Arrástrame al infierno (Sam Raimi, 2009)

En una era de remakes y películas sobre comics y videojuegos, ha tenido que llegar el maestro Sam Raimi (junto a su hermano en el guión y su colega Taper en la producción) para soltarnos, así como el que no quiere la cosa, la mejor película de terror de los últimos 25 años. Un terror inteligente y rodado como solo él sabe, encajando en una historia totalmente escalofriante momentos hilarantes de puro asco-risa.
"Arrástrame al infierno" no engaña a nadie con su título. Trata sobre una agente de banca que, en un intento de impresionar a su jefe para obtener un ascenso, le deniega una ampliación de hipoteca a una repugnante anciana gitana -nuevo personaje mítico que el Sr. Raimi ha creado en esta cinta-. La abuela, sintiéndose humillada, lanza una terrible maldición a la pobre muchacha. Una maldición de tres días en los que será asediada por una presencia maligna llamada "lamia" que, al cumplirse el plazo, se la llevará al mismísimo infierno. A partir de esta premisa, Raimi nos deleita con sus característicos movimientos de cámara y demuestra que, pese a haber dirigido toda una trilogía de Spider-Man, tiene en plena forma y sin óxido las articulaciones del terror. Raimi consigue crear una historia que no baja el ritmo en ningún momento, y mantiene una tensión casi insoportable durante todo el metraje. Pero claro está, lo alterna con esos momentos tan suyos en los que da rienda suelta a su humor gamberro -véanse los "encontronazos" de nuestra pobre protagonista con la anciana, en los que siempre acaba con la boca llena de asquerosos fluidos que arrancan las carcajadas del público.
Además, Raimi se autohomenaje constantemente en un ejercicio de autoparodia y de reconocimiento a sus fans. Para quien, como yo, hemos seguido su filmografía desde siempre -y más de una vez cada película-, es un regalo encontrar tantas joyitas: desde la mítica salida de la tumba de una mano emulando a "Evil Dead", el típico maquillaje de siempre para la vieja-demonio a cargo de Greg Nicotero, sus característicos golpes contra una puerta de una presencia que nunca vemos, o incluso su viejo coche color crema, el mismo que acompañó a Ash a la edad media en "El ejército de las tinieblas". Casi imposible contarlas todas en un solo visionado de la película. Además, la escena del ritual para salvar el alma de Christine es espectacular, y no falta el mítico poseído, con bailecito incluido, que siempre ha aparecido en la filmografía de este monstruo. Además, el finalazo es apabullante, de los de escándalo de buenos. Está claro que, desde el momento que a Christine se le cae el sobre en el coche, sabemos que ha recogido el sobre equivocado, pero aún así esa última escena resulta sobrecogedora, de 10 absoluto.
Así que hoy estoy contento. Sam Raimi acaba de demostrarme que el terror aún tiene futuro, aunque solo sea en sus manos. Aún habrá que darle las gracias a Spider-Man porque, gracias a su éxito, Raimi ha podido rodar ahora lo que le ha salido de las narices. Y resulta que es la mejor película de su filmografía. Que ya es decir.

Nueva York bajo el terror de los zombies (Lucio Fulci, 1979)

También conocida como "Zombi", o "Zombi 2", en un intento de que colara como secuela de "Dawn of dead" ("Zombi" aquí en España), éste es uno de los clásicos más grandes dentro de ese gran subgénero del cine de terror que es el de los zombies. Esta película de Lucio Fulci, una de las leyendas del giallo setentero, es una obra de culto para los frikis del terror entre los que me incluyo. Por muchas razones, entre las que podríamos destacar algunas de sus míticas escenas, como la del combate entre un zombie y un tiburón sin dientes (con resultado incierto, quién sabe si con la creación del primer tiburón zombi a causa de las heridas); también es impresionante la escena en la que un zombi de quien no vemos más que una mano, acecha a la esposa del científico protagonista de la historia y consigue ensartarle el ojo con un trozo de madera astillada de una puerta. El efecto especial de cuando la astilla de madera afilada penetra en el ojo de la pobre mujer es, aunque hoy en día claramente apreciable, todavía enormemente impactante. No podemos obviar tampoco la cantidad de zombies que moran a sus anchas en la última parte de la cinta, cuando el sufrido grupo de supervivientes protagonistas se hacen fuertes en la casa y resisten, a golpe de cóctel molotov y disparos, los embites de los muertos vivientes. Dejando de lado los absurdos argumentales, que los tiene -se supone que los zombis son los cadáveres de los conquistadores españoles de hace siglos, y aún tienen carne-, la película es un completo acierto y una delicia para los amantes del género.
En cuanto al argumento, tiene más chicha que otras películas de este estilo, y se desarrolla más la explicación del origen de los zombies que en la propia cinta madre del género, "La noche de los muertos vivientes" de Romero. Aquí, la explicación es el vudú. Pese a que el científico intenta encontrar la causa médica de la resurrección de los cuerpos como zombies, la única explicación que puede quedar como válida es la sobrenatural, y así lo cuentan. Ni virus extraños, ni ondas electromagnéticas, ni leches.
En cuanto a las interpretaciones, están en la línea del género en aquella época. Buenas en la medida de lo posible, sin exceso de sobreactuación y con protagonistas adecuados. No faltan las correspondientes dosis de tetas en el argumento -impagable que la submarinista se meta en pleno océano en pelota picada solo con un tanga y todo el equipo de respiración-, pero era otro de los tópicos recurrentes de la década. La banda sonora no puede ser más típicamente setentera y reconocible. Cualquiera que haya visto algo de Fulci, Bava o Argento sabrá a lo que me refiero, con esas piezas musicales que parecen de todo menos de miedo, creadas a golpe de sintetizador, pero que se han convertido en parte de la esencia de aquel cine añejo. Y buen, buen cine, por cierto, porque pese a sus -relativamente- pocos medios y a lo parco de la técnica de la época, algunas de estas cintas se han convertido en referentes del terror que aún perduran. Y ésta es una de las más grandes. Que nadie se pierda el finalazo, tan genial como hilarante, con hordas de zombis cruzando los puentes de Manhattan mientras los coches circulan por abajo como si tal cosa... La esencia de lo cutre llevado a la máxima potencia, con un encanto irrepetible que solo tenía el viejo cine italiano de terror.

Romper Stomper (Geoffrey Wright, 1992)

Un joven Russell Crowe, en uno de sus primeros papeles principales, protagoniza esta producción australiana que narra las andanzas de una banda de skinheads de Melbourbe, liderados por el personaje de Crowe, Hando. Lejos de luchar contra negros o judíos, el principal "problema" de estos ceporros serán los inmigrantes asiáticos, vietnamitas para más señas, contra los que librarán auténticas batallas campales tan violentas como cobardes. Aunque su problema de verdad es la falta de rumbo y el emplear la violencia y la destrucción gratuita como única forma de expresión, algo que, por supuesto, no son capaces de comprender.
Encontramos que a la historia le falta algo, no sabría decir qué. Aunque pretende recordar en muchos momentos a la mítica "La naranja mecánica", es indiscutible que Wright no tiene el talento de Kubrik, y eso le pasa factura en muchos sentidos. Por ejemplo, su manera de rodar las peleas es superficial y light. Intenta plasmar violencia explícita para mostrarnos lo salvaje del mundo de los skins, pero lo hace con peleas en las que los golpes son flojos y torpes, y las reacciones de los contrincantes, ridículas en ciertos aspectos. Nada que ver con la espectacular lucha de Alex y sus drugos contra la banda de Billy Boy en el teatro, por ejemplo. Y durante el ataque a la casa del padre de Gabe -otra escena calcada a la naranja de Kubrik-, de nuevo las situaciones se tornan en absurdo (solo ved el momento en que el padre logra hacerse con un arma, y la estúpida manera en que la pierde y recupera después). Ahí se nota la falta de pulso narrativo del director, que sabía lo que quería contar pero, por lo visto, no tenía muy claro cómo llegar a ello. Así que la ultraviolencia a ritmo de Beethoven de Kubrik, se convierte aquí en violencia de pastel a ritmo de rock skin.
Los tres actores principales realizan buenas interpretaciones. Crowe ya apuntaba maneras, y como líder de los neonazis resulta despreciable la mayoría del tiempo. Quede claro también que la forma de presentar aquí a esta tribu urbana, como una panda de guarros, borrachos y violentos descerebrados, contribuye a que Hando aún te caiga peor. Todo lo contrario que en "American History X", quizá la mejor película de este estilo, en la que te identificas con Derek (Edward Norton), quien pese a ser un skin no deja de ser un chico culto, leído y con unos ideales clarísimos.
Para mí, el final logra subir algo la nota, ya que cuando la película empieza a decaer -sinceramente, ni la historia de amor de Davey y Gabe, ni la epilepsia de ella me importaron un pepino- llega esa escena final en la playa en la que compruebas que solo hay una forma de terminar. El director y guionista nos remata la lección moral que lleva dando toda la película, y lo hace con un final relativamente creíble y acertado. Así que, concluyendo, "Romper Stomper" puede que sea una visión más realista que otras películas de cómo son los grupos ultraviolentos, pero tiene muchos defectos en la forma que le privan estar a la altura de aquellas de las que bebe, y de otras que vendrían después.

