Quarantine (John Erick Dowdle, 2008)

Como ocurriera con Abre los ojos, los USA, siempre ávidos de buenas ideas con las que rellenar su actual falta de las mismas, vieron en la ópera prima de Jaume Balagueró, [REC], un filón a explotar. Estrenada hace poco más de un año, [REC] no inventó nada nuevo, pero sí que introdujo de manera acertada y bien hecha un concepto de cine de terror no explorado aún en España. El resultado fue una de las mejores películas de 2007, ganadora incluso de un Goya a la actriz revelación, Manuela Velasco, que bordó su papel de reportera sufrida y aterrada.
Bebiendo de cintas como 28 días después, [REC] situaba la acción en un antiguo edificio de Barcelona. Vale que algunas de las interpretaciones, como la del policía, no eran nada creíbles, pero el estilo de rodaje y la correcta dirección de Balagueró, amparadas en una historia que mantenía la tensión de principio a fin, conformaron una obra sólida con un buen giro final incluido que daba a la trama un toque más oscuro y diabólico de lo que se podía esperar.
Contando lo que acabo de contar, ver Quarantine es una tontería. Su director ha ido rodándola al mismo tiempo que veía [REC] en otra pantalla, porque los planos, situaciones, hasta diálogos son idénticos. Los sustos salen en los mismos momentos, los personajes son los mismos, hasta el edificio en el que se desarrolla es idéntico al inmueble barcelonés de la original. Joder, hasta el nombre de la reportera protagonista (una siempre correcta Jennifer Carpenter) es Angela Videll, mientras que el personaje de Manuela Velasco se llamaba Ángela Vidal. Los chinos que aparecían en una se han cambiado aquí por negros, pero poco más. Es toda igual, plano a plano, fotograma a fotograma, palabra por palabra. Como hicieron con Funny Games. Bueno, no, lo que hicieron con Funny Games fue destrozar un peliculón, con Quarentine tan solo la han vuelto a rodar para ellos mismos. Lo que me lleva a preguntarme... ¿no podrían haberla doblado al inglés, como hacemos aquí? ¿Era preciso repetir la misma película?
En fin, que Quarentine es tan buena película como lo fue [REC], pero claro, si viste la primera, pues no te va a sorprender. Además, alucino con los americanos, porque en el trailer tuvieron los santos arrestos de destriparte el final de la peli. Pero bueno, si te lo destripan hasta con el póster...

Bajo aguas tranquilas (Brian Yuzna, 2006)

He visto y veré mucho cine malo, y casi todo, en mayor o menor medida, suele tener hasta su encanto y generalmente algo de gracia. Este aborto cinematográfico no, nos hallamos ante la que con toda certeza es la peor película que he visto jamás, y esto es una afirmación muy seria, porque, parafraseando a Roy, “he visto cosas que no creeríais”. Es más que evidente que esta era la última película que quedaba en el contrato que tenía Brian Yuzna con la siempre deplorable Fantastic Factory, y que se rodó por mero cumplimiento del mismo. La historia, que podría ser hasta potable, se convierte en excremento desde el minuto 1. Se nos escapará una exclamación cada vez que veamos alguno de los planos pretenciosos que rueda el director, como si pretendiera demostrarnos que sabe hacer cine, cuando no es así. Y no hablemos ya de cuando aparecen los efectos especiales, horrendos (atención al monstruo que sale del agua ante la mirada del cuidador de la presa, es de gomaespuma), o de los diálogos, que no se tienen en pie y no dicen nada. No, señores, no dicen NADA, pero aún así pretenden tocar temas metafísicos con un nuevo alarde de pretensión artística que solo provoca, sinceramente, vergüenza ajena, como todo el film. Un ejemplo: la rubia tonta de horribles pechos de silicona que pronto nos enseñará, como está mandado (ex azafata de uno de los programas de Ramón García, toma currículum) tiene este intercambio de palabras con la niñata protagonista durante el funeral de su supuesto novio, mientras que se esfuerza por poner cara de pena, logrando solo una mueca de estreñimiento:
-¿Tú qué crees que pasa cuando morimos?
-Nada. Dejamos de existir.
La rubia imbécil se va llorando mientras grita:
-¡A ti no te importa nada!
Lindezas de estas plagan el guión por doquier, convirtiendo la película en un esperpento de interpretaciones grotescas perpetradas por actores olvidados como Raquel Meroño o Diana Peñalver, desconocidos como… Bueno, no sé el nombre de ninguno o, atención, hasta el nadador David Meca se permite aparecer como buzo. Horrenda su incursión, pero se conoce que necesitaba dinero. No mencionemos las interpretaciones infantiles. Los niños que aparecen en la cinta deben de ser hijos o sobrinos de los productores, porque es imposible que hayan superado un casting cuando es evidente que son, haciéndoles un favor, borderliners. Más triste si cabe es que es una peli sobre un pueblo sepultado bajo el agua y las escenas subacuáticas cantan por soleares, vemos las superposiciones aún peor hechas que en Superman IV. Las situaciones y cómo actúan los personajes son ridículas, nadie se creería que gente normal reaccionara así ante cosas como las que ocurren, de verdad, es insultante para la inteligencia de cualquier persona normal, hasta el punto que no encuentro palabras para describirlo. La banda sonora ha salido de la demo de algún Casio de 1984. Lo juro, habría para llenar páginas enteras disertando acerca de por qué nadie en el equipo de producción o realización de este pedazo de estiércol se daba cuenta de lo que estaban haciendo. O a lo peor sí que se daban cuenta y les daba igual. Pero no merece la pena. Ya me han robado una hora y media de mi vida y no me la van a devolver. Con eso tienen suficiente. Ahora mismo, el único consuelo que me queda después de esto es que todas las personas que han participado en la película, algún día morirán.

JCVD (Mabrouch El Mechri, 2008)

La sorpresa llega con la primera película en la que vemos a Jean Claude interpretar en todo el sentido de la palabra. No hay grandes proezas físicas, no hay patadas a alturas imposibles, no hay explosiones, ni luchadores malísimos y súper entrenadísimos a los que combatir. En esta pseudo biopic, el belga del culo prieto se interpreta (más o menos) a sí mismo, tal y como es hoy por hoy: un ídolo de tiempos pasados, querido por todos en su Bélgica natal, pero venido a menos que menos en el resto del mundo, que solo recibe papeles en producciones basura directas a DVD y que está inmerso en el juicio por la custodia de su hija sin poder siquiera pagar a su abogado.
El verosímil retrato de este patético personaje se verá enmarcado en una situación ficticia que sirve como excusa para dotar a la película de una trama central, cuando lo que realmente importan son los flashbacks, chascarrillos y referencias a otros actores o películas que Van Damme realiza en varias ocasiones. Es tragicómico ver cómo todas las personas con las que el actor se cruza en su día a día por Bélgica lo tratan como a un ídolo, y cómo el pobre tiene que intentar mantener la educación y las formas aún en esos momentos tan duros, sin blanca y peleándose con la alimaña de su agente mientras que Steven Seagal le roba los papeles cortándose la coleta. Sin desperdicio ciertos momentos en los que se habla sobre la carrera del belga, o la escena de su exhibición de pierna con el cigarrillo, que termina de una forma tan previsible como divertida.
La dirección de Mabrouch El Mechri es efectiva, se nota que el director tiene recursos para hacer de la simple historia del atraco con rehenes el pretexto que necesita para narrar la auténtica película. Mediante flashbacks, fantasías, e incluso intercalando en forma de oración un monólogo inesperado y desconcertante, avanzamos en el metraje de forma clara y constante. Y por su parte, Van Damme cumple lo que pretendería cuando se embarcó en este proyecto: demostrar que también puede ser un buen actor y no solo un repartidor de mamporros. No ganará un Oscar, pero cuántos y cuántos lo han ganado sin merecerlo. Valiéndose de la autoparodia y, en determinados momentos, de la confesión a la propia cámara, JCVD te cuenta sus errores, sus intenciones cuando comenzó en el mundillo, cómo la industria te exprime y te transforma con su torrente de dinero y fama. Ojo, pero no culpa a nadie más que a él, admitiendo sin reparos su promiscuidad y su adicción a las drogas. Que Van Damme solo es un hombre, no el héroe de sus películas, y en ésta lo vemos de esa forma, salvando las distancias. Por eso el final deja esa sensación tan agridulce y acertada, porque la vida no suele ser tan bonita, ni tan justa. Los buenos no tienen que acabar bien porque, a fin de cuentas, ser bueno o malo es una cuestión de criterios. Y un perfecto ejemplo es que esta, sin duda la mejor película de Van Damme y una de las sorpresas del año, apenas ha tenido distribución ni publicidad en España y ha pasado, como el relato de la vida de su protagonista, sin pena ni gloria.

