El profesor chiflado (Tom Shadyac, 1996)

Llamar polifacético a Eddie Murphy es, hoy por hoy, hacerle todo un favor. El que fuera el graciosete por excelencia de los años ochenta, con títulos casi míticos como "Superdetective en Hollywood", la estupenda "El chico de Oro", "El príncipe de Zamunda" y tantas otras, comenzó a caer en una extraña espiral de protagonismo absoluto hasta haberse convertido hoy en un mediocre intérprete de comedias absurdas en las que el único "mérito" que se le puede atribuir es el de interpretar 6 o 7 papeles al mismo tiempo gracias a la excelente labor de maquillaje.
Uno de los claros exponentes de esta decadencia, quizá el primero, de hecho, es este pseudoremake de la extraordinaria comedia de Jerry Lewis, que Murphy y el director Tom Shadyac sodomizan sin piedad en esta cinta.
Aunque la idea de base es la misma -un científico, aquí convertido en un obeso desmedido, que se convierte en guaperas chulesco por una pócima de su invención-, casi toda la película se enfoca en la broma de mal gusto, alcanzado su máxima cota en las reuniones de la familia Klump -todos sus personajes interpretados por Murphy-, que se resuelven a base de pedos, eructos, conversaciones soeces, y un largo etcétera de groserías sin gracia. Hay algún buen destello de comedia, no lo niego, especialmente el enfrentamiento entre Lennie y Buddie Love en el club de la comedia, pero solo son eso, pequeñas salpicaduras de diversión en un producto casi totalmente burdo y sin gracia ninguna. Y encima, a partir de aquí la carrera de Murphy se ha dirigido casi exclusivamente en esta dirección -vale, salvo un par de excepciones de calidad que ya comentaré algún día-, a interpretar comedias familiares de guión estúpido y chistes absurdos. Aún recuerdo las veces que he visto la escena de "yo-yo-yo-yo-yo-yo-quiero el cuchillooooooo" de "El chico de oro", y tantas otras de sus títulos ochenteros. ¿Dónde está el buen humor que hacía Murphy? ¿Se le perdíó en el coche con el travesti?

La llave del mal (Ian Softley, 2005)

El director de la extraordinaria "K-Pax" dio el salto al terror con esta película sobre el vudú ambientada en la pantanosa región sureña de Nueva Orleans, Luisiana. La zona en la que se desarrolla la trama ya sirve como pretexto para incluir el tema de la servidumbre y el hudú, una especie de variante del vudú haitiano practicada por los habitantes del sur desde tiempos de la esclavitud. Esta magia negra será el eje de la historia cuando una joven cuidadora (la guapísima Kate Hudson) acude a cuidar a un anciano enfermo a una enorme casa de Nueva Orleans. Allí deberá convivir con la misteriosa esposa del anciano mudo, y poco a poco tendrá la sensación de que el pobre hombre parece suplicar ayuda, mientras que la mujer se nos irá antojando cada vez más sospechosa. No hay auténtico miedo en esta película, sino una conseguida tensión y cierto suspense. Casi parece más un thriller sobrenatural que una película de terror, y huye casi todo el rato de los típicos sustos-sobresaltos. Pero conforme avanza la cinta se va haciendo más predecible, y además le cuesta mucho arrancar, porque casi hasta mitad de película no sucede nada, y cuando sucede, tampoco es demasiado sobrecogedor. Parece que el director quiso guardar lo mejor para los 5 minutos finales, introduciendo ese giro final bastante sorprendente (aunque si estás atento, puedes verlo venir) y dejándote con la sensación final de haber visto una película correcta. Sobran cosas, claro. A mí se me hizo absurdo cuando la chica empieza a esparcir frenéticamente polvo de ladrillo por toda la casa y los malos se van quedando "atrapados" de la forma más tonta. Lo del polvo de ladrillo funciona muy bien en la escena entre Hudson y la vieja, muy bien rodada desde el fondo de la habitación y con ese diálogo tan puntilloso; pero, en la última parte, el recurso del polvo me parece demasiado facilón. De todos modos, como decía, el giro final hace ganar muchos enteros a la película, que aunque es un poquito lenta está muy bien realizada e interpretada, y con un guión no exento de tópicos, pero interesante.

Venganza (Pierre Morel, 2008)

Hacía años que no me gustaba tanto una película de acción pura y dura. El irlandés Liam Neeson protagoniza de forma absoluta un arrollador espectáculo de acción de 90 escasos minutitos, sin un segundo de descanso, un ritmo que no te permite levantarte ni para ir al baño, y una serie de secuencias de lucha cuerpo a cuerpo interpretadas por él mismo a sus 56 años que quitan el aliento.
"Venganza" es la historia de un padre en busca de su hija adolescente secuestrada por una red de trata de blancas de Europa del este. Durante los primeros minutos del metraje se nos presenta al personaje de Neeson como un divorciado, no demasiado triunfador y que solo desea mantener la relación con su hija. Empezamos a saber de él que ha trabajado en algún tipo de cuerpo de élite del gobierno, algo muy secreto e importante. Y pronto lo vemos en acción cuando, trabajando de guardaespaldas de una cantante en un conciento, desarma y ahostia a un agresor con dos movimientos. Pero enseguida pasamos al meollo del asunto cuando la hija de Neeson es secuestrada en París y su padre tiene 96 horas antes de perderle la pista para siempre. Solo la conversación telefónica de Neeson con su hija mientras que la están secuestrando, o la posterior parrafada que le suelta a su secuestrador, ya te hacen que te pongas de pie y aplaudas. Sin duda es un ejemplo de que, esta cinta, si la hubiera protagonizado el Van Damme o el Statham de turno, hubiera sido un truño, pero Neeson aporta un carisma y una presencia que ya son el 80% de la película. Te lo crees, te metes en su piel, lo ves un señor de cincuenta y tantos años pero con un pasado como agente especial que, como él dice, le han hecho adquirir habilidades concretas que serán la pesadilla de sus enemigos.
A partir de que Neeson llegue a París, aparte de una buena trama de investigación en la que va descubriendo a personas implicadas, atando cabos y llegando al fondo del asunto, lo que encontramos es un ritmo implacable, y al personaje de Neeson desatado y capaz de todo para encontrar y salvar a su niña. Alguna fantasmadilla hay, claro, pero aún con todo y con eso no te sacan de la película, y vives con él todo su avance, como si de un videojuego se tratara. Y así, pantalla a pantalla, malo tras malo, escenario tras escenario, hasta llegar al monstruo final y salvar a la princesa, como si de un karateka Super Mario Bross se tratara. Y la sensación final que te deja la película es que no te importaría volver a verla mañana mismo.

House of blood (Olaf Ittenbach, 2006)

Para los amantes del gore, el conocido como "ultra-gore alemán" es todo un referente del género. Y si lo consideramos como una criatura, sin duda sus padres son los directores Jörg Buttgereit y Olaf Ittenbach, este último responsable de la cinta que nos ocupa (y realizador también de la archiconocida y clásica del género "The burning moon"). La principal lacra que se puede atribuir, no obstante, al gore alemán, es su aplastante lentitud narrativa, un mal que parece común en todos sus cineastas. Pese a que las películas están plagadas de escenas de un gore de gran calidad y de imaginativa factura, el desarrollo de las tramas es leeeeeeento y estirado, se regodea en lo explicativo y hasta pretende dotar de profundidad a los personajes, restándole muchísimos enteros al resultado final de la cinta, que puede llegar a dormir a las ovejas. Nada que ver, por ejemplo, con el gore comercial de los orígenes de Peter Jackson, tan salvaje como divertido y disparatado, o el actual gore comercial de "Saw" y de tantas otras películas que ya hemos ido comentando en esta bitácora (y las que me quedan...).
No obstante, esta "House of blood" es una agradabilísima sorpresa. Ittenbach teje una historia extraña y repetitiva, una especie de bucle sin fin que comienza siempre con un accidente de un autobús de presos. Aunque no cabe duda que está un poco cogidito con pinzas que siempre se accidente un autobús en el mismo sitio y nadie acuda, pero bueno, aceptamos barco. Esto sirve como detonante de una reacción en cadena (título original de la cinta) en la que un pobre médico se verá siempre envuelto, acompañando como rehén a un grupo de prófugos por una huida campo a través, hasta toparse con una cabaña en la que reside una pintoresca familia campesina que parece haberse quedado anclada en el siglo XIX. Pero, obviamente, la familia oculta un secreto, y es que son monstruos, demonios, vampiros, o vete a saber, que se recluyen ahí para luchar contra sus instintos y las tentaciones, lejos de la civilización y abrazando la religión como terapia para no comer personas. Por supuesto, las dos visitas del médico y los presos a la cabaña acaban en un baño de sangre, mutilaciones, desmembramientos y demás lindezas a las que nos tiene acostumbrados Ittenbach. En general los efectos son buenos, aunque algunos se notan bastante, pero la sensación general es buena. Lo malo, como decía, es que el director y guionista divaga tratando de hacer su historia profunda, relacionando entre sí el pasado de algunos personajes y regodeándose en larguísimos diálogos (mención especial para el penoso personaje del segundo cabecilla de los presos, una especie de Hannibal Lecter venido a menos) que aburren, y mucho. Aunque hacen que valores más las escasas pero poderosas escenas de casquería, que es lo que hemos pedido ver.
En definitiva, la sensación general que deja esta peli, aún con su demasiado alargado metraje (hubiera sido un corto de puta madre si terminara cuando el doctor huye de la cabaña la primera vez) y su estética cutre típica del cine alemán, es buena. No es la mejor del género, pero es una opción para ver sangre a raudales dentro de un trasfondo aceptable.

