Superman/Batman: Public Enemies (Sam Liu, 2009)

La animación de DC continúa sorprendiendo gratamente con películas cada vez más intensas y mejor realizadas. Si con "JLA: New Frontier" asistimos al inicio de esta nueva era, y progresivamente se ha ido mejorando con otros largos como "La muerte de Superman" o "Green Lantern: First Flight", es con ésta que voy a comentar ahora con la que me lo he pasado mejor.
Basada en la saga de cómic de principios de década, creada por Jeph Loeb y Ed McGuinness, esta adaptación consigue condensar en sus 70 minutos escasos toda la información que pudimos leer en dicha historia, y lo hace sin que tengas la sensación de que el argumento sea atropellado, sin lagunas ni incoherencias. Es más, quizá una de las mejores cosas que se pueden decir de la película es que es completamente entendible en sí misma, y que no necesitas haber leído el cómic para disfrutarla y entenderla. Te divertirás lo mismo, pero si leíste la historia, captarás muchas referencias.
La historia trata sobre cómo el recién elegido presidente de los EEUU Lex Luthor, consigue convencer al mundo de que Superman es un asesino. Solo Batman, que estuvo con él en todo momento, se queda de lado de Superman, mientras que gran parte de la comunidad superheroica trabaja para Luthor y toda la comunidad supervillana intenta atrapar a Superman, a cuya cabeza Luthor ha puesto un precio de un billón de dólares. Mientras, además, un meteorito de kryptonita se acerca a la Tierra e impactará con ella en una semana acabando con toda vida, y Luthor pretende aprovechar para reiniciar la humanidad a su antojo. Obviamente, Superman y Batman tendrán que ingeniárselas para impedir que el presi se salga con la suya y salvar, de paso, a todo el planeta.
Sorprende mucho encontrarse semejante despliegue de personajes en esta película. Superman y Batman tienen que enfrentarse a un montón de villanos (Solomon Grundy, Mongul, Capitán Frío, Nightshade, Gorila Grodd, Silver Banshee y muuuchos más), y a bastantes superhéroes, en combates muy largos y con un ritmo trepidante. La acción es constante, sin descanso, sin duda es la película más activa de todas las que he visto de DC, y sus 70 minutos parecen un suspiro. Además, el estupendo dibujo evoca al trazo original de McGuinness pero menos exagerado, y la animación es muy fluida, las voces de doblaje (que de momento he visto en versión original) son completamente acertadas para cada personaje y la historia no deja cabos sueltos.
Así que dicho queda: esta nueva adaptación de una novela gráfica de DC vuelve a superarse y, siempre desde mi punto de vista, es la mejor que he visto de la casa hasta la fecha.

Malditos bastardos (Quentin Tarantino, 2009)

Quizá esta sea la película de Tarantino más tarantiniana desde "Pulp Fiction". El jodido cineasta recupera la esencia que lo encumbró y vuelve a escribir y dirigir una historia tan absurda como deliciosamente digerible. Todo lo que ocurre en "Malditos Bastardos" es una gran patraña desde el punto de vista histórico, pero es la patraña más bien contada y divertida que me he tirado a la cara en mucho tiempo.
La historia ya la conocemos todos: en la Francia ocupada por los nazis en los años 40, en plena Segunda Guerra Mundial, un grupo de ocho soldados americanos judíos, capitaneados por el teniente Aldo Raine, tienen una única misión: infiltrarse en Francia de paisanos con el único fin de matar nazis indiscriminadamente. Por supuesto, la habitual y enrevesada narrativa de Tarantino entremezcla, como capítulos, la historia de varios personajes perfectamente relacionados unos con otros. Shosanna Dreyfus (Mélanie Laurent), que presenció la ejecución de su familia a manos del coronel nazi Hans Landa (Christoph Waltz, de quien luego hablaré), y que acabará establecida en París con una identidad falsa como dueña de un cine en el que se va a proyectar el estreno de una película alemana sobre un héroe de guerra (que tampoco debéis perderos a este personaje) llamada "El orgullo de la nación". Shosanna querrá pegar fuego al cine con todos los nazis dentro para vengarse, mientras que Los Bastardos querrán reventar el estreno a su particular manera, para acabar con toda la plana mayor nazi (Hitler incluido) que asistirán a la proyección. Les ayudará a infiltrase la actriz alemana Bridget Von Hammersmark (Diane Kruger), así que, por un lado y por el otro, el pase de la película nazi será calentito.
Entre medias de este eje troncal, asistimos a las peripecias de Los Bastardos, que van reventando cabezas y cosiendo a tiros y cuchillazos a los nazis, mientras arrancan las cabelleras de los muertos y graban esvásticas a cuchillo en la frente de los que dejan vivos. Genial, pero genial, genial, Brad Pitt como el teniente Raine. Este tío se hace mejor actor exponencialmente con la edad, y su papel de líder de los Bastardos es una auténtica locura de bueno. Expresivo, con un diálogo tremendo, y momentos desternillantes ("me cago en la puta..."). A decir verdad, toda la película tiene los característicos diálogos larguísimos y profundos de Tarantino, ya me entendéis (dos tíos apuntándose con un arma mutuamente mientras dilucidan sobre la situación), y esos primeros planos larguísimos con música del oeste, que parece mentira que queden tan bien en una película de nazis, pero que Tarantino sabe encajar como un maestro.
Pero ahora en serio, el que se lleva la palma es Christoph Waltz, el actor que interpreta al coronel Hans Landa, el "cazajudíos". Qué personaje, y qué papelón, señores. Este señor, para mí un completo desconocido, se come la película con una interpretación de clase magistral, y con un personaje despiadado, chistoso, que no duda en regodearse en su malicia y en burlarse en la cara de quienes va a matar. De verdad, un personaje apabullante, el mejor de la película, y ya es decir en una película como ésta.
Así que estamos de enhorabuena. Tarantino ha vuelto a casa, y ha hecho una gamberrada divertidísima, rodada de maravilla y contada mejor aún, con dos o tres intepretaciones soberbias y un final... madre mía qué final. Qué bastardos...

Titanic (James Cameron, 1997)

Cuando James Cameron abre la boca, expide billetes de dólar. Eso es lo que demuestra su filmografía, y hoy en día se ha convertido en un Rey Midas de la industria del celuloide, que cuenta sus películas por éxitos de taquilla y, encima, suele tener estupendas críticas. Cada obra de este director cuesta una millonada sin precedentes y recauda otra millonada mucho más grande. Pero es que, además, cada X años revoluciona el mundo del cine con un nuevo exitazo que incluye efectos especiales que prácticamente se han inventado para él. Ya lo hizo en "Abbys", después en "Terminator 2", y pronto lo hará en "Avatar". Y en 1997, hizo pedazos el mundo del cine con una película más grande que el barco que la protagonizaba: "Titanic".
Sin entrar a criticar el exceso de ñoñería y empalague que hay en la relación entre Jack (DiCaprio) y Rose (Winslet) o lo repelente que era DiCaprio en aquella época de niño bonito, hay que concederle a Cameron que 194 minutos de película se pasan amenas como un episodio de "Los Simpsons". Y eso tiene muchísimo mérito. La historia de los dos tortolitos, con una relación sospechosamente parecida a la de los protagonistas de "Dirty Dancing" (niña rica de cuna con chico humilde, etc., etc...), solo sirve como pretexto para que acompañemos a dos personajes más que al resto del pasaje. Pero aquí, el protagonista es el barco, su primer y último viaje, las historias de sus camarotes, su tripulación y sus pasajeros. Todo está contado con un impecable rigor histórico, el barco (dicen) es una perfecta recreación del auténtico Titanic incluso en detalles que pasan desapercibidos, como la vajilla o la cubertería. Y el comportamiento de los oficiales, el pasaje, la orquesta y muchos de los personajes reales que aparecen en la película, se basan en los testimonios de los supervivientes que vivieron los instantes finales del buque. Casi como un documental, la película cuenta la tragedia de aquel barco que ni Dios podía hundir, y que, sin embargo, en menos de 24 horas, hundió un enorme pedazo de hielo del atlántico cobrándose 1500 vidas como represalia por la soberbia del hombre.
La escena del hundimiento... poco puede decirse de ella. Es magistral, veraz, angustiosa. Si te pones en la piel de quienes lo sufrieron, es estremecedor. Además, la narración de Cameron es, como siempre, totalmente perfecta, sin dar pie al aburrimiento y con muchos planos que son ya historia del cine.
En definitiva, "Titanic" puede ser tu estilo de cine o no, puede parecerte más lacrimógena o menos, soportar a sus protagonistas o no, pero hay cosas que no podemos obviarle: su fotografía perfecta, su montaje de matrícula de honor, un ritmo trepidante que no cesa en más de tres horas, unos efectos especiales indiscutibles, y una historia no solo fascinante, sino que es imposible que esté mejor contada que aquí. El Titanic es un triste episodio de la historia de la humanidad y de nuestra inferioridad con respecto a la naturaleza; pero, a costa de aquel suceso que ocurrió una noche de 1912, "Titanic" es uno de esos títulos indiscutibles de la historia del cine.

The man from Earth (Richard Schenkman, 2007)

Imagina que, un buen día, uno de tus mejores amigos decide marcharse de la ciudad. Imagina que, para despediros de él, todos los amigos os reunís en una casa para tomaros una última copa con él. Y ahora imaginaros que vuestro amigo, como quien vomita un secreto que ya no puede callar más, os confiesa que es un hombre de cromañón que lleva viviendo 14.000 años. Empieza a relataros, con pasmoso rigor histórico, cómo era la Tierra en aquella época, algunos de los personajes que ha conocido, los lugares en los que ha estado y el papel que ha tenido en la historia durante esos 140 siglos de existencia que lleva a sus espaldas sin envejecer. Todo su relato es perfecto, coherente, él parece tener una rápida respuesta para todo lo que puede hacer aguas en su historia. Y si es una mentira, es una mentira que te encanta escuchar, narrada como si realmente la hubiera vivido. ¿Le creerías? ¿Es posible que un amigo a quien conoces desde hace 10 años (durante los que no le ha salido ni una sola cana) sea un hombre de las cavernas inmortal con una presencia histórica decisiva para el curso de la historia que tú solo conoces por los libros?
La mera idea de este relato de ciencia ficción ya es escalofriantemente buena y original. Pero aún mejora, y cómo, cuando vemos la simplista y superefectiva puesta en escena que tiene. Con un escenario fijo (una cabaña) y un pequeño grupo de personajes casi en plano inmóvil durante todo el metraje, la historia no se apoya en flashbacks de los acontecimientos que narra nuestro supuesto inmortal, sino que recupera la figura del cuentacuentos y asistimos a un relato de boca de su protagonista. No vemos, escuchamos. Y como los amigos de John, cada uno de una religión, todos profesores universitarios y gente versada en historia, nosotros formaremos nuestra propia opinión sobre el asombroso relato del que estamos siendo atónitos testigos. Y es que John dice haber estado en muchos sitios, haber conocido a muchos personajes, e incluso tiene algunas revelaciones que derrumbarían piedra a piedra nada menos que la iglesia católica...
Así, con una estética de obra teatral y solo con un texto impresionante, "The man from Earth" se alza como una de las más originales e inteligentes incursiones en el terreno de la ciencia ficción que he visto en los últimos años. En hora y media, como si estuvieras viendo un episodio largo de "La dimensión desconocida", el relato de John Oldman y su vida te atrapará, creerás lo que dice o no lo creerás, hasta que llega el final (quizá algo efectista pero no carente de su golpe de efecto necesario) y la conclusión se vuelve innegable. Que nadie se pierda esta película, porque puede que estemos ante uno de esos clásicos que pasan casi desapercibidos pero que hay que agradecer haber descubierto.

