupendo Willem Dafoe, con esa cara que tiene y que tan bien le va al papel), que nace paralela a Spidey en una suerte de equilibrio cósmico entre bien y mal (lo cual nos hace preguntarnos si Osborn se hubiera vuelto tan loco si Parker hubiera recibido la picadura de la araña).
Además, el motor de la historia no es el conflicto héroe-villano, sino más bien el romance entre Peter y Mary Jane. Su historia, sin resultar empalagosa, es tierna y romántica, con algunas escenas muy buenas como la del beso boca abajo. Esto da un toque diferente a la película, en la que el romance entre los protagonistas y el intimismo de la narración es casi tan importante como la acción.
Pero la acción... ahí tenemos el problema. En las escenas de acción encontramos un montaje abrupto, con muchas escenas que terminan de una forma demasiado rápida, como si faltara algo. Son varias, no es una sola, así que cada cierto tiempo tenemos esa sensación de que la cinta avanza a trompicones. Además, los efectos especiales son espectaculares, sin duda, pero es demasiado evidente que están hechos por ordenador. La informática aún no ha conseguido que los movimientos humanos parezcan humanos, y eso se nota muchísimo en esta película.
Lo peor es que le falta ese toque Raimi, como decíamos, y la mano del director apenas se nota en un par de zooms, algunos planos, y en la incombustible presencia de Bruce Campbell como cameo de lujo para frikis atentos. Por lo demás, poco se puede criticar negativamente, y es de notar que Raimi homenajeara al referente máximo, el Superman de Richard Donner, en la estructura de su obra (el inicio con la muerte del padre/tío, la primera aparición pública multitudinaria con rotura de camisa incluida, etc.).
Concluyendo, "Spider-Man" no es una obra maestra, pero es una entretenida película de acción y aventuras con personajes bien hechos y que se deja disfrutar, y mucho, pese a sus fallitos, que también los tiene.

Imago Mortis (Stefano Bessoni, 2009)

La tanatografía se supone el arte de capturar, como una suerte de fotografía, las imágenes que quedan impresas en la retina de alguien que muere repentinamente. Se dice que hubieron algunos estudiosos de este método que llevaron a cabo experimentos (por no llamarlos asesinatos) y que lograron resultados increíbles capturando las primeras "fotografías" mediante este cuestionable sistema.
Resulta difícil que una película con una premisa tan interesante como esta, se pueda convertir en un aburrido y pretencioso ejercicio de... de nada, como éste.
Pretencioso por su fotografía en tonos ocre para interiores y grisáceo para exteriores que pretende (supongo) recrear una atmósfera antigua y tétrica. ¿Lo que consigue? Cansarte la vista a los 5 minutos.
Pretencioso por su dirección plagada de planos que pretenden ser buenos y que dan risa (que no dejen trabajar más a Stefano Bessoni, por favor). Por su montaje inconexo y que da saltos absurdos que aún te sacan más de la historia (en ocasiones creía que había saltado el DVD a otra escena, os lo juro). Más pretencioso aún por la interpretación de los actores jóvenes que aparecen, en especial de la sonriente nieta de Chaplin (que lo único que hace es ser guapísima y estar buenísima, porque talento = 0) y del imbécil ese de Alberto Amarilla, un antiactor que no dice nada aunque se pasa toda la película en pantalla (aunque reconozco que puede que la labor de doblaje aún lo haya fastidiado más, porque si esa vocecilla de nena que suena es la suya... ahí sí que apaga y vámonos).
Pretencioso por querer resolver el conflicto de la película en 5 minutos sacándose un nuevo héroe de la manga, en uno de los clímax más absurdos que podamos imaginarnos. O por su momento final a lo "Entre Fantasmas", para tratar de dar un innecesario toque feliz al final, cuando lo único feliz es que la película se termina.
Pretencioso porque ha conseguido que dos buenos actores como Geraldine Chaplin (qué graciosa es esta mujer) y Álex Angulo pasen por la pantalla con más pena que gloria. Y eso es porque cuando se participa en una producción de mierda, dirigida por alguien que no tiene ni idea de cómo encarrilar a los actores, pasa lo que pasa: que le queda grande.
Así que, como dirían los Baldwin de "South Park": ¿sabéis qué es lo mejor de esta película? ¡Nada! ¡¡NADA!!

