El exorcismo de Emily Rose (Scott Derrickson, 2005)

Da un escalofrío pensar que gran parte de esta historia está basada en los hechos reales acontecidos en los años setenta a Annaliese Michel, una joven alemana que falleció de forma horrible tras años de luchar contra una supuesta posesión demoníaca. Pero este recurrente tema de las posesiones demoníacas, que tantas horas de cine de terror nos ha proporcionado, se desvía por unos más que interesantes derroteros en esta sorprendente película de 2005. Y sorprendente no solo por su habilidad para crear un terror profundo e inteligente sin necesidad de recurrir exclusivamente a los sobrevaloradísimos efectos visuales, sino por la buena mano del director y los guionistas para comprimir en una cinta mayoritariamente vendida como de terror, dos géneros bien distintos: el propio terror puro y duro y el siempre interesante drama judicial.
Así, iremos conociendo el espeluznante relato de lo que le sucedió a Emily Rose, interpretada por Jennifer Carpenter, una actriz desconocida para mí en aquel entonces y que borda un papel nada sencillo. Emily, una chica de 19 años, criada en una familia cristiana devota de un pueblo pequeño, comenzará a manifestar síntomas de posesión diabólica justo cuando comienza a ir a la universidad y descubrir otro mundo nuevo fuera de la granja de sus padres. Finalmente, tras meses de inanición y autolesiones y de un intento de exorcismo a cargo de su párroco de confianza, Emily murió. ¿Despertó en Emily una enfermedad mental que la condujo a ese estado? ¿O se trató de un hecho verdaderamente espiritual?
Durante el juicio al párroco, el padre Moore, acusado de la muerte de Emily por negligencia, se nos presentarán ambas teorías. La acusación (casualmente liderada por un fiscal religioso) tratará de convencer al jurado y a nosotros de que Emily fue víctima de una enfermedad mental y que la negligencia devota del padre Moore acabó con su vida. La defensa, una abogada agnóstica con ansias de medrar en su carrera, tratará de validar la alternativa de auténtica posesión; o, al menos, de la convicción de la víctima de estar poseída, ante lo cual el ritual del sacerdote hubiera sido un remedio válido de no ser por la medicación antiepiléptica que se le recetó a Emily.
Indudablemente, como esto es una película de terror, la cosa no queda aquí y la abogada protagonista comenzará a sufrir extraños episodios en los que creerá ver y sentir cosas, para mayor dramatismo de la trama y para que tengamos más en lo que pensar. Mientras, entre flashbacks y testimonios de los testigos judiciales, conoceremos lo ocurrido, siempre visto de las dos formas: la religiosa y la psiquiátrica. Esta dualidad permite que observemos los mismos hechos vistos desde ambos puntos de vista, lo cual es un atractivo realmente novedoso para esta película. No desvelaremos el final, quizá lo más místico y endulzado de toda la cinta, pero aún así estamos ante una correctísima película, con secuencias de terror de las que cuesta olvidar (y eso, hoy en día, es decir mucho a su favor) y una buena dirección y desarrollo de la historia. Lo que pasó realmente, que cada uno lo decida. Yo tengo mi propia postura.

El reverso oscuro de Emma Callan (Mary Lambert, 2008)

Dentro del explotadísimo subgénero del terror sobre casas encantadas, encontramos de vez en cuando alguna película que sorprende, por el factor que sea o por la suma de varios. Bien puede ser por su historia, bien llevada y dirigida; por una ambientación creíble y que conforme un clima adecuado para la narración de la trama; por las interpretaciones de los protagonistas, que calen en el espectador y hagan que nos identifiquemos con ellos y sus aterradoras vivencias, sintiéndolas nuestras; por diálogos inteligentes y que no caigan ni en la sobreexplicación innecesaria ni en dejar absolutamente todo a criterio de que cada uno interprete lo sucedido como mejor le parezca; e incluso, en última instancia, por buenos efectos especiales y de maquillaje, que enriquezcan el desarrollo de lo que vemos en pantalla, y por una banda sonora adecuada, potente y en relación con las escenas.
Si por un solo momento habéis pensado que en el párrafo anterior estaba enumerando alguna de las virtudes de "El reverso oscuro de Emma Callan", sois unos ilusos. Esta película solo cuenta con un mínimo aliciente, y es que su protagonista casi absoluta, la joven actriz que hace de Emma (Alexandra Daddario) no lo hace mal. De vez en cuando se nota algún pequeño traspiés hacia la sobreactuación y tampoco puede evitar tener que recitar lo absurdo del diálogo, pero en general su interpretación es buena. Y hay que agradecérselo, porque de otro modo la película se haría insufrible entre esos pseudo actores, como quienes interpretan al padre o el hermano retrasado de Emma.
Hago mención especial al guaperas de turno que co-protagoniza, un actor que aporta tanto a la escena como lo haría un jarrón. No es más que decoración, y por su bien esperemos que él sea consciente de eso y no pretenda fingir que actúa.
Rematando: no encontramos nada en esta película que merezca la pena. Eso sí, hay un par de momentos en los que la tensión está medianamente conseguida, pero enseguida se empañan por las vergonzosas interpretaciones de los secundarios o la pésima música. La típica historia de la casa que trastorna a la gente no encaja bien con lo que se buscaba contar aquí, aunque siendo sincero, creo que por lo menos han sido justos con nosotros y no nos han pretendido vender esto como un nuevo referente del género. Es para verla una noche que no hagan nada más en televisión.

El final de Damien (Graham Baker, 1981)

Y cerramos el círculo con esta horrenda tercera entrega que viene a mearse, con perdón, en todo lo bueno que las otras dos cintas anteriores habían logrado hacer. Este “Conflicto Final” no provoca el más mínimo miedo, ni siquiera la más leve inquietud en ningún momento. Sam Neill, un actor que posteriormente no me ha desagradado, comenzaba su andadura por el celuloide haciendo de un Damien ya adulto, de 32 años, bien situado en el mundo empresarial y con un brillante futuro político desde el que gobernará el mundo como príncipe de la oscuridad. La sobreactuación sale a flote por todas partes, y en ningún momento me creí a su personaje, que me recordó más a Zapatero por la cantidad de mítines y discursos que da a sus esbirros diabólicos que al propio anticristo. Sus monólogos y soliloquios contra el “nazareno” apestan. El primero tiene un pase, pero cuando has escuchado la palabra “nazareno” 50 veces, ya te da lo mismo. Además, hombre, si esta vez ha nacido en Londres no es nazareno, ¿por qué no lo llama “Mesías” o “Redentor”? No, ahí erre que erre con lo de nazareno hasta que lo aborreces.
Las incongruencias también son de libro. Si en las otras películas especificaban que las siete dagas de Mejido debían clavarse TODAS y de una forma específica cruciforme en el cuerpo del anticristo, ahora no: ahora se ha formado una especie de Equipo-A de monjes (alucinante y bochornoso, de verdad) que cada uno, daga en ristre, va detrás del hijo de Satán.
Sinceramente, albergo sospechas de que la Iglesia tuvo algo que ver en la producción de esta última entrega, porque el ensalzamiento de la figura de Jesús… ni en “Rey de Reyes”, vaya. La película rezuma meapilismo por todas partes, e insisto, en ningún momento crea situaciones que alteren el pulso lo más mínimo. Nos encontramos en un momento crucial, el anticristo va a ser senador y puede ser presidente, Jesucristo ha vuelto a nacer y los satánicos se congregan para matarlo… Y sin embargo, nunca nos sentiremos inquietos porque los personajes y situaciones no son nada creíbles. Así que, si se me permite el chascarrillo, al demonio con este demonio. De niño daba mucho más miedo.

La maldición de Damien (Don Taylor, 1978)

Aunque ya no obtiene el enorme beneficio del factor sorpresa, esta segunda entrega y secuela directa de “La profecía” continúa en la línea de aquella, y volvemos a encontrarnos ante una buena película de terror.
Damien ha crecido y es ahora un disciplinado muchachote de 13 años que está empezando a notar que tiene algo extraño. No es consciente todavía de cómo el mundo se orquesta a su alrededor aportando peculiares personajes, todos seguidores del Maligno, que viven por instruirlo, por cuidarlo, por protegerlo, porque llegue a comprender y cumplir su terrible destino. Cuando Damien toma consciencia de quién es él y de quién es realmente papá, asumirá su rol más que de buen grado, y comenzará un punto y aparte dentro de la película en sí y de la propia trilogía. Ahora el mal ya no baila a su alrededor, ya no gira en torno a que él crezca y acepte su papel. Ahora él es el mal, completamente consciente y totalmente entregado a la causa. Qué remedio, lo lleva en los genes.
Apenas notaremos en esta entrega el cambio de director, y Don Taylor hace un trabajo casi tan bueno como el de Donner en la primera parte. Hasta podríamos considerar ésta y la primera como un mismo todo, puesto que mantienen una pauta muy similar y un desarrollo de acontecimientos completamente conexo y coherente. No sucederá lo mismo con la última parte de la trilogía, que se desmarca de sus predecesoras pero para mal, perdiéndose en un infierno peor que el que traería el propio Damien.
En definitiva, ya decía al principio que lo único que le falla (aunque no deba ser considerado como fallo propiamente dicho) a “La maldición de Damien” es que no es una película nueva, sino una secuela. Pero para mí es tan buena película como la que la precedió, si bien el clima de horror psicológico fue mejor captado en aquélla que en ésta. No obstante, muy buena segunda parte llena de momentos interesantes y con un aura inquietante muy bien captado.