Detrás de la máscara: el encumbramiento de Leslie Vernon (Scott Glosserman, 2006)

Imagina que los más míticos carniceros cinematográficos fueran reales. Imagina que esos personajes, que llevan años aterrorizando al público, fueran asesinos en serie tan reales como la vida misma. Y para terminar, imagina que hay gente predestinada a ser uno de ellos, a convertirse en un asesino de leyenda, para lo cual tendrá que aprender y experimentar todos los trucos y tejemanejes del oficio, como si de un aprendiz intentando ascender a oficial se tratase.
Este es el curioso e interesante punto de partida de Detrás de la máscara: el encumbramiento de Leslie Vernon, una de las cintas de terror más originales y atrevidas que he tenido el gusto de ver. Y es todo un disfrute en esta penosa era de remakes y videojuegos el ver que aún hay guionistas con buenas ideas propias. Leslie Vernon (Nathan Baesel) es un hombre aparentemente corriente. Cuando la película, narrada en estilo documental hasta su última parte, comienza a presentar al joven Leslie y a los reporteros que lo siguen a todas partes, cámara en mano, empieza el desconcierto. Aunque el principio es un poco confuso, pronto entenderemos de qué va la cosa: los reporteros están documentando el proceso de Leslie para convertirse en leyenda del terror, como Jason, como Freddie, como Chucky, como Michael, a los cuales nombra y admira. Pero por encima de todos admira a su amigo Eugene, ex asesino retirado y convertido ya en leyenda, lo que Leslie desea por encima de todo. Eugene le ha aconsejado, enseñado y formado como un maestro, y Leslie, ya curtido en todos los truquitos del negocio (atención a esos puntos porque componen los momentos más divertidos de la película), ha seleccionado ya a su primera víctima; cómo no, debe ser una joven, hermosa y virgen adolescente. Ella y sus amigos serán los primeros de la lista de Leslie en su camino para convertirse en un nombre más dentro del respetado olimpo de los monstruos. ¿Lo conseguirá?
En serio, una película muy original, muy entretenida y con una trama que engancha y sorprende. Tan pronto puedes tomarla como un homenaje tanto como una parodia al género terror y slasher, pero de lo que no cabe duda es de que lo conoce al dedillo. Como muestra, algunos de los más míticos intérpretes de asesinos en serie del celuloide aparecen haciendo cameos, como es el caso de Robert Englund (Freddie Kruegger) o Kane Hooder (Jason Vorhees en casi todas las partes de la saga), e incluso de Zelda Rubinstein (la mítica médium de Poltergeist). Un soplo de aire fresco que demuestra que el cine de terror aún tiene cosas que ofrecer.

Abierto hasta el amanecer (Robert Rodríguez, 1995)

Amparado por el nombre obtenido, respectivamente, por Reservoir Dogs o Pulp Fiction y por El Mariachi, Quentin Tarantino y Robert Rodríguez comenzaron su inseparable andadura en esta road movie vampírica que sorprendió al más pintado. Con un estilo claramente tarantiniano, aunque firmada por Rodríguez a la dirección, encontramos los típicos planos, diálogos plagados de palabrotas y comentarios racistas, referencias sexuales y demás lindezas que caracterizan al fantástico cine de Tarantino. Los protagonistas, los hermanos Seth (George Clooney, sobreactuado pero correcto) y Richard (el propio Quentin Tarantino, que no debe estar mucho más cuerdo que su personaje) Gecko son dos indeseables de aúpa, pero en este experimento cinematográfico los malos serán menos malos cuando tengan que enfrentarse a las hordas del infierno que moran en la Teta Enroscada.
No sé cuántas veces habré visto ya esta película, pero es de las que, cuando me las encuentro en televisión, no puedo evitar dejar. El rollito que lleva durante su primera mitad ya engancha, pero cuando el local se convierte en el cenador de los vampiros… comienza el despiporre. La acción, a ritmo de “Cucarachas enojadas”, es frenética, mientras se suceden las mutilaciones, degollaciones, mordiscos, estacazos en el corazón, incineraciones y demás barbaridades típicas del género de serie B, magistralmente realizadas aquí por el ya legendario mago de los efectos especiales, Tom Savini (el propio Sex Machine en la película) y Greg Nicotero. Los personajes cambian de tercio, la historia de los dos criminales buscando llegar a un misterioso lugar de retiro llamado “El rey”, se convierte en una lucha a muerte contra los horribles vampiros y, sobre todo, en una parodia-homenaje al terror chusco. Escenas a lo Equipo A, escenas a lo lucha de bandas, diálogos divertidos, acción y sangre a raudales, fantasmadas increíbles pero desternillantes… ¿Quién necesita más para pasar un rato de diversión?
Lo peor de esta película es que hicieron dos horrendas secuelas que vale la pena omitir, ya que tienen todo lo malo de ésta y más, y nada de lo bueno. Pero Abierto hasta el amanecer es endemoniadamente divertida, se burla de sí misma, del género vampírico, del gore, y de quien se ponga por delante.

¡Qué bello es vivir! (Frank Capra, 1946)

Llamarla “la película navideña por excelencia” es un tópico, pero caramba, es que es así. Es casi imposible, al menos para mí, no relacionar esta película de Frank Capra con las fiestas navideñas. Y es que toda la película tiene un mensaje de esperanza y de buena voluntad se mire por donde se mire.
Para empezar tenemos a George Bailey, el hombre más bueno que ha dado nunca la historia del cine. A su lado, San Pedro parecería un pederasta. James Stewart, con interpretación arrebatadora, logra convertir al buenazo de George en un personaje mítico, carismático, que transmite su bondad en cada plano y en cada buena acción que nos es narrada en el relato en flashback de su vida. Y tiene muchas, muchísimas buenas acciones. Desde luego, si ha habido alguien en la historia que se mereciera la visita de un ángel de la guarda, ese ha sido George Bailey. Por eso, cuando las cosas se ponen terriblemente feas para él (para más INRI, en nochebuena), y puede acabar en la cárcel por un descuido que ni siquiera ha sido tal cosa sino una treta del envidioso ricachón de turno, George se planteará suicidarse. Hasta ahí, la película ha ofrecido un relato precioso de la vida de este maravilloso personaje. Le vemos salvar a su hermano de morir ahogado de niño, aún a costa de perder él mismo la audición en un oído; vemos cómo evitó que el farmacéutico borrachín del pueblo matara por accidente a un niño; vemos cómo se enamoró y se casó, formando una familia con la mujer que ya lo amaba de niños. Y vemos cómo es bueno con todos y en cualquier circunstancia. La historia, cómica a ratos, más dramática a otros, se torna tragedia cuando George pretende quitarse la vida saltando al río desde un puente. Y ahí comienza la segunda parte de la película, la que es el cuento navideño, la fantasía, la que hace honor al título de la cinta. El regordete y bonachón Clarence, un ángel de segunda clase que se tiene que ganar las alas, acudirá en la ayuda de George para mostrarle cómo hubiera sido el mundo sin él. No tienen que irse muy lejos para ver cómo George ha influido positivamente en todas las vidas que le rodean, y ha salvado tantas y de tantas maneras que, sin duda, el mundo es un lugar mejor con él, y que la vida es realmente maravillosa.
La moraleja está por todas partes, y las escenas son preciosas a lo largo de toda la película. Te reirás, te emocionarás y Clarence se ganará las alas, claro está, mientras que recibimos una lección de lo que es el espíritu navideño y de los valores morales que todos deberíamos tener. No es exagerado decir que esta es, aparte de una de las mejores, una de las películas más bonitas de la historia del cine. No te cansarás de verla navidad tras navidad. Y mejor así, porque siempre la reponen…

El Caballero Oscuro (Christopher Nolan, 2008)

Ha sido el fenómeno del año, por no decir de momento del siglo. Tras la excelente Batman Begins, Christopher Nolan se puso manos a la obra con la secuela. Acompañado de una campaña de marketing que ríete tú de lo que pasó con La Guerra de los Mundos, El Caballero Oscuro se dio a conocer por todo el mundo, todos los periódicos, todos los foros, todas las páginas web… Cualquiera a quien le interesara el cómic se apresuraba a buscar información sobre el estreno más esperado de los últimos años. Los aficionados al personaje se desesperaban mientras iban surgiendo las primeras imágenes: el villano Joker, una moto, el nuevo traje del murciélago, acción… La espera se hacía eterna. Los posters invadían nuestras calles, el merchandising copaba las estanterías, las entradas se vendían antes del estreno… Después murió Heath Ledger, el intérprete del Joker, y lo que en principio podía haber sido un duro golpe para la postproducción de la película sirvió en cambio de mecha para encender, aún más, la expectación. Todos querían ver El Caballero Oscuro. La crítica la comparaba a El Padrino. Se oían cosas como “la mejor película de la historia”. IMBD, la madre de todas las webs de cine, la situaba como número 1, por encima de Lo que el viento se llevó, Cadena Perpetua, El Padrino, Casablanca y otros clásicos. Se hablaba de Oscar póstumo para Ledger por su abrumadora interpretación de Joker.
Y llegó el estreno en España, aquel día de julio de 2008…
Pero bueno, ¿es que estamos todos locos?
No voy a ser yo quien critique El Caballero Oscuro. Me gusta mucho la película. La vi en cine y la he vuelto a ver después de comprarla en DVD el mismito día que se puso a la venta. Y la he disfrutado de principio a fin. Esto no es en absoluto una crítica negativa, tan solo pretendo dejar claro que todos, yo el primero, nos pasamos de la raya. Nos dejamos llevar por la ola de fanatismo incontrolado, por el marketing viral desarrollado por inteligentes ejecutivos que saben mucho más que nosotros, permitimos que nos envolvieran los comentarios y halagos de esos seres llamados críticos de cine, cuyas opiniones suelen funcionar del mismo modo que el amor con las mujeres de mala vida, por dinero.
Pero ojo, El Caballero Oscuro es una buenísima película. Dura casi 2 horas y media y no se hace tediosa en casi ningún momento. Su reparto es bueno, el peor Christian Bale, que estuvo mucho mejor en Begins y que para esta segunda parte está tan bajo de forma interpretativa como física. Heath Ledger es cierto que realiza un papel extraordinario, tal vez no apreciable en todos sus matices si no disfrutas de la película en versión original. Bien podría haber sido nominado a un Oscar de no haber muerto, porque dudo mucho que ahora le den más que uno honorífico (no conozco precedentes de un Oscar al Mejor Actor para alguien fallecido). Aaron Eckhart, como fiscal y como villano, eclipsa la última parte de la película. Y no hablemos de los efectos especiales, la atronadora acción sin freno o la genial banda sonora. Entonces ¿qué tiene de malo El Caballero Oscuro? Pues nada, realmente. Lo malo fue cómo nos la vendieron. Nos tragamos la píldora de que era la mejor película hecha y por hacer y yo, al menos yo, fui a verla con esas expectativas. Y claro, no las cumple. No es Cadena Perpetua, no es El Padrino, no es La Lista de Schindler. Es un peliculón de acción más allá de toda duda, una gran película que se vale de un superhéroe como pretexto para la historia. He de admitir, y con esto termino, que el domingo por la mañana, cuando la vi en casa (y me he resistido hasta ahora a hacer mi crítica por lo reciente que la tengo) la disfruté mucho más que las dos veces que la vi en cine. Ahora, a toro pasado y sabiendo que solo es una película más, pude apreciar que realmente es una joya dentro del género, está muy bien elaborada y no da tregua, su realización y montaje son brillantes y algunos de los giros dentro de la trama, aunque previsibles, están muy bien integrados.
En fin, que esto es muy largo. No es la mejor película de la historia, pero nos lo creímos. Enhorabuena a marketing de Warner Bross porque realmente nos vendieron esto muy bien. Pero al césar lo que es del césar: El Caballero Oscuro es una gran película que lo tiene todo. Disfrútala sin pretensiones y sin expectativas. Será entonces cuando la veas como tal.
Ah, y ahora es cuando me pongo partidista y me sale mi vena supermanera: le pese a quien le pese y por más que se esfuercen en negarlo, Superman Returns fue, cinematográfica y audiovisualmente hablando, muchísimo mejor película que El Caballero Oscuro. Nolan es un buen director, pero su historia en este Batman es la acción, la lucha, el combate contra el Joker. Para Singer en Superman, la historia era la película, los planos, las imágenes, el detalle. Será más aburrida, será más lenta y tendrá un guión más infantil, pero es mucho más hermosa y mucho más ceñida a lo que es el cine. Al menos el que a mí me gusta.