El retorno de los malditos (Martin Weisz, 2007)

Tras un prometedor debut en la lenta pero interesante "El caníbal de Rotemburgo", el director Martin Weisz se pasa al terror chusco más convencional y comercial con esta secuela del remake de "Las colinas tienen ojos", del sobrevaloradísimo Wes Craven. Y a su vez, esta secuela es también remake de la secuela de la original, aún siendo secuela del remake actual... así que no tengo muy claro qué coño es esto.
Pero bueno. Sin duda esta cinta pretende alejarse todo lo posible de la original que rimeiquea (toma palabro), incluso en España se le ha dado un título que en nada recuerda a su primera parte: "El retorno de los malditos". Aunque me pregunto, ¿qué malditos? Si son mutantes. ¿Y qué retorno? Si ellos nunca se han movido de las colinas. En fin... mal empezamos.
La excusa de la película es que un equipo de soldados en prácticas debe llevar al desierto de Nuevo Mexico un cargamento para el equipo científico que allí trabaja. Al llegar se encontrarán el lugar deshabitado (cosa que no debería sorprenderles, porque es UN DESIERTO, ¿no?) y empiezan a ser acosados y cazados por una nueva familia de mutantes que sigue el mismo esquema que los de la primera parte: hay varios esbirros cazadores, un malo malísimo muy grande y muy fuerte, y un bueno que, en esta peli, es clavadito a Sloth, el deforme bueno de la mítica "Los Goonies". Le falta pedir una chocolatina.
Por otra parte, el equipo militar también es un topicazo de aúpa. Hay una rubia preciosa, un valeroso negro, un hispano, un tontolculo (que será el héroe de turno, como siempre), una negra, y un sargento chusquero, entre otros. Las formas de morir de cada uno no están mal, los efectos gore cumplen su cometido, y algunas escenas causan bastante grima (como la violación de Papá Hades a la soldado negra para que le dé un hijo), pero por lo demás, la película navega en lo más corrientito, no hay nada destacable en ella. Sinceramente, no había necesidad de rodarla, pero aquí está, aunque su visionado te dejará indiferente. La moraleja de esta clase de argumentos es que, si te ves en una situación de estas, hay que ser mujer o gilipollas para poder salir vivo.
Y hablando de gilipollas, esto me lleva a una reflexión sobre "el maestro del terror" Wes Craven. Hablamos de un director totalmente sobrevalorado, con dos o tres películas buenas en su haber que le han encumbrado, no sé por qué, al estatus de ídolo. Pero si repasamos su filmografía, encontraremos más basura infecta que buenos títulos, y algunas de las películas avaladas por este mecenas son auténticos y burdos engaños. Me viene a la cabeza "Vuelo nocturno", cuyo poster prometía una película de terror a la vieja escuela y luego no era más que un cutre thriller al uso. Esta secuela de su propia "Las colinas tienen ojos" viene a ratificar que este señor continúa viviendo del pasado y del nombre que, inexplicablemente, le hemos dados los fans del género.

Las colinas tienen ojos (Alexandre Aja, 2006)

Cuando el propio Wes Craven avaló un remake de su afamada película, sería porque él mismo sabía que su film era mejorable. Quizá mi problema es que vi la versión de Craven después de ésta de Alexandre Aja, y lo que a ambas les falta argumentalmente, a la de Aja, al menos, le sobra en brutal puesta en escena.
Amparado en las recurrentes mutaciones provocadas por pruebas nucleares, arranca la historia de una familia que se adentra por un "atajo" en el desierto y acaba a merced de otra familia de mutantes caníbales. Durante la primera media hora el film hace una correcta presentación de estereotipos... digo, de personajes, y de historia, consiguiendo cierto gancho en saber que algo les va a pasar (y alucino con que el cabeza de familia decida hacerle caso al gasolinero y tomar el atajo, menuda ideaca). Pero con el ataque a la caravana y la presentación de los "otros" personajes, la cosa se infla y se desinfla al mismo tiempo. Se desinfla porque todo al atractivo argumental queda reducido a la típica historia de un amilanado capullo reconvertido en antihéroe a la fuerza, y en hacer apuestas de quién sobrevive y quién muere (cosa absurda si ya has visto la versión de Craven, porque acaba igual). Pero se infla porque la familia mutante, si bien no da miedo, causa auténtico asco. Tienen esa maldad desagradable y repugnante tipo el malo de "Creep" o los bichos de "The descent", son ese estilo de monstruos de película a los que estás deseando que maten de forma horrible porque se lo merecen. Y sin duda ese cometido de causar rapulsa está muy bien logrado, por el aspecto de los seres (estupendo trabajo de maquillaje), su comportamiento, el lugar donde viven y su despiadada falta de motivación para matar. Porque vale que una cosa es despreciar a la sociedad que los usó como cobayas de las pruebas nucleares, pero de ahí a convertirse en asquerosos asesinos caníbales y endógamos, va un mundo, ¿no?
En fin, progresivamente la película continúa en su festín de sangre, golpes de pico y hacha, disparos explícitos y demás violencia barata tan efectiva como inútil. El tontolaba de turno se convierte en aguerrido luchador que derrota incluso a los monstruos más fuertes para salvar a su hijita, mientras que el perro pastor alemán realiza la mejor interpretación de la película. Así hasta llegar al desenlace, en el que te preguntas si lo que has visto ha merecido la pena. Y la respuesta es complicada, porque si buscabas una buena película, no es así, pero si querías una ración de terror visceral moderno, habrás pasado un desagradable agradable buen rato.

El exorcista: el comienzo (Renny Harlin, 2004)

Si hay una película de terror por excelencia, esa es "El exorcista". Y si hay una película a la que el tiempo y las innumerables parodias le han pasado una tremenda factura y han acabado por hacer que sus anteriormente aterradoras escenas parezcan ahora de cachondeo, esa también es "El exorcista". Quizá por eso, entre otras cosas, se realizó esta precuela de la trilogía de "El exorcista", que viene a narrarnos los orígenes del mítico padre Lankester Merrin, originalmente interpretado por el no menos mítico Max Von Sydow y aquí con el rostro del eficiente Stellan Skarsgard.
La versión que ahora me ocupa es la firmada por Renny Harlin, la que vio la luz en los cines de todo el mundo. Digo esto para diferenciarla de la segunda versión que firma a la dirección Paul Schrader, realizador a quien se le encargó inicialmente el trabajo y que fue sustituido en la post-producción por Harlin por ser demasiado soso. Apostillo aquí que, habiendo visto ambas versiones, no me parecen películas distintas, aunque sin duda la de Harlin es más gore, grotesca y comercial, pero la de Schrader tampoco es la obra maestra por la que él tanto se empeñó en luchar hasta que consiguió su estreno en DVD y su reconocimiento como otra película diferente. En fin... recovecos legales del cine que no nos incumben.
Respecto a la película, decir que camina con paso firme por los estándares del género. Miedo no da en ningún momento, si acaso sobresaltos acompañados de golpes de música. Y cierto asco también en algunas escenas que, más que gore, son desagradables. Me gusta la sangre y los destripamientos en el cine, pero no necesito ver el parto de un bebé muerto y agusanado. Eso me da mal cuerpo. Si esa era la intención, no obstante, pues misión cumplida.
Por su parte, Skarsgard hace un buen papel como sacerdote sin fe reconvertido en arqueólogo. Dota a su personaje del toque justo de interés que puede ofrecer, y lo hace con credibilidad. Pero los absurdos giros de guión que no sorprenden a nadie vienen a confluir, al final, en una secuencia magnificada del exorcismo de la primera parte, de nuevo con una fémina poseída y empeñada en que el cura la fornique (ahí es donde uno no puede evitar el descojone al recordar "Scary Movie 2" y a su padre MacCarras...). El final, como digo, manda al traste lo poco que consigue la cinta, porque lejos del aire de duelo del exorcismo de Merrin y Karras a Reagan, este exorcismo es un despliegue de efectos visuales y acción física sin una pizca de terror. Harlin contaba con el entorno, con los actores y con la situación, pero no supo hacer que la fórmula cuajara, así que este intento de "Exorcista Begins" se queda en un descafeinado subproducto que bebe del nombre del film de Friedkin.

Constantine (Francis Lawrence, 2005)

El impávido actor Keanu Reeves se mete en esta película en la piel de un extraño y peculiar antihéroe. Basado en los personajes del cómic "Hellblazer", Reeves interpreta aquí a su protagonista, cuyo apellido sirve como título de esta película: John Constantine (Juan Constantino para los amigos).
La historia es tan simple como, a la vez, resultona y efectiva. Se dice que la Tierra no es sino el escenario de una extraña apuesta entre Dios y el demonio a ver quién consigue más adeptos. Ni ángeles ni demonios pueden intervenir e interactuar con los humanos, pero sí pueden influenciarnos. Pero para cuando un demonio rompe ese pacto de no intervención, ahí está Constantine, nacido con el don de ver a todos estos seres y dedicado a la caza de demonios, una especie de exorcista mezclado con un poco de James Bond y toques de Van Helsing. La trama de la película arranca cuando Constantine se pone a investigar el suicidio de una joven, gemela de una inspectora de policía, y descubre que las fuerzas del mal están planeando la llegada del anticristo (¡¡pero no el de Von Trier, por favor!!) después de haber encontrado la mítica Lanza del Destino. Así, nuestro Johnny se embarcará en un peligroso viaje con paradas en el infierno, y que puede ser el último que haga ya que, paradójicamente, su peligroso trabajo no es nada comparado con el cáncer de pulmón que lo está matando.
Encontramos un despliegue de efectos especiales en ocasiones realmente sorprendente. Los parajes infernales y sus criaturas están más que bien hechos, y algunos de los momentos audiovisuales son realmente impactantes. Si bien la historia cae en casi todos los tópicos que existen en el género, el ritmo, la espectacularidad y la acción no permiten demasiado margen para fijarse en ellos. Keanu Reeves hace lo que puede, pero no es un buen actor (o, al menos, a mí no me gusta, lo veo siempre "Neo", no sé si me explico), y su partenaire Rachel Weisz no logra tampoco salvar la papeleta interpretativa. Aunque como decía, con una premisa tan atractiva (aunque trillada) como la de la eterna lucha entre el bien y el mal y expresada con semejante despliegue audiovisual, poco necesita de los actores para que funcione.
No puedo dejar de mencionar que esta cinta tiene, para mí, un incuestionable atractivo añadido: que el personaje que interpreta mi odiadio Shia LaBeouf -típico compañero graciosillo e insufrible del héroe- muere de forma bastante horrible, y eso es un favor para la vista. Así que, recapitulando, "Constantine" son dos horas de entretenimiento comercial y efectista que cumple con su simple y plano cometido. No es una película para la historia, pero es una buena opción para pasarlo bien.