Eclipse total (Taylor Hackford, 1995)

Pese a estar basada en un libro de Stephen King, esta película nada tiene que ver con el habitual género de terror que escribe este hombre. Aunque la historia se desarrolla en el habitual Maine (aunque en esta ocasión el escenario no sea el ficticio pueblo de Castle Rock), tira más por los derroteros del drama con tintes de thriller psicológico, y sin ningún elemento sobrenatural de por medio.
Así, conocemos la historia de Dolores Claiborne, una mujer fuerte de carácter y de cuerpo, viuda de un alcohólico violento (y más cosas que iremos descubriendo) y madre de una niña. Una niña que, en el momento de empezar la película, ya es una mujer, periodista en Nueva York y sin ningún contacto con su madre, a quien considera responsable de la muerte de su padre durante un eclipse total de sol que ocurrió 15 años atrás. Ahora, Dolores ha sido acusada de nuevo de asesinato, en esta ocasión del de la mujer que lleva más de 20 años cuidando, limpiando y soportando, Vera Donovan, una asquerosa ricachona viuda. De este modo, la hija de Dolores regresará a la isla para reencontrarse a desgana con su madre e iremos conociendo mediante inteligentes flashbacks la historia de Dolores, de su marido, de su hija, y de qué ocurrió no solo con la muerte de Vera Donovan, sino más importante aún, de la verdad de lo que sucedió durante aquel eclipse solar en el que murió accidentalmente su marido.
Bravo por el director por narrar la historia con ese tiempo que intercala pasado y presente con habilidad, contrastando luces y niebla, lo oscuro del pueblo pesquero con lo luminoso de la mansión Donovan. La descripción de personajes es impresionante, y conocemos a una madre abnegada y capaz de todo por proteger a su hija y darle un futuro mejor lejos de la isla, aunque para ello tenga que enfrentarse al animal de su marido. Sin duda Kathy Bates vuelve a hacer un pepelón en el que saca todo su potencial interpretativo, lleno de matices, de sentimientos y de una fuerza que traspasa la pantalla. No está nada mal tampoco Jennifer Jason Leigh como la hija traumatizada y adicta a las pastillas, que conocerá realmente a su madre mientras desbloquea los recuerdos que lleva dos décadas reprimiendo. Y los secundarios, tanto el implacable y vengativo detective como el marido de Dolores, completan un elenco de protagonistas muy acertados y con mucho carácter, conformando un auténtico combate de personajes digno de ver.
Así que esta es una historia sobre decisiones, sobre cómo los hechos del pasado afectan a tu futuro, y sobre que una madre puede hacer cualquier cosa por su hija. Aunque ella no lo sepa. En definitiva, una inteligente adaptación de uno de los libros menos fantásticos de King, totalmente apoyada en las magistrales interpretaciones de sus protagonistas y en una sólida dirección hábil y bien hilvanada.

El tambor de hojalata (Volker Schlöndorff, 1979)

Siguiendo la recomendación de dos lectores de este blog (quizá de los dos únicos, jeje), anoche procedí a ver esta premiada y controvertida película alemana sobre un niño que no quería crecer. Un niño que, para despejar incógnitas que puede dejar el visionado de la cinta, tenía 12 años en el momento de rodarla, lo cual provocó no poca polémica por la cantidad de escenas sexuales que protagoniza. El actor, un tal David Bennent, algo aquejado de enanismo, solo mide 1,55 m. y no es que haya tenido después una carrera muy fulgurante.
Pero procedo a comentar la cinta en sí. Y la verdad es que podría resumirla en una palabra: rara. Demasiado rara para mi gusto. Toda la historia parece una especie de metáfora sobre Peter Pan (por aquello de un niño que se niega a crecer), mientras que avanzamos por la historia de Alemania en la época de ascensión del nacionalsocialismo y asistimos a una fuerte crítica contra la hipocresía de la sociedad. Pero es que todo se hace de una forma tan rara y, a veces, desagradable, que no pude cogerla por ningún lado. Ojo, y entiendo que probablemente la intención de la historia es precisamente la de crear ese desasosiego en el espectador, pero macho... es que da mucha grima.
Para empezar, Oskar, el niño-enano-cosa-repelente. ¿Puede haber existido en la historia del cine un personaje que provoque semejante indigestión? Su aspecto te hace dudar de si es un niño o un hombre diminuto (ergo enfermo, claro); sus chillidos histriónicos rompe-cristales y su mala folla no disimulada resultan irritantes a más no poder; y el puñetero tambor de hojalata se lo estamparía en la cabeza, porque madre mía si dará por saco con él. Además, a partir del último tercio de película, comenzamos a verlo en una serie de situaciones eróticas y hasta explícitamente sexuales que nos hacen sentir aún más incómodos, porque insisto en que yo no tuve en ningún momento claro si era un niño o alguna suerte de enano. ¡Coño, y ya decía yo que me recordaba a alguien! ¡Pero si es clavadito al de "Malcolm in the middle"!
En cuanto a la historia, está claro que pretende apoyarse en el absurdo, la metáfora y el surrealismo para contar lo que pretende y criticar todo lo que critica, que no es poco (por ejemplo, esos enanos convertidos en última instancia en orgullosos monstruos de feria para divertir a los nazis). De hecho, al final solo la abuela parece librarse de todos los males que caen sobre el resto de la familia, una familia en la que la que no es una golfa adúltera, es un nazi, o es un niño repelente. La pobre abuela, sin embargo, ahí se pasa la vida sentada sobre sus enaguas que han albergado dentro de todo. Y resistiendo embistes, tiempos y marea.
En fin, qué puedo decir. No cabe duda que tiene escenas bastante conseguidas dentro de su contexto absurdo (véase la recepción al oficial nazi a ritmo de vals) y otras que, de puro bizarro, se te quedarán grabadas (aún tengo el estómago revuelto por el desagradable jueguecito de escupitajos y Peta Zetas que tienen Oskar y su niñera-madre de su hijo). Así que la película puede gustar o no gustar (que a mí, gustarme, no me ha gustado), pero le reconozco que es difícil dejarla hasta el final y que no deja indiferente. Y cuando una película es de las que se te queda en la cabeza, debe ser por algo. Digo yo.

El pianista (Roman Polanski, 2002)

No menos hermosa y desgarradora que la obra de Spielberg, "El pianista" de Polanski se centra en un aspecto diferente del mismo horror, y lo transmite con tanta fuerza como hiciera "La lista de Schindler" con los campos de concentración. Aquí, la historia versa más sobre la creciente discriminación hacia los judíos hasta su culminación con ese destierro al gueto de Varsovia, donde vivirían entre miseria como si fueran ganado, hasta su posterior transporte a los campos nazi para su "reubicación". No en vano, la película comienza cronológicamente a finales de 1939 y termina con el fin de la guerra en 1945, y a lo largo de esos 6 crudos años, condensados en la lucha del pianista polaco y judío Wladyslaw Szpilman por sobrevivir durante casi 2 horas y media de metraje, seremos testigos de todo el horror de la guerra desde los ojos de quienes más la sufrieron.
Con una fotografía realmente impresionante que parece hacernos retroceder en el tiempo (especialmente el momento en el que Vladek sale a las ruinas de esa Varsovia totalmente destruida) y sin banda sonora propia salvo las magníficas piezas de piano clásico que salpican la cinta, Polanski se las apaña para que cada momento transmita una emoción pocas veces vista. Y gran parte de la culpa la tiene Adrien Brody, magnífico en su papel, con momentos que merecen no el Oscar que ganó, sino un camión lleno de Oscars. Ese momento justo después de separarse de su familia, en el que lo vemos caminando desconsolado por una Varsovia vacía de vida y llena de cadáveres, no tiene precio. O ese solo de piano del final, en el que su cara dice todo lo que sus palabras no pronuncian. Enorme ejercicio interpretativo de Brody, que se pasa la última hora de película prácticamente sin diálogo y consigue que no le quitemos ojo a su personaje. Personaje que existió de verdad, además.
En definitiva, esta es otra magnífica muestra de que el horror de la Segunda Guerra Mundial suele ser muy dado a que un gran cineasta logre convertir una de sus historias en una obra maestra que trascenderá para siempre. Y la historia de este pianista polaco, no exenta de cierto sabor a esperanza y triunfo de la vida sobre la muerte, es de las que permanecen en el recuerdo de quien la ve.

La lista de Schindler (Steven Spielberg, 1993)

Esta va a ser la crítica más corta que haya escrito en este blog, porque poco se puede hacer ante una película como esta salvo rendirse ante ella. Entre 1939 y 1945, la Alemania nazi de Hitler cometió los más atroces crímenes contra la humanidad y, especialmente, sobre el pueblo judío. Pero no todos los alemanes fueron nazis, y hubieron buenas personas como Oskar Schindler, personas que salvaron muchas vidas y cuyo nombre merece ser recordado. No fue el mejor hombre del mundo. Tan solo fue un excelente relaciones públicas que se ganó el favor de los nazis y levantó un imperio económico. Pero en los momentos de mayor horror, el corazón de ese hombre abrió la puerta a la esperanza y permitió, con su obra, que murieran unas 1000 personas menos. Solo 1000 nombres en una lista escrita a máquina. Pero quien salva una vida, salva al mundo.
Esta historia sobre el horror humano más inimaginable queda plasmada de la manera más maravillosa imaginable. No sobra ni un solo fotograma, ni un solo segundo de sus más de tres horas, ni un solo acorde o un solo primer plano, nada en absoluto. Toda la película es perfecta, con una narración increíblemente atrapante, una fotografía en blanco y negro que quita el aliento y unas interpretaciones que emocionan al más fuerte, todo acompañado por la genial partitura de John Williams. Spielberg deja como legado algo mucho más grande que el cine, y retrata con terrible verosimilitud el episodio más oscuro de la historia del hombre. Y lo hace con una de las películas más maravillosas que jamás se han hecho.
Poco más se puede decir de esta obra maestra total y absoluta. Nadie debería perdérsela. "La lista de Schindler" es historia, historia de la humanidad e historia del cine.