Río salvaje (Curtis Hanson, 1994)

Curtis Hanson dirige este thriller de ritmo intenso e interpretaciones principales sobresalientes. Meryl Streep, una actriz siempre extraordinaria en casi todas sus apariciones, no lo es menos aquí aunque el guión de la película y su propio papel no sea muy propenso al lucimiento interpretativo. Su personaje es el de una mujer que atraviesa una crisis con su marido, y decide pasar unos días en la naturaleza junto a él y su hijo pequeño, navegando por un río que ella recorrió de joven, cuando fue guía y experta en rafting. El destino querrá que sus caminos se crucen con el de dos criminales que escapan con un botín, y que encontrarán en la familia de Streep una vía de escape. Así, la buena de Meryl tendrá que quitarse el polvo y cruzar de nuevo el bravísimo río, que tiene un tramo de auténtico riesgo mortal, para llevar a los ladrones a donde desean. Está en juego la vida de su familia...
Correcto que el argumento no da para florituras, pero el ritmo de la cinta consigue no decaer. Como siempre en esta clase de historias en las que el protagonista es un "ex-experto en lo que sea" o un "lo que sea retirado", el papel de Meryl Streep realiza más proezas físicas de las que debería poder a su edad y con el óxido en los huesos. Y el del marido, David Strathairn, ni digamos, porque hay un momento en el que parece Bear Grylls, el de "El último superviviente". Eso sí, la réplica a Meryl Streep se la da un estupendo Kevin Bacon en el papel de villano, otro personaje que no da para excesos, pero que Bacon interpreta con credibilidad y registros variados. Es malo, pero no es un monstruo de cine de terror, solo un ladrón que se preocupa por él mismo y matará a quien se le ponga por delante. Y en ese rol, Bacon consigue momentos en los que su personaje estremece al espectador con esa maldad real, auténtica, de la que es posible encontrarse. Si sumamos a todo esto la buena banda sonora de Jerry Goldsmith, con momentos muy tensos y otros que acompañan la navegación por el precioso paisaje que la fotografía nos ofrece, tenemos como resultado una película resultona y agradable para pasar el rato, aunque habría pasado desapercibida -y casi convertida en un telefilm- de no ser por las dos magníficas interpretaciones principales.

American Gangster (Ridley Scott, 2007)

Una historia casi épica acerca del ascenso a lo más alto de uno de los capos de la droga en la Nueva York de los años setenta, dirigida con pulso firme y pausado por el ya maestro del género, Ridley Scott. Amparado en la historia real de Frank Lucas, Scott coloca en el papel del narcotraficante a Denzel Washington, y en el de su "enemigo", el honrado detective de antivicio Ritchie Roberts, a su actor fetiche: Russell Crowe. Una vez presentados los personajes y conforme la historia va cogiendo cuerpo y metiéndose en materia, pronto nos daremos cuenta que va a ser un igualado duelo interpretativo entre ambos actores, auténticos pesos pesados (en más de un sentido) de la industria cinematográfica. Uno como un honorable hombre de familia pero despiadado hombre de negocios, antiguo recadero y chófer del fallecido capo de la droga de Harlem, y que aprovechará para instaurar su propio monopolio de la heroína gracias a sus agallas comprando la droga directamente en Bangkgog y haciéndola entrar en los USA camuflada aviones militares; el otro, un despreocupado padre y mujeriego ex-marido, pero con una honradez laboral intachable, alguien que incluso devolvió 1 millón de dólares de dinero de sobornos que encontró, ganándose su reputación de incorruptible y el desprecio del resto de sus compañeros, casi todos más corruptos que un cartón de leche después de una noche a 45 grados.
El ritmo lento y constante, adecuado a la historia, no contiene apenas momentos de acción, sino desarrollo de los personajes de ambos protagonistas. Y se trata de un desarrollo impecable, perfecto y progresivo, durante el que comprendemos las motivaciones de cada uno. En esta historia -quizá porque el propio Frank Lucas ejerció de asesor- el malo parece menos malo, y hasta nos caerá bien. Su representación como padre abnegado y esposo fiel casi parece querer empañar que, en realidad, es un despreciable señor de la droga. Todo lo contrario de Roberts, que es presentado como un magnífico detective pero como un lamentable esposo y padre, para parecer más un hombre que un héroe.
Otro punto a favor de la película es que apenas contiene violencia explícita, al contrario que otras historias similares a las que nos puede recordar ("Casino", "El precio del poder"...), y me resultó muy curioso ese aire de duelo entre los dos personajes, cuyas historias paralelas se desarrollan durante toda la película y que no se conocen hasta esa magnífica escena casi al final, cuando se ven las caras en el momento de la detención de Lucas.
Así que Scott vuelve a firmar una gran película, y Crowe y Washington vuelven a rubricar sendas fantásticas interpretaciones. Aunque tampoco voy a desmerecer a Josh Brolin, ahora que me acuerdo, como un corruptísimo y repelente policía de Nueva York a quien logras odiar gracias a su interpretación. En definitiva, película más que recomendable con enormes trabajos en todos los puestos, delante y detrás de las cámaras.

Depredador (John McTiernan, 1987)

Que los ochenta fueron una gran época para el cine (y para la música, aunque eso es harina de otro costal) es un hecho. Son muchas las películas que destacar de esa década, desde algunas del desaparecido género de comedia de terror, a otras de auténtico terror puro y duro, algunas de acción de gran calidad y otras de ciencia ficción. Dentro de la ciencia ficción-acción, 1987 fue el año en el que esta criatura conocida simplemente como "Depredador" hizo su primera aparición. Y el rival más digno no podía ser otro que el rey de la acción: Arnold Schwarzenegger.
La hábil dirección de McTiernan, una historia que da un giro de tuerca al típico grupo de personas atacadas por un monstruo, la gran banda sonora y unos más que buenos efectos especiales, hacen de este largometraje toda una joyita de su campo. No solo tenemos a un equipo de durísimos mercenarios con armas impresionantes y testosterona desatada en medio de la jungla, sino que una extraña criatura que se comporta como un cazador, los ha elegido como presa. De todo el grupo, su líder, Dutch (Arnold, claro), será la pieza más deseada por el cazador misterioso, y a medida que el equipo de soldados de élite va siendo eliminados uno a uno por el despiadado asesino, la trama irá convirtiéndose en todo un duelo final entre los dos contendientes más duros. Todo un "cazador que se convierte en cazado para volver a convertirse en cazador".
Aparte de contar con Goberneitor como protagonista, el éxito de la película radicó en que se alejaba de encasillarse en un género o en otro. Tiene acción a raudales, pero la historia es buena, y la trama es más propia de la ciencia ficción (incluso con algún tinte de terror). Es esta amalgama de géneros lo que distingue a "Depredador" y la hace tan agradable de ver una y otra vez. Nunca llega a aburrir, te ríes con sus chistes, sus paridas, y sobre todo con esas sobradeces escritas específicamente para que los tipos duros parezcan más duros ("estás sangrando", dice uno; "no tengo tiempo para sangrar", responde el otro sin mirar siquiera su herida), y para que Arnold exhibiera su imponente musculatura. Además, el diseño del Depredador, a cargo del mítico Stan Winston (no confundir con Winstrol, que eso es otra cosa que también abunda en la película), es de lo mejor que ha dado el género, y la criatura tiene una presencia realmente imponente. Y qué decir de los efectos de maquillaje, animatrónica y visuales, que le dieron su horrible rostro al monstruo y su espectacular armamento y camuflaje camaleónico, todo un referente para muchísimos monstruos posteriores calcados a éste.
Ni que decir tiene que las posteriores adaptaciones mezclando al Depredador con los Aliens desmerecieron totalmente a este genial cazador intergaláctico, pero al menos nos queda esta magnífica película y su posterior y dignísima secuela como recuerdos de una época en la que quedaban muy buenas ideas en los estudios de Hollywood.

Pterodactyl (Mark L. Lester, 2005)

El cineasta Mark L. Lester, veterano de la acción chusca con títulos en su haber tales como "Comando" o "Little Tokyo: ataque frontal", continúa ampliando la lista de sus obras maestras con este bodrio directo a televisión digno de toda una tesis doctoral sobre cómo no hacer una película; o sobre cómo hacerla cayendo en todos los tópicos existentes, desde reparto a situaciones, y contando con medios técnicos casi inexistentes, decorados de cartón piedra, y efectos especiales que saltan de los monstruos de goma a los monstruos digitales estilo PlayStation 1. Todo un despropósito en el que, encima, encontraremos a un soldado gracioso, valiente, chulito y sobrado, con auténticas perlas de guión, interpretado por ese pedazo de icono del cine de serie Z que es Coolio (ya una leyenda desde su breve aparición en "The Convent", otro clásico del género).
La historia, que no se tiene en pie, narra la aventura de una expedición a un volcán turco, donde encontrarán una bandada de pterodáctilos que viven como si tal cosa. ¿Por qué? Pues jamás se molestan en dar una explicación, ni falta que hace. Pero como se hacía corta, se mete en la historia un grupo militar capitaneado por Coolio para encajar a martillazos esas armas molonas que llevan. Entre el grupo de estudiantes y militares encontramos, claro, a la tía buena tonta que se desnuda en el primer lago que ve, al friki imbécil, el soldado guay, y demás estereotipos cortados a tijera. Nadie actúa bien ni lo intenta siquiera, y estoy plenamente convencido de que todo lo que se grababa, servía. Las segundas tomas son para maricones, debe pensar Lester, a quien una escena le sirve aunque parezca que los actores son retrasados mentales.
Aunque sin duda la palma se la llevan los efectos especiales del pterodáctilo. O es un muñeco de plástico o es un efecto digital que se nota más que los dibujos de Roger Rabbit. No hay intento de disimular, está mal hecho y punto. Mención especial a la escena en la que un soldado lanza una cuerda ¡¡¡con una oveja atada a un extremo como contrapeso!!! y lo vemos cruzar sobre un precipicio superpuesto. De risa total.
Pero bueno, aunque cinematográficamente esta película no sirve ni para rellenar hora y media de programación televisiva, al menos hay que reconocer el valor de la gente que se ha atrevido a publicarla. Han parido una joya del cine casposo, con todo lo necesario para pasar a la historia. Y viendo el final... ¿para cuándo la segunda parte: "Tiranosaurio"? Jajajajaja.