La profecía (Richard Donner, 1976)

Quien sería el director de una de mis películas favoritas, “Superman”, captó la atención del mundo con una cinta anterior y de un género muy diferente: “La profecía”. Este fin de semana he dedicado parte de mi tiempo e interés a disfrutar de nuevo de la trilogía completa del anticristo, y me ha alegrado profundamente ver que, al contrario de otras películas coetáneas de ésta, el film de Richard Donner no ha envejecido nada mal.
El peso de la película es estoicamente soportado por el más que correcto papel del ya por aquel entonces veterano Gregory Peck. Y cumple sobradamente en una película en la que las interpretaciones son todas muy acertadas; incluso los sorprendentes secundarios, aunque algunos aparezcan poco, realizan todos valiosas aportaciones a la trama. Mención especial merece ese niño de rostro angelical y al mismo tiempo maléfico. Un niño con el que yo no dormiría tranquilo teniéndolo al lado en la cuna, vaya. Algunas de sus miradas a cámara, de sus muecas y gestos, aún provocan hoy un escalofrío sin necesidad de maquillajes monstruosos ni efectos digitales. Y ese es uno de los mejores aciertos de “La profecía”, que consigue crear una atmósfera de terror psicológico muy lograda, muy acuciante, sin caer en los típicos sustos que se amparan en golpes de sonido y apariciones repentinas de personajes. Aquí no hay un monstruo visible, pero somos conscientes del mal absoluto que alberga ese niño, que no es otra cosa que el hijo del demonio en persona. Algunas de las secuencias, como la de la llegada a la iglesia con el correspondiente ataque de pánico de Damien, o el ahorcamiento de la niñera, son ya clásicos, así como las simbólicas, sencillas y completamente efectivas apariciones de un cuervo o un rottweiler, que sin necesidad de trucos ni ardides transmiten como si fueran un actor más.
Con el equipo artístico, un buen guión, un ritmo lento pero constante, una dirección maestra y una más que aterradora banda sonora que ya está incluida en el subconsciente colectivo como “la música del diablo” (y ganadora de un merecido Oscar), Richard Donner dio a luz una cinta de terror intemporal. Terror del bueno, del que no muere, del que no pasa de moda, sobre un tema tan viejo como el tiempo y que siempre hará estremecer al hombre.

Robocop 3 (Fred Dekker, 1992)

He intentado prestarle toda mi atención durante sus primeros cuarenta y cinco minutos, pero después de eso, he desistido. “Robocop 3” es una película detestable en todo su conjunto, por muchas razones, entre las que citaré unas cuantas:

-Murphy ya no es Peter Weller, con lo que por mí la película ya se puede ir a la porra.
-Matan a la pobre Lewis, no sé si por intentar darle algún tipo de dramatismo a la historia, pero no lo consiguen y se cargan a un personaje de forma innecesaria por completo.
-Se intenta crear comedia con situaciones que solo provocan vergüenza. Si “Robocop 2” ya tuvo momentos ridículos, ésta hace apología de lo absurdo con demasiada frecuencia.
-Los efectos especiales están muy por debajo de sus dos predecesoras. La parte de Robocop volando con ese arnés de vuelo, en lo que se supone debería ser el clímax de la película, canta tanto o más como algunas escenas de vuelo de “Superman IV”. No exagero, algo realmente ridículo.
En fin, no voy a decir que me he enterado mucho de “Robocop 3”, porque he aprovechado para escribir mis comentarios de las otras tres películas que he visto anteriormente. Pero me he enterado lo suficiente como para poder asegurar que no solo es la peor de la saga (y la última, por suerte, porque siguiendo la línea de decrecimiento exponencial de calidad, no quiero imaginar una cuarta), sino que es, en toda regla, una mala película. Un burdo intento de aprovechar para sacar unos milloncetes de un personaje tan carismático y ochentero como nuestro Robo. Y eso no se hace, por lo menos no así de mal.

El caníbal de Rothemburg (Martin Weisz, 2006)

Escalofriante historia basada en los hechos reales que ocurrieron en Alemania hace poco menos de una década. Con la excusa de una estudiante que está realizando su tesis doctoral sobre el caso del caníbal de Rotemburgo, conocemos a base de flashbacks la historia de Oliver, un hombre cuya infancia estuvo marcada por una madre dominante y que, de adulto, desarrolló un enfermizo apetito por la carne humana al tiempo que reprimía su homosexualidad. Por la otra parte se nos presentará la de David, un hombre aparentemente normal, acomodado, que mantiene una relación homosexual estable con su novio, Félix, pero que alberga una perversión tan extraña o más que la de Oliver: desea ser comido, así de simple, así de crudo (jeje, lo de crudo es broma culinaria, ¿se nota?). No es de extrañar que estos dos personajes acabaran encontrándose donde todo el mundo se encuentra: en Internet. A través de un foro especializado en temas de canibalismo (que resulta que los hay), Oliver buscó a alguien dispuesto a ser su cena. Y en esa extraña demanda halló David la realización de su mayor anhelo. Uña y carne, orilla y mar, noche y estrellas. Loco y loco de remate, vaya.
El ritmo de la película es extremadamente lento y descriptivo sin necesidad (mucho de lo que nos cuentan nos dará igual y la historia de la estudiante no es más que el pretexto para no contar la película a lo biopic), hasta su última parte, que adquiere más potencia. Aquí cabe destacar la buena labor de los dos actores protagonistas, especialmente el que interpreta a la víctima voluntaria, David. Pero por lo demás, la película es aburridilla, aunque la sensación general que deja es la de haber visionado una buena historia con un par de buenos actores, pero guiada por una dirección demasiado pretenciosa para tratarse de una ópera prima, y cuyo mayor atractivo será el saber que, lo que cuenta, pasó casi exactamente del modo que lo vemos. Vivir para ver.

Dog Soldiers (Neil Marshall, 2002)

El trillado género de hombres lobo demuestra que aún tiene momentos de lucidez y como tal se revela esta estupenda y amena película británica.
Podríamos clasificarla como una mezcla de géneros, igual que “Aliens: el regreso” o “Depredador”, pero obviando las distancias, claro. Me refiero en lo relativo a los dos estilos cinematográficos que nos presenta la cinta. Por una parte parece una cinta de acción, con el típico grupo de duros soldados británicos, rudos y entrenados para cualquier circunstancia. Y por otra, un grupo de criaturas sin más motivación que asesinarlos a todos y comérselos, una manada de insaciables hombres lobo. Los soldados no estarán preparados para lo que se encontrarán en ese bosque escocés durante sus maniobras, aunque no eran tal cosa, sino una encerrona en busca de un licántropo vivo para capturar. La sorpresa es que no era uno, sino muchos, con lo que el plan se va al traste y los cazadores son cazados, quedando nuestro aguerrido grupo de soldados en medio del pastel. Buenos efectos especiales, personajes bien construidos y diálogos que en ningún momento caen en el absurdo. Incluso en los momentos más disparatados la acción es lo bastante entretenida como para obviar los errores y seguir disfrutando de la película, que con ese aire a serie B bien llevada no se hace pesada en ningún momento. Los hombres lobo están bien hechos, y me recordaron un poco a los de “Aullidos”, en lo que casi seguro es otro homenaje al género. En definitiva, una buena película, si no de terror puro y duro, sí de hombres lobo, para disfrutar una noche cualquiera y poder volver a ver sin reservas si vuelves a encontrártela zapeando otro día.

Big Fish (Tim Burton, 2003)

Podría tratarse de la típica historia de un hijo distanciado de su padre durante muchos años y que finalmente se reconcilia con él cuando el viejo está en las últimas. Pero el toque mágico de Tim Burton imprime a la historia un carácter personal, propio y la envuelve en un aura de fantasía y cuento de hadas como solo él sabe hacer. La realidad se mezcla con la ficción; o mejor dicho, con la fantasía, con las historias de Eduard (interpretado por Ewan McGregor de joven y Albert Finney de viejo, brillantes ambos), el relato de las anécdotas de su vida contadas por su propia boca y ensalzadas con su natural talento para convertir en maravilloso hasta el más anodino de los relatos. Así, asistimos a la pesca del gran pez que da nombre a la película; conocemos el bucólico y perfecto pueblo de Espectro, donde nadie usa zapatos; nos presentan a la bruja en cuyo ojo de cristal uno puede ver cómo va a morir; paseamos junto al gigante Carl, las siamesas Ping y Jing, el hombre lobo dueño de un circo de freaks. Y siempre guiados por la imaginación de Eduard, a quien acompañamos en todas y cada una de sus aventuras increíbles, mitad verdad y mitad mentira, pero todas hermosas, sobre todo la historia de cuánto tuvo que padecer para poder estar con el amor de su vida, con aquella chica de cabello cobrizo que vio fugazmente en el circo y a la que no dejaría de seguir, perdidamente enamorado, hasta que consiguiera hacerla su esposa. No me avergüenza decir que se me escaparon lágrimas con el final, con ese último relato que no cuenta el padre, sino el hijo, concediéndole a su viejo el merecido regalo de marcharse como había vivido: entre magia. Como magia nos ofrece Tim Burton en esta, su película menos comercial y menos conocida, pero más personal. Y por qué no decirlo, puede que uno de sus mejores trabajos.