Anticristo (Lars Von Trier, 2009)

Transgresora, ingeniosa, polémica, incomprendida, dogmática, vanguardista, visionaria, atípica, anticonvencionalista, sugerente, personal, brillante, simbolista, misógina, escandalosa, provocadora, artística... Todos estos adjetivos y muchos más se le aplicarán a ésta, la última obra del siempre controvertido cineasta danés Lars Von Trier.
Yo, ignorante cinéfilo aficionado, solo he visto un enorme pedazo de mierda.
Es evidente que, cuando se acude a ver una película europea, y concretamente de Von Trier, tener la mente abierta a encontrarse algo raro es imprescindible. Y con la mente abierta de par en par, acudí yo a visionar "Anticristo". Sabía que no iba a ser cine al uso, porque precisamente Von Trier es el padre del alejamiento del cine al uso. Desde el primer momento sorprenderá que no tiene ni una nota de banda sonora. El título está escrito con tizas de colores en una pizarra. De acuerdo, puede pasar. Luego entramos al prólogo, en riguroso blanco y negro, en el que, con un fondo de música clásica, vemos un primer plano de una polla penetrando a una mujer. Con total claridad, nada de medias tintas. Primera bofetada de realidad. Ya tomas conciencia de que no vas a ver algo normal. Se nos presenta así la historia de una pareja (muy bien interpretada, eso sí, por el siempre amante de la polémica Willem Dafoe y la premiada Charlotte Gainsbourg, que hace un papel desgarrador) que, habiendo perdido a su hijo durante un descuido mientras echaban un polvazo, se sumen en el dolor. Él, psicólogo no titulado, se llevará a su esposa, destrozada de dolor, a una cabaña en las montañas llamada "Edén", para que la mujer enfrente sus demonios y sus terrores, y logre superar el dolor.
A partir de esta buena premisa, la película se torna una paja mental de Lars Von Trier que los gafapastas disfrutarán diseccionando. No seré yo quien ponga en duda la extraña maestría de este hombre tras la cámara, con esos planos siempre diferentes, cortados, abusando del primer plano y de larguísimos e inteligentes diálogos cargados de sentimientos. Pero en medio de todo esto, que podría ser un drama de cuidado, encontramos los ¿simbolismos? ¿paranoias? que Von Trier quiere hacernos ver para que seamos tan inteligentes como él se debe creer. Asistimos así a cosas como un puto zorro que habla a la cámara y dice "Reina el caos", momento en el que ya no pude dejar de descojonarme. Incomprensible también para mí el hecho de que la mujer tenga esos arrebatos sexuales. Está llorando y, de pronto, se arranca las bragas y busca desesperadamente el rabo de su marido. Así cada 5 minutos.
Además, Von Trier se regodea en el mal gusto camuflándolo de arte y transgresión. Nos muestra una última media hora cargada de una violencia terriblemente desagradable (jamás había visto a nadie eyacular sangre o ablacionarse el clítoris con unas tijeras oxidadas), para llegar a un epílogo que se resume como que "la mujer no es buena y el hombre, si es malo, siempre lo es por su culpa". Lars, amigo, tú no estás casado, ¿verdad?
En definitiva, no puedo juzgar de malo algo que no entiendo. He leído muchas críticas hoy, antes de hacer la mía, y podría emplear lo que otros han entendido para explicarlo. Pero yo no he entendido nada de "Anticristo". Al menos, no como Von Trier y su séquito de gafapastas han querido venderlo y entenderlo. Yo solo he visto sexo explícito, violencia contra los genitales y un zorro que habla. Lo mejor, el zorro que habla. Y ese primer plano de la polla al principio, que ahora no me lo puedo quitar de la cabeza.

El silencio de los corderos (Jonathan Demme, 1991)

Puede que esta sea la película más imprescindible de la década de los noventa, y una de esas raras ocasiones en las que la Academia hollywoodiense concedía 5 merecidos Oscars principales (película, director, guión adaptado, actor y actriz) a una película que los merecía.
Basada en la arrebatadora novela de Thomas Harris, la película consigue captar no solo casi toda la esencia de la novela y de sus magníficos personajes, sino que logra transmitir la misma angustia, suspense y hasta ciertos toques de terror psicológico durante todo el metraje. Con un montaje casi perfecto y una fotografía extraordinaria, la historia se presenta fácil de seguir, y no por ello fácil de discernir. Ningún personaje queda dejado al azar. Jodie Foster está perfecta en su papel de joven y ambiciosa aspirante a agente del FBI, con un pasado triste y la oportunidad de resolver el caso de su vida. Anthony Hopkins... qué decir del papel de Anthony Hopkins. Perfecto es poco. Su intepretación del terrible, genial y maquiavélico psiquiatra caníbal asesino, el doctor Hannibal Lecter, forma ya parte de la historia de los mejores papeles del cine por derecho propio. En cada primer plano, en cada mirada malvada a los ojos de Foster (que son los del espectador), en cada tranquilo y pausado acto de maldad, en cada comentario mordaz y brillante, Lecter pone de manifiesto la auténtica naturaleza del mal. Y Hopkins se fusionó con este personaje de forma inseparable, haciéndolo suyo en cada matiz, y ofreciendo un espectáculo interpretativo francamente difícil de igualar.
No contento con tener este duelo interpretativo entre Foster y Hopkins y un guión adaptado fiel e inteligentemente de la novela, el director Jonathan Demme demostró que también quería su Oscar. La dirección es poderosísima, la cámara es un elemento más, sobre todo en los primeros planos en los que parece que los personajes se dirijan a nosotros, y nos deja también escenas para el recuerdo, como la del baile de Jame Gumb, travestido con su traje de piel de mujer y al ritmo de "Goodbay horses". O la increíble secuencia final, con ese montaje que muestra la llegada del FBI a la casa incorrecta y la, aparentemente, inocente visita de Clarice Starling a la casa del auténtico asesino. Sin comentarios tampoco para la angustiosa secuencia a oscuras, bajo la tenue y aterradora luz verde de las gafas de visión nocturna. Otro hito del cine.
Así que poco más que decir. Sin duda se trata de una película que debería estar en cualquier top ten de las mejores. Solo queda el regusto amargo de que su principal baza, el personaje de Lecter, se explotó en dos secuelas (también adaptaciones de libros de Harris) muy inferiores. Pero ésta, la madre de la criatura, es una obra maestra.

El republicano (David Arquette, 2006)

David Arquette, uno de los artífices de la saga "Scream" (el que hacía de policía un poco tonto) realizó en 2006 su debut en el mismo género que le dio fama, pero esta vez como cuádruple amenaza: director, guionista, actor, y productor (esto último junto a su mujer, Courtney Cox, una de las de la serie "Friends" y quien conoció rodando "Scream").
Ya se podía haber estado quietecito el jodío, ya.
A ver, por partes. La idea de "El republicano" es serie B total. La esencia de la serie B, me atrevería a decir. ¿La serie B no se caracteriza por un asesino que liquida a adolescentes que practican sexo y se drogan? ¿Y quién se droga más y practica más sexo que un montón de hippies en un festival de música y amor libre? Si a eso le añades que el asesino es un tarado traumatizado con los hippies y los activistas, más de derechas que Bush y Aznar juntos y con un enorme hacha... ¡Bingo! Ya tenemos un argumento de serie B en toda regla.
Lo que pasa es que después Arquette lo manda todo a la mierda.
Arquette co-firma un guión horrible plagado de situaciones sin gracia que pretenden ser graciosillas. A los diez minutos ya tienes claro que los hippies (a quienes debe odiar mucho este hombre) son unos despreciables, vagos, sucios y promiscuos drogadictos, pero aún así no paran de repetírnoslo en cada plano. Se consume más droga en esta película que en una noche de fiesta con Paris Hilton. Y por Dios, ciertos enfoques a un tío paseando en pelotas por el bosque persiguiendo a un conejo, sobran mogollón, hombre. Como diría Lars Von Trier, "no están justificados".
Pero volviendo, que me pierdo entre tanta inmundicia. Arquette tampoco sabe dirigir, porque el montaje es atropellado, encaja mal, parece que falten trozos mientras que otros se antojan completamente intrascendentes... Y por no hablar del final, en medio de esa alucinación de ácido de la protagonista. No me enteré de nada. ¿Cómo demonios acaba realmente, me lo puede explicar alguien?
Solo dos menciones especiales más: una para el pedazo de personaje de mierda que es el asesino, un tipo con careta de Ronald Reagan y un traje que permanece impoluto por más hachazos que asesta. Y otra para el pobre Thomas Jane, actor que cuenta entre su filmografía con algunos peliculones y demasiados bodrios, y que debió realizar esta cinta por amistad con alguien. O para pagarse donuts, porque sale trofollo, trofollo.

Amanecer de los muertos (Zack Snyder, 2004)

Navegando en mi actual repaso por el cine de muertos vivientes, llegó el turno de visionar el remake (más o menos remake, como veremos ahora) de una de las piezas clave de este género: "Down of Dead", conocida en nuestras tierras españolas como "Zombi", y más conocida por cualquier aficionado al género zombie como "la de los zombies en el centro comercial". La versión original de George Romero de 1978, concebida como continuación de su legendaria "La noche de los muertos vivientes", recibió en 2004 este homenaje por parte de un director que la convertía en su opera prima. Nada menos que Zack Snyder, uno de los nombres del panorama actual a los que hay que seguir bien de cerca, pues tiene en su haber, de momento, solo 3 películas, que son: ésta, su debut; "300", que no requiere presentación alguna; y "Watchmen", la adaptación del que puede ser el mejor cómic de la historia. Casi nada.
Sobra decir que Snyder dirige mucho mejor que Romero, y que cuenta con muchos más medios técnicos para esta cinta de los que tuvo el cineasta en su época. Snyder es uno de los pocos directores que sabe darle un uso coherente y acertado al recurso de la cámara lenta, convirtiendo escenas aparentemente sin importancia, en momentos trascendentes de la trama. Sabe captar la atención del espectador, y lo hace sin pretensiones. Además, sus zombies se alejan de los convencionales, de los creados por Romero, asemejándose a ellos en aspecto y putrefacción, pero siendo más similares en comportamiento a los de "28 días después". Son zombies rápidos, rabiosos, fuertes y muy agresivos. Corren y saltan a por sus presas, representando una amenaza mucho más peligrosa.
Contando de nuevo con un centro comercial como escenario y un puñado de personajes muy diferentes y algo estereotipados como protagonistas, la mano hábil de Snyder teje la historia con maestría. Las dosis justas de gore y algunos momentos memorables, como el primer parto de un bebé zombie (con permiso de "Braindead") hacen que el ritmo no baje ni en los momentos más tranquilos, que son pocos. Quizá sobra un poco cierto tufillo a "El equipo A", cuando el grupo se tunea los autobuses, pero insisto en que la historia está tan bien hilvanada y la acción es tan constante, que ni eso molesta. Y ojo, si te parece que tiene un medio final feliz, hay que ver los créditos para conocer el destino final de los supervivientes.
Concluyendo, buena revisión de un referente del género y, por sí sola, muy buena película de zombies modernos homenajeando a los de siempre -ah, y cameo de Tom Savini y Ken Foree incluidos. Sin duda Snyder ya apuntaba maneras.