Arma Perfecta (Mark DiSalle, 1991)

En los noventa, hubieron un par de títulos míticos que introdujeron nuevas artes marciales a los ávidos espectadores del cine de acción que ya estábamos hartos de ver los mismos estilos una y otra vez. Una de ellas, de la que hablaré algún día, fue la conocidísima "Sólo el más fuerte", con un Mark Dacascos en su mejor momento, que nos hizo alucinar -y a muchos partirse la crisma emulándolo- con aquella lucha-danza brasileña llamada "Capoeira". La otra fue ésta, que a través de una típica historia de venganza y conflicto familiar, presentó al mundo de una forma totalmente publicitaria las enseñanzas, virtudes y filosofía de un atractivo arte marcial bastante desconocido y sumamente eficaz: el Kenpo Karate.
Su protagonista no podía ser otro que Jeff Speakman, maestro de Kenpo donde los haya. Este americano estudió con los más grandes y puede enorgullecerse de estar en el World Martial Arts Hall of Fame, con lo que no estamos ante un pamplinas cualquiera sino ante uno de los grandes maestros de este siglo. Alguien que podría patearle el culo a los Van Dammes de turno sin moverse de un metro cuadrado, vaya. Después de "Arma Perfecta", Speakman continuó trabajando en el cine aunque sin demasiado éxito, en películas de acción de serie B. El por qué de su no-éxito puede deberse a que su estilo de lucha, aunque tremendamente efectivo, no es especialmente espectacular en pantalla (salvo por el técnico y rudo uso de los palos que demuestra), y a que Speakman padece un problema de retención de líquidos que le hace engordar considerablemente (aunque la gordura no fue un problema para otros como Steven Seagal...).
Para la dirección se contó con un habitual del género y responsable de otros títulos no menos míticos del cine de artes marciales, como "Contacto Sangriento" y "Kickboxer", ambas protagonizadas por el repartehostias más grande de la década, el amigo Jean Claude. Y de la película en sí poco más se puede decir, salvo que si te gusta este género, no puedes perdértela. Olvídate de guión, interpretaciones, fotografía, dirección y demás tecnicismos cinematográficos. "Arma Perfecta" es lo que es, y está bien tal y como está.

Misery (Rob Reiner, 1990)

Cuando un escritor yace postrado en la cama de una granja en medio de ninguna parte, incomunicado, con las piernas destrozadas por un accidente de tráfico e incapaz de moverse, y al cuidado de una rotunda mujer que clama ser su fan número 1 y que demuestra claramanente estar como una chota, mal asunto se le viene encima.
En 1990 llegaba esta adaptación de una de las mejores novelas de Stephen King. Una novela que no desvaría por derroteros fantásticos y que se centra en un horror real, angustioso, opresivo, claustrofóbico y mucho más palpable. El horror de un hombre totalmente impedido que se ve a merced de una persona desequilibrada y sádica que lo someterá a una constante tortura 24 psicológica horas al día. Todo parece agradable al principio, aunque desde el primer momento el personaje de Annie Wilkes, bordado, que no interpretado, por Kathy Bates, da mal rollo. Le vemos algo raro, algo bajo la superficie, algo que parece estar oculto detrás de esa fachada de devoción y dedicación por su "paciente". Empezamos a dudar cuando la escuchamos hablar del personaje literario creado por el pobre escritor, una tal Misery, heroína de novela rosa y auténtica obsesión de Annie. El paroxismo definitivo llega cuando Annie lee la última novela de Paul, en la que Misery muere, y Annie se revela como la malsana obsesa que es. A partir de ese momento, la angustia está presente en cada plano, con Paul (un también magistral James Caan que expresa con la cara lo que sus líneas no dicen) tratando desesperadamente de lidiar con los cambios de humor y los brotes psicóticos de su cuidadora, totalmente incapaz de enzarzarse en una pelea física y contando solo con su intelecto para sobrevivir. Hay momentos sobrecogedores, especialmente el momento de "hacer cojo" a Paul, una impactante escena que no se olvida. Vemos evolucionar a los dos personajes paralelamente en una espiral de autodestrucción y autodeterminación. Annie sabe que tiene poco tiempo y que solo hay un final; Paul, en cambio, sobrevive día a día e intenta estar más fuerte para aguantar un último asalto.
Así que, además del duelo entre los dos personajes, "Misery" ofrece un duelo interpretativo entre dos grandes actores, aunque el combate se lo lleva el enorme registro de emociones del lunático personaje de Bates. Por su magnífica plasmación de la atmósfera claustrofóbica y de impotencia que transmitía la novela, y su estupenda descripción de personajes, "Misery" es una de esas películas que no hay que perderse.