Ted Bundy (Matthew Bright, 2002)

Narrar en una película la historia de un asesino en serie tan peculiar y salvaje como Ted Bundy puede degenerar en una película tipo "La matanza de Texas" o, peor aún, en una "Holocausto Caníbal" en la que las escenas grotescas de mutilaciones y casquería se sucedan con demasiada frecuencia y sin razón. Es muy de agradecer que esta película ofrezca todo lo contrario, presentándonos el retrato de este célebre serial killer centrándose en su perturbada personalidad y mostrando apenas de refilón y como complemento a la historia, pero de manera no demasiado explícita, sus atroces crímenes.
Destaca aquí una buena labor de montaje, que nos presenta a veces su recorrido sangriento acompañado de música de la época y en secuencias en las que se mezcla el viaje de Bundy por el país con su Escarabajo amarillo y sus escarceos homicidas. En cuanto al guión, la historia de Ted consiguió atraparme desde el principio. Michael Reilly Burke logra bordar una interpretación nada sencilla, llena de altibajos, porque así es como era Bundy en realidad: inteligente pero del montón, atractivo, con don de gentes y éxito entre las mujeres pero incapaz de relacionarse con ellas de forma normal. Destacamos aquí el personaje de la eterna novia de Ted, sumisa, tradicional y enamorada hasta las trancas, que sufre en sus carnes las particulares perversiones sexuales de Ted pero aún así es incapaz de quitarse la venda que cubre sus ojos hasta que, ya en prisión, en una escena realmente magnífica, algo en su cerebro hace "click" y ve a su novio como realmente es, saliendo de la sala de visitas completamente despavorida y desolada.
Después de haber leído un poco sobre Bundy, fascinado por el personaje que nos describe la película, me ha sorprendido que los acontecimientos que en ella se narran parecen ser extremadamente fieles a la realidad, lo cual la convierte en más escalofriante aún. Sí que cometió tantos asesinatos, sí que realizó todas las barbaridades que vemos, sí que se fugó dos veces de la cárcel dejando al sistema penitenciario norteamericano como completos incompetentes, y sí que recibía más de 200 cartas al día de mujeres que decían amarlo. Su magnetismo, por alguna incomprensible razón, era tan poderoso como él mismo cuando empuñaba la palanca con la que golpeaba a sus víctimas. Curioso, que pese a todo ese aura de atracción que emanaba, sus relaciones con las chicas tuvieran que reducirse a violarlas después de muertas.
La última parte de la película, con un Bundy ya visto para sentencia, da un giro en el que se pretende que el terrible asesino se convierta en víctima ante nuestros ojos. No tengo muy claro si se trata de un ejercicio del guión para manifestar la dicotomía de la pena capital, mediante la cual nosotros nos convertimos también en criminales, o si tan solo sirve para demostrarnos que, pese a la naturaleza de los actos que hemos visto a Bundy cometer durante toda la película, todavía nos dará algo de lástima ver sus lamentables instantes finales antes de que se hiciera "justicia". Siempre que no seamos como él, claro.

Dark Corners (Ray Gower, 2006)

Qué película más rara. Este podría ser todo mi comentario sobre “Dark Corners”, pero la verdad es que la película tiene algunos puntos a elogiar y no todo va a ser centrarse en lo malo.Para empezar, la idea de la trama es interesante: Susan, una joven acomodada y su marido intentan tener un hijo mediante fecundación in vitro. Sue tiene unos sueños muy extraños cada vez que se queda dormida, en los que se mete en la piel de otra persona, Karen, una versión de ella misma pero morena (de un estilo muy gótico, a lo Thora Birch. Uy, espera, es que ES Thora Birch…). Karen habita en una ciudad terriblemente oscura, sórdida, de atmósfera inquietante y sucia, en la que se cruza con personajes de lo más desagradables e inquietantes. Karen parece ser todo lo contrario a Sue. Donde una es rubia y vive en una ciudad luminosa, en una casa de ensueño junto a un marido maravilloso y tiene un agradable trabajo de oficina, su alter ego soñado es morena, vive en un piso sucio y viejo en esa deprimente ciudad, está completamente sola y trabaja en una funeraria maquillando cadáveres. No tienen nada en común, salvo una cosa: a ambas las persigue el mismo asesino, un hombre encapuchado que, en el caso de Sue, es un hombre, pero en el de la otra, es un extraño monstruo de dientes limados que se hace llamar “Needletooth”. Como digo, la premisa es muy interesante, la interpretación de Thora Birch, una joven actriz que parece haberse convertido en la diva del terror directo a DVD, es correcta en ambos registros. Los demás personajes son solo comparsas en uno y otro mundo, no pintan nada más que para ayudar descriptivamente a construir a la protagonista por partida doble. La fotografía es muy buena, eso se lo concederemos. Está muy logrado el efecto diametralmente opuesto del mundo casi idílico y lleno de luz de Susan frente al tétrico ambiente lúgubre que es el entorno de Karen, aunque en ocasiones se note un poco el oscurecimiento informático de la atmósfera. Los saltos de una realidad a otra cada vez que alguna de las dos chicas cae dormida están bien hechos, el film tiene una buena labor de montaje. Pero lo malo, lo que empobrece lo que podría haber sido una buena película, es la enorme sensación de confusión que se crea a medida que avanza la cinta. Sinceramente, no solo no comprendo el final, sino que cuanto más se profundizaba en la trama menos lograba enterarme de si alguna de las dos realidades era la buena, si no lo era ninguna, si Karen era el infierno particular de Needletooth, o qué narices pasaba. Tampoco queda claro quién es el asesino de dientes de aguja. Y no me vale eso de que es una película para pensar. Una película que te deja un final abierto es una cosa, se puede jugar con la interpretación de lo que ha ocurrido entre dos o tres posibilidades. Pero la verdad es que en esta yo no me he enterado de nada, y es una pena, porque si el final fuera un poco más resolutivo, aunque quedara un poco en el aire, la sensación general que dejaría la película sería sorprendentemente buena. Por desgracia, lo que más queda en tu retina es la impresión de que el director ha querido contar una historia que solo él tenía clara… o a lo mejor tampoco.

American Psycho (Mary Harron, 2000)

Muchos conocimos antes esta película que el libro que la inspiró, escrito por Brett Easton Ellis. Eso sí, también fuimos muchos los que corrimos a las librerías a comprarlo después de verla. Esta es una de esas raras ocasiones en las que una adaptación, si bien no supera al libro del que nace, al menos sí que lo iguala. La estética de la película es claramente reconocible, las interpretaciones son brillantes, en especial, claro, la de Christian Bale como Patrick Bateman, un personaje que ofrece muchísimos registros interpretativos que el actor galés logro bordar en cada momento. La música es excepcional, todo temas de los 80 maravillosamente representativos. La puesta en escena también es formidable, presentándonos de una manera tan realista que asusta cómo viven los ejecutivos de Wall Street, los llamados brokers. Su estilo de vida no es menos deleznable que los actos que comete Patrick Bateman. Patrick Bateman… Estereotipo de un estereotipo. Patrick es un guapo, rico, inteligente, culto y triunfador bróker de Wall Street, que jamás come en casa, siempre en restaurantes carísimos y previa reserva. Con 27 años y siendo hijo de papá, su trabajo no es más que acudir a su lujoso despacho y allí leer revistas y escuchar música. Su tiempo libre lo dedica a cultivar su cuerpo, aplicarse miles de cremas y seleccionar cuidadosamente la ropa que se va a poner, toda de las mejores marcas y de diseño, y a salir con sus amigos a los locales más chics para ponerse hasta arriba de cocaína. El yuppie moderno por excelencia. Tiene una novia tan rica y tonta como él, a la que desprecia, pero que está ahí como parte de su aparente normalidad. Y digo aparente, porque bajo la fachada de Patrick se esconde su verdadera naturaleza: un desequilibrado que asesina mendigos, tortura prostitutas y despedaza a compañeros de trabajo con más éxito que él, en un ciclo sin fin de avaricia y aversión. Impresionante el momento del intercambio de las tarjetas de visita, y cómo Patrick se abstrae completamente en su mundo, sintiéndose el ser más desgraciado del mundo porque sus compañeros hayan alabado más las tarjetas de visita de otro ejecutivo a la suya. Para tranquilizarse, después, tendrá que apuñalar a un sin techo y pisarle la cabeza a su perro. Esa escena condensa quién es y cómo funciona su mundo. Solo le importa ser el más, sin importar qué palabra siga a más. Pero nadie puede ser mejor que él. Tan frágil y patética es su psique. Ese es el retrato de Patrick Bateman, maravillosamente captado por el director e interpretado a la perfección en todos sus matices por Bale. La música, como decíamos, no acompaña a la acción, sino que se convierte en otro personaje, en un compañero de Patrick en sus andanzas homicidas. Una de las mejores escenas es la de sexo con las dos prostitutas a ritmo de “Sussudio” y previa explicación de toda la carrera discográfica de Phil Collins. Soberbio momento, que después nos permite ver más que nunca al Patrick narcisista que solo está atento a cómo se le marcan los músculos en el espejo, ignorando completamente a los dos “objetos” con los que está echando un polvo salvaje. La crítica social está por todas partes, en cada explicación de la rutina de Patrick, en cada reunión de los empleados de Pierce and Pierce, en cada conversación entre esos despreciables jóvenes buitres de las finanzas y cada una de sus salidas nocturnas. Y las sutiles pistas van conduciendo hacia el extraño desenlace que alcanzamos tras el momento de máximo clímax asesino del joven Bateman. A muchos se nos quedó cara de tontos viéndolo, pero tiene toda la lógica del mundo. Bateman es un preso, encerrado en un mundo materialista y anclado a una clase alta que no ofrece nada. Él no es nadie, su trabajo no vale nada, su vida es tan rica y llena de lujos como plana y carente de emociones, no tiene auténticos amigos, ni uno tan solo, y es incapaz de amar a esa estúpida a la que en sociedad llama su novia. Su evasión de ese mundo es su mente, su fantasía, su locura encerrada en esa perfecta fachada bronceada y con corte de pelo de 100 dólares. Pero como reza el simbólico letrero sobre la puerta del local en la última escena de soliloquio interior de Patrick, “no hay salida”. En cierto modo, él es la víctima.