Scanners (David Cronenberg, 1980)

Una producción canadiense previa al salto de David Cronemberg a Hollywood, pero ya bien repleta de todo aquello que caracterizó el trabajo tempranero de este duro cineasta. La historia trata sobre un pequeño grupo de tan solo 237 personas en toda la Tierra que tienen poderes mentales capaces de controlar, e incluso asesinar a quien deseen solo con su mente. Telepatía extrema, por decirlo así. Mientras que uno de ellos quiere sojuzgar al mundo, alzándose como líder de su comunidad, otro de ellos deberá detenerlo e impedir que lo consiga a todo coste.
En “Scanners” encontramos una sólida historia de ciencia ficción, mezclada con una buena trama, dos personajes protagonistas de peso y bien construidos e interpretados, (la típica confrontación del héroe con el villano) y con contados pero sorprendentes salpicaduras del mejor gore. Algunas de sus secuencias más brutales, en especial la de la primera cabeza que estalla ante el poder del scanner Revok (magistralmente interpretado por Michael Ironside) fueron enormemente impactantes en su momento y aún hoy en día continúa siendo una de las escenas referentes del cine de terror de los ochenta. Como igualmente impactante y sobrecogedor es ese abrupto final, tras el mítico enfrentamiento entre los dos scanners más poderosos, cuando descubrimos el auténtico alcance del poder de Cameron Vale (Stephen Lack, un actor que no llegó a despegar pese a su buena actuación en esta película). Todo esto, unido a un buen ritmo narrativo -aunque quizá un poco lento para tratarse de una historia con tanto potencial de acción- y a la siempre eficiente dirección de Cronenberg y su buen gusto por el mal gusto, convierten a “Scanners” en uno de los imprescindibles del cine fantástico, ya no solo de los ochenta, esa época dorada, sino de la historia de este género.

K-Pax (Iain Softley, 1996)

“K-Pax” es otra de esas maravillosas sorpresas que ofrece el cine menos comercial de Hollywood. Una de esas producciones que pasan desmerecidamente desapercibidas, películas que no resultan, quizá, argumentalmente atractivas en un principio, pero que cuentan con un sinfín de virtudes. “K-Pax” es la historia de un hombre sin identidad que dice ser un extraterrestre llamado Prot y proceder del planeta K-Pax. Internado en un psiquiátrico, el Dr. Powell se ocupará de tratarlo, pero poco a poco irá viendo cosas en Prot que le harán incluso dudar de si no será un alienígena en realidad. Y mientras, Prot irá revolucionando a los internos del psiquiátrico con su manera de ser, sus promesas de llevárselos a K-Pax con él, y su increíble presencia.
Si bien la dirección es muy acertada y encontramos algunos recursos muy bonitos, sobre todo en el uso de la luz (el medio de transporte de los K-paxianos, según Prot), dos cosas sobresalen en esta preciosa historia: la maravillosa banda sonora, que acompaña cada plano de manera memorable, y la interpretación de Spacey, totalmente perfecta. Solo por los primeros planos a su cara de inocentón y su eterna sonrisa bobalicona y llena de bondad ya merece la pena ver la película. Es increíble como un actor puede transmitir tantas emociones pasándose más de media película con gafas de sol, pero Spacey lo consigue. Increíbles las secuencias de sesiones de hipnosis, cuando vamos descubriendo al amigo de Prot y en las que Spacey despliega todo un abanico de emociones del que su personaje, en principio, carece.
No obviaré tampoco la buenísima labor de Jeff Bridges como psiquiatra primero y amigo después, un papel también muy bonito y que este actor saca a la perfección. Es difícil quedar bien en una película junto a Kevin S., pero Bridges está a la altura.
¿Y en cuanto al guión? Pues mantiene la duda durante toda la historia, lo cual ya es un punto. La lógica nos dice que Prot no es un extraterrestre, pero escenas como su demostración en el planetario o sus misteriosas desapariciones nos hacen pensar lo contrario, aunque no queremos creerlo. Después, cuando conocemos la historia de ese desconocido Robert Porter, parece que catalogar a Prot como un loco es lo más cuerdo, pero aún así, el increíble y precioso final queda completamente abierto a la interpretación que cada uno quiera darle. Y eso es uno de los mejores puntos de la película, que no te meten una explicación con calzador, sino que te presentan los hechos y dejan a tu criterio y a tu corazón la elección. ¿Loco o extraterrestre? Pues sea lo que sea, lo que es, indiscutiblemente, es un peliculón.

Ejecución inminente (Clint Eastwood, 1999)

A punto de cumplir los 70 años, Clint Eastwood se metía en el papel de Steve Everett, un periodista alcohólico, mujeriego y descuidado padre de familia y esposo, que acabará por accidente encargado de hacerle una entrevista a un preso a punto de ser ejecutado por asesinato. El problema es que Everett, en una carrera contrarreloj de apenas unas pocas horas, llega a convencerse de que las pruebas contra el condenado fueron totalmente circunstanciales, de que los testimonios de los testigos no eran concluyentes y, en una palabra, de que el hombre que va a recibir la inyección letal es inocente. Así que el periodista, incapaz de salvar su propio matrimonio y reconducir su vida, intentará al menos salvar la del hombre que está a punto de morir injustamente.
Descubrimos aquí a un Eastwood mucho más flojo que en otras de sus obras posteriores, tanto delante como detrás de las cámaras. Pero sobre todo delante. Su papel, muy distinto a lo que nos tiene acostumbrados, podía haber sido como para que explorara todos los registros que ofrecía, pero en lugar de eso se nos presenta como un seductor de setenta tacos, con escenas tan sobrantes como las carreras por el zoo (curiosidad: la niña que hace de su hija en la película, es su hija en realidad), y sin transmitir emociones como sucedía en "Gran Torino" en cada plano. Además, la historia personal de Everett, el abandono de su esposa, su descuidada paternidad, etc., no llegó nunca a importarme ni la mitad que la historia del condenado. Salvan la papeleta muchas veces los secundarios, como el breve, histriónico y magnífico editor que interpreta James Woods, o la sensacional esposa del preso. Pero es Isaiah Washington, el condenado a muerte, quien realiza un papelón, tiene las mejores escenas y sí demuestra un abanico de sentimientos que llegan a sobrecoger, en especial durante las últimas horas junto a su esposa y su hija, una escena realmente emotiva sin caer en lo lacrimógeno. Y es que Eastwood, como siempre, aprovecha para hacer una reflexión sobre lo ético de la pena de muerte, sobre la frialdad de matar a un hombre en una suerte de "ojo por ojo" que no siempre se corresponde con la palabra justicia sino con la de venganza.
¿Qué le sobra a esta película, entonces? Pues el final. Demasiado bonito, demasiado perfecto, demasiado heroico. La frenética persecución policial en carrera hasta la casa del gobernador queda como un pegote, pero de algún modo tenían que llegar al clímax. Un clímax que, pese a dejar un sabor dulce, amarga un poco el resultado final de la película, convirtiéndola en una de las pocas prescindibles de Eastwood. Dicho esto con la boca pequeña, claro. Que no deja de ser Clint Eastwood.