The Hidden (Oculto) (Jack Sholder, 1987)

Detrás del aparente convencionalismo que se puede esconder tras la historia (policía y agente del FBI que se ven obligados a aliarse para atrapar a un asesino), "The Hidden" es una imaginativa aventura de ciencia ficción que toca un interesante palo. Y lo hace mezclando ideas ya vistas (no cabe duda de que el argumento evoca a "La invasión de los ladrones de cuerpos" o "La Cosa" e incluso tiene cierto aire a la primera "Terminator" en sus personajes), pero de una forma original. Resulta así una entretenida amalgama de género policíaco y ciencia ficción, con casi todos los tópicos de ambos: desde la pareja de policías que no se tragan, al alienígena conquistador de mundos. Pero la dinámica de esta cinta es enormemente entretenida, llena de momentos memorables y con un divertido toque de humor negro que aporta el personaje interpretado por Kyle MacLachlan, que resulta inocente y atontado en la carcasa humana que emplea para camuflarse y perseguir a su adversario.
Los dos alienígenas aparecen muy bien definidos y contrapuestos como bien y mal. No son pocos los paralelismos que podemos sacar entre ellos, como que a los dos les encantan los coches deportivos, aunque la preferencia del bueno son los Porsche, y la del malo, los Ferrari y la música dura. Además, como buen y avispado malo, el alienígena criminal pronto entiende la cadena de corrupción humana, que se sustena en los eslabones del dinero, los coches, el sexo, y el poder. Así que se le ocurrirá que el mejor cuerpo para acabar poseyendo, es el de un político en alza.
Con buenos FX ochenteros de esos que causaban furor en Sitges y buenas interpretaciones principales, la película se ve en un suspiro y es de las que enganchan. La remata su estupendo final en el que aún queda más patente la naturaleza distinta de cada extraterrestre, pues donde uno mata a su huésped, el otro le da la vida. En definitiva, estamos ante otro de los imprescindibles del fantástico de los ochenta y gran influencia para el cine posterior. Que se lo pregunten a los directores de "[REC]2", si no.

Enterrado vivo (Frank Darabont, 1990)

Recuerdo con claridad que esta película me causó una gran impresión cuando la vi en mi infancia. Su título es un gran gancho para cualquier aficionado al fantástico, pero la realidad es que la historia no pasa de ser un thriller y de terror tiene bien poco. Lo que sí tiene, y mucho, es buen hacer por todas partes, especialmente en la dirección. Y hoy en día no me sorprende, porque este fue el primer largometraje (realizado directamente para televisión) de Frank Darabont, que después se convertiría en responsable de varias de mis películas favoritas, como "Cadena Perpetua", "La milla verde", o la más reciente "La Niebla", todas basadas en relatos de Stephen King. Darabont dejaba ya patente, pese a las lógicas limitaciones que presenta el formato telefilm, su talento para contar historias e imprimirles atmósfera, algo de lo que no muchos cineastas pueden presumir. En esta historia encontramos una atmósfera de angustia batida con humor negro, para conformar un cuento de venganza de los que se quedan en la memoria.
La premisa es simple: tenemos a Clint, un buen hombre casado con una mala mujer, la cual se compincha con su amante para matar a su marido. Pero el veneno, lejos de matarlo, lo deja en un estado de coma durante un par de días, y el bueno de Clint se despierta en su ataúd la misma noche después de su entierro. Aterrador panorama, ¿no? Pues a partir de aquí, tras la genial salida de Clint de su tumba (y la no menos genial cadena previa de circunstancias que propician su "resurrección", desde la denegación de la autopsia o velatorio al ataúd de madera podrida), la película cambia de tercio. Clint deja de ser tan bueno y decide vengarse de la pécora de su esposa, pero pegarle un tiro a ella y a su amante sería demasiado fácil. Y el amigo Clint se curra su venganza, una venganza cargada de mala folla, de ironía y de, para qué negarlo, justicia de la de la ley del Talión. Justicia servida con mala baba, para qué mentir, pero justicia al fin y al cabo.
Con buenas interpretaciones de Tim Matheson y de Jennifer Jason Leigh, hay que destacar el buen ritmo de la narración, toques como la relación entre Clint y su amigo el sheriff, y la perfecta y maquiavélica ejecución de su venganza que se marca el protagonista. Al final, tenemos el único final feliz que puede haber, aunque no sea feliz para todos. Pero en cierto modo, cada uno acaba recibiendo lo que se merece, y eso solo sucede en el cine. Así que recomiendo esta película al que no la haya visto.