Palabras Encadenadas (Laura Mañá, 2003)

Tomando como título el nombre de este inocente juego y adaptando una obra de teatro, la directora Laura Mañá desarrolla en Palabras Encadenadas una trama llena de giros y de cambios bruscos que desconciertan al más pintado. El argumento ya es espeluznante: Laura, una psiquiatra (bien interpretada por Goya Toledo) se encuentra secuestrada por Ramón, un asesino en serie tan despiadado y frío como inteligente. Dicho personaje se jacta de haber asesinado a dieciocho personas y da por hecho que ella ya es la decimonovena. La relación entre los dos se irá aclarando y descubriendo mientras avanzan los acontecimientos y todo contado de forma retrospectiva durante el interrogatorio que la policía hace al supuesto asesino. Lo misterioso, lo que envuelve de esta película es que nadie es lo que parece. El asesino se esfuerza por parecer lo que no es, pero también veremos que la víctima fue verdugo de otro modo. Si bien es cierto que hay algunos momentos en los que llegas a estar casi seguro de lo que va a ocurrir al final, la historia consigue atrapar desde el principio, Hay que destacar el papel del argentino Darío Grandinetti. Su interpretación está llena de registros, de matices, de altibajos no interpretativos sino de personalidad, presentándose a lo largo del film como una persona diferente según la secuencia lo convenga. Para saber quién y cómo es realmente, lo cual es la esencia misma de la trama, habrá que esperar a los minutos finales. Aunque, insisto, el cinéfilo espabilado podrá olerse el desenlace a medida que vamos sumergiéndonos en la historia.
Lo curioso también es que se juega mucho con la psicología de ambos personajes, creando situaciones de tensión extrema sin recurrir a la sangre ni a la casquería gratuita. Se amenaza, pero no se actúa; se insinúa, pero no se enseña; se cuenta, pero no se ve. Eso es, en ocasiones, más estremecedor que ver las imágenes de alguien desollado a manos del supuesto psicópata. Y entre Laura y Ramón tiene lugar un duelo no físico, sino de intelecto, de inteligencia y de diálogo brillante, mientras los dos personajes se exploran mutuamente para llegar a descubrir quién dice la verdad y quién miente. Y es que en esta cinta nadie es lo que parece. Bueno, o tal vez parece ser algo pero en realidad está fingiendo serlo para parecer que no lo es y acabar revelando que en realidad lo es. ¿O no lo es? Mira la película, hombre, que vale mucho la pena.

Superman Returns (Bryan Singer, 2006)

Esta película es un ejemplo de como la generación actual de consumidores de cine está acostumbrada a la fórmula de Michael Bay o Roland Emmerich: espectáculos de acción, plagados de efectos especiales y explosiones, peleas, golpes y chascarrillos facilones de boca de personajes planos como Keira Knightley y con una mano inquieta tras la cámara, incapaz de dejar el plano fijo más de 5 o 6 segundos. El cine para devorar el cubo industrial de palomitas que cuesta 7,50, acompañado de un refresco de 1 litro. El cine para ver y olvidar. Pero el cine que recauda 600 o 700 millones de dólares. A ver, y eso que a estas alturas ya sabemos que calidad y recaudación tienen tanto que ver como Cristo y una metralleta.
Por suerte, en 2006 Bryan Singer se atrevió a hacer una película que crece cada vez que la ves. Una película con planos bellísimos, algunos incluso poéticos, acompañada de una banda sonora portentosa y completamente adecuada a cada momento de la historia. Y curiosamente era una película sobre un superhéroe, sobre el superhéroe más conocido del mundo y no el más leído precisamente: Superman.

Siguiendo la estela dejada por Richard Donner con el film "Superman The Movie" en 1978, y aprovechándose de parte de la historia de "Superman II", Singer pone el broche de oro a la época dorada de Superman en el cine, y cierra un círculo que se abrió hace 30 años. Su Superman es más serio, más oscuro (literalmente en los colores y un poco más amargo en la personalidad) y menos dicharachero que el mítico que interpretara Christopher Reeve) y más melancólico. No en vano partimos de la premisa de que ha estado 5 años fuera de la Tierra, dejando a la gente que amaba en ella para partir a buscar los restos de Krypton, su mundo natal, y encontrándose allí tan solo un enorme pedrusco a la deriva que le recordará aún más la tragedia de su soledad. A su regreso, el mundo es muy distinto, su chica está con otro, su archienemigo está libre porque él no se presentó a declarar en el juicio, y además descubrirá que dejó en este planeta algo más que no se imaginaba.

Evidentemente esta no es una cinta para los palomiteros del primer párrafo. Éstos, fieles de Ironmans, Hulks 2, X-Mens, Spider-Mans y demás blockbusters de acción sin freno como mandan ciertos cánones, no encontrarán en Superman Returns otra cosa más que buen cine. Un guión sencillo y no carente de errores o, mejor dicho, un guión que pretende extrapolar a nuestro tiempo una idea que funcionó en los 70, sirve como excusa para rodar más de dos horas y media de hermosísimas escenas en las que el protagonista, más allá del Hombre de Acero, es Bryan Singer. Su maestría detrás de la cámara y su conocimiento y amor por el personaje destilan en cada plano. Toda la película homenajea, que no plagia ni copia, a la cinta clásica de 1978, incluso en el plan de Luthor, en el rescate de Lois (ahora magnificado de helicóptero a transbordador espacial), en la segunda llegada de Kal-El a la Tierra, con muchísimos guiños y referencias a aquella película y al cómic. El ritmo es lento, con algún estallido ocasional de acción, pero constante. La banda sonora acompaña al paseo visual convirtiendo las escenas mudas en poesía. Y las intepretaciones están a la altura de lo que podía esperarse.

El que me conozca y lea esto, dirá que soy parcial por mi admiración por el personaje de Superman. Me da lo mismo. No me gusta Superman III ni me gusta, más allá de la risa, Superman IV. Y eso que las protagonizó "el" Superman, Chris Reeve. Lo bueno es bueno y lo malo es malo. Pero le guste o no le guste al gran público, a IMBD, a Filmaffinity o a la mismísima Warner, que consideró insuficientes los 400 millones de recaudación, Superman Returns es cine con mayúsculas. Y el tiempo la pondrá en su sitio.

La ola (Dennis Gansel, 2008)

