El hombre elefante (David Lynch, 1980)

Lo primero que nos llamará la atención de esta película es su excepcional ambientación y el estar rodada en blanco y negro, con un estilo de transición de escenas, narración y diálogos, que nos dará la impresión de estar contemplando un clásico de los años 30 y no una cinta realizada en 1980. En ese sentido, la película te coloca directamente en un ambiente retro totalmente propicio para que te metas más aún en la historia, ambientada en la última década del siglo XIX, en un Londres de ferias de monstruos, medicina en pañales, y desalmados tan horribles como los de hoy en día. Un Londres oscuro y sombrío, dickensiano, plagado de personajes desagradables que trabajan y malviven en espectáculos de freaks, regentados por feriantes miserables, los auténticos monstruos de la historia, que ganaban monedas a costa de las horribles deformidades de aquellos pobres parias afectados por enfermedades desconocidas en aquel momento.
En este contexto conoceremos al hombre elefante, peripatética estrella de una feria ambulante, en la que su "dueño" lo exhibe para que el público se espeluzne de su horrible aspecto. Cubierto de bultos, tumores, con un brazo completamente inservible, la cadera destrozada, la columna retorcida y una terrible bronquitis crónica que ni siquiera le deja dormir tumbado, el hombre elefante recibe humillaciones durante su espectáculo y palizas fuera de él. Un cirujano curioso llegará a la feria y se sentirá intrigado por esa criatura, a la que querrá conocer. Las lágrimas de Anthony Hopkins la primera vez que ve al pobre desgraciado, tienden a arrastrar las tuyas, en un momento sumamente emotivo, sin música, en el que no vemos claramente al deformado, tan solo un primer plano del rostro de Hopkins y una lágrima resbalando por su mejilla. Sensacional cómo tan poco puede reflejar tanto.
Conoceremos al hombre tras el monstruo, John Merrick (¿adaptación o error respecto al verdadero hombre elefante, que se llamaba Joseph?), un ser dulce, amable, cariñoso, agradecido. Sí, agradecido, pese a todo lo que ha sufrido en su vida, agradece lo que se le da. Como él mismo dirá, en otro de los mejores momentos de la película, "no es un animal, no es un monstruo. Es un ser humano, un hombre." Esas palabras logran arrancarte algo de dentro, igual que el momento final en que Merrick, feliz por fin, decide "dormir como la gente normal", mientras suena de fondo un adagio para cuerdas. Triste, sí, pero apacible después de todo lo que hemos visto, y del horror que ha vivido el pobre hombre. Quedará claro que la sociedad es (somos) enteramente despreciable, y que nos reímos de las desgracias ajenas. Los tiempos no han cambiado hoy en día, aunque sepamos que el aspecto de Merrick no se debe, como él creía, a que un elefante atacó a su madre durante el embarazo. Nosotros seguimos siendo los monstruos, no él. Toda la historia de Merrick recuerda a "La bella y la bestia", solo que, en este caso, la bestia somos todos.
Brillantes las actuaciones de todo el reparto, en especial de Hopkins como el bondadoso médico, y del irreconocible John Hurt como John Merrick. En fin, película imprescindible donde las haya.

Trapped Ashes (Sean S. Cunningham, Joe Dante, John Gaeta, Monte Hellman, Ken Russell, 2006)

Varios directores habituales del cine de terror o fantástico, entre ellos Sean S. Cunningham, el de la primera "Viernes 13", se reúnen en esta cinta cuyo resultado final es una decepción, pero que aún así nos deja algunos momentos divertidos.
Con el pretexto central de un grupo de visitantes a unos estudios de cine que se queda encerrado en una vieja casa empleada como decorado de una película de terror, los protagonistas contarán historias de miedo para recrear la película que se rodó dentro y así que su misterioso captor les deje salir. De este modo, escucharemos la historia de unas tetas asesinas (la más divertida de todas, un claro homenaje a la mítica "vagina dentata" pero en versión tetas); una paranoia budista sobre cuadros vivos y serpientes gigantes, que es la dirigida por el realizador de "Viernes 13"; una extraña historia sobre una vampira; y una última (y más sosa) historia sobre una bacteria asesina.
Cada parte está rodada de manera distinta, claro, al estar cada una filmada por un director, con el único nexo común en la historia, absurda donde las haya, del grupo de visitantes que se cuentan sus historias. Los personajes son bastante cutres, pero no divierten, y las historias son de lo más normalito. Y aunque, en general, la cinta intenta imitar a clásicos del terror como "Creepshow", entremezclando varias historias sueltas, no consigue llegar a un nivel decente de calidad, y todo queda muy chabacano y aburridillo. La verdad es que esta es una película completamente prescindible que no aporta nada ni para bien, ni para mal, y si acaso solo merece la pena salvar su intento de homenajear al terror clásico rescatando alguna cara conocida, como la de John Saxon ("Pesadilla en Elm Street") o mediante la mera recuperación del cine que reúne varios relatos. Lástima que la idea quedara en esta desechable producción, porque se agradecía la intención de retornar al viejo estilo ochentero que tan bien nos lo hizo pasar.

The Gravedancers (Mike Mendez, 2006)

Después de varios días viendo películas como Dios manda, anoche retorné a mi querido cine casposo, dispuesto a ver alguna película entretenida mientras cenábamos. Recurrí, una vez más, al incombustible Canal OJO de ONO, fuente inagotable de escoria cinematográfica de la peor calaña. Paseando entre sugerentes carteles y títulos tentadores, dos llamaron mi atención, siendo ésta la primera: "The Gravedancers".
La sinopsis argumental ya me pareció lo suficientemente penosa como para darle inmediatamente al play. Copio textualmente: "La noche de tres viejos amigos acaba en borrachera. Debido a su estado, los tres leen extraños versos y bailan encima de unas tumbas. Lo que no saben es que acaban de desencadenar una maldición y los espíritus de los allí enterrados buscarán venganza."
Claro, eso es toda una ideaca. Vas al entierro de un amigo y, para "homenajear" la memoria del difunto, acabas pillando una castaña de aúpa y meando, cantando y bailando sobre unas cuantas tumbas en el cementerio, al tiempo que recitas versos satánicos de una carta que te encuentras en el suelo. ¿De qué os sorprendéis? Cualquiera hubiera hecho lo mismo, hombre. Si es lo más normal.
Total, a partir de ahí empieza el despiporre. Más despiporre aún, si cabe. Los muertos se convierten en fantasmas que acosan y atacan a los tres amigos bailarines, en una maldición que dura un mes. Como cada vez se hacen más fuertes, un parapsicólogo les recomienda una solución también súper sensata: que exhumen los cuerpos y los entierren en otro sitio. Pero al final, como las cabezas no las entierran, los espíritus se convierten en ¡¡¡zombis!!! que vuelan, pegan fuego a cosas, emplean hachas, y hasta violan. No os perdáis el clímax final, cuando la esencia maligna de los zombis-espíritus-loquesean, se transforma en una gigantesca calavera fantasma que persigue al coche de los protagonistas en una escena que, de verdad, es de lo mejor que he visto. Puro absurdo, de verdad. Para mear y no echar gota, pero de auténtico descojone.
En fin, la verdad es que no esperaba que esta cinta fuera a ser tan buena dentro de lo cutre, pero es que lo tiene todo: a Dominic Purcell (el nefasto Drake de "Blade III" o Lincoln Borrows de "Prison Break"), zombis voladores con careta de goma sonriente, cementerios, fantasmas, un parapsicólogo, calaveras fantasma gigantescas... Dios, ¿dónde había estado esta película toda mi vida?

Mi nombre es Harvey Milk (Gus Van Sant, 2008)

Este biopic narra los últimos años de la vida de Harvey Milk, un homosexual afincado en el conocido distrito de Castro, en San Francisco, donde regentaba un pequeño negocio y donde comenzó a luchar ferozmente por defender el derecho de la comunidad gay a ser tan respetada como cualquier otra. En aquellos años setenta, todavía quedaban (de hecho, todavía quedan) quienes consideraban que ser gay era una enfermedad, algo que podía curarse y que, de todas todas, iba contra natura. Los homosexuales eran perseguidos, apaleados y despedidos impunemente, no optaban a buenos puestos de trabajo y eran socialmente repudiados. Harvey se convirtió en un ferviente activista que luchó por la dignidad de su comunidad, e incluso realizó continuas campañas políticas hasta que, por fin, logró el puesto de concejal del distrito. Su último logro fue evitar que se aprobara la propuesta 6, mediante la cual los gays iban a ser privados de todos sus derechos casi como en la antigua Alemania nazi. Poco después, otro concejal dimitido, descontento y que se sentía traicionado por Milk, lo asesinó en el Ayuntamiento, convirtiéndolo así en el mito que ha trascendido hasta nuestros días.
Se podría pensar que he contado toda la película, pero es que no es nada nuevo. Técnicamente la película es muy correcta, el montaje no es precipitado y narra muy bien las campañas, amores, líos y el pro-gay-ismo (esta palabra me la acabo de inventar) de Milk. Pero sinceramente, puede que sea porque el tema que tratan no me interesa lo más mínimo o porque hay momentos que, de puro gay, empalaga (ni siquiera "Brokeback Mountain" es tan pastosa, y eso que se basa en la relación entre los dos protagonistas y ésta, supuestamente, en la vida política de Milk), pero lo único verdaderamente destacable de la cinta es la interpretación de Sean Penn. Además, se ve que este año tocaba Oscar para un personaje biográfico, porque aunque Penn está brillante, a mí me convenció y me conmovió mucho más el luchador de wrestling de Mickey Rourke en "El luchador" que el político homosexual de Penn. Supongo que la principal diferencia entre uno y otro estriba en que Rourke prácticamente hacía de sí mismo, mientras que Penn tuvo que construir este personaje desde cero. Pero aún así, me sigo quedando con Randy "The Ram".
Pero bueno, esto no va de comparativas. Resumiendo, "Mi nombre es Harvey Milk" es una película para ver una vez y admirar el trabajo de Sean Penn. Pero nada más.