Kill Bill: Volumen 2 (Quentin Tarantino, 2004)

Con los personajes presentados -y la mitad de ellos muertos-, La Novia continúa su camino de venganza, implacable, hasta llegar al jefe final: Bill. Como si fuera un beat'em up, por el camino va avanzando, progresando, matando, y llegando cada vez un poquito más cerca de su destino, del enfrentamiento definitivo contra el hombre que le destrozó la vida y al que, irónicamente, continúa amando.
Superar lo hecho en el Volumen 1 era difícil, pero Tarantino lo consigue a base de mucho más diálogos de los suyos (espectacular el último acto entre Bill y Beatrix, con esas conversaciones mientras preparan un sándwich, hablando de Superman y de su naturaleza y de las razones por las que pasó lo que pasó), dejando episodios enteros totalmente inolvidables. La historia del enterramiento viva de La Novia es tremenda, claustrofóbica, atrapadora. Curioso que, después de "Kill Bill", Tarantino fuera reclutado para rodar el doble episodio de "CSI Las Vegas" en el que Strokes es precisamente enterrado vivo. Además, el enterramiento de Beatrix sirve como pretexto para que se nos muestre en flashback un nuevo capítulo que es el entrenamiento que recibió a manos de un maestro chino, Pai Mei. Pedazo de cacho de trozo de homenaje al cine chino de artes marciales en todo este capítulo. El aspecto de Pai Mei, sus diálogos, la forma en que se atusa la barba y como se mueve, el entrenamiento, su filosofía, esos planos con vertiginoso zoom a la cara del maestro... es todo un ejercicio de estilo y conocimiento de ese ya obsoleto género que fue el rey hace cuatro décadas, y encima lo consigue hacer a ritmo de música de western. Para flipar, vamos.
Lo mejor de esta secuela es que se profundiza mucho más en los personajes, que cobran mucho más sentido. Conocemos la historia de la masacre de Dos Pinos en ese primer episodio brutal en blanco y negro, avanzamos hasta el desierto para dar matarile al desgraciado de Bud y llegar hasta el enfrentamiento con Crótalo de California (tremenda Daryl Hannah), última parada hasta llegar al pez gordo del estanque: Bill, un también estupendo David Carradine. Otra vez, igual que hiciera con Travolta, Tarantino rescató del arroyo al antiguo protagonista de "Kung-Fu" para este papel que también comparte cierta filosofía y homenaje con el de la vieja serie de televisión. En el clímax, totalmente tarantiniano con los dos personajes sentados a una mesa y dialogando antes de matarse (qué bueno el toque final de los cinco puntos de presión), llegamos a un final feliz después del tortuoso camino de La Novia. Pero es que, encima, después del peliculón que hemos visto, los créditos a ritmo de "Malagueña Salerosa" no son menos espectaculares. Y te quedas pensando que, si un tío es capaz de mezclar spaguetti western con cine chino de artes marciales, flamenco, música setentera, anime, y que encima le salga una obra maestra de cuatro horas en dos partes... joder, es que hay que ser muy, pero que muy bueno.

Kill Bill: Volumen 1 (Quentin Tarantino, 2003)

