It Follows (David Robert Mitchell, 2014)

Lo malo de las expectativas es que te pueden jugar una mala pasada. Muy bien recomendada me llegaba esta película como un intento de recuperar el añorado terror de los años ochenta, y eso para mí son palabras mayores. Así que vamos a decir que comparto la culpa de que esta película no me haya gustado como quería. 

It Follows presenta una premisa interesante y curiosa, pero a todas luces extraña. Sin ahondar demasiado en metáforas ni la necesidad de ser un experto en interpretación cinematográfica, queda muy claro que esa entidad que acosa y persigue a los protagonistas no es sino la personificación de una venérea. Y sí, suena raro de cojones, pero así es. Lenta pero inexorable, imposible deshacerte de ella (ni antibióticos mediante), y la forma de traspasarla es a través del sexo, aunque ni así consigas quitártela de encima sino como mucho aprender a convivir con su presencia. Así, la película se permite en efecto ciertos homenajes al terror ochentero, tanto en la ambientación, como en la banda sonora, como en ese villano que camina despacito pero que siempre termina por alcanzarte, muy a lo Jason Voorhees o Mike Mayers. El problema es que la amenaza jamás llega a verse real, ni tangible, ni verdaderamente peligrosa. Vamos, que esos Jason o Mayers habrían cogido a esta venérea con patas y la habrían dejado hecho un filete ruso. 

Otra cosa a tener en cuenta es que siendo una película de estética ochentera y con el sexo como hilo conductor, es excesivamente para todos los públicos, sin una mala teteja por ahí ni prácticamente nada de sangre o violencia. Esto, unido a un ritmo demasiado lento, un metraje estirado en exceso (como corto o mediometraje hubiera podido funcionar) y a que tampoco termina de funcionar como terror psicológico, hacen que la propuesta se diluya progresivamente. 

Y es que a la postre uno termina con la sensación de que esto, como parte de una campaña para prevenir a los jóvenes de los peligros del sexo sin protección, estaría muy bien. Pero el calificativo de película de terror le queda un poquito grande, aunque como idea diferente y alejada de sustos a golpe de música o caretos fantasmales en primer plano, merece la pena darle una oportunidad. Eso sí, con las expectativas a su debida altura. 

Reservoir Dogs (Quentin Tarantino, 1992)

Muchos conocerán a Tarantino por la brillante Pulp Fiction, quizá su obra más conocida y ultraelogiada. Pero si me preguntas a mí, Reservoir Dogs es muchísimo más película. Siendo tan (o más) personal que Pulp Fiction, tiene ese toque indie y barato que la hace aún más entrañable. Porque Reservoir Dogs será muchas cosas, pero sobre todo es una lección de cine de alguien capaz de lo mejor. Y aquí, en sus comienzos, parecía tocado por una varita mágica.
En esencia, la historia es la de un "simple" atraco. Y es una historia bien sencilla, no es algo poderosamente original y nunca contado, qué va. Siete hombres (que se nos presentan en el prólogo en medio de una delirante conversación sobre el Like a Virgin de Madonna como metáfora de las pollas grandes), un robo de diamantes. Todo sale mal, hay un topo policía en el grupo y el atraco acaba siendo un baño de sangre. Reunidos poco a poco en el punto de encuentro (una funeraria abandonada en medio de un polígono), los ladrones supervivientes tratan de discernir qué fuck ha pasado, quién fuck es el fucking traidor (si lo hay), y la situación no podrá ir fucking peor. O sí. Pero esta historia no es lo importante, sino cómo nos la cuenta Tarantino. Esto sí que es cine de autor, en el que el director no solo es importante, sino que lo es todo. Con su fuerte influencia de Grupo Salvaje, sus larguísimos diálogos entre personajes sentados en mesas, su manejo brillante del tiempo de la narración que salta de pasado a presente a su antojo sin ser jamás confuso, su estructura casi por capítulos y su empleo soberbio de la música (una música perfecta para este guión, llena de temazos intemporales), Tarantino demuestra que él es la película y la película es él. Lo amarás o lo odiarás, pero Reservoir Dogs no sería lo que es si la hubiera dirigido cualquier otro. Poquitos cineastas pueden decir eso.
Poco a poco, el guión se va esclareciendo, tejiéndose como tela de araña bien hilada, presentando a los personajes misteriosos y definidos a la perfección y resolviendo las relaciones entre ellos. Todos son importantes, pero sobre todo te calarán el Sr. Blanco, el Sr. Naranja y el sádico hijo de puta del Sr. Rubio, cuya escena de tortura al policía a ritmo del Stuck in the Middle With You de los Stealers Wheel es de lo mejor que se ha rodado jamás, y eso que ni siquiera vemos la tortura en sí. Y por supuesto el gran final, la primera vez que Tarantino usaría una de sus escenas ya marca de la casa, ese diálogo tenso entre personas apuntándose con pistolas unas a otras. El desenlace, brutal y perfecto, redondea una película a la que podríamos llamar perfecta pese a sus 252 fucks. ¿Crees que exagero? Fuck you, pues entonces es que no la has visto.