El papel de la Alemania nazi en la Segunda Guerra Mundial aún es, hoy en día, casi un tabú para la mayoría de alemanes, que reniegan de aquel desafortunado episodio histórico y aseguran que sería imposible que volviera a repetirse algo así.
Amparado en esta sentencia, el director germano Dennis Gansel nos presenta esta película basada en un episodio real ocurrido en los Estados Unidos hace más de 30 años. Rainer Wenger, un profesor de instituto (brillantemente interpretado en todos sus matices por Jürgen Vogel), se verá obligado a impartir, a desgana, un curso especial sobre la autocracia. En los primeros 10 minutos de clase se dará cuenta de la ignorancia de sus alumnos, que están convencidos de que lo que ocurrió durante la Segunda Guerra, jamás de los jamases podría a suceder ahora mismo. Rainer planteará un inocente experimento: ¿y si, durante la semana que dura ese curso, toda la clase se convierte en un régimen autocrático? Votado como líder por sus alumnos, Rainer dejará de ser el cercano y amistoso profesor para convertirse en el “Señor Wenger”. Solo se hablará cuando se tenga la palabra, y tendrán que incorporarse para hacerlo, formarán como una compañía, crearán su propio nombre, “La ola”, y un logo, un uniforme, un saludo… Poco a poco el entusiasmo de los alumnos irá en aumento mientras “la ola” crece para convertirse en un auténtico tsunami de proporciones bíblicas.
No cuento nada más porque sería destrozar la emoción de una de las mejores películas que he tenido el gusto de disfrutar últimamente. La tensión va en aumento en toda la trama, mientras que son desarrollados los personajes, cada uno con un rol clarísimo dentro del esquema jerárquico de La Ola. Al pobre Sr. Wenger se le va completamente de las manos su aparentemente inocente experimento. Y es que, a su manera, todos los alumnos, en clara representación de lo que somos todas las personas, están ansiosos por encajar y formar parte de algo más grande. De sentirse arropados, protegidos, integrados en algún grupo social. Algunos, como el taciturno Tim, van mucho más allá en su afán de sentirse integrados, convirtiéndose en ciegos seguidores de un movimiento absurdo que carece realmente de ideología. Pero eso es todo lo que algunos necesitan, nada más que saberse parte de algo, sentir la fuerza del grupo. El personaje de Tim resulta fascinante en toda la película; queda patente que toda su vida se ha esforzado por hacer amigos, aunque para ello tuviera que regalar marihuana o entrar en un coma etílico. En La Ola encontrará todo lo que alguien como él necesita. El entusiasmo inicial de los alumnos se convertirá en peligroso fanatismo y en discriminación por quienes no siguen la corriente de la ola. Surgirán incluso facciones liberales, a quienes podríamos llamar rojos. Una clase de veintitantos alumnos acabará convirtiéndose en perfecto ejemplo de lo que es un país sometido a una dictadura, pero las paredes del aula se quedarán pequeñas, la ola tiene que seguir creciendo y creciendo, transformando el inocuo curso escolar en un peligroso movimiento fascista. Así de fácil, así de rápido. Y, sin embargo, así de creíble.
El interesantísimo ejercicio de cine que es esta película, demuestra no solo el buen hacer del director, reparto y lo bien llevado de la historia. El argumento te atrapará cada vez más mientras los acontecimientos crecen y se desbocan igual que esa fuerza de la naturaleza que da nombre al movimiento fascista que es protagonista. Pero demuestra también lo triste y frágil de la naturaleza humana, que puede llegar a perder completamente su voluntad y la noción de lo que está bien o mal, si hay más ovejas a las que seguir en el rebaño. El profesor Wenger no pretendía ser un líder, no pretendía instaurar una dictadura, y desde luego los acontecimientos no ocurren porque él los hubiera dispuesto así, aunque él también manifiesta su afán de integrarse y de ser aceptado. Pero la moraleja de la historia es que nunca hay que subestimar el poder de un grupo, de una ideología, ni de sus fieles miembros. En un momento, esa ola puede romper contra la orilla.

The wig (Shin-yeon Won, 2005)

El terror japonés sorprendió al mundo allá por 1998 con aquel largometraje de Hideo Nakata titulado "Ringu". Sobradamente conocido por quienes nos enorgullecemos de ser aficionados al cine de terror, "Ringu" creó una nueva forma de entender, cinematográficamente hablando, el miedo. Los avispados americanos pronto realizarían un remake con Naomi Watts como protagonista y dirigida una vez más por el propio Hideo Nakata, con la cual su historia de la niña del pozo se daría a conocer allende los mares.
Desde aquella correctísima película, todo ha ido cuesta abajo. La explotación del terror japonés nos ha dado muchas más niñas de oscuro cabello tapándoles el rostro, niños-gato pintados con polvos de talco, fotografías que revelan espíritus en ella, y hasta fantasmas de niños ahogados en un depósito de agua comunitario. Todo en la misma línea, con el mismo susto fácil, el mismo personaje aterrador de la niña/mujer vestida de blanco y con alborotada melena negra. La primera vez sorprendía, daba miedo, era algo original y diferente. Hoy en día, tras tropecientas variantes, apesta.
El film que vi anoche da un paso más allá hacia el esperpento. Su director, sabedor de que la aterradora niña de pelo negro ya está más quemada que Marisol, decidió emplear solo parte de ella: su pelo. Sí, señores, el villano de esta historia es una peluca asesina, como bien se empeña en decirnos al principio la voz en off que dice el título de la película: "The wig, la peluca asesina". Dios, solo por eso habría que matar a nuestro departamento de localización.
En fin, poco se puede decir de la cinta. El argumento se resume en pocas palabras: una joven tiene cáncer terminal, sale del hospital para morir en casa y le compran una peluca, inmediatamente empieza a mejorar pero a volverse mala, la gente a su alrededor va muriendo, ella está poseída por esa peluca (sigh), que al final resultará estar hecha con pelo de ¡¡un travesti!! del que se enamora uno de los protagonistas sin saber que era hombre. Finalmente habrá que destruir la peluca y la joven enferma morirá, claro.
Toma, toma, argumentazo. Alucinante el giro final del chin@ al que matan. La verdad, es uno de los argumentos más extraños y cutres que he visto en cine de este tipo, y el tema de la peluca... Pues como que tampoco ayuda. En fin, que no merece la pena, no tiene absolutamente nada de nuevo y mucho de malo, de cutre y de trillado. Si esta película es una peluca, está más calva que Mortadelo.
¡Ah! Me olvidaba de comentarlo. Hubo un especial de Halloween de Los Simpson en el que Homer recibía un implante de pelo del criminal Snake, y acababa poseído por la cabellera, intentando matar a todos los testigos de uno de sus robos. ¿No es una coincidencia argumental... aterradora?

Arsénico por compasión (Frank Capra, 1944)

Menuda nochecita de Halloween la que pasó el pobre Mortimer Brewster en 1944, en casa de sus queridas y bondadosas tías. El hecho de que las dos adorables ancianas sean unas asesinas en serie, de que su tío se crea el presidente Roosevelt o que su hermano sea un gangster perseguido por la justicia con la cara de Boris Karloff que mete a otro cadáver en la casa, tampoco ayuda a mejorar la papeleta. Si sumamos a todo esto que Mortimer, crítico y autor teatral de renombre, que se ha labrado su reputación a base de escribir ácidas obras poniendo verde el matrimonio, acaba de casarse enamorado hasta las trancas... nos encontramos ante una de las situaciones más disparatadas y divertidas que ha brindado el cine clásico.
Con una historia ya de por sí tan divertida, solo hacía falta un buen director y un buen protagonista. En la película encontramos ambos. Un magistral Frank Capra detrás de la cámara, orquesta toda la acción como si de una obra de teatro se tratase. Casi sin más decorados que esa casa de locos que es el hogar de las tías, Capra organiza un entrar y salir de personajes, un ir y venir de situaciones que se complican cada vez más, diálogos inteligentes y divertidos, y sobra pedirle cordura, porque lo que brinda es diversión y buen hacer. Por otro lado, un impecable Cary Grant en su mejor momento, realiza una interpretación que ya querrían saber hacer los llamados cómicos de hoy en día. Sus expresiones de sorpresa, carreras, desatinos, olvidos, desplantes a su recientísima esposa y preocupaciones durante toda la trama, no tienen precio. Borda su papel, y te sentirás tan identificado con el papelón que le ha caído encima, que no podrás evitar pasarlo tan mal (pero a la vez tan bien) como él.
Situaciones para el recuerdo, como el momento inicial en la cola de la oficina de registro matrimonial, con un Mortimer aterrado de que lo reconozcan, a él, al crítico que detesta el matrimonio y al que han enganchado a base de bien. O esas dos adorables viejecitas entrañables, casi dos iconos de la bondad para toda la comunidad, que sin embargo cuentan también entre sus buenas acciones con los cadáveres de 12 solitarios ancianos enterrados en su sótano, tras haberlos ayudado a encontrar la paz con un envenenado vino de su cosecha. Hombre, vino, pues claro, porque en el té deja un sabor muy particular.
Te tragarás hasta la última gota de este brebaje que es Arsénico por compasión. El buen cine no envejece, y este es el caso.

Ultimátum a la Tierra (Scott Derrickson, 2008)

Revisar un clásico es terreno peligroso. Ultimátum a la Tierra, la original de Robert Wise de 1951, es todo un referente de la ciencia-ficción y una de las mejores películas del género. Por eso, la idea de realizar un remake contemporáneo daba más miedo que otra cosa. Estamos de acuerdo en que el mensaje que lanzó Klaatu es universal, pero bien podía ser adecuado a los tiempos modernos. Hoy en día hay muchas más amenazas para la supervivencia de nuestro mundo que los temores que acosaban a los habitantes del planeta en los años cincuenta, en plena guerra fría: calentamiento global, armas bacteriológicas, contaminación, terrorismo... Somos una especie que ya hemos demostrado sobradamente nuestra gran capacidad constructiva, pero más sobradamente aún nuestra gran capacidad destructiva. El mensaje de Klaatu es el mismo que hace cincuenta años: estamos destruyendo la Tierra, y hemos de cambiar en el acto... o ellos tomarán medidas.
Si comparamos ambas películas, la sensación del remake que nos trae Derrickson este año juega con un factor en contra: ya no sorprende. Lo que intenta hacer, ya se hizo hace cincuenta años, y se hizo muy bien. Pero si contemplamos esta nueva versión como una película en sí misma, el resultado es enteramente satisfactorio.
En el apartado artístico, Keanu Revees borda un papel en el que su misión es permanecer impasible, inexpresivo, y aún así debiendo transmitir fuerza y personalidad. Lo consigue con creces. Jennifer Connelly también está creíble y su papel es interesante. Del que no puedo decir demasiado bueno es del pequeño hijo de Will Smith, que me resulta demasiado empalagoso y repelente. Kathy Bates, en su papel de secretaria del Presidente, lo hace tan bien que la odiarás a muerte por ser tan ignorante y patrióticamente estúpida.
En cuanto a la historia, básicamente la misma del clásico, se permite licencias, algunas muy acertadas (el principio es un prólogo admirable) y otras no tanto. Los primeros cuarenta minutos, con la llegada a la Tierra de la gran esfera, la primera aparición del gigantesco y renovado robot o el primer interrogatorio a Klaatu tras su nacimiento humano, son realmente magistrales. Pero a partir de la fuga del visitante de otro mundo la película pierde fuerza y entra en una anodina tesitura en la que no se transmite nada, y en la que se dedica al lucimiento de un Klaatu con demasiados poderes para mi gusto. La idea de "las arcas", hábilmente metida en esa parte de la cinta, argumentalmente más floja, me ha gustado mucho. Y la metáfora casi bíblica de esa "plaga" artificial que arrasa a la especie corrupta de este planeta, el hombre, es aprovechada también para dar rienda suelta a los efectos especiales. En el clásico Klaatu apenas provocaba un apagón. Aquí lía la de Dios es Cristo.
Me resultó también muy molesta la publicidad descarada. Abundan los primeros planos de las marcas publicitarias que han financiado parte de la película, como McDonalds o Citizen. Una escena entera se desarrolla en un McDonalds, la peor y más absurda escena del film, que nos muestra a Klaatu hablando con otro alienígena que lleva setenta años en nuestro mundo y que le habla de ese "algo especial" que tenemos como especie. Sensiblón y prescindible. Pero aún así, se realizan interesantes guiños al original del que toma nombre y argumento, evidenciando que el director es buen conocedor de aquella cinta, pero ha querido contar la misma historia de otra manera mucho más comercial.
Como no podía ser de otra manera, contando con una estrella como Keanu Reeves en esta millonaria superproducción, su papel no podía limitarse al de mero mensajero portador del ultimátum: aquí actúa de juez y verdugo, y en última instancia, más a la americana que a la alienígena, como superhéroe de turno. Pero no penséis que estoy siendo muy duro: pese a todo, el argumento no hace aguas y podemos obviar esos tópicos del cine moderno y disfrutar de una buena película, con un apartado visual realmente espectacular, un robot GORT impresionante, y un mensaje que no ha cambiado en más de cinco décadas, aunque no le hayamos hecho caso. Una digna revisión de un hito del género.