Si tuviera que destacar tres cualidades de Tarantino, serían las siguientes: que es un gran cinéfilo y un gran melómano. Y estas dos cualidades le confieren, en parte, la que es su tercera: ser un genio a la hora de contar una historia.
En "Kill Bill" volvemos a encontrar lo mejor que este hombre sabe hacer con una cámara, que es convertir una historia aparentemente de serie B, en una película antológica. Y suelo gastar poco la palabra "antólógica", pero la ocasión lo merece. La historia de la venganza de La Novia, contada por capítulos con el habitual estilo de Tarantino, te atrapa desde el principio, aportando siempre la información justa para que la trama vaya avanzando a la par que el metraje, para que vayas conociendo a los personajes, lo que hicieron, y lo que les espera. Retrocedemos y avanzamos en el tiempo sin que el montaje resulte nunca confuso. Tarantino se permite, incluso, meter un cuarto de hora de anime para narrar la historia de O-Ren de la mejor manera posible. Vamos conociendo a la protagonista, una espectacular Uma Thurman en su mejor papel, el de la novia sin nombre apodada Mamba Negra, ex miembro de un equipo de asesinas perfectas (que a los aficionados al cine de Tarantino le recordará enseguida a las protagonistas del piloto de "La Bella Fuerza 5" que la propia Uma, en el papel de Mia Wallace, le contaba a Vincent Vega en "Pulp Fiction", en un ejercicio de cohesión en su filmografía por parte de Tarantino que pocos cineastas serían capaces de permitirse). Además, continúa homenajeando a sus géneros favoritos, el spaguetti western de toda la vida (si Leone levantara la cabeza abrazaría al amigo Quentin por mantener más vivo aún si cabe su recuerdo) y el cine de artes marciales chino de los sesenta-setenta, aunque eso quedará aún más patente y perfecto en el Volumen 2, como luego comentaremos.
Por supuesto, tampoco falta el humor mordaz e inteligente que este cineaste siempre imprime en sus guiones, tan característico ya de la casa. Tenemos la "Coñoneta" (aunque suena mucho mejor "Pussy Wagon" en versión original), tenemos diálogos brillantes y escenas que, sin palabras, son magistrales, como la entrada de la hija pequeña de Cascabel en la cocina justo después de que La novia haya matado a su madre. Antológica, y repito la palabra prohibida por segunda vez, toda la escena de la lucha contra los 88 Maníacos (nombre de éstos con clara referencia nazi, otro ejercicio de cohesión de Tarantino, que siempre manifestó su inclinación a hacer una película sobre el Reich, cosa que cumplió hace bien poco), donde la sangre es tan exagerada y la coreografía tan pasada de vueltas como en el buen viejo cine asiático, y con el paso al sutil blanco y negro que aún le da un toque más especial a la escena. Y antológica, por tercera vez, la banda sonora escogida por el propio Quentin, seguramente de entre los vinilos de su colección. Al igual que con el homaneje al cine asiático, la banda sonora también gana más puntos en la secuela.
En fin, llamar obra maestra a "Kill Bill" serían meras palabras. Y encima el Volumen 2 es aún mejor.

Jack Brooks, cazador de monstruos (Jon Knautz, 2007)

Bajo un título tan poco sugerente como éste, se esconde una de las películas de serie B más divertidas que he tenido el gusto de ver recientemente y, espero, el inicio de una franquicia que verse sobre este personaje.
Jack Brooks es uno de esos personajes que no se olvidan. Un triste fontanero que tiene brutales ataques de rabia en los que se pega con quien tenga delante, aporrea su coche o destroza cosas. Todo ello provocado por un trauma infantil reprimido, cuando de pequeño vio morir a su familia a manos de un monstruo en el bosque. Casualmente, su profesor de química en las clases nocturnas acabará poseído por un corazón de demonio y transformado en un monstruo de aspecto a lo Jabba, el de Star Wars, con el poder de convertir en demonios-zombies a quienes atrapa. Así que Jack entenderá, como una revelación, que tanta ira y mala leche están destinadas a dejar a un lado la grifa y las tuberías y enfrentarse a sus demonios en el sentido más literal de esa expresión.
No cabe duda de que la película es un disparate a conciencia, muy en la línea de humor-terror de "Terroríficamente muertos". Y se nota que el director es fan de Raimi, no solo por los demonios que aparecen, sino por el cachondeo que rezuma toda la cinta, y por la escena final en la que Jack se arma de sus artilugios de fontanero, rodada con esos primeros planos cortos tan conocidos por los seguidores del cine de Raimi. Coño, si hasta el poster es como el de "El ejército de las tinieblas", con esos abdominales photosopeados.
No olvidarnos tampoco del mítico Robert Englund como el profesor de química convertido en monstruo, con un papel divertido y conseguido. Sin duda esta película es una apuesta entretenida y audaz, todo un homenaje al buen cine de serie B de zombies, demonios y antihéroes, y con un personaje que, si estuviéramos en los ochenta, seguro que se convertiría en mítico como Ash. Bueno, quizá no tanto como Ash, que eso son palabras mayores. Pero mola mucho.