Están vivos (John Carpenter, 1988)

No me canso de decir que John Carpenter es un director sobrevalorado. O quizá debería matizar: es un director perfecto para rodar cine en los setenta-ochenta, pero que no ha sabido adecuarse a las nuevas generaciones y cuyas últimas películas han sido bastante fulañeras. No se le puede reprochar nada en un título tan de los ochenta y tan de culto como su Están vivos; o, como se la suele conocer, "la de las gafas de sol con las que veías a la gente con cara de calavera". Seguro que así nos suena a todos.
Carpenter no puede negar en esta cinta la influencia de la magnífica La invasión de los ultracuerpos, pues la idea es muy similar aunque se desarrolle de otro modo. Se trata de la invasión de una raza extraterrestres viviendo entre nosotros, ocupando puestos políticos y económicos de primer orden, y teniendo a la humanidad como mano de obra esclava... sin que ni siquiera lo sepamos. Mediante una emisión de ondas que alteran la consciencia, las personas viven su anodina vida y lo ven todo normal: anuncios, revistas, libros, TV, a sus congéneres... No se dan cuenta de quiénes son monstruosas (y divertidas de aspecto) calaveras alienígenas, o de que los mensajes subliminales de obediencia, trabajo, reproducción y sumisión están en todas partes. Muy a lo V, un pequeño grupo de resistencia trata de destapar la verdad y puede ver a los aliens y su mascarada gracias a unas gafas. Pero toda historia necesita un héroe, y aquí entrará el mejor llamado antihéroe anónimo de la película: un obrero de la construcción, prácticamente un vagabundo (intepretado por el wrestler Rody "El gaitero" Pipper antes de humillarse y revolcarse por el fango con ESTE PUTO PEDAZO DE MIERDA), que se convierte en el único capaz de salvar a la humanidad y alertarla de la invasión en la que viven, algo que Carpenter siempre intruduce también de una forma muy dramática, sin que el héroe se salve y sin que nadie sepa ni de su hazaña ni de su sacrificio. Muy como MacReady en La Cosa, vaya. La verdad, cinta muy entretenida y con muchísimo encanto, todo un clásico de la ciencia ficción que ya no se puede hacer, pero que siempre se puede revisitar con buen espíritu ochentero.