La semilla del mal (David S. Goyer, 2009)

“El hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra”, reza el popular proverbio. Pero debería completarse con “y el único idiota que es engañado constantemente por prometedores tráileres de películas después absurdas.” Porque así es, y esta película es otro ejemplo.“La semilla del mal” no ofrece nada más que aburrimiento y copia, mezclado con algún efecto especial pasable y con muchas escenas de la guapísima protagonista en bragas y camiseta de tirantes, supongo que para que los hombres no saliéramos de la sala a media proyección. Su argumento no es nada nuevo: un extraño fantasma (niño, claro, que se supone que da más rollo) acosa a la protagonista, que acabará descubriendo una relación entre sus visiones y el hecho de que ella tuviera un hermano gemelo que no llegó a nacer, todo esto mezclado con una abuela desconocida que sobrevivió a Auschwitz (el típico personaje-explicación tan necesario en esta clase de cine en el que el argumento es incapaz de explicarse por sí mismo). En semejante escenario, la chica se pasa toda la película viendo al fantasma-niño, cuyas dos primeras apariciones dan impresión, pero que después ya no dice nada. El típico recurso del susto fácil que entra por un lado, o que sale de la oscuridad, o que se muestra en un espejo o un armario, se emplea tanto aquí que a los diez minutos de proyección ya sabes perfectamente cuándo y por dónde van a entrar los sustos. Y eso quiero subrayarlo, “sustos”, porque esta película califica de cine de “terror” lo que debería ser solo cine de “sobresaltos”. No nos engañemos, que un monstruo aparezca de repente en pantalla, gritando a toda leche, asusta por lo inesperado, por la potencia del sonido THX, pero no porque dé miedo. Eso no es el miedo, miedo es algo que esta película no logra infundir en ningún momento.Los efectos visuales son, como decía, interesantes, pero en este contexto a mí no me provocaron nada. El anciano-cangrejo o el perro que parece el hijo del presentador de noticias de “Padre de Familia” no son nada aterradores. El niño, como decía, al principio da mal rollo, pero lo pierde cuando empieza a salir plano sí, plano también. La parte del exorcismo es una de las más absurdas que he visto últimamente. ¿Cómo un sacerdote y un rabino se unen en una ceremonia común? ¿No va eso completamente contra todo lo que los dos predican? O se es judío o se es cristiano, pero un exorcismo mixto no tiene sentido, ¿no? Y además, ¿es tan fácil conseguir que otras ocho personas acudan a esa ceremonia como si se fueran a cenar? Venga hombre, no se lo traga nadie. Qué lejos queda del gran "Exorcismo de Emily Rose", una escena que sí que conseguía ponerte los pelos de punta. Aquello daba miedo, señores. Aquello era el concepto de miedo. En fin, que esta cinta juega con tantos tópicos y plagia sin éxito a tantas otras películas que la sensación general es la de que te han estafado 6 euros para tragarte un batido de efectos especiales, historia tonta y topicazos usadísimos, metiendo a un buen actor como Gary Oldman a ver si así subía la expectación de la película. Si el mundo es justo, no durará más de un mes en cartelera. Pero el mundo no es justo.

Crank, veneno en la sangre (Mark Neveldine, 2006)

En esta crítica no voy a centrarme en el argumento de la película, ni en su dirección videoclipera y epiléptica, ni en sus personajes, ni en su música machacona, ni en el abyecto trato que recibe la mujer como objeto, ni en lo absurdo de la trama, ni en su violencia desmedida, ni siquiera en su apología al consumo de drogas o a la conducción temeraria. No, porque pese a todos sus constantes defectos, esta película no está hecha para otro fin que el de pasar 90 minutos entretenidos, asistiendo a una sucesión de golpes, tiros, salvajadas, sexo y barbaridades de la mano del mamporrero mayor de este siglo XXI: Jason Statham. Él cumple su papel, y se gana más aún la merecida fama de nuevo tipo duro de la acción actual. Y la película entretiene, no aburre y también alcanza su objetivo. No obstante, y pese a que está completamente plagada de imposibilidades físicas y que su personaje protagonista, Chev Chelios (SuperChelios a partir de ahora), debería haber muerto en el minuto 1, hay una burrada en concreto que clama al cielo por lo divertida.
En la escena final, SuperChelios lucha contra uno de los malos en un helicóptero que sobrevuela los rascacielos de la ciudad. Finalmente los dos caen, él mata al malo y continúa cayendo; caída en la que incluso llama a su novia por teléfono para despedirse, impactando a continuación contra un coche contra el que rebota para estamparse definitivamente contra el pavimento. Un parpadeo de su ojo da a entender que ha sobrevivido, cosa más que corroborada por la secuela que se estrenará este año, y en la que los avispados guionistas han sustituido la adrenalina protagonista de esta trama por descargas eléctricas para el corazón artificial de Chelios. Bueno, la escena final en sí es chula, queda tan exagerada y pasada de vueltas como el resto de la película, pero es que si lo piensas… y yo lo he hecho, no sé por qué… ahora veréis.

Desde el momento en que SuperChelios se suelta del helicóptero hasta que se estrella contra el coche, pasa 1 minuto y 34 segundos. 94 segundos, vamos. Como se trata de una caída libre, le suponemos una velocidad inicial de 0 m/s. La aceleración en este tipo de movimientos siempre es de 9,8 m/s. Una sencilla fórmula de la Física nos proporciona, con estos datos, la altura a la que volaba el helicóptero: 43.293,4 metros, más de 43 kilómetros. Y hasta podemos calcular la velocidad final del cuerpo (del cuerpo de SuperChelios, en este caso) al llegar al suelo, que sería de 921,2 m/s. Lo que convertido a la más reconocible medida de kilómetros/hora serían 3.315,6; o lo que es lo mismo, casi 3 veces la velocidad del sonido en el aire. Resumiendo, SuperChelios cae durante 43 kilómetros llegando al suelo a una velocidad de mach 3… y sobrevive. Para más inri, daré algunos datos: un avión comercial normal suele volar a una altura de 10.000-12.000 metros; el avión que más alto vuela, olvidándonos de las naves espaciales, claro, es el MIG-31, que alcanza unos 23.000 metros de altura; 43.293 metros de altura supone casi el final de la estratosfera, un punto llamado estratopausa que daría paso a la mesosfera. A esta altitud, la temperatura es de entre -10 y -20 Cº, y el aire, por supuesto, brilla por su ausencia; el salto más alto realizado hasta el momento lo efectuaron Holly Budge, Wendy Smith y Neil Jones desde una altura de 8.940 metros, empleando máscaras de oxígeno y paracaídas especiales, y su caída libre antes de abrir el paracaídas duró solo 30 segundos. Esa altura, por cierto, sería aproximadamente la máxima a la que jamás ha volado un helicóptero. Con todos estos datos que os importarán un pepino, vengo a querer confesar mi profunda admiración por esos cineastas que se han meado en la Física para crear su chulísima escena final de “Crank”. Porque no solo es imposible que el helicóptero estuviera volando a esa altura del suelo, ni que sus ocupantes siguieran respirando, ni que no hubieran muerto de frío, ni que la velocidad de caída no hubiera matado a SuperChelios antes de tocar suelo, ni que el impacto contra la calzada lo hubiera reducido a una mancha pringosa en medio de un profundo cráter. Para mí, lo mejor, es que cae hablando por el móvil. Chapó.