El último tren a Auschwitz (Joseph Vilsmaier y Dana Vávrová, 2006)

El horror del Holocausto judío ya ha sido exprimido hasta la saciedad en interesantísimas películas que siempre se quedan en nuestra retina. Ejemplos de hasta qué punto el horror humano que supuso este exterminio es un tema fetiche para el celuloide son, por ejemplo, la reciente El pianista o la obra maestra del género, La lista de Schindler.
El último tren a Auschwitz no es ni una ni la otra, pero aún así cuenta una buena historia, la misma de siempre, sí, pero la cuenta bien. Quizá en su contra va el poco carisma que transmiten sus protagonistas, actores desconocidos. El único al que reconocí es al sufrido Henry, el actor Gedeon Burkard, a quien recuerdo como protagonista de la serie Rex, aquella que protagonizaba un pastor alemán acompañado de un detective. Burkard era el detective, no el perro, claro. Y tampoco juega a su favor su intento de emular a la exitosa serie Perdidos con su técnica de contar esbozos de la historia de sus personajes mediante flasbacks incompletos. Aquí no funciona, y realmente te da igual que Henry fuera boxeador, que el otro y su esposa fueran cantantes, o que el joven y valiente judío que mete las herramientas de contrabando en el tren fuera joyero. Lo que te importa es su historia, su viaje. Un viaje casi tan horrible como el destino que les aguarda al final, el abominable campo de concentración, trabajo y exterminio de Auschwitz. Pero antes de llegar, casi 700 judíos de Berlín, hombres, mujeres, niños y ancianos deberán compartir estrechos vagones de tren, hacinados como cerdos y sin alimento ni agua, en un viaje que dura seis días y seis noches. Ese es el tiempo que deben sobrevivir para llegar a un horror distinto. Y ese es el tiempo que tienen para idear un plan de escape, su única posibilidad de salvar sus vidas.
Pese a que hay momentos realmente emotivos y crudos, quizá esta película está un poco edulcorada. El joven oficial alemán responsable del tren es malo, cómo no, pero su maldad es un poco light comparada con otras atrocidades que se han visto en el cine y que, seguro, se cometieron en la triste realidad. Eso sí, el deterioro físico y mental de los pasajeros de ese tren con destino a la muerte y parada en todas las estaciones del sufrimiento y la angustia, está muy bien captado. Entre hambre, sed y cadáveres, y sufriendo las vejaciones de los soldados y el temor de ver el fin del trayecto cada vez más cerca, los personajes se enfrentarán a sus peores pesadillas.
En definitiva, una película más sobre el genocidio nazi, desde otro punto de vista igualmente interesante, y muy atractiva de ver. Desgraciadamente para ella, sus antecedentes cinematográficos son tan grandes que esta cinta se quedará condenada a un nada desdeñable segundo plano.

Krysar (Jirí Barta, 1985)

Probablemente no serán muchos los que conozcan esta cinta checoslovaca de 1985 creada con animación stop-motion. Obviamente la antigua Checoslovaquia no era Hollywood, pero después de haber visto lo que podían dar de sí en un terreno tan inestable como la animación para adultos... hay que quitarse el sombrero.
El director Jirí Barta probablemente sea un hombre muy infeliz, acosado por terribles pesadillas de cuando su padre, seguramente un alcohólico violento que lo maltrataba a él y a su madre, le contaba historias de terror en la cama a medianoche. Vale, admito que no tengo la menor idea de quién es Jirí Barta, y lo más probable es que sea un hombre normal y corriente, hasta felizmente casado y con aspecto jovial y mejillas sonrosadas, quién sabe. Pero para sacarse de la manga la pesadilla visual que es su Krysar, hay que tener un trauma infantil. Y de los malos, oiga.
En 55 escasos minutos lo que creyeras saber sobre el cuento del Flautista de Hamelin, de los Hermanos Grimm, se irá al traste. La historia cuenta que el flautista libró al pueblo de Hamelin de una horrible plaga de ratas, a las que condujo a un acantilado con la mágica melodía que brotaba de su instrumento. Pero al negarse el pueblo a pagar la recompensa estipulada, el flautista sin nombre cambió su música y tocó una con la que se llevó a todos los niños, de los que nunca más se supo, sumiendo a los codiciosos habitantes de Hamelin en la desgracia.
El realizador checoslovaco mete al demonio mismo en la leyenda, y le imprime una personalidad a todo el film que podríamos definir como angustiosa. El Hamelin que vemos en Krysar es un pueblo entre montañas, casi como el fondo de un cuenco, con calles estrechas, oscuro, arquitectura tosca y amontonada. Su centro neurálgico es una plaza redonda en la que se comercia con todo tipo de mercancías, víveres y demás, y en la que conocemos a sus habitantes: codiciosos y miserables personajes, pobres algunos, muy ricos y aún más miserables otros, unos que viven en la opulencia y aún así acuñan cada día más monedas y guardan las que ya tienen entre paños de seda, nunca saciados. Para darle aún más énfasis a esta representación misma de la miseria que es la humanidad, los hamelianos son bastos monigotes de madera, algunos con aspecto de animales de granja, otros ni siquiera sabría decir qué son, pero igualmente repugnan. No están cuidadamente lijados, ni bien acabados. Son toscos y burdos, como ellos mismos, como su Hamelin, como sus almas. De hecho, el compañero que me recomendó esta película me dijo que no la había terminado de ver porque la había bajado en versión original sin subtítulos y de checo anda un poco justo. Ni falta que hace. No hay una sola palabra inteligible en todo el film. Los maleducados personajes solo gruñen y balbucean, y la imagen lo dice todo.
Cuando las ratas, grandes como leones, invaden el desagradable pueblo, tu angustia aún crece más. No tienes bastante con la repugnancia de ver las vidas de los aldeanos, sino que ahora esos animales asquerosos -que a mí me parecen ratas de verdad capturadas a stop-motion también- se comen, literalmente, la escena.
Y entonces aparece el demonio. Un demonio enjuto, con cierto aire a Don Quijote pero válgame Dios, sin nada que ver con él. Su capa y capucha aún le dan un aire más aterrador, más enigmático y macabro. Y flauta en mano, previo acuerdo de 1000 monedas, hace lo que su homólogo de la historia infantil de los hermanos Grimm. Lo que ocurrirá a continuación no es lo mismo que sucedía en el antiguo relato. Este flautista es mucho peor. Pero peores, al fin y al cabo, son los habitantes del pueblo, por quienes no sentirás ni la más mínima lástima. Tampoco empatizarás con el flautista, que os aseguro que da escalofríos en cada una de sus apariciones. Porque en esta película no hay buenos. Solo es una fábula de la avaricia y del justo castigo. Pero contada de una forma tan sórdida y angustiosa que no te dejará indiferente.
No podemos dejar de destacar la banda sonora, que acompaña a la imagen como un guante, haciendo que no eches de menos las palabras que no se pronuncian. Krysar es una pequeña obra maestra de la animación, en la línea de otras cintas (posteriores, eso sí), como Pesadilla antes de Navidad, pero mucho, muchísimo más grotesca que el film de Burton. Yo no se la pondría a un niño, a menos que quieras que de mayor se convierta en otro Jirí Barta.