Historia de Ricky (Ngai Kai Lam, 1991)

Basada en el manga "Riki-Oh", de Tetsuya Saruwatari, la película se ambienta en el futuro año 2000 (recordemos que es de 1991), un tiempo en el que las cárceles se han convertido en empresas privadas gobernadas por desalmados empresarios que usan a los presos como mano de obra gratuita, y que instauran un régimen de terror interno. A una de esas prisiones llega nuestro curioso héroe, Ricky, de 21 años, un joven que posee una fuerza sobrehumana y conocimientos de artes marciales sin parangón. Pronto se convertirá en un bizarro defensor de las injusticias que el alcaide y sus esbirros cometen en la prisión, y se erigirá en antihéroe de los convictos a golpe de kárate.
Pero de kárate GORE, ojo.
Porque este es el punto de la película, amigos. Si no fuera por eso, la historia no sería más que una más de cárceles y de injusticias, o una cualquiera de chinos del corte de las primeras de Jackie Chan. Pero "Historia de Ricky" muestra en sus combates una mezcla de artes marciales y gore cutre y divertido, y enormemente explícito. Por ejemplo, vemos a Ricky reventar el estómago de un gordo de un puñetazo; destripar a un rival (que después intenta estrangularlo con sus intestinos); arrancarle la mandíbula a otro luchador de un golpe; o destruir al alcaide en la última reyerta al meterlo en una enorme picadora de carne. Todo esto, insisto, realizado de manera primitiva pero efectiva, quedando molón en pantalla pero sin perder un aire de serie Z que la hace más encantadora aún. Para entendernos, que esto es una mezcla de "El puño de la estrella del norte" con "Braindead". Un auténtico disparate que solo da pie al aburrimiento cuando empiezan con diálogos y tonterías pseudo-profundas, pero cuando Ricky está repartiendo estopa, la cosa es un cachondeo. Cachondeo para mayores de 18, eso sí.
Así que recomiendo fervientemente esta película a todos los amantes del gore más chusco, y a cualquiera que le apetezca pasar un rato de risas con los amigos. Probablemente no encontrarás nada tan raro como esta "Historia de Ricky", pero te divertirás, garantizado.

La vida ante sus ojos (Vadim Perelman, 2007)

Con paso firme, lento, seguro, y a veces algo desconcertante, avanza esta historia aparentemente sobre las secuelas psicológicas que dejó en una mujer la matanza que se produjo en su instituto quince años atrás. Hoy en día, Diana es una feliz y acomodada profesora de arte, esposa de un también profesor de filosofía y madre de una niña algo rebelde y contestona. Pero en su corazón sigue guardando la herida que le produjo aquella masacre en su instituto, en la que el asesino las acorraló a ella y a su mejor amiga en los baños y las obligó a elegir quién de las dos iba a morir.
Así, intercalando en el montaje el tiempo presente y largos flashbacks de la época en la que Diana era adolescente, conocemos el pasado rebelde, problemático y promiscuo de la joven. Pero también se ahonda en la hermosa amistad que Diana tiene con Maureen, una joven religiosa, aplicada y algo mojigata, que solo fantasea con casarse y tener hijos y una preciosa casa con porche. Sueño que Diana verá cumplido en el futuro, aparentemente. Pero atención, porque esta historia, cuando parece tornarse algo demasiado simple y sin chicha, o la típica historia moralista sobre los peligros de la adolescencia descarriada, da un repentino giro que hace que todo cobre otro sentido, de esos que te dejan pensando sobre lo que has visto, de los que hacen merecer la pena haber visto todo lo anterior y de los que te hacen darte cuenta que te has perdido algún detalle durante el metraje, y que todo lo que parecía extraño o a desentono, tenía una perfecta función en el desenlace de la trama. No en vano, el propio título es un enorme spoiler, porque siempre se ha dicho que, cuando estás a punto de morir, tu vida pasa ante tus ojos. ¿Por qué no va a pasar también la vida que podrías tener?
A destacar la preciosa fotografía, la adecuada banda sonora y, sobre todo, las interpretaciones principales del film. Si Uma Thurman está estupenda en su papel de Diana adulta (con algunos momentos muy emotivos), no menos estupenda está Evan Rachel Wood como la Diana adolescente. Casi tiene más protagonismo que Thurman, y casi está mejor incluso que ella.
En definitiva, película muy recomendada para quienes les guste el drama emocional y con finalón incluido. Atentos a todo lo que veáis y no desesperéis, porque en este cine nada es casual.

Caballero del diablo (Ernest R. Dickerson, 1995)

"Historias de la cripta" era una serie que narraba historias de terror como si fueran historias del tebeo creepy que llevaba su nombre. La gente de mi edad recordará muchos de sus episodios, casi siempre protagonizados por estrellas del cine o la TV, y también casi siempre con dos puntos característicos que eran sello y firma de la serie: el gore y el humor negro, más negro que la noche. La serie fue un considerable éxito y todo un clásico para mi generación, que disfrutábamos con el maldito guardián de la cripta y con las terribles y divertidas historias que narraban aquellos capítulos de media horita escasa de duración.
Bebiendo de su éxito, "Historias de la cripta" dio un par de saltos al cine. Y decimos cine por decir algo, porque sus dos películas no son sino episodios que, en vez de 30 minutillos, duraban 90, y que permitían contar una historia más larga, que no mejor, que la de sus hermanos más cortos. Así veía la luz esta "Caballero del diablo", una típica historia sobre un grupo de gente de lo más dispar y cotidiano en este género (el zorrón, el tonto, el guay, la buena, el niño, la desgraciada-heroína, el líder...) acechados por un diablo que quiere conseguir una reliquia que contiene sangre de Cristo, y que permitirá que los demonios obtengan un enorme poder. Dos rostros conocidos se ponen como cabezas de cartel de esta producción en la que no faltan los dos elementos característicos de la serie. Tenemos buen gore y tenemos cachondeo. La historia, normalita, sirve para atar medianamente bien la sucesión de escenas, muertes, ataques de demonios, y apariciones imperdibles de Billy Zane como ese demonio cabronazo y chistoso con pinta de vaquero. Así que no demos más rodeos. Si te gustaba "Historias de la cripta", o si simplemente te gusta el terror chusquete con aires de serie B de la decente, pasarás hora y media de insana diversión con este "Caballero del diablo". Si no... pues vete al infierno.

NO-DO (Elio Quiroga, 2009)

Hace tiempo vi una extraña película de zombies a la española, una historia que parecía hacer una amalgama de "El día de los muertos" y "28 días después", ambientada en una España post-apocalíptica. Hace bastante que la vi y no guardo demasiados recuerdos de ella salvo su final, así que la impresión que debió producirme no fue la de una película que se queda en la retina. No obstante, la sola idea de una película española de esta temática ya era algo que la hacía merecedora de un visionado, y aunque el conjunto no fuese sobresaliente, hay que premiar la originalidad de esta nueva hornada de cieneastas españoles que han "descubierto" que pueden rodar muchas más cosas aparte de historias sobre marginados, maricones y la guerra civil, y que incluso se atreven con la ciencia ficción y el terror.
Digo todo esto porque buscando la filmografía de Elio Quiroga, director de la película que vi anoche, he descubierto que es el mismo que dirigió aquella cinta patria sobre zombis-infectados. Y ahora nos ofrece otra incursión en el terror con una de casas encantadas, secretos de la iglesia, del franquismo, y apariciones marianas que son más demoníacas que divinas. A priori, todos los ingredientes para que un devorador de cine como yo pueda pasar un buen rato, quizá lo único que se le pide a esta clase de productos. Y chico, lo ha conseguido. Sin duda la historia está rodada con un más que evidente pulso "a la americana"; es decir, que la estructura del film, sus sustos, sus personajes secundarios (o personajes información, como les llamamos cariñosamente) y sus protagonistas, se comportan de una manera totalmente habitual en el cine de terror yanki. De hecho, si la película no tuviera como tema central esos extraños documentales secretos que el NO-DO filmaba expresamente para la curia, pues podría haberse ambientado perfectamente en cualquier otro país. En definitiva, la cinta no ofrece un nivel de peliculón, pero es una más que correcta historia de terror suave, o thriller sobrenatural, si se quiere. OK, algunas de sus trampas son tan obvias que chirrían, y no tiene perdón el papel de Francisco Boira como marido del de Ana Torrent (que ella no está mal ni bien: está), sobreactuado a más no poder. Pero la impresión que me ha dado es más bien un halo de esperanza. Las nueva generaciones de directores españoles están alejándose de los garcis, almodóvares y mirós, y rodando historias sobre géneros mucho más comerciales y vistosos que, hasta ahora, eran casi patromonio exclusivo de los yuesei. Con este panorama revitalizado y efervescente, casi tengo la esperanza de poder disfrutar en un cine de cómo un monstruo gigante destruye Barcelona; o Madrid; o Valencia; pero España, leñe. Con eñe.

Distrito 9 (Neill Blomkamp, 2009)

La sensación que se me quedó en el cuerpo al salir de la sala, era la de que había asistido a una muy buena película. Parece mentira que un director novel haya sido capaz de jugar tan bien con la cámara, de componer un montaje tan sincero y conexo, entremezclando con gran habilidad imágenes de algo que se supone un pseudo-documental e imágenes de la auténtica odisea del héroe protagonista y del resto de personajes para aportar la tan necesaria información que necesitamos conocer. El guión, además, es ciencia ficción de la buena y de la que deja caer, de paso, un fortísimo mensaje. Los paralelismos de la situación de los alienígenas, encerrados en barracones como animales, viviendo en condiciones precarias y sometidos al comercio del mercado negro y a las bandas de nigerianos, son más que evidentes referencias al desaparecido apartheid. Y qué mejor lugar, pues, para ambientar la historia y ubicar el penoso Distrito 9 que... Sudáfrica.
Resulta difícil empatizar con los bichos, que al principio son presentados como seres desagradables, poco civilizados y violentos; pero menos aún con los humanos, que se comportan como nazis cuidando de un campo de concentración, y empleando a los alienígenas como animales para experimentar con el único objeto de lograr sacar tajada de su avanzadísima (e inútil para nosotros) tecnología. La historia dará un giro cuando el pedazo de personajón que es Wincus Van de Merwe (un estupendo y desconocido Sharlto Copley), atontado y torpe jefecillo a dedo de la MNU, la empresa que se encarga de los asuntos alienígenas, se ve infectado con un fluido que empieza a convertirlo en alienígena. La MNU querrá sacar tajada de esta nueva situación para sus experimentos y, en medio de una conspiración digna de los mejores tiempos de "Expediente X", el pobre Wincus tendrá que escaparse y refugiarse con los bichos. Comienza así la relación de éste con Christopher, un bicho que lleva 20 años recolectando ese fluido para poder largarse de la Tierra y volver a casa, y Wincus y él se convertirán en socios para un fin común.
Hay que admitir que el último tercio de la película adolece de una acción demasiado a lo "Transformers" que, en mi opinión, empaña un poco el otro tono serio, angustioso y de pura sci-fi del resto de la cinta (pese a que goza de un puntito gore más que interesante, todo sea dicho). Aún con todo, no hay americanadas imposibles, ni excesivas heroicidades, ni nada que te haga pensar "¡Hala, va!". Así que incluso esa última parte que desentona, está al servicio de la historia y no empobrece demasiado el resultado. Además, con finalón incluido de esos que no necesita una secuela que no haría sino mancillar el excelente resultado que consigue ésta, "Distrito 9" es una joyita dentro de un género que parece no tener mucho que decir. Pero Neill Blomkamp ha hablado, y merece la pena escucharlo.