Slumdog Millionaire (Danny Boyle, 2008)

El domingo le concedieron 8 Oscars, incluyendo algunos de los más importantes como son el de Mejor Película o Mejor Dirección; y si bien la industria de Hollywood está más comprada que el amor de la calle, hay que admitir que esta película tiene algo muy especial que la va a hacer trascender, y que hará que no la olvides.
O te gusta el estilo de Danny Boyle detrás de la cámara, o no lo soportas. Dos buenas muestras de ello son "Trainspotting" y "28 días después", cuyo peculiar rodaje plagado de escenas breves, movimientos mezclados de cámara y banda de sonora frenética convierten a sus obras en claramente reconocibles y un poco pasadas de vueltas. En "Slumdog Millionaire" emplea el mismo estilo, atestado también esta vez de flashbacks, para contarnos la durísima infancia y adolescencia de nuestro protagonista y jugador, Jamal, en los barrios más miserables de Mubai.
Solo el comienzo ya te deja estupefacto. ¿Así es como tratan en la India a alguien solo por saber las respuestas de un concurso? No puedes evitar ponerte en tensión y no soltarla hasta el final, mientras escuchas pregunta a pregunta, y sobre todo respuesta a respuesta. Muy curioso y muy original el por qué Jamal recuerda cada respuesta asociándola con momentos de su vida, algunos muy impactantes. La cámara aprovecha esos recuerdos para presentarnos toda la miseria de las chabolas indias y de lo que los niños deben hacer para sobrevivir, y los peligros que corren. "Un cantante ciego gana el doble", dice en un espeluznante momento Jamal explicando por qué le sacaban los ojos a sus compañeros. Increíble, pero probablemente cierto.
Tampoco está exenta de momentos de comedia (magnífico cómo consigue el autógrafo del actor indio), pero lo que más prima es la relación entre los tres personajes, representados estupendamente por los diversos actores en sus tres etapas: niñez, adolescencia, y la actualidad. Jamal, su hermano Salim, y Latika, su amor desde siempre. Aunque la historia de amor es lo más típico de la película, aún así se agradece y queda perfectamente integrada, como parte de ese "destino" que parece siempre estar destinado para Jamal, como si toda su vida hubiera ocurrido así para que pudiera dar las respuestas una vez sentado -también, claro, de pura casualidad- en la silla de "Quién quiere ser millonario". Así que el mensaje, al fin y al cabo, no puede ser más esperanzador: al final te haces rico y consigues a la chica. Pero vaya, te lo has ganado.
Un peliculón, de verdad.

El hombre que fue Superman (Jeong Yoon-cheol, 2008)

Curiosa producción de Corea del Sur sobre un personaje entrañable, divertido y trágico a partes iguales. Un hombre plenamente convencido de que es Superman, el famoso personaje de cómic y cine, y de que ha perdido los recuerdos porque tiene kryptonita metida en la cabeza. Aún así, no duda en perseguir a ladrones de bolsos, detener el tráfico para que cruce con seguridad una pobre ancianita, o incluso acompañado por absurdas pero efectivas casualidades, cree alejar la Tierra del Sol, luchar contra máquinas gigantes, y volar en brazos de la gente como una estrella del rock en un concierto. Hay que destacar la gran interpretación de Jeong-min Hwang, que por lo que he visto es algo así como el Tom Cruise coreano. No me extraña, actúa mejor que él.
Una joven periodista, su particular Lois Lane, descubre a este personaje para su programa, una versión coreana del "Frikis Buscan Incordiar" de Cárdenas. Desde luego, el peculiar Superman tiene miga para ser considerado todo un friki sin parangón, y así comienza el acercamiento entre ellos. Pero poco a poco, mientras asiste a las nobles acciones e intenciones del superhéroe sin poderes, la periodista va descubriendo que hay mucho más detrás de él. No, no os engañéis, realmente no es un superviviente de un mundo extraterrestre desaparecido, pero sí es un superviviente. Y aunque no es kryptonita lo que tiene en la cabeza, sí que hay algo en ella quizá más trágico.
Tras la primera horita de película, centrada en presentarnos a este variopinto personaje bondadoso, amable y casi hiperactivo, la trama da un giro esperado pero igualmente logrado. La comedia disparatada se torna todo un drama cuando conocemos la historia detrás de este Superman, y descubrimos que incluso tiene un nombre y, sobre todo, un pasado que le ha conducido poco a poco a convencerse de que es el hombre de acero. Porque siéndolo, está mejor.
El final, memorable. Previsible, puede. Pero memorable igualmente. A quien le guste Superman disfrutará además escuchando y viendo referencias bien cuidadas y observando a este hombrecillo comportarse como él; al que no, le conmoverá igualmente la historia de este bendito loco con kryptonita en la cabeza. Lo que está claro es que "El hombre que fue Superman" no deja indiferente.

Valkiria (Bryan Singer, 2008)

El meticuloso director Bryan Singer firma esta historia basada en los hechos reales que sucedieron en Alemania en 1944. Permitiéndose algunas licencias históricas para dotar de dramatismo a los personajes y de ritmo a la acción, Singer orquesta el relato de una facción rebelde dentro del ejército nazi, que intentó asesinar a Hitler para poder firmar un armisticio con Europa y detener la guerra, convencidos de que el nacionalsocialismo de su Fhürer era un crimen contra la humanidad y que el propio Hitler era el mayor enemigo de Alemania.
Tom Cruise, aunque para nada es santo de mi devoción, logró convencerme en su interpretación del coronel Stauffenberg, un oficial nazi que cada vez ve más lejana la posibilidad de ganar la guerra y más cuestionables los métodos que emplea su líder. Tras un ataque aéreo en África, Stauffenberg perderá una mano, parte de la otra, y un ojo, lo que será el revulsivo definitivo para que decida unirse a los rebeldes. Así, se convierte en el ejecutor del atentado que debía acabar con las vidas de Hitler y Himler, lo que permitiría poner en marcha el proyecto Valkiria, que otorgaba el mando al ejército reservista y posibilitaba la firma de la paz con los aliados.
La acción de la película es lenta pero constante, sin decaer, muy bien hilvanada y sin dar sensación de ir a trompicones. Muy Singer, vaya. La banda sonora es discreta pero acompaña. Y realmente la última parte de la película logra transmitir tensión, sobre todo en esos momentos en los que parece que Hitler ha muerto y se inicia la Valkiria a toda prisa. La llamada telefónica de esa voz que pregunta "¿me reconoce?" pone fin al sueño, y sabremos que todo va a acabar como el rosario de la aurora. No obstante, el mensaje que ofrece la película me ha parecido lo más destacado. Porque si bien hay infinidad de historias que recrean el horror y la crueldad que desplegaron los alemanes, "Valkiria" nos recuerda, o algunos incluso nos descubre, que también habían alemanes buenos, que no eran nazis, y que no querían que la Alemania de Hitler pasara a la historia (y no solo Schindler). No lo lograron, pero que quede reflejada para la historia su intentona en esta sobria película.