King Kong (Peter Jackson, 2005)

Yo soy el primero que siempre digo que los clásicos son los clásicos. Que la mayoría de las veces es innecesario hacer un remake de una película porque, casi siempre, el resultado es más grande en medios pero mucho más pequeño en todo lo demás.
Pero de pronto llegó Peter Jackson con su versión de "King Kong" y tuve que callarme la boca.
Casi tres horas y cuarto dura la versión extendida que vi ayer, y no voy a entrar a comentar que puede que sea, además, el mejor Blu-ray realizado hasta la fecha tanto en imagen como en sonido. "King Kong" es un auténtico espectáculo para los sentidos, perfecta en la ejecución y con un contenido más que a la altura. Encontramos en ella tres partes muy diferenciadas, que son la introducción y el viaje, la isla (parte central, más larga y más espectacular) y la ciudad. Jackson, fiel a su estilo, no ha escatimado en detalles. La ciudad de Nueva York de los años 30 aparece recreada a la perfección, tanto sus calles, su iluminación, sus vehículos o su moda. El viaje en barco sirve para presentarnos a los personajes, que nos caerán simpáticos. Brody no realiza un papel como el de "El pianista", claro que no, pero es que esta película no va de eso, criticones. Naomi Watts está acorde a su papel, aparece bellísima, pero sin ese toque de putón que le dieron a su mismo papel en la versión de los setenta con Jessica Lange. Hasta Jack Black lo hace bien, porque su personaje de director ambicioso y embustero te cae mal desde el principio y te va cayendo peor conforme lo conoces.
Entonces, cuando empiezas a pensar que la travesía marina se te está haciendo larga, llegamos a la isla. Conocemos a los nativos, a las increíbles criaturas que viven en la Isla Calavera, y sobre todo a Kong, rey indiscutible del lugar. Hay que quitarse el sombrero ante los efectos especiales. La isla es una maravilla, desde los árboles hssta los atardeceres, todo realizado por ordenador de forma perfecta. Pero sobre todo con cómo está hecho el gorila, sus movimientos, su cara (que Jackson tomó del desaparecido Copito de Nieve del zoo de Barcelona), su expresividad y lo que transmite. Es increíble cómo un efecto de ordenador se convierte no en un personaje más, sino en protagonista de la historia de forma aplastante. Toda la acción de la isla es un manual de cómo hacer cine de aventuras de la mejor calidad, tan sumamente trepidante y divertido que hasta dejas pasar los excesos, las fantasmadas, las hostias y meneos que reciben los protagonistas sin hacerse un solo rasguño. La secuencia de Kong luchando contra los tiranosaurios es, simplemente, magistral, igual que la nueva secuencia añadida de los peces gigantescos. Son escenas que nos permiten contemplar todo lo que puede ofrecer la informática y la alta definición al servicio del cine.
Después la acción regresa a la ciudad que nunca duerme, a Broadway, a ese teatro en el que el rey se convierte en esclavo, y del que escapa cuando cree ver de nuevo a su chica. Magistral la huída del gorila y la escena del baile en la pista de hielo entre Kong y Anne, la pareja con más química de la película. Después, el conflicto final entre bestia y tecnología, con evidente resultado. Y sentenciando la película, que no es más que otra metáfora de la bella y la bestia, la frase de Black: "fue la belleza lo que mató al monstruo".
En definitiva, un cuento de más de tres horas que pasan en un suspiro, con personajes bien construidos aunque un poco intrascendentes, salvo Anne y Kong. Sobre todo Kong. Acción, aventuras, romanticismo, algo de drama y un toque de comedia, con una de las puestas en escena más impresionantes (si no la más) que he visto nunca. "King Kong", de Peter Jackson, es tan grande como su protagonista. Enorme.

Aparecidos (Paco Cabezas, 2007)