En la línea de fuego (Wolfgang Petersen, 1993)

Esta es una de mis películas favoritas. Siento auténtica debilidad por casi toda la filmografía del maestro Clint Eastwood, alguien que ha evolucionado de manera sobrehumana desde aquella ya mítica trilogía del dólar hasta las obras maestras que se saca actualmente de la manga a razón de 2 por año. Y ojo, ya era bueno de joven. Pero es que hoy en día es genial, incomparable, clásico. En esta historia lo encontramos en uno de sus mejores papeles de cincuentón, cuando su cine se encaminaba a mostrar que ya no era un jovencito sino un hombre maduro que se metía en la piel de personajes maduros. Y aquí borda de principio a fin su interpretación. Eastwood hace de un agente del servicio secreto (el único en activo que estaba al servicio del presidente Kennedy cuando lo asesinaron en Dallas en los sesenta), algo paranoico y amargado, que se convierte en el centro de atención de un ex agente de la CIA que ahora quiere asesinar al actual presidente. Empieza así un duelo interpretativo de titanes entre Eastwood y su némesis en esta historia, John Malkovich, que está soberbio en su papel de desquiciado, brillante, frío y despiadado asesino. Las conversaciones telefónicas entre él y el personaje de Eastwood son sensacionales, unos diálogos inteligentes y creíbles perfectamente rematados por los dos monstruos que los recitan.
Por si fuera poco la genial historia central en la que Eastwood debe detener al futuro asesino del presidente, tenemos también un romance entre Eastwood y una agente interpretada por Rene Russo. Mr. Clint da una lección de cómo ligarse a una mujer con educación, carisma y buen hacer, todo un manual del seductor que solo funciona, eso es lo malo, si eres Clint Eastwood. Momentos sensacionales como el del piano bar, con esa mirada (“¿me entiendes?”) o la posterior secuencia en la que los dos se van a la habitación y vamos viendo caer todas las armas y aparatos electrónicos que llevan encima, todo para que una llamada telefónica les acabe cortando el rollo. O el mítico “si se gira, es que le intereso”, una frase que todos hemos pensado y que Eastwood convierte en historia del cine sentado ante el monumento a Roosevelt mientras se come un helado. Tan simple como genial.
Destacaría también que el personaje de Eastwood no pretende pasar por un superhombre. Se trata de un agente de más de cincuenta años, que se agota con cada carrera que da, se asfixia corriendo junto a la limusina del presidente, y repite constantemente que “está muy viejo para esta mierda”. Un papel coherente con la edad del protagonista, algo que muchos actores no comprenden y que Eastwood ha convertido en el abecé de su cine maduro. En cuanto a la dirección de Petersen, un director que no es de mis favoritos, no se le puede reprochar nada cuando hay planos como el del piano bar o el de la habitación, amén de la estupenda secuencia final entre Malkovich y Eastwood. En fin, lo dicho, para mí una auténtica obra maestra y uno de los mejores thrillers que he visto. Pero todo sea dicho, si el protagonista no hubiera sido Clint Eastwood… “En la línea de fuego” no sería más que una buena película, y no la maravilla que es.

Darkman (Sam Raimi, 1990)

Para mí, junto a “El ejército de las tinieblas”, ésta es la obra maestra de Sam Raimi. Toda una historia de superhéroes –o, mejor dicho, de antihéroes- que parece sacada del mejor cómic, con un personaje principal que consigue mezclar elementos de varios héroes de cómic de los más oscuros y trágicos (Batman, Punisher…) y crear un nuevo icono del género con una oscuridad todavía elevada a la enésima potencia: Darkman.
Encontramos a Liam Nesson en el papel principal, el de un científico que está creando una piel artificial que se verá envuelto en el robo de un documento por parte de una banda criminal, y acabará horriblemente desfigurado, con los nervios del dolor seccionados y el resto de sus sentidos y potencial físico ampliados. Así, ocultándose tras sucias y harapientas vendas y ropas, nace un justiciero vengador que se hará llamar Darkman, y que urdirá un plan para acabar con la banda de criminales que le convirtió en un monstruo a ojos de la sociedad y le arrebató su humanidad.
Podemos encontrar la mano de Raimi en cada puñetero plano de esta cinta. En cada plano. Desde los zooms, los fondos “sinápticos” (los fans de Raimi entenderán lo que digo), la steady cam, y otras muchas cosas que caracterizan la particular factura de este cineasta. Además, la música de su habitual Danny Elfman (en esta ocasión con enormes reminiscencias del tema de Batman) no hace sino acompañar aún más la historia y la sensación total de “raimismo” que brota de la cinta. Liam Nesson borda su papel, aunque puede resultar extraño encontrarlo en una película tan de aparente serie B como ésta, pero sin duda aporta un enorme trabajo al conjunto. En definitiva, “Darkman” es uno de los títulos más importantes de la filmografía de Sam Raimi, sin duda su mejor película fuera del género del terror (sí, mucho mejor que cualquiera de las “Spider-mans”), y uno de las sorpresas más refrescantes de la ciencia ficción de los noventa, con una estética de serie B hecha a propósito que aún confiera mayor encanto al resultado. Todo un personaje para el recuerdo, alguien que “es todos y no es ninguno, que está en todas partes y en ninguna…”

Little Tokyo: ataque frontal (Mark L. Lester, 1991)

El sueco Dolph Lundgren se convierte en protagonista absoluto de esta película dirigida por el realizador de la mítica “Comando” (y estéticamente muy similar a ésta), creada específicamente para lucimiento de los músculos del coloso nórdico. El argumento es patético, versando sobre un superpolicía criado en Japón y experto en artes marciales (Lundgren) que se enfrentará a la Yakuza. No estará solo, porque como en toda película de este estilo que se precie, tiene un compañero graciosillo y de mucha menor importancia, cuyo ridículo papel está hecho para que el de Lundgren parezca aún más rudo, fuerte y nauseabundo. Así, el compi suelta frases como “tienes el pene más grande que he visto en mi vida”. Lo peor es que dicho compi no es otro que Brandon Lee, hijo del legendario Bruce Lee y posterior protagonista de “El Cuervo”, película de gran calidad y última que realizaría, ya que resultó muerto en extrañas circunstancias acrecentando aún más la leyenda negra de los Lee.
Pero volviendo a esta “Little Tokyo”, lo dicho: 79 escasísimos minutos con algo de acción mal rodada (las peleas están totalmente desaprovechadas por culpa de malos posicionamientos de cámara que no permiten ver los buenos movimientos de los actores, en especial los de Lee), diálogos de vergüenza y un argumento que no dice nada y se repite más que el ajo. Insisto, se trata de una cinta “made in los noventa” hecha total y absolutamente para que el sueco del momento luciera palmito. Otra cosa no sabía hacer, el pobre.

Crepúsculo (Catherine Hardwicke, 2008)

No me avergüenza admitir que esta película me ha gustado muchísimo más de lo que me esperaba. ¿No os ha pasado nunca tener tantas expectativas de una película que, al verla, has salido decepcionado? Pues con "Crepúsculo" me ha ocurrido a la inversa. Los calificativos que había escuchado de la mayoría de gente acerca de ella eran unánimes: "rollazo", "pastelón", "tostón", y un largo etc. para definir que no era más que una historia de amor para quinceañeras en celo. Y es cierto que las hormonas rebeldes de las adolescentes han sido y son las mayores devoradoras de la saga de libros de Stephenie Meyer, pero he encontrado en esta película mucho más que una empalagosa historia de amor.
Para empezar, la interpretación de los protagonistas me parece estupenda. Tanto Robert Pattinson cn la piel del vampiro Edward, como Kristen Stewart en el rol de Bella, realizan dos papeles muy interesantes, no exentos de estereotipación, pero bien construidos y muy bien interpretados. Incluso las escenas de amor más ñoñas no llegaron a provocarme vergüenza ajena como en otras muchas películas, y me parecieron totalmente al servicio de una historia que, no nos engañemos, no es más que una revisión moderna de Romeo y Julieta, pero con un Romeo chupasangre.
Evidentemente quien, como yo, no se haya leído los libros, quizá podría esperarse una película de vampiros convencional. Entiendo que la decepción fuera mayúscula al ver dos horas de historia en la que hay dos momentos de acción justita y en la que no aparece ni un solo colmillo, ni vemos estacas atravesando corazones, ni ataúdes con bisagras chirriantes. Coño, pero si estos vampiros incluso resplandecen al sol como si fueran diamantes. Pero no olvidemos que "Crepúsculo" es una historia de amor imposible, y el hecho de que Edward sea un vampiro no es más que un elemento alternativo que añade el toque de "venimos de mundos diferentes" a su relación con Bella.
Así que confieso que me lo pasé bien con "Crepúsculo", me pareció una correcta historia de amor diferente, e incluso iré al cine a ver "Luna Nueva" cuando se estrene, hombre. Aunque ya me han dicho cómo acaba todo en los libros... y no es ninguna sorpresa.

Rescate (Ransom) (Ron Howard, 1996)

Muy poco después de haber abandonado las praderas escocesas de "Braveheart" y bastante antes de pasarse al ultragore católico de "La Pasión de Cristo", Mel Gibson se dejó dirigir por el correcto Ron Howard en este eficiente y entretenido thriller sobre el secuestro del hijo de un millonario empresario de la aviación. Con un reparto principal estupendo, en el que aparte de Gibson encontramos a Rene Russo como su esposa y a Gary Sinise como el cerebro del secuestro, lo que realmente atrapa de esta historia es el devenir de sus acontecimientos. El personaje de Gibson, Tom Cullen, no es un héroe, ni está construido para que nos caiga bien. Quizá por eso llegas a empatizar con él mucho más de lo que, en un principio, podrías pensar. Pero lo que sí que es, es un empresario como la copa de un pino, alguien que ha debido alzar su imperio sobre infinidad de negociaciones (muchas, seguramente, turbias, como se comenta a lo largo de la película) y que decide enfocar el secuestro de su hijo y la negociación con los secuestradores de una forma tan audaz como polémica: no pagar, sino ofrecer una recompensa por la vida del hombre que tiene a su hijo. A partir de ahí la trama se vuelve realmente frenética, con escenas de gran tensión (como el "casi suicidio" de Cullen tras la "casi muerte" de su hijo), y sin duda la opinión del espectador se dividirá entre los que piensan que la actitud de Tom es la correcta, y los que piensen que está loco. ¿Tú de cuál eres?
Lo indudable es que a Cullen le sale bien la jugada, y ahí es donde entra el estupendo giro final en el que el malo (brillante Sinise, un actor que me encanta y que en el cine siempre ha estado relegado a los secundarios) intenta sacar tajada haciéndose pasar por bueno. Y casi lo hubiera conseguido, pero no contaba con que el bueno de Tom aún tenía ganas de negociar más y, sobre todo, de pegarle un tiro, como queda patente en la chulesca escena final en la que no suelta la pistola hasta que puede disparar a su enemigo. Otro detalle que viene a corroborar que el millonario no es bueno, ni malo. Simplemente, está acostumbrado a hacer lo que le sale de los cojones, y sin duda esta es una historia de ver quién los tiene más grandes. Y claro, con las pelotas de Mel Gibson no se juega.