Irreversible (Gaspar Noé, 2002)

Esta es una de las películas más desagradables, y al mismo tiempo atractivas, que he tenido el gusto de ver. Desagradable por lo terrible de lo que nos muestra; atractivo por lo bien que lo hace; desagradable por la crudeza de sus imágenes en interminables planos secuencia que parecen hacernos espectadores de un espectáculo real que no podemos detener; atractiva porque su peculiar narrativa inversa no deja que te levantes hasta el final; desagradable por pensar que, realmente, en cualquier pasaje subterráneo puedan existir personajes como "el tenia"; atractivo por creer que esos personajes puedan recibir su merecido; y desagradable de nuevo por saber que no es así.
"Irreversible" es, más que una historia, un doloroso viaje por el lado más horrible de la vida. Pero al mismo tiempo, gracias a su montaje al revés, paradójicamente tiene un final feliz, aunque dicho final sea el principio (y mejor no pensar en todo lo que ha sucedido y va a suceder). Y es que la historia comienza de forma desconcertante, con esa conversación entre dos hombres de mediana edad en una cochambrosa habitación. Luego la cámara se vuelve loca, como lo que narra, con giros imposibles que marean al más pintado, con una música que no es música sino ruido (y con un molesto ruido de fondo que nos taladra el tímpano durante todo el primer tercio de película). Conocemos a dos hombres (Cassel y Dupontel) en busca de alguien apodado "el tenia", adentrándose en el "Rectum", un antro de homosexuales viciosos que es demasiado sórdido para ser descrito: debe verse. No entenderemos nada en ese momento, solo vemos el horrible asesinato de alguien que se supone que es "el tenia". Primera escena indigesta: una cabeza humana convirtiéndose en pulpa a golpes de extintor.
Luego una fiesta, y comienzas a entender que la historia está retrocediendo, así que esperas averiguar por qué los dos tipos del principio han machacado el cráneo de ese desgraciado. Entonces llega el momento en el que Monica Belluci abandona la fiesta y cruza por ese paso subterráneo. Y conocemos a "el tenia". Probablemente... no, sin duda la escena más dura que he visto en una película convencional. Olvídate del gore de Peter Jackson, de Ittenbach o de quien quieras. Nueve minutos y pico de plano fijo de una violación horrible, despreciable, para la que faltan palabras. ¿Y esa persona que aparece al fondo del túnel, echa un vistazo al percal, y se larga por donde ha venido? Dios, eso es horrible, revuelve el estómago que esa sea la conducta humana más normal. He leído que la propia Belluci dirigió la secuencia de su violación porque el director no quería que se sintiera incómoda. Pues de verdad, un trabajo formidable, porque me dejó un mal cuerpo de los que no se quitan. Y encima queda más que claro que "el tenia", ese proxeneta al que yo mismo mataría con mis propias manos, sale de rositas después de su atrocidad, y que la mancha pringosa que quedó en el suelo del "Rectum" no era la de su cabeza, sino la de cualquier otro desgraciado. Porque la vida no es justa, y eso lo sabemos todos.
A partir de ahí, la película avanza retrocediendo, y llegamos a ese anticlímax que sería el principio cronológico de la historia. Todos son felices. Fin. Aunque la moraleja que queda es muy clara, como el título. Y es que la vida no tiene vuelta atrás, lo que sucede, sucede y es irreversible. Y Gaspar Noé, al mando de la dirección, la fotografía, el guión y hasta de la cámara, nos demuestra con este ejercicio de controvertida brillantez, que una imagen puede quedarse en tu memoria para siempre. Y que una película terriblemente desagradable en su contenido, puede ser maravillosa en su forma.

Waz (Tom Shankland, 2007)

Otro thriller policiaco que trata sobre las pesquisas de un veterano detective y su recién llegada compañera para capturar a un asesino muy particular, en una ciudad dominada por las bandas callejeras. Un asesino que está poniendo a prueba la ecuación de la supervivencia, descrita como WAZ (W-delta-Z, realmente). ¿Y cómo lo hace? Pues atrapando, uno a uno, a los miembros de una de esas bandas callejeras junto a un ser querido, y torturando a uno de ellos hasta que decide que la vida de su acompañante es prescindible con tal de que termine su propio sufrimiento. Una prueba realmente difícil de superar y con la que la asesina pretende demostrar una máxima terrible: que el amor no existe, solo la supervivencia.
Esta es una de esas historias en las que el descubrimiento de quién es el asesino, o asesina en este caso, no es relevante. Lo sabemos casi desde el principio, la historia nos lo cuenta, incluso nos muestra a la asesina cometiendo esos crímenes que ni ella misma desea cometer. Pero todo obedece a una venganza retorcida, fruto de la mente trastornada de una mujer (interpretada por Selma Blair) a la que una banda de gangstas violaron, rajaron y torturaron de forma inenarrable (algo que se nos muestra sutilmente en la película, sin regodeos en lo explícito pero en una escena muy tensa y que revuelve el estómago), hasta que le dieron a elegir: ¿seguimos torturándote hasta que mueras... o te dejamos ir si nos pides que matemos a tu madre? La decisión de la joven dejó en ella más secuelas que todo el terrible daño físico que sufrió, así que, por otra parte, no resulta nada difícil empatizar con la asesina y hasta apoyarla en lo que hace.
El peso de la película lo soportan Stellan Skargsgard y Melissa George como la pareja de detectives. Su relación no es la típica de poli bueno y poli malo, sino que pronto intuiremos que ese estricto y respetado detective tiene un secreto. Oculta algo, algo que será la clave de la película, aunque debo reconocer que yo me lo imaginé con claridad en un momento concreto. Su compañera tendrá que descifrar qué es lo que ocurrió realmente con aquel caso de violación en el que los criminales quedaron libres por deficiencias en el procedimiento y falta de pruebas, de una manera tan casual... que no pudo ser casual. Y como decía, la razón es el propio personaje interpretado por Skargsgard. Magnífica su interpretación amargada de ese policía harto de todo y sabedor de que su secreto le va a pasar factura al final. Y cómo.
Así que, bebiendo de la estética de "Seven" en lo sórdido de la ciudad (aunque no llueve) y de "Saw" en lo retorcido del castigo mortal que aplica la asesina, esta película consigue dejar una factura propia, un buen sabor de boca, y la sensación de que hemos visto una película muy bien realizada.

Antikörper (Christian Alvart, 2005)

Esta producción alemana bebe de fuentes como "Seven" y "El silencio de los corderos", y eso son dos pedazo de fuentes. Y la verdad es que "Antikörper" cumple con las altas expectativas que genera casi en todo el momento, salvo por un par de detalles que tampoco dejaré de comentar a continuación.
Narra la historia de un terrible asesino en serie de niños, un auténtico monstruo que los viola y mutila y se queda su ropa interior como trofeo. Tras una espectacular escena inicial de persecución, la policía atrapa al asesino. Pero éste, cerrado en banda, todavía tiene un plan en mente. En ese momento entra en escena Michael, policía de un pequeño pueblo ganadero y cerrado de Alemania, en cuyas tierras apareció una niña asesinada con un modus operandi que apuntaba a que el asesino recién detenido fue el responsable. Con el crimen sin resolver, Michael colaborará con la policía de ciudad (en un contraste estupendo entre cosmopolitas y pueblerinos) para intentar sonsacar al temible criminal si él fue el responsable de la muerte de la niña.
Se establece a partir de aquí una relación entre asesino y policía que recuerda en mucho a la de la agente Starling y Hannibal Lecter. Hasta el propio asesino se ríe de ello ("¿qué esperabas, a Hannibal Lecter?", le dice a Michael cuando se ven por primera vez), pero su juego de preguntas y respuestas, de dime y te diré, el quid pro quo que establece el criminal enjaulado, es muy similar al de los personajes de Foster y Hopkins. Los diálogos son brillantes, poderosos, la cámara se regodea en primeros planos de los expresivos actores protagonistas, a veces planos desconcertantes, como desconcertados están ellos. Y sin obviar el enorme trasfondo religioso que tiene la historia (Michael es de una comunidad calvinista profundamente creyente y recta), asistimos a cómo el virus de la maldad va haciendo presa en el policía rural, que desata sus pensamientos, su vanidad, hasta su deseo por otras mujeres. Muy interesante que intenten hacerlo parecer un monstruo, cuando en realidad solo es un hombre. Pero hay un breve instante en el que creeremos que él es el asesino de la niña, aunque rápidamente la historia nos encamina de nuevo hacia lo que parece más obvio desde el principio, hasta ese adolescente que se orina en la cama, que quema cosas y tortura animales, y que no es otro que el hijo de Michael, que asiste desesperado a cómo su hijo está mostrando las señales de lo que se conoce como "la trinidad de los asesinos en serie".
La última media hora de película ralentiza demasiado el ritmo. Aunque probablemente por exigencia del guión, porque a esas alturas ya estamos casi seguros de quién es el asesino y qué va a pasar. Es en esta parte donde el guión da ese giro a lo "Seven", demasiado a lo "Seven" diría yo, porque la secuencia final es casi idéntica. Y no entiendo esa escena de los ciervos, que aparte de notarse demasiado que están hechos por ordenador, me parece demasiado absurda. Ya habíamos cogido la metáfora, el paralelismo de la historia bíblica de Abraham e Isaac, y aunque lo de los ciervos sea la señal divina que informa a Michael de que no haga lo que iba a hacer, podrían haber metido algo más sutil.
No obstante, pese a un par de detallitos y aún con la lentísima narrativa del cine alemán y a ser demasiado similar a "Seven" en su final y a "El silencio de los corderos" en su relación asesino-agente de policía, el guión es muy sólido y los personajes están muy bien construidos, son profundos, atormentados y creíbles al cien por cien. De hecho, si no has visto ninguna de las dos películas de las que coge ideas, seguramente ésta te parecerá un peliculón. A mí me ha gustado mucho, pero no puedo evitar que su clímax me deje una sensación de deja vu.