Con dos actores principales y casi únicos, se desarrolla esta historia que pretende dar una explicación que quede bien en pantalla a algunas de las desaparaciones de la dictadura militar argentina e integrándolo dentro de una historia de tinte sobrenatural. Así, el guión nos embarca en la aventura junto a dos hermanos españoles que acuden a Argentina a firmar la desconexión de su padre de las máquinas que lo mantienen vivo. Los dos hermanos, criados en España desde pequeños, decidirán hacer un viaje por el país para llegar a la casa donde nació el más pequeño de los dos, y en el camino empezarán a encontrarse visiones inquietantes sobre un matrimonio asesinado y relacionadas con un extraño libro que parece el diario de un torturador (y que le entregan al hermano de forma no menos inquietante). Con estas pocas líneas ya podemos imaginarnos lo que hay detrás de todo, y quién es el autor del diario y malo de la historia, pero hay que reconocer que está hecho con bastante estilo y con interesantes giros argumentales. Se queda muy pobre en la parte artística, que solo salva la actriz Ruth Díaz, que no queda tan sobreactuada como Javier Pereira. El guión, en cambio, resulta bastante inteligente, y aunque desde el principio nos olemos gran parte de la historia, hay una parte de la misma que sorprende y que no hace aguas. Igualmente los efectos especiales están bastante conseguidos y la parte final en el hospital tiene cierta tensión hasta llegar al final demasiado feliz, pero efectivo, muy a lo "El sexto sentido". Así que "Aparecidos" es una buena recomendación de cine español a la nueva usanza, de terror moderado y elevadas pretensiones que se quedan a medio camino... pero se agradecen.

De repente, un extraño (John Schlesinger, 1990)

Esta película podría convertirse en la pesadilla de cualquier casero. No en vano, encuentro en ella cierta crítica al sistema legal que protege al inquilino aunque no pague y que relega al propietario del inmueble a un cero a la izquierda. Y bien mirado, es toda una putada si te toca un inquilino como el que interpreta Michael Keaton en esta historia, un tipo sin escrúpulos que se dedica a vivir a costa de ciertos chanchullos y trapicheos, a base de identidades falsas y de labia para camelar a la gente hasta que, una vez establecido, no se le puede echar fácilmente. En esa situación se encontrarán el matrimonio formado por Melanie Griffith y Matthew Modine, que alquilan el piso bajo de su enorme mansión victoriana para poder hacer frente a la hipoteca. Lo que pasa es que, tras rechazar a varios inquilinos (uno de ellos un negro que, irónicamente, resulta ser después el detective a cargo de su caso), acaban arrendando a Keaton, aparentemente un cortés, educado y solvente hombre de negocios que, en realidad, es un vividor y un criminal. Este personaje se adueña del lugar, provoca a la pareja, especialmente al chico, para conseguir todo tipo de rebajas, inmunidad, y hacerse prácticamente intocable como okupa legal dentro de casa ajena. La verdad es que la desesperación de la pareja está muy bien captada, así como el carácter frío y miserable de Keaton, que borda su papel y que se nos antoja tan despreciable como debe. La tensión va in crescendo hasta que en el último acto se cambian las tornas, y el personaje de Griffith se convierte en cazadora y el de Keaton en víctima de su propio juego. Al final, típico conflicto físico que se resuelve de la típica y única forma posible. Pero de todas formas, nos encontramos ante un eficiente thriller de principios de los noventa, que juega con una idea diferente para crear la atmósfera desesperante y a su malo malísimo.

The Messengers (Oxide Pang Chun y Danny Pang, 2007)

Tipiquísima historia de casa encantada y familia bien que se muda a ella con la mejor de las intenciones y que acaba fastidiada. No merece demasiado comentario ni para bien ni para mal, porque se sustenta en una sucesión de escenas "terroríficas" cimentadas en golpes de sonido y apariciones repentinas, creando sobresaltos y nunca tensión ni terror. Y por si fuera poco, muchas de esas escenas se inspiran tan directamente en otras películas que ni siquiera originalidad tenemos. Solo basta ver el aspecto de los fantasmas, que parecen (y hasta se mueven) como el niño-gato de "La maldición", en un momento en el que el cine oriental de terror y sus remakes hollywoodienses estaban en lo más.
No hay tampoco nada despreciable ni elogiable en su dirección, ni en su guión, ni en sus interpretaciones. Se emplea al típico niño para crear más tensión, pero ni por esas. El giro final en el que los fantasmas solo querían cobrarse su venganza contra el auténtico malo no cuela, porque... ¿para qué putear al resto de gente de la casa? Además, el padre es apuñalado por la espalda con una horca y luego es el que salva la papeleta, en uno de esos reveses de "me-he-quedado-sin-personaje-y-ahora-qué-hago" tan a lo "Cut".
Así que lo único que se puede decir de esta película es que es más sosa que el arroz blanco, no aporta nada al género, no es original, ni sorprendente, y solo puede concedérsele que no es aburrida y que al menos es entretenidilla, pero nunca como para pagar por verla. Una de esas películas que pasarán delante de tu pantalla y que, en un par de meses, no recordarás si has visto.