Creepshow 3 (James Glenn Dudelson y Ana Clavell, 2006)

Tras una primera parte antológica y una segunda entrega que respetaba el estilo de la primera y que aún nos dejó algunos momentos estupendos, casi 20 años después tuvo que haber un par de idiotas que decidieran realizar un esperpento y aprovechar el nombre de la franquicia Creepshow para acuñar su defecación. Menos mal que nosotros, espectadores, no somos estúpidos, y que toda relación que podamos darle a este despropósito con los dos primeros films, es puramente nominal.
Si algún mérito se le puede intentar atribuir a esta película es el hecho de haber intentado ligar las cinco historias que la componen entremezclando personajes en una y otra, como si de cameos se tratara. Aunque esto no contribuye nada en la trama, al menos aporta cierta coherencia argumental en un guión que es muy, muy flojo. La historia "Alice" no hay por dónde cogerla, y menos aún ese ridículo final con la chica convertida en un conejo. La segunda, la de la teleputa, es curiosa al menos. Una prostituta asesina que se encuentra con un cliente vampiro. La tercera es un alarde de gore tontorrón con historia cómico-terrorífica, cuando dos ex-alumnos despedazan a la prometida de su profesor pensando que se trata de un androide de su invención. La cuarta trata sobre un médico grosero y despreciable (pero no a lo House, sino sin encanto ninguno) que acaba perseguido por el zombi de un vagabundo al que ha matado al darle un perrito caliente contaminado. Sí, es tan mala como parece. Y la quinta es, quizá, la única que tiene ese toque merecedor del nombre "Creepshow". Un hombre compra una radio que empieza a aconsejarle cosas y que, al final, será su perdición. Ese desenlace en el que descubrimos que hay más radios como esa y que a cada uno le cuentan una película distinta, es más que correcto.
Pero recapitulando, esta tercera entrega de la saga no tiene nada de lo que hizo a "Creepshow" especial. Es más de lo mismo, e igual de cutre pero sin el encanto que le confería a las anteriores la época en la que se hicieron. Y hoy en día, de una película tan reciente, cabría esperar algo muuuucho mejor.

Creepshow (George A. Romero, 1982)

Una de las películas de terror ochentero que recuerdo con más cariño, y a las que mejor factura les pasa el tiempo. Quizá porque ya fue realizada con un deliberado toque retro que no le permite envejecer demasiado por muchos años que pasen, pero el caso es que "Creepshow" continúa teniendo un encanto especial por muchas razones, desde la leyenda que había detrás de sus cámaras, los protagonistas de cada una de sus cinco historias, a ese estilo narrativo a modo de páginas de uno de esos cómics pulp tan de la época.
La primera historia nos cuenta cómo un padre zombi regresa para matar a su hija y asesina, y reclamar, de paso, su tarta del día del padre. Quizá lo más curioso es ver a Ed Harris con pelo y bailando ridículamente, porque la historia en sí es la más flojilla.
La segunda, solo por tener a Stephen King como protagonista único, ya merece la pena. King, guionista de todos los cortes de la película, interpreta a un garrulo paleto que encuentra un meteorito y acaba convertido en una planta humana. Tan surrealista y absurdo como divertido, dos adjetivos que van como anillo al dedo a la película.
La tercera historia es, argumentalmente, la mejor con diferencia. Sorprende, y mucho, encontrar al actor Leslie Nielsen, a quien todos conocemos de infinidad de "Lo que sea... como puedas", interpretando aquí a un millonario cornudo y vengativo que planea el asesinato de su esposa y del amante de ésta (Ted Danson, el de "Cheers"). Por supuesto, la historia da el correspondiente giro a lo sobrenatural en su última parte, y para mí siempre quedará en el recuerdo esa frase que grita Nielsen: "¡puedo aguantar la respiración mucho, mucho tiempo!"
La historia número cuatro va sobre el descubrimiento de una extraña criatura en una caja, hecho que será aprovechado para narrar una particular venganza dentro de un matrimonio nada avenido. También floja.
Y la quinta es la que yo nunca olvido. Un repelente millonario vive, obsesionado con la limpieza, en un futurista piso blanco e impoluto. Pero poco a poco, vemos que tiene un pequeño problemilla con las cucarachas, que acaba convirtiéndose en uno de los más desagradables y conseguidos finales repugnantes que he visto en una película. Un 10 para la labor del mítico Tom Savini y sus FX clásicos que tan buenos ratos me han hecho pasar.
Todo esto con la historia de un niño contra su padre por culpa de leer los cómics de Creepshow como nexo argumental, lo que conformaría, si se quiere, la sexta historia. Así que, en definitiva, "Creepshow" es un excelente recuerdo de una de las décadas que más y mejor nos ha dejado en el terreno del terror.

La mosca (David Cronenberg, 1986)

El peculiar director David Cronenberg realizó esta versión del clásico de 1958, dándole un enfoque mucho más dramático a la historia y, para qué negarlo, un aspecto visual tan impactante que es de lo que no se olvidan. Los efectos especiales fueron merecedores del Oscar de la Academia, y algunas de sus secuencias son, de puro asqueroso, hitos de la historia del cine de terror.
La historia es básicamente la misma que la del clásico de Kurt Neumann: un científico brillante y reservado ha creado unas telecápsulas capaces de transportar materia. Se añade a la historia un elemento romántico con el personaje de una periodista que vivirá un apasionado romance con el científico, una relación que aporta un toque de "bella y bestia" realmente magnífico, y en continuo in crescendo hasta el desenlace (memorable el diálogo sobre la "política de los insectos", en el que Seth admite a su amada que, si se queda, le hará daño).
En el apartado artístico, se trata de una historia de dos personajes. Es magnífico cómo comienza con esa secuencia en una fiesta y ese diálogo entre dos personas que acaban de conocerse, y que acabarán convirtiéndose en amantes y viviendo después la peor pesadilla imaginable. Tanto Jeff Goldblum como Geena Davis están totalmente correctos en sus papeles, en especial Goldblum, claro, a quien vemos transformarse en un monstruo mucho antes de que comiencen a aplicársele los efectos de maquillaje. Y es sin duda ahí, en el aspecto terrorífico y gore de los efectos, donde la película se queda grabada a fuego en tu cabeza. Esa colección de "recuerdos", el "museo de Seth Brundle", como lo llama el protagonista, es tan repugnante como entrañable; el nauseabundo sistema de alimentación de Brundlemosca, que le sirve a la postre para lisiar de por vida al ex novio de su chica; o la transformación final, en la que Brundlemosca deja de ser lo poco humano que le quedaba. Imágenes no aptas para estómagos sensibles en una película que, al fin y al cabo, no deja de ser una historia de amor. Pero se cruzó una mosca de por medio.

La mosca (Kurt Neumann, 1958)

Este clásico entre los clásicos de la ciencia ficción añeja, comienza como una historia de Agatha Christie. Un eminente científico ha aparecido muerto bajo una prensa hidráulica, y su tranquila esposa es la autora confesa del crimen. Todo parece indicar que la viuda (interpretada por Patricia Owens en un papel brillante) ha perdido el juicio, ya que se muestra demasiado relajada salvo cuando alguna mosca irrumpe en la habitación. La mujer va a ser detenida y acusada de homicidio, y solo su cuñado (el mítico Vincent Price) sospecha que hay algo más detrás de la muerte de su hermano y quiere llegar al fondo del asunto. Así, finalmente la abnegada esposa relatará a su cuñado y al inspector de policía la auténtica historia de lo ocurrido. Mediante un flashback que dura más de una hora, conocemos entonces cómo el marido había conseguido crear unas cabinas de teletransporte, pero al probarlas él mismo, una mosca furtiva se introdujo con él, y sus átomos se recombinaron dando lugar a dos aberraciones: un hombre con cabeza y brazo de mosca, y una peculiar mosca con cabeza y brazo humanos. Ante la imposibilidad de capturar a la mosca y repetir el experimento a la inversa, el científico, que está empezando a perder el juicio y convertirse más en criatura que en hombre, suplica a su esposa que lo mate en la prensa para no dejar evidencias de su horrendo aspecto.
Esta película deja un delicioso sabor a clásico. La historia tiene un ritmo lento y tarda mucho en entrar en el terreno de la ciencia ficción, siendo en toda su primera parte una historia de suspense. Incluso una vez en escena la mosca, continúa dándose más importancia al drama y a la tensión de cazar al insecto o la frustración de ese científico que debe comunicarse dando golpes, que al aspecto monstruoso que ha adquirido. Es más una historia con la moraleja de que no se puede jugar a ser Dios sin quedar impune que una historia de terror. Y pese a sus tubos fluorescentes de neón o esas cabinas de teletransporte que parecen armaritos de cocina, la película ha envejecido bien, e incluso sus desfasados artefactos le dan un agradable toque retro que le confiere aún más encanto. Y es que, como dice la mujer del científico, "el progreso va demasiado deprisa".
Memorable y antológica la escena final de la tela de araña, en la que el cuñado y el inspector se encuentran cara a cara con la prueba de que la historia de la viuda es cierta. Todo un broche de oro para una cinta que ya pertenece a los anales de la ciencia ficción por méritos propios, y que siempre es agradable volver a ver.