Envenenados (Jim Gillespie, 2005)

Típica película de terror post-adolescente con asesino de turno, dirigida por el realizador de la archiconocida y también penosa "Sé lo que hicisteis el último verano". Cuenta con unos correctos medios técnicos y repite la misma fórmula que ya es un estándar en el terror teen norteamericano, a saber: un grupo de adolescentes, interpretados por actores desconocidos y guapetes que sobrepasan en mucho la edad que representan, huyen de un ser monstruoso que, en parte, existe por culpa de ellos. Dicho ser les da caza uno por uno, con armas punzantes y/o cortantes (nunca es tan visualmente atractiva una decapitación como un disparo, dónde va a parar), mientras que el susodicho grupo de adolescentes trata de escapar y descubrir cómo detener al asesino sobrenatural. Por supuesto, en medio de todo esto encontraremos cuantos estereotipos seamos capaces de querer buscar, pasando por la rubia y su noviete -rollito relación rota que se reconcilia en medio de la catástrofe-, el típico personaje-informativo (en este caso la nieta de una sacerdotisa vudú-, el tontorrón, etc., etc., etc.
Los diálogos no son interesantes, como podría esperarse. La dirección y la fotografía, aunque correctas, pasan desapercibidas en esta clase de productos de consumo rápido. Jamás silbarás tampoco su banda sonora ni recordarás el nombre de ninguno de sus actorcetes de chichinabo. Ni siquiera el aspecto de su monstruo es mencionable, puesto que parece inspirado en un villano de cómic que se llama Solomon Grundy, una especie de monstruo de ciénaga que viste una camisa desmangada y tiene un insalubre color gris de piel.
En definitiva, película para tener puesta durante la cena, para hacer tiempo antes de ver otra que realmente merezca la pena tu tiempo.

Junior (Ivan Reitman, 1994)

Hubo una época, entre finales de los ochenta y los noventa, en la que Schwarzenegger alternaba sus mamporros en el cine de acción con incursiones en la comedia. Quizá pretendía demostrar que era más que un musculitos repartidor de estopa. Títulos como "Poli de guardería", "Los gemelos golpean dos veces" o "Un padre en apuros" avalan esta faceta cómica del actor austriaco, casi siempre con buenos resultados en taquilla y nefastos en crítica.
Ojo, no voy a ser yo quien venga a decir que Schwarzenegger es un buen actor. No lo es, nunca lo ha sido. Pero sus comedias no son tan terribles como los "profesionales" de la crítica cinematográfica se empeñan en decir. De acuerdo que son predecibles, moñonas, simples y planas como el encefalograma de una rubia y con menos sentido que una frase de la duquesa de Alba, pero al menos cumplían con su estricto cometido, que no era otro que entretener al público "no profesional" y poco exigente. No nos engañemos, si uno quiere buen cine, pues ve a Spielberg, a Von Trier, a Stone, a Cameron, a Welles... Pero el cine de Gobernator no estaba pensado para esta clase de público. O también, pero no con las mismas pretensiones.
Así que, en esta película, el único atractivo es ver a un animalote como Schwarzenegger gimiendo, lloriqueando, haciéndose el tonto y hasta travestido, porque se queda embarazado por un experimento. Que sea algo imposible del modo en que se plantea, y que la situación sea absurda a más no poder, está más que claro. Pero a nadie le importa. Para completar, metemos a Danny DeVito, que es el hermano "enratonao" de Schwarzenegger (genial monólogo de Ernesto Sevilla sobre "Los gemelos golpean dos veces") como compañero en esta nueva peli, y a un secundario de lujo como Frank Langella y una actriz estupenda como Emma Thompson en un papel que seguro se esfuerza cada día por olvidar, y tenemos ya lista la fórmula de una comedia típica de la época. Insisto, no diré que sea buena, pero al menos entretiene durante casi dos horitas y permite ver a Arnold haciéndose el embarazado. Solo con eso, ya es suficiente a menos que vayas por la vida de Pumares.

La cosa (John Carpenter, 1982)

Otro de los maestros del terror con mayúsculas, John Carpenter, presentó en 1982 su revisión del clásico "El enigma de otro mundo". El resultado no pudo ser mejor, y aunque un clásico de 1951 como ese nunca se olvida, la versión de Carpenter es muy superior en muchos aspectos, entre los que cabe destacar, por supuesto, la impresionante factura de los FX de "la cosa".
La historia es sencilla y terrible: en el inhóspito entorno de una base de investigación en la Antártida, un grupo de científicos se verá asediado por un ser de otro mundo que puede imitar cualquier forma y pasar por uno de ellos. Desenterrado del hielo en el que había permanecido latente más de 100.000 años, la cosa de otro mundo quiere llegar a la civilización, donde le bastarían 27 horas para hacerse con toda la población mundial. En este panorama, el grupo tendrá que luchar por su supervivencia, por descubrir quién de ellos es la cosa, y por evitar de cualquier manera que ese ser alcance zonas pobladas.
Con una magnífica fotografía y la hábil dirección de Carpenter, lo mejor de la película puede que sea su atmósfera. La angustia y la desesperación son palpables. ¿Qué hacer? ¿Dónde huir, si en el exterior hay 40 bajo cero? ¿Y dónde esconderse, si en tu propia casa alguien es un monstruo que espera el momento de quedarse a solas contigo para replicarte? Algunas escenas son impecables, como la de la prueba sanguínea con un cable al rojo, o el masaje cardíaco que acaba de una forma inolvidablemente impactante. Sin duda esta película contiene algunas de las escenas más terribles de este género, todas protagonizadas por los impresionantes efectos especiales de la cosa, que toma formas imposibles y monstruosas a medio camino entre pesadilla y delirio. Todo esto, unido a las buenas interpretaciones del elenco, especialmente la de Kurt Russell, el guión lleno de diálogos y situaciones que, dentro de lo increíble son totalmente acertados, y la inquietante música de Ennio Morricone, hacen de "La cosa" más que una película de terror y mucho más que un remake: hacen de ella un clásico imprescindible.

El día de los muertos (George A. Romero, 1985)

La trilogía de los muertos vivientes de George Romero, comenzada con "La noche de los muertos vivientes" y continuada con "Zombie", tiene su broche de oro en esta "El día de los muertos", quizá para mí la mejor de las tres en cuanto a calidad cinematográfica se refiere.
Partimos de la base de que los zombies superan a los humanos vivos en una proporción abrumadora de 400.000 muertos andantes por cada persona. En esta desoladora coyuntura, encontramos que los pocos supervivientes vivos residen bajo tierra en comunidades gobernadas por militares y en las que se experimenta para intentar encontrar algo que ayude a la lucha contra los muertos vivientes. Todo sin éxito, de momento, desde la cura contra la difusión de la "enfermedad", hasta los extraños experimentos de un curioso Dr. Frankenstein para amaestrar a los zombies y reeducarlos.
Encontramos estupendas escenas sin necesidad de que los zombies irrumpan en el plano. Romero sabe captar aquí mejor que nunca la tensión entre la comunidad científica y la militar, y la degradación de los seres humanos en monstruos peores que los muertos vivientes. Aunque ninguno de los actores merece un Oscar, y especialmente el capitán está enormemente sobreactuado, las reacciones de los personajes son creíbles en ese entorno opresivo, oscuro, subterráneo y claustrofóbico, donde la amenaza se cierne sobre ellos desde dentro y desde fuera, y queda patente que no hay peor monstruo que el ser humano.
Los efectos especiales de maquillaje y gore merecen la mejor calificación de la época. Con momentos esporádicos durante las dos primeras partes, la última media hora es una apoteosis en la que los soldados van cayendo bajo la manada de muertos, cada cual de forma más horrible y explícita, especialmente, como no podría ser de otra menera, el capitán, que acaba derribado por el personaje más pintoresco y acertado de la cinta: Bub, el zombi inteligente amaestrado. En la película este zombie listo encaja, aunque según Max Brooks y su "Zombie: Guía de Supervivencia" (algo así como "El último superviviente" a lo zombie) es ridícula la mera idea de poder reeducar un cerebro reanimado de zombi, puesto que no está vivo, solo animado por el virus para conceder al cuerpo las funciones motrices básicas y el instinto de alimentación.
Pero bueno, que se me va la olla con el libro (que, por cierto, os recomiendo a los amantes del género). Post-apocalíptica a más no poder, pesimista y desangelada, "El día de los muertos" presenta el fin de lo que Romero empezó en un solitario cementerio y con un solitario zombie atacando a una solitaria pelirroja. Desde entonces, todo fue a peor... menos las películas, que incluso ganaron enteros como en este caso.

Terminator (James Cameron, 1984)

Los estupendos años ochenta vieron también nacer a este icono del cine de ciencia ficción que es el Terminator. Un organismo cibernético del futuro, con un endoesqueleto metálico casi indestructible recubierto de tejido vivo que lo hace prácticamente indetectable y lo convierte en el infiltrado definitivo. La pieza angular del dominio de la maligna máquina Skynet sobre la humanidad, después de haber tomado conciencia de sí misma y haber arrasado el mundo desatando un arsenal nuclear para eliminar a los prescindibles humanos.
Esta historia que arranca en un futuro post-apocalíptico en el año 2029, sucede en un presente que, para nosotros, ya es pasado: 1984. Hasta ese año se desplaza en un viaje sin retorno un soldado, Kyle Reese, para salvaguardar la vida de Sarah Connor, la madre de quien será el líder de la resistencia humana en el futuro, John Connor. Pero también realiza su periplo al pasado un terminator, con el objetivo de acabar con la vida de Sarah y alterar el futuro al impedir el nacimiento de Connor. Toda una paradoja temporal de esas que molan tanto, ¿eh? Pues sin duda James Cameron supo manejarla de maravilla, elaborando un rompecabezas tan inverosímil como fácil de engullir, y orquestándolo alrededor de un ser tan tangible como aterrador: el terminator, interpretado por un Schwarzenegger que despuntaba como nuevo rey de la acción ochentera, y en uno de sus papeles más interesantes. Quizá porque apenas habla y si algo le sobraba a este coloso era, precisamente, presencia muda. Además, los efectos especiales (aunque hoy en día algo obvios en ciertos momentos) fueron, como viene siendo marca de la casa en James Cameron, revolucionarios en su momento. Después volvería a revolucionarlos con "Terminator 2", y después con "Titanic", y etc., etc., pero sin duda en los años ochenta, esta película era enormemente sorprendente. Mención especial a la escena en la que el terminator se extrae un ojo, o a la secuencia final de la persecución en la fábrica. Impresionantes.
Además, los tres actores principales (Linda Hamilton, Michael Biehn y Schwarzenegger) realizan sus papeles a la perfección que requiere la cinta, y el correctísimo guión y la acertada dirección de Cameron -sin obviar la estupenda banda sonora- convierten a esta "Terminator" en un referente de la ciencia ficción moderna, sobre todo también en el aspecto de las paradojas temporales de "si-no-mando-a-mi-padre-al-pasado-yo-no-naceré-nunca. Muchos robots vendrían después, pero pocos tan memorables.