La duda (John Patrick Shanley, 2008)

Curiosa película que logra calar en lo más profundo de la mente del espectador, pese a que en sus 104 minutos de metraje no ocurre absolutamente nada. Pero lo poderoso de las tres interpretaciones principales, especialmente, por supuesto, la excepcional de Meryl Streep, consigue hacer que durante todo el metraje te plantees qué ha ocurrido. Si es que ha ocurrido algo, claro, porque ese el principal planteamiento de una película cuyo nombre le hace total justicia.
Un año después del asesinato de Kennedy, las escuelas aún están en pleno proceso de integración de los alumnos negros. La escuela religiosa de San Nicolás, en pleno barrio del Bronx, acaba de acoger a su primer alumno negro, que pronto se convertirá en el protegido del carismático y popular sacerdote local, el padre Flynn (Philip Seymour Hoffman). Una joven e inocente profesora (Amy Adams, también en un papel brillante) creerá ver algo extraño en el niño tras una reunión privada del muchacho con el cura en la rectoría, y nacerá en ella una fea sospecha. Sospecha que transmitirá a la directora, la estricta y rectísima hermana Beauvie (Streep), y que le servirá para acusar al párroco de abusar del niño y comenzar una campaña para desacreditarlo, desenmascararlo y hacer que se marche de la parroquia.
Si el cura ha abusado del niño o no, siempre quedará a tenor de nuestro propio criterio. Por una parte, parece una persona estupenda, dedicada y gentil, cuyas ideas progresistas y su interés por acercar la iglesia a la juventud chocan diametralmente con los duros preceptos clásicos de la hermana Beauvie. Es fantástica la primera reunión entre Beauvie, Flynn y la joven profesora, en la que la hermana casi enloquece de silenciosa furia al ver al párroco sentarse en su silla, ponerse tres terrones de azúcar, o hablar de incluir música laica en la fiesta de navidad. Hay una pelea psicológica, muda, entre ellos, que deja en pañales al combate entre Rocky y Apollo, en una escena formidablemente tensa e inteligente en la que queda patentísimo quién es cada personaje y el enorme conflicto que hay entre ellos. Un conflicto cordial, eclesiástico, ideológico, pero durísimo.
A partir de ahí, sea verdad su sospecha o no, la hermana Beauvie irá a por todas para acabar con Flynn, segura de nada, pero convencida hasta la médula. Conoceremos a la madre del niño y algunos detalles sorprendentes, tan tristes como reales en ese contexto histórico que se vivía. Y el final me parece realmente acertado, aunque a muchos pueda dejarles fríos o con la sensación de no haberse enterado de nada, pero es que, como el propio nombre de la cinta indica... todo lo que sucede (o no sucede) es una enorme duda.

The Wrestler (El luchador) (Darren Aronofsky, 2008)

Es evidente que Darren Aronofsky no es un director al uso, como ya quedó patente con la angustiosa “Réquiem por un sueño”. La historia que nos cuenta en “El luchador” no es una alegoría del espíritu de superación y de las segundas oportunidades. Es todo un canto a la aceptación, e incluso la inevitabilidad, del fracaso y la decadencia.
Quien fuera el sex symbol de los ochenta tras “Nueve semanas y media”, Mickey Rourke, no tiene que ahondar demasiado en su talento artístico para interpretar a Randy “The Ram”, un ex campeón de wrestling de los ochenta que aún se pasea lastimosamente por los rings, compaginando su fama de vieja gloria acabada con su trabajo en un supermercado. Rourke, con un físico impresionante y un rostro a lo Carmen de Mairena, desfigurado por los golpes de su carrera como boxeador y el bótox, se convierte en la imagen perfecta, casi autobiográfica, de este luchador venido a menos. Su interpretación es desgarradora, real, auténtica, y portentosamente física también en las escenas de combate, todas realizadas por él como si fuera un adolescente, pese a sus sesenta años a cuestas. El domingo sabremos si le conceden un Oscar que poco importa, porque quien le vea en esta película ya lo concederá en el acto.
Se podría hablar también de los secundarios, una impecable Marisa Tomey como la bailarina de striptease de la que Randy está colgado, o Evan Rachel Wood, la hija de Randy, a la que abandonó y a la que nunca ha podido recuperar. Pero la verdad, todos son comparsas en una película en la que el único que importa es Rourke y la hábil dirección de Aronofsky. La cámara va tras Randy, lo persigue, transmitiendo la sensación de que vamos siempre a su espalda. Si tuviera que seleccionar un momento, para mí es especialmente memorable cómo Randy va escuchando los vítores de un público inexistente mientras cruza el pasillo hasta salir a la charcutería del supermercado, como si fuera a salir a su querido ring. Quizá el final de la cinta sea lo más flojo, lo más cantado. Puede que incluso desde que Randy sufre el infarto tras el combate, nos imaginamos cómo va a acabar todo. Pero es que, siendo sinceros, alguien como Randy “The Ram” solo puede terminar de una manera: luchando.

Homicidio en primer grado (Marc Rocco, 1995)

Guardaba un grato recuerdo de la primera vez que vi esta película, más o menos cuando se estrenó. La recordaba como todo un drama humano, cargado de crítica al sistema penitenciario, y sustentada además sobre un personaje, el de Henry Young, que lograba meterse en tu cabeza y no abandonarla.
Anoche volví a verla, y una vez más me dejé envolver por toda la tragedia y, aún así, el esperanzador mensaje de "Homicidio en primer grado", comprobando con alegría que continúa pareciéndome una película magnífica en todos los aspectos.
Henry Young es un joven preso de Alcatraz, encarcelado por un delito de hurto menor, que tras un intento de fuga se convertirá en el objetivo del demoníaco alcaide adjunto de la institución, el Sr. Glenn. Henry será incomunicado en las inhumanas mazmorras del sótano de la prisión, donde permanecerá más de tres años, perdiendo completamente el jucio a base de oscuridad, soledad, frío, hambre, y terribles torturas. Al salir, asesinará con una cuchara al preso que lo delató, delante de 300 testigos en el comedor de la prisión. Acusado de homicidio en primer grado y enfrentado a la cámara de gas, se le asignará un joven abogado que basará su defensa en acusar a Alcatraz y sus dirigentes de crímenes contra la humanidad y de haber convertido a Henry en un despojo.
Bajo esta premisa arranca esta historia basada en los hechos reales que desembocaron en el cierre de las mazmorras de Alcatraz y, no muchos años después, en el cierre definitivo de la institución. Los dos protagonistas de la cinta entablarán una relación que irá más allá de de abogado-cliente. Un arrebatador Kevin Bacon en el mejor papel de su carrera, da vida a Henry, un personaje que solo busca salir de ese infierno de Alcatraz, de las palizas y vejaciones físicas y psicológicas de su alcaide (Gary Oldman, en una interpretación tan buena que lo odiarás por ello), y que intentará encontrar a un amigo, al menos uno, en la figura de su abogado, que interpreta un correcto Christian Slater. La música de Christopher Young acompaña muy bien los momentos más dramáticos, y los tres protagonistas principales están impecables, aunque evidentemente la película es de Bacon, con una de esas interpretaciones que no comprendes cómo no fueron merecedoras de ningún premio. Y es que en general, esta es una película que pasó desapercibida, o al menos que no es tan reconocida como otros dramas carcelarios, y sin embargo la encuentro magnífica y emotiva como pocas. Quizá la moralina de que los malos son muy, muy malos, y que los buenos son muy, muy buenos, o la velocidad del juicio, restan un poco de credibilidad y ritmo a la trama, pero aún con todo y con eso, esta es una de esas películas que no se olvidan. Yo no la olvidaré, desde luego.

El ángel exterminador (Luis Buñuel, 1962)

Cómo criticar, o siquiera comentar, una película tan complicada, extraña, inquietante, y abierta a interpretación como ésta, considerada como la obra cumbre del cineasta Luis Buñuel y el referente absoluto del cine surrealista.
Cómo, me pregunto. Yo, pobre don nadie que apenas ha podido hallar ninguno de esos innumerables detalles, simbolismos y significados sobre los que he leído ríos de tinta (o miles de bits, sería más apropiado decir) escritos por auténticos eruditos de la palabra, cinéfagos empedernidos que han visto una película detrás de la película, que la han desnudado, se han acostado con ella y han visto su verdadera cara a la mañana siguiente como si de un lío de una noche se tratara. Y la realidad mañanera les ha parecido, paradójicamente a como suele ser, más atractiva aún que la conquista que se llevaron a la cama la noche anterior, quedando totalmente prendados de ella.
Yo no, lo siento, pero creo que me he llevado a la cama a la guapa de la discoteca, y cuando me he despertado, estaba ya solo y resacoso. Ella se había ido, dejándome solo el recuerdo de esa noche, gran noche, por otra parte, pero no me ha dejado ver cómo lucía por la mañana. Y casi que mejor, porque tampoco me hacía falta. Me quedo con lo bueno que he pasado.

Esa, a grandes rasgos y valiéndome de la estúpida comparación que he empleado, es mi impresión de "El ángel exterminador". Por un lado, me encontrado con una cinta que, una vez te has acostumbrado a lo rimbombante de los diálogos y renunciado a encontrar ninguna lógica, se abre ante ti como una experiencia espeluznante. Parece estar rodada, ambientada y escrita únicamente para producirte una sensación constante de irrealidad, de aplastante inquietud, de desconcierto, de surrealismo, en definitiva. Los personajes, acomodados burgueses celebrando una cena de etiqueta, se confunden unos con otros en una sensación que aún crea más desasosiego. Te cuesta seguirlos, no hay un protagonista, hay muchos desgraciados. La primera media hora es innombrablemente buena. Observaremos la distinguida decadencia, a su manera, de esa clase burguesa, personas que acaban de compartir una mesa, cenando juntos, y que después vuelven a saludarse como si no se hubieran visto. Y de pronto, dentro de ese absurdo que ya envuelve a los protagonistas, a sus diálogos y a la situación (la huída misteriosa de los camareros, ese osezno solitario que pasea por la cocina o los cabritos que se esconden bajo una mesa), el propio absurdo da una vuelta más de tuerca cuando nadie parece querer marcharse, y la cena se convierte en tertulia hasta la madrugada, la tertulia en sueño, y el sueño desemboca en un campamento improvisado de los burgueses en el salón, sobre los sofás, en el suelo, donde les pilla.