Demons (Lamberto Bava, 1985)

Otro de los clásicos más clásicos del terror ochentero, y uno de los máximos exponentes del cine de terror italiano. No en vano encontramos en esta cinta dos nombres de los grandes: Dario Argento en la producción y coescribiendo el guión, y Lamberto Bava en la dirección. Esta es la mejor obra de éste Bava, considerado de menor talento que su padre, Mario, algo que puede corroborarse viendo la filmografía de ambos cineastas.
No obstante, "Demons" es un divertido despiporre que siempre hay que ver teniendo la precaución de girar el temporizador de nuestro cerebro a la posición "años ochenta". De otro modo, la cinta puede hacerse insoportable, tediosa y técnicamente muy deficiente. Pero si la ubicamos en el año que se realizó y pasamos por alto su música cutre (aunque aquí también suenan un par de temas de los Guns and Roses, creo, mis conocimientos de heavy no son muy allá), sus penosos diálogos, esa baba verde de los demonios que parece Dixan 2000, y la cutrez que rezuman los efectos y situaciones presentadas, la película tiene un encanto peculiar que la hace más que digerible. Será por el grano de la imagen, por ese peculiar aroma de la serie B clásica, porque los demonios son chulos y el gore aceptable, porque se inspira en "La noche de los muertos vivientes" cambiando zombies por demonios, o no sé por qué. Pero "Demons" mola.
Argumentalmente es muy básica: la proyección de una misteriosa película de terror en un no menos misterioso cine, da pie a que una espectadora se arañe la cara con una máscara que la transforma en un demonio sediento de sangre. La chica comenzará su caza en el cine y los espectadores irán transformándose en demonios a medida que mueren, y comenzará la batalla por sobrevivir de los que aún no son demonios. Bava dirige bastante bien para lo que es, enlazando al principio lo que vemos en el cine con la película que están proyectando, aunque a partir de que los demonios empiezan a pasárselo bien, la dirección se vuelve más frenética y extraña, pero poco importa.
Escenas para el recuerdo: la primera aparición de la chica negra que se convierte en demonio en los lavabos de ese cutre cine Metropol; la orgía de demonios VS. espectadores que se produce en el patio de butacas; la escena de la moto y la katana; o el final (de nuevo ochentero a más no poder y que recuerda también al film de zombies de Romero). Son pequeños destellos de calidad, y de risa, por qué negarlo, dentro de un conjunto que, si ya lo viste de pequeñito, lo tienes que querer. Y si no, nunca es tarde para empezar.

En compañía de lobos (Neil Jordan, 1984)

Aunque para muchos esto es una reinvención licántropa del clásico cuento infantil de Caperucita Roja, esta obra de Neil Jordan pronto se convierte en mucho más para el espectador que la visite con miras amplias. Nos encontraremos ante una película que se aleja de lo comercial y de lo convencional, que funde en su metraje la fantasía, la fábula, la alegoría, la crítica social, la sexualidad adolescente, y lo hace todo con una cuidadísima puesta en escena de cuento de hadas oscuro e inquietante. Que nadie se piense que esos bosques que son tan obviamente falsos a ratos, con sus decorados de atrezzo y lonas decoradas como fondo, son casualidad o un chapucero error. Toda la puesta en escena está pensada para transmitirnos la sensación de que estamos dentro de una fantasía, de algo irreal, para transportarnos dentro de un mágico bosque en el que no es extraño encontrarnos ni a Caperucita, ni al lobo feroz. Aunque en esta ocasión el lobo feroz sea más feroz que de costumbre, reconvertido acertadamente en un hombre lobo, representación de los instintos más salvajes del hombre y némesis de nuestra protagonista. Estupendo el papel de Sarha Patterson, la dulce y aniñada Caperucita (Rosaleen, en realidad), una jovencita que está empezando a convertirse en mujer y que se da cuenta que los chicos de su aldea no son precisamente el príncipe azul, y que le resulta mucho más atractivo el inquietante y guapo desconocido que se convierte en lobo, que cualquiera de los desdentados campesinos de su pueblo. No me digáis que no es una metáfora perfecta del despertar sexual, por Dios. Mejor explicado imposible. Lo atractivo de lo prohibido, de lo peligroso, de salirse del sendero que todos siguen con temor, de ese hombre con las cejas juntas en una sola, un lobo "peludo por dentro", justo lo que la entrañable abuelita siempre había aleccionado a Rosaleen que temiera más, y que sin embargo Rosaleen no puede evitar desear.
La trama avanza de forma inteligente y pausada mientras se intercalan las historias que cuenta la abuelita (Angela Lansbury, como no podía ser de otro modo). En ellas vamos descubriendo la historia de esos lobos más peligrosos que ninguno, de aquel errante que se marchó una noche de luna llena y regresó muchos años después (magnífica la historia protagonizada por Stephen Rea), de aquella sirviente despechada que se vengó del rico que la preñó, y todo esto mientras el pueblo de Rosaleen trata de dar caza al lobo que está dejándoles sin sustento y asesinando a su gente. Hasta llegar al desenlace, la parte que más recordará el mítico texto de Caperucita y su "para comerte mejor", aunque en esta ocasión hasta la inocente Caperucita demostrará, como decía su madre, que "si hay una bestia en los hombres, también la hay en las mujeres".
En pocas palabras, esta película no se ha ganado su estatus de film de culto por nada. No es una cinta cualquiera, no se trata de la típica historia lineal y clara con un principio, un desarrollo y un final. Los tiene, sí, pero importa mucho más qué cuenta, y sobre todo cómo lo cuenta. Lejísimos de ser cine al uso, "En compañía de lobos" se alza como una metáfora sobre la vida (sigue el camino marcado si quieres sobrevivir) que se basa en los cuentos populares y en su buena dosis de surrealismo para crear otro cuento en sí mismo. Aterradoramente encantadora y encantadoramente aterradora.

San Valentín sangriento 3-D (Patrick Lussier, 2009)

Se trata de una más que tópica película de terror teen, en la que el Jason Voorhees de turno es un minero, y el campamento Crystal Lake es una mina primero y un pequeño pueblo paleto después. No hay que darle demasiadas vueltas al argumento, que no inventa nada, ni sorprende en lo más mínimo. Es más, el supuesto giro final me resultó burdo y engañoso, porque la película se empeña en habernos mostrado previamente ciertas situaciones que, una vez llegado el supuesto clímax argumental, pierden completamente el sentido y se convierten en paranoias de un lunático, con lo cual la sensación que tenemos es de que nos han tomado el pelo todo el rato para que no viéramos lo obvio de la trama. Respecto a los personajes, poco podemos decir. Son planísimos y totalmente tópicos, aunque se supone que se intenta otorgarles algo de profundidad mediante conflictos sentimentales que no son más que cornamentas, vaya. Además, el guión sigue la línea que predeterminó hace ya bastantes años la saga "Scream", casi sin ninguna diferencia, y mezclada con otros títulos del género como "Sé lo que hicisteis el último verano". La historia empieza con el prólogo (matanza incluida), en el que se supone que se crean los traumas de los protagonistas y conocemos al asesino; después avanzamos en el tiempo, diez años en esta ocasión, y los atormentados personajes regresan al escenario de sus miedos para descubrir que siguen allí, claro. Y todo esto sirve como pretexto de ciertas escenas gore bastante decentes, aunque sin excesos, y de otras escenas tan avergonzantes como inolvidables. Quedáos con la escena del polvo de la rubia y el camionero, y por supuesto de la posterior muerte de la rubia, que se pasa toda la escena completamente en pelotas. El papel de su vida, vaya.
¿Y qué les pasa a los diseñadores de vestuario de los asesinos de esta clase de slashers? En esta ocasión no es más que un tío vestido con un mono de minero y un equipo de respiración autónoma que suena como Darth Vader, y que por supuesto se arma con un pico para sus travesuras.
En fin, lo único que hace algo diferente a esta película es el 3D, que realmente está conseguido. En un par de escenas en concreto, de esas que se ruedan expresamente para que el 3D haga saltar al público en sus butacas, parece que el pico va a atravesar la pantalla, pero es que durante todo el metraje la sensación de profundidad de los escenarios es muy buena, notándose muy bien el efecto de tridimensionalidad. Aunque supongo que aún puede mejorarse, y mucho.
Así que, aún teniendo las expectativas bajas, la película no las ha alcanzado, y solo la recomiendo para quienes quieran ver cómo luce el 3D en una película real, porque incluso a los aficionados al terror más típico les dejará totalmente indiferentes.

Superman II (Richard Lester, 1980)

Solo un par de años después de que Richard Donner asombrara al mundo con su "Superman", se estrenaba esta secuela que, más que una secuela, puede ser considerada como la misma película partida en dos para no hacerla excesivamente larga. Y es que "Superman II" continúa exactamente donde se quedó la primera, e incluso en sus minutos iniciales hace un repaso de lo que vimos en la anterior para que no nos perdamos nada.
Lo primero que llama la atención es que la banda sonora, aunque básicamente igual, tiene algo de diferente, y además está firmada por Ken Thorne y no por John Williams. Igualmente la dirección de esta cinta corre a cargo de Richard Lester, después de que Donner tuviera que marcharse del proyecto a mitad por diferencias con los productores. Lester aportó a la película un tono mucho más cómico, un ritmo más rápido y una calificación incluso más aún para todos los públicos. Aquí, los buenos son muy buenos, y los malos, aunque malos, son también bastante tontos. Superman se convierte en protagonista absoluto y total de una historia que, después de que la primera sirviera para presentar al personaje, sirve ahora para verlo dos horas en plena acción, y con tres rivales a su altura en cuanto a poder: los archiconocidos General Zod, Ursa y Non. Aquí veíamos a Superman pelear físicamente contra unos criminales que rivalizaban con él en fuerza, aunque la pelea es tan light y apta para toda la familia, que nos quedamos con ganas de más, y con la sensación de que esos tres personajes (en especial Zod) quedan desaprovechados en un contexto actual en el que se les podría haber sacado mucho jugo.
Pero no todo va a ser comedia y entretenimiento. La subtrama de Superman renunciando a sus poderes para poder estar con Lois, después de algunas secuencias magníficas como el viaje a las cataratas del Niágara, aportan a la película la seriedad y el toque de romance que precisa (aparte de que sirvieron de punto de partida para la historia de Bryan Singer en "Superman Returns"). El pobre Clark las pasará canutas como humano y encima tendrá que sentirse culpable de que justo en ese momento hayan llegado a la Tierra los tres villanos, así que no le quedará más remedio que renunciar a su amor y volver a convertirse en Superman para librar la batalla. Me encanta el final en la Fortaleza, con ese plan (cantado pero igualmente resultón) para dejar sin poderes a los malos, y con ese momentazo en el que Superman estruja la mano de Zod y lo levanta con una mano mientras suenan las notas del tema de John Williams (aunque sea reversionado por Thorne aquí).
Los efectos especiales siguen a la altura de la primera, y Reeve se reafirmó más aún como el Superman más grande de todos los tiempos. Insisto en que un poco más de violencia no le hubiera venido mal, en especial a la hora de la lucha de Superman con los tres kryptonianos, pero hay que entender que Superman es entretenimiento para toda la familia. Aún con todo, pese a que se nota enormemente que Donner abandonó la dirección y que su sustituto era mucho más comercial y al servicio de las exigencias de los caprichosos productores (aunque existe una versión "director's cut" de Richard Donner, mucho más seria y épica, que casi puede ser considerada otra película y que algún día comentaré también aquí), hay que reconocer que "Superman II" es, en ciertos aspectos, incluso más divertida que su antecesora, y cuenta con los mismos elementos que convirtieron a la primera en un clásico, en especial y por encima de todo con la presencia arrebatadora de Christopher Reeve.
Aunque nunca entenderé muy bien ni lo del escudo que le tira Superman a Non, ni ese extraño beso del olvido que le da a Lois...