El diario de los muertos (George A. Romero, 2007)

El legendario director George A. Romero vuelve al género que le dio la fama: los muertos vivientes. Y lo hace con una película que, pese a ser sobre la misma temática que tan bien se le da, tiene un estilo y un planteamiento diferente. Ahora los protagonistas van cámara en mano, con el pretexto de rodar un documental que se nos presenta montado y editado por una de las protagonistas (y supervivientes) de la historia, y que sirve como testimonio del día en el que el mundo se fue a tomar por saco.
Pese a estar rodado con el sistema handycam, como decíamos, la calidad de imagen es bastante mejor que en otras producciones como “El proyecto de la bruja de Blair” y la acción puede seguirse de forma mucho más clara y sin tanto movimiento mareante como en otras como “Cloverfield”. Esto se justifica gracias a que, supuestamente, los vídeos han sido posteriormente editados y a la calidad profesional de las cámaras usadas, ya que eran para un documental de la universidad.
Sobre el grupo de personajes, tenemos de todo. El grupo principal son unos estudiantes que se ven sorprendidos por la noticia de que los muertos están volviendo a la vida y atacando a los vivos. En este sentido, llama mucho la atención que Romero se ha modernizado, y siendo consciente de que hoy en día lo que informa al mundo entero es Internet, explota esta vertiente informativa a más no poder. De hecho, toda la información que obtienen nuestros protagonistas sale del YouTube, y la obsesión de uno de ellos por seguir grabando, obedece a poder informar a su vez a quienes pueda interesar. Muy realista este aspecto, ya que si algún día sucediera algo como lo que la película muestra, sin duda la red sería la fuente de toda la información que pudiéramos obtener.
Encontramos también personajes secundarios con los que los protagonistas van encontrándose, desde la banda callejera que ha tomado el poder, hasta el final en la mansión de uno de los amigos. Sin perder del todo el punto de realismo, a momentos la película se vuelve un poco irreal (el profesor experto en tiro con arco, la naturalidad con la que los estudiantes emplean las armas o la tonta forma en la que muere el cámara), pero mantiene el nivel adecuado de interés. Eso si, no creo que la hayan calificado para mayores de 13, porque es bastante light en muertes, gore e intervenciones de los zombies (curioso que tampoco se nombra jamás la palabra zombie). En definitiva, aunque siempre es agradable volver a ver al maestro Romero en acción, esta película le ha quedado un poco descafeinada, pese a contar con un enfoque original y un guión aceptable escrito por él mismo, pero el resultado es, quizá, demasiado soso. O eso, o será que llevo una semana viendo la saga de “Saw” y esto se me antoja poca cosa comparado con los juegos de Puzzle.

Saw IV (Darren Lynn Bousman, 2007)

En esta cuarta entrega se parte de la nada sencilla premisa de que John Kramer, alias Puzzle, responsable de los juegos de las películas anteriores, ya está muerto. De hecho incluso se nos muestra con todo lujo de detalles una memorable escena inicial en la que se realiza su autopsia, que concluye cuando se descubre en su estómago una cinta de cassette que promete un nuevo mensaje y un nuevo reto. Ahí entra en escena un personaje que apareció brevemente en la tercera, el inspector Hoffman, cuyo papel resultará totalmente crucial en esta entrega y en las próximas. Además, en un alarde de conexión entre todas las entregas, se recupera al inspector de la segunda parte, que aún sigue vivo aunque lleva seis meses retenido por Puzzle. Pero claro, Puzzle está muerto y Amanda también, así que alguien más debe estar ayudándolo… y quizá incluso lo haya estado haciendo desde siempre, antes incluso que Amanda. Atención a todo esto porque cada vez es más importante haber visto todas las películas anteriores para poder ver una nueva, puesto que los personajes y situaciones tienen mucho que ver de unas a otras.
Esta “Saw IV” vuelve a dar una vuelta de tuerca a la historia. Ahora, el principal jugador de las demenciales pruebas de Puzzle será otro detective empeñado en salvar a su amigo (el de la segunda película) y a todo el mundo, a quien nuestro amigo, antes e morir, ya le dejó preparado un juego para ver si es capaz de hacer las cosas como debe y no como quiere.
El nivel de originalidad de los juegos baja un poco con respecto a las anteriores, y se vuelven un poco increíbles teniendo en cuenta que John Kramer era un extraordinario ingeniero con infinitos recursos a su alcance y una mente prodigiosa, y que sus ayudantes y ahora sustituto son una yonki y un policía (¡ups! ¡Spoiler!). No obstante, sigue habiendo algo muy agradable en esta saga, y es la continuidad. Será porque soy lector asiduo de cómics y encuentro que la continuidad es algo fundamental para las historias, que los acontecimientos de un momento dado no contradigan a los que vendrán o a los que ya se han visto. Y en eso, “Saw IV” sigue manteniendo muy bien el tipo, porque obviando algunas tonterías, la historia mantiene una línea recta en la que todo lo que vemos y todos los personajes que entran y salen, obedecen a un mismo propósito. Eso me hace preguntarme cuántas partes más podrán aguantar, porque la quinta (que ya reseñé en este blog hace unos meses) deja bien clara la posición de Hoffman como el nuevo Puzzle y la desaparición del único agente del FBI que se había acercado a su secreto, Strahm. ¿Qué nos deparará la sexta? Pues habrá que esperar hasta final de año. Al menos, ya me he puesto al día para verla sin perderme, que no es fácil.

Saw III (Darren Lynn Bousman, 2006)

Seguimos avanzando en las andanzas de Puzzle, que en esta tercera parte está en las últimas. Ya tocaba, después de llevar dos películas muriéndose de cáncer. Pero como nuestro amigo es incombustible, ahora decide emplear a su esbirra y ayudante, Amanda, para que le consiga una doctora que le ayude a vivir hasta completar un nuevo juego que está realizando con un hombre (y que al final veremos que está relacionado con la doctora en lo que es otra de las máximas de esta saga: nada es casualidad). Conocemos un poco mejor la relación entre Puzzle (bueno, vamos a llamarle John, que es su nombre) y Amanda, así como la historia completa de cómo Amanda llegó a convertirse en ayudante del asesino en serie. Si en la segunda parte decíamos que el nivel de gore subía respecto a la primera, en ésta vuelve a subir bastante respecto a la segunda. Y aumenta también –y cómo- el nivel de asquerosidad, con algunos “juegos” realmente nauseabundos, como el que pretende ahogar a un hombre con el líquido procedente de licuar cerdos podridos y agusanados. ¿A qué mente enfermiza se le ocurrió eso? También es muy loable lo bien realizada que está la secuencia en la que John es operado por la doctora para liberarle presión del cerebro. No se escatima en detalles para mostrarnos, casi como si fuera de verdad, la operación en la que se taladra y corta el cráneo dejando el cerebro al descubierto. Y como no podía ser de otra forma, aún cuando Puzzle muere (y no a consecuencia del cáncer, que hubiera sido lo lógico), parece que el hombre ha dejado todo atado y bien atado para poder continuar “jugando” en plan post-mortem, amén de la excelente jugada a cuatro bandas que se casca en la última escena y que, como siempre, le sale exactamente como había planeado. Así que esta tercera parte mantiene nota, continúa ofreciendo más de lo mismo, bien hilvanado dentro de lo que es la particular historia de todas las piezas que componen este puzzle, y dejando, aún con su protagonista y ayudante muertos, la puerta completamente abierta a que el legado de John Kramer continúe.

Saw II (Darren Lynn Bousman, 2005)

La historia del asesino Puzzle, o Jigsaw, como se le llama en versión original, continúa avanzando en esta secuela que, después del éxito de la primera entrega, no se hizo esperar. Nuevo juego centralizado esta vez en una casa, y con el aliciente de que el propio Puzzle (interpretado por Tobin Bell, que se ha convertido en todo un mito del género, a la altura de Robert Englund, por ejemplo) tiene un constante cara a cara con el detective protagonista en esta ocasión, a quien le ha secuestrado al hijo y lo ha puesto en la casa de su “estudio”.
Rodada con el mismo estilo característico, en esta segunda entrega encontramos juegos aún más macabros (es imposible no estremecerse con el momento de la piscina de jeringuillas) pero no exentos de esa retorcida ética y moral que Jigsaw pretende hacer aprender a sus “sujetos de estudio”. Aumenta el nivel de gore con respecto a la primera parte (también porque tenemos más personajes directamente implicados y, por ende, más opciones de ver sufrir al personal), y se nos muestra más y más explícito. Eso sí, de momento los guionistas saben mantener el tipo y hacer la historia coherente y creíble, permitiéndonos incluso verle cierta lógica al planteamiento de Puzzle –sobre todo al explicar brevemente el motivo de por qué empezó con sus juegos- y logrando sorprendernos con un par de giros finales que, al menos a mí, no me parecieron nada evidentes la primera vez que vi la película, y a los que ahora no he podido encontrar ningún pero viéndolos de nuevo. Todo encaja correctamente. Y es que es evidente que Puzzle necesita un ayudante, y quién mejor que alguien que ya haya pasado por su penitencia, ¿no? Y respecto al otro giro final, no es más que una mera cuestión de estar muy, muy atento a las palabras de este personaje, que realmente nunca engaña a nadie y solo exige que se cumplan las reglas.
Resumiendo, si bien “Saw” podría haber sido perfectamente autoconclusiva, esta secuela resulta muy correcta pese a haber perdido el factor sorpresa, y nos obsequia con momentos de mayor casquería y con un guión que se va complicando para crear lo que, a lo largo de la franquicia, será toda una maraña de personajes, reveses y giros que conforman el retorcido, malsano y divertidísimo universo de “Saw”.