Destino Final 5 (Steven Quale, 2011)

La primera Destino Final fue una de las ideas más originales dentro del boom del slasher teen post-Scream, gracias a su fantástica idea sobrenatural de la muerte como un personaje propio y auténtica antagonista de la saga que caza uno por uno a los supervivientes de tragedias que se hayan librado por una premonición, burlando así al llamado "plan de la muerte". Semejante argumento propiciaba muertes de lo más originales y rebuscadas (algunas demasiado), y mantenía siempre la atención del espectador y un genial puntito de tensión. Con cada secuela la cosa fue a menos, aunque siempre manteniendo un correcto nivel que nunca cruzó la barrera de la vergüenza ajena, conservando siempre la dignidad de la saga. Me alegra comprobar en esta quinta -y, aparentemente última- parte, que la maquinaria sigue en forma. Destino Final 5 no es original estrictamente hablando, porque es un replay de la idea de la primera, segunda, tercera y cuarta. Un grupo de personas, aquí trabajadores de una empresa en un viaje de esos tan raros de convivencia que solo hacen en América, se libran de morir en el derrumbe de un puente porque uno de ellos tiene un pálpito de lo que va a ocurrir. Por cierto, que esa escena del puente es simplemente brutal, la mejor de la saga, con muertes salvajes y unos efectos muy logrados. A partir de ahí, lo de siempre, aunque quizá en esta peli haya más autoparodia que de costumbre, y se agradece (la muerte del de la acupuntura, por ejemplo, es más ridículo que terrorífico, y la de la gimnasta, totalmente inesperada de ese salvaje e imposible modo... pero que mola que te cagas). Lo mejor, aparte de que no te aburres jamás y de las buenas muertes, buen ritmo y esa mezcla de tensión y risas, es su final, broche de oro a una saga que ha aguantado cinco entregas y que hace un perfecto "clic" cerrando el círculo que comenzó con la primera y convirtiéndose inesperádamente en precuela. Muy, muy bien. Igual que los créditos, con esa recapitulación de las mejores muertes de toda la saga. Lo único reprochable es que la peli está rodada y preparada totalmente para un visionado 3D (tripas saltando a la cámara, salpicones, cosas así), y se hace un poco rarito su visionado normal, aunque no es mayor problema. Así que diversión asegurada para los amantes del terror al uso, gamberro y sangriento, y quién sabe si habrá otra Destino Final pese a que esta parezca ser absolutamente definitiva. Yo, si continúan, seguiré viéndolas.

Bajo cero (Adam Green, 2010)

Después de El arrecife, toca otro survival de terror psicológico. Aunque no sabía muy bien que estoy iba a ser tal cosa, porque en la sinopsis solo se decía que un grupo de amigos quedaban atrapados en un telesilla y tenían que decidir si morir congelados o aventurarse al suelo donde les esperaba otro peligro mayor. La cosa me sonaba a una de mis queridas monster movie de mierda, pero qué va. Es una buena película totalmente realista y creíble en muchos aspectos, en especial en el comportamiento de los personajes y en sus conversaciones. Es un poco espeluznante esa charla que los tres amigos mantienen al principio de su calvario, hablando de cuál es la peor manera de morir, y uno menciona que atacado por tiburones en alta mar sin saber lo que te viene por debajo del agua. Eso mismo pensaba yo, pero quizá la intención del director y guionista es la de darnos con su película otra alternativa a los que pensábamos que esa era la forma más horrible de morir. Esta película juega con esa descorazonadora idea del “tan cerca pero tan lejos”, y de que la situación en sí no parece tener un peligro implícito. Pero poco a poco vemos los efectos de la congelación (tremenda la escena de la mano de la chica), y cuando uno de los chicos se la juega a saltar, vemos lo erróneo de su idea. Duele. Duele mucho. Aunque reconozco que se nota un montón el efecto a lo Tom Savini de esas dos piernas rotas, lo que importa es el hecho. Y luego la cosa aún empeorará más con la presencia de lo que en la sinopsis decían que era el “otro peligro mayor”. No era difícil de imaginar, la verdad. La nieve, la noche, las montañas, el bosque… era lógico pensar en una manada de lobos. Lobos que contribuyen a animar un poco el ambiente, porque pese a ser una idea terrible y angustiosa, una película entera sobre tres personas atrapadas en un telesilla podría ser un coñazo, aunque no lo es. Pero bueno, sin enrollarme más, la película me pareció realmente buena, con personajes muy bien definidos (gracias a tres actores más que correctos) y momentos dramáticos y duros. De nuevo, como en El arrecife, el final es muy similar, aunque no indignante como en la otra, pero igual de poco alegre. Pero bueno, en situaciones de supervivencia extrema como esta, lo normal es que las cosas no salgan bien.