Jason X (James Isaac, 2001)

Extrapolar a Jason Voorhees, el asesino más famoso de Cristal Lake y de la historia del cine, a una nave espacial en el siglo XXV, suena a cachondeo. Pero alguna apuesta entre amigos durante una borrachera debió dar como fruto este guión, que para ser sinceros, es malo como la carne de perro, pero de tan malo se hace de querer.
¿Historia? Simple. Ante la imposibilidad de acabar con su vida, se decide criogenizar a Jason. Por supuesto, durante el proceso Jason escapa para hacer de las suyas, y acaba congelado junto a la doctora responsable del tema. En el año 2455, cuando la Tierra es una esfera estéril, un equipo espacial encontrará a los dos congelados, revivirán a la doctora, y Jason solito volverá a vivir cuando se descongele. A partir de ahí, comienza un festival de matanzas a la vieja usanza, en el que Jason se adaptará perfectamente al nuevo entorno y aprovechará todo lo que esté a su alcance para seguir dando matarile a la tripulación, que como no podía ser de otra manera, está formada por jóvenes y atractivos astronautas de ambos sexos. Vamos, como un Cristal Lake intergaláctico.
El despiporre extremo llega cuando Jason es exterminado por una androide sin pezones (esto es cierto, lo juro), y después reconstruido por accidente gracias a nanobots que lo convierten en un ser medio cibernético, más indestructible aún. Vamos, algo así como un Jason versión 2.0, igual de cabrito pero con más recursos. Jason conserva su aspecto de siempre pero modernizado, en la línea de la pauta que marcó el cine chusco de principios de los 2000.
Escenas memorables: Jason matando a la rubia con el nitrógeno líquido, la lamentable lucha de la androide contra Jason, o la simulación de realidad virtual en la que Jason machaca a las dos chicas en Cristal Lake. Para encanarse de risa.
En fin, podrá pensarse y decirse que es una mala película. Hombre, y estrictamente hablando, lo es. Es muy mala, los diálogos son penosos y ni la dirección ni las interpretaciones son para tirar cohetes. Amén de que la simple idea del argumento ya es de las de mear y no echar gota. Pero qué puedo decir... Esta es otra de esas cintas que, pretendiendo ser serias, se convierten en entrañable serie B moderna. Y como me encanta la serie B, aunque sea accidental, yo me lo paso pipa con esta película, con las salvajes muertes de la tripulación, y con el pintoresco Robo-Jason.
Jason en el futuro en una nave... ¿Qué será lo próximo? ¿"Posesión Infernal Espacial"? Mejor no demos ideas.

Punisher 2: zona de guerra (Lexi Alexander, 2008)

Tras la quasi vergonzosa película anterior sobre este personaje, uno no se podía esperar nada interesante de esta secuela. Las expectativas estaban tan a la baja que ni apetecía verla por lo que nos pudiéramos encontrar.
Y resulta que me lo he pasado teta viéndola.
Lo primero que cambia respecto con la anterior película es que esta es una historia seria y violenta. Muy violenta. Aquí, Frank Castle se explaya reventando cabezas a disparos a bocacajarro, lanzando misiles contra saltimbanquis ladrones que hacen parkour, e incluso atravesando una cabeza de un puñetazo. No, no se anda con tonterías. Sus incursiones en las mansiones de los malos son espectaculares en cuanto al nivel gore de sus ejecuciones. No se han cortado ni tres a la hora de pintar sangre. Un amigo me recomendó ver la película diciendo que era como "Viernes 13" pero con material. Coño, qué razón tenía. Este Frank Castle es como un Jason Vorhees que acaba de salir de una armería.
En cuanto al propio personaje de Punisher, la interpretación de Ray Stevenson es impecable. El tipo tiene un rostro serio y amargado, apenas tiene diálogo y su aspecto y expresividad van que ni pintados con el supuesto carácter de este justiciero. Muchísimo mejor que el que interpretó Tom Jane, este Punisher de Stevenson sí que me lo creo, y seguro que los fans del personaje lo habrán visto más afín al del cómic.
Donde la película sigue haciendo aguas es en la calidad de sus enemigos. En la primera, Travolta volvía a hacer el ridículo interpretando a un mafioso de chichinabo. Aquí, Dominic West interpreta a un gángster que acaba desfigurado y convertido en el nuevo y trastornado jefe del hampa tras un encontronazo con Punisher (la originalidad de Marvel al poder, porque es exactamente el mismo origen que el del Joker, tócate los cojones). Su papel es bastante ridículo, no está a la altura de la estupenda y seria interpretación de Stevenson, y más parece uno de los rocambolescos malos de Dick Tracy que un enemigo a la altura de este Castigador. El malo, que se hará llamar Jigsaw, pretende aportar un toque cómico a ciertas escenas, y a mí solo me provocaba salirme de la película, que durante las escenas de Castle era estupenda, y se convertía en absurda cada vez que salía el cararemiendos. Muy mal en ese aspecto.
Pero bueno, reconozco que las risas que me eché viendo las ceporreces que hacía Punisher con los malos, bien merecen la pena toda la película. No es una obra maestra, pero supera con creces a su predecesora y se convierte, por sí sola, en una entretenida y salvaje película de acción.

Terminator Salvation (McG, 2009)

La mítica saga que arrancó en los ochenta protagonizada por aquel culturista austríaco con aspiraciones políticas y dirigida por el rey Midas de Hollywood, James Cameron, alcanza este verano su cuarta entrega. Tras una primera parte antológica, una secuela que revolucionó -literalmente- el cine de acción con sus abrumadores efectos visuales del T-1000, y una tercera entrega que casi acaba con el buen nombre de la saga, esta nueva Terminator recibe el nombre de Salvation. ¿Quizá porque ha venido a salvar la franquicia, después de la desastrosa tercera parte? Puede ser, porque de nuevo nos encontramos ante una gran película de acción apocalíptica plagada de robots, máquinas, y personajes bien construidos, y ante lo que seguro será la primera de más nuevas incursiones cinematográficas de esta nueva andadura de los Terminators.
La acción se desplaza hasta el año 2018. John Connor (Christian Bale) es ya un líder de la resistencia humana contra las máquinas, si bien aún no es "el" líder que está destinado a ser. Su misión ahora no es otra que encontrar a un adolescente llamado Kyle Rees, y que no es otro que... su padre. Aún no, claro, porque Connor es unos 15 años mayor que él, pero Kyle será el soldado al que John enviará al pasado a proteger a su madre, espacio durante el cual él será concebido (la legendaria y controvertida paradoja temporal de Terminator, el hecho de que él mande a su propio padre al pasado para que lo engendre o si no no existirá).
Entre tanto, conocemos a un hombre sin pasado llamado Marcus Wright, (Sam Worthington) a quien pronto calaremos como fuera de lo normal. Y tanto, porque es un Terminator. Pero no uno cualquiera, sino un modelo más orgánico que cualquier otro que se haya visto (y hay que hacer notar aquí que, en el año 2018, el T-800 aún era solo un prototipo y los Terminators biomecánicos aún no se habían visto), creado para infiltrarse en la resistencia de Connor.
Tenemos un ritmo constante que no decae, y unas escenas de acción que quitan el hipo. Los efectos visuales son, literalmente, atronadores. Las máquinas gigantescas y robots de tamaño humano están geniales, pero en especial me sorprendió la aparición de quien es, por excelencia, "el" Terminator: Schwarzenegger. Su aparición, brevísima pero espectacular, es un ejemplo de cómo conseguir que un efecto CGI sea inapreciable. Le vemos la cara en primera plano, sin poder notar que se trata de un efecto de ordenador. Un cameo fabuloso que viene a conformar un guiño más de bastantes que escuchamos a lo largo de la película (desde el mítico "volveré" al "ven conmigo si quieres vivir"). Quizá lo más flojo de la película es el propio Bale, que hace un papel muy plano y secundario, totalmente a la sombra del de Worthington, auténtico protagonista de la historia. Parece que a Bale se le da mejor destacar en producciones relativamente baratas, como sus papelones en "El maquinista" o "American Psycho", que en esta clase de superproducciones multimillonarias, en las que parece poner su registro en modo automático. Ya le pasó también en "El Caballero Oscuro", con una interpretación muy inferior a la que ofreció en Begins.
Por otra parte, y aunque no soy un erudito de la saga, me parece que todo cuadra muy bien y que se ha respetado mucho la coherencia argumental entre las primera y ésta. Yo no veo incongruencias, y aunque se trata de una cuarta entrega, queda bien encarada a proseguir con la franquicia. ¿Volverá?