Exorcismo en Connecticut (Peter Cornwell, 2009)

La sensación que deja esta película es que tiene un gran planteamiento, unas estupendas interpretaciones (algo inusual en este género) y una buena historia de fondo, pero progresivamente se va desinflando hasta que al final parece más un melodrama familiar que una película que hubiera podido dar auténtico miedo.
Con la ya nada agradable situación de tener a un hijo en fase terminal de cáncer, la familia protagonista tendrá que empeñarse para mudarse a una casa más cerca del hospital donde va a recibir un durísimo tratamiento de radiación. Así, la familia acaba alquilando una enorme casa en la que Matt, el hijo enfermo, pronto empezará a ver cosas extrañas. Aunque al principio puede pensarse que son alucinaciones provocadas por el tratamiento, pronto veremos que no es así, ya que la casa fue en otro tiempo una funeraria y esconde una historia sobre sesiones de espiritismo y robo de cadáveres. Y por lo visto, las personas en la situación de Matt, al borde de la muerte, son más susceptibles de ver esta clase de fenómenos.
Sinceramente, el desarrollo es bastante más lento de lo que podría ser, centrándose mucho más en la historia de Matt y su madre (realmente estupendos tanto Kyle Gallner como Virginia Madsen en sus respectivos papeles) que en la casa maldita. Y de “exorcismo” en sí, nada. Solo hay una breve secuencia en la que el reverendo interpretado por Elias Koteas realiza una especie de purificación de la casa, y después la escena final en la que Matt hace frente a la maldición del lugar, pero no existe un exorcismo como tal. Además, la película pretende ser demasiado efectista, con los clásicos sustos de repente acompañados de una subida de sonido, y tampoco son ni demasiados, ni demasiado buenos. Tampoco los espíritus son nada del otro mundo, tienen un aspecto demasiado típico, poco original y poco inquietante. Falta algo de chicha en ese sentido, y la auténtica historia que se nos quedará en la memoria es la del hijo que lucha contra el cáncer y la madre que lo da todo por él. Lo demás, por más que tenga el atractivo de “basado en hechos reales”, tiene poco de real y no nos importará demasiado. En definitiva, película de ver y olvidar, con actuaciones sorprendentemente buenas y un argumento desaprovechado y rodado de forma demasiado típica. Pero no está mal del todo.

Green Lantern: primer vuelo (Lauren Montgomery, 2009)

Las producciones animadas de DC y Warner están alejándose cada vez más de ser típicas películas pensadas para un público infantil y dirigiéndose a un sector más adulto y, generalmente, consumidor de los cómics protagonizados por los personajes de la compañía. Tras las estupendas “La muerte de Superman” y “JLA: New Frontier”, le llega el turno a otro de los heraldos de la casa de protagonizar su propio largometraje: Green Lantern. Y como no podía ser de otra manera, el Green Lantern sobre el que trata la película debía ser Hal Jordan, y además de su historia, origen y relato de cómo llega a incorporarse a la fuerza intergaláctica más poderosa del universo, conoceremos la historia relacionada y paralela de su mentor y posterior némesis, Sinestro. Con un estilo de animación claramente reconocible en cualquiera de las producciones de Bruce Timm, esta película cumple con creces su tarea de ofrecer algo más de una hora de entretenimiento, pero sin desatender una buena historia en la que participan casi todos los Lanterns más conocidos, los Guardianes, Oa, y por supuesto la confrontación entre Jordan y Sinestro. No hay tiempo para el aburrimiento, el origen del personaje está contado con el tiempo y detalles justos para que se entienda y pueda entrarse en materia, las escenas de acción no escatiman en detalle y espectacularidad, y los personajes, aunque con licencias (como siempre suele ocurrir en estas películas en las que hay tanto que contar en tan poco tiempo), están muy bien construidos. Una buena banda sonora y la estupenda escena final del juramento (algo que no podía faltar), hacen de este primer vuelo una muy buena entrada en el terreno de la animación del Green Lantern más famoso y querido, y conforma una película que hará disfrutar a niños y no tan niños.

Saw (James Wan, 2004)

Con el estreno en unos pocos meses de la que va a ser la sexta parte de la franquicia, me he decidido a empezar mi "maratón Saw", a fin de refrescar la memoria de todos los detalles de esta saga que me puedan ser necesarios para entender debidamente la nueva. Y, de paso, para poder comentarlas en esta bitácora, claro.
La historia de "Saw" y sus secuelas posteriores empieza en un cuarto de baño. Dos hombres que, aparentemente, no se conocen de nada, despiertan en un mugriento lavabo con un pie encadenado, y separados por el cadáver de un hombre que se ha volado la tapa de los sesos, y que aún tiene en la mano la pistola, y en la otra mano una grabadora. Cada hombre lleva una cinta de cassete en su bolsillo. Al poner las cintas, descubren que uno de ellos debe matar al otro. Y así, como bien ordena la voz de la grabación, "empieza el juego".
Con este entorno cerrado, angustioso, y la incertidumbre de qué está pasando realmente, la premisa de "Saw" es sumamente atractiva. Durante la primera mitad de la película, nosotros, igual que los dos protagonistas, intentamos discernir las dos grandes dudas: quién y por qué. Las sospechas de culpabilidad saltan continuamente de uno a otro, y salpican a terceros, pero hay un momento en el que todo parece demasiado evidente, cuando vemos la cara del enfermero que está en la casa del doctor Gordon. Quizá ahí, al bajar la guardia, es cuando el final gana tantos enteros. Logra mantener el factor sorpresa, dejarnos con la boca abierta cuando el "cadáver" se levanta y se revela como el verdadero maestro de la macabra ceremonia. En ese momento, las obviedades y pocos tópicos que pueda tener la cinta se disipan, y solo te queda la sensación de que has presenciado una inteligente trama bien llevada y dirigida hacia la espectacular sorpresa final. Fin del juego.
Muy notable también que esta película, aunque desde luego no es para menores ni para sensiblones, juega mucho con lo que no vemos. No vemos al buen doctor cortarse el pie, pero lo vemos después medio muerto, blanco como una pared. No se muestra demasiado gore explícito. Todo lo contrario que en las secuelas, en las que el gore de los jueguecitos de Puzzle se convertirá en marca de la casa. Eso, y el particular estilo de cámara frenética y giratoria para algunas escenas, algo que casi podríamos llamar "efecto Saw".
En resumen, esta película fue toda una sorpresa en su momento, y una auténtica gallina de los huevos de oro. Su recaudación hizo muy millonarios a sus productores, y la secuela estaba garantizada. Eso sí, la calidad de la saga ha ido decreciendo exponencialmente a medida que se han añadido o recuperado personajes para alargar la trama -que no nos olvidemos, se trata de un hombre en fase terminal que castiga con sus juegos asesinos a aquellos que cree que no valoran su propia vida o la ajena. Pero sigue dando dos cosas: dinero a expuertas, y una adecuada dosis de entretenimiento brutal, bien cargadito de gore y con un suspense decente.

La Pasión de Cristo (Mel Gibson, 2004)

Protagonizada por un católico devoto y dirigida por otro católico más devoto aún -aunque eso no le exime, por lo visto, de tener amantes 20 años más jóvenes que él-, "La Pasión de Cristo" tiene el honor de ser la primera película gore sobre Jesús. Y gore del bueno, sin tonterías. He visto "Holocausto Caníbal", "Evil Dead", "Hellraiser", "Zombie", "Braindead", "Martyrs" y otro sinfín de títulos referentes del género, pero algunas de las escenas de este filme presentan un grado de crudeza que ni Fulci, Jackson, Raimi o Barker se han atrevido a tocar. Pero Mel sí se ha atrevido. En el nombre de Dios, claro.
Después de que este primer párrafo haya escandalizado a cualquier católico que lo haya leído (¿lo habrá leído alguno? ¿Acaso me lee alguien?), empiezo en serio. Me encanta esta película. Creo que en comentarios anteriores ya he dicho que la figura de Jesús de Nazaret me apasiona. Desde un punto de vista histórico, dejando a un lado lo religioso y místico, me parece un personaje sumamente interesante y valiente, con un mensaje y un propósito muy claros y muy loables. Que realmente fuera hijo de Dios o no es, para mí, completamente irrelevante. Lo que logró está bien claro. Si el medio para lograrlo fue casualidad de las circunstancias o realmente fue un plan cósmicamente orquestado por fuerzas que no alcanzamos a comprender, eso queda para el estudio de los teólogos y para la fe de los creyentes.
Lo que es indudable es que en esta película, Mel Gibson ha convertido a Jesucristo en el último gran héroe de acción. Un hombre convencido de su causa, resignado a pasar por un calvario... que tela con el calvario, y todo por cumplir la voluntad de su Padre y salvar a la humanidad. Enorme acierto el de Gibson el de rodar los escasos diálogos en latín y arameo, lenguas de la época, que aportan no solo credibilidad, sino una enorme fuerza a los diálogos. La fotografía en tonos azulados para la noche y tonos anaranjados para el día es también muy sutil, creando una atmósfera tenue y melancólica. La banda sonora es tremenda, emotiva cuando debe serlo, poderosa cuando procede (el momento final de la resurrección es, en una palabra, apabullante). Pero la mayor fuerza de la película la tiene el martirio al que es sometido Jesús. De dos horas de duración, hora y pico es sufrimiento incesante, con breves flashbacks sobre la infancia o recuerdos pasados de Jesús que vienen a dar un descanso al espectador, sobrecogido de tanta sangre y mala baba. Terrible la secuencia de los azotes, tan impactante visualmente como imposible físicamente, puesto que nadie hubiera soportado semejante castigo. Terrible también la crucifixión, durísima, llena de momentos que te llenan de rabia e indignación, y de un enorme sufrimiento emocional por lo que está pasando esa persona. La verdad es que Jim Caviezel realiza un gran papel, aunque es un papel muy lucido pero lo interpreta con fuerza y devoción. Genial también Maïa Morgenstern en el papel de Maria, su madre, que se lleva los momentos más lacrimógenos.
En fin, qué más se puede decir. Mel Gibson escandalizó al mundo y enrabietó a los judíos con esta película transgresora que muestra la parte más interesante de la vida de Jesús y a la que menos tiempo le han dedicado siempre las superproducciones hollywodienses más políticamente correctas (o meapilas, si se quiere). Y lo hace muy bien, técnicamente hablando. Que te guste o no, eso dependerá también, en gran medida, de tus creencias. Pero formalmente, nos encontramos ante una gran película sobre, quizá, el primer superhéroe de la historia.