El arrecife (Andrew Traucki, 2010)

Un puñado de actores más o menos solventes y una buena idea (aunque ya explorada en Open Water y su secuela no directa, con las que es imposible no establecer paralelismo) es todo lo que Andrew Traucki necesitó para llevar a cabo una de las películas más tensas que he visto últimamente. Eso y, por supuesto, su buen pulso narrativo tras la cámara, porque esta historia podría haber sido algo totalmente anodino sin un buen director al mando. Es uno de esos casos en los que, sin efectos especiales, sin presupuesto y sin decorados, el talento convierte una gran idea (supuestamente basada en un hecho real) en una buena película.
Y es que el argumento de El arrecife no puede ser más inquietante. Cinco amigos que, navegando en un yate por aguas australianas y pasando un buen rato, chocan contra un arrecife y vuelcan. Varados en alta mar y a merced de la corriente que los lleva mar adentro, tendrán que decidir si quedarse encima del casco de la volcada embarcación o si aventurarse a nadar las 10 millas que los separan de una isla antes de que la mayor distancia y el cansancio se lo hagan imposible. El problema: las aguas australianas son territorio de tiburones, y uno de ellos, nada menos que un gran tiburón blanco, seguirá a los protagonistas durante su peligroso viaje a nado. La tensión comienza desde el primer momento que uno de ellos se lanza al agua. No vemos aletas ni enormes fauces, pero sí que se puede sentir ese miedo a lo que no se ve, quizá uno de los peores miedos posibles. Es un entorno hostil para el que el hombre no está preparado y en el que no tiene ninguna posibilidad de un combate justo, ni ninguna escapatoria, así que el primer ataque del tiburón es terrible. Y eso que uno de los chicos sabe muy bien cómo desenvolverse en alta mar y lidera a sus amigos, pero aún así no hay forma de ahuyentar a un asesino nato como un tiburón blanco, y solo la suerte decide quién va siendo devorado. Pese a todo, los supervivientes de cada ataque deben seguir avanzando (la escena nocturna es desoladora y aterradora, porque ¿acaso hay algo más acojonante que el mar negro y abierto?) aunque van cayendo irremediablemente, siempre manteniéndose la angustia y la credibilidad en el comportamiento de los actores. El final quizá sea lo peor, porque te pone de mala hostia que la cosa acabe como acabe solo porque la rubia sea una maldita inútil integral. Pero está claro que la película no pretende ser feliz, y es un gran ejercicio de cine que demuestra que, en ocasiones, lo barato no está reñido con lo bueno.

Frequency (Gregory Hoblit, 2000)

Frequency es una película de ciencia ficción absolutamente comercial y para toda la familia. No exenta de ciertos efectismos y con un guión repleto de lagunas, es, no obstante, totalmente disfrutable en conjunto sin que sobresalga ninguno de sus aspectos. La dirección no es portentosa ni la cinta lo requiere; las interpretaciones, las justas, encabezadas por un actor venido a menos como es Dennis Quaid (aunque ¿alguna vez estuvo ido a más?) y otro actor limitadísimo como es Jim Caviezel, que siempre será recordado por haber sido el Cristo de Mel Gibson en aquella polémica y maravillosa película ultragore en el nombre de Dios. Los dos actores cumplen, pero poco más. Y es que el mayor o único acierto de Frequency es su original idea de enlazar dos épocas, pasado y presente, a través de una radio de aficionado gracias a una extraña aurora boreal que permite tan imposible conexión. A través de las ondas se encontrarán padre (Quaid) e hijo (Jesucristo), separados treinta años en la distancia. Y el bueno de Caviezel querrá impedir que su padre muriera en el incendio que le costaría la vida, y al lograrlo cambiará toda la corriente temporal desencadenando nuevos recuerdos y acontecimientos distintos, que harán que el guión se dirija en su tramo final hacia una especie de investigación contrarreloj para atrapar a un escurridizo asesino en serie que acabaría con la madre de Caviezel. Digo que el guión es tramposo porque deja cabos sueltos con eso de que parece que solo el personaje de Caviezel recuerda todo de sus múltiples "vidas" (la primera y real y las siguientes que va recordando con cada cambio que entre él y su padre realizan en el pasado), pero como decíamos es una película divertida y con muy buen ritmo, te encariñas con los estereotipados padre e hijo y te alegras con ese final efectista e imposible en el que al final dan con el modo de que todo salga de la mejor manera posible. Y oye, de vez en cuando está bien que una de ciencia ficción no te haga pensar demasiado ni verse de experimentos genéticos, así que Frequency es una buena alternativa.

