Krysar (Jirí Barta, 1985)

Probablemente no serán muchos los que conozcan esta cinta checoslovaca de 1985 creada con animación stop-motion. Obviamente la antigua Checoslovaquia no era Hollywood, pero después de haber visto lo que podían dar de sí en un terreno tan inestable como la animación para adultos... hay que quitarse el sombrero.
El director Jirí Barta probablemente sea un hombre muy infeliz, acosado por terribles pesadillas de cuando su padre, seguramente un alcohólico violento que lo maltrataba a él y a su madre, le contaba historias de terror en la cama a medianoche. Vale, admito que no tengo la menor idea de quién es Jirí Barta, y lo más probable es que sea un hombre normal y corriente, hasta felizmente casado y con aspecto jovial y mejillas sonrosadas, quién sabe. Pero para sacarse de la manga la pesadilla visual que es su Krysar, hay que tener un trauma infantil. Y de los malos, oiga.
En 55 escasos minutos lo que creyeras saber sobre el cuento del Flautista de Hamelin, de los Hermanos Grimm, se irá al traste. La historia cuenta que el flautista libró al pueblo de Hamelin de una horrible plaga de ratas, a las que condujo a un acantilado con la mágica melodía que brotaba de su instrumento. Pero al negarse el pueblo a pagar la recompensa estipulada, el flautista sin nombre cambió su música y tocó una con la que se llevó a todos los niños, de los que nunca más se supo, sumiendo a los codiciosos habitantes de Hamelin en la desgracia.
El realizador checoslovaco mete al demonio mismo en la leyenda, y le imprime una personalidad a todo el film que podríamos definir como angustiosa. El Hamelin que vemos en Krysar es un pueblo entre montañas, casi como el fondo de un cuenco, con calles estrechas, oscuro, arquitectura tosca y amontonada. Su centro neurálgico es una plaza redonda en la que se comercia con todo tipo de mercancías, víveres y demás, y en la que conocemos a sus habitantes: codiciosos y miserables personajes, pobres algunos, muy ricos y aún más miserables otros, unos que viven en la opulencia y aún así acuñan cada día más monedas y guardan las que ya tienen entre paños de seda, nunca saciados. Para darle aún más énfasis a esta representación misma de la miseria que es la humanidad, los hamelianos son bastos monigotes de madera, algunos con aspecto de animales de granja, otros ni siquiera sabría decir qué son, pero igualmente repugnan. No están cuidadamente lijados, ni bien acabados. Son toscos y burdos, como ellos mismos, como su Hamelin, como sus almas. De hecho, el compañero que me recomendó esta película me dijo que no la había terminado de ver porque la había bajado en versión original sin subtítulos y de checo anda un poco justo. Ni falta que hace. No hay una sola palabra inteligible en todo el film. Los maleducados personajes solo gruñen y balbucean, y la imagen lo dice todo.
Cuando las ratas, grandes como leones, invaden el desagradable pueblo, tu angustia aún crece más. No tienes bastante con la repugnancia de ver las vidas de los aldeanos, sino que ahora esos animales asquerosos -que a mí me parecen ratas de verdad capturadas a stop-motion también- se comen, literalmente, la escena.
Y entonces aparece el demonio. Un demonio enjuto, con cierto aire a Don Quijote pero válgame Dios, sin nada que ver con él. Su capa y capucha aún le dan un aire más aterrador, más enigmático y macabro. Y flauta en mano, previo acuerdo de 1000 monedas, hace lo que su homólogo de la historia infantil de los hermanos Grimm. Lo que ocurrirá a continuación no es lo mismo que sucedía en el antiguo relato. Este flautista es mucho peor. Pero peores, al fin y al cabo, son los habitantes del pueblo, por quienes no sentirás ni la más mínima lástima. Tampoco empatizarás con el flautista, que os aseguro que da escalofríos en cada una de sus apariciones. Porque en esta película no hay buenos. Solo es una fábula de la avaricia y del justo castigo. Pero contada de una forma tan sórdida y angustiosa que no te dejará indiferente.
No podemos dejar de destacar la banda sonora, que acompaña a la imagen como un guante, haciendo que no eches de menos las palabras que no se pronuncian. Krysar es una pequeña obra maestra de la animación, en la línea de otras cintas (posteriores, eso sí), como Pesadilla antes de Navidad, pero mucho, muchísimo más grotesca que el film de Burton. Yo no se la pondría a un niño, a menos que quieras que de mayor se convierta en otro Jirí Barta.