Hijos de los hombres (Alfonso Cuarón, 2006)

En 2027, un futuro más cercano de lo que nos gustaría, la humanidad debe afrontar el hecho de que está al borde de la extinción. Desde el 2009 no ha nacido ningún niño, a causa de una inexplicable esterilidad femenina que, progresivamente, fue privando a las mujeres de su capacidad de gestación. El eterno círculo de nacimiento y muerte se ve ahora reducido a envejecimiento y muerte, sin posibilidad de que nuevos seres humanos repoblen el planeta.
Cuando la noticia de la muerte de la última persona en nacer, de 18 años, sacude Inglaterra, conoceremos al antihéroe de esta historia: Teo (un genial Clive Owen), un antaño activista-terrorista, y ahora un acomodado funcionario desencantado, fumador empedernido y demasiado aficionado a la botella. La primera media hora de la película es para presentarnos a Teo tal como es, un chupatintas amargado después de haber perdido a su hijo de apenas dos años en una pandemia de gripe. Aquello acabó con sus ideales, con su causa, con su vida. Pero una petición de Julian, su ex-mujer y líder de la organización activista "Los Peces", transformará el mundo de Teo, tan gris como los cielos de esa pre-apocalíptica Inglaterra, en una nueva causa que defender. Así, Teo será el acompañante y protector del rayo de luz que la humanidad no ha visto en 18 años: la primera mujer embarazada. Su preciosa carga será objeto de poder político tanto para "Los Peces" como para el gobierno si llegara a saberlo, y la única esperanza es lograr llegar a tiempo a un barco con un nombre tan místico como apropiado: El Mañana. Perseguidos por los activistas y teniendo que atravesar los más peligrosos lugares de una Inglaterra sumida en conflictos armados, Teo y la esperanza del mundo lucharán por llegar a su destino, que es también el del resto del mundo.
La sorpresa llama a la puerta cuando ves esta cinta, que no es una adaptación de un videojuego, ni de un cómic, ni un remake, y cuando terminas de verla la sensación es de haber asistido a un ejercicio de buen cine de un estilo que ya no es el que prima hoy en día, y se agradece muchísimo. La idea, original y aterradoramente cercana, ya es sumamente atractiva. Las interpretaciones, en especial la de un Clive Owen que te transmite toda su desgracia, son estupendas. Michael Caine, casi irreconocible, también borda su papel de anciano hippie vendedor de marihuana. El ritmo comienza pausado, pero progresivamente aumenta y se mantiene constante con una intensidad que atrapa, que te hace sufrir en cada plano por los pobres y sufridos protagonistas. Algunos picos de acción son brillantes, como la primera persecución en coche, el momento en el que se escapan de la casa con el coche que no arranca y, sobre todo, el impresionante clímax final. En medio de todo el caos, de todo el fuego y el horror de esa pequeña guerra, soldados y terroristas, hombres y mujeres, buenos y malos, el mundo entero se detiene, se arrodilla y hasta se santigua ante la visión de lo que debe ser un milagro, esa mujer con un recién nacido llorando entre sus brazos. La emoción embarga al espectador en esos momentos, magistralmente captados por la cámara durante todo el descenso por las escaleras, y súbitamente rota por el nuevo estallar de los disparos. Y la última escena en la barca también arranca sentimientos por partida doble, tanto por el fin del héroe a la fuerza que es Teo, como por esa llegada del Mañana envuelto en bruma, concediendo a los hombres quizá una nueva oportunidad. Que nos la merezcamos o no, ya no es algo que toque juzgar.

Muñeco Diabólico (Tom Holland, 1988)

De casualidad, haciendo zapping, me encontré ayer esta película, que inmediatamente me trajo recuerdos de la infancia. Y sí, pese a la película que es, fueron muy buenos recuerdos. Chucky, el malvado muñeco diabólico, es uno de los personajes míticos del terror ochentero con el que me crié. Y Muñeco Diabólico es una de esas cintas que, cuando las ves a cierta edad, no las olvidas nunca. Es agradable ver que el tiempo la ha tratado con respeto. Sus efectos especiales, mezcla de pequeños actores disfrazados y hasta nueve muñecos entre animatrónicos, marionetas y un sinfín de repuestos para lanzar, golpear, atravesar y maltratar, aún superan la prueba del tiempo, y aunque podríamos decir eso de que “canta a muñeco”… Hombre, es que es un muñeco. Eso sí, fue el muñeco más complejo que se había construido jamás para una película en aquellos momentos.
La temática está a mitad camino entre el thriller y el terror puro y duro. Un asesino en serie llamado Charles Lee Ray (fusión de los nombres de tres asesinos míticos de la historia, Charles Manson, Lee Harvey Oswald y James Earl Ray), con conocimientos de magia negra, transfiere su alma a un muñeco antes de morir. El único que descubrirá el secreto del muñeco “Good Guy” será su joven dueño, Andy, un niño pequeño a quien nadie creerá las atrocidades que cuenta de su muñeco. Su madre y un inspector de policía completarán un reparto en el que todos los demás personajes serán víctimas del pequeño juguete asesino, que se pasará la película intentando transferir de nuevo su alma a Andy, el primero en conocer su secreto. Eso, y mutilando a base de bien.
Una obra exponente del terror moderno, y un personaje tan mítico como Jason, Freddy, Caracuero o Michael Mayers. Muñeco Diabólico es una de las imprescindibles del género, de esas que no hacen aguas por ningún sitio, y que servirá para pasar un rato entretenido, con algún que otro sobresalto y con puntos gore muy admirables. Lo peor de esta película son las detestables secuelas que ha ido generando, y que han ido en declive una a una, siendo la 2 peor que la primera pero aún aceptable, la 3 ya mala con ganas, y el despiporre de sin sentidos y aprovechamiento de la franquicia llegaría con la novia y hasta el hijo del pobre Chucky en otras dos secuelas. Visto lo visto, aún es de agradecer que no haya habido un “Chucky VS. Jason” o un “Chucky VS. Freddy”. Por favor, si algún guionista en horas bajas lee esto (cosa que dudo)… que no se le ocurra. Respetad mi infancia, por favor. Con Chucky no se juega. Y va en serio.

Mentiras Arriesgadas (James Cameron, 1994)

El Rey Midas del cine, el príncipe de los esteroides y la reina pechugona del terror adolescente -ya madurita-, se enfrascaron en este torrente de acción sin frenos y humor del bueno (del que no precisa recurrir al caca-culo-pedo-pis ni a la parodia barata de otras películas) para crear la que, sin ninguna duda, es la comedia de acción más divertida de los noventa, y una de las más divertidas que se han hecho nunca: Mentiras Arriesgadas, o True Lies, algo así como “Mentiras auténticas”, en su título original.
Schwarzenneger, el hombre cuyo apellido impronunciable seguro que he escrito mal, se convierte en un espía estadounidense que lleva 17 años en la profesión. 17 años en los que su mujer y su hija viven engañadas pensando que el hombre de la casa es un anodino representante de ventas. Pero en realidad, las peripecias de Harry Tusker dejarían en pañales a los delirios de grandeza del mismísimo James Bond. La trama se complicará y generará las situaciones más divertidas cuando su esposa, Helen, deseosa de vivir alguna emoción en su gris vida como secretaria y ama de casa, flirtee con un vendedor de coches que se hace pasar por espía. Todo ello mezclado con la dosis justa de malvados, unos terroristas islámicos que han conseguido hacerse con cuatro cabezas nucleares que piensan utilizar contra “el enemigo americano”. Harry tendrá que combatir a los terroristas, salvar el mundo y, casi más importante, arreglar su matrimonio, cuando se descubra el pastel de sus mentiras y Helen se entere de que su marido sí que es un auténtico espía. Y qué espía, señores.Sinceramente, nos encontramos ante una de esas películas que nunca te cansas de ver, y que siempre dejas en la televisión cuando te la encuentras haciendo zapping. Las interpretaciones no son ni más ni menos que lo que se requiere: divertidas y brutas. Hasta el horrendo Tom Arnol hace un divertido papel como sidekick de Arnold, con algunos de los momentos de más carcajadas. Pero la trama, que no deja ni un segundo de respiro, amenizada con gags que siempre te arrancan una sonrisa, se disfruta de principio a fin y nunca se hace pesada. Vale, está llena de exageraciones, proezas imposibles y situaciones inverosímiles, pero… ¿no es eso ya un clásico en el cine de acción? Al menos Mentiras arriesgadas se parodia a sí misma, se ríe de James Bond, de Bourne (bueno, a Bourne aún no lo habían inventado, pero por si acaso ya se reía de él) y hasta del Equipo A. Y el resultado es una película divertidísima, entretenidísima, a la que no hay que buscarle más pretensión que la de recaudar una pasta (que lo hizo) y divertir a toda la familia (que lo hace y seguirá haciéndolo). James Cameron sabía cómo hacerlo, sabía con quién y aprovechó la oportunidad. Disfrutémoslo, porque merece la pena pasar una tarde de sábado viendo al gobernador de California haciendo lo que mejor se le daba, que no es la política.