¿Por qué no pueden salir de la habitación? Nada se lo impide, no hay cerrojos, ni siquiera puertas, tan solo es, como uno de los propios personajes comenta, "la imposibilidad de realizar un deseo". No pueden salir de ese salón, y nada de fuera puede entrar. En cuarentena del mundo, los burgueses dejarán salir sus instintos más primarios y comenzará el hambre, el deterioro físico, el mal olor, la enfermedad e incluso la violencia y la muerte. Después, de forma tan bizarra, insólita e inesperada como comenzó, todo termina. Y después, en el último plano, vuelve a comenzar de manera más grande, la habitación del presidio se convierte en edificio. Quién sabe si después en el mundo.
¿Y qué quiere decir todo esto? ¿Qué simboliza ese encierro sin barrotes? ¿Qué quiere decir ese sacrificio final? ¿Qué ha ocurrido en realidad?
Pues la verdad, yo no tengo ni idea. Así que solo puedo reconocer que, cuando una película consigue crear tanta inquietud, logra hacer que te plantees tantas preguntas, que la interpretes de tantas maneras y que, 40 años después de haberse filmado, aún pueda dársele vueltas y más vueltas, es que debe ser una obra maestra. Y yo, de nuevo pobre mortal sin conocimientos ninguno, no soy nadie para discutir eso.

Aunque es muy posible que, allá donde esté ahora mismo, Luis Buñuel esté descojonándose de mí, de ti, y de todos los listos que le dan vueltas hoy, 47 años después, a aquel producto de los alucinógenos que tomó un verano de los años 60.

Viernes 13 (Marcus Nispel, 2009)

La palabra "slasher", que define al subgénero del terror en el que los asesinatos y matanzas indiscriminadas reinan en toda la película, prácticamente se acuñó para denominar a lo que sucedía en esta saga. Y es que, desde 1981, cuando Jason Voorhees cogió el testigo asesino de su madre en la secuela y comenzó su andadura sádica y homicida, ha podido hacer bastantes muescas en la culata de su machete. Nada menos que 154 víctimas mortales, todas asesinadas de formas, digamos... creativas. Aparte de con su querido machete, responsable de la mayoría de sus crímenes, este espabilado animalote de dos metros y máscara de hockey ha matado de formas tan variopintas como: estrangulando con alambre de espinos, a garrote vil con un cinturón en la frente, a hachazos, degollando con un bisturí, con una lanza en llamas, estrujando el cráneo de su víctima con sus propias manos, extrayendo los ojos con unas tijeras de podar, empalando, arrancando el corazón, tirando a la víctima por la ventana, electrocutando, decapitando a puñetazos, abriendo la cabeza de la víctima a golpes de llave inglesa, o incluso arrastrándola hasta morir. Ideas no le han faltado, al chavalote.
Nueve películas componen la saga "seria" de "Viernes 13"; hay que añadirle la extraña (aunque resultona) "Jason X", que se desarrollaba en el año 2455 en una nave espacial, con un argumento tan bizarro como interesante, y la peculiar unión cinematográfica de Jason y Freddy Kruegger en "Freddy VS. Jason". Así que serían 11 películas, siendo este remake de 2009 la doceava parte de esta sangrienta y divertidísima franquicia.
¿Qué encontraremos los espectadores al ver esta nueva "Viernes 13"? Pues a decir verdad, más de lo mismo, pero bien hecho. Técnicamente es muy superior a cualquiera de las anteriores, la dirección y la fotografía están cuidadas, y las interpretaciones, en esta clase de cintas, no tienen la menor importancia. Encontraremos sexo, tetas, drogas, borracheras, adolescentes, un bosque, y Crystal Lake. El paraíso para Jason, que volverá a divertirse de lo lindo haciendo lo único que le gusta.
Es posible, o al menos es mi opinión, que las muertes sean un poco más light que en entregas anteriores, o quizá es que me he endurecido con los años y ya no me sorprende nada. Pero no sé, he visto poca originalidad y menos sangre que otras veces. No obstante, recomiendo esta cinta a todos los amantes del terror en general, y de Jason en particular. No busquéis un remake; no busquéis una doceava entrega; simplemente os encontraréis ante un nuevo resurgir de una franquicia mítica del cine de horror, y que, visto el final, y la buena acogida que está teniendo en cines, promete más entregas. Volveremos a ver a Jason hacer de las suyas.

Kill-kill-kill-her-her-her... Kill-kill-kill-her-her-her...

Tropic Thunder: una guerra muy perra (Ben Stiller, 2008)

No recuerdo cuánto hace que no me reía tanto con una película. En serio, desde las primeras "Scary Movie", o más aún, desde aquellas míticas "Agárralo como puedas", no pasaba un rato tan divertido con una comedia. Ni siquiera con "Zoolander", también de Stiller, la que recuerdo como una de las películas más divertidas que he visto los últimos años.
"Tropic Thunder" es otra gamberrada de Ben Stiller en la que reúne a un grupo de colegas y rueda lo que le sale de las narices. Y le sale de maravilla, oye, porque la verdad es que este chico tiene talento para una comedia que está muchos enteros por encima de los típicos gags basados en sexo, excrecencias o parodias de películas tipo "loquesea Movie". Aún así, la crítica que hace esta cinta a la industria del cine, a las superestrellas de Hollywood, a los representantes de los actores, a los Oscars, y a la guerra misma, está presente por todas partes de manera evidente y divertida, integrada en toda la trama, sin moralina. Es decir, toda la película es una sátira, ésta no se reduce a dos o tres escenitas melodramáticas metidas a la fuerza para que el espectador sepa que ese momento tierno es la crítica. No, aquí todo es una crítica cachonda pero bien llevada.
Ben Stiller está bien ante la cámara, pero sin duda aquí, donde se sale, es detrás de ella y en el guión. Quien se come la pantalla es Robert Downey Jr., con su papel de actor ganador de 3 Oscars, que se implica tanto en sus papeles que hasta se pigmenta la piel para hacer de sargento negro, y que luego es incapaz de hablar como un blanco. Su actuación es tremenda, merecidísima nominación al Oscar real la que se ha llevado -aunque no tiene nada que hacer, porque este año ya sabemos que el Oscar es para Heath Ledger por su Joker-. Personalmente me ha encantado el papel de Jack Black, que hace de un actor cómico, clara parodia de Eddie Murphie, y yonki a más a no poder. Algunas de las escenas con las que más me reí a lo bestia, son suyas, en especial su peculiar cura de desintoxicación atado a un árbol, sin desperdicio. ¿Y Tom Cruise? Sí señor, hasta sale Tom Cruise, y debo admitir, mal que me pese, que su papel me pareció una pasada. Aspecto de guarro, sin escrúpulos, malhablado, grosero, calvo, gordo y peludo, y está de categoría, marcándose también algunos de los momentos de mayor descojono. No os perdáis cómo negocia con los Dragones Rojos, ni el bailecito final que se marca. Tremendo.
En resumen, una película divertidísima, en la línea del cine cómico al que nos ha malacostumbrado Ben Stiller, para reírte a carcajadas, con un reparto lleno de rostros conocidos en registros desconocidos, y todos muy a la altura. La historia, desternillante, y el guión, para partirse. Lo admito, me lo pasé como un enano.