Drive-thru (Brendan Cowles, Shane Khun, 2007)

Sufridos coulrofóbicos, estáis de enhorabuena. Si pertenecéis a esa pequeña minoría que es incapaz de ir a un circo o de comer en un McDonalds por vuestro desmesurado e infundado terror a los payasos, gracias a esta película conseguiréis libraros de todos vuestros miedos, porque esta cinta solo provoca vergüenza. Le perderéis todo el respeto a los payasos, y desearéis matar a todos aquellos con los que os crucéis, Ronald incluido.
Partimos de una historia de terror que hubiera podido estar hasta bien, dentro de lo que son los patrones del terror adolescente actual con asesino de turno: pandilla de jóvenes que van siendo asesinados sin motivo aparente por un serial killer disfrazado del payaso mascota de la hamburguesería local. Pero una vez más se demuestra que una historia no lo es todo, y que un buen director, protagonistas y montaje hacen muchísimo en el resultado final. En este esperpento se descuidan todos ellos, con personajes planísimos ridículamente interpretados y que caen en todos y cada uno de los tópicos del género, desde la virginidad hasta el supuesto secreto horrible del pasado. El asesino, patético por donde se mire, solo provoca risa en cada una de sus apariciones a ritmo de música machacona y siempre a cámara rápida, esto último probablemente para disimular el hecho de que la única persona que aceptó meterse dentro de tal disfraz era retrasado mental y se movía muy despacio. Me parece también muy curioso que la cinta la firmen dos personas en la dirección. Si ya es difícil entender cómo un director puede rodar semejante excrecencia y permitir su distribución, si eran dos las personas responsables del proyecto, la cosa aún se hace más incomprensible. También es muy gracioso que uno de los puntos clave de la cinta sea que la protagonista va a cumplir 18 años, cuando debe tener ya los 15 en cada pata. Pero bueno, supongo que eso es una constante del género. Especialmente sorprendente me pareció la breve pero valiosísima -por lo bochornosa- intervención de Morgan Spurlock. Por el nombre no os sonará, pero es el realizador del estupendo documental “Super Size Me”, precisamente sobre los efectos nocivos de la comida rápida. Damos por hecho que pese a su notable reconocimiento como documentalista, jamás será un Michael Moore, así que aceptaría este cameo supuestamente gracioso (por eso de que hace de dependiente de una hamburguesería, ja, ja, ja, qué ocurrencia) para pagar sus letras. Bueno, voy terminando, que esta película no se merece más líneas. No se merece ni siquiera estar dentro de un pequeño Olimpo del cine cutre, porque es tan mala y tópica que no provoca diversión alguna. Hagamos como que no existe y, por favor, que no tenga jamás la secuela con la que nos amenaza su absurdo final.

El intercambio (Clint Eastwood, 2008)

Que Clint Eastwood está en lo mejor de su carrera es algo que sobra decir. Muy lejos quedan aquellos tiempos de Harry el sucio o del forastero de “Infierno de Cobardes”, y con el paso de los años (muchos, ya) el mítico Clint ha madurado profesionalmente mucho más de lo que ha envejecido su físico. Sobre todo en su faceta de director, en la que no deja de sorprender por la calidad de las historias que cuenta y la extraordinaria mano que posee este dinosaurio del cine para guiarnos a través de ellas. Vemos lo que quiere, oímos lo que pretende, somos suyos durante más de dos horas. Y encantados, vaya, porque lo que este señor hace con 79 primaveras a sus espaldas, es inconmensurable, cine con mayúsculas. Con “El intercambio”, Eastwood firma una obra en la que la tensión, la impotencia, la frustración, la indignación y, por qué no admitirlo, hasta el miedo están presentes en todo el metraje. La premisa es estremecedora: Christine Collins, una madre que regresa a casa del trabajo y se encuentra que su hijo Walter, de 10 años, ha desaparecido; pero el devenir de los acontecimientos no hacen sino convertir ese ya tremendo horror, en todo un infierno sin denominación. A finales de los años veinte, una corrupta policía de Los Ángeles preferirá mentir descaradamente antes que admitir que se ha equivocado, y conspirar para posar como héroes ante la prensa aunque sea a base de entregarle a la pobre madre un niño que no es el suyo. Brillante el momento en el que Angelina Jolie se reencuentra con “su” hijo en la estación de tren, ese gesto de llevarse la mano a la boca y no quitársela en toda la escena. Lo mismo que hice yo cuando mientras veía la película, porque ese es un instante particularmente cruel y atroz para una madre, creer que va a volver a abrazar a su hijo perdido y que le entreguen a uno para que “se lo lleve a casa en período de prueba”. La falta de escrúpulos, de moral y de corazón del capitán de la policía (un personaje al que odiarás mucho más de lo que llegarás a simpatizar con el de Angelina, que hace una buena interpretación sin nada remarcable) no tiene nombre ni límites. Una y otra vez niega los hechos, insiste en inventarse tonterías y en enviar a médicos y funcionarios comprados para que le corroboren a la protagonista que el niño es su hijo, que ha cambiado por el trauma sufrido. Como si una madre no pudiera reconocer a su niño en cualquier parte. Algo que te arranca indignación constantemente, y que te mantiene tenso y preocupado durante toda la primera parte de la cinta, sin poder dar crédito a lo que está ocurriendo y al poder que ostenta ese desalmado capitán, que no dudará en encerrar a la alborotadora y tirar la llave. Sin palabras también para la parte de internamiento en el psiquiátrico. Comprendemos con más indignación aún que esa madre no puede hacer nada contra un sistema corrupto que quita de circulación a las personas que lo contradicen. Cómo van a creer a una mujer, con lo frágiles y sentimentales que son, y además si está encerrada en un manicomio, en lugar de al respetado capitán del cuerpo. Esa es su ley, ese es su poder. Y funciona. Particularmente horrible me pareció ese momento en el que el psiquiatra jefe del manicomio, aún habiendo recibido la orden de liberar a la sufrida Christine, realiza una última intentona de que le firme la dichosa hojita eximidora de culpas. Vergonzoso, bochornoso, lamentable. Pero te lo crees, porque los personajes transmiten esa miserabilidad.
La segunda parte de la película es, igual que ocurría con “Million Dollar Baby”, casi otra película. Abandonamos la atmósfera de tensión y horror para dejar paso al conocimiento de lo sucedido y a la explicación de los actos que un asesino perturbado llevaba a cabo. Algo realmente inesperado y escalofriante, en especial el momento en el que su joven primo y cómplice forzado narra los atroces crímenes al único policía bueno del cuerpo. Eastwood se permite así volver a reflexionar sobre esos temas legales y morales que tanto definen su cine, en esta ocasión la pena de muerte totalmente justificada para alguien que es más un monstruo que un hombre. En un alarde de final de feliz, quizá para que el espectador no salga de la sala con todo el horror de lo vivido metido en el cuerpo, los acontecimientos finales se precipitan hacia un justo castigo de los malos y un merecido rayo de esperanza para los buenos. Aunque, como esto es un hecho real, la felicidad no llegará a ser tan completa como querría cualquier madre que visione el film, pero al menos sentiremos que, aunque el sistema no funcione, a veces lo intenta.

Rottweiler (Brian Yuzna, 2005)

Otro de los subproductos de la productora Fantastic Factory, ese engendro español que nunca debería haber existido. Pero bueno, de no haber existido, no podríamos haber tenido películas como ésta que nos ocupa hoy.
Es obvio que Brian Yuzna quedó muy influenciado por "Cujo", aquel gran libro de Stephen King que se convirtió en una más que decente película sobre un noble San Bernardo que cogía la rabia y se convertía en una máquina de matar. Así que Yuzna, de mayor, decidió destrozarla rodando una versión propia, inspirada, si se quiere. ¿El argumento? Pues es escaso: un chaval que se pasa toda la película escapando desnudo de un perro reconstruido con partes mecánicas y que mata a todo lo que se le pone por delante. Y aún tiene tiempo de aparecer Paul Naschy, esa leyenda del terror de los 60 que se ha convertido en un hazmerreír por culpa de la Fantastic.
El perro está terriblemente mal hecho, cuando no se nota el ordenador, se nota que es un muñeco. El argumento es aburridísimo y con esos giros pretenciosos que Yuzna se esfuerza por meter como si: 1) la historia que cuenta lo mereciera; y 2) como si él supiera realmente estar detrás de una cámara.

Pero aquí es donde me hinco de rodillas ante la escena más desternillante que he visto en mucho tiempo. Mi mujer, dos amigos y yo, tuvimos que darle al pause para reírnos a gusto.