The zombie diaries (Michael Bartlett y Kevin Gates, 2006)

El género de los muertos vivientes, desde que fuera brillantemente servido en bandeja en los años sesenta por el genial George Romero, se ha ganado por derecho propio ser uno de los grandes del terror. En numerosas cintas, secuelas, remakes, videojuegos y adaptaciones más o menos libres, los zombis han sembrado el caos y el pánico, se han alimentado de nosotros con extraña predilección por nuestros pobres cerebros, y han invadido desde bucólicos parajes campestres poblados por cuatro casas, hasta la cosmopolita ciudad de New York, centros comerciales, la ficticia Racoon City, y dominado el mundo en proporción numérica contra los humanos. A veces por causas desconocidas, otras víricas, otras radiactivas, y otras nacidas de la mano del hombre y sus misteriosos experimentos, estos seres, que no son otra cosa que nuestros propios cadáveres reanimados con sus funciones motrices básicas y su necesidad básica de alimentarse bien despierta, son parte fundamental de la historia del cine de terror, sobre todo de la serie B. B de "bendita sea", claro, no de inferior.
Así que tras esta pequeña presentación, nos metemos de lleno en esta película, que debo calificar de brillante, con todo lo que ello conlleva. Los medios técnicos y artísticos no son excesivamente altos, pero aún así cuenta con un gran maquillaje, buenos efectos especiales y unas interpretaciones a la altura. Dividida en cuatro diarios, rodados con la ya célebre técnica de este siglo de cámara en mano (algo que hace poco ya vimos en REC, que también abordaba el tema zombie de otro modo, y a la española), avanzaremos con un grupo de supervivientes de una pandemia que está reviviendo cadáveres por todo el Reino Unido y, cada vez más, por todo el mundo. El grupo se convertirá de perseguidos en supervivientes, organizará una pequeña estructura de supervivencia y se hará fuerte. Pero no contarán con que el auténtico monstruo de esta historia no es el ejército de cadáveres comesesos que los acechan, sino el hombre. Un hombre en concreto, más malvado que cualquiera de esos muertos vivientes, y con una sed de sangre mucho más sin sentido que la de ellos, que por monstruosos que parezcan tan solo se rigen por sus instintos básicos de supermortencia (ya que "supervivencia" no sería muy correcto, puesto que ya están todos muertos). La película sorprende, es corta y se hace aún más corta, la cámara en mano te mantiene un poco más adentro y la historia, bien tejida para ser cine de estas características y género, es muy interesante. Una pequeña joya dentro de un género más trillado que un campo de arado, lo cual se agradece mucho. Como dato curioso, George Romero está preparando también su regreso por la puerta grande al mundo de los zombies con una nueva cinta rodada también, curiosamente, cámara en mano. ¿Se le ocurrió antes de ver esta? ¿Después? Supongo que da lo mismo, una de Romero siempre es una de Romero. Y Zombie diaries es una muy buena peli a imitar si a Romero se le ha apagado un poco la imaginación.

Borderland (Zev Berman, 2007)

Una coproducción hispano-norteamericana que supera el bien alto en una escala de puntuación al estilo escolar. La verdad es que sorprende, aunque comienza como la típica película gore sin demasiado sentido (al estilo Turistas o Hostel), la trama se complica a medida que avanza la cinta, llegando a atrapar al espectador. En esto no tienen nada que ver las interpretaciones de sus desconocidos actores (ni buenas ni malas), ni la dirección (ni buena ni mala) ni la banda sonora (ni buena ni mala) ni los efectos de maquillaje sangrientos, de mutilaciones o demás barbaries. Todo el apartado técnico y artístico es, como ya he repetido varias veces arriba a propósito, ni bueno ni malo. Se deja ver. Pero lo realmente cautivador, por emplear una palabra, es que esta historia esté basada en algo que realmente ha sucedido. Por más que los guionistas se hayan esforzado en magnificarlo y ponerlo bajo una enorme lupa para hacerlo mucho más violento, sangriento, salvaje y, en una palabra, comercial, el horror que se nos presenta está realmente detrás de esta aventura. Y es que no es la primera vez que escuchamos de lo que pueden ser capaces esos todopoderosos narcotraficantes sudamericanos, que se creen extrañamente protegidos por el demonio a la hora de llevar a cabo sus turbios negocios. En esta película, detrás de esta historia, conoceremos a uno de ellos, empeñado en realizar sacrificios humanos para volver su droga invisible y su negocio un poco más seguro. Nuestros protagonistas, todos ellos carne de cañón desde el principio (excepto la previsible pareja que, claro está, se salvará), son el típico grupo de amigos jóvenes en busca de diversión, sexo y fiesta al otro lado de la frontera. Pronto serán víctimas de la maldad en estado puro, una maldad llamada narcotráfico. Esto no es una película de invocaciones, ni de demonios, ni de brujería, ni de ritos, aunque la trama detrás de la misma, e incluso el reclamo de su portada, sea esa. Esta es una película en la que el mal es algo más real, y eso, al menos a mí, me ha dado la suficiente empatía con la historia como para disfrutar, en cierta medida, de visionarla.

Pulp Fiction (Quentin Tarantino, 1994)

El segundo trabajo de Quentin Tarantino, el jodido cineasta, sorprendía al mundo en 1994. Tras su ópera prima, Reservoir Dogs (en la cual dejaba ya muy patente su estilo de dirección), contó con muchos más medios para realizar este segundo largometraje, en el que pudo contar también con la presencia de varios actores de más renombre: Bruce Willis, Samuel L. Jackson o Christopher Walken se unen a un reparto en el que no faltan las caras conocidas de la "banda aparte", como Tim Roth, Eric Stoltz, Harvey Keitel o Amanda Plummer. Uma Thurman, la actriz fetiche del director, también tendría su papel protagonista; y esta fue la cinta que rescató del olvido al orondoTony Manero o Danny Suco, un John Travolta transformado aquí en un malhablado y violento matón de un jefe del hampa.

Tres historias bien diferenciadas entremezclan sus personajes, situaciones, y son narradas en un orden cronológico aleatorio para confluir magistralmente al final de la cinta, que te deja una sensación indescriptiblemente conexa y coherente. Son la historia de Vincent Vega y Julius, cuyo trabajito de recuperacion de un maletín para Marcellus se convierte en la espectacular "Situación con Bonnie", historia en la cual el propio Tarantino se reserva un papelito. Las disertaciones metafísicas se entremezclan con la violencia y el lenguaje soez de un modo que casi parece que unos no puedan entenderse sin los otros. La historia del "Reloj de oro" del boxeador Butch (Willis), avanza en una aparente y normal trama de apuestas deportivas manipuladas para degenerar en una paranoia de violadores homosexuales sádicos que encierran a un tarado en un baúl de madera y capturan "moscas". La mejor y más espectacular de las tres historias, a mi criterio, con un Bruce Willis impresionante y una trama que te mantiene pegado a la silla, sin buenos, todos más bien malos, pero solo personajes que avanzan, se transforman, crecen y evolucionan en cada fotograma. Y la tercera historia (aunque es la primera en la cinta) es la de Travolta y Uma Thurman, una frenética lucha por salvar la vida de Mia, la mujer del jefazo Marcellus, para que el pobre Vince, encargado de cuidarla, no acabe siendo hecho pedazos por dejarla morir. Su posible aventura sexual queda empañada por una sobredosis de heroína que dará pie a la mítica escena del apuñalamiento con la jeringuilla de adrenalina en el corazón, y al horrendo chiste que escucha de labios de Uma un demacradísimo Travolta, que apenas puede creer por lo que ha pasado esa noche. Y lo que le quedaba por pasar con Butch.

Tarantino nos hace pensar con esta cinta. La conversación entre Vince y Julius acerca de los mensajes divinos, adquiere otro color si hemos prestado atención a la cinta y sabemos que el personaje interpretado por Travolta está a pocas horas de morir en la historia de Butch, mientras que el de Julius alcanzará la salvación en ese extraño mensaje divino que él ha creído ver y Travolta, por supuesto, ignorar y despreciar. Todo el universo diminuto de Pulp Fiction confluye magistralmente, conformando la mejor obra de Tarantino. Ni la aclamadísima (aun con razón) Kill Bill, ni por supuesto los despropósitos Planet Terror o Death Proof le llegan a la suela de los zapatos a este peliculón. Pulp Fiction es una de las obras maestras de los años noventa, y una de las películas imprescindibles para cualquier aficionado al cine. Obvia sus palabrotas, su violencia, sus errores de racord (como los agujeros de bala de la habitación a la que entran Vince y Julius, que ya están ahí, en las paredes, antes de que el tipo dispare...) y ríndete a las interpretaciones de todos los protagonistas, porque esta es una cinta de muchos protagonistas, de mucho diálogo sin sentido que cobra sentido, de situaciones que encajan maravillosamente conforme avanzamos en el metraje... Ríndete a la banda sonora cuidadosamente seleccionada, con clásicos como "The preacher's son" o "Girl, you'll be a woman soon", adecuados como un chupete para un niño. Y ríndete a un montaje y una dirección soberbios, a un guión imitable pero irrepetible. Ríndete al cine con mayúsculas que es Pulp Fiction.

Hellion, el ángel caído (Steward Hendler, 2007)

Típica película de terror que dura tres semanitas en cartelera. Su único atractivo (para quien lo considere un atractivo, que no es mi caso) es contar como protagonistas con el guaperas de Perdidos y la maciza de Prison Break. Y bien que se esfuerzan en anunciarlo en el póster.
Hellion es como La Profecía, pero descafeinada y pasada por agua. El pequeño David es secuestrado por Max, su novia y dos compinches, aunque el auténtico cerebro es alguien en las sombras que conoceremos al final. Max va de buena persona, y parece que solo necesita un pequeño empujón económico para montarse un restaurante. Así que hace lo que haríamos todos: secuestrar a un niño rico. ¿Que no? ¿Que pedirías un préstamo? Ya lo intenta en la primera escena, hombre. Para qué insistir.
En fin, el abofeteable niño resulta ser un ente maléfico con el poder de susurrar cosas a quienes le rodean y forzarlos a hacer cosas horribles, incluso contra ellos mismos. Una especie de ángel cáido. Al final, y con esto ojo porque arruino toda la película, la propia madre es quien está detrás del secuestro del niño, al que adoptó y del que sabe que puede hacer cosas horribles. Imagináos como acaba todo.
Por lo menos es de agradecer que el niño no se transforma nunca en un demonio de aspecto monstruoso y que lo más aterrador que se ve son sus ojos. Se juega mucho con el terror psicológico, con el hecho de que sea un niño el que esté hablando con tanta coherencia y pronunciando frases tan malvadas y retorcidas. Eso siempre da un poco de yuyu. Por lo demás, una peli cualquiera para ver en casita, a oscuras y solo o acompañado. Dormirás bien, tranquilo.