Verano de corrupción (Bryan Singer, 1997)

Dos años después de asombrar a público y crítica con "Sospechosos habituales", el director Bryan Singer realizaba este film basado en un relato del maestro del terror, Stephen King. Pero lejos de mostrarnos un horror sobrenatural, la historia se centra en un aspecto mucho más real e igualmente aterrador de la maldad humana.
El veteranísimo Ian McKellen -que se convertiría después en un habitual de los films de Singer- interpreta a un educado anciano alemán que esconde el secreto de su pasado: nada menos que haber pertenecido a las SS y haber sido uno de los responsables al mando de un campo de concentración nazi, culpable de la muerte de miles de judíos. La trama comienza cuando Tom, su vecino adolescente, un muchacho de inteligencia brillante, descubre quién es y decide emplearlo para chantajear al abuelo y obligarle a que le cuente con pelos y señales todos los horrores que realizó en la guerra. Pronto nos damos cuenta de que Tom lo tiene todo para ser un sociópata: es increíblemente inteligente, retorcido, morboso hasta el extremo, le fascinan los atroces crímenes que realizó su vecino nazi, e incluso se da a entender que tiene problemas sexuales con las chicas. Toda una pieza. Poco a poco, la relación entre los dos personajes va evolucionando y convirtiéndose en un chantaje mutuo; ambos saben algo del otro que el otro no quiere que se sepa, y eso provoca cierta dependencia, casi parasitismo entre ellos. La balanza se va desequilibrando a favor de uno y del otro constantemente, de modo que siempre intentan tener el control de la situación, hasta que llegamos al estupendo clímax y al poderoso final. No diré que lo que ocurre en última escena sea una sorpresa, -o que no sea demasiada casualidad que un oficial nazi acabe hospitalizado junto a un judío alemán- puesto que Tom ya había dejado claro que era capaz de eso y de mucho más, pero el pulso y la maestría con la que Singer intercala las escenas de los dos personajes otorga un ritmo perfecto al desenlace y lo hace terminar a lo grande. Sin duda la labor de dirección es extraordinaria, Singer emplea su característico estilo y su narración pausada y eficiente sin llegar a hacerse tedioso en ningún momento, y mantiene un nivel muy alto en toda la película. Brillantes también los dos protagonistas, McKellen por supuesto, y el joven Brad Renfro hace otro auténtico papelón (poco más se ha sabido de este chico, o al menos yo no le he visto nada que recuerde). Así que, en conclusión, se trata de una buena película con un duelo psicológico entre dos personajes muy bien construidos y una trama consistente que acaba con una magnífica secuencia final que deja un estupendo sabor de boca al conjunto.

Asesinato en 8 mm (Joel Schumacher, 1999)

Una de las últimas buenas películas de Nicolas Cage antes de que el espíritu de la sobreactuación le poseyera definitivamente. Aquí, el sobrino de Francis se mete en la piel de un detective privado que, por encargo de una multimillonaria viuda, investiga una supuesta película snuff de su marido en la que aparece el brutal asesinato de una jovencita, para verificar si es auténtica. De esta forma, el personaje de Cage se adentrará en un sórdido mundo que nos atraerá y repugnará a partes iguales. Nos atraerá por el halo de misterio que lo envuelve, y nos repugnará por lo desagradable de sus personajes y situaciones. Nos atraerá porque desearemos saber si realmente existe gente capaz de hacer, por un puñado de dinero, todo lo que la película nos va mostrando; y nos repugnará cuando sepamos que sí y hasta qué punto. Nos atraerán sus pintorescos, nausabundos y miserables personajes, marionetas y marioneteros de la industria del sexo, como Dino Velvet y, sobre todo, su estrella: Máquina; nos repugnarán igualmente estos mismos personajes por las mismas razones, por su falta de moral, por su maldad camuflada en el pretexto de ser un negocio, por su inhumanidad, por su desprecio por la vida ajena e incluso propia.
La fotografía oscura, en tonos grises que crean una sensación constante de oscuridad y hasta de suciedad, se acompaña con una correctísima dirección -Schumacher no siempre se dedicó a destrozar la franquicia de Batman, también sabe hacer cine de vez en cuando- y puesta en escena. Además, la inquietante banda sonora acompañada de unos coros que parecen lamentos, no hace sino respaldar la historia. Hago hincapié en que Nicolas Cage hace un gran trabajo, comienza siendo un detective privado metido en un trabajo más, y acaba convertido en un hombre hundido por todo lo que ha descubierto, un hombre abrumado por la verdad y atrapado por la oscuridad que se ha encontrado y que, lejos de convertirse en un héroe, lo único que desea es castigar a los culpables. La escena de la conversación telefónica entre él y la madre de Mary Ann es desgarradora, igual que la llegada a casa de él, después de haber terminado el trabajo. Por su parte, Máquina se convierte en un personaje increíble, quizá demasiado arquetípico pero igualmente convincente y desagradable. No cuesta ponerse en la piel del personaje de Cage y desear que toda esa gente muera de forma horrible, la verdad. Ah, y no podemos olvidar el personaje que interpreta Joaquin Phoenix, realmente brillante en su papel de dependiente de un sex shop y ayudante del detective en su periplo por los bajos fondos del sexo.
Con todo esto, "Asesinato en 8 mm" es un inteligente thriller en el que acción e historia están al servicio mutuo, con una factura técnica bien cuidada y un guión muy interesante sobre algo que es demasiado horrible como para que sea cierto. Y quién sabe, quizá lo sea.

Cocodrilo, un asesino en serie (Michale Katleman, 2007)

La historia real de un gigantesco cocodrilo que gobierna las regiones pantanosas de Burundi sirve como argumento para esta monster movie cutrilla, pero entretenida. Encontramos bastante buenas intenciones en el guión, que intenta no centrarse exclusivamente en el bicho de marras y nos mete una historia secundaria tan importante como la principal, sobre un líder de las mafias africanas en plena guerra civil, que se convertirá en un adversario tan peligroso para los protagonistas como el propio cocodrilo, y sin duda mucho más despiadado, porque el animal, a fin de cuentas, solo quiere comer.
El protagonista es ya un clásico del cine escoria, Dominic Purcell (el hermano cachas de "Prison Break", o el lamentable Drácula de "Blade Trinity", y más recientemente visto en ese auténtico disparate que se llama "The gravedancers"), acompañado por Orlando Jones, actor negro que interpreta al típico negro gracioso que debe morir de forma horrible (y lo hace), Jürgen Prochnow y de algún que otro desconocidillo más que nos da absolutamente igual. Sus papeles son el de un equipo de periodistas que acuden a conseguir un documental sobre el mítico cocodrilo, pero claro, la cosa no irá según lo previsto porque el monstruo, acostumbrado a la carne humana que flota en el río habitualmente por culpa de los asesinatos de las guerrillas, se ha convertido en un devorador de hombres.
La realización técnica tanto del film como del cocodrilo son bastante correctas. El director no realiza florituras impensables y rueda con pulso firme, mientras que los efectos visuales son eficientes, superiores a la media de esta clase de películas medio telefilms. Además, el relativo interés que despierta la trama de la guerra hace que las apariciones del cocodrilo resulten ligeramente más sorprendentes, así que la película tiene esos altibajos de ritmo que te mantienen atento a lo que ves. También encontramos un aceptable nivel de gore, el justo y necesario, pero con un par de momentos interesantes y justificados por el guión. No está exenta de cierta ironía, eso de que el cocodrilo (llamado Gustav) se coma al malo (llamado "Little Gustav"), en una suerte de que a todos nos toca pagar por nuestros malos actos. Sin más rodeos, correcta película que ofrece un pelín más de lo que puede esperarse de una típica producción de este estilo. Nada elogiable en exceso ni cuestionable demasiado. Para pasar un buen ratillo.

Gladiator (Ridley Scott, 2000)

Si hay una manera de poder clasificar a esta película, esta sería “épica comercial”. Ridley Scott nos demostró a todos que una película sobre el imperio romano, los gladiadores y las conspiraciones de los emperadores, no tenía por qué ser aburrida. Todo lo contrario; “Gladiator” es un espectáculo de acción de dos horas y media que se ve en un suspiro, con un ritmo trepidante pero sin descuidar lo épico de las escenas y algunos diálogos realmente memorables, aparte de unas cuidadísimas secuencias de lucha y de una historia que atrapa desde el primer minuto.
Conocemos así a Máximo (Russel Crowe), general al servicio de Roma y de su emperador Marco Aurelio. Máximo solo desea regresar a su hogar (en Emérita Augusta, así que este gladiador es extremeño), cosa que parece muy cercana después de haber conquistado Germania. Pero Cómodo, el ambicioso y despreciable hijo de Marco Aurelio asesinará a su propio padre para convertirse en emperador, cuando descubre que la intención de su padre es pasar sus poderes a Máximo para que éste devuelva el poder al pueblo de Roma. Comienza de este modo la desgracia de Máximo, que verá cómo su familia es asesinada y acabará convertido en esclavo al servicio de un comerciante, y sobreviviendo como gladiador, tarea en la que pronto cobrará rápida fama como “El hispano”. Cuando Cómodo declara 150 días de juegos en Roma para honrar la memoria de su padre, los gladiadores tendrán la oportunidad de luchar en el Coliseo, y Máximo se podrá encontrar cara a cara con su enemigo.
La interpretación de Crowe es soberbia, totalmente convincente en su rol de fiel general primero y de gladiador ídolo del pueblo después. No es para despreciar tampoco la interpretación de Joaquin Phoenix como el emperador Cómodo, un personaje repelente que consigue bordar, haciéndonos odiarlo a más no poder, de tan mezquino, cobarde, rastrero e incluso pervertido y depravado que es. Encontramos secuencias que pertenecen ya por derecho a la historia del cine, como cuando Máximo revela su identidad tras la primera jornada en el Coliseo (“me llamo Máximo Décimo Meridio, etc…”), o la genial confrontación final entre él y Cómodo, amañada de manera ruin, al estilo del emperador, pero que igualmente es incapaz de derrotarlo. Además, la dirección de Scott es formidable, y el montaje narra la historia de forma tan fluida que parece mentira que dure más de dos horas y media. Nada queda en el tintero, la historia tiene un perfecto inicio, desarrollo y final. Sin duda, algunas de sus escenas son totalmente épicas, y los efectos visuales para recrear la Roma de los gladiadores y el Coliseo en todo su esplendor, aportaron todo lo bueno de la era digital a esta historia sobre el mundo antiguo.
Así que podemos afirmar que esta es una de las mejores películas de los últimos tiempos; tiene una poderosa historia que cautiva, mitad relato de un héroe y mitad historia épica; tremendas interpretaciones; una fotografía estupenda y una dirección magistral; montaje cuidado y coherente; un guión con acción e historia a partes iguales, y ciertos diálogos inolvidables; y una banda sonora, a cargo de Hans Zimmer, de las que quedan en el recuerdo. Poco más se le puede pedir a una película, así que “Gladiator” lo tiene todo.