En un momento de la trama, el perro asesino queda encerrado en una bodega mientras que el protagonista continúa huyendo desnudo. Solo un gallo queda como testigo de la escena, y el señor Yuzna le dedica un primer plano al ave cuando el perro rompe la puerta y huye, primer plano en el que el gallo cacarea de ¿miedo? Sí, amigos, Brian Yuzna es el primer cineasta de la historia que ha filmado a un gallo aterrorizado. Esto viene a confirmar mi teoría de que esta película, y casi todas las de la Fantastic, son producto del juego "a que no te atreves". Algún envidioso amigo de Yuzna, tomando enormes cantidades de whisky y vete a saber qué más, le diría, pretendiendo hundir su carrera, cosas como: "¿a que no te atreves a hacer una peli de un perro cyborg? ¿Y a que no te atreves a que el prota se tire media película en pelotas? ¿Y a que no te atreves a que salga Paul Naschy diciendo cuatro chorradas sin sentido?" A lo que Yuzna respondió: "¿Que no? Pues mira, además voy a filmar a un gallo aterrado y me van a pagar una pasta por ello."
Y nació el proyecto de "Rottweiler".

Desafío Total (Paul Verhoeven, 1990)

Douglas Quaid (Arnold Schwarzenegger) es un obrero de la construcción en el año 2084. Tras acudir a que le injerten en el cerebro recuerdos falsos de unas vacaciones en Marte, se verá inmerso en una trama en la que realmente es otra persona: Hauser, un malvado que conspira con Cohaagen, el jefe de las minas marcianas del mineral turbinio y quien controla el consumo de aire del planeta. Quaid comenzará un viaje que irá de Memory Call a Marte, y que envolverá a mutantes, artefactos alienígenas y al destino mismo del planeta rojo. El culturista austríaco de apellido impronunciable y actual gobernador del estado-horno de California realizaba aquí una de sus mejores interpretaciones. De acuerdo, para Arnold toda interpretación se limita a escenas de acción tremenda y a matar a muchos malos, pero en el contexto del peliculón que es “Desafío Total”, hay que concederle a Chuache su gran parte de mérito. Y es que dentro de la ciencia ficción moderna, esta es una de esas películas que se te quedan grabadas por su originalidad, su trepidante ritmo sin concesiones, por un argumento inteligente y coherente dentro de su fantasía (basado en un relato de Philip K. Dick, autor del relato que inspiró también “Blade Runner”) y por una acción sin descanso. Todo aderezado de excelentes efectos especiales al estilo de la época (ganadores del Oscar), un maquillaje impecable, brillante banda sonora de Jerry Goldsmith y unas actuaciones a la altura, para crear una auténtica joyita del género que no te cansarás de ver. Escenas como la de la máscara y sus “dos semanas”, la extracción por la nariz del micrófono implantado en el cerebro o el ahogamiento en la superficie de Marte son parte ya de la historia de nuestra generación como secuencias míticas. La mano maestra de Paul Verhoeven realizaba aquí un trabajo tan bueno como el de “Robocop”, demostrando que en el terreno de la ciencia ficción (extremadamente violenta, eso sí) se desenvolvía como pez en el agua, y dejándonos una de esas películas que casi todos tenemos en nuestra videoteca. Y aún así, para mí continúa siendo de obligado visionado cada vez que la reponen en televisión.

Robocop 2 (Irvin Kershner, 1990)

Motivado por el buen sabor de boca que me dejó el volver a ver “Robocop” tantos años después, decidí el sábado por la noche recurrir al infatigable canal Ojo de ONO para ver su segunda parte. Sabía que me iba a encontrar un producto de inferior calidad, pero no esperaba que fuera tan lamentable, la verdad. Sobre todo en el caso de que tengas reciente la genial primera entrega, la sensación que deja “Robocop 2” es de querer y no poder. Paul Verhoeven ya no se pone detrás de las cámaras, y su sustituto, Irvin Kershner, aquí no da la talla. Intenta contar una historia también con moralina, entreteniéndose en tonterías como lo de Murphy espiando a su viuda, que realmente no funcionan. Peter Weller vuelve a estar dentro del traje del robot, pero esta vez ha perdido un 90 por 100 de su carisma. Sus movimientos parecen mucho más forzados, dispara demasiadas veces sin mirar a los malos, cosa que en la primera hacía en un par de ocasiones quedando realmente chulo, pero sin abusar. Además, la parte de la reconstrucción de Robocop con tropecientas directrices nuevas absurdas que lo convierten en un idiota de cuidado, no hay por dónde cogerla. Es un rato demasiado ridículo, una supuesta dosis de humor que no funciona, y que lo que hace es restarle credibilidad al personaje, a la película en sí, y rellenar media horita de un metraje que se ve que se les antojaba corto, aunque a mí se me hizo eterno. Tampoco es mejor su trama central, con otra supuesta y fallida carga de concienciación social: las drogas de diseño son malas, no os droguéis, niños. El villano de la historia, Caín, da risa, así como su robotización a golpe de stop motion, que está peor hecha que en la anterior parte. Se salva quizá el ver a un Robocop un poco más humano, un policía más que continúa con su elevado sentido del cumplimiento del deber por encima de todo, aunque sea un producto de laboratorio post-mortem y deba concienciarse de ello. Pero bueno, pocas líneas más merece esta secuela, que empobrece su primera y magnífica parte, y que viene a demostrar una vez más que la mano del director tiene mucho, muchísimo que ver en el resultado de un largometraje, aunque Kershner sea, para muchos, mejor director que Verhoeven. Y, sorpresa, porque como co-guionista de esta historia encontramos nada menos que a Frank Miller, el conocidísimo guionista de cómic; aunque se dice que lo que se rodó en “Robocop 2” no era tal y como él lo había pensado, y que la versión “milleriana” llegó a las estanterías en forma de novela gráfica (doy fe, la he leído y es muy superior a la película).

El ángel de la noche (Shaky González, 1998)

Esta es una de las películas más extrañas que he tenido el… gusto… de ver. Y no por su terribilísima calidad de la que ahora hablaremos, sino porque es la única película que, señores y señoras, no está en Filmaffinity. Algo realmente sorprendente porque esa web tiene todas las películas del mundo criticadas, y “El ángel de la noche” no está por ningún sitio. ¿Por qué? ¿Qué pasa con esta película? ¿Es tan horrenda que no quieren ni siquiera ponerla? No creo que sea eso, porque sí que reseñan otras casi tan malas como ésta. Aunque ojo, porque nos encontramos ante una de las peores películas de la historia, de principio a fin. Todo un espectáculo penoso y lamentablemente absurdo.Un sacerdote llamado Rikard se convierte en un vampiro llamado Rico. Muchos años después, su descendiente hereda la casa familiar, a la que va con su novio y un putón a la que llama amiga. Ahí contarán la historia del vampiro y de algunos “personajes” que se han enfrentado a él y acabarán despertando al monstruo y cargándoselo. Fin de la historia.En un argumento tan soso y poco sorprendente, parece mentira la cantidad de barbaridades que se pueden llegar a cometer. Las historias contadas a modo de relato leído no hay por dónde cogerlas, en especial la de “Banderas”, un personaje al que no te quitarás de la cabeza. Vividlo para entenderlo. El vampiro Rico, o Ricard, o como se llame, es uno de los malos más vergonzosos que he visto. Sin mencionar que todos y cada uno de los actores sobreactúan cosa mala, conformando una atmósfera casposa a más no poder (he leído que en la versión original, incluso saltan constantemente de hablar en inglés, a alemán o hasta español). Eso, unido a unos efectos especiales a los que llamar irrisorios sería hacerles un favor (es inolvidable el monstruo de gomaespuma del principio o el ángel sujetado con cuerdas al final, amén de la sangre de Titanlux que emplean…) convierten cada plano, absolutamente cada fotograma, en todo un despropósito o un descojone, con perdón, y según se mire. Es imposible no reírse viendo esta película. Y lo peor es que, así como hay otras en las que se nota la intención de crear comedia, en esta no lo parece, la sensación es de una película rodada en serio pero tremendamente mal hecha, horriblemente aburrida y llena de estupideces por todas partes. ¿Esto es lo que puede dar de sí el cine danés? Una vez más mi recomendación es la de verla, porque hay demasiadas incoherencias, disparates, efectos extraños y aleatorios de cámara, diálogos sin ningún sentido, pero sin ninguno, etc., como para mencionarlos. Ver esta película es una experiencia que no se puede contar. Nada de lo que se diga sería hacerle justicia a un producto que rezuma absurdo por todos los poros.Así que mi frase lapidaria para esta obra sería: “otro clásico del cine para ver con amigos, alcohol y aperitivos, para no tomarla en serio y disfrutar de su cutrez en compañía de quienes gusten reírse de ella. Y además, dentro de ese género, esta es una de las más grandes.” Aunque eso no sea precisamente un honor.