Atrapado (Peter Liapis, 1998)

Otra película de la que ni siquiera Filmaffinity tiene constancia. Y ya he descubierto unas cuantas de estas, lo cual es todo un mérito... supongo.
Dirige Peter Liapis, cuyo nombre no me decía nada hasta que realicé una adecuada búsqueda en Internet y descubrí con asombro que también tiene un pasado como actor. ¿Y qué ha hecho este hombre que pueda haber visto yo? Pues el ridículo, por supuesto. Fue nada menos que el brujo de "Los Ghoulies", una mítica y nefasta película de los ochenta que ya comenté hace unos meses en esta bitácora. Si su papel en aquella producción no tiene nombre, su recolocación detrás de las cámaras es bastante mejor (lo cual no era difícil), aunque tampoco exenta de enormes carencias.
La historia de "Atrapado" parte de una premisa que hubiera dado para un buen cortometraje, episodio de una serie, o para una digna historia en una película tipo "Creepshow". Como película, se hace demasiado larga, estirando hasta llegar a un metraje decente algo que no da para tanto. Se trata de un empresario sin escrúpulos, que trastornado por un negocio que le está volviendo medio loco (eso, y que es un pedazo de cabrón), instala un sistema de seguridad en su coche para cazar a un ladrón que se lo quiere robar. Así, el ladrón acaba encerrado en el coche y a merced del empresario, que se convierte en su despiadado torturador, que compagina el intentar solventar su negocio pendiente con seguir puteando al ladrón que está encerrado en su garaje.
Como digo, la idea es buena y hasta original, pero se me hizo pesada como largometraje. Los papeles principales, el del empresario (Nick Mancuso) y el ladrón (el ya mítico Andrew Divoff, más conocido como el "Wishmaster") están correctos, pero sin olvidarse en ningún momento de que son actores de segunda en una producción de segunda. Lo cual es otra lacra más del film, que apesta a televisión y no llega a hacerse serio aunque la historia esté decente y pretenda jugar con otro tipo de terror no sobrenatural. Pero en definitiva, es una cinta aburridilla y olvidable.

Anaconda: trail of blood (Anaconda 4, Don E. FauntLeRoy, 2009)

Cuarta parte de la franquicia sobre la serpiente más famosa y explotada del cine. Si la primera (aquella que protagonizaron Jennifer López y Ice Cube) ya fue nefasta, la segunda consiguió mejorar un poco convirtiéndose en una mediocrilla película de aventuras, y la tercera cayó en picado al ridículo, lo de esta cuarta parte ya no tiene nombre. No es que sea peor que su predecesora directa, sino que, simplemente, no tiene razón de ser.
Continúa jugándose con la idea de que los experimentos con la orquídea sangrienta pueden revelar un suero de la inmortalidad, y que su efecto es evidente en las anacondas, aparte de que las vuelve de tamaño gigantesco. Con ese pretexto, cuatro actores (esta vez sin David Hasselhoff, que debe estar rehabilitándose otra vez), un ordenador viejo y un camping como escenario de exteriores, FauntLeRoy se saca del bolsillo 80 minutitos de metraje en el que poco importan cualquiera de los conceptos que enseñan en las academias de cine a las que seguro él nunca asistió. Claro que hablamos de alguien que ya ha dirigido nada menos que 3 películas de Steven Seagal y 2 de la saga de Anaconda, y eso que solo lleva 6 películas hechas, así que podemos considerarlo sin resquicio alguno de duda como un nuevo pilar del cine cutre.
En definitiva, no hay que estrujarse el cerebro con esta película. La serpiente está muy mal hecha y las intepretaciones son penosas (en esta clase de producciones no contratan actores, todos son amiguetes de amiguetes de amiguetes), los diálogos penosos, el guión es inexistente, aunque intenta enlazar con la parte anterior recuperando a los dos protagonistas, y encima deja el final abierto para una quinta parte que seguro se hará. Y ahí estará de nuevo FauntLeRoy para dirigir, con cuatro duros y sin talento. Y yo para verlo.

Passengers (Rodrigo García, 2008)

Cuando una psicóloga un tanto retraída es encargada de los supervivientes de un accidente aéreo, comienza para ella una aventura tanto profesional como personal, que la llevará desde complots de encubrimiento por parte de las aerolíneas o un romance apasionado, hasta el descubrimiento de la auténtica verdad de lo sucedido en el trágico suceso del avión. Un descubrimiento que, si bien podemos empezar a olernos a los 25 minutos de película, no deja de estar bastante bien elaborado. Las situaciones se suceden una tras otra pareciendo que todo va en una dirección (la conspiración para tapar lo ocurrido, que podría hundir la compañía), pero poco a poco vamos recibiendo pequeñas pistas nada sutiles sobre lo que sucede, que enseguida empezaremos a atar si estamos un poco atentos a los hechos. Así que llega un punto en el que el final, supuestamente impactante por su giro hacia lo sobrenatural desde el mero y simple thriller, no impacta. Pero no es lacra para que, al menos, emocione y resulte bien integrado, no queda forzado y concede una elegante conclusión a la película. Nada nuevo, nada original, pero al menos sí bien construido.
Por otra parte, las actuaciones de Anne Hathaway y Patrick Wilson en los papeles principales están más que correctas, en especial la de ella, que demuestra que sirve para algo más que ser princesa por sorpresa o vestirse de Prada con el diablo. El guión no es excesivamente inteligente y el doblaje no hace mucha justicia, pero la expresividad de Hathaway merece buena nota, igual que el comportamiento aparentemente rarito de Wilson, después lógicamente explicado, claro.
Así que resumimos: buena película para pasar el rato, historia convencional con giro final incluido que gustará y sorprenderá a quienes no suelen ver cine prestando atención, sino solo dejando la mente en blanco. Al público más involucrado con lo que ve, le parecerá un final cantado, pero aún así no exento de mérito. A mí me ha gustado mucho más de lo que preveía.

Planes de boda (Adam Shankman, 2001)

Por el amor de Dios, qué pastelón de película. Yo no sé por qué me siento a ver cosas como esta, si saliendo Jennifer Lopez ya es suficiente razón para echar a correr. Pero si hizo "Anaconda", hombre...
Decir que se trata de una típica comedia romántica absurda es hacerle un favor. La JLo hace de una organizadora de bodas sin suerte en el amor, que resulta que se enamora perdidamente del novio de la última boda que tiene que organizar, interpretado por Matthew McConaughey, después de un encontronazo accidental. A partir de ahí empieza una pastelosa situación en la que los dos novios deciden de mutuo acuerdo no casarse porque no se quieren, o en el que el novio de la Jenny ¡¡acompaña a Matthew a buscarla para que se quede con ella!! Yo también hubiera hecho eso si mi novia me hubiera dejado en altar, llevar a su amante en la moto a buscarla. Vamos hombre, por favor, ¿es que nadie veía lo absurdo de la situación?
Aún así, esta película consiguió ser número 1 en Estados Unidos, cosa que vuelve a demostrar por qué el cine está como está. Y ojo, la peli en sí no es que esté mal, sirve para pasar una tarde aburrida, los protagonistas no están del todo mal (todo lo bien que pueden estar, que son quienes son), pero es que es extremadamente azucarada y tierna hasta hacer vomitar a una cabra.
Queda para el recuerdo una frase del McConaughey que le suelta a la Jenny con cara de quinceañero enamorado: "no sé el nombre de pila de tu padre, ni si llevas gafas o has llevado aparato, pero conozco los destellos dorados de tus ojos y las formas redondeadas de tu cara."
Si yo le dijera algo así a mi mujer, estaría riéndose un mes. Nauseabundo.

El mundo perdido (Steven Spielberg, 1997)

La secuela de “Jurassic Park” era más que obvia, teniendo en cuenta la revolución en todos los sentidos que supuso la adaptación de la novela de Michael Crichton. Una vez más, sería Spielberg quien se pondría detrás de las cámaras, y repetiría como protagonista, esta vez absoluto, Jeff Goldblum en su papel del doctor Ian Malcolm.
Una vez perdido el factor sorpresa que conmocionó al mundo, esta segunda parte ya no puede considerarse el hito que supuso la primera, y queda relegada a una muy buena película de aventuras. Los dinosaurios siguen estando impecablemente hechos, y aparecen muchos más y con mucha más presencia en pantalla que en “Jurassic Park”. Pero, insisto, el factor sorpresa es algo fundamental. Cuando se estrenó la primera, el mundo del cine jamás había contemplado semejantes efectos especiales en pantalla, y de un modo u otro, la película quedaba grabada en tu retina. “El mundo perdido” ya no te deja boquiabierto, porque cuatro años, en la industria del cine, son una eternidad, y lo que tuvo de fresco y sorprendente “Jurassic Park” en el 93, ya no es algo fuera de lo común en las superproducciones de 1997.
Eso sí, el ritmo es mucho más trepidante, las intervenciones de los dinosaurios con el grupo de humanos (ahora mucho más amplio) son más impactantes, y la acción no decae en ningún momento. Quizá el lastre más grande es esa secuencia final en los Estados Unidos con el tiranosaurio convertido en un moderno King Kong, pero realmente es divertida y está bien filmada, así que es incluso perdonable.
Aún con todo, esta “El mundo perdido” cumple como película de aventuras al más puro estilo Spielberg, pese a algunos fallos y fanfarronadas “indianajonsescas”, pero todo dentro de un límite tolerable. Los dinosaurios perdían fuelle, pero aún resoplaban con fuerza.