American Beauty (Sam Mendes, 1999)

Sin ninguna duda esta es una de mis películas favoritas por muchísimas razones. Como aficionado al cine bueno, regular y malo, me fascina la maestría con la que está rodada, con un uso de la cámara brillante, una fotografía espectacular y una banda sonora perfecta. Me fascina su guión inteligente y lleno de verdades como puños, con una crítica constante y acertada de la sociedad americana y su "modo de vida americano", ese que defiende Superman y que tan perjudicado sale aquí. A los americanos les dicen que tienen que cumplir sus sueños, tener un buen trabajo, una casa, un coche, formar una familia. Siempre ascender, siempre ser mejores, siempre prosperar. Pero todo se convierte en una burda caricatura cuando la ambición y el hastío convierten a esas familias acomodadas y grises en meros estereotipos, en marionetas que bailan al son que llevan toda la vida escuchando. Sus vidas son tan anodinas que actúan como robots, y buscan fuera lo que tienen dentro. Ignoran a sus hijos, se ignoran entre ellos, detestan sus estupendos trabajos, codician al vecino.
Y en medio de todo eso, se despierta Lester Burnham, quizá el mejor personaje cinematográfico de los últimos años, interpretado de manera perfecta por quien, también quizá, es uno de los mejores actores de los últimos años, Kevin Spacey. Lester se revela contra su clase, contra esa nueva burguesía insoportablemente aburrida, cuando se da cuenta que no aguanta más su vida. A lo largo de la película conoce a ciertos personajes cruciales en transformación: la amiga maciza de su hija, con la que fantasea sexualmente y que le motiva a ponerse en forma; el camello de su vecino y novio de su hija, todo un personaje para el recuerdo, hijo de un coronel del ejército que esconde tras su homofobia mucho más de lo que vemos a simple vista; y sin olvidarnos de la relación de Lester con su propia esposa (una fenomenal Annette Bening), liada con un agente inmobiliario, o con su hija, peleada con el mundo. Durante la historia, Lester manda al mundo a la mierda, rompe con los moldes preestablecidos de la sociedad, se rompe las cadenas y grita bien alto que aún le corre sangre por las venas. Por eso el final no es triste, sino una lección de vida y de ironía. Y una lección de cine con mayúsculas. Y, sobre todo, una lección interpretativa a cargo de Spacey, que convierte a Lester en algo que trasciende de la pantalla, lo llena de emociones, de sátira, de humor negro y mordaz, y de vida. Una de esas ocasiones en las que un simple Oscar al Mejor Actor se te antoja poco premio para semejante trabajo, y en el que otros tantos Oscar a la Mejor Película, Fotografía, Guión y Dirección, son tan solo un recordatorio de que estamos ante toda una obra maestra del cine contemporáneo.

Colinas sangrientas (Dave Parker, 2009)

Hay que agradecerle a Dave Parker que haya realizado este sincero homenaje al slasher ochentero con tan buen pulso. Y lo ha hecho sin tapujos, valiéndose de todos los tópicos que convirtieron al género de matanzas indiscriminadas de adolescentes semidesnudos en el rey de los cines de verano de los ochenta.
La historia arranca con la interesante premisa de "película dentro de la película", con un par de estudiantes que tratan de encontrar una copia de "Colinas sangrientas", una película slasher considerada maldita, jamás proyectada, y envuelta por una leyenda negra. Nuestro protagonista acabará encontrando a la hija del director (rubita preciosa que aporta la ración de tetas imprescindible en el género) y junto a su amigo y su novia se dirigirán a la cabaña donde vivía el cineasta para ver si tienen suerte de encontrar una copia. Allí, en medio del bosque, se verán enfrentados al asesino de la película, un gigantón enmascarado con careta de bebé y el irónico apodo de "Babyface". La película continúa por los derroteros tradicionales del género, con un par de logrados giros argumentales para mantenernos interesados, y buenas escenas de muerte (aunque nunca tan... creativas como las del amigo de la máscara de hockey).
Al final, la sensación que te deja la película es de haberte tenido entretenido durante hora y media, homenajeando al género con sinceridad y sin esconderse, y sin pretender copiarlo. Es evidente que no hay que tomarla mucho en serio porque su intención no es la de crear escuela, pero dentro de la actual oferta, se agradecen peliculillas de este estilo, que no pueden ser consideradas cutres cuando están hechas de antemano como serie B, inspiradas en la serie B, y pretendiendo ser lo más serie B posible.