Arañas Devoradoras (Tibor Takács, 2007)

Bueno, por fin la he visto. Me armé de valor, de palomitas, de Coca-Cola, y de la incondicional compañía de mi mujer en el sofá bajo una manta, aunque ella durmió la mayor parte de la película. Pulsé el PLAY del DVD y comenzó la que me esperaba fuese la obra cumbre de este gran cineasta de la caspa que es Tibor Tákacs. Me disponía a pasar un rato divertido.
Qué decepción, amigos. Qué grandísima decepción.
Esto, que es un subproducto directo a TV para el que se contó con estrellas de capa caída de las series de los 90 y de la ciencia-ficción barata, es tremendamente aburrido. He tenido la oportunidad de verla en versión original (ole mis huevos) y la verdad es que, viendo las "interpretaciones", os aseguro que el doblaje español no puede empeorarla. Todos los actores están de pena, lo cual era de esperar.
Las arañas... Vale, son muy cutres, pero cutre-malo, no de ese cutre del que te ríes (del cual el mayor exponente sería mi querido Abott Hayes, de "Los hijos de los muertos vivientes"), sino de ese cutre que te da igual. Sabes que están hechas por ordenador, y mal hechas, pero ni tan mal como para que hagan gracia ni tan bien como para que queden visualmente decentes. Aún me pregunto el por qué de los colorines chillones de las arañas, y la explicación científica que dan no me vale. Idem de lo mismo para ese supuesto acero que segregan como telaraña, que tan pronto resiste más que una maroma de barco, como se puede rasgar con una mano. El diccionario de Tibor Takács no incluye la palabra "coherencia", se ve.
La trama, ridícula. Grupito de adolescentes esquiadores que van a entrenarse para las Olimpiadas, y eso que todos tienen pinta de hacer botellón los sábados en la plaza del pueblo, pero bueno. El prota de turno, un ex-esquiador lesionado, y la prota, una macizorra-científica de esas que tanto gustan en el cine de este estilo. No sé por qué, porque les diré una cosa, señores guionistas: las científicas no suelen estar macizorras, pero bueno...
En fin, qué puedo decir. Me esperaba una pequeña joya de lo cutre y me he encontrado con un telefilm de domingo por la tarde, mal rodado, mal montado, mal interpretado y con malos efectos. Pero con todo y con eso, tiene el peor defecto de todos: que de tan malo, ni siquiera es divertido. Es mediocre y aburrido hasta para ser cine cutre. Y eso es muuuuuuy triste.
Ah, por cierto, como no puede ser de otra manera, el póster nos engaña una vez más. Las arañas no son más grandes que una persona, no ese monstruo de Cloverfield que sale en el cartel.

Viaje al centro de la Tierra (Eric Brevig, 2008)

Que nadie espere encontrarse ni una obra maestra ni una adaptación fiel de la novela de Julio Verne. Aquí, la historia escrita por el autor sirve solo como pretexto para dar rienda suelta al cine del futuro, tratado con efectos de 3-D, y para llevar al espectador a un viajecito de hora y media de entretenimiento infantil, absurdo, imposible, pero divertido al fin y al cabo.
Obviemos hablar de las interpretaciones, tan tópicas que no puede decirse que sean malas o buenas, sino simplemente las que la película requiere. La dirección no tiene nada de notorio tampoco, ni la banda sonora, que recuerda a todas y cada una de las cintas de aventurillas que podamos haber visto, pero que después seremos incapaces de silbar porque no nos acordaremos. Los efectos especiales son extraños, probablemente porque yo la vi en mi televisión, sin gafas 3-D, y aunque los momentos tridimensionales son muy evidentes (dedos señalando directamente a nuestra cara, objetos cayendo o flotando, cosas así), su completo efecto no se aprecia sin las lentes, claro, así que la sensación para el espectador sin ellas es la de que todo canta demasiado a ordenador. Tengo entendido que la impresión en una sala de cine, llevando puestas las dichosas gafitas, era realmente conseguida, en lo que sin duda es el mejor punto de la película.
En cuanto a la historia, pues lo de siempre. El científico paria que también es todo un aventurero, el niño de turno, y la guapa de rigor que acabará liada con el prota. Por idiotas, porque es por idiotas, acaban encerrados en una cueva cuya única salida es... esto... salir por el centro de la Tierra. Bueno, esto es entretenimiento infantil, ¿qué queríamos? Las caídas imposibles (mención a la caída por la chimenea, que se mea en cualquier ley de la física, o en la subida por el géiser, que ya defeca sobre la anteriormente orinada ciencia), las persecuciones e imposibilidades físicas están en cada plano, pero no las tengamos en cuenta. Porque al fin y al cabo, si ponemos el cerebro en modo 10 años de edad, pasaremos un rato entretenido, y no creo que el director pretendiera otra cosa. Yo me lo pasé bien, y eso es más de lo que puedo decir de otras muchas pelis supuestamente más artísticas.

Soy Leyenda (Francis Lawrence, 2007)

Will Smith, uno de los actores más rentables y carismáticos de Hollywood, se metía en la piel del sufrido teniente coronel médico Robert Neville en esta adaptación de la novela de Richard Matheson. Ojito con esto, porque es mucho más acertado considerar "Soy Leyenda" como adaptación de la novela que como remake del clásico setentero de Charlton Heston. Ambas cintas solo comparten ciertos aspectos argumentales, pero distan tanto en su desarrollo, en los monstruos y en la propia historia, como dista el pecho palomo que exhibía el Sr. Heston de los pectorales de piedra de Smith.
Desde el principio nos encontramos con una película en la que apenas hay banda sonora y en la que la ambientación, los decorados, los efectos visuales y la fotografía se convierten en un segundo personaje: la soledad de esa Nueva York desierta, poblada de hierbajos por las calles y de animales escapados del zoológico, de coches abandonados y comercios vacíos. En esa tesitura, el Dr. Neville lucha por encontrar alimentos y útiles durante el día, siempre acompañado de su fiel pastor alemán, Sam (protagonista de la escena más emotiva del film y punto de inflexión clarísimo en la trama). Las noches las pasa encerrado en su casa-fortín para sobrevivir a los monstruos que moran en las sombras. Los infectados del virus VK son, en esta cinta y fielmente a la novela, vampiros en toda regla: criaturas que solo salen de noche, que devoran a sus víctimas y que se han desociabilizado completamente transformándose en sanguinarios monstruos.
La trama se vuelve un poco más sosa y melancólica con la aparición de la mujer y el niño, porque hasta ese momento hay que admitir que Smith y su perra llenan la pantalla con su presencia y con la excelente puesta en escena. No obstante, incluso el previsible final queda acorde con la historia, ya que como dice el título, Neville "es leyenda", y las leyendas no suelen sobrevivir. Pero tranquilos, porque quienes no aguantéis los finales semi-trágicos, tenéis en el DVD un final alternativo en el que el protagonista logra... em... razonar con los monstruos y convencerles de que puede curarlos, saliendo con vida del laboratorio.
Sigh...
No puedo dejar de mencionar que, aunque el aspecto visual general de la película es extraordinario, los efectos por ordenador son demasiado visibles. Los vampiros cantan mucho a efecto especial, así como los animales. Está todo muy bien hecho, pero es inevitable darse cuenta de que son efectos CGI, y eso resta mucha credibilidad a la acción, que si hubiera cuidado un poco más este apartado técnico, tendría una factura completamente impecable. Aún así, no es un impedimento para disfrutar de una película de ritmo constante, trepidante en ciertos momentos y enormemente tenso en otros, con algún punto dramático bien insertado, una buena narrativa y un buen montaje, Will Smith en su línea, y una historia de acción catastrófico-futurista enormemente entretenida.

El curioso caso de Benjamin Button (David Fincher, 2008)