The Convent, el convento del diablo (Mike Mendez, 2000)

Hará cosa de un año escribí estas líneas como crítica de The Convent en Filmaffinitty:

"Está en mi top ten de películas nauseabundas, en un duro combate con "joyas" como Dagon, Faust, Los Hijos de los Muertos Vivientes o Spiders. Argumento cutre, ¿interpretaciones? vomitivas que no rozan el ridículo, sino que lo atropellan y dan marcha atrás para volver a pasarle por encima, efectos especiales de risa, pero de risa penosa (la cabeza estallando que es un globo), y lo mejor, las monjas demoníacas: ¿qué son?¿Bailarinas de break dance con purpurina? ¿Y la escena de la monja en moto? Santo Dios, y encima sale Coolio... Lo dicho, amantes del cine cutre como yo, disfrutaréis despedazando esta película junto a amigos y cerveza. Para quienes busquen algo que ver, pero en serio... Cualquier telefilm de Antena 3 de domingo por la tarde, es Ciudadano Kane al lado de este montón de bazofia."

Continuando con mi particular cruzada de volver a ver todas esas películas que considero extremadamente malas y divertidas -algunas de la cuales ya menciono arriba-, anoche volví a ver The Convent. No puedo hacer más que ratificar cada palabra que dije, pero debo hacer un pequeño matiz: The Convent no es una película seria. No pretende ser una película de terror, sino una amalgama mal mezclada de terror chusco, slasher, gore y comedia. El resultado es una película inclasificable que no se tiene en pie, pero comprendes, o al menos yo he tenido esa iluminación divina mientras la veía por segunda vez, que no se toma en serio a sí misma en ningún momento. Ojo, no le resta ni un ápice de su desgracia, pero el movimiento de los poseídos demoníacos a ritmo de chumba-chumba y bajo luz fluorescente, el bailecito constante de la animadora, los gritos y risas de archivo que ya hemos oído en tantas y tantas películas, los personajes estereotipos de los estereotipos, y todos los descabellos uno tras otro que se suceden en la hora y diez escasa que se atrevieron a rodar son, fuera de toda duda razonable, hechos a propósito para intentar hacer una comedia-gore. ¿Pretendían emular la fórmula brillante de "Braindead", que mezcló la casquería con el humor creando todo un clásico de la serie B? No lo sabemos. No lo logró, está claro, y me reitero en seguir diciendo que The Convent es, al mismo tiempo, de lo peor y de lo más divertido que puedes echarte a la cara. Y te garantizo que esa desconcertante monja motorista será inquilina en tu cerebro hasta el fin de tus días...

Robocop (Paul Verhoeven, 1987)

Nos encontramos ante una de esas raras cintas de ciencia ficción que superan la dificilísima prueba del tiempo. Todavía recuerdo cuando se estrenó, siendo yo un niño, y mis padres fueron a verla solos al cine con mi correspondiente berrinche de regalo. Viéndola hoy en día desde un prisma más adulto, no me extraña que no me permitieran verla. Sin duda la violencia más que explícita –aunque no gratuita- que rezuma Robocop por los cuatro costados, no es algo que se le deba poner un niño de 6 años, aunque os recomiendo encarecidamente que se la pongáis cuando el niño sea más mayor, porque nadie debería perderse el espectáculo que es este largometraje. Muchas son las virtudes que se pueden enumerar de Robocop. Desde la crítica social, haciendo especial hincapié a esos frívolos noticiarios televisivos, se tocan temas tan polémicos como el trepismo laboral en el mundo de los ejecutivos, la corrupción de las supuestas fuerzas del orden o de quienes las gobiernan y el desamparo al que a veces está sometido el cuerpo de policía. Y entrando ya en el apartado personal, Robocop como criatura, como producto, es una alegoría fantástica de un Frankenstein moderno, que critica la despersonalización del individuo, la marginación social, la soledad, la pérdida de la familia, todo un dramón. Pero todo tratado con tanta buena mano que no impide visionar la cinta como una simple y llana película de acción semifuturista (hoy una época cercanamente pasada) y ciencia ficción en toda regla. La muerte de Murphy puede que pase a los anales como una de las escenas más impactantes de la historia del cine. La habré visto mil y una veces, pero siempre te mantiene en tensión y con una desagradable sensación en el estómago desde que lo atrapan hasta que le vuelan la cabeza con ese impiadoso tiro de gracia. Es memorable. Tan memorable como físicamente imposible, de acuerdo. Pero ¿y qué? Tampoco es un excluyente para que la escena sea igualmente sobrecogedora. Hay que alabar el diseño del traje (aunque no me gusta llamarlo así) de Robocop, un diseño intemporal y sencillo, pero absolutamente efectivo. El aspecto del policía robótico es imponente, y los movimientos de Peter Weller dentro de aquella pesada e incómoda armadura de fibra de vidrio son todo un clásico, así como su característico ruido cada vez que la máquina caminaba o doblaba una articulación mecánica. Sin duda Peter Weller firmó su mejor papel en una película en la que casi ni se le veía la cara, algo bastante triste para la carrera de un actor. Igualmente destacable o más es la música de Basil Poledouris. ¿Quién no reconoce la banda sonora de Robocop escuchando apenas un par de notas? Otra de esas melodías inconfundibles, como Star Wars, Indiana Jones, Superman, E.T., El Padrino y un pequeño puñado más. Puede que no tengas ni idea de quién es el compositor, pero sabes instantáneamente de qué película se trata. En resumen, esta fue una de mis películas favoritas de niño, y me ha alegrado muchísimo volver a verla de un tirón sin aburrirme en ningún momento y sin que me haya parecido desfasada por ninguna parte. Incluso lo mejorable de algunos efectos y algunas pequeñas incoherencias argumentales no la nublan, y vista 22 años después de su estreno, Robocop sigue siendo un referente de la ciencia ficción. Bueno, o haciendo un chascarrillo con su frase promocional, “mitad ciencia ficción, mitad acción… todo gran cine.”

Los hijos de los muertos vivientes (Tor Ramsey, 2001)

Mirad la portada del DVD. Solo mirad la maldita portada del DVD...
Esta cinta me hace sentir sentimientos contradictorios, pardiez. Es innegable que todos sus responsables, actores (en especial), productores, guionistas (en especial), director, (en especial) responsables de efectos especiales, atrezzo, script girl, y hasta el maldito chico que le llevara los cafés al equipo, merecen una muerte tan lenta y atroz que aún no ha sido concebida por mente humana (estoy en ello, tranquilos). Pero es que es tan... tan... tan.... pero tannnnnn mala, que no podía dejar de reír. No podía.
Tom Savini, el antaño mago de los efectos especiales, se ve que se quedó casi sin trabajo cuando la tecnología informática dejó obsoletos sus trucos de maquillaje. Sin duda necesitaba pasta para otro ciclito de Winstrol, porque si no no entendemos que se rebajara a participar en esto y, para más INRI, protagonizando una de las más esperpénticas escenas de la cinta: ese comienzo en el que hace de super-cazazombis-guayón que salta, golpea y dispara de forma absurda e innecesaria.
No merece la pena hablar del argumento, porque NO LO TIENE. Es una ridícula sucesión de escenas que forman varias subtramas idiotas que no llevan a ninguna parte. Tampoco ayuda su insultante guión, poblado de diálogos que nadie diría en la vida real, y con saltos temporales de 14 años en los que los personajes envejecen con talco en las sienes. Por otro lado, la pretensión del director, con esos zooms a las caras de los protagonistas, me ha recordado al cine turco, a exitazos como Dunyayi Kurtaran Adam o Seytan. Impresionantes referencias, no sé si me entenderéis... Hago aquí un necesario apunte: el director de esto, Tor Ramsey, debutaba con esta película. No ha hecho nunca nada más.
El resto de las ¿interpretaciones? son horribles. Pero en serio, es que son horribles de verdad, los que participan en esta película no son actores.
Pero algo bueno debe tener este despropósito: el malo, Abott Hayes... Un nuevo ídolo del cine de terror chusco. En todo momento eres consciente de que es un hombre con una careta de las que venden en las tiendas de carnaval, y con unas manos de goma, hasta el punto en el que se VE COMO SE LE DOBLAN LOS DEDOS Y TODO. Luego lo absurdo de ciertas escenas en concreto, como la del armario y la linterna (a Abott Hayes LE ENCANTAN las linternas), o lo de que el zombi lleve en la casa 15 años como si tal cosa, en plan okupa, y no lo sepa ni Dios... Además, al más puro estilo Ed Wood, en una misma escena tan pronto es de día como es de noche. Toma racord.
Para mí, esta es una de las peores películas de la historia. Y al mismo tiempo, una de las basuras más divertidas que jamás he visto. De verdad, es indescriptiblemente mala, de esas pocas que necesitas ver para poder sorprenderte por ti mismo, porque nada de lo que te cuenten se compara a la experiencia de verla. Se encuentra en un podio muy discutido junto a perlitas como "Bajo aguas tranquilas", "El convento del Diablo", "Cut", "Dagon", o "El ángel de la noche", películas que próximamente tengo intención de reseñar aquí.
Amantes de lo cutre, alquiladla, compradla o bajadla, comprad papas, ganchitos y Coca-Cola y llamad a los amigos. Amantes del cine, huíd de esta película como huiríais de Abott Hayes... Bueno, no, porque el descojono no os permitiría huír y os atraparía. Ahora que lo pienso, ¿radicará ahí el poder de Abott? ¿En que su aspecto irrisorio de disfraz de Halloween causa la risa necesaria para que tenga tiempo a cogerte con sus dedos de látex?
Pensad en ello.

