The Outlander (Howard McCain, 2008)

Es la 1 de la madrugada y estoy muy cabreado. Podría echarle la culpa a un montón de cosas, como por ejemplo que los cines de Bonaire son incómodos, la pantalla excesivamente pequeña, el sonido es bastante malo, pero aún así se permiten cobrar 7,10€ por una entrada. O 4€ por una Coca-Cola que, por supuesto, me he negado a pagar. Para que me roben ya está el gobierno.
Pero en fin, todo eso hubiera sido compensado con una buena película. Y no ha sido el caso.
Reconozco que no esperaba que The Outlander fuera El Padrino, pero vaya, el argumento parecía original. En medio de tanto remake, adaptaciones de videojuegos o de comics, se agradecía una historia de ciencia ficción con tintes históricos como la que planteaba esta película, en la que un extraterrestre se estrellaba en nuestro mundo en plena época de los vikingos y debía cazar a un monstruo que había traído consigo.
Pero luego vi la película.
The Outlander tiene un reparto aceptable: Jim Caviezel, aunque para mí muy encasillado tras La Pasión de Cristo; John Hurt, un actor que parece empeorar con los años (menos mal que no pueden quedarle muchos); o Ron Perlman, que como vikingo sanguinario no debe haber necesitado demasiado maquillaje. No entiendo como la película se permite convertirse en tal despropósito. Es aburrida, tópica, llena de barbaridades históricas (a quien le cuentes que un poblado vikingo tiene un sacerdote cristiano que habla latín y va por ahí cruz en ristre...) y de peripecias físicas imposibles y, peor aún, plagiadas descaradamente a otras películas. El momento "misión imposible" es particularmente irrisorio, por Dios. O el curioso efecto del aceite de ballena. Caray, menos mal que los americanos aún no han descubierto de lo que sería potencialmente capaz, porque si no dejarían de fabricar bombas nucleares.
El aspecto del alienígena tecnológicamente avanzado se desaprovecha tanto que hasta ofende. En pocas horas, Caviezel, que parece ser un experimentado piloto y soldado en su mundo, se convierte aquí en un rudo guerrero cuerpo a cuerpo, experto luchador con la espada, acróbata de circo y jinete sin igual. Eso es adaptación, sí señor. A donde fueres, haz lo que vieres, Sancho -dijo el Quijiote.
Y quizá lo peor que podemos decir de la película es que ni siquiera tiene buenos efectos especiales. El monstruo canta a ordenador por todas partes, su aspecto no dice nada nuevo, siendo una mezcla entre el monstruo de Cloverfield (cabeza), el de The Host (cuerpo) y Depredador (la sangre verde fosforescente). Además, casi toda la acción ocurre de noche, para que los justitos efectos CGI sea menos evidentes. Aún así, no lo logran disimular demasiado.
Mención especial a la banda sonora, con momentos en los que plagia -sin éxito- al tono épico de El Señor de los Anillos, y otros en los que realiza giros cómicos que te sacan completamente de una acción en la que ya te cuesta horrores meterte.
Los vikingos, creo, tenían costumbre de quemar a sus muertos. Esta cinta debería correr la misma suerte.

El increíble hombre menguante (Jack Arnold, 1957)

Una película que ya vi hace muchos años y que ahora, intentando hacer memoria de clásicos del cine para recomendar a un compañero, me he vuelto a visionar. La impresión no ha podido ser mejor. Noto que yo he envejecido más que la cinta, que sigue asombrando (y arrancando sonrisas en ciertos momentos, pese a lo dramático de la historia) con esos decorados agigantados y esos trastos de atrezzo que hacen parecer al protagonista realmente diminuto. El recurrente efecto de una misteriosa nube radiactiva provoca que el pobre Scott Carey -un correctísimo Grant Williams que se tira media película solo y logra llenarla- encoja progresiva e irremediablemente, con lo que todo su mundo se convertirá en un circo en el cual él es el único enano. Memorables las batallas contra una araña de su sótano (aunque si alguien tiene arañas así en su sótano, por favor, que llame a control de plagas) que se convertirá en su gigantesco enemigo dentro de su reducido espacio. Y tras este argumento original salpicado de los típicos monstruos de la época, aunque en esta ocasión no sean de tamaño desproporcionado sino el protagonista de tamaño microscópico, nos encontramos una crítica a la vida misma, a la existencia, a nuestra importancia en el universo como diminutas partes de un todo creado por una fuerza superior. Y podemos rizar el rizo y observar también un mordaz guiño a la pregunta que los hombres llevamos haciéndonos desde que el mundo es mundo: ¿importa realmente el tamaño? Pues hombre, solo si tienes que pelear contra la araña de tu sótano.