Promocionada con unos tráileres sumamente interesantes y partiendo de una premisa tan sugerente, “El curioso caso de Benjamin Button” prometía ser la sensación del año mucho antes de que llegara a los cines. Ahora ya sabemos que ha sido nominada nada menos que a 13 Oscars, algo que, aunque no es indicativo de auténtica calidad, al menos sí que avala los apartados técnicos de la cinta, totalmente incuestionables.
Ayer tuve ocasión de comprobar por mí mismo el fenómeno Button y, la verdad, se merece casi todos los elogios que está recibiendo. Por muchas razones, esta película es un ejercicio de cine con mayúsculas. Se sustenta en la dirección extraordinaria de David Fincher, en una puesta en escena realmente impresionante, una fotografía cuidada hasta el extremo y que ofrece algunos -muchos- planos bellísimos, un montaje tan largo como cuidado e hilvanado, y una ambientación y maquillaje formidables a más no poder. Todo esto se ampara a su vez en un ritmo lento pero constante, que es como debe ser para narrar una vida. Porque, a fin de cuentas, esta película no viene a contar ninguna historia fantástica de ciencia ficción, ni a presentarnos a un heroico personaje cuyas acciones influirán en el curso de la historia. No, Benjamin Button tan solo es un hombre más, con una vida relativamente normal que se desarrolla entre los años veinte y principios del siglo XXI. Un hombre que trabajará, conocerá los placeres de la vida, el amor, la familia, la guerra, los amigos, y se enfrentará a las mismas situaciones que cualquier otro de su época. Un hombre que es una buena persona, pero que no es presentado como un mesías, sino de quien simplemente se nos cuenta su vida. Y es que su vida tiene tela, porque viene marcada por el hecho que ya sabemos y que hace de esta película ese “algo” especial: que Benjamin, por un azar del destino (que es relacionado a modo de fábula con ese mítico reloj de homenaje que camina en sentido contrario), nace con el aspecto y las taras de un octogenario, y su crecimiento consistirá en rejuvenecer. Una vida hacia atrás, pero siempre hacia delante.
Es en este aspecto donde la película ofrece, para mi gusto, todo su mejor hacer en sus primeros 60 o 70 minutos (recordemos que se trata de un metraje de casi 3 horas), en los que conocemos al entrañable anciano-niño que es Benjamin, cómo fue abandonado por su espantado padre y criado, para dar esa lección moral, por una mujer negra en el racista estado de Nueva Orleans, y para más inri de la historia, en un asilo de ancianos. Nadie daba un duro por la vida de ese bebé medio ciego de cataratas, con osificación en los dedos y artritis en las articulaciones, pero contra todo pronóstico, el tiempo no juega en su contra, sino a su favor. El momento en el que Benjamin da sus primeros pasos a los 7 años es memorable, parece un milagro de ese predicador santurrón, pero nosotros sabremos que, simplemente, Benjamin ya se encuentra lo bastante fuerte como para que sus raquíticas piernas de abuelo puedan empezar a andar. Conoceremos, mientras avanza el relato de su vida y Brad Pitt va aproximándose a su aspecto real bajo kilos de espectacular maquillaje, a personajes variopintos que entrarán y saldrán de la vida de Benjamin. Siempre presente, por supuesto, está el amor de su vida, Daisy (Cate Blanchett), con quien se reencontrará en el tiempo cuando sea el momento, y cuya historia de amor será la protagonista del último tramo de la película. Para mí, aquí es donde la cinta más se aproxima a cualquier otra película, sin distinguirse de otras historias románticas o dramáticas, y perdiendo parte de ese encanto mágico que transmite el peculiar rejuvenecimiento de Benjamin. Interpretativamente, encontramos que la película ofrece también mucho. Cate Blanchett, magistralmente rejuvenecida al principio y muy bien caracterizada de anciana después, realiza un papel estupendo. Brad Pitt, por supuesto, arrebata todos los halagos, pero hay que tener en cuenta que se trata de un papel muy lucido, en el que la caracterización juega un 70 por 100 de la interpretación, y en el que los momentos más flojos los encontramos, precisamente, cuando es joven y el maquillaje no realza su trabajo. Lo considero un buen actor, pero en cintas como “Seven”, “El club de la lucha” o “Doce monos”, sus papeles estaban, a mi gusto, a un nivel superior.
Para no extenderme más, efectivamente esta es la mejor película del año y merecidamente además, envuelta de un halo de cuento que la hace más entrañable. Pero en mi opinión, a medida que avanza, alcanza un tramo intermedio en el que todo es demasiado "normal", para volver a emocionar con un final lógicamente predecible, como el de toda vida, pero igualmente logrado. Aún así, si se tratara de un examen, este curioso caso se merecería un enorme 9 sobre 10.

Species, Especie Mortal (Roger Donaldson, 1995)

Una buena palabra para definir a esta película sería “obsoleta”. Y es que el tiempo la ha tratado muy mal, convirtiendo hoy a lo que en su día fue la comidilla de todos en una cinta que no pasa de serie B. Ojo, está claro que en su momento tampoco fue una superproducción, pero vista hoy en día se nota principalmente que su apartado visual quedó atrapado en el medio de una época en la que se estaba pasando de los efectos especiales de toda la vida a los modernos efectos por ordenador. Pero en “Species”, los efectos informáticos son demasiado visibles, como se suele decir, “cantan” demasiado. La criatura en sí tampoco es nada original, siendo una mezcla entre el Alien y alguna otra pesadilla de H.R. Giger. Hey, pero tiene pezones-tentáculo, eso fue algo nunca visto (…).
Lo más destacable de la cinta es que, dentro de su tufillo a serie B, la historia es entretenida y correcta. Cuenta con el característico equipo de superprofesionales en persecución de un monstruo, en este caso un híbrido entre alienígena y humano. Sorprende ver en el reparto a muy buenos actores como Ben Kingsley, Alfred Molina o Forest Whitaker, en papeles que, desde luego, no eran precisamente de lucimiento interpretativo. Por supuesto hay que hacer mención especial a la guapísima Natasha Hendstrige, que se convirtió en el mito erótico del momento con su papel de moderna Emmanuelle alienígena. Muchas escenas están plagadas de erotismo, sugerencia, sexo no explícito y desnudos sí muy explícitos, aprovechando el cuerpazo de la casi muda protagonista. Una lástima que su carrera no pasara de ahí, porque pese a la buena acogida que tuvo esta película, Natasha no ha tenido demasiados papeles importantes después y sin duda se la recordará por sus desnudos.
Resumiendo, esta cinta condensa la esencia de aquellos primeros momentos de los noventa, en los que el cine estaba en transición cara a una era más moderna y digitalizada (con el precedente y punto de inflexión que supuso el "Parque Jurásico" de Spielberg), y en la que los guiones sobre caza de monstruos aún daban juego. Hoy en día te dejará un poco indiferente, pero aún así cumple para pasar un rato distraído sin demasiadas pretensiones.

Aracnofobia (Frank Marshall, 1990)

Un film de producción tempranera en la década de los noventa, pero que por su estética, temática y hasta por ese halo que la envuelve, podríamos considerar como otro mito ochentero tardío. No en vano, se rodó en los ochenta, aunque llegara a las pantallas en los noventa.
La buena mano en la dirección que aporta Frank Marshall (un director que después no llegaría a despegar) y la incuestionable producción de Steven Spielberg, vienen a fusionarse para crear un producto que no puede encajarse en un género determinado, o a lo mejor tendríamos que construir uno para ella y alguna otra película más. “Aracnofobia” no es cine de terror, aunque tiene momentos de suspense; no es una comedia, aunque tiene partes así enfocadas y personajes diseñados para la vis cómica; no es de acción, aunque no le falta en ciertos momentos; no es un documental, aunque aprenderás cosas de las arañas que son reales (pero ojo, porque otras muchas se las inventaron para adecuarlas a la historia); tampoco es un drama, eso está más que claro. Así que “Aracnofobia” podría ser más bien ubicada en ese extinto género ochentero que ya no existe y que, con tantas obras divertidas, nos amenizó la infancia: la comedia de terror (con buena dosis de acción). Ninguno de los protagonistas brilla en esta cinta, que si bien no es de interpretaciones, tampoco desluce por las mismas. Jeff Daniels, actor sobre el que siempre pesará el papel de Lloyd en “Dos tontos muy tontos” (peliculón del género cómico, por otro lado), está correcto. En su papel de graciosillo, John Goodman es el mejor de la película. Pero no nos engañemos, aquí las protagonistas son las arañas. En todas las escenas se jugará con nosotros ofreciéndonos la “aracnovisión”. No, no quiero decir que veamos en celdilla como las arañas, sino que en todo momento veremos a través de sus ojos, desde su perspectiva. Aquí los monstruos no son criaturas gigantescas, y para mantener la tensión de las escenas, nosotros sabremos en todo momento dónde se encuentra la arañita de marras, cosa que los sufridos personajes no conocerán. Así se crea esa sensación constante de “¡ayayay que le pica!”, que hizo a más de uno (o de UNA, sobre todo) saltar en su butaca. Incluso las explicaciones zoológicas inventadas tienen su perdón, y no es preciso que el personaje de Julian Sands, el aracnólogo de turno, diga verdades como puños, sino simplemente cosas que nos suenen posibles. Porque vamos, que una araña venezolana de dos palmos procree con una arañita común, no tiene mucho sentido… pero si de esa unión salen los superbichos protagonistas, pues le damos nuestra bendición.
En el apartado técnico, el montaje es bueno y algunas escenas, localizaciones y escenarios, así como la fotografía, son bonitos al estilo de la época. La banda sonora también acompaña muy bien, y los escasos efectos especiales, ya que casi todo fueron arañas de verdad, están a la altura. Debo destacar que lo peor, sin duda, es la pelea final, al más puro estilo de la década, entre el héroe y el villano. En esa escena, la araña deja de ser un bicho sin más para convertirse en un inteligente ser de ocho patas que huye, conspira, se esconde, acecha, ataca por sorpresa… Probablemente imitando a la escena final de “Tiburón” (por aquello de que Spielberg estaba metido en la producción ejecutiva), pero sin el aire de duelo magnífico de aquélla, la lucha entre el médico y la araña se convierte en la parte más ridícula de la cinta. Una cinta que, aún así, es divertida, entretenida, en ciertos momentos tensa, y en muy pocos absurda. De lo mejor que se ha vertido sobre el cine de arácnidos.