Nigromancia (Dusty Nelson, 1988)

Como diría Jigsaw, "quiero jugar a un juego". En esta crítica, quiero que leáis con atención todo lo que comente en el siguiente megapárrafo y lo interpretéis exactamente al revés para saber lo que realmente me ha parecido esta película. ¿Estáis preparados? Pues allá voy.
"Nigromancia" es una película completamente alejada de los manidos y convencionales estereotipos del cine de terror de serie B de los ochenta. Sus carismáticos y posteriormente triunfadores actores, junto a su eficiente dirección llena de recursos inteligentes y novedosos, aportan a todo el conjunto una sensación de frescura y diversión pocas veces vista. La historia, además, no se parece absolutamente a nada de lo que hayamos visto antes. Trata sobre una joven que, tras ser violada, recurre a una bruja para invocar a un demonio de la venganza y castigar a sus agresores. Desde la escena de la violación hasta la invocación satánica, todo resulta completamente creíble y magistralmente bien interpretado. Las situaciones son totalmente verosímiles, de hecho podría afirmar que cualquier persona actuaría y hablaría igual en una situación similar. Por otra parte, no solo la extraordinaria intérprete protagonista realiza un papel genial, sino que todos los secundarios, incluso los más insignificantes, merecen la más alta calificación. Mención especial al pintoresco friki con canas verdes que nunca se cambia la camiseta, cuyas breves intervenciones resultan siempre tan gratas como necesarias para la trama.
Por otra parte, debo alabar la labor de los efectos visuales, espeluznantes, escalofriantes, que consiguen hacer que el demonio vengador tenga un aspecto casi imposible de mirar sin desear apagar el reproductor de DVD aterrado ante semejante visión de un ser del infierno. O la magnífica iluminación verde de los ojos de la protagonista-demonio, todo un ejemplo de que la informática no ha logrado mejorar nada los efectos especiales que estos magos ya dominaban en los años ochenta.
Además, quiero destacar la fantástica banda sonora de temas ochenteros a base de sintetizadores, que jamás se come los diálogos ni resulta molesta ni excesiva; o el magistral dominio de la cámara lenta del director; o los escasos y siempre procedentes desnudos, masculinos y femeninos, que encontramos salpicando de vez en cuando toda la película, siempre, insisto, totalmente al servicio de la trama. Eso y el sobrecogedor e inesperado final, también totalmente alejado de los convencionalismos del género.
En fin, qué más puedo decir. Esta es la mejor película de la historia, tanto técnica como artísticamente. Nadie debería perdérsela. Toda una obra de arte con mayúsculas.

Fin del juego.

Superman (Richard Donner, 1978)

Supongo que esta será una de mis críticas menos objetivas jamás escritas. Desde que tengo uso de razón adoro esta película. Me he criado con ella, es una de las principales razones de que hoy en día sea tan aficionado al personaje de Superman y al mundo del cómic en general, aparte de que me trae innumerables recuerdos de mi infancia. Así que supongo que no puedo ser excesivamente crítico. Casi nada crítico, vaya.
Pero es que, aún tratando de ser mínimamente ácido con esta cinta, no se puede negar que supuso un punto y aparte en aquel momento cinematográfico. Casi todo lo que se realizó en el campo de los efectos visuales de "Superman" fue experimental, y enfocado a cumplir la máxima que su director, Richard Donner, había establecido: verosimilitud. El lema de la película fue "creerás que un hombre puede volar", y había que conseguirlo. Y la verdad, aunque en algunos momentos pueden resultar más evidentes las superposiciones, en casi todo el metraje los vuelos de Superman están realizados con una enorme credibilidad, a base de rudimentarios efectos físicos con cables, plataformas y pantalla verde, pero con un efecto visual que incluso hoy en día queda de maravilla.
Los primeros 45 minutos son una obra de arte. No solo por la breve pero poderosísima presencia de Marlon Brando como Jor-El, sino por toda la presentación de la historia y destrucción de Krypton, la maravillosa fotografía de los campos de Smallville y la construcción de la Fortaleza. En ese momento, cuando el tímido Clark Kent llega por primera vez al Daily Planet, comienza otra película no menos increíble, pero totalmente enfocada en el campo de las aventuras y la fantasía de ese personaje tan bueno, casto, puro y superheroico que es Superman. Nunca puedo evitar que se me pongan los pelos de punta con la secuencia de rescate de Lois y el helicóptero, la primera aparición pública del Hombre de Acero. Y qué decir de Christopher Reeve que no se haya dicho ya. Todo sería redundar en lo mismo. Su actuación fue fantástica, tanto como Clark como en el papel de Superman. ¿Acaso a alguien, hoy en día, podría quedarle tan bien un traje de colores tan primarios y chillones sin hacer el ridículo? Pues a Reeve le quedaba de maravilla, transmitía una presencia al personaje en cada mirada, cada postura y cada gesto, que nadie ha superado. Con perdón de Brandon Routh, que lo hizo de maravilla en "Superman Returns", pero el carisma del desaparecido neoyorquino era, y es, totalmente incomparable. Con razón quedó siempre encasillado y será recordado para toda la eternidad por este papel.
Si acaso, solo decir en contra de la película que las apariciones del secuaz estúpido de Lex, Otis, me irritan profundamente. Incluso la música de trombones que le acompaña parece anunciar que es idiota de remate. Cada una de sus tonterías y aportaciones cómicas consiguen romper el ritmo de la película (él y ese Luthor medio malvado, medio idiota que interpretó tan bien Gene Hackman), pero menos mal que rápidamente volvemos a tener alguna secuencia de Reeve y Kidder que llenan completamente la pantalla. Menuda química que tenían, y qué bonito que es el vuelo nocturno que realizan casi en silencio sobre esa Nueva York disfrazada de Metropolis. Totalmente precioso. Y eso que dicen que no se soportaban en realidad.
En definitiva, sé que se me ve el plumero porque esta es una de mis películas favoritas, pero no me voy a molestar en disimularlo. Para mí es de obligada revisita cada cierto tiempo, como el dentista. Pero al contrario que ir al dentista, "Superman" no me duele en absoluto por más que la veo.
Por cierto, solo hacer constar que, vista ahora, teniendo muy reciente "Superman Returns", me doy más cuenta aún de la cantidad de guiños, planos idénticos, posturas, y un sinfín de cosas de "Superman" que Bryan Singer quiso homenajear en 2006 en su cinta. Todo un trabajo de enanos para recordar a esta película que ya es historia del cine.

12 monos (Terry Gilliam, 1995)

Quizá una de las mejores y más inteligentes películas de ciencia ficción de los últimos años, "12 monos" es una de esas obras que quizá cuesta ponerse a ver. Pero desde el momento en que la historia despega, no podrás apartarte de ella hasta su fantástico final.
Se trata de la historia de un "voluntario" que, en el año 2035, es enviado al pasado para tratar de conseguir información sobre el virus que acabó con la humanidad en 1996, para que los hombres del presente (el 2035), recluidos en comunidades subterráneas, puedan volver a dominar el mundo, ahora a merced de los animales. Hay pocos datos sobre lo sucedido, pero se sabe (o se cree) que los responsables de la fabricación y liberación del mortal virus fueron un grupo de ecologistas conocidos como el ejército de los Doce Monos. Así, James Cole (un estupendo Bruce Willis en un papel inmenso) realiza varios viajes atrás en el tiempo para reunir toda la información que pueda. Se entremezcla así realidad y ficción, sueños y vida real, mientras que Cole tiene extraños recuerdos de algo que aún no ha sucedido, y mientras que va descubriendo la verdad sobre los Doce Monos y su auténtico papel en el fin del mundo. Impresionante y genial el papel secundario de Brad Pitt como el chaladísimo ecologista al que Cole conoce en el manicomio en su primer viaje al pasado, nominado a un Oscar. Pitt empezaba a demostrar aquí que, cuando logran caracterizarlo de bizco, feo y desagradable, es un pedazo de actor. También estupenda Madeleine Stowe como la psiquiatra de Cole que verá su vida alterada por la presencia de ese cuerdo que parece un loco, pero que en realidad solo anhela ser un loco para no tener que aceptar la horrible realidad. Y es que otra cosa muy interesante de la historia es esa inevitabilidad de lo que va a pasar. Se considera que el presente es 2035, y que 1996 es el pasado y es inalterable. "¿Cómo vamos a evitarlo si ya ha sucedido?", dice Willis, desesperado, en un momento de la película. Y así vamos viendo encajar poco a poco las piezas de este brillante rompecabezas en el que nada queda dejado al azar, en el que la típica historia de viajes en el tiempo y paradojas temporales da una nueva vuelta de tuerca para ofrecernos un películón de los de aúpa, con gran guión, estupenda dirección, y unas interpretaciones sobresalientes.