Los cronocrímenes (Nacho Vigalondo, 2007)

Por norma general y solo cinematográficamente hablando, me parece que somos un país de analfabetos. Ya no comparados con Hollywood, sino con las extraordinarias producciones europeas que se realizan, el cine español me parece monotemático, aburrido y soso. Casi todas nuestras películas se reducen a tres temas: la Guerra Civil, el sexo y los marginados sociales de varios tipos (delincuentes, yonkis, mascachapas...). Vale, admito que puede ser una generalización muy amplia, pero es lo que me parece. Por eso resulta agradable ver como, poco a poco, las nuevas generaciones de cineastas nacionales se van atreviendo con nuevos géneros, como el terror, y con bastante buen resultado (como El internado, o en mucha mayor medida, REC). O, ahora, la ciencia-ficción.
Los cronocrímenes plantea la nada original premisa de los viajes en el tiempo y las paradojas producidas por los mismos. Se trata de la primera película de su director, Nacho Vigalondo (quien se reserva para sí el personaje del técnico del laboratorio), y personalmente me parece un ejercicio de valor debutar con una cinta que puede ser tan poco entendida. Tras un comienzo lento como presentación del matrimonio acomodado que forman nuestro protagonista absoluto, Héctor, y su esposa (no recuerdo el nombre), él se verá empujado a una situación extrema creada por su propia curiosidad y por una curiosísima paradoja temporal. La trama se complicará y a la vez esclarecerá con cada escena. No echamos de menos ni los efectos especiales, ni las complicadas explicaciones científicas del funcionamiento de "la cubeta", ni suponen una lacra tampoco las interpretaciones, más bien justitas (salvo la de Karra Elejalde, que hace un papel muy digno), de los cuatro escasos protagonistas.
En cuanto al personaje de Héctor, su evolución durante la película es tan evidente como su deterioro físico. Quizá hay cosas que sorprenden (que nunca se pregunte cómo puede ser que esté pasando eso), pero Héctor se convierte en un antihéroe intentando recuperar su vida, que está tan solo a unas horas de distancia en el pasado. Perseguido primero, perseguidor después, y por último transformado en una especie de conspirador contra él mismo, deja frases para el recuerdo como la que le suelta al científico por el walkie: "así por lo menos te llevarás dos buenas hostias". El personaje de la chica de la bicicleta es tan soso que supongo que solo está para poner la ración de tetas necesaria en cualquier producción española. La verdad es que no comprendo que actúe con tanta confianza con un tipo que lleva la cara vendada y ensangrentada, pero aún así aporta su granito al todo de la película, como pieza dentro del puzzle que es la aventura de los héctores.
En fin, obviando lo mejorable y la evidente falta de recursos, la película se tiene en pie sola por su buen guión, por su intriga, porque está muy bien rodada, y porque destila un tufillo a serie B en cada plano. Y narices, porque es española. Si esta hubiera sido una producción americana, no la conocería ni Dios. Pero mira tú por donde, ahora los americanos van a hacer su remake: Timecrimes.

Anaconda 3 (Don E. FauntLeRoy, 2008)

Que nadie se queje, que cada uno tenemos lo que nos merecemos. Si ves Ciudadano Kane, ves una obra maestra. Si ves la tercera entrega de una película que en su momento ya fue basura, pues ¿qué te esperas?
Anaconda 3 es un producto para pasar un rato distraido mientras recoges la mesa después de cenar, mientras conversas con la parienta sobre cómo ha ido el día, cosas de esas. Ruido de fondo, vaya. Si por un espacio superior a 10 minutos se te ocurre prestarle toda tu atención a la película, estás perdido. Los efectos especiales están hechos por ordenador, pero por un Amiga 500, de los de cuando teníamos 5 años. La dirección es espasmódica y los diálogos rimbombantes, cosa que me hace mucha gracia: pretenden ahondar en conceptos científicos y técnicos de los que es evidente que no tienen ni puñetera idea ni se han molestado en documentarse. Y lo mejor... Lo mejor es que recuperamos a ese mito ochentero que fue Michael Knight, nuestro querido Michael Knight, que después de su paso por Los Vigilantes de Playa y por, ejem, varios centros de rehabilitación para alcohólicos, también tenía que trabajar, y ya no tiene edad para meterse a la obra. Su aparición en la película es tan patética como su famoso vídeo de la hamburguesa.

En fin, lo dicho, que nadie se vaya a rasgar las vestiduras, que esto es Anacondas 3, directita a TV, ni siquiera a DVD. Para saber de qué iba el rollo ya teníamos el referente de las dos primeras. La culpa es nuestra.
Por cierto... ¿Os podéis creer que aún hay una cuarta parte?

Fuerza 10: Destrucción Total (Tibor Takács, 2005)

Me vienen muchas palabras a la cabeza sobre esta película. Ninguna buena, ese es el problema. Seducido por la premisa -un terremoto pone en jaque el reactor de una central nuclear rusa desencadenando la amenaza de fusión del núcleo- le di la oportunidad, pero la verdad es que lo que me encontré fue mucho peor de lo que pudiera esperarse. Esto no es una película, esto no llega ni a telefilm de Antena 3 de los domingos por la tarde. En medio de unos efectos especiales hechos, seguramente, por la obra social de Caja Madrid, encontramos una insulsa y tediosa subtrama familiar de típica-pareja-divorciada-con-hijos-problemáticos-que-en-medio-de-la-catástrofe-se-dan-otra-oportunidad. La verdad es que lo único que deseas durante todo el rato (aparte de que acabe ya tu sufrimiento) es que toda la horrenda y repipi familia muera de la forma más dolorosa. Incluso deseas que el núcleo llegue a fusionarse para ver si por lo menos hay un poco de acción, pero claro, no había presupuesto para eso.
Inverosímil, absurda, más típica que la tortilla de patata y aburrida, con malos efectos, malísimas interpretaciones, banda sonora de organillo Casio y una trama que no se tiene en pie por ningún sitio. ¿Dónde está el CSN en medio de todo ese posible desastre? ¿Cómo pretenden que nos traguemos al absurdo Sr. Burns que dirije la central y que deja que el núcleo se recaliente solo por encender el sistema?

Lo peor y más curioso, es que buscando el póster para ponerlo aquí (mención especial también a ese chimpancé que ha aprendido a usar Photoshop y ha hecho el diseño), he visto que en su título original se llama Nature Unleashed: Earthquacke, dentro de un ciclo de estrenos directos a DVD en el que se tratan diversos desastres naturales (incendios, riadas, volcanes...). Muy aburrido tendré que estar para ver otra.

Them! La humanidad en peligro (Gordon Douglas, 1954, BN)

Entretenida película con una base de ciencia ficción, aunque bien pronto se acaba convirtiendo en una disparatada película de insectos agigantados. Eso sí, ni las antenas de peluche, ni los quelíceros de cartulina logran apartar al espectador de una cinta que, si bien no ofrece nada más de lo que podemos esperarnos, cumple su propósito de entretener. Unas interpretaciones correctas y un acertado protagonismo humano -pese a que el quid de la historia sean las hormigas mutantes (recurrentemente mutantes por las pruebas nucleares de 1945, sigh...)-. mantienen la trama hasta el final. ¿Cuál es el problema entonces? Pues que al contrario que otros clásicos de la ciencia ficción de serie B, el paso de los años hace mucha, muchísima mella en La humanidad en peligro. Ultimátum a la Tierra o El increíble hombre menguante, contemporáneas de ésta, aún ofrecen algo más sólido y compacto vistas en la actualidad. Me explico, su trama, su desarrollo, sus interpretaciones y su guión, rellenan con creces las evidentes carencias tecnológicas de la época, permitiendo que hoy en día podamos verlas sin sufrir ataques de risa, incluso apreciándolas como lo que son: pequeñas obras maestras casi intemporales. No ocurre lo mismo con estos monstruos de feria, que no superan la prueba de la risa y que arrancarán exclamaciones de sorpresa en cada aparición en pantalla.
En definitiva, una cinta para nostálgicos o amantes de la serie B. Abstenerse entomólogos, pasarán un mal rato.

Saw V (David Hackl, 2008)

La franquicia de "Puzzle" sigue dando dinero, y mientras así sea llenará las pantallas de cine con sus sanguinarios y cada vez más rebuscados e imposibles juegos. En esta quinta entrega el nivel sube un poco con respecto a la horrenda cuarta parte, con una trama más organizada y coherente. Coherente siempre dentro de los límites, que esto es Saw, no nos olvidemos.
Tobin Bell continúa encarnando al villano de turno, un villano con ideales, pero no nos engañemos: por más que se autopromocione como un redentor de los auténticos malos (aquellos a quienes obliga a "jugar"), Puzzle está como una regadera. Eso no es redención, sino sadismo. Que nadie se vaya a pensar que el camino a la salvación pasa por automutilarse, sacarse los ojos, meter las manos en ácido o arrastrarse por alambre de espinos.
Aún así, los juegos de esta última (por el momento, porque ya hay fecha para una sexta...) entrega son más cutres que sus predecesoras. Y casi es de agradecer, porque si los guionistas continuaran haciendo alarde de esa maestría a la hora de concebir horribles maneras de matar, la cosa empezaría a ser preocupante. Pero lo que sí continúa sorprendiendo agradablemente es como cada película se integra dentro del particular universo de Saw, encajando con lo visto en las anteriores y formando un compacto todo. Así, el entrañable Puzzle, que murió en la tercera, continúa siendo el protagonista de ésta sin necesidad de tergiversadas resurrecciones. Está bien muerto, pero se cuentan cosas de juegos que preparó en el pasado para que se jueguen en el presente al que corresponde esta película. Hay que haber seguido toda la saga para enterarse bien, lo cual, al margen del festival de vísceras y casquería, es lo más agradable de esta saga, que al menos sigue una pauta.
Tendremos Saw para rato, que la gallina aún pone huevos. O trampas, da lo mismo.