Depredador 2 (Stephen Hopkins, 1990)

Correctísima secuela de una de las películas más importantes de la ciencia ficción moderna, protagonizada en esta ocasión por Danny Glover y que cambia el escenario de la acción de la jungla a los rascacielos de Los Angeles en un caluroso verano. Precisamente ese sofocante calor del verano, sumado a la violencia callejera entre las bandas de narcos y la policía, serán el reclamo para que un “Predator” decida montarse un pequeño safari en las calles, sin importarle si sus presas son criminales o agentes de la ley. Lo único que parecerá tener claro desde el principio es que su presa final, la que considera la mejor pieza a cobrar, será el teniente Harrigan (Danny Glover), durísimo policía que desafía a sus superiores con tal de cumplir con la justicia. Así se establecerá el duelo entre el protagonista y el alienígena, que comenzará a cazar a sus amigos para ir retándolo a un juego que culminará con una estupenda pelea en la mismísima nave del extraterrestre, y con un detalle final que nos da una clara idea del tiempo que lleva la raza de cazadores visitando nuestro mundo.
Por cierto que esta secuela aporta mucha más información sobre la naturaleza alienígena del Predator. Un agente del FBI (Gary Busey) al cargo de una unidad especial, persigue a la criatura para congelarla y emplearla para sus fines, conscientes de su origen de otro planeta y de lo que provocó en la selva años atrás. La caza del monstruo da pie a la genial escena del matadero, en la que el cazador se convierte en cazado… para volver a convertirse en cazador en cuestión de segundos, claro.
La misma banda sonora de la primera parte, a cargo de Alan Silvestri, y unos estupendos efectos especiales y de maquillaje para el Predator, además de un guión inteligente y nada rebuscado y de unas actuaciones más que correctas de los protagonistas y los secundarios (entre los que encontramos, por ejemplo, a Bill Paxton o Maria Conchita Alonso), convierten a “Depredador 2” en mucho más que una secuela, y conforma por sí sola una magnífica película de acción con toques de ciencia ficción, totalmente a la altura –y en ciertos aspectos incluso superior- a la mítica primera parte.

Van Helsing (Stephen Sommers, 2004)

Juntar a Drácula, Frankenstein y el hombre lobo en una misma película, no es tarea sencilla. El argumento puede caer en el más absoluto de los disparates (hay varias cintas de los años sesenta-setenta que así lo atestiguan) si no se hace con pies de plomo.
Y este es un ejemplo de que hay cosas que mejor no tocar.
“Van Helsing”, apellido del mítico doctor creado en la novela de Bram Stoker y considerado siempre la némesis del célebre vampiro, sirve aquí como nombre del protagonista de la película y de la propia película. Hugh Jackman es quien se mete en la piel del personaje, que aquí es un cazamonstruos al servicio de la Iglesia católica, un mercenario que da caza a seres como brujas, demonios, Mr. Hide, etc. Por supuesto, llega un momento en el que el siguiente objetivo está en Transilvania, y allá que va nuestro aguerrido Jackman, con su enorme gorro y sus artefactos a lo James Bond, (otro punto irrisorio de la película, los aparatitos supertecnológicos que le construyen en pleno siglo XIX) para cargarse al vampiro.
Y atención al vampiro, uno de los engendros más ridículos que he visto en los últimos años. Un vampiro que se comporta a lo estrella del rock, con un aspecto completamente… “modoooossssso”, que diría Crispín Clander, y un doblaje al castellano que solo hace que empeorar más aún lo paupérrimo del personaje. Vergonzoso, de verdad. Drácula convertido en un afeminado popstar. Luego tenemos al monstruo de Frankenstein, con un aspecto a lo “Familia Monster” que da también cosica, pero que queda eclipsado por Drácula-Crispín.
Otra cosa que también clama al cielo desde el primer momento, es la cantidad de golpetazos que se dan los protagonistas, especialmente el personaje de Kate Beckinsale, sin romperse nada y sin morir. Caen desde enormes alturas, reciben puñetazos que le arrancarían la cabeza a un caballo, realizan imposibles peripecias y acrobacias… Vamos, todo un disparate tras otro, sin ninguna credibilidad, meándose en las leyes de la física.
Pero seré benevolente. Si eres capaz de obviar todo lo anterior, de tomarte a risa los errores y las fanfarronadas, de ignorar la homosexualidad sobreactuada de Drácula y la chirrirante historia, “Van Helsing” es un producto para lo que es: divertirse durante dos horitas viendo a los protagonistas hacer el ceporro, y asistir al despliegue de efectos especiales, a veces muy buenos, y en otros momentos demasiado evidente el CGI, pero en general correctos. No le busquemos tres pies al lobo –perdón por el chascarrillo-, puesto que solo hay que armarse de palomitas y refresco, despojarse de cualquier ojo crítico, y pasar un rato divertido sin más. Ah, casi lo olvido, el tema principal de la banda sonora es tremendamente pegadizo y potente, un acierto.

Zombies Party (Edgar Wright, 2004)

El explotadísimo género de los muertos vivientes aún tiene frescura que ofrecer, y un grupo de desconocidos cómicos británicos (quizá el país del mundo que más sabe de humor) vino a demostrarlo con esta “Shaun of the dead”, incomprensiblemente traducida y conocida en nuestro país como “Zombies Party”.
Pero el título poco importa en este maravilloso disparate que podría considerarse una comedia de zombies. Desde el principio nos son presentados los personajes principales: Shaun, un vendedor de electrodomésticos que se pasa la vida en la taberna “Winchester” con su amigo-lapa y compañero de piso, Ed; Liz, la sufrida y harta novia de Shaun, que está loca por salir a otros sitios que no sea el “Winchester”; los amigos de Liz, típicos personajes secundarios pintorescos del cine británico; y la madre de Shaun y su padrastro, a quien no soporta. Todos estos personajes, eje de la comedia de la película, se verán inmersos en un disparate de mayores proporciones cuando, de pronto y sin razón, los muertos empiezan a cobrar vida y a comerse a los vivos. Empieza así una sucesión de escenas filmadas con auténtica maestría para la comedia. Como ejemplos, solo hay que ver cómo Shaun realiza su habitual paseo a la tienda de la esquina, pasando al lado de zombies y viendo los manchurrones de sangre en los frigoríficos, y sin darse cuenta de nada; o la primera zombi a la que él y Ed combaten en el jardín; o mi favorita, esa secuencia de flash forwards en la que Shaun y Ed disciernen un plan tras otro para llegar a casa de la madre de Shaun, rescatarla y matar al padrastro. Buenísima.
Quizá el ritmo de la película baja un poco cuando la pandilla se atrinchera en el “Winchester” (después de la genial escena en la que se hacen pasar por zombies), pero aún así no faltan los momentos hilarantes, como la masacre a ritmo de Queen. Y qué decir del final, cuando vemos que los zombis se emplean como trabajadores en el sector de servicios, y que Shaun conserva a su colega Ed (ahora un zombie) en el cobertizo para jugar con él a la Play, como siempre. En resumen, una película tremendamente divertida, que se ríe del género de muertos vivientes demostrando que lo conoce a la perfección, y da una lección de cómo hacer una comedia romántica… con zombies.

Bosque de sombras (Koldo Serra, 2006)

Sorprende encontrarse a un actor de la talla de Gary Oldman en la ópera prima de un cineasta español, compartiendo protagonismo con Aitana Sánchez-Gijón y con un par de actores casi tan desconocidos como insulsos. De hecho, no me quité durante toda la película la sensación de que Oldman estaba ahí como un pegote, de prestado, aportando su nombre y su mera presencia a una cinta que, quizá de otro modo, no tendría ningún atractivo comercial.
La historia narra la odisea de dos matrimonios (uno de ellos inglés) que acuden a pasar unos días a la casa del pueblo de Oldman Un pueblo del norte la España profunda de los años setenta, para más señas. Durante una excursión de caza, los dos hombres encontrarán una niña encerrada como un animal, con las manos deformes y completamente incivilizada. En su intento por llevársela a la policía, toparán con la resistencia de los pueblerinos, quienes desde el principio darán a entender mediante comentarios demasiado obvios, que son endogámicos y se lo montan con su hermana, con lo que la niña debe ser hija de uno de ellos (concretamente del personaje que interpreta Lluís Homar). La narración está bien tejida y el guión es relativamente consistente, pero hay cosas que hacen aguas. Primero y principal, el doblaje. Al suponerse que la pareja formada por los amigos de Oldman y Sánchez-Gijón es inglesa, suponemos que entre los cuatro hablan inglés, pero nosotros siempre oímos castellano, salvo en ocasiones, cuando se meten otros personajes por medio, que la pareja pasa a hablar inglés. Un follón que no hace más que liar la perdiz y sacarte de la historia. Además, escenas como la del intento de violación de la más joven, parecen rodadas sin ningún criterio. La escena no tiene tensión, la chica se deja hacer mansamente mientras su amiga (Aitana) se queda sentada, en una secuencia que debería ser enormemente dramática y que solo provoca bochorno al espectador. Además, Gary Oldman no sé por qué aceptó participar en esta producción, puesto que no realiza una interpretación muy acertada. Insisto en que, para mí, solo cobró, actuó rapidito y sin calentarse la cabeza, y dejó que la productora vendiera la película con su nombre y su foto en cartel.
Pero no todo va a ser malo. La historia mantiene un mínimo de tensión que va in crescendo hasta el final. Y pese a que la última escena no es precisamente aclaratoria, bien puede entenderse qué es lo que ha pasado. En definitiva, una película para ver y olvidar, que quizá pretendía hacer una apología de la maldad inherente a la naturaleza humana, como la mítica “Perros de paja” de Sam Peckinpah, pero que se queda solo en un curioso y, a ratos interesante, ejercicio de cine patrio.