La legión de los muertos (Olaf Ittenbach, 2001)

Y yo que pensaba que el ritmo lento era uno de los mayores males del ultragore alemán. Qué equivocado estaba. Porque esta película tiene muchos males mucho peores. Por ejemplo, el plagio. Mal plagio, encima.
Pero bueno, empezaré por el principio.
Olaf Ittenbach, el archiconocido representante del gore alemán, dejaba ver con esta película que en Alemania cualquiera puede ser director de prestigio. No hacen falta cualidades como talento, coherencia o imaginación, qué va. Solo hace falta haber visto "Abierto hasta el amanecer" y plagiarla descaradamente. Porque señores, esta historia va de dos amigos bastante estúpidos que se verán secuestrados por un asesino primero, y después atrapados en un bar de carretera a merced de demonios y junto a una vampiro como compañera, entre otros variopintos personajes. La dirección y el montaje son esperpénticos, repitiendo planos, mezclando una y otra vez la misma escena del demonio rubio (Matthias Hues, un habitual de la serie B de artes marciales y el terror, por cierto), con pistolas que no disparan pero que hacen ruido y tienen cargadores ilimitados... Todo un sinfín de lindezas, vaya. Los diálogos, escritos por el propio Ittenbach, son de sonrojarse, humor estúpido escrito para personajes estúpidos y vacíos interpretados a peor no poder por la panda de actorcetes que salen. Y ni las escasas escenas gore se salvan, porque cantan por soleares. Y es que la película se hace absurda, aburrida, incoherente y gilipollas durante todo el metraje, aparte de que el final es una soberana mamarrachez (de nuevo Ittenbach deja ver que el rollo de los bucles infinitos le ponen cachondo, como en "House of blood"). Ah, y qué decir de los dos ahostiables personajes de los hermanos que van matando gente para reclutarla en su legión de muertos. ¿Eso era un intento de hacer comedia? Pues será que no entiendo el humor alemán, porque a mí me daban vergüenza ajena.
En fin, que no vale la pena comentar esta película, ni mucho menos verla. Ni siquiera pude reírme con sus múltiples fallos y cutreces, y ahora todo mi salón apesta a serie Z.

King Kong (John Guillermin, 1976)

Cuando una película es un clásico tan mítico como el “King Kong” de Cooper y Schoedsack de 1933, la sola idea de hacer un remake ya resulta peligrosamente pretenciosa. No obstante, si el argumento es el de un gorila gigantesco, las modernas tecnologías bien pueden ayudar a crear, al menos, la misma historia pero visualmente más poderosa. Así, 43 años después de aquella obra maestra en blanco y negro y stop-motion, llegaba este remake que no solo no aportó nada nuevo, sino que lo que hizo, lo hizo mucho peor de lo que ya estaba hecho. Con básicamente la misma historia, la película estira demasiado su metraje hasta las dos horas y cuarto, llegando a resultar aburrida y sobrante en demasiados momentos. Queda patente su mensaje ecologista, algo que es casi la moraleja de King Kong, que siempre ha sido una suerte de adaptación de La bella y la bestia, y en el que nosotros siempre somos los monstruos, no el mono desproporcionado. Protagonizando junto al gorila, tenemos a Jeff Bridges en el papel de zoólogo defensor de los animales, y a Jessica Lange en el de la soñadora aspirante a actriz, inocente y sugerente, que será la perdición de mono. Imposible no darse cuenta del enorme erotismo que impregna todo el rato el papel de Lange y su actuación. Y no solo porque aparece siempre sexy, juguetona y ligerita de ropa, sino porque su actitud es, cuanto menos, lasciva. Mención especial a ciertas escenas con el gorila en las que ella parece disfrutar casi orgásmicamente con las atenciones que le presta su gigantesco amigo, y qué decir de la cara de salido de Kong, que debió dar origen a la expresión “estar más salido que un mono”. Visto hoy en día, sigue resultando sorprendente esa insinuada relación erótica entre la despampanante hembra y el simiesco monstruo.Tampoco podemos dejar de destacar, pero para mal, los nefastos efectos especiales de este remake. En los años 30, todo lo que se hacía era experimental, innovador, había que inventar sobre la marcha. En 1976, da lástima que las superposiciones, los fotomontajes y las manos mecánicas sean tan chapuceras y evidentes. O que el mono sea, obviamente, un señor disfrazado. O que la serpiente gigante contra la que lucha sea claramente de goma. Podríamos seguir, pero es todo el rato igual. Todas las apariciones del gorila son penosas y evidentes, rezuman cutrismo, las proporciones del tamaño de Kong van y vienen… vergonzoso, de verdad. Así que, resumiendo, este remake podría haberse ahorrado, porque no hizo nada por el personaje ni por el cine, y desconozco si en su momento cosechó un buen éxito (que lo dudo) o una buena crítica (que aún lo dudo más), pero vista hoy en día resulta tediosa, mal hecha, y solo la salva ver cómo el sugerente personaje intepretado por Lang pone cachondo al mono toda la película. Si es que ya lo dicen, que los monos son como nosotros…

Manhunter (Michael Mann, 1986)

Antes de que las interpretaciones de Jodie Foster, Anthony Hopkins, y la dirección de Jonathan Demme convirtieran al personaje de Hannibal Lecter en un icono del cine, y encumbraran al escritor de la novela original, Thomas Harris, ya hubo un intento en los años ochenta de adaptar la novela de Harris titulada “El dragón rojo”. Una novela cronológicamente anterior a “El silencio de los corderos”, en la que ya aparecía el mítico psiquiatra caníbal Hannibal Lecter. Aunque aquí aún no era ni un caníbal, ni se llamaba Lecter sino Lecktor, ni lo interpretó Hopkins sino Brian Cox. La historia trata sobre un asesino que actúa movido por el ciclo lunar y asesina familias enteras. Con una motivación religiosa-mitológica y ansia de transformarse en algo más grande, el asesino parece totalmente imparable. Para detenerlo, el FBI echará mano de uno de sus mejores hombres, Will Graham (interpretado aquí por un joven William Petersen, actualmente Grissom en “CSI”), retirado después de traumatizarse por el brutal ataque del doctor Lecktor contra él antes de que lo detuvieran. El personaje de Graham aparece aquí descrito con mucho más parecido al representado en la novela. Se trata de un hombre con una inigualable capacidad de empatía, capaz de vivir los instantes finales de la familia asesinada y tratar de ver con los ojos del asesino. Sus extraordinarias cualidades le ayudarán a descubrir pistas que pasan desapercibidas, y así irá ahondando hasta dar con el asesino, con quien tendrá que tener una confrontación final a vida o muerte. El esquema de la película es muy inteligente, las interpretaciones de Petersen, Cox, y de todos los secundarios (sorprende encontrarse a una joven Joan Allen en el papel de ciega amante del asesino) son extraordinarias, y el desarrollo de la investigación es brillante. Petersen borda su papel, logrando transmitir esa empatía que define a su personaje, su angustia por su trauma y su necesidad, casi física, de detener a los malos a cualquier precio. Además, no se puede objetar nada a la dirección de Mann, cineasta responsable de otros títulos como “El último mohicano” o “Heat”. Su pulso tras la cámara ya era firme como el acero hace 23 años, y su manera de contar la historia escrita por Thomas Harris no tiene nada que envidiar a la obra maestra de Demme que se convertiría en leyenda unos años más tarde. Así que, pese a que he descubierto esta joyita tras enterarme que la más reciente “El dragón rojo” era un remake de la misma, aún estamos a tiempo de decir que ambas están muy igualadas en todos los aspectos, siendo excelentes películas separadas por más de 20 años.

Creep (Christopher Smith, 2004)

Con el sabor dulzón de la comedia romántica anterior aún en mi garganta, mi trastornado cerebro amante de lo homicida necesitaba una nueva dosis de gore intravenoso. Así que rebusqué entre mi videoteca y decidí uno de tantos títulos que podían satisfacerme y que, de paso, aún no había comentado en este blog: "Creep", una película que disfruté bastante en el cine, el mejor entorno para verla por su oscuridad, sonido y atmósfera angustiosa y opresiva. Y aunque no me di cuenta en su momento, algo ha debido aportar esta cinta al género, porque recientemente he podido ver (y reseñar también aquí) otra película posterior con un argumento que también gira en torno al metro y a extrañas muertes y criaturas: "El tren de la carne de medianoche", o también conocida como "El vagón de la muerte".
Franka Potente (divertido y apropiado apellido para una rubia buenorra) se convierte para esta película en un putón verbenero, pija y repelente, que decide que va a tirarse a George Clooney aprovechando que está en su ciudad, Londres. Hasta aquí, pensándolo bien, quizá tampoco requiriera demasiado esfuerzo interpretativo para la Potente. Un azar del destino y el no encontrar un taxi harán que la pija en cuestión tenga que coger el metro, pero como va borracha como una rata, se queda dormida unas horas y, al despertar, el metro ha cerrado y está sola en el andén. La señorita se acabará subiendo a un extraño tren vacío que se detiene después en medio de un túnel, comenzando la auténtica pesadilla, y viéndose acosada por un asesino a quien calificar de desagradable es hacerle un favor. Entre carrera y carrera, varias víctimas entre vagabundos y guardias de seguridad, y la constante huída de la prota, la película avanza por las vías del terror más normalito y del gore más asqueroso y doloroso. No es fácil olvidar la escena que sucede en el laboratorio del asesino (una especie de niño deforme ya crecidito, que no habla sino que emite un estridente y asqueroso chillido), cuando éste juega a los médicos con una pobre vagabunda. Lo malo es que juega con instrumentos de verdad y con, ejem, bastante poca higiene y muy poquitos conocimientos sobre anatomía humana. Porque no hay que ser un lumbrera para saber que si introduces una sierra de medio metro a través de una vagina, te cargas a la propietaria de la vagina en cuestión. Pero a nuestro amigo no parece importarle demasiado.
En fin, al final se resuelve todo con el típico enfrentamiento malo-buena en el que vence la suerte de la desgraciada protagonista, que con todo lo que pasa no le viene mal una ayudita del destino. La última escena, moraleja incluida, viene a tratar de decirnos que a todos nos puede dar un revés la vida en un santiamén, y hacer que nos veamos en la piel de quienes despreciábamos. Pero hombre, digo yo que no hará falta pasar todo esto para aprender la lección, porque si es así, yo paso.

Mi gran boda griega (Joel Zwick, 2002)

Sin duda esta no es la típica comedia romántica en la que las situaciones son tan inverosímiles y edulcoradas que hasta pueden producir un coma diabético. No, esta película es una más que interesante mezcolanza de dos argumentos (las diferencias culturales entre dos grupos y la propia historia de amor de los protagonistas), muy bien llevada por todas las divertidas situaciones que se nos van presentando, y con unos personajes más que bien construidos y graciosos. Muy, muy lejos del típico humor actual de caca-culo-pedo-pis o de parodiar a otras películas o géneros de éxito, "Mi gran boda griega" es un guión original e inteligente, con humor sencillo pero agradable y nada vulgar, en el que los personajes y sus diferencias son los auténticos protagonistas de los gags. En cierto modo, la misma fórmula que ya empleó "Una terapia peligrosa" o "Los padres de ella", por ejemplo. Esa clase de humor muy distinto al de las "Scary Movie" y compañía (que también me gustan, ojo), en el que se nota que los guionistas han sabido explotar lo gracioso de ciertas situaciones con las que puede resultar más fácil sentirse identificado.
Porque, a fin de cuentas, esta no es más que la historia de un chico que se enamora de una chica. El problema, si es que hay alguno, es que ella es griega, procedente de una cerrada y tradicional familia griega, formada por gente tan ruidosa, brutota, dura de mollera y chapada a la antigua como de buen corazón. Así, la historia irá contando cómo los dos novios preparan la ceremonia mientras que ambas familas se conocen, se chocan y, a la larga, claro está, se aceptan encantados. Una típica pero nada desagradable lección de que el amor supera barreras, ya sea económicas, culturales, ideológicas o de cualquier tipo y tamaño. ¿Realidad o ficción? En cualquier caso, una bonita película.