Alien VS. Predator (Paul W. S. Anderson, 2004)

Paul W. S. Anderson es un director muy inconstante, capaz de realizar películas entretenidas y meritorias para pasar el rato o auténticos bodrios insufribles hiperadrenalinados y pasadísimos de vueltas. Un ejemplo de su grupo de “buenas” es la correctísima y, en ciertos aspectos, sorprendente “Horizonte Final”; y dentro de las “malas” podemos citar muchas más, especialmente la esperpéntica y videoclipera “Mortal Kombat”.
En cualquier caso, cuando se anunció la idea de unir en un film a los dos alienígenas más populares y destructivos de la ciencia-ficción, los Aliens y los Depredadores, la cosa prometía y asustaba a partes iguales. El resultado que nos brindó el amigo Anderson es un despropósito que reduce a las dos razas de monstruos a una parodia plagada de secuencias de acción informática, con unas localizaciones inverosímiles y ultra absurdas (la pirámide mecánica maya-azteca-egipcia no tiene desperdicio) y personajes tan estereotipados y planos que dan risa. Desde el principio sabes quién es el malo, quiénes van a morir y quién va a ser la única que se va a salvar. Además, el guionista, que casualmente es el mismo Anderson (ahí, a lo Orson Welles pero sin talento ninguno), orina sobre las dos míticas criaturas de la acción ochentera, convirtiendo al Predator en una especie de dios entre los hombres que ¡criaba a los Aliens para cazarlos y probarse a sí mismo! Un disparate, vaya, en el que se pretende hacer de los Predators los… ¿buenos?, y de los Aliens los ¿monstruos?, cuando la verdad es que los mamonazos que usaban humanos como incubadoras de Aliens, para después pasárselo pipa de cacería, eran los Predators.
Además, escenas totalmente ridículas vienen a rematar esta oligofrenia, como la fabricación del escudo y la lanza que el Predator le hace a la chica protagonista… con una cabeza y una cola de Alien. Indignante. Más horrible aún es la comunicación gestual entre los dos personajes, que se hacen coleguitas y se hacen señas. De verdad, no sé en qué estaban pensando. De todas formas, para desconectar la cabeza una horita y media y ver unos buenos efectos especiales (tampoco espectaculares, porque lo oscuro de la fotografía empobrece lo visual) y a los dos grupos de bichos zurrarse la badana, la película cumple. Pero entendida solo como una mera “explotation” de las dos criaturas y al margen de sus películas independientes…
No, entendida de cualquier forma, esta es una mala película.

El Cementerio Viviente (Mary Lambert, 1989)

Una de las películas que más me impactaron en mi infancia-adolescencia, pasa ahora por la dura prueba de un nuevo visionado a una edad más adulta en la que todo impresiona menos. Y pasa el examen con un aprobado justito...
La novela de Stephen King, para mí una de las mejores que tiene este escritor, viene a ser un homenaje y revisión del cuento clásico de "La pata de mono" de W.W. Jacobs, un auténtico referente del horror escrito. De hecho tanto la novela de King como la adaptación fílmica de Lambert (bastante fiel al original, por cierto) juegan con los mismos elementos, que en esencia se puede resumir en tener cuidado con lo que deseas, porque los poderes capaces de concederte aquello que anhelas, siempre cobran un precio muy alto.
Así descubrimos a un matrimonio de ciudad que se muda a un pequeño pueblo para que el marido, Louis, ejerza de médico del colegio local. Pronto conocerán a Jud Crandall, un anciano que lleva toda la vida en el lugar y que conoce los caminos, secretos e historias del bucólico pueblecito. Y conocerán también la peligrosa carretera que separa sus casas, transitada día y noche por enormes camiones, todo un peligro que ha acabado con muchas mascotas... y que serán cruciales en el desarrollo de la trama. Cuando el gato de la familia es atropellado, Jud revelará a Louis la existencia de un lugar lejano entre las montañas, donde los indios enterraban a sus muertos, y donde éstos no permanecían mucho tiempo bajo tierra.
Pese a seguir la línea del libro, lo más criticable de esta adaptación son las interpretaciones. El guión es demasiado textual, en ocasiones los diálogos son demasiado "de libro", y el protagonista principial, Dale Midkiff, está enormemente sobreactuado y pone muchos caretos exagerados. Igual le ocurre al anciano que interpreta a Jud. El niño que hace de Gage (y que en esta película solo tenía 3 años) es el que más sorprende y da mal rollo, porque ver esta clase de cosas con un niño de por medio, siempre es escalofriante. Además, pone cara de malo cuando tiene que hacerlo, contribuyendo aún más a lo terrorífico de su papel. Mención especial para la risa diabólica que, si era del propio niño, como para tenerlo en casa después y oírlo reírse.
Los efectos de maquillaje son buenos y la ambientación está lograda, así como la banda sonora, que no sobresale pero acompaña (y que recuerda mucho a la de "Los chicos del maíz"). Aquí hay que criticar también la labor de montaje, que en ciertos momentos es muy atropellada, saltando de una escena a otra completamente diferente y en otro sitio, sin un nexo demasiado coherente y sin que una tenga mucho que ver con la otra. Esos golpes bruscos de cambio de acción (dos o tres en toda la película, que son muchos en 90 minutos de metraje) te sacan de la trama, que por otra parte es de desarrollo lento y parece ir toda destinada a alcanzar el clímax final. No sé si esto se entiende muy bien, pero en mi opinión, el paseo hasta el cementerio de mascotas está pensado como introducción a la muerte del gato; la muerte del gato y su resurrección, introduce a la muerte del niño; y la muerte del niño y su resurrección, dan pie a la muerte de la esposa y al supuesto clímax, un clímax quizá demasiado descafeinado y carente de lógica, porque desde luego el doctor no tiene idea buena, no.
Concluyendo, la dirección sosa, las malas actuaciones y un querer condensar un libro extraordinario en solo horita y media de película, hacen de "El Cementerio Viviente" una presentación flojita en pantalla de una buena obra de la literatura de terror. La salva que se hizo hace 20 años y al terror de los ochenta se le perdona todo, porque hasta las pelis más flojas tuvieron su encanto. Y esta no es de las más flojas, ni mucho menos.

Megasnake (Tibor Tákacs, 2007)

Tibor Tákacs, el Spielberg húngaro, vuelve al ataque con esta película sobre animales gigantescos, algo que, junto a las catástrofes naturales, compone casi toda su filmografía. Eso y dos o o tres películas sobre "Sabrina, la bruja adolescente". Uau, menuda filmografía.
Pero empecemos por el principio: el póster. Qué póster más chulo, ¿eh? A lo "Cloverfield", vamos. "Joder -pensará más de uno viéndolo-, una cobra gigantesca atacando una ciudad mientras que la gente huye despavorida. ¡Vaya, y los aviones, tanques y helicópteros del ejército no pueden con ella, y hasta derriban edificios a cañonazos intentando matarla! Sin duda esta peli tiene que estar guapa, acción para pasar un rato divertido, sí señor."
Bueno, los que habéis visto "Megasnake" ya lo sabéis, pero esto es una advertencia para todos los demás: nada, ABSOLUTAMENTE NADA de lo que vemos en este póster ocurre jamás en la película. Es mentira, un engaño burdo y una miserable forma de intentar llamar nuestra atención con un cartel publicitario cuya única verdad es el título y que la protagonista es un ofidio de tamaño desproporcionado. No tan desproporcionado como en este póster, claro.
A ver, analizando friamente desde un punto de vista objetivo esta película, lo mejor que podemos decir de ella es que las hay peores. En esta, al menos, el guión sigue una pauta y la mantiene, el racord es coherente, la acción es lineal, los diálogos no dan tanta pena como en otros, e incluso los dos o tres actores que más aparecen no son carne de patíbulo. No quiero decir que lo hagan bien ni mucho menos, pero son esa clase de actores de serie B o de "directo a DVD" que luego pueden salir a la calle a comprar el pan o el periódico sin que los niños les tiren piedras, no sé si me entenderéis.
La serpiente, por supuesto, está hecha por ordenador y se nota muchísimo en todas y cada una de las escenas. Pero los efectos especiales no son tan lamentables como cabría esperar, y uno casi espera que haya momentazos de esos en los que veas que la serpiente es de goma para poder reírte. No sucede. El desarrollo de la historia, los secundarios, la trama, todo es tan del montón que no merece mención ni por lo malo. En fin, no la recomiendo más que amantes del cine de serie Z como yo, por el aire de cutrez que se respira detrás de todo, y porque al menos no deja de ser una basura inmunda... pero entretenida para un ratito.
Por cierto, he descubierto la que puede ser la obra maestra del gran Tibor Tákacs: "Arañas Devoradoras", una película directa a TV que tiene un acojonante 1,4 de media en Filmaffinity, una de los peores puntuaciones que he visto. No me preguntéis por qué, pero me he propuesto descubrir por mí mismo por qué lo merece. Próximamente en "Ultimátum al cine"... ¡Chan chan chaaaaaan!