La escafandra y la mariposa (Julian Schnabel, 2007)

Qué difícil y qué injusto me parece hacer una crítica de una película como ésta. Difícil porque no sé por dónde empezar, e injusto porque no tiene nada malo en lo que pueda cebarme.
En primera persona nos es contada la historia de Jean Dominique Bauby, un triunfador, redactor jefe de la prestigiosa revista "Elle" que, en 1995, a la edad de 42 años, sufrió un infarto masivo que casi le costó la vida. Y en cierto modo, ese fue el precio que pagó, porque al despertar de un coma de tres semanas Jean Do padecía lo que en medicina se conoce como "Síndrome de cautiverio". Solo el horrible nombre ya nos da una idea de lo que debe ser esta tortura: el cerebro funciona, todas tus facultades mentales, incluso la vista o el oído funcionan perfectamente, pero tu cuerpo es una carcasa inútil incapaz de realizar ni siquiera los movimientos involuntarios de la respiración. Eres un preso en tu propio cuerpo, una mente activa en un recipiente que no sirve para nada por sí mismo.
En semejante tesitura, Jean Do, intepretado por Mathieu Amalric en un papel memorable, demostró una increíble capacidad de aceptación, como nos cuenta la película. En la primera parte de la cinta vemos todo a través de sus ojos. Bueno, mejor dicho, de "su" ojo, porque tan solo conservó el ojo izquierdo, la única parte del cuerpo que respondía a sus órdenes mentales y que movía a voluntad. Con la ayuda de una sufrida logopeda desarrollarán un sistema de comunicación basado en el alfabeto y los parpadeos, un sistema laborioso y pesado pero que permitía a Jean Do dictar frases a su interlocutora.
El retrato del protagonista no está exento de humor, pese a la situación. Narrado siempre por él mismo, ya que son sus silenciosos pensamientos lo que escuchamos, lo vemos lamentar estar rodeado de tantas mujeres guapas y no poder moverse, o incluso bromear de su propia situación. Entre flashbacks vemos algunos momentos de su vida antes del infarto, su relación con las mujeres, con su padre -brillantemente interpretado en apenas 5 minutos en pantalla por Max Von Sydow-; vemos también algunas de sus fantasías ya enfermo, de sus vuelos, en los que escapaba de lo que él llamaba su "escafandra" . La similitud no puede ser más acertada, así como esos momentos en los que aparece el buzo encerrado en la misma en medio de un mar opresivo y silencioso. Volando como una mariposa libre con la única parte de sí mismo que no estaba paralizada aparte de su ojo, su imaginación y su memoria, asistimos a algunas escenas tan rocambolescas como hermosas, casi siempre acompañadas de una extraordinaria banda sonora de un solo de piano. Y entre fantasía y realidad, Jean Do parpadeaba sin descanso para dictarle a su "secretaria" nada menos que un libro, el libro que le da título a la cinta y que se publicó apenas 10 días antes de que su autor muriera de neumonía.
Toda una lección de vida, una lección de lo mucho que tenemos, y no por ser directores de una revista, sino por poder estar ahora mismo escribiendo estas líneas con dos manos que muevo a voluntad, mientras respiro sin darme cuenta de que lo he hecho. Y, desde luego, toda una lección de cine de ritmo lento y constante, que atrapa de principio a fin.

La niebla (Frank Darabont, 2007)

Ante todo no confundir jamás esta película con la estrenada también no hace mucho "Terror en la niebla", protagonizada por Tom Welling y desafortunado remake de un clásico. En algunos sitios, la cinta que nos ocupa ahora la he visto titulada "La niebla de Stephen King" para evitar confusiones, ya que esta historia está basada en un relato corto del maestro del horror llamado "The mist", título también de la película en versión original.
Nos encontramos ante un auténtico peliculón de ciencia-ficción/terror. Pero peliculón con todas las letras. Es una de esas raras ocasiones en las que consigue crearse un clima de realidad en el comportamiento de un grupo de personas encerradas y asedidadas por una maldad horrenda que está esperándolos afuera e intentando penetrar dentro. Los grupos que se forman dentro de esa variopinta comunidad de gente que se queda atrapada en un supermercado, son totalmente creíbles, incluso el personaje de la fanática religiosa me parece un punto de tensión magnífico para darle vidilla a la aparente seguridad del interior del refugio. Nos servirá para no romper la atmósfera de miedo, para sentirnos amenazados tanto por las increíbles criaturas de afuera como por la secta en ciernes de dentro.
Tom Jane realiza un buen papel protagonista como sufrido padre que asume el liderazgo de esa peculiar resistencia amotinada en el supermercado. Debo reconocer que cuando vi aparecer el tentáculo por debajo de la persiana, mis expectativas se fueron a pique, porque los primeros veinticinco minutos me parecieron inmensamente bien rodados y que habían logrado crear un clima realmente inquietante. Pero pese a todo, y no como en otras películas, en esta los monstruos tienen una razón de ser, no muy bien explicada, pero suficiente para que estén ahí. La niebla es la protagonista, la niebla que los envuelve, que no nos permite ver nada de lo que sabemos que está ahí fuera. Las criaturas son estremecedoras: clichés del género, pero muy bien conseguidas y con un aspecto aterrador y desagradable, en especial las arañas. Pero la película, pese a cuatro o cinco momentillos, no cae en el gore gratuito, sino que se centra en la trama de tensión, de resistencia y de intento de salir con vida. Los últimos 15-20 minutos me parecen uno de los mejores finales de terror que he visto últimamente. La sensación que se queda es de profundo pesar, después de todo lo ocurrido. Y la mirada de esa madre a la que nadie se atrevió a ayudar, como indicándole a nuestro protagonista que todo le está bien merecido, es durísima.
Mención especial también a la hábil mano del director Frank Darabont, responsable de películas como "Cadena Perpetua" o "La milla verde", ambas de Stephen King y ambas dos peliculones. Ésta, que dentro de la producción de King tira más al terror al que nos tiene acostumbrados es, dentro de su género, tan buena como las otras en el suyo.

[REC] (Jaume Balagueró y Paco Plaza, 2007)

Quizá sorprenda que, inmediatamente después de haber visto el remake americano reseñado abajo, vuelva a ver a la madre de la misma. Ha sido petición de un amigo que no la había podido ver en su momento y que la alquiló expresamente (sí, es de los que aún alquilan en lugar de descargar, todo un purista). No pude decir que no, y no me arrepentí.
Pese a haber visto [REC] dos veces y haber visto Quarentine hace apenas 3 días, este nuevo visionado de la original cinta española me ha servido para confirmar cuán superior es a su adaptación yanki, y cuán buena es en sí misma. Parece mentira cómo una presentadora de los Cuarenta Principales puede sacarse de la manga una actuación tan correcta, Premio Goya aparte, de esa reportera pijita y algo tonta que no se convierte en antiheroína, sino en pobre paria. La cámara, muy lejos de ser un instrumento, es un personaje con nombre propio: Pablo, el sufrido, valiente y un poco temerario cámara del programa "Mientras usted duerme". Que debería llamarse a partir de ahora "Mientras usted duerme, a mí se me comen vivo". Sorprende -hasta ahora no me había dado cuenta- que en la hora y veinte escasa de película no hay nada de música, cosa más que coherente dado que se está grabando un reportaje televisivo y la sensación que pretende transmitirse es la de esa falsa realidad.
No podemos decir que [REC] invente ni reinvente nada, porque lo que hace es adaptar muy bien ciertos conceptos que, últimamente, han dado mucha vida al género. Sus zombis... perdón, sus infectados, son terriblemente similares a los de "28 días después", y su estilo de rodaje cámara en mano ya fue patentado con soberano éxito por "El proyecto de la bruja de Blair" (para mí la mejor película de terror de la historia del cine contemporáneo). Pero el ritmo de la cinta no deja descanso, además es cortita y se hace más aún, sobre todo en su última parte, frenética y realmente no apta para gente que no disfrute con la adrenalina desatada. Sus últimos 10 minutos son, sin abusar de la palabra, magistrales. Ese personaje desgarbado y repelente que se sacan de la manga (y que en el making off vemos que es un hombre, algo que no me imaginaba) junto a la visión verde de la cámara en modo nocturno terminan de rematar la tensión y el mal rato que hemos pasado.
En resumen, siempre me gusta rematar las críticas con una sentencia final, y en este caso no va a ser menos: [REC] es una gran película de terror se mire por donde se mire, pese a sus tópicos y pese a sus (en contadas ocasiones) sobreactuaciones. Da gusto que en el cine español no todo sea "El vaquilla", aunque hayamos tardado tanto.