Destino Final 2 (David R. Ellis, 2003)

La inevitable secuela de “Destino Final” sigue los pasos de su predecesora y continúa explorando la más que atractiva premisa, simple y sumamente atractiva, de que no se puede escapar de la muerte. Algo así de sencillo y a la vez así de aplastante, una de las máximas de la vida misma, que todo llega a su fin. Y para darle cuerpo a tal idea, continuamos con una puesta en escena muy cuidada, con un grupo de actores jóvenes que cumplen sus diferentes y habituales roles, y con un enemigo invisible e imparable que irá dando caza a los protagonistas. Si en la primera parte era un accidente de avión lo que desencadenaba la historia, aquí será un accidente múltiple en carretera. De nuevo una chica normal y corriente, no una médium ni una bruja ni nada por el estilo, tendrá una visión en la que ella, sus amigos y otro buen puñado de gente muere en una colisión por culpa de un camión que transporta troncos de madera. El ataque de pánico de la joven protagonista (a la que reconozco hoy en día como una de las agentes de la genial serie “Mentes criminales”) provocará que en el accidente no muera todo el mundo que debía haber muerto, y de nuevo la parca comenzará a acecharlos uno por uno para subsanar esa serendipia del destino que ha evitado que cumpla su cometido. Vuelve a aparecer Ali Larter repitiendo su papel de la primera parte, siendo la única superviviente del vuelo 180 y recluida voluntariamente en un psiquiátrico, y que se convertirá aquí en el típico personaje-ayuda que estas cintas siempre necesitan. Por supuesto, también recibirá aquí el matarile que no le dieron en la primera, cumpliendo una vez más con la máxima de la película, que no se puede escapar de la muerte. De nuevo nos encontramos muertes originales y con más nivelillo de gore que en la anterior, pero nada gratuito, siempre al servicio de la historia y para satisfacer las ansias de los espectadores. Pero la trama sigue siendo interesante y tensa, siempre con esa sensación de contrarreloj y de luchar contra algo insuperable, de sentir que lo han superado por fin, y entonces llegamos de nuevo al desenlace y a su dosis de moraleja. Y es que puedes huir, puedes esconderte… pero no puedes escapar.

Destino Final 3 (James Wong, 2006)

La franquicia de “Destino Final” seguía dando buenos resultados tras dos películas y llegó la hora de la tercera, de nuevo a cargo del realizador de la primera y más sorprendente de la saga. Esta tercera parte continúa exactamente por los mismos derroteros, y tanto técnicamente, como argumental e interpretativamente, no hay nada que objetarle, porque sigue siendo más que correcta. El escenario del nuevo accidente horripilante y de la visión de la chica protagonista será ahora un parque de atracciones y su montaña rusa "La montaña del diablo". El ritmo y las imaginativas muertes tampoco son una lacra, y la dirección también es eficiente. ¿Qué falla entonces? Pues realmente nada. Es tan correcta como lo fue la segunda (si bien no tanto como la estupenda primera), pero el enorme problema que pesa sobre sus espaldas es la total y completa pérdida del siempre atractivo factor sorpresa. Los aficionados a la saga ya sabemos qué va a suceder antes de que suceda, nos oleremos cada situación, cada muerte, cada idea para salir adelante, y hasta veremos cantado el final. En cierto modo, es ver lo mismo que has visto en las otras dos, y cuando ya lo has visto dos veces, quizá no es necesaria una tercera. Pero tampoco es el caso, porque para quienes disfrutamos de las dos primeras, esta nueva entrega es igual de interesante en su desarrollo y ofrece otra horita y media de entretenimiento, y aunque pierde la chispa de la novedad, mantiene la llama de la calidad que ha caracterizado a la saga hasta el momento. A falta de ver la cuarta parte, rodada en 3D y, según tengo entendido, atrozmente mala, debo decir que la trilogía de “Destino Final” es de lo mejor que ha dado el trillado género del terror adolescente. Para ver las tres de un tirón sin aburrirte, bien aprovisionado de palomitas.

Destino Final (James Wong, 2000)

En el año 2000, James Wong debutó con esta producción que me hizo creer que el cine de terror aún tenía un viento fresco que ofrecer. Dentro de los convencionalismos del cine de terror adolescente, tan sobreexplotado durante la última década, resultaba enormemente agradable encontrarse con esta idea nueva y original en la que el asesino de turno no era un encapuchado, ni un enmascarado, ni un psicópata homicida. No, aquí el asesino era algo mucho más temible, intangible y, al mismo tiempo, coherente que todo eso: la propia muerte. Pero no la personificación tradicional de la misma, guadaña en mano, sino la muerte convertida en inevitabilidad, en algo que no puede burlarse ni posponerse llegado el momento predeterminado, en un destino final.
Así se nos presenta a un grupo de estudiantes que se van a embarcar en un avión a París para su viaje de fin de curso. Pero uno de ellos, sin razón aparente y sin haber tenido jamás ningún tipo de poder mental ni premonitorio, tendrá una aterradora visión en la que verá explotar el avión nada más despegar, muriendo todos ellos. Su histeria hará que no suba al avión, y junto a él quedarán en tierra unos pocos pasajeros, algunos asustados, otros intrigados, otros molestos. Pero todo se tornará en asombro cuando, nada más alzar el vuelo, el avión estalle en el aire. A partir de ese momento, no obstante, los supervivientes de la tragedia del vuelo 180 comenzarán su verdadera odisea. Porque, de alguna manera, al bajar del avión han puesto en peligro el plan que la muerte tiene para todos y cada uno de nosotros, y eso es algo que el universo, la providencia, o como queráis llamarlo, no puede consentir. Uno a uno, todos los supervivientes comenzarán a morir en terribles accidentes “casuales” exactamente en el mismo orden que hubieran muerto en el avión, y cuando los jóvenes descubren lo que está sucediendo, comienza una desesperada carrera por vencer a un enemigo tan viejo como la vida misma. ¿Lo lograrán? Hombre, pues claro que no. Pero lo que sí logran, y con creces, es ofrecer hora y media de terror-suspense inteligente, bastante bien interpretado y muy bien rodado, sin sobresaltos baratos (no es necesario cuando sabes qué va a suceder y solo falta que te enseñen cómo) y con agradable tensión durante todo el metraje. Para mí es una de las sorpresas más chulas de la nueva generación de cine de terror teen, muy por encima de la media. E incluso sus dos secuelas posteriores lograron mantener un listón más que aceptable, tanto técnico como argumental, lo cual en esta clase de sagas es todo un logro.

House of the dead (Uwe Boll, 2003)

El 2003 fue un año negro para la historia. El año en el que todos los aficionados al cine vimos como un ¿cineasta? alemán cogía uno de los mejores subgéneros del terror, el de los zombies, y lo sodomizaba sin piedad. Y quienes, como yo, también fuimos aficionados al videojuego en el que se ¿inspira? esta atrocidad cinematográfica, aún sufrimos más con las ¿referencias? y demás cutradas abyectas que el ¿cineasta? se atrevió a meter en la ¿película? en un vergonzoso y bochornoso alarde de pretensión artística.
Cuenta la leyenda que los hermanos Lumiere se levantaron de sus tumbas, que Orson Welles, Charles Chaplin, Fritz Lang y muchos otros genios fallecidos se alzaron y emergieron de los cementerios para intentar detener el apocalipsis que venía. Un apocalipsis que no pudieron evitar, teniendo que regresar reptando a los agujeros de los que habían salido en silencio. Porque aquel 2003, como si de la profetizada estrella del ajenjo se tratase, algo terrible había caído sobre la Tierra. O, mejor dicho, algo terrible se había dado a conocer: Uwe Boll estaba aquí. Ya era inevitable. El cine, tal y como lo conocíamos, yacía temblando en un rincón, suplicando porque esa despiadada e hiperactiva criatura calva alemana no le alcanzara jamás.
Y es que “House of the dead” es un ejercicio de anticine en toda regla. Y lo que es peor, puede que sea el ejercicio de anticine más pretencioso jamás realizado, porque realmente parece que Boll cree que tiene talento, y como el gobierno alemán continúa financiando gran parte de sus bazofias, su ego aumenta a medida que su talento decrece. Y así continúa ofreciéndonos año tras año enormes pedazos de mierda sin sentido, todas con un mismo patrón común, traten del tema de que traten. Aunque este señor ha mostrado especial predilección por despedazar videojuegos y convertirlos en las peores adaptaciones imaginables…
Encontramos en esta película todo lo malo del cine cutre y algunas otras cosas que no habíamos visto jamás. Aparte de actores lamentables, una puesta en escena de risa y la oligofrénica dirección de Boll, esta película tiene uno de los peores guiones jamás escritos, con diálogos que darían risa si no fueran indignantemente malos. Pero no contento con eso, Boll acompaña la acción (y lo que no es acción) con música techno-maquinera que te ha frito el cerebro a los 5 minutos de metraje, y que nos da una idea de por qué rueda esta basura si se pasa el día escuchándola. Los efectos especiales no son obvios: son esperpénticos. Los zombies, por llamarlos de alguna manera, son disfraces de carnaval que habrían hecho enrojecer de vergüenza a los maquilladores de “Los hijos de los muertos vivientes”. Y además, el único recurso cinematográfico con el que cuenta Boll (o eso debe pensar él) es uno, y solo UNO: el bullet-time, ese efecto que empleó por primera vez “Matrix” y que a Boll debió parecerle tan chulo que lo mete en sus producciones a razón de cada 10 segundos, pegue o no pegue, ya sea en un tiroteo o en una persecución bosque a través. Todo está estúpidamente ralentizado y giratorio, como si fuera visto de la perspectiva de un adicto al ácido (cosa que tampoco descartaría).
Y puede que lo peor es que recomiendo a todo el mundo ver esta película. Puede que la peor película de terror que se ha haya hecho. Sin duda la peor adaptación de un videojuego de la historia. Pero por encima de todo, y por toda su cutrez extrema, una de las mejores comedias no intencionadas de todos los tiempos.