Parque Jurásico (Steven Spielberg, 1993)

Siempre recordaré esta película de Steven Spielberg como un auténtico punto de inflexión en mi infancia. Mucho antes de que comenzara a hablarse de ella, mucho antes de que cayera en ms manos el libro en que se basa, a mí ya me gustaban los dinosaurios, y mucho. Recuerdo haber coleccionado una enciclopedia en fascículos con la que regalaban un esqueleto de Tiranosaurio que brillaba en la oscuridad, y recuerdo haber aprendido mucho sobre aquellos legendarios animales. Así que, con 12 añitos, acudí con mi tío a un cine con toda la ilusión de ver aquella película en la que decían que los dinosaurios cobraban vida. No me decepcionó lo más mínimo. Ayer volví a verla, 15 años después (15 años, es increíble que esta película tenga ya tantos a sus espaldas…) y la sensación fue igual de buena. Y eso que la recordaba casi al dedillo, pero aún así, Parque Jurásico es una maravilla en movimiento que no te cansas de ver. Todos sus personajes obedecen también al típico grupo estereotipado que mencionaba en la crítica anterior (negro, malo, antihéroe, maciza, guaperas, gracioso…) y, por supuesto, tenemos a los monstruos que acechan constantemente a los protagonistas, pero esta película tiene algo especial. Por un lado, en 1993 Steven Spielberg todavía sabía dirigir. Me gusta pensar que hoy en día sé un poco más de cine que cuando tenía 12 años, y por eso aprecié cosas en la película que hasta hoy no había visto. Hay planos sensacionales. Todo el ataque del Tiranosaurio a los coches es una secuencia inolvidable, casi histórica, con un pulso firme detrás de la cámara, ángulos de visión desde todas partes y con un desarrollo impecable. La escena del asedio de los velociraptores en la cocina también es para quitarse el sombrero. Son momentos en los que la tensión está mucho mejor creada que en otras películas de supuesto terror, y es que no dejan de ser animales atacando, y eso resulta creíble y aterrador, sobre todo por lo bien construida que están las escenas. Las interpretaciones no destacan, eso sí. Sam Neil está correcto sin sobresalir, y el papel de Jeff Goldblum está demasiado sobreactuado para mi gusto. Los demás, ni fu ni fa, aunque los niños, que normalmente suelen ser detestables en el cine, consiguen lograr que no desees que se los coman, lo cual es un logro. Pero al margen de la acción, las aventuras y la interesante pseudo-ciencia que hay en Parque Jurásico, lo que convierte a esta película en EL referente del cine de aventuras, son los dinosaurios. Hace 15 años que esta cinta llegó a los cines. 15 años en la industria del cine es una eternidad. Y os aseguro que aún está por llegar una película en la que los efectos especiales sean más espectaculares que en esta. La animación por ordenador se llevó a límites que yo creo ni ellos mismos sabían que iban a ser posibles, pero el resultado está aquí, ante nosotros, convertido en criaturas que caminan, rugen, saltan y atacan. El ataque del Tiranosaurio es sencillamente sobrecogedor. El más mínimo detalle está cuidado; la rugosidad y textura de la piel, la lluvia sobre su cuerpo, la dilatación de la pupila con la luz, el vaho de la respiración, la musculatura que se tensa al caminar o correr… Todo. Es imposible notar que se trata de un efecto digital. Por poner un ejemplo más reciente, en la "King Kong" de Peter Jackson, que apenas tiene 4 años, los tiranosaurios que pelean contra el gorila no están mejor hechos que el de Parque Jurásico. Y hablamos de 11 años de diferencia, de avances y de mejoras en los efectos visuales por ordenador. ¿Cómo lo hicieron entonces para que Parque Jurásico estuviera casi dos décadas adelantada a su tiempo? Aún me maravilla y me parece inexplicablemente genial. Y, por supuesto, la banda sonora de John Williams es arrebatadora. El tema principal es precioso e indescriptiblemente apropiado, otra de esas melodías que siempre relacionarás con la película para la que se hicieron (y qué curioso, esto casi siempre le ocurre a Williams…).
Concluyendo, esta película hizo historia, ha pasado a la historia, y ES historia, en el buen sentido de la palabra. Contando lo mismo que otras muchas y teniendo tantos errores, gazapos y cosas corregibles como tantas y tantas, Parque Jurásico tiene algo especial que ninguna ha vuelto a tener. Quizá porque fue la primera que nos enseñó la estremecedora experiencia audiovisual que podía ser una película de cine. Quizá porque es como un bote de conservas, que por más tiempo que pase, siempre sigue sorprendiéndonos que no caduque. Pero sea como sea, esta película jamás se extinguirá como sus protagonistas lo hicieron hace 65 millones de años.

Desenterrados (Matthew Leutwyler, 2007)

Típica película domingo por la tarde, de esas a las que no prestas toda tu atención porque el sueño de después de comer suele ganarte la partida. La historia que nos cuenta ya la he visto muchas veces y de muchas formas, la mayoría de veces mejores, otras bastante peores incluso. Pero podemos resumirla como la clásica historia que presenta estos elementos comunes:

-Una criatura desconocida (alienígena-monstruo de laboratorio-mutación natural o radiactiva) que empieza a asediar a un pueblo pequeño.
-Protagonista antiheroico atormentado por un hecho del pasado que no nos importa un pepino, pero que aún así se empleará como supuesto elemento dramático-descriptivo de su personaje.
-Típico y tópico grupito de personajes que se convierten en presas del monstruo. Siempre debe contener al menos uno de estos grupos sociales y/o raciales:
-Un negro.
-Una tía buena ligera de cascos.
-Un loco/malo.
-Un guaperas.
-Un gracioso (que nunca tiene gracia)
-Un personaje-explicación (normalmente un anciano, o un nativo local, o un superviviente de algún ataque anterior del monstruo. Siempre sabe qué es, y llevará toda la vida esperando que vuelva para detenerlo.)

En fin, juntamos todo lo anterior con la sheriff amargada de la protagonista y con un monstruo lamentable (gomaespuma en los primeros planos y efecto digital de Windows Movie Maker en los lejanos) con un aspecto CALCADITO al del Alien, oiga… y tenemos esta película. No es mala ni ridícula como para poderla clasificar dentro de ese “selecto” grupo de reinas del cine basura, ni por supuesto lo bastante buena como para ser una película decente. Así que supongo que de ella podemos decir lo peor que se puede decir de una cinta: que no será recordada por nada ni por nadie, ni para bien ni para mal.

El niño con el pijama de rayas (Mark Herman, 2008)

Si el libro de John Boyne se convirtió en un fenómeno, la película de Mark Herman tampoco te dejará indiferente. La sencillez y previsibilidad de la historia en ciertos momentos no son una lacra para elaborar un cuento en la pantalla, tan inocente e ingenuo como la amistad de sus dos protagonistas infantiles, pero tan crudo y real en el contexto de aquel horror que fue la II Guerra Mundial.
Bruno es un niño de 8 años, alemán e hijo de un alto mando del ejército nazi que recibe un nuevo destino: un campo de concentración. La familia se muda a la nueva casa y Bruno conocerá a los inquilinos de lo que él creerá que es una granja, ignorando el horror que se esconde en el campo de trabajo. Por casualidad, un día se encontrará con la alambrada y con un niño de su edad al otro lado, Shmuel, vestido siempre con ese extraño pijama de rayas. Ahí comenzará su particular amistad, separada por el alambre de espinos y por la enorme distancia entre sus dos mundos enfrentados. Para ellos, la guerra, los soldados, los judíos, los buenos y los malos son solo palabras. Ninguno de los dos comprende muy bien qué hace Shmuel en ese campo vallado, pero sin duda la versión idealizada que ofrece el padre de Bruno no tiene nada que ver con la realidad que el pequeño Shmuel está teniendo que vivir. Mientras los dos niños se hacen amigos, la relación entre los padres de Bruno se deteriora exponencialmente mientras aumenta la comprensión de lo que realmente hace el padre en ese campo y de qué es el olor que despide el negro humo de las chimeneas. Hay que admitir que, si no has leído el libro, el final de la película sorprende un poco por lo trágico, dentro de ese cuento inocente encontramos la culminación del horror, en una amistad que es pura y no entiende de razas, clases ni duchas de gas.
La banda sonora acompaña muy bien a las secuencias, en algunos momentos es muy emotiva pero no se quedará en la memoria como algo inolvidable. Lo mismo podríamos decir de los intérpretes. Los padres de Bruno rellenan la historia, pero ninguno de los dos destaca. Igual podemos decir para el joven e impetuoso soldado, especialmente cruel por razones que descubriremos conforme avanza la historia; lo odiaremos, pero no por su brillante interpretación sino por su despreciable personaje. Sí que sorprende el pequeño Asa Butterfield, que en momentos expresa más con la cara que con las palabras. Y Jack Scanlon, aunque tiene mucho menos diálogo y presencia en pantalla, también protagonizará algunos de los momentos más escalofriantes de la película, aunque también en gran parte por lo emotivo de su papel. No podremos evitar que nos dé un vuelco el corazón cada vez que Shmuel devora la comida que le lleva Bruno, o ese momento en el que levanta la vista y vemos la paliza que ha recibido.
En resumen, aunque la película no alcanzará un hueco en lo más alto del cine sobre el holocausto, sí que es una bonita historia bien narrada, con algunas imágenes inolvidables que viene a recordarnos los horrores que el hombre llegó a cometer. A través de los ojos de un niño, todavía es más inexplicable.