Visitors (Richard Franklin, 2003)

Desde su papel en Pitch Black, la guapa australiana Radha Mitchell ya ha protagonizado diversos filmes de terror, ciencia ficción o temática sobrenatural, convirtiéndose en una especie de scream queen fácilmente reconocible. Visitors es una película de 2003 que navega entre dos aguas igual que su protagonista navega en alta mar. La película no se decide, y camina por la línea del drama, el thriller sobrenatural y el terror sin decantarse por ninguna, y el producto resultante no es nada del otro mundo. Básicamente, la historia es la del personaje de Mitchell, Georgia, una intrépida navegante que pretende batir un récord de vela cruzando el océano en solitario. Pero durante la peligrosa travesía la protagonista tendrá que hacer frente a sus fantasmas, y de una forma bastante literal. Supuestamente el guión plantea la duda de si las presencias que están visitando a Georgia son auténticos fantasmas o si son producto de cierto síndrome de aislamiento en alta mar, algo que queda despejado al final de la película. Lo peor es que está rodada con mucha parsimonia, y el guión no tiene chicha para mantener el interés del espectador. Es muy lenta y aburrida, y sus noventa minutos se antojan tres horas. Además, la siempre molesta presencia de Dominic Purcell da aún más aspecto de serie B a esta serie B, pese al esfuerzo de Mitchell por tratar de que la peli funcione y no sea un telefilme. Si resistes despierto, quizá el giro final pueda hacerte pensar que la película ha merecido el visionado. No fue mi caso, pero reconozco que al menos no es tramposa. Pero a mí, lo que más me queda de esta peli, es la sensación de que es tan aburrida como debe ser en realidad cruzar el mar en velero. Igual es que querían transmitir eso, quién sabe.

El club de los vampiros (Gilbert Adler, 1996)

La verdad, siendo una película de Historias de la Cripta y teniendo como idea central un puticlub repleto de vampiras, me esperaba que esta peli fuera muchísimo más divertida. No está mal, pero me parece mucho mejor en todos los aspectos la otra incursión cinematográfica de la serie, aquella llamada Caballero del Diablo. Y eso que esta cinta se esfuerza por ser un homenaje a la caspa de los ochenta que tan buenos ratos nos hizo (y nos hace) pasar, rescatando incluso algunas caras conocidas como a uno de los dos insufribles Coreys, a una vigilanta de la playa reconvertida hoy en día en diva del infracine (¿no habéis visto Drácula 3000? ¡Pues no sabéis lo que es la felicidad!), y mi favorito, Chris Sarandon, el mítico vampiro Jerry Dandridge de la más mítica aún Noche de miedo. Sí, esa Noche de miedo que ahora han remakeado con el insufrible Colin "Remakeboy" Farrel destrozando el papel que en su día hiciera Sarandon. Y no la he visto aún, pero me la suda. Seguro que es una puta mierda de remake porque con Noche de miedo no se juega.
Pero volviendo a la peli. En mi opinión, quiere meterse con tantas cosas y tocar tantos palos, que se deja demasiados frentes abiertos por el camino. Vampiras, putas, religión, pandilleros, un detective venido a menos... Hay momentos que te ríes, otros con buena dosis de sangre y sí, hay muchas tías en pelotas al más puro estilo de los ochenta y hasta sale uno de los enanos de Willow, pero la peli es atropellada y bastante absurda. Vamos, que cualquier capítulo de Historias de la Cripta era mucho mejor, hasta el punto de que lo mejor de la peli es el inicio y el final y gracias a la gamberra y macabra presencia del siempre cabroncete Guardián de la Cripta. Que por cierto, es igual que mi ex-jefe, solo que éste no se desmaya comiendo paella.