Transformers (Michael Bay, 2007)

Nos encontramos ante una generación de público que se traga cualquier mierda que le venga envuelta en un bonito papel de regalo. Y para nutrirse a su costa, existe una generación de productores, directores, guionistas, músicos y actores que participan en películas de esas catalogadas como blockbusters veraniegos, producciones que suelen costar una enorme cantidad de dinero y que están destinadas a recaudar aún muchísimo más. Prometen alardes de efectos especiales, acción, protagonistas guapos y graciosos y un sinfín de situaciones tan imposibles como chulas en pantalla.
En este sentido, el realizador Michael Bay se ha alzado como el rey de reyes, se ha convertido en un codiciado y codicioso lacayo de Jerry Bruckheimer y compañía, avalado por ¡¡el mismísimo Spielberg!! Y lamentablemente, nos guste o no, Bay sabe hacer una cosa muy bien: ¿dirigir? No, por Dios. Sabe cómo ganar dinero y hacer tragar a las masas los subproductos que él excreta. Como dice un amigo mío, “come mierda, que 100.000 millones de moscas no pueden equivocarse.”
Os invito a repasar la filmografía de este mercenario de las productoras, en la que encontraréis películas como “Dos policías rebeldes 1 y 2”, “La roca”, “Armaggedon” o “Pearl Harbor”. Correcto, son todas divertidas y repletas de acción, explosiones, personajes muy guays y muy cool, más explosiones, ejército norteamericano, apología de lo americano, América, América, explosiones otra vez y más América. América es guay, te lo dice Michael Bay. Ese podría ser un slogan de este cabrito.
Pero no nos engañemos: el hecho de que sus películas sean divertidas no le confiere el talento que mucha gente, perteneciente a la masa aborregada que se traga sus películas con ansia, le otorga. No es un buen cineasta, es un cineasta al servicio de las necesidades de los estudios. Está claro que si yo fuera productor, querría que Michael Bay me dirigiera una película, porque haría de ella un exitazo y me haría inmensamente rico. ¿Qué la película es, realmente, en el fondo y la forma, una auténtica mierda? Da lo mismo. Es Michael Bay, y en sus películas solo hay música machacona, fanfarronadas, diálogos que se pasan de graciosos, tías buenas, explosiones a razón de 1 cada 4 fotogramas, cámara giratoria, cámara lenta, y planos de 2 o 3 segundos enlazados en escenas frenéticas de acción que duran 20 o 30 minutos de ritmo oligofrénico. Por supuesto, todo aderezado con el endiosamiento de la armada norteamericana, estúpidos planos de helicópteros, de despliegues militares o de una puesta de sol. Lo único que hace peor “Transformers” del resto de basura de este señor, es que sale Shia LaBeouf en el papel que me hizo odiarlo irremediablemente para siempre jamás, cosa que luego afianzó con su violación a los principios básicos de “Indiana Jones”. Shia, te odio.
Así que no merece la pena hablar específicamente de “Transformers”. No he visto aún la segunda parte, y seguro que será tremendamente divertida, pero en cierto modo, ver una película de Bay me recuerda al adulterio. Puede que te lo pases bien durante, pero después, cuando pienses en ello, sabrás que has traicionado tus principios. Porque toda la filmografía de este inepto sacapasta es igual. Se plagia a sí mismo, en un constante ejercicio de egocentrismo que encima nosotros, retrasados mentales, le aplaudimos y recompensamos con miles de millones en taquilla. Este es el futuro del cine, así que creo que, como decía Roy, “es hora de morir”.

Contacto sangriento (Newt Arnold, 1988)

En 1988, un desconocido llamado Newt Arnold dirigió esta película, y jamás volvió a trabajar en el cine. Hoy en día entiendo por qué, pero en su momento, en aquellos mágicos y añorados años 80, yo también fui uno de aquellos niños que alucinaron con el kumité, con los combates imposibles, y sobre todo con aquel tipo musculoso que se abría de piernas de forma imposible y daba unas tremendas patadas giratorias voladoras.
Chuck Norris recibió el testigo de Bruce Lee en los setenta y se convirtió en el rey de la acción ochentera; y en los 90, sería este belga de nalgas apretadas quien se alzaría como rey del cine mamporrero (y también como consumidor número 1 de farlopa, pero eso es harina de otro costal). Fue la era de Van Damme, y esta película fue su lanzamiento definitivo. Tenía combates chulos, coreografías impecables, malos muy malos, buenos muy buenos, una rubia, un negro, un amigo tontorrón que recibía una buena tunda. Y ahí estaba Van Damme para repartir estopa y lucir su trasero y sus estéticas (aunque inútiles y previsibles, como sabrá cualquiera que haya pisado en su vida un tatami) patadas.
Además, en cierto modo la película fue un poco visionaria. Se demostró que la fórmula de torneo-de-artes-marciales-con-bueno-contra-malo-malísimo funcionaba, y bien. Se ha repetido hasta la saciedad (incluso Van Damme se la copió en “The Quest”, cinta que parece un remake de esta “Contacto Sangriento” cambiando cuatro detalles), y nació aquí. Impecable el combate final entre Van Damme y el malísimo Chong Li (Bolo Yeung, en la vida real dicen que es un pedazo de pan y además trabajó con Bruce Lee en “Operación Dragón”), demasiado exagerado pero estéticamente muy bonito.
En fin, no volverán aquellos tiempos de jugar a ser Frank Dux, y esta es una de esas películas a las que el tiempo les pasa una factura enorme. Pero queda el recuerdo del sabor que dejaban en aquella infancia cada vez más lejana, y de cuando Van Damme aún tenía el tabique nasal propio.

Creepshow 2 (Michael Gornick, 1987)

Tras el éxito de “Creepshow” 5 años antes, llegaría esta secuela que vuelve a emplear el mismo estilo de narrativa para contar tres historias independientes unidas por un nexo común: un niño que lee historias de terror en un cómic que se llama como la película. Así, encontramos tres cortos de menos de media horita cada uno, los tres correctos y totalmente ochenteros, con una estética muy reconocible (y puede que hasta inspiradora de la posterior “Historias de la Cripta”).
La primera historia se titula “El jefe cabeza de madera”, y trata sobre la estatua de un indio que cobra vida para vengar la muerte de su dueño. Floja, pero bien llevada. La segunda y mejor, sin duda alguna, se titula “La balsa”, y trata sobre dos parejas de amigos que se quedan atrapados en una balsa en medio de un lago, acechados por una extraña sustancia negra y viscosa que parece un residuo del Prestige, pero que se come todo lo que toca. Realmente una historia sencilla y aparentemente sin chicha ni limoná, pero parece mentira cómo se le saca el jugo al argumento y se convierte a ese manchurrón negro en un digno villano-monstruo. Finalón incluido, de los que no se olvidan (no en vano esta historia es totalmente de Stephen King). La tercera se titula “El autoestopista”, y trata sobre cuarentona infiel que atropella a un hombre, pero éste se resiste a alejarse de su lado sin agradecerle el grato paseo… Curiosa y mordaz, un claro exponente del humor negro que caracteriza a “Creepshow”.
No podemos olvidar tampoco la argamasa argumental que compone la historia del niño, su cómic, y el repartidor Creep (interpretado por Tom Savini, el mago del maquillaje de terror de los 70-80), con escenas reales y otras de animación, y que aparte de anunciar la transición de historia a historia, conforma una divertida trama en sí misma.
Así que, en rasgos generales, esta “Creepshow 2” ofrece lo mismo que la anterior: terror y humor negro, una mezcla que solo se podía hacer así de bien en los 80.

Muerte de una cazafantasmas (Sean Tretta, 2007)

Nos encontramos ante una de esas películas que sorprenden agradablemente, de esas que parecen prometer poco o nada y que después te dejan con un buen sabor de boca.
Con pocos medios, actores desconocidos y un estilo pseudo documental que recuerda a otras cintas como la ya mítica “El proyecto de la bruja de Blair” o la más reciente “[REC]”, el director, productor y escritor Sean Tretta narra la historia supuestamente real de Carter Simms, una conocida parapsicóloga o cazafantasmas que, en 2002, tomó parte en una investigación en una casa supuestamente encantada. Con un equipo mínimo de personas (un técnico, una periodista y una religiosa), Simms recogió horas de grabación y mediciones de datos para demostrar o refutar la presencia de algo paranormal en la casa. Lo que sucedió en realidad no se sabe, pero la ficción que muestra la película, sin necesidad de caer en el gore ni en el susto fácil, es bastante aterradora. Se juega con la oscuridad, con el sonido, con atisbar y no ver completamente, y con la cámara de visión nocturna. El ritmo lento va en servicio de una historia que va in crescendo hasta llegar al clímax final, bastante impactante aunque sin llegar a la cota que marcó el final de la citada bruja de Blair.
La duda que quedará es si realmente existió Carter Simms, si sucedió algo de lo que se cuenta en la película, o si se trata de otra explotation de un fenómeno supuestamente real que nunca sucedió para darle bombo a la película. Y puede que funcione, porque el morbo de pensar que esto pudo ocurrir hace más escalofriante el visionado que si sabemos a ciencia cierta que es una historia inventada. En cualquier caso, la recomiendo a cualquiera que disfrute con el terror diferente y no con el actual cine de sobresaltos.