Blood Creek (Joel Schumacher, 2009)

Joel Schumacher puede definirse como un director muy inconstante. Tan pronto ha sido capaz de meritorias cintas como Jóvenes Ocultos, Línea Mortal o Un día de Furia, como de ajusticiar sin piedad la franquicia del Hombre Murciélago con dos entregas de Batman a cada cual más penosa. Supongo que su transición hacia la serie B ha sido tan progresiva que ahora, viéndolo recaer en un film de esta clase, ni siquiera sorprende. Hasta se le ve a gusto.
Porque eso sí, nos encontramos ante una serie B con cierta clase. Algo así como si Guardiola entrenara a un tercera regional. No lo van a hacer tan bien como para ganar, pero seguro que se notará el buen hacer de quien está detrás. Blood Creek comienza con una escena fantástica a modo de prólogo, en blanco y negro y filmada con buen pulso e incluso algunos planos muy logrados. Después, ya en tiempo presente, saltamos a la historia del protagonista, un correcto Henry Cavill (el próximo Superman) en uno de sus pocos papeles principales. El chaval se lo curra y se lo toma en serio, y aunque el papel no es para lucirse ni mucho menos, lo saca con solvencia. El que está de patíbulo como de costumbre es Lincoln Burrows Dominic Purcell, actor a quien le perdí totalmente el respeto tras verlo de vampiro pecholobo en Blade Trinity, y al que ya acabé de enterrar en vida tras ver la bochornosa The Gravedancers, una de las mierdas más grandes y despollantes que he visto nunca. Sorprende encontrar también aquí a un actor en alza como es Michael Fassbender (Centurión, X-Men: Primera Generación) en el papel del nazi-nigromante-brujo-monstruo que obtiene poderes oscuros gracias a unas piedras rúnicas. El desarrollo de la cinta me recuerda en momentos a La noche de los muertos vivientes por el asedio en la casa, y a Jeepers Creepers por el monstruo antagonista. Incluso su final podría recordar al de El misterio de Salem's Lot por eso de que Superman acabe convirtiéndose en una especie de caza-nazis-demonios. En definitiva, con un buen pulso narrativo, buenas dosis de tensión y sangre y una historia que aúna nazis con lo sobrenatural y hasta con zombies, Blood Creek es una horita y media de diversión sin más pretensiones que las de ser serie B de la buena.

Conan, el bárbaro (Marcus Nispel, 2011)

La expresión "nacido en el campo de batalla" se convierte en el prólogo de esta película en algo literal que ya me ganó en esos primeros minutos. Y es que Conan, el bárbaro arranca una secuencia arriesgada y salvaje, en la que vemos al bebé Conan nacer por cesárea (su propio padre se encarga, espada en mano, de abrir a su esposa) después de que su madre reciba una mortal estocada en plena batalla. Brutal, amigos. B-r-u-t-a-l. Después comienza la parte del Conan adolescente, con gran protagonismo de Ron Perlman como su padre, líder cimerio e instructor del pequeño Conan en el arte del combate y el acero. La muerte de su pueblo y de su propio padre impulsarán a Conan a ganarse la vida como ladrón, pirata y aventurero (muy en la línea del cómic, mucho más que la cinta clásica), y de ahí ya saltamos a la parte principal de la peli, la protagonizada por el nuevo musculitos Jason Momoa. Este actor cumple con creces, la verdad. Vale que la peli de Arnold es mítica y épica, y que ésta quizá solo es una cinta fresquita de aventuras y acción salvaje, pero este Conan es más guerrero, más luchador, más físico e igual de bárbaro. Aunque para ser cimerio tiene una pinta de gitano que no se la acaba, pero bueno. A la historia no le busquemos tres pies: el ya adulto Farruconan va a por el asesino de su padre, ahora convertido en rey gracias a una máscara que concede poderes oscuros, y ayudado por su hija bruja. Por el camino, Conan librará un montón de batallas y le quitará la pureza a una doncella, como no podía ser menos. Pero también hay tiempo para frases machotas tipo "yo amo, vivo, mato, y me doy por satisfecho", y a mucho, mucho acero, brujería y sangre en las violentas peleas. ¿Es peor que la original? Según se mire. Distinta, seguro. Pero este Conan es un Conan de cómic y aventuras, una digna obra retro de espada y brujería con los medios actuales y con un protagonista que solo sabe poner una cara, pero al menos es la cara que requiere su personaje. Yo me lo pasé muy bien, no esperaba más.

Diario de un rebelde (Scott Kalvert, 1995)

Viendo Yo, Cristina F., recordé otra película de ese estilo que en su día me gustó mucho más. Más incluso que la mítica Trainspotting, quizá el máximo referente en este subgénero de drogas y jóvenes. Evidentemente hablo de Diario de un rebelde, adaptación cinematográfica del libro autobiográfico de Jim Carroll, un poeta, músico y escritor americano que ha fallecido recientemente a los 60 años, pero cuya historia sí que se convirtió en un ejemplo de cómo tocar fondo (pero fondo, fondo) y salir del hoyo. Encontramos en esta cinta un reparto espectacular, ya no solo por los varios actores conocidos que protagonizan, sino por la calidad de todas las interpretaciones. Un inmenso Leo DiCaprio es Jim Carroll, marcándose quizá uno de los papeles más destacados de su carrera. Y es que nunca me cansaré de decir que el intérprete de Titanic y Romeo + Julieta ha podido cometer durante un breve período de su carrera el error de convertirse en un ídolo de carpeteras, pero a la vista de sus trabajos serios no cabe duda de que es un actor como la copa de un pino. Y ya lo era aquí, como demuestra en este papel cargado de registros, de sufrimiento y de angustia. Tremenda particularmente la escena final en la puerta de casa de su madre, una secuencia fortísima y dolorosa que muestra cómo Jim ha quedado reducido a un despojo humano, y que plasma el dolor de una madre por su hijo. Es preciosa y terrible, realmente impactante, pero muy humana, creíble y natural. Mención especial también para el gran papel secundario que se marca Mark Wahlberg en uno de sus primeros trabajos post-modelaje. En fin, una gran película que aúna dramatismo, crudeza, gran trabajo actoral y el mensaje de esperanza de que salir de la droga es posible. Aunque mejor no entrar.

Yo, Cristina F. (Uli Edel, 1981)

Christiane F. tenía 14 años cuando se metió su primer chute, y pocos meses después se estaba prostituyendo para poder pagárselo. Esta terrible sentencia resume lo que las dos horas de duro metraje de esta película pretende ofrecernos. Y lo hace sin concesiones, sin remilgos y sin censuras, primeramente porque su propia protagonista tenía 15 años en el momento de filmarla, y aunque no aparece en situaciones sexualmente explícitas, sí que hay momentos en los que resulta incómodo verla en ciertas situaciones. Pero está claro que una historia autobiográfica tan dura como la de esta joven alemana no podía andarse con rodeos, y su mayor virtud es plasmar en pantalla esa crudeza y sordidez del mundo en el que la chiquilla se va metiendo cada vez más. Al principio todo comienza como un tonteo para impresionar a un chico, pero tras un concierto de David Bowie, Christiane decide picarse la vena por primera vez. Y a partir de ahí, no hay marcha atrás. Cabe destacar que no proviene de una familia destruida -aunque sus padres están separados- y que el dinero no falta en su casa. Pero como tantos jóvenes, cree (y así lo repite varias veces) que ella controla absolutamente su cuerpo. Qué gran falacia, pues nada sino la heroína controla todos los movimientos de la pobre muchacha. Una de las escenas más duras es la del intento de desintoxicación que ella y su novio pasan en casa, tras lo que sigue una descorazonadora recaída de la que ya sí que no hay vuelta atrás. El papel del novio también es terrible, todos los de la pandilla, de hecho, actuando como chaperos para pagarse el vicio, una verdad a medias que queda ya revelada del todo a última hora. El final de la cinta es quizá demasiado abrupto, como si se hubieran quedado ya sin nada que mostrar y, para no hacerse repetitivos, cortaran de golpe. Y bien está, porque después de más de dos horas de ver a una chiquilla destruirse a sí misma, es más que suficiente. Sobre todo sabiendo que Christiane no es de las que salió mejor parada, así que al menos su historia queda para la posteridad. Qué triste pensar en cuántas Christianes habrá por el mundo.

Ghost Rider (Mark Steven Johnson, 2007)

Nicolas Cage siempre quiso protagonizar una de superhéroes. Y cuando por fin lo consiguió, fue este pedazo de cacho de trozo de mierda de 110 millones de dólares. Lo más inexplicable no solo es eso, sino que recaudara unos 230 pese a que fans, crítica y público la despedazaron con toda la razón. Solo se me ocurre una solución: que somos todos gilipollas.
Enfundado en una hilarante peluca negra, Cage se convierte en Johnny Blaze, un chulazo motorista temerario que hizo un pacto medio engañado con un demonio llamado Mefistófeles, con la honorable intención de curar el cáncer de su padre. Y lo consiguió, pero como el demonio siempre es más listo que tú, el padre palmó a las pocas horas en un accidente de moto, y Blaze quedó a la espera de que Mefistófeles reclamara su alma cuando considerara oportuno. Para semejante papel, Cage interpreta poniendo caretos y pareciendo subnormal, algo profundamente desconcertante. ¿Lo hace porque quiere o se lo pidió el director? En cualquier caso, muerte a los dos, ya. Cage se pasa de rosca con la gesticulación, la sobreactuación y la imbecilidad, y es imposible tomar en serio su primera transformación en Motorista Fantasma, y eso que se supone que es un tío que se está retorciendo en llamas. Es de absoluta vergüenza. Y mejor no hablemos de sus absurdos dedos acusadores. ¿De qué cojones iba eso?
Pero pese a todo, Cage no es lo peor de la película. No, en serio. Eva Mendes está de horca, lo único que hace es enseñar progresivamente más canalillo con cada nuevo vestido, lo que me lleva a pensar que si la película hubiera durado media hora más, habría acabado en pelotas. Los villanos no pueden ser peor, una panda de demonios que parecen los Black Eyed Peas, y que para que se sepa que son malos, ponen caretos demoníacos CGI mirando a cámara. Pero el cum laude de la mierda se lo lleva Sam Elliott, que hace de primer Jinete Fantasma y que protagoniza el mayor WTF de la película... y quizá de la última década. A saber: los dos jinetes cabalgan/ruedan hacia San Venganza (sí, el puto pueblo se llama San Venganza...), y cuando llegan a las puertas, Elliott dice que había guardado su última transformación para aquel momento... y se pira. O sea, que en vez de echarle una manita a su colega en la batalla definitiva, lo lleva a las puertas de la muerte y hasta luego y suerte.
En fin, un auténtico disparate al que solo se le puede conceder que es entretenida y que los efectos del Motorista están bien hechos. Por lo demás, esto es una inmunda bazofia al nivel de Elektra y Catwoman, así que me imagino que para los marvelianos de pro, Ghost Rider debe ser algo de lo que no se habla, algo así como los alemanes sobre lo ocurrido entre 1939 y 1945.